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Música Inolvidable (LI): Mecano

25 febrero, 2024

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Ojeando por enésima vez un volumen recopilatorio llamado Discos que han pasado a la historia (Mondadori-Heineken, 2008), aunque el título es lo de menos: Discos que hay que escuchar o Las mejores canciones de no sé qué, me encuentro con una preponderancia de música anglosajona –buena, nadie lo duda-, que es muy definidora, sino del desprecio, sí del desconocimiento hacia el trabajo en otras lenguas, que continúan perpetrando algunos colonizadores de la cultura. Y no me refiero a los artistas latinos que consiguen un Grammy cantando en la lengua de Shakespeare (1564-1616) o de Cervantes (1547-1616), sino a la total y absoluta ausencia de composiciones en español en tales compendios. Fuera de España, quiero decir: sirva como ejemplo patrio el ya descatalogado Los discos esenciales del pop español (Lunwerg, 2010), de Jesús Ordovás (1947).


La cosa es tan chovinista, cuando no escorada políticamente hacia el sonrojo, que hasta perpetran esta “depuración” consigo mismos. En el volumen al que hacía referencia, no aparecen ni por asomo intérpretes tan esenciales y definidores como Frank Sinatra (1915-1998) o Barbra Streisand (1942), al margen de los gustos de cada cual, y sí conjuntos que incluso hacen doblete y acaparan un determinado estilo (el rock) sobre los demás. Pero el sur también existe. Bien sostenido por la lengua española, que cada vez se habla en más lugares. Formando parte de esta cultura, está la música cantada en nuestro idioma. Claro que nosotros mismos preferimos a veces premiar una progrez con evidente fecha de caducidad antes que la trayectoria de un Manuel Alejandro (1932).

En cierta ocasión, un idiota que tenía por compañero de clase, en los tiempos de la EGB, me afeó -o rio- la conducta por andar por ahí con una casete para el walkman, que era un recopilatorio de temas populares del momento (1986). Junto a autores en inglés, incluía canciones de Ana Belén (1951), Patxi Andion (1947-2019), Roberto Carlos (1941) y José Luis Perales (1945). El pobre diablo no entendía que todas las canciones eran buenas. De hecho, resulta que siempre me ha gustado escuchar desde Parálisis permanente hasta María Dolores Pradera (1924-2018), de David Bowie (1947-2016) a Demis Roussos (1946-2015). Y creo que he salido ganando.


A estas alturas no voy a descubrir a Mecano. Ni siquiera a redescubrirlo. Nos basta con comprobar que su música ha quedado. Como casi todo lo de los años ochenta. La primera vez que los escuché, curioso, fue en un recinto militar, el Club de los Mondragones en Granada, donde mis padres tenían por amigo a un teniente coronel jurídico, uno de los tipos más ilustrados para el cine que he conocido, y lo cierto es que aquello estaba bastante bien, había hasta cine al aire libre, y allí descubrí Dune (íd., David Lynch, 1984). Se trataba de la canción Me colé en una fiesta, perteneciente al álbum homónimo de Mecano, que dio origen a todo (CBS, 1982). Qué original y pegadizo sonaba. Un año más tarde le pedí a mi padre que me comprara el segundo disco, Dónde está el país de las hadas (CBS, 1983), que fue el primero que tuve (el inicial lo repesqué en casete).

A estos trabajos siguieron Ya viene el sol (CBS, 1984), irregular en su conjunto, quizá por ser demasiado seguido al anterior (este disco debió haber salido en 1985, con más tiempo de “procesado”), pero que aun así contiene temas tan magníficos como Hawaii-BombayBusco algo barato, Aire o El mapa de tu corazón. También el notable ejercicio electro pop de Japón.

La madurez llega con Entre el cielo y el suelo (Ariola, 1986), línea de una de las canciones, y que sigo considerando el mejor disco de su carrera. Admito que por motivos estrictamente personales, pero todos los motivos lo son. Luego vino el muy exitoso Descanso dominical (Ariola, 1988), donde ya se advierte una evidente indagación en diferentes estilos, aspecto que se transmitiría al último trabajo completo de la formación, Aidalai (Ariola, 1991). Sobresaliente en conjunto, a Descanso dominical solo le sobra la pánfila No hay marcha en Nueva York (nunca he podido con ella). Gracias a Dios lo compensan el resto de composiciones, entre las que destacan por méritos propios El cine, Los amantes, La fuerza del destino, la seminal Mujer contra mujer, que el grupo versionó en francés, Un año más, y las sentidas Eungenio Salvador Dalí y Héroes de la Antártida, con textos de Stefan Zweig (1881-1942).


Años más tarde apareció el recopilatorio Ana-José-Nacho (Sony-BMG, 1998), con algunas canciones nuevas que no estaban mal, y el pasar a la historia, parece que de una forma definitiva. Los enfrentamientos entre los hermanos Cano, José María (1959) y Nacho (1963), son legendarios, aunque no lo supimos hasta tiempo después. Entre medias quedaba la maravillosa voz de Ana Torroja (1959), perpleja ante la aniquilación de tanto talento. Nada volvió a ser lo mismo en los noventa, para casi ninguna banda de aquella época.

Los primeros álbumes se benefician de la frescura de los arreglos. El primero de ellos, con el concurso de Luis Cobos (1948); no olvidemos que fue el autor de la popular tonada para saxo Un paso más allá (1979), además de productor y arreglista de Joaquín Sabina (1949), Miguel Ríos (1944), Olé-Olé, Paloma San Basilio (1950), Pedro Vargas (1906-1989), Ana Belén (1951), Julio Iglesias (1943) o Tino Casal (1950-1991), entre otros. Todos estos trabajos siguen sonando bien. El álbum más tecno de Mecano tal vez siga siendo el de debut, en la onda de Oviformia SCI, La Mode, Soft Cell o Yazoo. Nada que envidiar a los álbumes británico-americanos, en cualquier caso. Me siguen gustando bastante los dos primeros discos, son definidores de una etapa difícil de repetir.

Todo este éxito levantó auténticas ampollas entre algunos de los grupos coetáneos de la segunda década prodigiosa. Aunque tengo muy claro que había lugar para todos ellos, es verdad que el primer dinero guardado era, por lo común, para comprar el disco de Mecano.


Del primer álbum entresaco un tema menos conocido, pero que siempre me ha impresionado, El fin del mundo, junto al instrumental Boda en Londres. Una sana costumbre esta de las composiciones instrumentales, aunque no se trasladara a todos los álbumes de estudio de la banda. Tal vez, el más emotivo de ellos sea el homónimo del disco de 1983. Aquí restallan con singular destreza las canciones Barco a Venus (generacional y conmovedora), Este chico es una joya (la ponía una y otra vez), El amante de fuego (me daba miedo), El ladrón de discos (me encantaba) y Un poco loco (a repescar).

