El autocine (XCI): El dragón del lago de fuego, de Matthew Robbins

12 noviembre, 2021

| | | 0 comentarios

Debuts prometedores en el cine ha habido muchos. La mayoría de ellos confirmados por una sólida carrera. Desde la época del cine mudo, de más está ofrecer una lista que por fuerza no ha de ser exhaustiva. Quedémonos, no obstante, con los imperecederos nombres de John Ford (1894-1973), Charles Chaplin (1899-1977), Orson Welles (1915-1985), o más recientemente, Steven Spielberg (1946). Matthew Robbins (1945) pudo haber sido uno de ellos, al menos, a partir de su segunda película, pero lo cierto es que las expectativas puestas en el realizador no se vieron cumplidas a posteriori, si bien, sus trabajos de raigambre más familiar no son desechables, centrándose desde entonces en la redacción de guiones más que en la dirección. Una labor directiva iniciada con la simpática Correrías de verano (Corvette Summer, 1978), en la línea de las comedias estudiantiles al uso. En cualquier caso, El dragón del lago de fuego (Dragonslayer, Paramount-Walt Disney Productions, 1981) sigue siendo su mejor obra; posiblemente, después de esta narración no volvió a sentirse tan involucrado con ninguna otra.

Hasta tal punto la labor requería de un esfuerzo visual notable que tuvieron que aliarse dos compañías cinematográficas para sacar la empresa adelante, Producciones Walt Disney y Paramount Pictures, en una época en que los efectos mecánicos aún no habían cedido el paso a lo estrictamente digital, sino que ambas vertientes se cohesionaban en unos resultados harto estimulantes. Algo parecido sucedió, años atrás, con la asombrosa Planeta prohibido (Forbidden Planet, Fred McLeod Wilcox, 1965), también entre la factoría Disney y Metro Goldwyn Mayer. Los resultados a la vista siguen estando. Spielberg (1946) no tuvo tanta suerte con 1941 (Íd., Columbia Pictures-Paramount, 1979), aunque a mí me sigue divirtiendo esta película, a la fecha, auténtica pieza de culto.

El dragón del lago de fuego fue escrita por Hall Barwood (1940) y Matthew Robbins (1945); el primero, en funciones añadidas de productor, y el segundo, como queda dicho, a cargo de la dirección. Un empeño, por lo tanto, sumamente personal, que contó con los espléndidos escenarios y decoración interior del sensacional Elliot Scott (1915-1993), y con la fotografía del poco prodigado Derek Vanlint (1932-2010), el mismo operador de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979).

El anciano mago Ulrich (estupendo Ralph Richardson, como siempre) entona un conjuro en las mistéricas dependencias de su castillo, Cragenmore Castle, en una Edad Media apenas iluminada por las antorchas. Se trata de un periodo temporal reconocible aunque incierto, lindante con lo paralelo. Ulrich no vive solo, tiene un sirviente en la figura del también anciano Hodge (Sydney Bromley), y un aprendiz en la de Galen (Peter MacNicol), del que, en palabras del mago, se dice que es su discípulo favorito.

Estos personajes reciben la visita de una comisión venida de lejos, del reino de Urlan. Al frente parece estar el joven Valerian (Caitlin Clarke), que pronto mostrará su verdadera identidad. Existe razón para esta ocultación. El grupo viaja por iniciativa propia, más que en nombre del rey correspondiente, Casiodorus (Peter Eyre), monarca de este reino tan lejano como devastado. Casiodorus ofrece mediante sorteo una inmolación cada X tiempo, debido a su conformista pacto con el dragón. Ofrenda a una de sus súbditas con tal de seguir manteniéndose en el poder, con la excusa de que es la única manera de aplacar a la fiera, que reclama en carne su pago por tan relativa paz. Para disipar los “malos espíritus” se hace necesario sacrificar a una doncella, en un marco que me recuerda el oneroso pozo de los sacrificios o cenote “sagrado” de Chichén Itzá, en México. La imagen misma de la cobardía la proporciona Casiodorus al final de la película, cuando Robbins lo muestra atribuyéndose el mérito del deceso del dragón, que por supuesto no le corresponde. Las peores maldiciones las suelen procurar los seres humanos.


Casiodorus encuentra su despótica estabilidad, no a través de la hacienda pública o los jueces a su servicio, sino en el leal líder guerrero Tyrian (John Hallam), que sirve ciegamente los intereses del rey.

Respecto al otro “monstruo”, acierto de la película es desvelar al dragón como un animal destructivo y no como una criatura simpática. Y en cualquier caso, nos es presentado de modo inteligente, por partes y poco a poco, para ir creando la necesaria inquietud. Escupe fuego. Y no se trata de un vistoso ornamento, sino de un peligro real con el que poder abrasar a las pobres gentes.

No es un dragón, es Lucifer, declara el guía espiritual de la aldea (Albert Salmi). Y algo de verdad debe haber, pues pese a quedar sellada la entrada a la cueva en un determinado momento, el mal se las apaña para abrirse camino.

El viaje de vuelta de los expedicionarios a su reino es penoso, y aún les aguardan más infortunios. Un trayecto, como suele ocurrir, de crecimiento para el mago adolescente, que encuentra en la quietud de las aguas de un lago -de dos, a lo largo de la narración-, el vehículo esotérico ideal -elemento agua- para ponerse en contacto con sus latentes facultades: la contemplación a distancia de los dramas que se están sucediendo. De momento, no puede interactuar con el pasado y el futuro, tan solo con el presente, aunque él mismo, como más tarde descubrirá, es portador de ambos marcos temporales.

