Baúl del Castillo: balance de 2020

31 diciembre, 2020

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Ha sido un año difícil y tristemente histórico. Despedimos el año de la pandemia del Coronavirus, 2020, para dar la bienvenida a un 2021 lleno de esperanza. Ha sido un año funesto y triste, pero debemos mirar hacia el futuro y tener en cuenta la experiencia vivida para los próximos años. En el blog hemos querido continuar con nuestras reseñas, con nuestros comentarios culturales, recuperando obras del pasado, intentando rescatar estrenos (de los pocos que hemos podido disfrutar) de este año. Y aunque no hemos sumado tanto como quisiéramos en cantidad, esperamos que sí lo hayamos hecho en calidad. Seguiremos igual en 2021, en un año en el que este blog alcanza su décimo aniversario.

Diez años en los que hemos sumado más de 1 500 000 de visitas y en el que contamos con 199 seguidores en Blogger, 184 en Facebook y 720 seguidores en nuestro perfil de Twitter. A todos nuestros lectores, procedentes de los rincones más dispares del planeta, os agradecemos vuestra presencia y vuestros comentarios. 

Y, por supuesto, gracias a nuestro equipo, empezando por el infatigable Javier Comino Aguilera, que cada mes prosigue con sus aportaciones a las secciones Para el sábado noche y El autocine, sin perder la oportunidad de dejarnos testimonio de sus lecturas. En mi caso, he intentado seguir con mi estilo habitual, aunque este año ha sido más cinéfilo que literario.


Finalizamos 2019 habiendo publicado 1376 entradas desde que empezamos en 2011, habiendo recibido 1 608 000 visitas, un total de 604 comentarios y habiendo hablado de múltiples temas: literatura, con más de ciento cincuenta clásicos literarios, incluyendo también cómicscine, tanto con diversos ciclos temáticos e incluso una recopilación cronológica, como con más de ochenta adaptacionesmúsicapublicidadpsicologíaseries y videojuegos. Toda una invitación a disfrutar de la cultura en la red.

Como hacemos anualmente, aquí os dejamos con una selección de doce entradas realizadas durante este año:
Nos despedimos de 2020 con ganas y afrontamos ahora 2021 con el deseo de seguir trabajando en nuestro blog como hasta ahora: reseñando, comentando y analizando obras artísticas de cualquier época. Y esperando que nos sigáis leyendo como hasta ahora.

Un estimable saludo, el administrador, 
L.J.





La guerra de las galaxias. Episodio IX: El ascenso de Skywalker, de J. J. Abrams

30 diciembre, 2020

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Empezar y acabar una historia suelen ser puntos determinantes. Más aún cuando se supone que el final que está alcanzando es la conclusión de un largo periplo en el que debes tener en cuenta el espíritu y el carisma de las obras antecesoras. Hablamos, cómo no, de Star Wars, también conocida como La guerra de las galaxias en España.

Retomar la saga siempre ha sido difícil por la cantidad exacerbada de críticas y sobreanálisis que se hacen sobre una de las franquicias más importantes del panorama cinematográfico. Cuando lo intentó George Lucas (1944-) con sus precuelas no pudo evitar la decepción de la legión de seguidores que tiene la saga, aunque La venganza de los Sith (Revenge of the Sith, George Lucas, 2005) supuso un agradable cierre y una conexión bastante orgánica con la trilogía original. Cuando se retomó la historia para continuarla, nos encontramos con El despertar de la Fuerza (The Force Awakens, J.J. Abrams, 2015), de la que se reiteró cual mantra de que se trataba de una repetición de Una nueva esperanza (Star Wars: A New Hope, George Lucas, 1977), aunque con personajes distintos y nuevos. Lo cierto es que se trataba de una aventura más dinámica, pero que repetía patrones ya vistos. Fue Los últimos Jedi (The Last Jedi, Rian Johnson, 2017) la que más distanció en los últimos años al público entre quienes la amaban y quienes la despreciaban. Pero, como siempre, faltaba una conclusión que sellara el destino de la nueva trilogía, y ese fue El ascenso de Skywalker (The Rise of Skywalker, J.J. Abrams, 2019).