Y como lo mejor es para el final, de Entre el cielo y el suelo, poseen para mí una especial significación Esta es la historia de un amor, No tienes nada que perder y 50 palabras, 60 palabras o 100. No obstante, todo el disco es una obra maestra, en contenido y forma. El más flojo y disperso me sigue pareciendo el último, Aidalai.

En suma. Un gran tesoro está aguardando en forma de canciones en español. Las hay para todos los gustos. Como todo tesoro oculto, permanece invisibilizado a ojos foráneos. Y en efecto, ninguna riqueza existe si no acaba por salir a la luz y resplandecer. La historia no se ha escrito únicamente en inglés.


Barco a Venus (1983)

No tienes nada que perder (1986)

Los amantes (1988)



El viento en el pórtico, de John Buchan

19 mayo, 2023

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Lo variada que es la naturaleza humana. Por eso es ridículo limitarla a un solo campo de experimentación.

De polivalencia también sabía el personaje del que hoy nos ocupamos. Miembro del Consejo Privado de su Majestad, teniente adjunto de la Corona, político, diplomático, gobernador, corresponsal… Cuesta imaginar que, con una vida tan ajetreada e intensa, el escocés John Buchan (1875-1940) tuviera tiempo de escribir. Pero lo tuviera o no, el caso es que escribió. Y con notable fortuna, ya que Buchan llegó a convertirse en un autor sumamente popular. Al punto, que una de sus piezas más logradas, Los treinta y nueve escalones (The Thirty-Nine Steps, 1915; Losada, 2014), fue objeto de dos adaptaciones cinematográficas de calado. La soberbia versión de 1935, a cargo de Alfred Hitchcock (1899-1980), y la más fiel al libro y filmada a color, de 1978, dirigida por Don Sharp (1921-2011).
 

Pero ahora, Valdemar, en su colección Gótica, ha rescatado de entre las llamas del olvido El viento en el pórtico, trece cuentos de ficción oscura (The Watcher by the Threshold and Other Tales, 1902; Valdemar, 2022), donde el rasgo más característico y relevante, es que la siempre anhelada explicación natural, se solapa con la indeseada -para algunos- explicación sobrenatural. Allá ellos, Buchan no tiene reparos en jugar de continuo con la duda. En algunos casos, como veremos, sin mucho margen para el reparo epistemológico. No es necesariamente una ambigüedad, como una complementariedad la que sustenta estas páginas. Seguir escindiendo ambos conceptos, natural y sobrenatural, es simplón y anquilosado.

Inspirándose en vivencias propias y ajenas, John Buchan se ampara en la historia y el folclore de su Escocia natal. Recientemente hablábamos de Stonehenge como escenario de cultos y ceremonias en estrecho contacto con la naturaleza, formando una única naturaleza. Estos relatos son espacios que recuperan y reclaman el lugar para lo mágico, aunque a veces se revista de ominoso. También al otro lado existen las fuerzas positivas y negativas.
 

Un caldo que también sazonaron Graham Greene (1904-1991) o John Mortimer (1923-2009). Y hasta Miguel de Cervantes (1547-1616), y tantos otros, en otras esferas proclives a los escenarios mágicos.

La presente selección se inaugura con El vigilante en el umbral (The Watcher by the Threshold, 1900). Henry es un viajero en el montañoso -y engañoso- distrito escocés de More, tierra sagrada de razas antiguas, en una fecha indeterminada, que se pasea por la década de 1890. Lo primero que llama la atención es el soberbio empleo de los adjetivos para (re)vestir las imágenes. Así mismo, hasta qué punto el estado de ánimo influye en el paisaje, y viceversa. Una de las señas de identidad del Romanticismo. Admití avergonzado para mis adentros que estaba de un humor de perros. La carta de la prima Sibyl da al traste con la tranquilidad de espíritu del protagonista. El esposo de Sibyl parece estar muy enfermo.

La casa del matrimonio acrecienta esa sensación de comodidad en medio de la nada. Un oasis rodeado de incertidumbre. Esa apreciación de vacío es otra de las características más destacables del género, incluso en el interior de las urbes. Buchan sabe desenvolverse en un concepto no siempre bien asumido; en este caso, el espacio ocupado una vez por antiguos pictos y romanos (el mejor epítome de esta traslación espacio-temporal lo encontramos en Ambrose Bierce [1842-1914]). Una inasible perturbación del ser humano que entra en contacto con la plenitud del entorno natural.

En este sentido, lo que conviene advertir es la doble naturaleza de la naturaleza misma. Que unas veces resulta beneficiosa para nosotros, y otra perjudicial, no solo en las manifestaciones más ruidosas y espectaculares a las que estamos tristemente acostumbrados. Su doble vertiente de hacedora y destructora, incluso perversa. O al menos, indiferente (aunque no creo demasiado en esto último: todo debería tener su razón de ser, por doloroso que resulte).

Ambas facetas son, una vez más, complementarias, más que opuestas. Un aspecto que está (pre)destinado a subvertir un aburrido racionalismo burgués, empleado para encontrar razones a todas las cosas del cielo y la tierra (op. cit.).
 

El vigilante en cuestión es “Justiniano” (482-565 d. C.), emperador de Bizancio. Una impregnación, o posesión de la naturaleza. El terror activa a sus actantes de forma oblicua, es decir, el principal protagonista y acostumbrado narrador, no experimenta de forma directa los acontecimientos extraños, sino que los advierte y adopta a través de los efectos y consecuencias que se traman en las gentes que le rodean. Amigos y allegados. Esto se hace evidente desde el primer relato, extendiéndose como una infiltración. Lo que me lleva a una conclusión compartida por tantos autores de esta literatura de género, muchos de ellos tratados en la presente revista electrónica. ¿Lo que ven nuestros ojos y perciben nuestros restantes sentidos, es lo que ven y perciben los demás? Mejor la negra noche que el horror intangible del interior (op. cit.). Había sido arrancado de nuestra pulcra y alegre vida moderna, y llevado a las brumas de antiguas supersticiones (íd.). Estas experiencias y sensaciones apenas definidas son una pugna continua por ensanchar la razón, más allá de la esfera de la mera sugestión.
 
Relato alegórico con ribetes de anticipación, donde lo que prima es la atmósfera, tanto física como psíquica (la una conlleva la otra), en Basilissa (íd., 1914), los recuerdos de Vernon de las pesadillas de su niñez son borrosos. Intangibles y psicológicos, la definición del miedo. Son la descripción de una angustia, una concatenación de impresiones manifestadas en un espacio reducido: externo e interno. La casa y el propio Vernon. Con lo cual expandimos el antedicho campo de visión personal a lo espacial, a los lugares, antes hollados por otros.