La disciplina de la magia parece quedar en entredicho en pos de una realidad salvaje, pero esto es mera apariencia, la demostración “frustrada” del anciano mago deja franco el camino al joven Galen; al fin y al cabo, nadie dura para siempre, y la magia no deja de ser una disciplina que hay que ejercitar.

¿Es entonces el enfrentamiento con el dragón una cuestión de mera fuerza y valor por parte del protagonista, o sigue teniendo dicha magia un papel preponderante, más allá de la atractiva prestidigitación? Se dirimirá en curioso duelo durante el metraje, en un combate entre dos naturalezas o polos tan opuestos como complementarios.


En este sentido, Galen intuye el enclave del dragón y lo visita incluso antes de alcanzar el poblado de los solicitantes. Brujo incipiente, Galen se introducirá en esta cueva de lobo una segunda y tercera vez. No es el único peligro que ha de enfrentar, también se ve requerido ante la corte del rey por motivos de envidia (usurpación más o menos ilusoria del mando), como sucede con tantos gobernantes o dirigentes de cohortes políticas que quedan impávidos y temerosos ante los felices resultados de sus vasallos, y la posible pérdida de su poder. Para contrapesar ambas posturas se introduce el personaje de la hija del rey, heredera de un gobernante sin demasiados escrúpulos, pero constatadora de los privilegios que tal condición le ha venido acarreando (el de Galen no es el único personaje que madura). Ella es la princesa Elspeth (Chloe Salaman), portadora de una mayor y más limpia conciencia que la de su padre.

Este sentimiento de aspereza en las relaciones y colisión taumatúrgica entre el bien y el mal, se traslada al espacio. El entorno es un páramo desolado, aunque de vez en cuando emerge la frondosidad -a veces traicionera- de la naturaleza, en forma de exuberante y acogedor bosque. Un “toque de color” resaltado por la fotografía en escenarios naturales de Gales y Escocia, en Reino Unido. Y labor que se ve resaltada por las prestaciones de un elenco de técnicos donde entresacamos a Dennis Muren (1946) y Phil Tippett (1951), y algunos integrantes de la escudería Light & Magic (1975-actualidad), que proporcionan al conjunto una factura sólida y especial, al igual que hicieran en En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981), La ira de Kahn (The Wrath of Kahn, Nicholas Meyer, 1982), Los cazafantasmas (Ghostbusters, Ivan Reitman, 1984), Cocoon (Íd., Ron Howard, 1985), Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985), El chip prodigioso (Innerspace, Joe Dante, 1987), ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who framed Roger Rabbit, Robert Zemeckis, 1988), y tantas otras.

A su vez, la magia es tratada con respeto, y se hace clara diferenciación con los habituales trucos de salón. Al punto de que el talismán mágico de Galen le es arrebatado por el rey, y habrá de recuperarlo. De este modo, las artes mágicas, bien entendidas, se deslindan de la mera superstición (que parece relegarse a las creencias de carácter religioso). El cristianismo existe en la región, pero se trata de un cristianismo incipiente, por definir, de contornos brumosos y símbolos aguerridos; en un lapso en el que convivían ambas perspectivas, tratando de buscar cada una su hueco y razón de ser; y por desgracia, solapándose la una a la otra con el humano y divisor transcurrir del tiempo. La religión desplaza a la magia como forma de dar una estructura a lo que, de ordinario, se nos escapa, corriendo el riesgo de administrar con exclusividad los fenómenos inexplicables (no al entendimiento, sino a la pulcra demostración del método científico).

Al fin y al cabo, la religión es un medio de interpretar lo sobrenatural. Por todo ello, en El dragón del lago de fuego conviven mundos de fantasía que no sacrifican el realismo, dotando al género de una correspondiente madurez, en una época -esta vez relativa a la fecha de producción- donde la brillantez visual y los efectos mecánicos y digitales, como antes advertía, no estaban reñidos con la labor cinematográfica de la planificación, de raigambre clásica -es decir, moderna-; o lo que es lo mismo, que la cámara no te marea y los personajes resultan de carne y hueso –¡más después de pasar por la fauces del dragón!-, además de mostrar un correcto desarrollo argumental y narrativo, expuesto merced a una puesta en escena que se sustenta en imágenes con significado. Del mismo modo que se atiende a la máxima, igualmente clásica, de que lo que puedan ilustrar las imágenes no es preciso verbalizarlo recurriendo a innecesarios subrayados, tan predominantes en la presente era. Tomemos como ejemplo el desvelamiento de la identidad de la princesa Elspeth o del joven Valerian. Incluso el vínculo entre la figura del mago y el dragón. El uno no puede existir sin el otro, porque toda fuerza diabólica ha de tener su contrapeso. Como acontece con el ser humano mismo.


Como conclusión, cabe destacar que, en efecto, la puesta en escena del neófito Matthew Robbins es magnífica. Y su desenvolvimiento con la cámara. Nada sobra, nada falta, y todo el conjunto resulta compacto y perdurable (sello del mejor cine de aquella época).

