La guerra de las galaxias. Episodio VIII: Los últimos Jedi, de Rian Johnson

30 diciembre, 2017

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El medio audiovisual que es el cine tiene poca historia con respecto a otras artes, pero ya podemos hablar de un siglo de películas donde se ha consolidado como uno de los más atractivos para la sociedad, superando con facilidad a la literatura o a las artes plásticas. Eso no quiere decir que la mayor parte de la sociedad tenga conocimientos más amplios sobre el cine, dado que, como sucede con la música, en la mayoría de ocasiones es una relación más bien superficial, basada en la fuerza y la facilidad con las que el medio llega a nosotros. Por eso es más fácil crear legiones de seguidores y, también, provocar un debate entre ellos. Una de las sagas que inició todo este fenómeno, sembrando la semilla de lo que después han recogido otras series de películas, fue Star Wars, antaño conocido en España como La guerra de las galaxias.

Desde finales de los setenta, cuando vio la luz la sorprendente trilogía original, se ha vivido siempre la ilusión de volver a sentirnos cautivados por una historia de aventuras espacial como aquella. No obstante, la sombra de aquellas tres películas ha sido alargada y por ello la siguiente trilogía, compuesta de precuelas que narraban la historia de Anakin Skywalker, nunca superaron la sensación de fracaso que aún hoy arrastran, a pesar de que contenían buenas ideas. A todo ello se suma todos los productos que se derivaron de la historia principal, como novelas, videojuegos o hasta series de televisión, que sirvieron para consolidar este particular universo narrativo. Por todo ello, cuando llegó El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), inicio de una nueva trilogía, se pudo sentir la inquietud que este nuevo inicio marcaba entre los espectadores. Y ya desde entonces, la saga ha tenido opiniones polarizadas a favor o en contra, pero dando una buena muestra de cómo el cine tiene un efecto visible en la sociedad.

Así llegamos a Star Wars Episodio VIII: Los últimos Jedi (2017), la segunda entrega de la nueva trilogía donde proseguimos con las aventuras de los nuevos personajes: Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega), Poe Dameron (Óscar Isaac) y el villano, Kylo Ren (Adam Driver), también conocido como Ben Solo. A los mandos de esta nave, encontramos en esta ocasión a Rian Johnson (1973), tomando el testigo de J. J. Abrams (1966), quien volverá a la saga para el siguiente episodio. El director y guionista de este episodio tiene una carrera aún breve, contando con títulos como Brick (2005), The Brothers Bloom (2008) y Looper (2012), además de haberse encargado de tres episodios de la popular serie Breaking Bad (2008-2013).

Tras conseguir destruir la poderosa arma de la Primera Orden, la Resistencia no se encuentra en su mejor momento. A pesar de su victoria, la República ha sido diezmada, se encuentran sin apoyo y deben huir de su base antes de que lleguen los refuerzos enemigos. Mientras tanto, Rey ha conseguido encontrar a Luke Skywalker (Mark Hamill) y pretende conseguir que se convierta en su mentor y que regrese para salvar la galaxia una vez más, pero el antaño Jedi desea continuar en su particular exilio.


Como podemos ver con este argumento, existen dos grandes tramas, que a su vez podemos dividir en otras dos subtramas que recorrerán toda la obra. La primera comienza con la huida de la Resistencia del planeta en que estaban para encontrar refugio en otra parte de la galaxia, iniciándose la película con una escena de batalla espacial. Sin embargo, la temeridad de Poe Dameron les llevará a obtener demasiadas pérdidas para una victoria que resulta pírrica. En todo ese proceso, Rian Johnson remarca bastante el sacrificio que ha supuesto dando más espacio a los personajes anónimos que fallecen, lo que se relaciona con el espíritu de Rogue One (Gareth Edwards, 2016) y de esta misma película, que en su mensaje definitivo pone el acento en los héroes anónimos y en la necesidad de proteger lo amado más que de derrotar o destruir aquello que odiamos. Esta escena es tan solo un prólogo del dilema al que se enfrentará Poe Dameron, personaje más desarrollado en esta entrega. A su vez, también da más visibilidad a la Resistencia otorgando más importancia emocional a las sucesivas muertes que se dan en batalla, remarcando sobre todo dos de ellas, una al principio de la película y otra, más espectacular, al final del segundo tercio