El sueño era un horror implacable. También son estos recuerdos la expresión de un carácter. Más aún, una biografía narrada por un tercero, un fiel amigo. Basilissa es el texto de una premonición (una pareja que se ha anhelado por separado), bajo los auspicios de la mitología, y un sueño que se hace realidad. Participando de ese nivel que sobrepasa lo material, es el nombre dado a la dueña de la Tierra en Corfú (Grecia). Y aunque, salvo para determinadas invocaciones, los nombres son lo de menos, lo que sí sobrevive son las entidades ancestrales.
 
Cabeza de Medusa en el Templo de Artemisa, Corfú, Grecia
 
Una maldición de la noche, un sacerdote en el condado escocés de Cauld, Bahía de Sker. Tiempo de brujas y aparecidos cuando era niño. Y ritos abominables en secreto. Todo esto se conjura en Marea baja (The Outgoing of the Tide, 1902). Aquí encontramos otro buen ejemplo de una atmósfera atosigante e intransigente. Esa que siempre linda con la incultura (de los lugareños, no del protagonista), y conduce a derroteros funestos. Soslayando algún que otro error en la traducción: tú y yo es todo lo que tenemos, el relato nos narra las distintas historias -vidas- de Alice, hija de la bruja Alison Sempill y el joven Heriotside, convergiendo en la actual encarnación, la Noche de Walpurgis (1 de mayo), celebrada ya por los pueblos celtas. Alison es una especie de hechicera con atributos de Celestina.

El protagonista-narrador, el referido sacerdote, tiene ante sí veintiocho días de asueto. El problema es que suponen avanzar millas hacia lo desconocido. Para ello, habrá de vencer su cerrazón -a determinados mitos-, y recorrerlas lo mejor pertrechado que pueda. De momento, se aloja con un pastor y su hermana en una cabaña.
 
Tierra de nadie (No Man’s Land, 1899), me parece la obra maestra del volumen. El relato es lo suficientemente concreto para resultar inconcreto (sin caer en el simbolismo alegórico de algunas de las narraciones previas). Tierra de nadie donde crónicas, leyendas y realidad se entrecruzan, lo cual incluye algunas notas a pie de página, es decir, aclaraciones, por parte del propio narrador.

También una visita al averno. Pero lo interesante de este relato es lo que viene después. La dificultosa reintegración al mundo de lo real, a la cotidianeidad, por parte del protagonista. Al punto de hacerse necesario el regreso a dicho lugar, para tratar de encarar una vez más el miedo, y esclarecer las piezas de este complejo puzle que llamamos vida. Podría relatar mi experiencia de buena fe, pero, ¿me creería la gente?

Una nota final, esta vez del editor -en la ficción-, carga aún más de misterio un relato que  queda interrumpido. Ni siquiera sabemos cómo acaba la historia-búsqueda de tan particular héroe. Solo que, en esta bella metáfora narrativa, donde vuelve a sobresalir la atención por el detalle lingüístico, el mayor terror lo procura el rechazo e incomprensión de los racionalistas de mente estrecha, los llamados colegas académicos.
 

Leyendo el volumen no puedo evitar pensar que estos agraciados relatos, narrados de forma primorosa, realmente ocupan el lugar de tensión y narrativa fantástica e inquietante que posteriormente se va a trasladar al cine y la televisión.
 
Pues bien, otro espacio-portal lo hallamos, precisamente, en Espacio (Space, 1911). Esa cuenca resplandeciente parece el inicio de la eternidad. Un amigo relata a otro la historia de Holloud, un catedrático de matemáticas, físico siempre en los terrenos fronterizos de la ciencia. Es interesante que nos detengamos aquí por un instante. Los personajes de Buchan no son solo lugareños o visitantes ocasionales. Principalmente, poseen estudios académicos. No tienen miedo a experimentar, aunque el miedo venga; no temen abrir sus mentes a nuevas teorías y posibilidades, por mucho que estas no se puedan constatar en un laboratorio. En esta narración, una predeterminación de la llamada “materia oscura”. Para lo que se hace preciso e inevitable vencer la barrera que parece separar el intelecto de nuestros sentidos.

El tal Holloud es un colega del narrador, ambos docentes en Eton (Berkshire, Inglaterra). Este es un espacio físico, sin lugar a dudas, pero existe otro, poblado de entidades y cualidades que no percibimos. Se repite la estructura argumental del sujeto, investigador o no, que hace un trascendental descubrimiento, y esto le cambia la vida. A veces desapareciendo de su plano físico –de cara a los demás-. Algunos de estos relatos son la representación de la apertura individual de conciencia. Algo para lo que todos andamos capacitados, pero que no todos profesan. Algo que choca con la percepción asumida y resumida de lo común. Un poder que el hombre está perdiendo al civilizarse.
 

Un fuego de campamento en tierras sudafricanas. Dos ingleses conversan sobre su futuro. Uno de ellos, el más adinerado, proyecta construir su futura vivienda allí. Tres años después, el complejo residencial, porque de tal cabe hablar, es ya una realidad. Pesadillesca. El descubrimiento de lo inusitado siempre va parejo a la evolución de uno de los personajes, el que está más en contacto con esta faceta de lo paranormal. Solo que ese contacto y esa evolución, a veces son dependencia e involución, respectivamente.

Sucede en La arboleda de Ashtaroth (The Grove of Ashtaroth, 1910). A veces, los lugares nos llaman, y no sabemos por qué. O Tal vez sí. Para el autor, es más llamativa la forma literaria del paisaje que el trasfondo de una realidad alternativa que se nos escapa, esto es, su exégesis; pues esa otra realidad se las apaña para permanecer casi siempre agazapada. Los que dedicamos tiempo a recorrer los lugares de nuestra infancia, espacios donde fuimos felices, aunque no sean los más hermosos, lo intuimos. ¿Usted no?

Tal vez sea irracional. O de una racionalidad indescifrable. Lo que está claro es que para nosotros resulta un acercamiento inevitable.
 
El Valle Verde (The Green Glen, 1912), es, por su parte, la crónica de una indagación histórica, con bienvenidos ribetes esotéricos, acerca de un lugar que proporciona sus impresiones al narrador, en capítulos cortos. Las laderas y pliegues de la colina en silencio parecían extenderse hasta la eternidad (…) algún aura antigua se cernía sobre su verdor y atrapaba el alma de los hombres. Una obsesión, en palabras de dicho narrador. Su hechizo era el hechizo de la vida. La presencia de un antiguo santuario lega una intimidad placentera a plena luz del día, pues el terror no es solo nocturnal.

En resumen, tres son los escenarios naturales, y tres sus personificaciones (incluido el propio narrador), en este relato. Bien puede proclamar el protagonista -la cita es obligada-, ¡qué verde era mi valle!
 

