Música Inolvidable (LI): Mecano
El viento en el pórtico, de John Buchan
La presente selección se inaugura con El vigilante en el umbral (The Watcher by the Threshold, 1900). Henry es un viajero en el montañoso -y engañoso- distrito escocés de More, tierra sagrada de razas antiguas, en una fecha indeterminada, que se pasea por la década de 1890. Lo primero que llama la atención es el soberbio empleo de los adjetivos para (re)vestir las imágenes. Así mismo, hasta qué punto el estado de ánimo influye en el paisaje, y viceversa. Una de las señas de identidad del Romanticismo. Admití avergonzado para mis adentros que estaba de un humor de perros. La carta de la prima Sibyl da al traste con la tranquilidad de espíritu del protagonista. El esposo de Sibyl parece estar muy enfermo.
La casa del matrimonio acrecienta esa sensación de comodidad en medio de la nada. Un oasis rodeado de incertidumbre. Esa apreciación de vacío es otra de las características más destacables del género, incluso en el interior de las urbes. Buchan sabe desenvolverse en un concepto no siempre bien asumido; en este caso, el espacio ocupado una vez por antiguos pictos y romanos (el mejor epítome de esta traslación espacio-temporal lo encontramos en Ambrose Bierce [1842-1914]). Una inasible perturbación del ser humano que entra en contacto con la plenitud del entorno natural.
El vigilante en cuestión es “Justiniano” (482-565 d. C.), emperador de Bizancio. Una impregnación, o posesión de la naturaleza. El terror activa a sus actantes de forma oblicua, es decir, el principal protagonista y acostumbrado narrador, no experimenta de forma directa los acontecimientos extraños, sino que los advierte y adopta a través de los efectos y consecuencias que se traman en las gentes que le rodean. Amigos y allegados. Esto se hace evidente desde el primer relato, extendiéndose como una infiltración. Lo que me lleva a una conclusión compartida por tantos autores de esta literatura de género, muchos de ellos tratados en la presente revista electrónica. ¿Lo que ven nuestros ojos y perciben nuestros restantes sentidos, es lo que ven y perciben los demás? Mejor la negra noche que el horror intangible del interior (op. cit.). Había sido arrancado de nuestra pulcra y alegre vida moderna, y llevado a las brumas de antiguas supersticiones (íd.). Estas experiencias y sensaciones apenas definidas son una pugna continua por ensanchar la razón, más allá de la esfera de la mera sugestión.
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| Cabeza de Medusa en el Templo de Artemisa, Corfú, Grecia |
Tierra de nadie (No Man’s Land, 1899), me parece la obra maestra del volumen. El relato es lo suficientemente concreto para resultar inconcreto (sin caer en el simbolismo alegórico de algunas de las narraciones previas). Tierra de nadie donde crónicas, leyendas y realidad se entrecruzan, lo cual incluye algunas notas a pie de página, es decir, aclaraciones, por parte del propio narrador.
Leyendo el volumen no puedo evitar pensar que estos agraciados relatos, narrados de forma primorosa, realmente ocupan el lugar de tensión y narrativa fantástica e inquietante que posteriormente se va a trasladar al cine y la televisión.
El tal Holloud es un colega del narrador, ambos docentes en Eton (Berkshire, Inglaterra). Este es un espacio físico, sin lugar a dudas, pero existe otro, poblado de entidades y cualidades que no percibimos. Se repite la estructura argumental del sujeto, investigador o no, que hace un trascendental descubrimiento, y esto le cambia la vida. A veces desapareciendo de su plano físico –de cara a los demás-. Algunos de estos relatos son la representación de la apertura individual de conciencia. Algo para lo que todos andamos capacitados, pero que no todos profesan. Algo que choca con la percepción asumida y resumida de lo común. Un poder que el hombre está perdiendo al civilizarse.
Un fuego de campamento en tierras sudafricanas. Dos ingleses conversan sobre su futuro. Uno de ellos, el más adinerado, proyecta construir su futura vivienda allí. Tres años después, el complejo residencial, porque de tal cabe hablar, es ya una realidad. Pesadillesca. El descubrimiento de lo inusitado siempre va parejo a la evolución de uno de los personajes, el que está más en contacto con esta faceta de lo paranormal. Solo que ese contacto y esa evolución, a veces son dependencia e involución, respectivamente.
Tal vez sea irracional. O de una racionalidad indescifrable. Lo que está claro es que para nosotros resulta un acercamiento inevitable.