La aventura final comienza recuperando al villano clásico y elemental de toda la saga de Skywalker: el emperador Palpatine (Ian McDiarmid). Él será la amenaza con la que acabar mientras los protagonistas se debaten entre el lado luminoso y el lado oscuro de la Fuerza. Rey (Daisy Ridley) dudará cada vez más de sus capacidades y de su camino como Jedi mientras que Kylo Ren (Adam Driver) sigue persiguiéndola y tentándola con la oscuridad. En una aventura contrarreloj, la Resistencia trata de encontrar la ubicación de Palpatine y acabar con él antes de que lleve a cabo su plan definitivo: la Orden Final.

Como sucede con todos los proyectos controvertidos y con las producciones que se enfrentan a ciertas limitaciones y cambios, El ascenso de Skywalker cuenta con algunos puntos positivos, pero con una realización muy irregular y bastante plana, llena de pequeños defectos que la convierten en una obra menos fresca que sus antecesoras y más previsible.


Uno de sus apartados más positivos es la recuperación de una aventura luminosa dentro del estilo que J. J. Abrams ya había plasmado en El despertar de la Fuerza. Gracias a la búsqueda que emprenden los personajes para localizar a Palpatine, nos trasladamos de planeta en planeta disfrutando de una variedad rica de paisajes y posibilidades, a la par que se aúna la acción, el humor y la emotividad. Lamentablemente, se trata de una trama tan novedosa que se le tiene que dedicar mucho espacio junto a escenas de acción vacías de avance argumental o de profundidad en el desarrollo de los personajes. 

Es más, dado que los personajes secundarios como Poe (Oscar Isaac) o Finn (John Boyega) acompañan a la protagonista, Rey, acaban perdiendo su propio rumbo, que queda supeditado a la trama más robusta y relevante de la Jedi. Por ejemplo, aunque sobre ambos se plantean algunas subtramas, acaban perdiéndose en el argumento general: Poe solo tiene que erigirse como el líder de la Resistencia llegado el momento, la única novedad es descubrir su pasado como contrabandista, que no añade nada a su conclusión como personaje, mientras que Finn sí tiene oportunidad de reconciliarse con su rol de desertor de la Primera Orden al encontrarse con otros como él, pero no deja de ser un conjunto de escenas anecdóticas, que aportan poco al personaje. Otros personajes acaban por diluirse o perder su presencia, caso de Rose (Kelly Marie Tran), que había sido una de las principales incorporaciones en Los últimos Jedi, o del droide BB-8; por no hablar de los -ya ridículos- caballeros de Ren. Los personajes nuevos en esta última película apenas añaden al conjunto, como sucede con Jannah (Naomi Ackie) o Zorii Bliss (Keri Russell), ni siquiera ese villano arquetípico que es el general Pryde (Richard E. Grant). 

Retomando las subtramas de Poe y Fin, no encontramos malas ideas, pero como vamos a descubrir con esta película, están desarrolladas de forma pobre o directamente están mal enfocadas. A fin de cuentas, no se expanden forma orgánica, sino que en ocasiones se siente como un añadido, o apenas gana relevancia para una conclusión coral y definitiva. De ahí que sea una obra que se preste a que los espectadores repiensen cómo podría haberse llevado a cabo para ser mucho más redonda o interesante... ¡y sin necesidad de cambiar sus principales puntos argumentales!