Aunque para verde, el ñú de El ñú verde (The Green Wild Ebeest, 1927). A partir de estos relatos, extraídos de otro volumen del autor para conformar esta antología, nos movemos en las deleitables narraciones que se degustaban en uno de esos peculiares Dining Club ingleses, antes de sobrevenir el sopor de la comida o un buen vino. Estas reuniones solían tener por escenario, bien el típico club inglés, bien la acogedora vivienda de alguno de los intervinientes. En citas puntuales y bien señaladas en el calendario.

En El ñú verde destaca la atmósfera aprensiva y de terror inefable, a lomos de la acción. Lo animal como representación y encarnadura de lo sobrenatural y atávico. De la que forma parte la perversidad del destino que constata el protagonista. Sentí que de alguna forma me había apartado del mundo racional.

Además de como confirmación espiritual de las demás narraciones, el presente texto es interesante por dos motivos. En primer lugar, por equiparar el acceso a este conocimiento, generalmente velado, al advenimiento de cierto grado de locura –por parte de terceros más que de uno mismo-, otorgando al mal, en toda su extensión, un carácter indefinido y universal; mundial. Y en segundo, por hacer que uno de los personajes varíe de forma tan drástica como dramática, toda su concepción -cosmogonía- de lo existente sobre la Tierra. De todo lo contingente en ella. Aunque esto nos aboque a un final trágico -o puede que a un principio, nunca se sabe-, generalmente encaminado a afrontar las consecuencias, no solo de nuestras acciones, sino también de quiénes nos involucran. Aparte de quedar como leyenda o acervo popular unos hechos de los que no se sabe qué pudo ocurrir.

Que la locura a la que hacíamos mención sea sinónimo de trascendencia, o aislamiento de los demás, es algo que admite distintos niveles en la taxonomía de estos textos.
 
Escenario para un Dining Club

La balanza se sigue inclinando a favor de lo mágico, por mucha ambigüedad que se pretenda, en cuentos como Dr. Lartius (íd., 1928). Matemático y astrólogo, con capacidad para la videncia, Lartius esgrime que hay un mundo a nuestro alrededor imposible de explicar según las normas de las tres dimensiones. Buchan nos detalla que cobraba altas tarifas, pero que no estaba corrompido por el vil metal. Se cuentan entre su clientela los que buscan alivio y experiencias, y los que van más allá en su indagación de respuestas, es decir, los iniciados. Consciente de que las damas ociosas que acudían allí en busca de emociones no quedaban defraudadas.

Pero a ciertas personas no les cobraba. A aquellos que acudían en busca de consuelo verdadero, y no por una cuestión de moda. Para estas personas, Lartius, una suerte del querido Diego de Araciel (-), se declara un buscador más que un maestro de lo oculto. Un matiz importante, nada gratuito, que habla bien del conocimiento real que el autor poseía acerca de esta tipología de personajes, deshonestos a ojos no iniciados (sin descartar por ello lo fraudulento). No es que dijera mucho, tal vez era la manera en que lo decía. Su enfrentamiento con la Iglesia, que ve peligrar su exclusividad, evidencia la falta de entendimiento entre ambas posturas, como ya he señalado, solo antagónicas para los fervientes adoradores de la racionalidad y el positivismo. Y nos sirve para recalcar la expulsión de lo diferente de nuestra vida espiritual. Estoy en el camino hacia la iluminación, declara el buscador-protagonista. La muerte es un accidente irrelevante. No afecta al espíritu. Tentado a ejercer de espía, para Lartius, como para tantos de nosotros, las circunstancias materiales y sociales siempre parecen tratar de conspirar con las anímicas.

A estas alturas -y profundidades- de la lectura, tan solo cabe lamentar la no publicación del resto de relatos, tal cual fueron concebidos en los volúmenes originales. En nota a pie de página, al final de Dr. Lartius, se testimonia, por parte del traductor y antólogo, la superchería del personaje. Pero, como ya he venido desarrollando, cabe la posibilidad –es mi lectura- de que, pese a su cometido como espía, el joven conocido por Lartius, realmente posea facultades de espírita, más allá del mero -y descaradamente socorrido- aspecto psicológico y reduccionista. Lo cual pone de manifiesto hasta qué punto puede no ser comprendido en su amplitud el texto que se publica. Una cosa es que los nazis se aprovecharan del ocultismo, tal cual se esgrime en la presente crónica, y otra que este aspecto sea falso por dicho motivo; que los aliados no lo tomaran bajo su propio beneficio, como bien parece indicar el relato del Dr. Lartius.
 
Sule Skerry, Escocia

Vamos con las últimas narraciones del volumen. El viento en el pórtico (The Watcher by the Threshold, 1928), que da nombre a la recopilación, se centra en un altar de Vaunus, deidad britana protectora de un valle en las tierras de Vauncastle, y leyenda que cobra vida, con el solsticio de verano en ciernes.

Skule Skerry (Mr. Anthony Hurrell’s Story, 1928) es la transposición de una isla en Escocia (Sule Skerry). El lugar perfecto para un estudioso de los pájaros. Aunque tal vez “perfecto” no sea la palabra adecuada… Es el reducto definitivo de una paz olvidada. Paz al abrigo de los “cuatro vientos” de la población más cercana, y que se verá confrontada con una realidad en pugna continua con la sugestión. La de pensar que algo nos acecha, psicosomáticamente. No obstante, cuando un científico no puede aceptar lo sobrenatural, dice el protagonista, entonces solo cabe quemar toda mi obra y revisar mis creencias.

El desenlace es racional por una vez, al menos, de forma evidente. Los sonidos de la isla los provoca un  animal. Escuálida alforja para tan elongado viaje.

Tendebant manus (íd., extendieron sus manos en latín, 1927-8), es una cita de Virgilio (70-19 a. C.). Los muertos tienden las manos a la “otra orilla”. En este último relato se narra la trayectoria de dos hermanos interconectados, Reggie y George; uno de ellos, parlamentario, como nuestro autor. Y la extraña relación que se da entre ambos. De este modo, Reggie era el “gran hombre”, y George, su asesor urbano y contraparte. Su anclaje en el más allá.

Escrito por Javier Comino Aguilera




La colina de Watership, de Richard Adams, y adaptación Orejas largas, de Martin Rosen

05 enero, 2023

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ESPECIAL FESTIVIDAD REYES MAGOS


La figura literaria de la personificación es definida por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como el hecho de atribuir vida, acciones o cualidades propias del ser racional al irracional (o a las cosas inanimadas, incorpóreas o abstractas). No sé a ustedes, pero a mí no me acaba de satisfacer esta definición. Me da la impresión de que lo irracional es vertiente que se acerca a lo humano más que al resto de animales. Pero hace mucho que dejé de tener a la Academia por bandera. Diría, si se me permite, que personificar es atribuir dichas cualidades humanas, en lo bueno y en lo malo, a seres no catalogados como humanos (que no es lo mismo que irracionales, y sin pretender caer en los abusos del animalismo).


