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La guerra de las galaxias. Episodio IX: El ascenso de Skywalker, de J. J. Abrams

30 diciembre, 2020

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Empezar y acabar una historia suelen ser puntos determinantes. Más aún cuando se supone que el final que está alcanzando es la conclusión de un largo periplo en el que debes tener en cuenta el espíritu y el carisma de las obras antecesoras. Hablamos, cómo no, de Star Wars, también conocida como La guerra de las galaxias en España.

Retomar la saga siempre ha sido difícil por la cantidad exacerbada de críticas y sobreanálisis que se hacen sobre una de las franquicias más importantes del panorama cinematográfico. Cuando lo intentó George Lucas (1944-) con sus precuelas no pudo evitar la decepción de la legión de seguidores que tiene la saga, aunque La venganza de los Sith (Revenge of the Sith, George Lucas, 2005) supuso un agradable cierre y una conexión bastante orgánica con la trilogía original. Cuando se retomó la historia para continuarla, nos encontramos con El despertar de la Fuerza (The Force Awakens, J.J. Abrams, 2015), de la que se reiteró cual mantra de que se trataba de una repetición de Una nueva esperanza (Star Wars: A New Hope, George Lucas, 1977), aunque con personajes distintos y nuevos. Lo cierto es que se trataba de una aventura más dinámica, pero que repetía patrones ya vistos. Fue Los últimos Jedi (The Last Jedi, Rian Johnson, 2017) la que más distanció en los últimos años al público entre quienes la amaban y quienes la despreciaban. Pero, como siempre, faltaba una conclusión que sellara el destino de la nueva trilogía, y ese fue El ascenso de Skywalker (The Rise of Skywalker, J.J. Abrams, 2019).

La aventura final comienza recuperando al villano clásico y elemental de toda la saga de Skywalker: el emperador Palpatine (Ian McDiarmid). Él será la amenaza con la que acabar mientras los protagonistas se debaten entre el lado luminoso y el lado oscuro de la Fuerza. Rey (Daisy Ridley) dudará cada vez más de sus capacidades y de su camino como Jedi mientras que Kylo Ren (Adam Driver) sigue persiguiéndola y tentándola con la oscuridad. En una aventura contrarreloj, la Resistencia trata de encontrar la ubicación de Palpatine y acabar con él antes de que lleve a cabo su plan definitivo: la Orden Final.

Como sucede con todos los proyectos controvertidos y con las producciones que se enfrentan a ciertas limitaciones y cambios, El ascenso de Skywalker cuenta con algunos puntos positivos, pero con una realización muy irregular y bastante plana, llena de pequeños defectos que la convierten en una obra menos fresca que sus antecesoras y más previsible.


Uno de sus apartados más positivos es la recuperación de una aventura luminosa dentro del estilo que J. J. Abrams ya había plasmado en El despertar de la Fuerza. Gracias a la búsqueda que emprenden los personajes para localizar a Palpatine, nos trasladamos de planeta en planeta disfrutando de una variedad rica de paisajes y posibilidades, a la par que se aúna la acción, el humor y la emotividad. Lamentablemente, se trata de una trama tan novedosa que se le tiene que dedicar mucho espacio junto a escenas de acción vacías de avance argumental o de profundidad en el desarrollo de los personajes. 

Es más, dado que los personajes secundarios como Poe (Oscar Isaac) o Finn (John Boyega) acompañan a la protagonista, Rey, acaban perdiendo su propio rumbo, que queda supeditado a la trama más robusta y relevante de la Jedi. Por ejemplo, aunque sobre ambos se plantean algunas subtramas, acaban perdiéndose en el argumento general: Poe solo tiene que erigirse como el líder de la Resistencia llegado el momento, la única novedad es descubrir su pasado como contrabandista, que no añade nada a su conclusión como personaje, mientras que Finn sí tiene oportunidad de reconciliarse con su rol de desertor de la Primera Orden al encontrarse con otros como él, pero no deja de ser un conjunto de escenas anecdóticas, que aportan poco al personaje. Otros personajes acaban por diluirse o perder su presencia, caso de Rose (Kelly Marie Tran), que había sido una de las principales incorporaciones en Los últimos Jedi, o del droide BB-8; por no hablar de los -ya ridículos- caballeros de Ren. Los personajes nuevos en esta última película apenas añaden al conjunto, como sucede con Jannah (Naomi Ackie) o Zorii Bliss (Keri Russell), ni siquiera ese villano arquetípico que es el general Pryde (Richard E. Grant). 

Retomando las subtramas de Poe y Fin, no encontramos malas ideas, pero como vamos a descubrir con esta película, están desarrolladas de forma pobre o directamente están mal enfocadas. A fin de cuentas, no se expanden forma orgánica, sino que en ocasiones se siente como un añadido, o apenas gana relevancia para una conclusión coral y definitiva. De ahí que sea una obra que se preste a que los espectadores repiensen cómo podría haberse llevado a cabo para ser mucho más redonda o interesante... ¡y sin necesidad de cambiar sus principales puntos argumentales!


En cierta forma, el foco se reduce a seguir a Rey y su tránsito final para convertirse en la auténtica heredera de los Jedi. Para ello, recibe formación de Leia (Carrie Fisher, recuperada de tomas grabadas para las entregas anteriores debido a su trágico fallecimiento) y lee y estudia los tomos que rescató de la isla de Ahch-To. Sin embargo, las dudas forman parte ineludible de su carácter y conforme avance la aventura tendrá momentos en que la ira la consuma y empiece a recurrir a un poder propio del lado oscuro. Por contra, Kylo Ren, que funciona como un espejo macabro, empieza a serenarse, sintiendo que tiene cierto control que había perdido (la furia con la que finalizó Los últimos Jedi estaba vigente en las escenas iniciales de El ascenso de Skywalker, pero se serena cuando vuelve a estar subordinado a un maestro). 

A pesar de todo, la película da vueltas en torno a ese mismo tema de las dudas de Rey usando algunos recursos baratos ya sea en ideas o en ejecución. Por ejemplo, el enfrentamiento con Kylo Ren por controlar con la Fuerza la nave en que se han llevado a Chewbacca (Joonas Suotamo, en sustitución del fallecido Peter Mayhew), la revelación del parentesco de Rey al estilo del giro de El imperio contraataca (The Empire Strikes Back, Irvin Kershner, 1980) o incluso toda la secuencia referida a la ruinosa Estrella de la Muerte, desde ese homenaje chusco a Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) con la daga que indica el camino (incomprensible en cuanto piensas la escena) hasta ese encuentro con su versión oscura, que es impactante aunque podría haber sido algo más elegante, a pesar de que es evidente que bebe de los elementos de la saga, como el enfrentamiento de Luke contra la visión de Darth Vader en Dagobah. Por suerte, el enfrentamiento con Ben y su resolución está bien desarrollada e incluso podríamos considerar que se queda corta frente a otros grandes combates de la saga. Aún así, tiene una gran conclusión que determina el futuro de ambos personajes.


En este sentido, hay en El ascenso de Skywalker una tragedia de tintes grecolatinos relacionado con la verdad que descubre Leia. En efecto, ella es quien debe ayudar a su hijo a redimirse, aunque para ello tenga que atravesar la galaxia con su voz como hizo Luke para enfrentarse a él. Allá donde otros fracasaron, y a quienes ella se lo pidió, ya fueran Luke o Han Solo, es su conexión la única que puede salvar a su hijo. Porque era ella la que debía hacerlo. Y por ello da la vida. Era su camino previsto en esa visión que tuvo dentro del flashback que introducen (uno de los poquísimos de toda la saga). Lamentablemente, no se pudo representar mejor por la pérdida de Carrie Fisher, algo que se nota en la pobreza de la secuencia, que no deja de ser bastante sentida y metafórica. Sin duda, la película hubiera sido bien distinta de haber podido contar con ella, dado su relevancia para la conclusión tanto de Rey como de Ben.