En cierta forma, el foco se reduce a seguir a Rey y su tránsito final para convertirse en la auténtica heredera de los Jedi. Para ello, recibe formación de Leia (Carrie Fisher, recuperada de tomas grabadas para las entregas anteriores debido a su trágico fallecimiento) y lee y estudia los tomos que rescató de la isla de Ahch-To. Sin embargo, las dudas forman parte ineludible de su carácter y conforme avance la aventura tendrá momentos en que la ira la consuma y empiece a recurrir a un poder propio del lado oscuro. Por contra, Kylo Ren, que funciona como un espejo macabro, empieza a serenarse, sintiendo que tiene cierto control que había perdido (la furia con la que finalizó Los últimos Jedi estaba vigente en las escenas iniciales de El ascenso de Skywalker, pero se serena cuando vuelve a estar subordinado a un maestro). 

A pesar de todo, la película da vueltas en torno a ese mismo tema de las dudas de Rey usando algunos recursos baratos ya sea en ideas o en ejecución. Por ejemplo, el enfrentamiento con Kylo Ren por controlar con la Fuerza la nave en que se han llevado a Chewbacca (Joonas Suotamo, en sustitución del fallecido Peter Mayhew), la revelación del parentesco de Rey al estilo del giro de El imperio contraataca (The Empire Strikes Back, Irvin Kershner, 1980) o incluso toda la secuencia referida a la ruinosa Estrella de la Muerte, desde ese homenaje chusco a Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) con la daga que indica el camino (incomprensible en cuanto piensas la escena) hasta ese encuentro con su versión oscura, que es impactante aunque podría haber sido algo más elegante, a pesar de que es evidente que bebe de los elementos de la saga, como el enfrentamiento de Luke contra la visión de Darth Vader en Dagobah. Por suerte, el enfrentamiento con Ben y su resolución está bien desarrollada e incluso podríamos considerar que se queda corta frente a otros grandes combates de la saga. Aún así, tiene una gran conclusión que determina el futuro de ambos personajes.


En este sentido, hay en El ascenso de Skywalker una tragedia de tintes grecolatinos relacionado con la verdad que descubre Leia. En efecto, ella es quien debe ayudar a su hijo a redimirse, aunque para ello tenga que atravesar la galaxia con su voz como hizo Luke para enfrentarse a él. Allá donde otros fracasaron, y a quienes ella se lo pidió, ya fueran Luke o Han Solo, es su conexión la única que puede salvar a su hijo. Porque era ella la que debía hacerlo. Y por ello da la vida. Era su camino previsto en esa visión que tuvo dentro del flashback que introducen (uno de los poquísimos de toda la saga). Lamentablemente, no se pudo representar mejor por la pérdida de Carrie Fisher, algo que se nota en la pobreza de la secuencia, que no deja de ser bastante sentida y metafórica. Sin duda, la película hubiera sido bien distinta de haber podido contar con ella, dado su relevancia para la conclusión tanto de Rey como de Ben.

Ambos personajes reciben su lección final de dos maestros y leyendas: el último monólogo de Han, que toma en esta ocasión un sentido aún más trascendental que en El despertar de la Fuerza, y la reaparición del maestro Luke Skywalker, que, ya redimido tras los acontecimientos de Los últimos Jedi, da a Rey su última lección y su último regalo. 


Todo el tramo final es, sin duda, un espectáculo, pero que no goza de la fuerza emocional que cabría esperar. Por una parte, la relación entre Rey y Ben se completa de forma bastante satisfactoria. En concreto, es muy interesante cómo Ben deja de tener diálogo alguno y en eso gana la interpretación tan bien sostenida de Adam Driver, que transmite en cada gesto. Además, hay un gesto definitivo entre ambos que supone la respuesta definitiva al miedo que dio lugar a toda la saga, el miedo de Anakin de perder lo que amaba. Y llega, precisamente, por parte del sacrificio propio, de la entrega más absoluta por amor, frente al egoísmo del lado oscuro. Todo ello deja traslucir cómo lo mejor de esta trilogía ha sido la creación y desarrollo de ambos personajes, protagonista y antagonista.