A lo largo del tiempo, la personificación se ha convertido en un recurso dramático que se nos ha hecho muy familiar. Forma parte de nuestro entorno cultural. Esto se concreta además en el abierto belicismo (contrarias formas de pensar y, por consiguiente, mandar más sobre los demás que sobre uno mismo), que, no siendo prerrogativa de los humanos, se traslada a los personajes de nuestra novela: existen conejos que ansían la libertad y conejos siempre dispuestos a quitársela, en favor de no se sabe qué beneficios grupales. Esta es la esencia del libro de Richard Adams (1920-2016).

 

La colina de Watership (Watership Down, 1972; Seix Barral, 1998-2022) es el típico -que no tópico- caso de novela para niños que disfrutan los adultos. Entre otras cosas porque su texto es bastante extenso, y la edición que yo manejo, antes señalada, está carente de ilustraciones, salvo en algún casi aislado (I: I, III: XXXVIII). Para eso habría que esperar a la adaptación cinematográfica. No obstante, la dedicamos a los chavales que serán adultos, y a los adultos que no han dejado de ser niños. Eso que algunos motejan de infantilismo con total desconocimiento de causa.


La colina de Watership está articulada por un narrador, no solo omnisciente, sino multiforme. Es decir, con capacidad para interactuar y comprender a las otras especies. La de los conejos protagonistas, en este caso, y demás animales con que se codean. La estructura del libro muestra una división en cuatro partes, a saber, el viaje, la colina de Watership, Éfrafa, que es el nombre de otro espacio, y Avellano-rah, un sobrenombre. Como queda dicho, los conejos muestran categorías y capacidades humanas, incluida una estratificación por clases. Entre los líderes sobresalen, no los que ostentan los cargos de poder, sino los que saben buscar su libertad y encarar su destino pese a todas las dificultades.


Sucede que los conejos Quinto y su hermano Avellano no son creídos por el threarah, el conejo jefe (parte I: episodio I) cuando le advierten de un grave peligro. Su temor responde a un pálpito, una corazonada, que Quinto no sabe explicar con palabras. Aunque palabras son las que reposan en un cartel contiguo a la madriguera, que anuncia una inminente urbanización del terreno donde se hayan sus abrigos. El peligro, sea cual sea, está cada vez más cerca (I: III), insiste Quinto. A partir de ahí, se inicia su viaje, en compañía de otros congéneres que desean cambiar de aires. Zarzamora, Pelucón, Espino Cerval, Diente de León, Fresón, etc. Muchos conejos se pasan la vida en el mismo lugar y nunca corren más de un kilómetro seguido (I: IV). Lo cual no es una invitación a huir de las responsabilidades, sino justo lo contrario.

 

Richard Adams

Como es de suponer, este viaje iniciático incluye el descubrimiento, no solo de uno mismo, sino de otros artilugios “prodigiosos”, y un trayecto cuajado de imprevistas adversidades. Así, descubren el manejo de una balsa como medio de transporte (I: VIII), a la par que se enfrentan al ataque de unos fieros cuervos (I: IX), o atraviesan una carretera (I: X), mientras se preguntan ¿quién sabe por qué hacen las cosas los hombres? (I: XII). También se produce el encuentro con otro grupo de conejos, liderado por Prímula. Entre los inconvenientes, uno de los más severos lo constituyen las heridas que a Pelucón le han causado un alambre-trampa (I: XVII). Por suerte, se podrá reponer. Al otro lado de las colinas, hacia el sur, y atravesado el arroyo, la expedición es sorprendida por un mundo de maravillas, no exentas de peligros y mezquindades. Como nosotros mismos, desde el momento que nos aventuramos en el espacio exterior.


Las comparaciones no acaban aquí. Como los pitufos, estos protagonistas disponen de su propia deidad (Frith), su vocabulario, onomatopéyico, aunque en este caso, se limita al empleo de unas pocas palabras, y su propio acervo cultural en forma de relatos orales (III: XXXI, III: XLI), junto a la propia narración del viaje y lo acontecido a la colonia (II: XXI, XXVII). No en vano, los viajeros y peregrinos siempre han necesitado de historias que contar a la lumbre. Para reflexionar y divertirse. También en el mundo animal. En Canterbury y en Watership. Al punto de convertir la historia que se nos está narrando en un relato en sí mismo, dentro de la narración (III: L), como bien estableció Miguel de Cervantes (1547-1616) en su obra magna. Lo acontecido es algo que se va a narrar al resto de personajes que surgirán después.

 

Más asequible a los niños, por volumen, parece la adaptación cinematográfica escrita, producida y dirigida por el neoyorquino Martin Rosen (1936). Esta comienza con la excelente exposición del mito del origen de los conejos. En seguida notamos la inapreciable colaboración de la música de la inglesa radicada en EEUU Angela Morley (Walter Scott antes del cambio de sexo, en pionera determinación con Wendy Carlos; 1924-2009). La excelente partitura se halla publicada por Columbia (CBS, 1978), reeditada por Sony Music / Vocalion. Contó con la colaboración de un tema cantado por el insigne Art Garfunkel (1941), que no suena en la película (al menos, en la copia que yo dispongo), pero sí forma parte del disco, compuesto por otro autor no muy divulgado, pero que elaboró la que, para mí, es una de las mejores bandas sonoras cinematográficas de los años setenta (y mira que es arduo escoger en esta década o la siguiente): Caravanas (Caravans, James Fargo, 1978). También publicada por Columbia. Me refiero a Mike Batt (1949). Su aportación es la referida canción, llamada Bright Eyes, que incluyo al final de este artículo.


En español, la película, se tituló Orejas largas -bonito título- (Watership Down, Nepenthe Productions – AVCO Embassy – EMI, 1978), donde todas las habilidades trascendentes anteriormente descritas convergen en el pequeño Fiver (Quinto: los nombres de los personajes se mantienen en el original ingles), que en compañía de su hermano mayor Hazel (Avellana), se internan en lo desconocido, haciendo frente a las élites de conejos que forman parte de esa personificación a la que antes me refería. El líder de la conejera se muestra condescendiente y solícito, atento en apariencia a las peticiones de Fiver y Hazel. Como un político o líder carismático. Pero pronto queda claro que lo que desea es quitárselos de encima cuanto antes. Por su parte, Fiver no sabe concretar cuál es su aprensión. Como les pasa a algunos seres humanos, sabe que algo va a suceder, pero no el qué. Por ejemplo, al no saber leer, no entiende el cartel del edificio en construcción que ha sido plantado en los márgenes de la colonia. En realidad, lo que los mueve a partir es la “humana” necesidad de no quedarse estancados, de explorar nuevos caminos. De descubrir lo que hay más allá de la conejera. Se vuelve más difícil cuánto más lejos vamos; ¿a dónde vamos?, trata de concretar Quinto.