Ambos personajes reciben su lección final de dos maestros y leyendas: el último monólogo de Han, que toma en esta ocasión un sentido aún más trascendental que en El despertar de la Fuerza, y la reaparición del maestro Luke Skywalker, que, ya redimido tras los acontecimientos de Los últimos Jedi, da a Rey su última lección y su último regalo. 


Todo el tramo final es, sin duda, un espectáculo, pero que no goza de la fuerza emocional que cabría esperar. Por una parte, la relación entre Rey y Ben se completa de forma bastante satisfactoria. En concreto, es muy interesante cómo Ben deja de tener diálogo alguno y en eso gana la interpretación tan bien sostenida de Adam Driver, que transmite en cada gesto. Además, hay un gesto definitivo entre ambos que supone la respuesta definitiva al miedo que dio lugar a toda la saga, el miedo de Anakin de perder lo que amaba. Y llega, precisamente, por parte del sacrificio propio, de la entrega más absoluta por amor, frente al egoísmo del lado oscuro. Todo ello deja traslucir cómo lo mejor de esta trilogía ha sido la creación y desarrollo de ambos personajes, protagonista y antagonista.

Pero, por otra parte, el enfrentamiento final con Palpatine y su temible flota no es tan emocionante como cabría esperar. Esto se debe al rebuscado plan del emperador, que es fácil de entender, pero confuso si tenemos en cuenta todos los acontecimientos y sus acciones para conseguir tener a Rey. No hay un combate justo contra el Emperador ni se trata de uno de los mejores combates de la saga, siendo algo deslavazado. Su conclusión, aunque bastante buena, queda muy por debajo de lo que encontramos en El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983) o La venganza de los Sith. Cabe destacar el momento de comunión con la Fuerza que alcanza Rey alzándose como un individuo por encima de su herencia maldita y convirtiéndose en una Jedi por sus méritos y acciones. No en vano, en la escena epílogo, se erigirá como la heredera de ese legado por iniciativa propia. 


Como decíamos, no son malas ideas, pero erran en su ejecución o se sienten demasiado insustanciales. A lo que se suma que el combate galáctico queda supeditado al particular entre Palpatine y Rey. Ni siquiera la aparición del séptimo de caballería para la Resistencia tiene la carga emotiva que otras películas similares han conseguido recientemente, como la aparición de Gandalf y los soldados de Rohan en El señor de los anillos: Las dos torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, Peter Jackson, 2002) o la apertura de los portales en Vengadores: Endgame (Avengers: Endgame, Joe & Anthony Russo, 2019). Por lo que todo se siente vacío, a pesar de que, racionalmente, es evidente de que es una escena planteada como una de las más emocionantes de la obra. Incluso perdemos el interés dado que la película no ha dejado de poner el foco en los conflictos de la Fuerza más que en el conjunto bélico de la Resistencia contra la Orden Final.

En conclusión, J. J. Abrams retomó a la dirección para entregarnos una conclusión algo impersonal en estilo y plana en su ejecución. No pierde su carácter espectacular, tiene escenas y secuencias bastante meritorias y resuelve algunos conflictos de la saga con buena precisión, permitiéndose el homenaje (a lo heredado, a los personajes e, incluso, a los actores) a la par que el cierre de lo nuevo. Sin embargo, todo se siente más frío que de costumbre, se notan demasiado las costuras de la narrativa, muchos personajes quedan desnortados y deshilachados y tan solo encontramos solvencia en uno de los apartados de la historia (el relativo a los Jedi), mientras que los demás se sienten fútiles. 


Todo El ascenso de Skywalker se reviste de corrección visual y técnica, con brillantez musical (no podemos dejar de mencionar a John Williams), de aventura divertida, pero algo vacía, de conclusión definitiva, pero con cabos sueltos, incluyendo lagunas o trucos narrativos tan evidentes que sacan al espectador más avezado. Capaz de darnos grandes secuencias y, a la vez, resultados simplones. Es decir, un final demasiado templado y agridulce.


La guerra de las galaxias. Episodio III: La venganza de los sith, de George Lucas

17 diciembre, 2015

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El estreno de La guerra de las galaxias. Episodio III: La venganza de los sith en 2005 fue el punto de engarce entre ambas trilogías y el final de la saga, hasta la intervención de Disney y el anuncio de nuevas entregas, comenzando por Star Wars: El despertar de la Fuerza (2015), conocido como el Episodio VII.

Sin embargo, atendemos ahora a la última entrega dirigida por el creador original de la franquicia, George Lucas, y que supone el fin de una etapa, la de los jedi, la democracia y, también, las guerras clon, y el inicio de otra, la del Imperio, la de la trilogía original, la de la esperanza en el futuro, como sugieren las últimas escenas y los planos finales de esta entrega.

Así pues, estamos presenciando en esta obra una historia que conocemos cómo acaba, a modo de Crónica de una muerte anunciada (Gabriel García Márquez, 1981), pero Lucas tenía la tarea de conducirnos a esa conclusión y lo realizó en un último golpe de fuerza, superando por fin ciertas barreras y creando la entrega más lograda de la trilogía-precuela. La venganza de los sith juega al equilibrio de las antítesis, como muestra su estructura narrativa e, incluso, su título, en oposición a El retorno del jedi (1983).

El argumento abre con una espectacular batalla espacial sobre el planeta Coruscant, a un nivel bélico superior al que pudimos contemplar en la trilogía original, pero recuperando este factor algo olvidado y denostado en estas precuelas. Los jedi Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor) y Anakin Skywalker (Hayden Christensen) deben alcanzar la nave donde está secuestrado el Canciller Supremo Palpatine (Ian McDiarmid), mostrando una cordialidad mutua ya no exclusivamente de una relación entre maestro y aprendiz, padawan, sino prácticamente entre compañeros cercanos, que se permiten bromas y momentos desenfadados incluso en plena tensión.

A este álgido inicio, con duelo entre el conde Dooku (Christopher Lee) y Anakin incluido, le sigue un anticlimax que compone el nudo de la película, donde se comienzan a vislumbrar los hechos que conducirán hasta el final: la manipulación de Palpatine hacia Anakin, la desconfianza en el Consejo Jedi, con las tensiones entre Anakin y sus compañeros, especialmente encarnado por Mace Windu (Samuel L. Jackson), y el peligro mortal que amenaza a Padmé Amidala (Natalie Portman) junto a su embarazo y amor prohibido, que será también la perdición para el prometedor jedi Skywalker. A su vez, la persecución emprendida por Kenobi en pos del general Grievous, último encargado del ejército secesionista con cuya muerte se pondría fin a la guerra. Finalmente comienza un largo desenlace a partir de la Orden 66, que inicia un climax tétrico y oscuro que concluirá en dos duelos de envergadura: Kenobi contra Darth Vader y Yoda contra el nuevo Emperador.