Otro elemento contribuye al arriesgado extrañamiento de la película, insisto que como elemento definidor y agradecido de aquella etapa cinematográfica: la música discordante, primitivista y atávica del expresionista Alex North (1910-1991), difícil de escuchar exenta a la película y de la que puedo distinguir algunos pasajes de la partitura elaborada -y desechada- para 2001, una odisea en el espacio (2001, A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), años más tarde recuperada por el genial Jerry Goldsmith (1929-2004) en una estupenda regrabación (Varèse Sarabande, VSD 5400, 1993).

Oscura pero no sórdida, inquietante pero no desagradable, El dragón del lago de fuego se erige en una de las (dobles) producciones y empeños más sugestivos de la ya de por sí valiosa década de los años ochenta, sin niñerías ni coartadas digitales.

Para el sábado noche (CXI): Confesiones verdaderas, de Ulu Grosbard

02 noviembre, 2021

| | | 0 comentarios
En nombre de la santidad, o al amparo de ella, se pueden cometer y ocultar abusos. Principalmente, los relacionados con la debilidad de la carne. A estas alturas, podemos considerar que esto constituye un tópico literario o cinematográfico. Hablar ex cátedra es hacerlo en nombre de la autoridad de un cargo, las más de las veces (sobre)cargado de boato y pedantería. La infalibilidad ya es asunto más espinoso, al referirse a personas de carne y hueso, por muy investidas que estén de dicha autoridad y, en cualquier caso, se refiere en exclusiva a los dogmas de un colectivo. No debiera ser parapeto de una opinión poco contrastada. Así, frente a quienes pontifican omitiendo los pecados propios y pidiendo perdón por la (malinterpretación de la) historia, se opone el Dios del cristianismo, que propugna el perdón personal de las faltas, que son las que han de rendir las cuentas, dejando la historia a los historiadores, y procurando de paso no avergonzar a millones de fieles y seguidores.

Al final, la confesión a la que se pertenezca es lo de menos, religiosa o política, las personas pueden llegar a ser tan crédulas y manipulables hasta el punto de prestar su apoyo a ideologías sostenidas por el dinero del narcotráfico.

La seguridad de juicio puede ser ambivalente, como bien sabe el sargento de homicidios Tommy Spellacy (Robert Duvall), y aprenderá su hermano, monseñor Desmond Spellacy (Robert de Niro), que pertenece a la Iglesia Católica estadounidense.

Este último ha sido siempre el “favorito de mamá” (Jeanette Nolan), una ferviente religiosa (no creo que el adjetivo fanática se ajuste). En efecto, el aventajado ha sido siempre el menor. Los compromisos de monseñor son múltiples, y los quehaceres del policía no le andan a la zaga. Para pesar de uno y promoción social del otro. Como bien resume Tom de forma irónica ante su colega Frank Crotty (Kenneth McMillan), estando así las cosas, resulta que un policía no es un pilar de la comunidad.

Historia de dos hermanos, su relato se expande e impregna toda una ciudad. Y un espacio concreto dentro de esa urbe. El telón de forma y fondo de un San Francisco que es el lugar de acción de Tom, como el marco de la iglesia de Desmond, si bien, la virtud teologal de Confesiones verdaderas (True Confessions, United Artist, 1981) es que ambos escenarios convergen, de un modo tan inesperado como sombrío. La razón en abstracto es que los humanos que transitan por dichos espacios son lo que son. Más que de lugares en sí, habría que hablar directamente de las personas que lo (des)habitan.

Que a los dos hermanos las cosas no les van igual lo ilustra Ulu Grosbard (1929-2012) a través de un plano en el que vemos cómo a Tom se le ha estropeado el radiador de su vehículo. Son los pequeños impedimentos de la vida cotidiana que no parecen afectar a su hermano menor, que tiene quien se los solucione (por ejemplo, Desmond viaja con chófer). Su misión es la de salvar almas, pero habrá de encomendar la suya en primer término para poder sobrevivir anímicamente y encontrarle un auténtico sentido a su quehacer en el mundo y a su espiritualidad.

Otro personaje con carácter es el de la madame y ex prostituta Brenda Samuels (Rose Gregorio). Como los demás, bien construido y manejado por los guionistas John Gregory Dunne (1932-2003) y Joan Didion (1934), en torno a la novela de Dunne, el mismo adaptador de la versión de Ha nacido una estrella (A Star is Born, 1976) oficiada por Frank Pierson (1925-2012).


Las restantes figuras secundarias no carecen de entidad, como el anciano padre Seamus Fargo (Burgess Meredith), que parece haber visto de todo, política y administrativamente hablando, tal cual se desprende de su rostro, que procura no perder la sonrisa aunque se vea nublada. La nómina la completan el cardenal Danaher (Cyril Cusak) y Jack Asmterdam (estupendo Charles Durning), un lastre con el que todos necesitan contar pero que desprecian en privado, filántropo especulador que será el resorte que ponga en contacto esos dos mundos a los que hacíamos mención, convirtiéndolos en uno mismo, más por vía de lo espirituoso que de lo espiritual. Designado a dedo o a los dados Católico Seglar del Año, Amsterdam no se dejará apartar de la acción de mando tan sumisamente. La parroquia californiana se ve igualmente lastrada por el vínculo colateral y sinuoso que mantiene con otro patrocinador, que se las apaña para permanecer en la sombra: Lelan K. Standard (conocemos su existencia por una misiva). Antes de desatarse todos los infiernos, buena prueba de este clima viciado lo encontramos en la boda “con componendas” que tiene por objeto casar a la hija de Amsterdam, Georgette (Susan Myers). Un apaño conveniente, ya que la pareja espera descendencia. Los planos entre la gente durante la ceremonia son herencia directa de El Padrino (The Godfather, Francis Ford Coppola, 1972), pero no por ello dejan de tener su propia entidad y significado. Simbolizan los acuerdos bajo cuerda entre copa de champán y vino de California.