En esta ocasión, observaremos en el piloto a un hombre arrojado y tozudo, dispuesto a arriesgarse demasiado por obtener una victoria, lo que le llevará a cometer lo que sus superiores consideran locuras, pero que es una buena muestra de un soldado apasionado y decidido. Por ello, chocará tanto con Leia (Carrie Fisher) como con la segunda al mano, la vicealmirante Amilyn Holdo (Laura Dern), esta última de carácter más severo y altivo. A diferencia del atrevido Han Solo, con el que muchos han intentado compararlo, este personaje se presenta más bien como un gran piloto en proyecto de ser un líder para la Resistencia, un espíritu en el que no entra Solo, siempre más independiente y desinteresado. En esta ocasión, para Dameron, la mejor forma de aprender es equivocándose, de ello se ocupa el guion de Rian Johnson, que le muestra al personaje que no siempre se gana y que un ataque sin buena planificación no siempre conlleva una victoria satisfactoria.


Ahora bien, en su subtrama hay errores garrafales de guion, como la poca consideración que se le otorga al personaje como para no revelarle el auténtico plan de Leia y Holdo. Este hecho, que no tiene justificación alguna, provoca todo su arco evolutivo y, a su vez, da inicio a la otra subtrama, la de Finn y Rose. Ambos personajes bastante desaprovechados. Para empezar, podemos considerar que toda su aventura resulta ser innecesaria dentro del argumento, pero no de forma externa. Es decir, se cae en el mismo error que en En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), donde la presencia del protagonista, el popular Indiana Jones, hubiera sido innecesaria para llegar a la misma conclusión de la película, pero que sin él, todo el conjunto perdería la gracia. Se convierten meramente en unos personajes funcionales para mostrar una serie de ideas, ideas que, por otra parte, resultan más interesantes y sugerentes de lo que muchos han valorado.

Para empezar, no falla el hecho de que toda su aventura acabe en fracaso, porque también es necesario mostrar al héroe innecesario. No siempre las cosas salen bien y no siempre estas aventuras tan audaces a la par que temerarias pueden triunfar; en este sentido, se reitera el mensaje que Rian Johnson quiere transmitir para los nuevos componentes y posibles líderes futuros de la Resistencia, que los héroes a veces surgen de la casualidad y el riesgo, pero que no son factores que determinen la victoria y la supervivencia. De nuevo, remitimos al pasado al recordar que tanto Han como Luke fracasaron en El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) o que incluso en las disparatadas aventuras en Endor, durante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), también hubo ocasión para sentir que los personajes habían sido derrotados, aunque curiosamente fueron salvados por una casualidad: los ewoks, en esa especie de versión de la guerra de Vietnam.


A todo ello hay que añadir que esta subtrama apenas resulta atractiva, causando poco interés por desligarse tanto de la acción principal al punto de resultar hasta incoherente si atendemos a la medida temporal de la historia. No obstante, nos arroja más información acerca del mundo de Star Wars y, sobre todo, nos aporta unos matices que hasta ahora la saga no había tenido, ganando en grises cuando esta había sido una historia de blanco y negro, de luz contra oscuridad. El máximo ejemplo de esta situación será DJ (Benicio del Toro), que representa a la perfección esa ambigüedad descreída de quienes han aceptado que no existen bandos, sino intereses. 