Como ya advertimos en El ataque de los clones (2002), hay dos líneas narrativas evidentes que terminan por unirse para marcar el destino de la galaxia. La primera, y esencial, es la conversión de Anakin en Darth Vader, la caída en el reverso oscuro de la Fuerza. que tiene como motivación dos factores: su amor (prohibido) por Padmé y su cada vez mayor desconfianza en el Consejo Jedi y en la democracia. La segunda es el aspecto político-bélico, que versa en esta ocasión sobre el final de las guerras clon que se iniciaron en el anterior episodio y que fueron desarrolladas como animación en la serie The Clone Wars (2008-2014). En este caso, al principio de la película se avanza hacia la victoria republicana al acabar con el conde Dooku, pero la huida del general Grievous provoca una necesaria intervención de los jedi con tal de finalizar con el último lugarteniente de los secesionistas.

Ahora bien, tanto una como otra línea no son realmente más que la sombra de los planes del gran villano de Star Wars, el futuro Emperador. Este es el personaje que se encarga de tejer la caída de Anakin, pero también el fin de la República y de los jedi. El fin de esta trilogía, encarnado en este Episodio III supone la unión de ambas líneas.


Si nos detenemos a reflexionar sobre lo que Lucas se proponía plasmar en esta nueva trilogía, podemos advertir claramente que no estamos ante ideas malas; por contra, supone la tragedia de un héroe que cae en desgracia, pero también un canto a la democracia, a lo pacífico. Este final alcanza la altura en ciertos momentos puntuales de lo que se esperaba, pero su apoyo es débil. Los más regulares Episodio I (1999) y Episodio II no lograron hacernos ver al Anakin heroico que poco a poco se oscurecía, a la vez que enturbiaron el camino con excesivos formalismos políticos generalmente incomprensibles. Por ello, aunque se comprende lo que estamos presenciando, incluso con momentos álgidos de tragedia personal y drama político, se siente poco desarrollado, como repentino, aunque reconozcamos que anteriormente se ha intentado trabajar en construir toda esta situación.

De estos dos puntos, quizás el más favorecido es el político-bélico. La reflexión que plantea esta trilogía resulta interesante porque no solo se relaciona en términos y en imitación a lo acontecido en el Imperio Romano, con la toma de poder de Julio César (quien sería asesinado por, entre otros, su hijo adoptivo, como hará Vader con el Emperador), sino que también lo podemos estar contemplando hoy en día con la situación del terrorismo yihadista en la Europa actual. En esta trilogía se señala precisamente la usurpación del poder democrático al apoderarse del sistema una única persona, aquí el Canciller Supremo, que se excusa en la situación especial y delicada que se vive en la galaxia: las guerras clon contra los separatistas.


Un régimen de excepción donde los decretos que se publican otorgan cada vez más poder a Palpatine, incluyendo en El ataque de los clones la formación de un ejército, germen e inicio de los ejércitos imperiales. Pero aún hay más: Palpatine es, en verdad, quien mueve los hilos de ambos bandos, siendo el responsable de los separatistas. En efecto, él ha promovido la guerra y, a su vez, se enriquece de la situación que ha creado aumentando su poder político, erigiéndose como el máximo defensor de aquello que está destruyendo. Además, en medio de esta tormenta político-bélica, logra liquidar a su principal oposición, la Orden Jedi, y acallar las voces críticas del Senado convirtiendo a este órgano representativo en un fantoche manejado por su poder; a excepción de algunas voces críticas, como la de Bail Organa (Jimmy Smits) o Padmé Amidala. A pesar de su discreto papel en la franquicia, la figura del Emperador ha sido crucial en el fin de ambas trilogías, estando más desarrollada en La venganza de los sith.

Cabe mencionar algunas cuestiones sobre las voces críticas antes mencionadas. En efecto, en ellos se sitúa también la futura eclosión de la Alianza Rebelde, aunque su entramado fuera finalmente elidido del montaje final. Se recortó así en presencia de Padmé (quien por estar embarazada también pierde el carácter aventurero que había logrado en los episodios anteriores) y del personaje secundario, aunque determinante, de Organa. En gran medida, Lucas prefirió en esta conclusión una voz más melodramática, más familiar, sobre el problema del amor, como principal motor de la caída de Anakin y, por tanto, de la República, que centrarse en las motivaciones políticas. No se nos ofrecen discrepancias excesivas entre la pareja, a pesar de que resulta evidente la desconfianza de Padmé en Palpatine con esa sentencia, ya mítica en la saga, de así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso.


Centrándonos en Anakin Skywalker, personaje central y motivo de esta trilogía-precuela, debemos atender a distintas cuestiones. En primer lugar, su relación con Padmé, mal desarrollada anteriormente, se continúa aquí de una forma breve y concisa: no hay espacio para más que para pequeñas intervenciones, volviendo a diálogos ridículos. En el caso del romance en La venganza de los sith, ganará la sutileza de ciertas escenas, donde se insinúa con gran fuerza dramática y no se cuenta con palabras; nos referimos, por ejemplo, al momento en que ambos entrecruzan su miradas en la lejanía del horizonte de Coruscant, que hace imposible el encuentro físico (ella está en su vivienda, él en la sala del Consejo Jedi), pero que señala con fuerza visual y musical cómo sus vidas van a cambiar para siempre. Poco después, Anakin caerá definitivamente en el lado oscuro, y para Padmé eso supondrá un camino que no puede seguir.

La precipitación de los acontecimientos se debe a varios factores, como el embarazo de Padmé o el peligro de ser descubiertos en su amor prohibido, pero también las recientes y fatídicas visiones de la muerte de su amada, como pudo prever la de su madre en El ataque de los clones. Esta situación provoca la necesidad de buscar una solución a sus temores y, por tanto, un cambio de actitud en el personaje, cercano al desborde de sentimientos, los mismos que le condujeron a acabar con todos los Tusken en el episodio anterior. La vida de su amada se convierte en una prioridad para la que solo encuentra respuesta en las convincentes palabras de Palpatine, el sith Darth Sidious. Su capacidad para manipular se extiende a todas las precuelas, pero se hace evidente en este episodio donde realiza un trabajo tenaz con el, por otra parte, fácilmente manipulable Anakin. Skywalker ya poseía características cercanas al lado oscuro antes incluso de contar con la premonición sobre su amada, a pesar de que este se convierta en el motivo definitivo, a la vez del hecho que lo convierte en un personaje trágico.


De esta forma, las primeras secuencias de la película nos permitían vislumbrar a un guerrero más preparado, aún arrogante, pero con base para serlo, capaz de hacer frente al conde Dooku y combatir junto a su maestro Kenobi. El problema, de nuevo, será su falta de control emocional. En el rescate de Palpatine sí vemos a un guerrero capaz y heroico, pero también a una persona débil, falto del temple mesurado que requiere ser un jedi, por lo que la simple manipulación del Canciller bastará para incumplir el código moral que debería seguir, sesgando la vida de un indefenso Dooku. Establecemos así dos paralelismos evidentes con respecto a la transgresión de las normas jedi: la matanza de los Tusken en venganza de su madre y su relación matrimonial. A su vez, esta revancha entre Dooku y Anakin se rige de la misma forma en que se mostró la relación entre Darth Vader y Luke en El imperio contraataca (1980) y El retorno del jedi, incluida la estética, con el sillón imperial como testigo.