A Desmond, toda esta pompa le pilla en medio. Ilustrativo de su estado de ánimo es el momento en que observa con ansia su reloj, durante una ceremonia mexicana. Una de tantas a las que se ve obligado a asistir.

En puridad, la historia comienza con la muerte de un sacerdote en un burdel. La acción se sitúa en 1948, recién finalizada la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y toma por fondo el atroz asesinato de la llamada Dalia Negra, esto es, Elizabeth Short (1924-1947), hallada muerta -diseccionada- en un descampado que, no por casualidad, se incrustaba en pleno barrio residencial. Al igual que se visualiza en la película, aunque con distinto nombre. Aquí la muchacha es Lois Fazenda (Amanda Cleveland), y es apodada la Virgen Vagabunda.


Más detalles de dirección y guión. Tom tiene presente a su familia desde su propia vertiente individualista. Escucha a su hermano pronunciar una homilía a través de la radio. Es una forma de seguir en contacto a pesar de las diferencias que les separan.

Parece que los crímenes ya no afectan al curtido Tom, pero no es verdad. El sargento regresa al lugar del macabro descubrimiento, por el que deambula, en un plano nada gratuito. Más tarde, hallará el auténtico y desgarrador enclave del crimen, con el único ropaje de la emocionada música de Georges Delerue (1925-1992) y la naturalista fotografía de Owen Roizman (1936). Aprovecho para destacar la calidad fotográfica del magnífico operador, en la línea contrastada de un Gordon Willis (1931-2014), aunque más atmosférico si cabe, o si se prefiere, menos incisivo o nítido.

En suma, las ambiciones humanas nos alcanzan a todos. Es cierto, existe gente, dentro de cualquier ámbito, que por narices, o puede que por intercesión divina o política, ha de ser el centro de la atención, que se gusta y gusta de escucharse. En este sentido, es reveladora la charla que Desmond mantiene con su homólogo, monseñor Seamus. El experimentado sacerdote le advierte acerca de la utilización del poder como un resorte adictivo, y sobre el disfrutar mandando. Pero, ¿cómo podemos conseguir las cosas sin el poder?, le pregunta Desmond, con total sinceridad, no de forma farisaica.

Por suerte para él, Desmond se valdrá de los soplos y advertencias que le ha procurado su hermano. No existen más allegados que ellos dos en las circunstancias que viven. Pese a todo el relumbrón de rigor, el realizador deja bien claro que Desmond no es un aprovechado para sí mismo. Grosbard nos muestra que no posee un dormitorio lujoso ni nada por el estilo, su aposento es más bien espartano, lo que nos habla -con imágenes, como ha de hacer todo buen cineasta- de la honestidad intrínseca del personaje. La suya es una buena voluntad, zarandeada por los intereses espurios de quienes le rodean y de un monstruo al servicio desnaturalizado de Dios.


Lo que también resulta evidente, y buena prueba de ello es Confesiones verdaderas, es que lo que se salva es el individuo; más que las instituciones de las que forma parte, por muy altruistas y ecuménicas que se pretendan. Las adscripciones grupales han de ser siempre autónomas y voluntarias, allende la cultura y el entorno social, porque ahí reside la clave de la libertad e independencia de criterio. Aunque ello conlleva una personal travesía por el desierto, como la que aguarda a Desmond, que al fin y al cabo, ha tenido la suerte de poder ver la luz.

¿Recuerdan? Vigilen los cielos, rezaba la advertencia de El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, Christian Nyby & Howard Hawks, 1951). Muy cierto. Y vigilen también a sus socios, con quienes se alían. Que las alianzas a veces las carga el diablo.

Historias de intriga y de aventuras, de Arthur Conan Doyle

30 octubre, 2021

| | | 0 comentarios
ESPECIAL HALLOWEEN 2021

Es la tercera vez que leo Historias de intriga y aventuras, una recopilación efectuada por la editorial Valdemar para su colección Club Diógenes (1995, pero se ha seguido editando). Se trata de uno de esos libros-amigo a los que poder volver y que siempre te atrapan y arropan. Cuando salió publicado, degusté esta selección de relatos de Arthur Conan Doyle (1859-1930), y al hacerlo de nuevo, se me ha ocurrido compartirlo con nuestros lectores, completando la lista de sugerencias para este Halloween, que deseo muy entretenido y escabroso para todos.