La película muestra las principales tramas y escenarios de la novela, bien adaptados, de forma más sincrética, como corresponde al cambio de formato, trasladando los pensamientos y sensaciones del narrador a las imágenes. El espeso y acechante bosque, la huida de un amenazador perro que hace cruzar un río caudaloso, la carretera (en dos direcciones) que han de atravesar igualmente, el desafortunado encuentro con un ave rapaz, con otras comunidades, con el “Capitán Holly”, uno de los lugartenientes de la antigua madriguera; con los inevitables humanos, de los que forma parte la trampa para conejos (capítulo bellamente resuelto en la pantalla por medio del fundido a negro de la visión de Dewit [Rocío]; con suerte, con transición posterior), la visita a una granja, la amistad con un pájaro herido (Keehar), la huida última tras el enfrentamiento entre bandas -filosofías rivales-, y por supuesto, la percepción de un más allá, donde también van a dar los conejos, y que Fiver percibe como algo real y sustantivo. Pese a su grafismo conscientemente naif, es imposible no conmoverse con este episodio.


Hacía mención al desafortunado acercamiento con los seres humanos. Excepción hecha de los más pequeños, a los que, de alguna manera, va dirigido el libro. En efecto, la interacción con los humanos se limita a escapar de ellos salvo en un caso, cuando una niña granjera libera a Avellano (III: XLIX).


La película se benefició en su versión original de un sensacional plantel de actores que puso voz a los protagonistas. Nombres como los de Zero Mostel (1915-1977), Ralph Richardson (1902-1983), Denholm Elliott (1922-1992), Nigel Hawthorne (1929-2001), Harry Andrews (1911-1989), Joss Ackland (1928), o el entrañable Roy Kinnear (1934-1988), entre otros.

 

 

El contacto con la naturaleza personificada encuentra su más excelsa representación en Walt Disney (1901-1966), y en obras literarias como Winnie the Pooh (íd., 1926-1928), de Alan Alexander Milne (1882-1956), Mary Poppins (íd., 1934-1988), de Pamela L. Travers (1899-1996), El viento en los sauces (The Wind in the Willows, 1908), de Kenneth Grahame (1859-1932), Los cuentos de así fue (Just So Stories for Little Children, 1902), de Rudyard Kipling (1865-1936), y otros. En el cine, la equivalencia la hallamos en la íntimamente espectacular Juan Salvador Gaviota (Jonathan Livingstone Seagull, Hall Bartlett, 1973), según la obra homónima de 1970 de Richard Bach (1936). No son malas alforjas para tan arduo recorrido.

 
Escrito por Javier Comino Aguilera

Bright Eyes (Batt / Garfunkel, 1978)


¡A ponerse series! (XLIII): Verano azul, de Antonio Mercero

15 agosto, 2022

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Me encantan los libros de Yo fui a E.G.B. (Plaza & Janés, 2013-2016), firmados por Jorge Díaz (1971) y Javier Ikaz (1978). Conforme va pasando el tiempo, me siento más orgulloso y feliz de haber pertenecido a una época repleta de referentes culturales y populares. Al punto de que si me preguntaran hoy si me gustaría tener diez o quince años menos, al precio de no haber vivido aquellos años, la respuesta sería un rotundo no. El futuro me atrae solo a ratos, y está mejor expuesto en las películas clásicas de ciencia ficción. Hay quien se limita a criticar tal etapa del pasado, que ya hace falta ser maniqueo, pero los ochenta llegaron para quedarse, les guste o no. Advierto que los jóvenes lo asimilan, sin dejar por ello de vivir el presente, con las ventajas -algunas- que este les depara.

Pero desde un punto de vista personal, ¿cómo no sentirse identificado con las emotivas imágenes congeladas de lo que ha conformado tu vida? ¡Por no hablar de las que aún siguen en movimiento, como las de Los Roper, Benny Hill (1924-1992) o El Equipo A! Porque nuestra generación fue la primera estrictamente visual, de la que quedan documentos por doquier. A ver, ¿cómo no enternecerse ante El Libro Gordo de Petete, los relatos de Los Cinco, los deliciosos Don Miki o las sugestivas intervenciones ilustradas de José Ramón Sánchez (1936)? ¿Cómo no sentirse parte del cordón umbilical que deparan los chicles cheiw, el pan con mantequilla y chocolate, la cartera del cole, los cardados, las canicas o el frigurón?

Por las páginas bien nutridas de los cuatro volúmenes de Yo fui a E.G.B. desfila buena parte de mi vida: la infancia y la adolescencia.

Hacía muchos años que no la veía; ni recuerdo cuántos. Pero lo que sí recuerdo, curiosamente, es cuando se estrenó Verano azul (RTVE, 1979-1980; emitida al año siguiente), y el grato impacto que supuso de cara al espectador, sobre todo joven. Impacto no aislado, pues en aquella época de hallazgos y revelaciones, y un innegable avance social y tecnológico (salvo por aquellos necios que piensan que la democracia ha nacido únicamente cuando ellos han accedido al poder), la calidad de muchas producciones televisivas y el desfile continuo de estímulos de todo orden, era sorprendente. A vista de hoy, porque en aquellos días, para nosotros esto era lo más natural. Es luego cuando nos hemos dado cuenta de que vivimos algo muy especial. Hablo de la esfera cultural y social en su conjunto, por supuesto. Problemas los ha habido siempre y -me temo- los seguirá habiendo.

De hecho, según los estudios técnicos, como el Informe Mundial sobre las Drogas, ahora existe mayor producción y consumo que antes. Y no solo por el aumento de la población. Más aún, el empobrecimiento de la clase media es brutal. Lo que deriva en un nivel de incultura rampante, de gente carente, no ya de los más elementales conocimientos, sino de los más elementales modales: dejación de los padres, cuando los hay. Y sin ganas de aprender, que es lo peor. Textos doctrinarios y coyunturales tratan de echar una mano –al cuello- en la Selectividad, en el lugar que antes ocupaban Cervantes (1547-1616), Calderón (1600-1681), Lope de Vega (1562-1635), Emilia Pardo Bazán (1851-1921), o Galdós (1843-1920)… autores que, entre otros tantos, enseñan a pensar y a ser libre. Los nuevos catecismos son los libros de texto, el dogmatismo identitario y el ecologismo ultra. Así las cosas, a la impartición de la enseñanza solo se van a querer apuntar los sectarios, porque estos tienen el terreno abonado; los demás, somos lo más parecido a la Resistencia durante un conflicto bélico. Lenguaje inclusivo, que es el más excluyente que imaginarse pueda, perspectiva de género hasta en las matemáticas, y un triste etc. Algunos parece que se han dado cuenta ahora, como si no hubiéramos visto la sarta de disparates expuestos desde las tribunas -me niego a llamarlas de oradores-, o en la mayoría de dichos libros, desde hace décadas. Estoy de acuerdo con el ensayista Jordi Canal (1964) o la cantante Olvido Gara, Alaska (1963), entre otros artistas y analistas, en que algo se quebró a partir del 92. El principio del fin, en más de un sentido.