Nos referimos a la primera derrota de Anakin contra Dooku en El ataque de los clones, como sucediera con Luke con respecto a su duelo con Vader (unido al terrible descubrimiento), así como a la presencia del emperador en un segundo duelo definitivo, esperando hacer caer al lado oscuro a la sangre nueva: el manipulable y joven Anakin Skywalker frente a un atónito Dooku que se ve traicionado, y el recto y moral Luke que decide seguir la senda jedi y y no asesinar a su padre. Obviamente, distintas soluciones a un mismo hecho, es decir, la manipulación de Palpatine funciona con Anakin, pero no con su hijo. Por tanto, podemos asegurar que Anakin, a pesar de no contar aún con un motivo de fuerza, estaba más inclinado a la oscuridad por sus características emocionales y, finalmente, por su egoísmo.


No será esta la única relación con el final de la trilogía original. En una de las escenas donde el Canciller trata de confundir a Skywalker para oponerlo a la Orden Jedi, este comienza a contarle su historia como sith, advirtiendo que su maestro fue capaz de grandes hazañas, como esquivar la muerte de personas, aunque señala que "es irónico, podía salvar a cualquier, menos a sí mismo", mostrando cómo él acabó con Darth Plagueis mientras dormía, de la misma forma que Darth Vader acaba con él por sorpresa.

La ambición de poder, la búsqueda de los límites de la Fuerza hacia la inmortalidad, signo de su egoísmo frente a los valores jedi, su creciente desconfianza con respecto a quienes le rodean (que le llevará incluso a atacar a Padmé), fruto de la manipulación de Palpatine y de su caída final en el lado oscuro, propician un personaje arrogante, capaz de asesinar sin remordimientos, como bien marcará la siniestra escena con los niños en el Consejo Jedi, y cegado por un poder que, realmente, no controla, sino que lo controla, lo que finalmente provocará su derrota.


Christensen mejora en la actuación, funcionando incluso mejor en el papel de villano, aunque aún la película le reservaba momentos ciertamente patéticos. Porque, a pesar de esta conversión que hemos desgranado tal y como se observa en La venganza de los sith, no está falto el personaje de alguna escena realmente inconsistente o mal desarrollada. Por ejemplo, tras ayudar en el asesinato del maestro Windu, se lamenta de lo sucedido al darse cuenta de que está traicionado los valores que debía defender, algo incoherente con lo que sucede inmediatamente después y que nos arroja, por descontado, una escena no falta de un patetismo ridículo.

De forma paralela a esta caída en desgracia de Anakin, se sucede el final de la guerra clon y la implantación de la Orden 66 que acabará con la Orden Jedi. Se suceden así dos hechos relevantes: la persecución de Kenobi al general Grievous y la traición del Canciller y de todos los soldados clon, programados para cumplir las ordenes en las que estaban educados. A pesar de que en el Episodio II las peripecias de Obi-Wan resultaron satisfactorias y atractivas, en esta ocasión nos encontramos con una relación de escenas tediosas, demasiado alargadas, con un comportamiento del personaje excesivamente atrevido, actuando sin planificar, y con un McGregor actuando con cierta dejadez en determinados momentos. No ayuda tampoco en interés el hecho de que estemos ante un nuevo villano, mitad ciborg-mitad alienígena (con problemas respiratorios que podrían servir de eco de Darth Vader), que se une a la tradición de esta trilogía de incluir en cada película un nuevo enemigo de usar y tirar: Darth Maul, conde Dooku y, finalmente, general Grievous (aunque pensándolo bien, Darth Vader acabó con más almirantes en la trilogía original que villanos principales muertos en esta trilogía).


A pesar de su espectacularidad en el momento de atacar con las espadas láser, lo cierto es que estamos ante un enemigo de actitud cobarde y huidiza, muy asequible para Kenobi aún cuando este se ve en apuros al perder su arma y tener que valerse de un bláster, arma incivilizada (en guiño con la referencia del Kenobi anciano [Alec Guinness] a la honorabilidad de las espadas láser, para tiempos más civilizados, en Una nueva esperanza [1977]). Si esta trilogía había traído duelos más llamativos, lo cierto es que Grievous representa esa espectacularidad vacía de emoción, de entender mal cómo hay que plasmar una historia, situándose por debajo de aquellos combates menos ágiles de la trilogía original, pero mucho más dramáticos y tensos. Al menos, esta misma película nos ofrecerá dos duelos finales muy bien orquestados a todos los niveles para redimirse.

Tras la victoria republicana, surge la Orden 66, que se sucede en una medida y emotiva escena donde montaje y música se dan la mano para regalarnos uno de los momentos más lucidos de la película. Hay incluso un cambio de música bélica, situada justo antes y señalando la batalla que estaba dando por finalizada la guerra, seguida de la melancólica y triste melodía que acompaña a la muerte de los jedi, de las cuales debemos señalar que algunas pecan de ridículas, aunque nos quedaremos mejor con el eficaz fusilamiento de Ki-Adi-Mundi que abre la trágica sucesión de asesinatos. Finalmente, solo dos supervivientes conocidos: Yoda (salvado gracias a la intervención de Chewbacca, qué pequeño es el universo) y Obi-Wan. Ellos serán los protagonistas de los duelos finales contra el Emperador y Darth Vader, respectivamente.


Ambos resultan impresionantes. Yoda resulta aquí menos saltarín que en el episodio anterior y hay una medición por el poder de la Fuerza más que por la espada. Su lucha resulta metáfora, al desarrollarse en el Senado, que irán destruyendo conforme combatan, símbolo del fin de la democracia. Paralelamente, se nos mostrará el enfrentamiento entre maestro y aprendiz en el inhóspito planeta de Mustafar, donde se irá disputando un duelo con una localización cada vez más peligrosa. El acompañamiento musical de Battle of  the Heroes sirve para aumentar la emoción, propiciando dos grandes duelos que superan, especialmente el de Anakin-Kenobi, a los vistos hasta el momento; como curiosidad, la participación de Spielberg, de mayor o menor grado, en el diseño de estos combates. Quizás resulta confuso el final de Yoda, que cae derrotado más por falta de tiempo y recursos que por auténtico cierre de combate. Ya se señaló en la anterior entrega que el poder jedi estaba más debilitado.

De mayor envergadura dramática y emocional será el final del duelo de Kenobi, quizás también con un final un tanto desnivelado en comparación con la interesante batalla previa, pero que nos arroja el punto culmen de la decepción alcanzada por un fracaso como el de Anakin, aquel que estaba destinado a ser el Elegido, O aún más para Kenobi, quien más allá de profecías no puede evitar arrojarle estas palabras al amigo caído: Eras mi hermano, Anakin, ¡yo te quería!. El cierre nos deja marcadas las posiciones de los personajes que nos reencontraremos en la trilogía original, y un mensaje evidente: el de la esperanza.


Por fin se logró en las precuelas conseguir una obra emotiva y dramática, con defectos (conversaciones insustanciales, poco naturales o directamente ridículas; preferencia por la explicación frente a la cinematografía más sutil; retoques en la duración de determinados arcos argumentales o un trabajo deficiente en la construcción de algunos personajes) arrastrados de sus anteriores entregas, pero muy lograda, alzándose seguramente con el puesto de ser la película más oscura de la saga. Seguramente será difícil volver a ver tal oscuridad en la franquicia. Los efectos visuales están más logrados e integrados, y a pesar de que no resulten excesivos a simple vista, lo cierto es que es la entrega con más efectos especiales. Esto dejó a los actores una sensación de aburrimiento, como comentó McGregor; después de todo, se rodó íntegramente en interiores y con un ávido empleo de cromas. El equilibrio narrativo es notable, con tres grandes bloques: iniciando en un momento climático espacial que finaliza en un duelo climático, continuando con un nudo más áspero, seguramente el que contenga la parte peor desarrollada, y un final que aúna lo mejor de la obra y enlaza a la perfección con lo ya narrado a partir de Una nueva esperanza.