Pero, por otra parte, el enfrentamiento final con Palpatine y su temible flota no es tan emocionante como cabría esperar. Esto se debe al rebuscado plan del emperador, que es fácil de entender, pero confuso si tenemos en cuenta todos los acontecimientos y sus acciones para conseguir tener a Rey. No hay un combate justo contra el Emperador ni se trata de uno de los mejores combates de la saga, siendo algo deslavazado. Su conclusión, aunque bastante buena, queda muy por debajo de lo que encontramos en El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) o La venganza de los Sith. Cabe destacar el momento de comunión con la Fuerza que alcanza Rey alzándose como un individuo por encima de su herencia maldita y convirtiéndose en una Jedi por sus méritos y acciones. No en vano, en la escena epílogo, se erigirá como la heredera de ese legado por iniciativa propia. 


Como decíamos, no son malas ideas, pero erran en su ejecución o se sienten demasiado insustanciales. A lo que se suma que el combate galáctico queda supeditado al particular entre Palpatine y Rey. Ni siquiera la aparición del séptimo de caballería para la Resistencia tiene la carga emotiva que otras películas similares han conseguido recientemente, como la aparición de Gandalf y los soldados de Rohan en El señor de los anillos: Las dos torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, Peter Jackson, 2002) o la apertura de los portales en Vengadores: Endgame (Avengers: Endgame, Joe & Anthony Russo, 2019). Por lo que todo se siente vacío, a pesar de que, racionalmente, es evidente de que es una escena planteada como una de las más emocionantes de la obra. Incluso perdemos el interés dado que la película no ha dejado de poner el foco en los conflictos de la Fuerza más que en el conjunto bélico de la Resistencia contra la Orden Final.

En conclusión, J. J. Abrams retomó a la dirección para entregarnos una conclusión algo impersonal en estilo y plana en su ejecución. No pierde su carácter espectacular, tiene escenas y secuencias bastante meritorias y resuelve algunos conflictos de la saga con buena precisión, permitiéndose el homenaje (a lo heredado, a los personajes e, incluso, a los actores) a la par que el cierre de lo nuevo. Sin embargo, todo se siente más frío que de costumbre, se notan demasiado las costuras de la narrativa, muchos personajes quedan desnortados y deshilachados y tan solo encontramos solvencia en uno de los apartados de la historia (el relativo a los Jedi), mientras que los demás se sienten fútiles. 


Todo El ascenso de Skywalker se reviste de corrección visual y técnica, con brillantez musical (no podemos dejar de mencionar a John Williams), de aventura divertida, pero algo vacía, de conclusión definitiva, pero con cabos sueltos, incluyendo lagunas o trucos narrativos tan evidentes que sacan al espectador más avezado. Capaz de darnos grandes secuencias y, a la vez, resultados simplones. Es decir, un final demasiado templado y agridulce.


Last Christmas, de Paul Feig

27 diciembre, 2020

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Podemos considerar que la Navidad es prácticamente un género en sí mismo. Hay una considerable cantidad de obras cuyo espíritu reside en ensalzar esta época con historias de final feliz, en el que los protagonistas acaban siendo mejores que al empezar. Son esos relatos que siguen esquemas similares a los cuentos como el del señor Scrooge, una de las creaciones imperecederas de Charles Dickens (1812-1870). Después de todo, en esta época se dan la mano la alegría y la bienvenida al invierno, con las efemérides religiosas oportunas, y, a la vez, la revisión del año que concluye. Por tanto, una época perfecta para cuestionarnos, reflexionar y también para planear el futuro, enmendar errores pasados y, en definitiva, ser mejores que el año que dejamos atrás.