Un cambio de rumbo evidente que desemboca en el actual callejón sin salida. Muy florido de intenciones, pero de escasa factura dialéctica, tal y como la teorizaban los mismos clásicos que, por algo, han quedado excluidos de la nueva ideocracia. Cuánta razón tenía Platón (427-347 A.C.), todo esto acaba derivando en el gobierno de los más inútiles, salidos de quicio, añado yo. Ahora que el mundo está cambiando de forma vertiginosa, no sé si a mejor, pero sí sé que sin la gracia de antaño, es un buen momento para tomarse un sensato descanso y volver a las raíces. Por ejemplo, la voz en off de la pintora y, de alguna manera, convaleciente del corazón, Julia (María Garralón). Es ella la que, en retrospectiva, ilustra el inicio de Verano azul en su primer capítulo, poniéndonos en escuetos antecedentes. Lo demás, vendrá dado por la narración a tiempo real. Al final de la serie, volverá a prevalecer el punto de vista de ella; sobre todo en el último episodio, el de la despedida.

Siguen pareciendo frescos y elaborados los guiones, cuyo fundamento principal es el diálogo. No en vano, los libretos fueron escritos por Horacio Valcárcel (1932-2018), José Ángel Rodero (1946), y Antonio Mercero (1936-2018), encargado de ponerlos en escena. En este sentido, destaca algún momento apreciable de realización a lo largo de la serie, de esos en los que no se hacen necesarias las palabras. Como cuando los chicos reaparecen sobre la cubierta de La Dorada, arropando a su baqueteado amigo Chanquete (excepcional Antonio Ferrandis), en el capítulo número diecisiete. Iremos señalando algunos instantes más.

Ya en esa primera de toma de contacto, Julia nos habla desde su futuro de un verano tan rico en imágenes y tan lleno de vivencias con aquella insólita pandilla. Para incidir luego en que me gustaría que este verano no acabara nunca (capítulo X: sigo el orden establecido por la edición remasterizada en DVD).


La rivalidad entre Javi (Juan José Artero) y Pancho (José Luis Fernández) queda establecida también desde el principio. Al igual que los cimientos de su sólida amistad. El resto de integrantes de la pandilla serán Beatriz (Pilar Torres), su amiga Desita, o Desi (Cristina Torres), el hermano pequeño de la primera, Tito (Miguel Joven), su amigo de confidencias y ensoñaciones Manolito, apodado Piraña (Miguel Ángel Valero), y Enrique, o Quique (Gerardo Garrido). Javi es hijo único, y Desi lo es de padres separados.

Por su parte, Chanquete ha echado el ancla hace algún tiempo. Como él mismo dice, yo que estoy de vuelta, en algún punto me he de encontrar con los que vienen (XIII). Chanquete cuenta con la bienhumorada compañía de su acordeón, y sus encuentros con el dueño de una tasca, Frasco (Fernando Sánchez Polack), el aprensivo Buzo (Antonio Costafreda), o el farero del lugar, Vicente (Manuel Pereiro). Por cierto, que las piezas que Chanquete interpreta al instrumento fueron compuestas por el músico granadino José Molina Molero (-), siendo el resto de la banda sonora autoría del vasco Carmelo Bernaola (1929-2002). Soledad en parte buscada pero que se ve disturbada con el desembarco de la tropa procedente de la capital. Los chicos pronto entablan relación con Julia y Chanquete. Este vive en el citado barco La Dorada, convertido en vivienda y alojado en lo alto de un cerro cultivado. Los chicos también dispondrán de su propio refugio al aire libre, la Cala Chica (Caleta de Maro, en Nerja). Siendo el hermoso Balcón de Europa, en la misma localidad, su centro de operaciones.

La acción transcurre -de forma un poco apretujada- a lo largo de un mes de agosto. Mes de vacaciones, en un pueblo sin especificar, pero que responde a las antedichas señas de la población malagueña de Nerja (España). Con algunas localizaciones añadidas de Almuñécar y el puerto de Motril, en Granada. Sin ir más lejos, la cabecera con los rótulos.

También los progenitores poseen y hacen alarde de su idiosincrasia, aquí y allá (pues el foco narrativo es el de los muchachos). A las primeras de cambio -el primer tropezón-, Javi es advertido por su padre con las siguientes palabras: selecciona bien tus amistades (I). Luego sabremos que el competitivo y algo exclusivista Javier (Manuel Gallardo), hombre luchador y forjado a sí mismo, tiene su corazoncito (XII). Como todos los papás y mamás. Sin embargo, la relación de los chavales con la pintora y el experimentado y algo filósofo marino (de los arropados por Azorín [1873-1967]), provoca algunos celos entre los progenitores, que se encuentran en esa fase en la que están aprendiendo a conocer a sus hijos, en ese tira y afloja que conlleva el acercarse e inhibirse.


Pero los lazos, todos, se afianzan con las dificultades.

No me atraen los análisis sociológicos aplicados a las películas cuando solo se quedan en eso, prescindiendo de la observación cinematográfica. Pero he de admitir que el reflejo del tal como éramos resulta poderoso. Da igual si aquí o allá. Es materia consustancial al cine y el resto de manifestaciones audiovisuales. Como sucede en buena parte con los libros. Los temas tratados fueron muy diversos. De gran calado, pero apropiada y amable singladura, ya que los guiones procuran huir de la retórica vacía, sin embarrancar en los arrecifes de la corrección política. Cuando los chicos hablan de lo suyo, esto no carece de importancia. Lo que me recuerda el ritmo cadencioso de la narrativa. Algo que puede ser tachado de morosidad por quienes se han criado en la posterior etapa de imágenes desbocadas y yuxtapuestas. Por lo general, mucho más vacías -o saturadas- de contenido, sin tiempo ni pausa para asimilar los conflictos o, simplemente, disfrutar de lo ofrecido (lo mismo sucede con los documentales de entonces y de ahora, con excepciones). Antaño había que entretenerse sin los móviles, todavía se miraba al cielo, aun para vislumbrar una “burbuja luminosa”, y se podía aparcar casi en cualquier parte. Era un tiempo en el que la gente se vestía lo mejor posible incluso para ir al mercado, donde al tiempo mismo no había que matarlo, y en el que las bicicletas eran para todo el año. Y vaya si nos entreteníamos. Con qué poco nos conformábamos a la hora de pasar el rato. Como evidencia el capítulo catorceavo, cuando la inoportuna -pero cada vez más añorada- lluvia de verano, forzaba a usar la imaginación y tirar de disfraces, ponen los chicos por caso. Es divertida la imitación encubierta que Javi hace del malogrado Nacho Dogan (1952-1990) y de Miguel Bosé (1956), de paso. Poco más que gusanitos, cortezas y patatas fritas. A lo que se suman los susceptibles cuchicheos entre chicas y las actitudes jactanciosas en general, las gramolas rockola y las máquinas recreativas, los radiocasetes, los merenderos o chiringuitos varados en medio de la playa, las sandalias de plástico duro y translúcido, las casas con fachadas encaladas de blanco -que repele el calor-, las calcomanías, las mirindas y los carritos de helados Avidesa o La Ibense, que según tengo entendido, es la compañía de sorbetes española más antigua.