El volumen lo forman trece narraciones o misterios que quedan establecidos de la siguiente manera: al igual que el doctor John Watson, el narrador se va haciendo eco de unos extraños sucesos que, con el tiempo, son puestos negro sobre blanco, y a veces descifrados con rotundidad. En la primera de estas narraciones, asistimos a unas recientes declaraciones que tratan de arrojar luz sobre un caso sumamente insólito, el de El tren especial desaparecido (The Story of the Lost Special), en ruta de Liverpool a Manchester. El transporte, que avanza inexorable con documentos comprometedores para la salud del gobierno (hay cosas que no cambian nunca), poco menos que se volatiliza en el aire, sin que, hasta ahora, haya podido hallarse el menor rastro de él. Como nota sardónica, Arthur Conan Doyle introduce la referencia a un “agente confidencial” del Estado que participa en el esclarecimiento del hecho, fracasando en el intento. Además, se observa una conexión con el detective que todos tenemos en mente, ya que con cierta simpatía metaliteraria, el autor se refiere a él indirectamente al incluir, en el desarrollo de la investigación, la participación de un aficionado a la lógica que gozaba de cierta fama. Una auto-referencia que se vuelve a dar en el episodio llamado El hombre de los relojes (The Man with the Watches), que a su vez propone un misterio criminal, también sin resolver, que como en el caso previo, verá la luz al cabo de los años, desarrollándose nuevamente en el interior de un vagón de tren. En él, un pasajero sin identificar aparece asesinado, y otros tres son dados por desaparecidos. Estos últimos son tenidos por responsables del citado crimen, pero el asunto no es tan sencillo como aparenta...

Imagen de Yorkshire (Inglaterra)

Conan Doyle nos depara más crónicas, adscritas al estilo periodístico algunas de ellas, pero siempre sazonadas por el misterio. Como El debut de Joyce, el bimbashi (The Debut of Bimbashi Joyce), donde Hilary Joyce ha sido destinado al mando de un puesto militar en la intersección de dos rutas caravaneras, en Sudán, cerca de Jartum (África). Allí, instalado en las proximidades de un oasis, queda al mando de un grupo de soldados sudaneses. Es este un relato con trasfondo histórico, tan del gusto del autor (esa primorosa Compañía Blanca), cuyos datos verdaderos se combinan con la verosimilitud de la ficción con total perfección. La anécdota que se describe ha de ver con un prisionero que resulta no serlo, ya que la esencia principal de la narración reside en la cuidada descripción del ambiente y las impresiones del protagonista.

El marco espacial, una ancestral casa victoriana, también tiene su peso específico en El cazador de escarabajos (The Beetle-Hunter), donde el joven doctor Hamilton, experto en zoología, acude a una entrevista de trabajo, a requerimiento de un anuncio en el Standard (periódico real pero que encuentra una traslación adicional en el Strand Magazine, donde publicaba el autor). Se trata de atestiguar la posible locura “esporádica” del célebre entomólogo sir Thomas Rossiter. ¿Estará el gran estudioso de insectos como una cabra?

Otrosí. El señor Upperton, un poeta y anacoreta, erudito de la mística, se refugia en una casita que él mismo ha dispuesto en pleno páramo inglés. Turismo rural y espiritual. Allí no llega ni Amazon. Pero las cosas no resultarán tan plácidas para el foráneo, cuando entable relación con El cirujano de Gaster Fell (The Surgeon of Gaster Fell), y una misteriosa dama… Seres ermitaños en un entorno de apariencia desolada que bien podría ser el de Dartmoor, aunque el presente se ubica en Yorkshire.


Espléndido resulta El hombre de Arkángel (sic) (The Man from Archangel), en el que un procurador con tendencias al estudio de la química, la literatura y la filosofía, ha recibido unas posesiones junto al mar como herencia. Como en el relato anterior, su vida parece entregada al estudio y la soledad más o menos comedida. Me desagradaban todos los hombres, especifica. Me repugnan sus pequeñas bajezas, sus convencionalismos, sus farsas, sus ideas estrechas del bien y el mal (…) con sus políticas, sus inventos y charlatanerías. Es este un cuento introspectivo más allá de la mera primera persona, que se completa con la peripecia de dos náufragos que vienen a perturbar el aislamiento voluntario. Emerge un amor no correspondido entre el fornido capitán de un barco y una delicada muchacha rusa. Tan solo en el fragor del mar encontrarán estos personajes la paz que anhelan.

Otra bonita historia de amor complementa el mosaico afectuoso en La caja barnizada de negro (The Japanned Box), cuando uno de los dos miembros de la pareja está ausente… No conviene decir más, como averigua el joven profesor particular que acude a la casona donde se le permite el libre desenvolvimiento, pero se le veda la entrada a la habitación de la torre, cobijo de una peculiar caja barnizada de negro.

A continuación, de forma mordaz pero contundente se pone en evidencia en El gran motor Brown-Pericord (The Great Brown-Pericord Motor) la disputa por una patente (un invento, una creación), por parte de un ingeniero y un mecánico: dos elementos esenciales para la consecución de un proyecto, incapaces de armonizar.

Por su parte, El médico moreno (The Black Doctor) es un relato que bien podría formar parte de las andanzas de Sherlock Holmes, sito en una de esas aldeítas apartadas y encantadoras, con trasfondo amoroso y confusión de identidad. En palabras de su autor-narrador, se trata de uno de esos dramas que absorben el interés de toda una nación. Dicho y atestiguado queda.

Grabado de una casa victoriana

El cuarto de la cerradura lacrada (Locked-Room Mystery) es otro cuento maravilloso. Resulta que un procurador -uno más- andarín (flâneur comme il faut), echa una mano a un joven ciclista que acaba de sufrir un percance, una caída, para que pueda llegar a su casa, en las cercanías. Es esta una solitaria e intrigante mansión a las afueras de Londres, que alberga al muchacho y a un misterio, pues los espacios también atesoran historias que no siempre son agradables, y que perviven, sobre todo si se tiene la capacidad de percibirlas.