Además, a todo este proceso que podría ser personal se suma un factor fantástico en muchas ocasiones. Ya pueda ser el de una figura tan célebre como Papá Noel (aka Santa Claus), un ángel o el mismo Dios cristiano. Aunque una de las más célebres es la del fantasma, también presente en la célebre, y ya mencionada, Canción de Navidad (Charles Dickens, 1843). Como mencionábamos antes, este tipo de obras se han convertido en un subgénero dentro de cuyo molde encontramos obras tan valiosas y de calidad como ¡Qué bello es vivir! (It's a Wonderful LifeFrank Capra, 1946) o Love actually (Richard Curtis, 2003) hasta un gran cúmulo de telefilmes llenos de estereotipos, de producción generalmente alemana, y cuyos títulos no dejan de darle vueltas al nombre de la Navidad (o Christmas en inglés) ni de invadir las cadenas públicas.

A partir de este molde encontramos algunas producciones que tratan de ir un paso más allá, pero que no logran escapar de sus propias limitaciones, a pesar de contar con una mejor producción. Ese sería el caso de la bienintencionada Last Christmas (Paul Feig, 2019). A partir de una comedia navideña, con personajes típicos, trata de abordar a su vez un drama psicológico en torno a la superación, la integración, la familia y las ganas de vivir. Es decir, temas habituales en estas historias que son abordados de manera poco original, aunque usando como hilo conductor una de las canciones más emblemáticas de George Michael, cuando pertenecía a Wham!: Last Christmas (1984). Como curiosidad, la película fue escrita por Bryony Kimmings y una de las actriz del reparto, Emma Thompson, también productora.


Tras un pequeño prólogo en el que quedan definidas los lazos que unen a una familia yugoslava a finales de los noventa y que determinará la personalidad y el trasfondo de nuestra protagonista, Kate (Emilia Clarke), la hija de una familia inmigrante en Reino Unido. Ya situados en el Londres de 2017, la encontramos en una vida deprimente, siendo descuidada y egoísta, aprovechándose de los demás e incapaz de encontrar un rumbo serio. Un personaje incapaz de crear lazos íntimos con otros personajes. Dado el subgénero ante el que nos encontramos, pronto llegará el motor del cambio en su vida, en este caso en forma de un joven por el que ella se siente atraída. Junto a él irá conociendo y apreciando más el entorno en que vive, intentará cambiar sus relaciones personales y encontrará una motivación para ayudar a los demás desinteresadamente. Aunque no todo es tan sencillo ni su relación es tan honesta como ella cree.

A través de distintas escenas cómicas, la trama nos mostrará cómo evoluciona la protagonista desde una vida desastrosa hacia un tono más agradable, donde no puede evitar seguir siendo torpe, pero de una forma más simpática y menos (auto)destructiva. Después de todo, durante todo su recorrido como protagonista va abriendo heridas que luego tendrá que ayudar a cerrar, reconciliándose con todos los demás secundarios a los que hizo daño, ya fuera su jefa, sus amigos, su hermana o su madre. E incluso yendo más allá, logra realizar un cambio en la comunidad, en lo que es una clara y evidente invitación al espectador a moverse y crear vínculos, especialmente en una época tan luminosa como la navideña.


Porque otro de los aspectos más evidentes de esta película es su mensaje sociopolítico. No solo por el habitual esquema argumental del subgénero navideño, sino también por otras dos cuestiones menos tópicas: la ayuda a la comunidad desfavorecida, a través de la subtrama del comedor social y el voluntariado de Kate, y el rechazo a la xenofobia en general y al Brexit en particular. Este último punto se aborda desde el ángulo familiar, sobre todo de la madre, interpretada por Emma Thompson. Se trata de un personaje histriónico que vive obsesionada y temerosa de perderlo todo por si la expulsan del país por culpa de la política. Un retrato de un miedo real pero que acaba convertido prácticamente en una obsesión o, incluso, en una parodia no pretendida. Y, por supuesto, acaba por sacar al espectador del argumento con un mensaje tan burdo. Especialmente cuando se nota que está añadido dentro de una trama originalmente romántica, en vez de desarrollarse de manera orgánica y natural como parte de las necesidades de los personajes.