Debemos destacar la interpretación de Ian McDiarmid, que disfurta el papel del Emperador, así como la mejora de Christensen, a pesar de su falta de carisma y de expresividad. McGregor soporta el papel algo cansado, aunque ofreciéndose más en el tramo final, mientras que otros actores están contenidos en papeles más limitados, como es el caso de Natalie Portman. Mención a la referencia que se hace al situar a un actor similar a Peter Cushing en uno de los planos finales, recordando su papel como el comandante Wilhuff Tarkin en la primera película de la saga. Williams resuelve gratamente la partitura ofreciendo nuevos temas sinfónicos y corales, así como la recuperación de algunos leitmotivs clásicos para las ocasiones pertinentes.


Estamos ante la conclusión y el final que se esperaba, a la altura de las circunstancias, a pesar de sus defectos. El triunfo del Imperio, del lado oscuro, y el exterminio de los que fueron defensores de la paz y la justicia era la historia que se quería narrar y aquí acabó. Todo ello reflejado en un único personaje: Anakin Skywalker, antaño jedi cuya tragedia personal le arrojó al reverso tenebroso y con él quedó marcado el destino de la galaxia. En la creación de Darth Vader hay un guiño al monstruo de Frankenstein, aunque también hay espacio para el drama. Con este nuevo y temible aspecto ha desaparecido para siempre la persona que fue, certificado con la muerte de su amada, según el Emperador a sus propias manos, en eco a mitos como el de Hércules, y ocupando un cuerpo derrotado, como las esperanzas en el Elegido.

Aquí está la mejor cuestión de La venganza de los sith, la demostración de que con más empeño en mostrar y maravillar al espectador que en explicárselo todo de una forma descarada, se podría haber contado una mejor historia. Porque donde realmente nos muestra su grandeza esta película es en los planos que insinúan, que nos transmiten sin decirnos nada. Sabemos que Darth Vader cumplirá su destino doblemente, el encomendado por su maestro Darth Sidious de aniquilar a los representantes de la Fuerza, equilibrándolo del lado oscuro, pero también acabando con los dos sith más poderosos, el Emperador y él mismo, como sabe el espectador que ha sido testigo de El retorno del jedi. Hay algo bueno en él recuerda Padmé en sus últimos momentos, esa esperanza de su amada se reflejará finalmente en el horizonte de Tatooine, hacia donde mira el futuro, hacia donde se marca la esperanza.



La guerra de las galaxias. Episodio II: El ataque de los clones, de George Lucas

08 diciembre, 2015

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El equilibrio narrativo logrado por La guerra de las galaxias en su primera trilogía, con un inicio en ascenso triunfal, una segunda parte de derrota de los personajes y una tercera parte de nuevo hacia la victoria, se deshace o, mejor dicho, se altera en la siguiente trilogía, dado que la finalidad de la misma es mostrarnos una caída en desgracia, la de Anakin Skywalker, alias Darth Vader. Ya anticipamos que La amenaza fantasma (1999) funcionaba como prólogo y casi como capítulo aparte del díptico que suponen El ataque de los clones (2002) y La venganza de los Sith (2005). Esto se debe a que los dos temas centrales que comienzan en este denominado Episodio II se completan en el Episodio III y suponen el antecedente y el origen de lo que ocurrirá en el futuro narrativo de la trilogía original.

La trama que George Lucas despliega para La guerra de las galaxias. Episodio II: El ataque de los clones parte de un clima político azorado, que ya se vislumbraba en el Episodio I, donde la discrepancias galácticas han aumentado en los últimos diez años entre un grupo de secesionistas y la República.

Este planteamiento abstracto se concreta en la amenaza mortal que persigue al personaje de Padmé Amidala (Natalie Portman), antigua regidora de Naboo que ocupa ahora el puesto de senadora en el planeta Coruscant. Ante esta situación, el Canciller Supremo Palpatine (Ian McDiarmid) solicitará a la Orden Jedi su colaboración, ejerciendo así Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor) y su padawan Anakin Skywalker (Hayden Christensen) como sus protectores.

A partir de este trabajo, se desarrollarán paralelamente dos historias que finalmente concluirán en un lugar común. Por una parte, Kenobi, con el beneplácito del Consejo Jedi representado principalmente por Yoda (voz original de Frank Oz y primera vez que se realizó completamente de forma digital) y Mace Windu (Samuel L. Jackson), comienza una investigación en busca del cazarrecompensas que ha tratado de asesinar a Padmé, el escurridizo Jango Fett (Temuera Morrison). Por otra parte, Anakin ejercerá como guardaespaldas de la senadora sin ser capaz de reprimir sus sentimientos hacia ella ni su contrariedad por las pesadillas en torno a su madre, Shmi (Pernilla August).


Como podemos observar y ya hemos comentado, estamos ante dos temas centrales que se entrecruzan en el destino de la galaxia, como descubrimos en la trilogía original: el inicio de la guerra entre la República y los secesionistas y el amor prohibido entre Anakin y Padmé, este último crucial para la evolución del protagonista. Ahora bien, aunque las ideas que sustentan las películas sean interesantes, no así su planteamiento y plasmación en pantalla. De forma general, resulta evidente que la trama político-bélica funciona mejor que la romántica, y no solo en esta película, también en la siguiente de la saga.

En la relación entre Anakin y Padmé hay un exceso de melodramatismo unido a factores tan contraproducentes como la falta de química entre ambos actores, la poca credibilidad de la actuación de Hayden Christensen, actor poco carismático y de exigua expresividad, y una evolución nada satisfactoria del personaje. No creemos que el problema sea exclusivamente el trabajo de Christensen, sino que es una conjunción de distintos elementos que no permiten suplir los defectos o carencias del actor, sino que los subrayan. La guerra de las galaxias no ha sido realmente una saga eficaz en la construcción de relaciones románticas. Si acudimos al amor entre Han Solo y Leia podemos ver que funciona mejor al introducir elipsis y sobreentendidos, sin diálogos excesivos, pero tampoco se trata de una relación trabajada, por lo que no estamos ante una buena construcción amorosa. Por su parte, la relación entre Anakin y Padmé peca justo de lo contrario, de lo excesivo y de unos cimientos mal apoyados.


La forma en que Anakin se expresa en relación a Padmé no simula la de un enamorado, sino prácticamente la de una persona obsesionada, casi rozando el papel de acosador. No solo se nota en los diálogos, también en la expresividad de Hayden. Este comienzo, con el rechazo abierto que muestra Padmé, no se corresponde con el posterior desarrollo ni con el final del Episodio II. Si el inicio es prácticamente de rechazo, la forma en que se expone el enamoramiento entre ambos peca de cursilería, de excesivos clichés y, por supuesto, de incoherente con lo anteriormente expuesto. El hecho de que en la obra anterior no se cimentara una relación algo más madura, con el problema de plantear a Anakin como niño, provoca que no se comprenda la conexión entre ambos desde el inicio. Incluso la forma en que Portman encarna en origen al personaje parece más maternal que romántica.

No obstante, esta problemática no es exclusiva de la relación romántica. La evolución de Anakin también es poco creíble. Si en Una nueva esperanza (1977), el anciano Ben Kenobi le recordaba como un valiente y honorable guerrero, aquí nos encontramos con un joven rebelde, con actitud de adolescente díscolo, arrogante y egocéntrico.