A lo largo de muchas de estas narraciones podemos comprobar que una característica temática de Conan Doyle es la redención por amor o el infortunio en las relaciones. Otro ejemplo lo hallamos en El pectoral del pontífice judío (The Jew’s Breastplate), contenedor de doce magníficas piedras cuadradas y grabadas con caracteres místicos. Urim y Tummim, es decir, piedras sagradas que reposan en un museo, y que plantean una estimulante cuestión de pertenencia, de vida propia.

Escenas copiadas (Borrowed Scenes) es una humorada en la que destacan las citas a Lope de Vega (1562-1635) y Calderón (1600-1681), aunque quien subyace en estas líneas es Miguel de Cervantes (1547-1616). Un “lunático” se afana en seguir los pasos caballerescos de su maestro literario por la campiña inglesa. Resulta entretenido, algo estrambótico, y precedente del estupendo El regreso de don Quijote (The Return of don Quixote, 1926), de Chesterton (1874-1936).

El volumen concluye con El cuarto de la pesadilla (The Nightmare Room). Nueva humorada en la que se pone en entredicho toda la puesta en escena que se describe, mediante un certero quiebro que lo descoloca todo (una dramática situación triangular pasa a coinvertirse en otra cosa).

Cabe destacar, para finalizar, la querencia de Arthur Conan Doyle por los personajes al margen, en el sentido de tomar a profesionales poco comunes. Aparte de que muchos de sus protagonistas son hombres, jóvenes o adultos, que muestran cierto desapego, no tanto con la realidad social, como con la sustantividad de los seres humanos, un perceptible incomodo en su relación con los demás. Lo que resulta harto estimulante. Sin perder nunca de vista los nuevos inventos y artilugios, expresión del más prometedor futuro, como pudiera ser un fonógrafo, o una pertinente idea filosófica extraída de alguno de los volúmenes que pueblan los distintos escenarios de estos relatos. Hasta llegar incluso al enfrentamiento físico con naturalezas de todo tipo.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Especial Halloween: Me casé con una bruja, de René Clair, y Brujería, de Don Sharp

28 octubre, 2021

| | | 0 comentarios

 ESPECIAL HALLOWEEN Y TODOS LOS SANTOS


Llevamos un mes y pico de espantos que ni les cuento. Comenzamos con los tiernos infantes y adolescentes de Cumpleaños sangriento (Bloody Birthday, Ed Hunt, 1980) y Comportamiento perturbado (Strange Behavior, Michael Laughlin, 1981), en nuestra entrega de El autocine de septiembre, muy útil a la hora de iniciar con precaución el nuevo curso escolar. Después continuamos poniendo nuestras mentes a prueba con los scanners de David Cronenberg (1943). Para los supervivientes a tanto sobresalto, acometimos luego los trastornos tripolares de los muertos y enterrados y el íncubo. Cosa fina. Pero ahora me ha parecido oportuno, en nuestro especial de Halloween para este año (como prefieran: Víspera de Todos los Santos, Día de Todos los Santos y Día de Difuntos, es decir, treinta y uno de octubre, uno y dos de noviembre), regresar al cine clásico. Ya saben, aquel por el que no pasan los años. Atender a los repullos comedidos y bien articulados de una sosegada puesta en escena.

Temores especialmente amables en el primer caso que nos va a ocupar. Resulta que el apuesto Fredric March (1897-1975) tiene un pasado escabroso. No sé si decir que en sus vidas anteriores, pero desde luego sí que los antecesores del personaje que interpreta no se han conducido con demasiada ejemplaridad. No en vano, Me casé con una bruja (I Married a Witch, Cinema Guild-United Artist, 1942), comienza con las siguientes palabras impresas en un rótulo: hace mucho tiempo, cuando la gente creía en las brujas… Allí estaba Jonathan Wooley (Fredric March), de Nueva Inglaterra (EEUU), contemplando la quema de una hechicera, a sabiendas de que no era culpable, o al menos no tan culpable como los supersticiosos lugareños pretenden con ansia de fuego. El referido prolegómeno es irónico por doble motivo: advierte acerca del exterminio criminal y el celo fervoroso (¿religioso?) de las gentes del pasado, en un trasvase de la Europa protestante a los pioneros de EEUU (el Mayflower Power), y además propone un soporte cinematográfico que se va a servir de la materialidad de las brujas en el presente histórico del relato. No debemos olvidar que, aunque el realizador René Clair (1898-1981) es de origen francés, la crítica la llevan a cabo norteamericanos, ironizando sobre esa porción de su pasado que, como todo lo relacionado con la brujería, se resiste a fenecer.

En este elenco tras las cámaras destaca la espléndida música de Roy Webb (1888-1982), que adereza el relato empleando el divertido estilo musical Mickey Mouse (ojalá se hiciera una buena grabación), así como la seductora elegancia de la diseñadora Edith Head (1897-1981) y la fotografía del fenomenal Ted Tetzlaff (1903-1995). Escrita por Robert Pirosh (1910-1989) y Marc Connelly (1890-1980), dos excelentes guionistas, Me casé con una bruja gira en torno a una historia de Thorne Smith (1892-1934) y Norman Matson (1893-1966), parece que con alguna aportación de Dalton Trumbo (1905-1976). En realidad, podría haber sido extraída de cualquier antología de cuentos de fantasmas para niños o adultos, de esos al amor de la lumbre.