En definitiva, una historia entrañable y simpática para sentirse bien, con ciertos toques sociales, pero nada innovadora. Para quienes disfruten del subgénero navideño, pueden sumarla, aunque no deben esperar más de lo que propone. Eleva el nivel del telefilme medio gracias a una producción decente, a un buen reparto y una banda sonora repleta de temas de Wham! y George Michael, lo que marca una diferencia considerable. 


El espíritu de la Navidad, de Gilbert Keith Chesterton

25 diciembre, 2020

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No dejo de escuchar, o de leer, que se avecinan tiempos trascendentales, y que conviene estar preparados para ellos. Es verdad. El problema es que algunos están dando por sentado que todo cambio, por el mero hecho de serlo, va a resultar positivo. Aun pudiendo ser cierto en un indeterminado número de casos, que eso el tiempo lo dirá, honestamente creo que el verdadero cambio a muchas políticas, administraciones o leyes, va a venir de mano de la “contrarreforma”; es decir, de cambiar algunos cambios.

Que esta va a ser época de grandes alteraciones, reajustes y decisiones parece evidente. Que todos sean para bien es algo muy distinto; más en una sociedad esquizofrénica y sometida en no poca medida por medio de regulaciones -insertos- de talante sectario, restrictivo e ideológico, como es la nuestra, adornada por la envidia y la mentira.

Esto es algo que ya vio venir el gran escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), cuando tuvo que capear los “nuevos cambios” que tienen por costumbre afear, cuando no erradicar, la Navidad, por centrarnos en el tema que nos ocupa. De hecho, es sorprendente comprobar cómo muchos de estos acontecimientos “revolucionarios” se pueden predecir (no voy a entrar ahora en ello), y constatar la realidad de que el ser humano se tiende a repetir en casi cualquier asunto per saecula saeculorum. Prejuicios, o directamente ataques, que uno ya creía superados, vuelven a resurgir con ansia, porque cada generación nace con la mente en blanco (y no el de la nieve, precisamente).

La reivindicación de Chesterton del periodo y estado de ánimo que constituyen estas fiestas, queda recogida en El espíritu de la Navidad, una serie de textos recopilados por primera vez en forma de libro en 1984, y publicados en español por Espuela de Plata, en 2017 (cuántos contenidos está recuperando la editorial Renacimiento en sus distintas colecciones). La selección se compone de una serie de artículos, un sainete (El pavo y el pavor), a modo de ejercicio poético-alegórico, y algunos poemas (solo en su traducción al español), del que entresaco el magnífico verso Gloria a Dios en las bajuras. El volumen culmina con un bonito elogio de la figura de Geoffrey Chaucer (1343-1400): Chaucer y la Navidad.

Podemos resumir la tesis como sigue. Cambian las teorías científicas, pero el pudin de pasas permanece inmutable siglo tras siglo (en el artículo El pudin de Navidad, cuyo manjar es tenido aquí como el símbolo de una más amplia cultura y espiritualidad).

G. K. Chesterton

Consciente de que la fe cristiana acabó por adoptar y asimilar las tradiciones paganas, como por cierto ha venido ocurriendo con tantas culturas y creencias a lo largo de los siglos, sin quedar por ello exentas de mérito, Chesterton se afianza en el concepto medular del arraigo que, por naturaleza, afianza al ser humano, frente a la idea, perfectamente respetable pero jamás impositiva, de que de nada sirve echar raíces. Por el contrario, Chesterton constata que la raíz sirve para algo, y ese algo es el fruto (Más reflexiones sobre la Navidad). De esta manera, aunque los artículos están redactados durante la primera mitad del siglo XX, bien se enfrentan a las exigencias coercitivas de nuestra actualidad. Esas que pretenden extenderse sin apenas conseguirlo, pero que son pertinaces (como la que postula que las personas son juiciosas y benéficas por naturaleza). Dicho de otro modo, la cacareada “ciudadanía del mundo” está al alcance de todos, pero la pertenencia personal solo de algunos (algo más sagaces). Como bien ilustra el autor, en una casa uno también avanza, se mueve, reflexiona. No se trata, por lo tanto, de una exclusivista cuestión de kilómetros, de igual modo que el estancamiento no es asunto de movilidad física. Toda casa-raíz está para ser explorada.