Otras imágenes refrescan mi atención, como la de los chicos (Pancho, Javi y Quique), compartiendo un helado, como si fuera un pitillo (X), Piraña y Tito jugando en la calle, donde han dibujado el típico esquema con tiza (XI), o cazando lagartijas con Pancho (III), la caja verde de hojaldradas Cuétara (XIII), un póster de Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels, 1976-1981) (XVI), la contraportada con el póster de la psicotrónica Supersonic Man (Íd., 1979), de Juan Piquer Simón (1935-2011) (VI), las mamás haciendo ganchillo (Elisa Montés y la excelsa Helga Liné) (VII), la inolvidable canción Song for Guy (1978) de Elton John (1947), que suena cuando Jorge (Carlos Larrañaga), el padre de Desi, entra en las redes de un club nocturno (VIII), la presencia de cabinas telefónicas, en algunas de las cuales distinguimos un poster de Tip (1926-1999; hermano de Fernando Sánchez Polack) y Coll (1931-2007), en un anuncio de la Páginas Amarillas, creo distinguir.

Otrosí. El cine de verano, toda una institución playera, donde se proyecta No os comáis las margaritas (Please, Don’t Eat the Daisies, Charles Walters, 1961), el recitado de un poema de Walt Whitman (1819-1892), que enriquece el capítulo noveno, Piraña ojeando uno de los volúmenes de la enciclopedia Monitor (1965-1973) (X), Javi leyendo a su vez Diez negritos (And Then There Were None, 1939), de Agatha Christie (1890-1976), en edición Molino, por supuesto… Ese jinete enmascarado que aparece en la playa montado en una yegua blanca, porque desea hacer realidad el sueño de una noche de verano (III); otro de los puntos álgidos de la serie.

Perdonen la miscelánea. No lo puedo evitar, porque ha sido mi mundo. Es más, el mundo al que me gustaría regresar, siquiera por un día.


En cuanto a los temas abordados, descuellan la relación de autoridad entre padre e hijo, donde una torta a tiempo no es lo mismo que una torta injusta (XII), la violencia y vandalismo de las bandas; es decir, la necesidad de pertenencia y el exceso de chulería (XIII), el fenómeno fan, en plena efervescencia Aplauso (1978-1983) (XV), el divorcio que vino (VIII), los celos amorosos (VII), la aceptación, no forzada, de alguien que vive de forma distinta a la nuestra, y que decide tener su descendencia como madre soltera (IV), el ecologismo, agravado por el hecho de que los padres apenas pasan tiempo con los hijos, ni siquiera en vacaciones (lo que no están tan mal, teniendo en cuenta el estado de sobre-protección que hace que en la actualidad el hacerse un corte en un pie sea motivo de hecatombe) (II). O en fin, la defensa de la propiedad, tan capitidisminuida, y que los chicos defienden con melódicas uñas y dientes, frente al cacareado bien común de la población, esto es, la función social de la propiedad (ajena, como bien recalca Chanquete), en uno de los capítulos más recordados (XVII). Un estado de ánimo que Chanquete resume en su última voluntad, que dirige a Epifanio, el alcalde (Roberto Camardiel). De igual modo se abordó la rebeldía, ante el acatamiento ciego de las órdenes, a veces arbitrarias, de los padres (V), y el compañerismo, cuando todos tratan de echar una mano al lesionado Pancho en su reparto de comestibles (III). 

Entre los argumentos, también los hubo esotéricos, como el de ese posible extraterrestre (o intraterrestre, o acuaterrestre: José Luis Argüello), que es tomado por un lunático salvo por la pandilla (IX). Así mismo, prevalece la llamada de Chanquete a huir del revanchismo (XI). No en balde, también el marinero tiene una historia del pasado que reflotar (y que cuenta a Julia) (XIII). Más otra del presente, cuando una empresa de especuladores le ofrece un apartamento a cambio de sus terrenos, cuando lo que Chanquete quiere es vivir en su barco (XVII). A ambos relatos corresponde Julia narrando el suyo, doloroso y catártico (VI).

Respecto al aspecto visual, cinematográfico, entresaco el bonito plano de unas flores por donde pasa la pandilla, camino de -lo que creen que es- la Cueva del Gato Verde, y donde alguien arranca una flor (X). El de los chicos con Julia, junto a la Dorada Tercera, la otra barca de Chanquete (XVIII); las fotografías que este atesora en un viejo arcón (íd.), con una caja de música que contiene la misma tonada que el marino ha venido interpretando al acordeón. Y otros momentos de afortunada intimidad. Esos donde la gente conversa cara a cara, tomándose su tiempo. Verbigracia, la conversación de Julia con Pancho en la playa, en el último de los capítulos; Tito y Piraña queriendo indagar acerca de eso del periodo, de la regla… (VII), o la charla de Quique con su padre (Fernando Hilbeck), a la que se suma la de este con su esposa (Concha Leza), mientras el matrimonio camina por la playa, en el que es uno de los mejores capítulos de la serie (XVI). Ese que incluye el guateque que los padres organizan para los hijos, pero que acaban haciendo suyo. Hasta que se constituye un festejo paralelo, alternativo.


Parece que hoy en día se está más conectado que nunca a través de las distintas aplicaciones. Es una ilusión. Lo que observo es que la gente está tan comunicada o incomunicada como de costumbre; tan unida o tan sola como siempre.

Como se suele decir, es ley de vida. Y las leyes, que a veces gustan de huir de la justicia, no siempre son cabales. No se trata de mitificar el pasado, sino de incorporarlo, cuando sentimos que existen elementos que incorporar. Sin él, difícilmente podemos tener conciencia del presente y el futuro.

En fin, cuando los espacios y programas tenían su cabecera correspondiente, con una melodía que los identificaba, sin necesidad de adherir los títulos de crédito de forma atropellada a las imágenes, ni empezar con un complot dialógico contra el espectador, como si fuera un arma arrojadiza, series como Verano azul establecieron su propia mítica. La que ha sabido proporcionar esa privilegiada máquina del tiempo que se reviste de celuloide y sus derivados. Máquina en la que a muchos nos gusta subir con frecuencia.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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