No sería la última vez que René Clair se vería involucrado en una trama de corte fantástico, como confirma la posterior La belleza del diablo (La beauté du diable, 1950), inspirada recreación del Fausto (Faust, 1808 y 1832) de Goethe (1749-1832) en clave de comedia. Prosiguiendo con nuestro ejemplo, dejamos a Jonathan en Nueva Inglaterra. Allí una turba de protestantes fanáticos están más que dispuestos a pasar por las llamas a una mujer acusada de brujería, Jennifer (Veronica Lake), y de paso a su protector padre, Daniel (Cecil Kellaway). No diremos que se trata de una supuesta bruja, puesto que sus prácticas parecen demostradas. Lo que da bastante coraje a la hechicera es que la hayan cogido con las manos en el caldero. No hay cuidado, ella envía una maldición a los Wooley y sus descendientes. ¡Por algo es bruja!

La imprecación se materializa sucesivamente en los descendientes de Jonathan, hasta llegar a Wallace Woolley (Fredric March de nuevo). Todos ellos van a comprobar la eficacia de esta maldición al ser incapaces de tener suerte en el amor. Y buena prueba de ello es la relación de sumisión que Wallace mantiene con su insufrible prometida, Estela Masterson (otro tipo de “bruja” servida en bandeja por Susan Hayward). Se da la circunstancia de que Wallace es candidato a gobernador. Ya se sabe que desgraciado en amores…

Estando en uno de los típicos aquelarres políticos con derecho a cóctel, un rayo cae sobre un árbol cercano, que mejor o peor, contenía los “espíritus malignos” de los sacrificados, que de esta guisa son liberados. La naturaleza en forma de rayo, como en el caso de la energía artificial en El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931), et alii, propicia lo fantástico. Estos espíritus son, por supuesto, Jennifer y su padre Daniel. Para demostrar su descontento ante la injusticia de los mortales, comienzan abrasando un hotel -de nuevo las llamas- para más señas llamado “de peregrinos” (Pilgrim Hotel). Queda demostrado que están a la altura a la hora de causar perjuicio. El resto de la película decidirá si también son capaces de lo contrario.


Entre tanto, padre e hija, debidamente materializados, deciden dar un giro a la condena. Se trata de hacer imposible la relación de Wallace con una chica como Jennifer-Veronica Lake, por la que el candidato se siente irremisiblemente atraído. Aunque para la magia del amor no hay nada imposible. Flaco favor le presta, no obstante, al futuro y casto gobernador.

Soy mayor de lo que crees, le espeta Jennifer a Wooley. Finalmente, el protagonista es consciente de que se ha casado con una bruja, pero eso no impedirá la futura convivencia. En este sentido, los mecanismos de Me casé con una bruja son los de una comedia romántica, entre sofisticada y fantástica. Una rareza en sí misma que se sigue dejando ver con agrado. Para empezar, es Jennifer la que ha hechizado a Wallace con su presencia, y no con sus fórmulas, lo que desemboca en una intriga amorosa que juega al equívoco, y que bien podría haberse titulado “Historias de Nueva Inglaterra”. Estupendo golpe de humor es el desglose de la tarifa del juez de paz que los casa. Así como el hecho de que sea Wallace quien proporcione a Jennifer la poción que esta le ha preparado. Él lo hace para reanimarla, sellando el definitivo destino de la maldición.

Muertos que no están muertos y enredos encantadores, son la esencia del simpático relato, el nudo romántico por el que se trastoca la realidad en la que nos desenvolvemos, esa que nos resulta perceptible. En el último tercio, Jennifer vuelve a tomar las riendas y ocupar, como mujer preparada que es, el lugar que le corresponde. Con el sarcasmo final de que el espíritu de la magia se cierne sobre las masas y hace ganar a Wooley las elecciones (esto explicaría un sinfín de cosas). Todo el censo electoral lo ha votado, declara admirado uno de los miembros de la campaña.

La sensación que depara Me casé con una bruja, como hacía presagiar el rótulo inicial, es que el tiempo de los hechiceros y la magia ha desaparecido por arte de realismo, y que ya apenas tiene cabida en la edad moderna (y cuando la tiene es para denunciar falsos tratamientos milagrosos o contemplar estupefactos exorcismos que representan la más atroz incultura). Nada más lejos de la realidad, la magia la crea uno mismo, y el cine es buena prueba de este aserto.

Más enjundia argumental posee Brujería (Witchcraft, Twentieth Century Fox, 1964), aunque el glamour de la previa no son las sombras que persigue la presente, escrita por Harry Spalding (1913-2008), responsable de la fenomenal Los ojos del bosque (The Watcher in the Woods, John Hough, 1980), y puesta en escena, bastante eficazmente, por el australiano afincado en Reino Unido, Don Sharp (1921-2011). Pieza de culto a mayor gloria y resurrección de Lon Chaney Jr. (1906-1973).