Resulta comprensible que no se vea en él a un gran guerrero todavía, considerando que aún es un padawan, pero en su actitud no observamos valores de jedi, como el honor o la mesura. De la misma forma que un aspecto muy criticado de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) fue que se percibía a Jack Nicholson como una persona desquiciada incluso antes de que la locura del hotel se apodere de él, aquí se percibe excesivamente clara la futura caída de Anakin en el lado oscuro, tanto por su carácter como por su actitud.

Incluso un momento crucial, como se corresponde con la escaramuza en el campamento de los Tusken para buscar a su madre, marcado anteriormente por sueños premonitorios, no se siente tan crucial en un cambio brusco en la forma de ser del personaje, a pesar de que en su historia lo podamos considerar como un hecho decisivo para comprender cómo cae fácilmente en sus emociones. Por cierto, este capítulo en Tatooine sirve de preámbulo para el ataque al Templo Jedi en el Episodio III.


De forma paralela a esta trama, somos testigos de la misión de Obi-Wan Kenobi, realmente interesante para comprender cuestiones relativas a la evolución política de este universo (por cierto, muy a la par de la historia de la República y el Imperio Romano, incluso en los términos). Todo comienza con una escena de persecución en Coruscant, con una apariencia similar a Blade Runner (Ridley Scott, 1982), aunque con exceso de efectos digitales, que ya en su momento se percibían fácilmente como falsos sin restarle espectacularidad.

La investigación posterior de Kenobi nos permite vislumbrar planetas nuevos como Kamino y Geonosis, donde descubriremos la creación de los clones, futuro ejército republicano e imperial, además de percibirse un plan oculto sith, pendiendo la sombra de la duda sobre las intenciones del Canciller Supremo, como se vislumbra en la conversación entre Windu y Yoda. En esta trama quizás se pretendió hilar fino al unir al personaje de Boba Fett (aquí niño interpretado por Daniel Logan; la fama del personaje, personalmente, no la comprendo) de las primeras películas con la creación de los clones a partir de Jango Fett. Durante este entramado también se satisface el plano espacial, dado que esta película es la que menos ocupa en batallas entre naves; es el caso de la persecución de Kenobi y Fett, guiño incluido a El imperio contraataca (1980) con la nave de Obi-Wan escondida en un meteorito como el Halcón Milenario.


Por otra parte, se sigue percibiendo la manipulación de Palpatine, en esta ocasión con la votación a favor del ejército republicano empleando a Jar Jar Binks (Ahmed Best) como apoyo, a la vez que usa a otro aprendiz, un jedi caído interpretado por un solvente Christopher Lee, el conde Dooku (con él aparecerá la primera imagen de los planos de la Estrella de la Muerte). La inclusión de un nuevo sith trata de suplir la perdida de Darth Maul con un nuevo villano, pero si analizamos esta nueva trilogía de forma completa, podemos observar claramente que la inclusión de nuevos enemigos debió ser meditada para crear una mayor sensación de unión. A destacar la escena donde Dooku trata de convencer a Kenobi de unirse a sus planes, incluso contándole parte de la verdad de lo que sucede en la República (de forma similar a Darth Vader en El imperio contraataca con Luke, nueva similitud entre ambos episodios).

El último tramo de la película nos deja algunos elementos positivos como tantos otros negativos. La escena en la fábrica de Geonosis protagonizada por Padmé y Anakin junto a los droides C-3PO y R2D2 resulta ridícula, infantil y excesivamente digital. De la misma forma, la escena en la arena (escenario típico del péplum romano), esta vez reflejo del rescate de Han Solo en El retorno del Jedi (1983), incluyendo la ropa de Padmé con respecto a la de Leia, está falta de emoción por la ausencia, inexplicable, de música, además de no percibirse el peligro en la expresión de los actores. La posterior batalla es algo confusa, aunque despliega espectacularidad y sirve de preludio a la batalla final con el conde Dooku. La llegada de las tropas de clones con Yoda a la cabeza, que nos recuerda también a la llegada de Gandalf al Abismo de Helm en El señor de los anillos: Las dos torres (Peter Jackson, 2002), no por la forma, sino por la esencia.


El duelo final está falto de la maduración del que vimos en el Episodio I, aunque sea ciertamente espectacular, y de la tensión que percibíamos en los duelos entre Luke y Darth Vader de la trilogía original. Hay un duelo de fuerza entre Yoda y Dooku donde se crece el Maestro Jedi al mostrarnos que detrás de su aspecto hay un experto en la lucha, aunque hubo muchos que consideraron demasiado saltarín al venerable jedi.

Como curiosidad, resulta inverosímil la falta de expresividad de Anakin cuando Dooku le derrota de forma tan sanguinaria. El combate, de nuevo, se relaciona con El imperio contraataca, donde se produce la derrota, también física, del protagonista, aunque el final conjunto de El ataque de los clones sea positivo para el bando jedi a pesar de haber caído en la trampa sith. Homenaje y guiño evidente que concluye en un plano final muy similar al plano con el que finaliza El imperio contraataca.


El ataque de los clones cuenta con una factura técnica impresionante, incluyendo bellas localizaciones, diseños de mundos muy logrados aunque los nuevos sean parcos en detalle (Kamino, Geonosis), efectos especiales a la altura y una banda sonora del maestro Williams que se refugia en la nostalgia de los temas clásicos, incluyendo ecos de La marcha imperial. Sin embargo, está falta de tensión general, se entretiene más en contar que en mostrar como realmente hacía la trilogía original, de ahí una relación de diálogos planos y excesivamente explicativos. A destacar la participación de Christopher Lee dando entidad a Dooku y la mejora de McGregor, quien ya no contaba con la sombra de Liam Neeson; también Samuel L. Jackson aumenta su rol en esta entrega, encarnando al maestro Windu de forma solvente. Portman aguanta el papel, aunque perdida por las ideas que sustentan al personaje, mientras que Christensen hace aguas desde el principio.

Con mejor equilibrio narrativo que La amenaza fantasma, la historia de El ataque de los clones da comienzo definitivo a las guerras clon (continuadas a partir de 2008 en la serie animada The Clone Wars), que finalizarán en La venganza de los Sith (2005), tercer y último episodio de esta trilogía, situada tres años después de estos acontecimientos (y cumpliendo, como ya vimos, una elipsis entre capítulos superior a la de la trilogía original). De toda la saga, seguramente la más fácil de olvidar, especialmente por la falta de emoción como por un desarrollo anodino, pese a encarrilar la situación hacia La venganza de los Sith.


Aunque a muchos espectadores se les ocurren formas de mejorar o encajar mejor las piezas en estas precuelas, al final lo que debemos juzgar es lo que el director ha propuesto en pantalla. Para otras apreciaciones, hay vía libre a la imaginación personal. Como soñar que Anakin Skywalker fue el noble guerrero caído en desgracia que todos esperaban, en lugar del joven arrogante y díscolo que al final apareció en El ataque de los clones.


La guerra de las galaxias. Episodio I: La amenaza fantasma, de George Lucas

26 noviembre, 2015

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Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... de la nuestra. Aunque parezca habitual pensar en el universo cinematográfico de La guerra de las galaxias (Star Wars, en adelante) como el paradigma de un futuro de vida espacial, lo cierto es que la historia que nos narra habita en el pasado y muy lejos de nosotros.