A ello se une la defensa del regalo físico como demostración de afecto (La teología de los regalos de Navidad), puesto que para Chesterton la Navidad es conservadora y liberal al mismo tiempo (Ciertas incongruencias en Navidad).

En efecto, ahora está de moda por parte de algunos grupúsculos ideológicos atacar las tradiciones, cuando Chesterton nos recuerda que una tradición es una certeza íntima, tan transferible como intransferible, aunque no conozcamos su origen exacto. Pues la Navidad, mejor aún que algo para todos, es algo para cada uno (La teología de los regalos de Navidad).

La incorporación de las tradiciones paganas que muchos menesterosos espirituales ensalzan para atacar en lugar de integrar, esgrimiéndola como apropiación indebida, es en realidad una muestra de la capacidad espiritual que posee cada individuo para guarecerse del pensamiento único y superar la adversidad del todos iguales pero por lo bajo.


En este sentido, el autor encuentra un adecuado equilibrio: los cristianos se acomodaron con naturalidad al elemento pagano de la Navidad porque, en realidad, no estaba muy lejos del cristianismo. De hecho, ocupamos demasiado espacio con el nombre de las cosas, en lugar de dedicarnos a las cosas mismas (Sobre la Navidad que se acerca). Esto en un tiempo -que en verdad parecen todos los tiempos-, donde precisamente, lo convencional es decir que no hay que hacer caso de las convenciones (Conservar el espíritu de la Navidad).

Tampoco se trata de una cuestión de exactitud en las fechas históricas, sino de espiritualidad. Para Chesterton, incluso de bonhomía saturnal. Reconozco a Papá Noel cuando lo veo, aunque vaya vestido de paisano (Íd.).

Las referencias y la deuda de gratitud hacia Charles Dickens (1812-1870), extensivas a toda su obra, son continuas, y reflejan una cultura que sabe valorar a sus clásicos, aunque estos se hayan visto reducidos a uno o dos nombres y títulos de referencia. Cuanto más leemos a Chesterton, más nos damos cuenta de cómo se perpetúan los prejuicios ajenos, tal cual se exponen en el agudísimo El abandono de la Navidad. Así, el reproche de que los comerciantes hagan la Navidad, resulta tan “creíble” como que los confiteros hagan niños, o los sombrereros mujeres (Íd.).

De este modo, el autor acomete una defensa del libre y bienaventurado aspecto comercial, ofreciendo muchos sayos para cada capa (la responsabilidad individual), que combina con el propósito de descubrir los tres elementos humanos más sanos…, en referencia al fenómeno de Las comedias musicales de Navidad.


Razón por la que, negro sobre blanco, subyace un meditado y sabroso varapalo al puritanismo, foco del negacionismo y el prohibicionismo (El nuevo ataque contra la Navidad). Dentro de este mismo texto, Chesterton asegura que las cosas inmortales son precisamente las que se ganan la fama de estar moribundas. Por algo hemos visto el final de los reyes, pero solo hemos visto el principio de las repúblicas.

En fin. Como señalaba al principio, es curioso constatar cómo se repiten los mismos patrones y tontadas laico-despreciativas una y otra vez. Es una de las sorpresas que depara este libro: los artículos que lo contienen bien podrían haber sido escritos días o meses atrás. Dando por última vez la palabra al autor, y enlazando con nuestro inicio, comenta Chesterton que, traspasados los siglos, cada vez más repletos de dogmas y explicaciones, y tanta locura intelectual sin fin, nos llega esta balada anónima, la afirmación esencial de la Navidad (Las baladas de Navidad).




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