Una máquina aplanadora hace de las suyas al profanar las carcomidas lápidas de un cementerio local, antiguos vestigios de vidas pasadas no siempre entregadas a lo piadoso. ¡No puede desenterrar a los muertos!, vocifera el angustiado Morgan Whitlock (Lon Chaney Jr.), en un planteamiento que recuerda al del posterior Poltergeist (Íd., Tobe Hooper, 1982).

Hay razón para el espanto, pues las tumbas forman parte del vetusto panteón de los Whitlock, sito en un entorno que está sufriendo severas remodelaciones. La zona destinada a camposanto debía ser preservada de las obras, pero el socio del arquitecto Bill Lanier (Jack Hedley), el especulador y desaprensivo Myles [sic] Forrester (Barry Linehan), no ha respetado el trato. Será la primera víctima.

Como en el caso anterior, otra maldición flota en el ambiente, nada decrépito, sino inserto en la vida moderna, aunque con su toque tétrico de representación.

Morgan Whitlock tiene una sobrina, Amy (Diane Clare), que está secretamente enamorada del hermano menor de Bill, Todd (David Weston), como sucede en tantas tramas con familias enfrentadas. Los Whitlock son de abolengo, y consideran a los Lanier unos advenedizos. Ellos son los mencionados William y Todd, la esposa de Bill, Tracy (Jill Dixon), tía Helen (Viola Keats), y la abuela Malvina (Marie Ney), que vive recluida en su habitación desde el fallecimiento de su esposo. Habitan una mansión como el género (de)manda, plantada en mitad del campo. Un entorno à la Corman, despojado. Adornado por la adecuada música, con pasajes inquietantes sorteando el tópico, del interesante Carlo Martelli (1935).


Don Sharp sabe mantener la atmósfera haciendo que Bill compruebe por la noche el estropicio que han causado sus máquinas y operarios, a su pesar. Un emplazamiento reverenciado donde se supone que hace más de cien años no se ha enterrado a nadie. Se supone. En una de las lápidas partidas, Bill descubre unos signos ocultistas. Los restos humanos corresponden al siglo diecisiete, pero, ¿de verdad están inermes? ¿Descansan en paz, como es su obligación?

Como en la película de René Clair, el espíritu del mal se encarna, aunque lo hará de forma mucho menos benigna que la favorecida por Veronica Lake (1922-1973). El resultado es Vanessa Whitlock (Yvette Rees), que tampoco está nada mal (¡aun siendo malísima!). Es decir, una bruja al estilo de Barbara Steele (1937) en La máscara del demonio (La maschera del demonio / Black Sunday, Mario Bava, 1960), de pocas palabras pero contundentes actos. No en balde, el mal ni se crea ni se destruye, se transforma, hasta alcanzar, en sus múltiples caras, acomodo en una heredad victoriana o el escaño de un parlamento, lugares sombríos por definición.

¿Por qué consideran los Whitlock a los Lanier unos usurpadores? Porque la mansión ancestral de los primeros ahora la ocupan -legítimamente- los segundos. Y en cuanto a los lugares, quien tuvo, retuvo. Las paredes sólidas y pétreas del caserón conservan todo el descoyuntado aspecto e impregnación de los espacios ocultistas.

La apropiación entonces es doble, casa y cementerio, y los Lanier van a pagar las consecuencias, a pesar de no ser culpables conscientes de los desmanes de que son acusados por la muy bien conservada Vanessa y sus descendientes.

En la estupenda Brujería emerge el atractivo de la figura, bien contorneada y nada esperpéntica, de las brujas, junto con los conjuros, los libros antiguos, los fetiches, los sacrificios humanos por exigencias del guión sobrenatural, y muertes accidentales o provocadas… Aspectos que trata de desentrañar, sin creer mucho en ellos, el detective de rigor, el inspector Baldwin (Victor Brooks). Lo que pasa es que esos “accidentes” a los que nos referimos dejan marcas bien visibles. Por ejemplo, en el cuello de una víctima, o por medio de la escayola del cementerio que se desprende de un ropaje… elementos que nos permiten conjeturar la realidad física de estos hechos perturbadores.


No obstante, existe una forma de enfrentarse al mal. Como en la mayoría de los casos, tan solo hace falta que los Lanier estén en posesión de la debida información. Y lo estarán.

Excelentes momentos son aquellos que muestran a algunos personajes desposeídos de su propia voluntad; un bien dirigido intento de acabar con los Lanier. Aparte de que penetrar en el interior del mausoleo de la familia Withlock no parece tan buena idea una vez se está dentro de él. Producciones más recientes como Misa de medianoche (Midnight Mass, Netflix, 2021) vuelven a poner el acento, de una manera más gráfica aunque menos romántica y sugestiva, en los aspectos de la brujería y la atracción por lo demoniaco. Todo lo que es posible mostrar nos es mostrado, incluso lo innecesario. Por su parte, en apenas ochenta minutos expone Brujería sus mejores armas: el atractivo de un tema interesante, en la línea del mejor género cinematográfico, y el buen tono al contarlo de Don Sharp, atmosférico y envolvente.

Un buen detalle de realizador, además de la citada atmósfera, lo hallamos en el instante en que la abuela Malvina se santigua antes de salir de sus dependencias -¿su círculo protector?- tras años de confinamiento voluntario, con destino al más acá.

Coherencia, adecuación y cohesión, es lo que pedimos a los discursos orales, escritos y por ende cinematográficos. Algo de lo que hace buena gala Brujería. Y a morir que son dos días.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717