En este caso, se sigue la misma línea desmitificadora que ya apreciamos en Rogue One y que permite a la saga avanzar en una dirección más madura. Se recuperarán por una parte las críticas a la esclavitud o al mundo de las apuestas, ya presentas en La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), y se incorporarán mensajes contra el comercio de armas y el maltrato animal. Sin embargo, para todo ello, se crea una pequeña aventura poco emocionante y donde los personajes no provocan interés: en Finn no notamos evolución alguna, aunque aquí pueda existir la semilla para cambios futuros, Rose es un personaje simpático, pero bastante plano, y el desarrollo de cierta relación romántica entre ambos resulta abrupto y extraño, incluso BB8 acaba por convertirse en una parodia de sí mismo.


Al otro lado, en la otra gran trama, tenemos sin duda los acontecimientos más fascinantes, en tanto que se acercan al misticismo que rodea a los Jedi y supone el regreso de uno de los personajes emblemáticos de la saga, Luke Skywalker (volvemos a mencionar a Mark Hamill, que consigue una gran actuación regresando a su mítico personaje). Por una parte, tendremos la relación entre Rey y Luke en ese intento de enseñanza y aprendizaje bastante frustrado. Para empezar, la construcción de Luke puede resultar chocante para quien esperase volver a ver al joven Jedi de la trilogía original; no obstante, es coherente. Resultaba extraño pensar que este personaje hubiera abandonado todo lo conocido sin una motivación personal y profunda, por lo que no nos debe extrañar que rechace regresar sin haber superado su crisis existencial, menos aún por la petición de una extraña como es Rey. Así pues, el fracaso de Luke es uno de los pasos hacia la desmitificación a la que son sometidos los Jedi en toda la película gracias a este mismo personaje, redundando además en la lección de que desde el fracaso y el error también se aprende. 

En este sentido, se opta por mostrar a un personaje descreído y hastiado, casi un ermitaño que parece haber perdido la esperanza que lo caracterizaba. En gran medida, ha dejado espacio al lado oscuro al dejarse llevar por el miedo, provocó un daño crucial por su error y también ha abandonado la senda de la Fuerza por este mismo sentimiento. Pero, además, ha descubierto que la figura mítica de los Jedi es un ideal bañado por la nostalgia del tiempo, dado que también ellos cayeron, y cayeron permitiendo que el mal les derrotase desde dentro. Desde este punto inicial, se consigue además que el personaje evolucione dentro de la propia película, otorgándole un crecimiento personal que hubiera resultado imposible si nos hubiéramos encontrado a un maestro Jedi ideal. Rian consigue engarzar así con todas las entregas anteriores, incluidas las precuelas, y dar un sentido global a la saga, incluso incluye los ya citados temas sociales sin perder el tono de aventura fantástica.


Y a la vez, consigue dirigir la mirada hacia los grises: el derrotado Luke piensa tan solo en la desaparición de los Jedi y en sus lados más sombríos mientras que Rey ansía convertirse en una sin superar sus propios temores. Y no son los únicos: Kylo Ren duda del camino que le marca su mentor Snoke y la luz sigue presente en él. Precisamente, la relación entre Kylo y Rey en esta entrega supone la otra subtrama de este apartado, logrando aquí un mejor desarrollo para este villano ambiguo y bastante más humano y creíble. Se reitera la idea de que él no es Darth Vader, como también muchos aficionados desearían, porque básicamente no fue la intención de Abrams ni tampoco la de Rian. En realidad, Ben Solo pretende serlo, pero siempre será incapaz, porque es otra persona. De ahí que su evolución también diste de la Anakin, aunque sea paralela. No en vano, se recrea parte de la estructura argumental de las escenas entre el emperador, Luke y Vader en El retorno del Jedi para mostrar sus semejanzas, pero también sus cruciales diferencias. Esencialmente, Ben Solo actúa de forma impulsiva, muy emocional, más semejante al joven Anakin que a Darth Vader, con la diferencia de que ocupa o trata de ocupar el puesto de este segundo. Esta diferencia la veremos en la forma en que afronta el combate a sable láser del último tercio de la película, que dista del sosiego que tenía Vader en Una nueva esperanza cuando se enfrentó a Obi Wan Kenobi. Como en otro momento de la película se señala, los maestros somos lo que ellos alcanzan a ser, y en esta entrega, Kylo sigue hasta el final los pasos de su maestro, demostrando su maldad al intentar arrasar con todo y su puerilidad por sus sobreexcitadas reacciones. Con todos estos factores, Rian consigue homenajear a la saga mientras subvierte toda su mitología clásica en torno al héroe, a los linajes y a su maniqueísmo, lo cual es valiente.