Una paradoja, habitual en esta introducción típica de ciertas narraciones, que coincide con la confusa producción de la saga vista desde la actualidad: la primera trilogía responde a la numeración de los capítulos IV, V y VI, mientras que la siguiente trilogía, lejos de continuar la historia, trata de mostrarnos el pasado a partir de los restantes capítulos I, II y III.

Habían transcurrido dieciséis años tras el estreno de la última película de la franquicia cuando George Lucas estrenó finalmente La guerra de las galaxias. Episodio I: La amenaza fantasma (1999, nos referiremos en adelante como La amenaza fantasma) y la expectación creada fue máxima, teniendo en cuenta el éxito de la trilogía original y la legión de fanáticos que esta había creado.

Para tal retraso debemos acudir al director y creador, Lucas, que siempre ha aducido tanto cansancio tras concluir el periplo que supusieron Una nueva esperanza (1977), El imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983), como las posibilidades que le ofrecían los nuevos avances tecnológicos para llevar a pantalla toda la historia que había pensado originalmente. Realmente, si remitimos a su trabajo cinematográfico, y sin contar obras como American Graffiti (1973) o THX-1138 (1971), lo cierto es que Lucas se ha dedicado más a desarrollar una carrera como productor que como director, lo cual pesa, en cierta forma, en el resultado de la nueva trilogía.


No obstante, vamos a atender de forma crítica a esta nueva hornada de Star Wars por cada episodio individual. Y lo realizaremos sopesando sus errores y sus aciertos, pues a pesar de que la vox populi ha calificado como un fracaso el conjunto de las precuelas, hay en esta exacerbada visión negativa de las mismas una falta de espíritu realista y, quizás, un apego excesivo a la nostalgia y al buen hacer del inicio de la saga. El propósito de La amenaza fantasma era asentar el principio de una nueva aventura, en este caso una historia cuyo final es conocido, pero de lo que se desconocía el cómo; es decir, como sucede en Crónica de una muerte anunciada (Gabriel García Márquez, 1967), es el trayecto, los sucesos que provocaron la caída en desgracia del Jedi Anakin y su conversión en Darth Vader lo que interesa descubrir en esta trilogía.

En este primer capítulo, seremos testigos del comienzo del fin de la República galáctica, con el plan del futuro emperador para hacerse con el poder. El planeta Naboo está siendo bloqueado por la Federación de Comercio, por lo que la reina Amidala (Natalie Portman) solicita la intervención de la República para buscar una solución diplomática y no bélica. Dos caballeros Jedi, el maestro Qui-Gon Jinn (Liam Neeson) y el padawan/aprendiz Obi Wan Kenobi (Ewan McGregor), tratan de negociar, pero al comprobar la actitud belicosa de la Federación, deciden huir junto a la reina para buscar el apoyo de la capital de la República, Coruscant. Sin embargo, con la nave averiada, deberán detenerse en el desértico planeta de Tatooine, allí conocerán al joven Anakin Skywalker (Jake Lloyd), cuya ayuda será fundamental para seguir en su viaje. El maestro Jedi se interesará por el niño gracias a sus capacidades en relación con la fuerza, mientras que Amidala comprueba que la vía pacífica que esperaba no es una solución para su planeta.


Podemos notar la ambición de Lucas con respecto al entramado de esta película, pretendiendo abarcar muy diversas cuestiones, planos que se entrecruzan en el metraje con un desequilibrado ajuste. Por una parte, tenemos una importante, aunque no demasiado entretenida historia política, cuestión seria de la trama que es la primera piedra para el futuro Imperio. Se trata aquí de la manipulación política, del juego a doble bando o del uso del miedo para obtener poder y, finalmente, limitar la libertad (como se verá en el avance de esta trilogía). Sin embargo, esta temática, aunque más madura, se aleja del espíritu de la saga y no está bien tejida al ofrecer hermetismo y oscuridad en la forma en que se desarrolla, como bien muestra la cantidad de términos políticos que se introducen. A ello se une la trama bélica de la película: la contienda en Naboo. Un planeta que se inserta en esta película en la franquicia y que, salvo por ciertas características similares con la Tierra, no tiene vinculación alguna con el espectador.

Si en la trilogía original eran los ideales de la libertad y la rebelión contra una fuerza opresora y cruel, aquí nos encontramos ante un asedio a un planeta con el que no tenemos vínculo alguno. Si bien es cierto que se sigue combatiendo por la libertad, notamos una maquinaria muy potente que podría intervenir eficazmente en el asunto, por lo que la fragilidad de la rebelión, patente especialmente en El imperio contraataca, no se siente como tal en esta situación. A pesar de ello, el tramo final con los diversos combates en el palacio y en los alrededores resultan de los más entretenidos y digno colofón, especialmente con la batalla de sables de luz, de una película de la saga.


A estas dos tramas globales debemos añadir algunas secundarias, pero igualmente importantes, que son el germen de la (supuesta) evolución del personaje de Anakin Skywalker. La aparición del personaje como niño se debe a la avería de la nave que transporta a los Jedi y a la reina Amidala. Comienza así un largo interludio en el célebre planeta Tatooine que introduce el tema de la esclavitud y que culmina con la carrera de vainas para demostrar su valía como piloto. También comienza el interés de Qui-Gon por la presencia de la Fuerza en el niño y se introduce de esta forma lo que podríamos denominar la institucionalización de la Fuerza, que se hará patente con el posterior encuentro con el Consejo Jedi y las secuelas.

Algunas de estas ideas realmente funcionan como referencia interna de la saga. Hay incluso escenas que podríamos considerar espejo. Así, se produce el auxilio de una mujer, la reina Amidala en este caso, la princesa Leia en la primera película, ambas debida a la supervivencia de un grupo mayor, ya sea un planeta o una rebelión; la carrera de vainas nos recuerda a la persecución de Vader en pos de Luke mientras este intentaba destruir la Estrella de la Muerte en Una nueva esperanza; el combate entre Vader y Kenobi en esta misma película tiene su eco en el derrota de Qui-Gon frente a Darth Maul, incluido el grito del aprendiz equivalente; la posterior pira funeraria equivale a la que realiza Luke en El retorno del Jedi, de la misma forma que el objetivo bélico en el tramo final de Naboo es apagar los droides, mientras que en el episodio VI era acabar con el escudo de la nueva Estrella de la Muerte. Incluso el final de La amenaza fantasma es idéntico al de Una nueva esperanza, con la condecoración de los protagonistas. Por no hablar de la estructura, in media res incluyendo una sinopsis inicial, tópico ya de la saga completa.


Pero emular un éxito no significa hacerlo bien, aunque estos elementos funcionen como guiños internos. Uno de los principales problemas en la película es su infantilización, lógica por la presencia casi protagónica de un niño, el jovencísimo Anakin Skywalker. Aunque la motivación para que el personaje tuviera una edad tan baja era aumentar su unión con la madre, a fin de crear cierta dependencia que fuera más notable en sucesos posteriores, no colabora con otra de las tramas principales, que es su relación con Padmé. Este hecho provoca, entre otras cosas, que podamos entender El ataque de los clones (2002) y La venganza de los Sith (2005) como un díptico separado de este primer episodio.