Por supuesto, habrá un punto álgido y climático en toda esta trama que nos revelará el camino definitivo que los tres protagonistas (Luke, Rey y Kylo) adoptan, aunque para ello consideramos que existen algunos vacíos, bien por haber eliminado escenas, no en vano falta media hora de metraje recortado, bien por no haberlas planteado. Por ejemplo, faltaría profundizar en el pensamiento pesimista de Luke y también en Rey, que aunque se avanza al plantearnos sus dudas existenciales y su determinación final, la sentimos más desaprovechada y con cierta necesidad de haber tenido un protagonismo más intenso y un desarrollo más coherente. Por no mencionar que las tres lecciones previstas por Luke quedan reducidas a dos sin mayor explicación. A su vez, se desperdicia mucho tiempo en escenas cómicas. Aunque valoramos de forma positiva el humor introducido, en ocasiones se sobrepasa, incluso resultando de mal gusto. En algunos casos, se podría haber resuelto de otra forma, como la reacción de Luke al recoger el sable láser de manos de Rey, o era meramente innecesario, como las criaturas de las que se consigue la leche azul. 


Para terminar, hemos dejado aparte al resto de antagonistas: el general Hux (Domhnall Gleeson), la capitana Phasma (Gwendoline Christie) y el líder supremo Snoke (Andy Serkis). No ha sido casual, porque poco se puede decir de ellos. Siguen siendo, al menos en las películas, personajes vacíos. El primero se ha convertido en blanco de bromas de otros personajes y acaba por ridiculizarse él solo. Phasma, como sucediera en la anterior entrega, prometía más de lo que finalmente ha sido, y realmente no merecería la pena recuperarla en el siguiente episodio. Y el caso de Snoke es bastante curioso, porque aunque se mantiene todo el misterio sobre su identidad, su papel en esta película sí me parece relevante y bien llevado, salvando el hecho de que no lo comprendemos más allá de su funcionalidad, como sucede con el resto de personajes mencionados en este párrafo.  

A nivel técnico, poco hay que reprocharle a esta superproducción, que aúna tanto los efectos digitales más modernos como el uso de maquetas tradicionales, lo cual es de agradecer, dado que otorgan mayor realismo y coherencia a la propia saga, en lugar de abusar del croma. John Williams continúa siendo el espíritu musical de esta saga con sus fanfarrias, la reutilización de sus temas y la creación de nuevos que se insertan con gran facilidad al resto de la familia de leitmotivs ya creados por el maestro. Por otra parte, Rian Johnson hace un gran trabajo junto al encargado de la fotografía, Steved Yedlin, en el apartado artístico, logrando que la espectacularidad se una a momentos de gran belleza, que llega a ser hasta metafóricos: el uso de los colores, por ejemplo, en el planeta donde se cruza el blanco y el rojo, o una de las mejores secuencias de la obra, donde todo se silencia para mostrar prácticamente un blanco y negro en mitad de una escena que se sentía trepidante. Tampoco faltan las coreografías y se consigue una acción en el uso de la espada láser que se disfruta bastante. En este sentido, poco se le puede reprochar. Sí en cuanto al ritmo, que se siente demasiado ralentizado en el primer tramo de la película para acumular escenas climáticas en los dos últimos tercios, manteniendo al espectador en un continuo desaliento.


Ahora bien, he podido leer en los últimos días diversas críticas a la película realizadas por aficionados a la saga que no han comprendido o aceptado algunas de las decisiones argumentales llevadas a cabo por Ryan Johnson. Lo cierto es que puedo entender el desconcierto o la sorpresa, pero en algunos casos no parecen comprender que no se trata de repetir esquemas, sino de crear interés y algo más artístico. Por ejemplo, muchos señalan la falta de explicación o una respuesta poco satisfactoria hacia ciertos interrogantes surgidos en El despertar de la Fuerza, como la identidad de Snoke o de los padres de Rey, pero lo cierto es que si atendemos a la trilogía original, tampoco sabíamos por aquellas películas cómo había ascendido al poder el Emperador o siquiera quién era, es más, tampoco en las precuelas se nos ofrece mucha más información sobre el personaje salvo su ascenso entre las sombras para convertirse en la máxima autoridad de la República o algunos datos sueltos sobre su maestro. Lo cual deja en evidencia que la mitomanía es perjudicial para juzgar una obra. 

Y con ello no quiero decir que Los últimos jedi no contenga errores, lagunas argumentales, como la falta de espacio a que Luke explique su pensamiento actual sobre los Jedi y la Fuerza o que esperen hasta el último momento para proteger la base rebelde, o situaciones absurdas, como la ya tristemente famosa escena de Leia (no tanto por el contenido, sino más bien por la forma en que se realiza), el despropósito del que surge todo el arco de Poe Dameron o el ridículo en el que caen los villanos, sobre todo Hux y Phasma, pero está claro que tampoco puede seguir repitiendo las mismas ideas que sí, nos sorprendieron en los setenta y marcaron parte de la historia del cine, pero que hoy no tendrían más efecto que sentir que nos están contando el mismo argumento. Curiosamente, esa fue la principal queja sobre la anterior entrega. A su vez, la intención de este nuevo guion es evidente: romper o subvertir las ideas de la trilogía original, pero aplicando la propia lógica de este universo. Por ejemplo, la Fuerza no es cuestión de linajes, dado que si lo fuera, ¿cómo era posible que existieran tantos jedis en la trilogía precuela sin pertenecer a una de esas dinastías? Es más, si acaso fuera así, ¿pudo el Imperio acabar con todos, incluso descendientes futuros, o que no hubieran desarrollado tal poder aún? Incluso admitimos la idea de que Luke llegó a entrenar a nuevos aprendices, como es el caso de Ben, pero no que los haya dispersos en el universo. En definitiva, la ruptura es clara, pero se alimenta de las posibilidades que el propio universo de Star Wars le otorga.


Al final, uno de los aspectos más interesantes de Los últimos Jedi es que plantea dilemas, hace que exista un debate sobre las decisiones argumentales porque estas han sido valientes y arriesgadas. En efecto, la mayor parte de los espectadores disfrutaron El despertar de la Fuerza porque era una película muy atractiva, que lanzaba muchos interrogantes para el futuro, que conseguía ser emocionante, pero que, como muchos observaron, era la repetición de un patrón, el patrón de Una nueva esperanza, por lo que se sentía cómoda, familiar y segura; asumía pocos riesgos. Los últimos Jedi consigue seguir la estela de la trilogía clásica, pero rompiendo con los esquemas y giros argumentales que se teorizaban y que seguían una línea continuista con lo que fue la saga, y a la vez, consigue engarzar con las precuelas e introducirnos un fondo político sin que se pierda su capacidad de entretenimiento. Pero, como ya mencionamos, su aspecto más sugestivo ha sido su capacidad para que los aficionados debatan sobre las propuestas argumentales que se han puesto sobre la mesa. Y aunque ello suponga muchas conversaciones vacías y extremistas, lo cierto es que conlleva la idea de que la película ha tenido un efecto importante y poco complaciente con el espectador. A partir de ahí, dependerá del gusto de cada cual.


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