No solo resulta ridículo el planteamiento de que surja un romance entre ambos en esta primera etapa, sino que también conduce la obra a senderos absurdos: podemos aceptar la carrera de vainas, escena trepidante y heredera de las cuádrigas de Ben-Hur (William Wyler, 1959), aunque larga, pero no resulta creíble la intervención de Anakin en la batalla final. Si era emocionante ver a Luke, casi como un piloto novato, arriesgar su vida por destruir la Estrella de la Muerte, resulta tedioso observar la actitud entre pedante e inexperta de un niño que conduce a un final provechoso para el bando de Naboo, pero inestable para la coherencia de la película.


Frente a esta infantilización, hubiera resultado más coherente insertar a un personaje joven, quizás sobre la adolescencia, más cercano a Padmé, que tuviera características como la nobleza, la generosidad y la entrega, así como conocimientos de mecánica y de conducción, haciendo creíble tanto el tramo final de la película como un fugaz romance con el personaje femenino que se desarrollase con su reencuentro en la siguiente entrega. Por contra, aquí parece establecerse una relación casi materno-filial que no resulta provechosa y que provoca cierta confusión cuando los personajes se vuelvan a ver en El ataque de los clones.

No obstante, este carácter infantil no se reduce a la presencia del niño, que podría soportarse si el resto de elementos funcionaran, sino que se acentúa negativamente con la introducción de Jar Jar Binks (Ahmed Best), un absoluto desacierto (aunque valorar esta obra de forma negativa solo por este personaje sería absurdo). Este nefasto personaje funciona como un bufón de humor infantiloide, escatológico y torpe, que se aleja de la sutileza agradable que suponían los droides C-3PO y R2D2 en la trilogía original o del carácter humorístico, pero adulto, de Chewbacca (el sempiterno compañero de Han Solo era un personaje poco cargante y medianamente serio, especialmente comparado con Binks).


Ahora bien, uno de los puntos generalmente criticado de esta película y de la nueva trilogía es la institucionalización de la Fuerza, aspecto antes mencionado. Frente al misticismo, casi la magia, que desprendía la trilogía original, nos encontramos aquí con una religión estructurada y con poder relevante, incluso organizado jerárquicamente. En realidad, excluyendo el intento de explicación científica con los midiclorianos, no resulta un mal planteamiento: los Jedi acabaron exterminados y borrados de la memoria por el Imperio, que se encargó de esta tarea, pero eso no quiere decir que antes no fueran poderosos o numerosos.

Aunque este hecho le resta épica al poder de la Fuerza, permite observar una crítica a lo que supone el estancamiento institucional de una cuestión que debería estar más relacionado con la mística y la naturaleza (incluso en El ataque de los clones se empezará a advertir de la falta de control que se está dando entre los Jedi). Precisamente, seremos testigos de las discrepancias de los representantes de esta religión.

No obstante, en La amenaza fantasma apenas comenzamos a percibir la magnitud de la Orden Jedi, aunque sí la influencia religiosa de la que bebe George Lucas. Se incluye aquí la concepción de una Profecía (que nunca se especificará por completo) y aparece un elegido nacido de una mujer virgen, en clara resonancia judeocristiana; aunque también podemos encontrarnos ante el denominado monomito, el héroe cultural y mitológico surgido de la elección divina y de raíz inmaculada. La definición, por contra, del enemigo a través de una apariencia demoníaca sí muestra una clara vinculación con el judeocristianismo.


En relación a esto, es importante destacar otro de los puntos fuertes de La amenaza fantasma: la presencia de Darth Maul y el combate a tres entre este Sith, el joven Kenobi y Qui-Gon Jinn. Sin duda, una de las grandes escenas de la película, que introduce a su vez un combate con sables láser más dinámico, coreografiado y espectacular. Además, este trío de personajes son los que mejor aguantan su rol.

Ewan McGregor se encarga de encarnar de forma correcta a Obi-Wan Kenobi en esta faceta de padawan molesto pero respetuoso con su mentor. Liam Neeson, por su parte, destaca como el maestro Qui-Gon, papel que se le queda corto y al que aporta una gran entereza. El dúo Jinn-Kenobi funciona como principales protagonistas de la obra, compartiendo importancia con la reina Amidala (dúo de Keira Knightley por una parte y una estupenda Natalie Portman por otra) y Anakin (el niño Jake Lloyd, cuya experiencia post-Anakin fue traumática, por lo que se retiró de la interpretación; soporta el papel, aunque el problema no se encuentra en su actuación, sino en el planteamiento del personaje).


En el bando contrario, Darth Maul (Ray Park, gimnasta especialista en artes marciales y lucha con espadas) se posiciona como contrapartida de los Jedi, perfilándose como un villano intimidante, muy poco hablador y realmente maligno, en la línea con el primer Darth Vader. Su aspecto demoníaco y la innovación del sable de luz con dos hojas le otorgan unas características inolvidables. No obstante, el personaje queda desaprovechado. Ian McDiardmid regresa a la franquicia para ocupar su mismo personaje, ahora con el nombre de Palpatine, siendo el conspirador que maneja los hilos de la política y la guerra.

Por último, cabe destacar la presencia de Samuel L. Jackson en el papel del maestro Mace Windu, cuyo rol se amplía en las secuelas, así como el retorno (breve) de personajes como Yoda (con voz original de Frank Oz, en principio con una marioneta de peor aspecto que la original, aunque en remasterizaciones se ha empleado un modelo CGI, como ya se usó en las secuelas), C-3PO (Anthony Daniels, en un innecesario -aunque curioso- vínculo con Anakin) y R2D2 (Kenny Baker).


En otro orden, debemos mencionar también el regreso de John Williams a la saga con la recuperación de sus clásicos leitmotivs y demás composiciones así como la inclusión de nuevos temas, como el épico Duel of the Fates, que introduce el uso del coro. Por su parte, el diseño de vestuario y el maquillaje destaca por la mezcla de estilo gótico y oriental, como podemos observar en la reina Amidala o en la vestimenta de los Jedi, que recuerda a los samuráis. Los efectos especiales, aunque resalten en algunos casos, se suponen de lo más elaborado para la época, sustituyendo a la artesanía de los años setenta y ochenta.

Quizás Lucas pretendía sorprender más por las situaciones, marcadas por los efectos espaciales (la carrera de vainas, el combate con sables láser) que con la trama (la historia y los personajes). En este sentido, no podemos dudar de la capacidad de entretenimiento y espectáculo de la película, a pesar de notarse una pesada carga en el componente político, mal conducido, y en un humor más burdo. Ofrece la sensación de que se quiso abarcar demasiado para lo que era una saga de space opera, de aventuras espaciales, incluyendo intrigas políticas, profecías y un proto-romance inverosímil, por lo que al final se queda corto en todos los aspectos del argumento. 


En definitiva, un extenso prólogo que queda desligado no solo de sus secuelas, sino de toda la saga. Sirve para asentar ciertas cuestiones y ofrece algunas escenas e intervenciones de interés, pero se aleja del espíritu de la franquicia por un enfoque erróneo. Si bajamos la exigencia que supone el factor nostalgia y el nivel del resto de la saga, no estamos ante una obra mal realizada, sino más bien mal planteada con respecto al lugar de donde venía y al lugar al que se quería dirigir, con un tono demasiado infantil, que pudo encajar bien para atraer a nuevos seguidores (niños en aquel entonces), pero que desde la distancia y desde la mirada adulta, pierde mucho sentido. Especialmente cuando hay dos planos tan divididos: uno serio, el relacionado con la política, la cuestión bélica y la Orden Jedi, y el otro, unos seres patosos, un protagonista niño y algunas situaciones poco creíbles aún dentro del universo fantástico de La guerra de las galaxias.


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