Aunque para verde, el ñú de El ñú verde (The Green Wild Ebeest, 1927). A partir de estos relatos, extraídos de otro volumen del autor para conformar esta antología, nos movemos en las deleitables narraciones que se degustaban en uno de esos peculiares Dining Club ingleses, antes de sobrevenir el sopor de la comida o un buen vino. Estas reuniones solían tener por escenario, bien el típico club inglés, bien la acogedora vivienda de alguno de los intervinientes. En citas puntuales y bien señaladas en el calendario.
En El ñú verde destaca la atmósfera aprensiva y de terror inefable, a lomos de la acción. Lo animal como representación y encarnadura de lo sobrenatural y atávico. De la que forma parte la perversidad del destino que constata el protagonista. Sentí que de alguna forma me había apartado del mundo racional.
Además de como confirmación espiritual de las demás narraciones, el presente texto es interesante por dos motivos. En primer lugar, por equiparar el acceso a este conocimiento, generalmente velado, al advenimiento de cierto grado de locura –por parte de terceros más que de uno mismo-, otorgando al mal, en toda su extensión, un carácter indefinido y universal; mundial. Y en segundo, por hacer que uno de los personajes varíe de forma tan drástica como dramática, toda su concepción -cosmogonía- de lo existente sobre la Tierra. De todo lo contingente en ella. Aunque esto nos aboque a un final trágico -o puede que a un principio, nunca se sabe-, generalmente encaminado a afrontar las consecuencias, no solo de nuestras acciones, sino también de quiénes nos involucran. Aparte de quedar como leyenda o acervo popular unos hechos de los que no se sabe qué pudo ocurrir.
Que la locura a la que hacíamos mención sea sinónimo de trascendencia, o aislamiento de los demás, es algo que admite distintos niveles en la taxonomía de estos textos.
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| Escenario para un Dining Club |
La balanza se sigue inclinando a favor de lo mágico, por mucha ambigüedad que se pretenda, en cuentos como Dr. Lartius (íd., 1928). Matemático y astrólogo, con capacidad para la videncia, Lartius esgrime que hay un mundo a nuestro alrededor imposible de explicar según las normas de las tres dimensiones. Buchan nos detalla que cobraba altas tarifas, pero que no estaba corrompido por el vil metal. Se cuentan entre su clientela los que buscan alivio y experiencias, y los que van más allá en su indagación de respuestas, es decir, los iniciados. Consciente de que las damas ociosas que acudían allí en busca de emociones no quedaban defraudadas.
A estas alturas -y profundidades- de la lectura, tan solo cabe lamentar la no publicación del resto de relatos, tal cual fueron concebidos en los volúmenes originales. En nota a pie de página, al final de Dr. Lartius, se testimonia, por parte del traductor y antólogo, la superchería del personaje. Pero, como ya he venido desarrollando, cabe la posibilidad –es mi lectura- de que, pese a su cometido como espía, el joven conocido por Lartius, realmente posea facultades de espírita, más allá del mero -y descaradamente socorrido- aspecto psicológico y reduccionista. Lo cual pone de manifiesto hasta qué punto puede no ser comprendido en su amplitud el texto que se publica. Una cosa es que los nazis se aprovecharan del ocultismo, tal cual se esgrime en la presente crónica, y otra que este aspecto sea falso por dicho motivo; que los aliados no lo tomaran bajo su propio beneficio, como bien parece indicar el relato del Dr. Lartius.
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| Sule Skerry, Escocia |
Skule Skerry (Mr. Anthony Hurrell’s Story, 1928) es la transposición de una isla en Escocia (Sule Skerry). El lugar perfecto para un estudioso de los pájaros. Aunque tal vez “perfecto” no sea la palabra adecuada… Es el reducto definitivo de una paz olvidada. Paz al abrigo de los “cuatro vientos” de la población más cercana, y que se verá confrontada con una realidad en pugna continua con la sugestión. La de pensar que algo nos acecha, psicosomáticamente. No obstante, cuando un científico no puede aceptar lo sobrenatural, dice el protagonista, entonces solo cabe quemar toda mi obra y revisar mis creencias.
Tendebant manus (íd., extendieron sus manos en latín, 1927-8), es una cita de Virgilio (70-19 a. C.). Los muertos tienden las manos a la “otra orilla”. En este último relato se narra la trayectoria de dos hermanos interconectados, Reggie y George; uno de ellos, parlamentario, como nuestro autor. Y la extraña relación que se da entre ambos. De este modo, Reggie era el “gran hombre”, y George, su asesor urbano y contraparte. Su anclaje en el más allá.
Escrito por Javier Comino Aguilera
La colina de Watership, de Richard Adams, y adaptación Orejas largas, de Martin Rosen
ESPECIAL FESTIVIDAD REYES MAGOS
A lo largo
del tiempo, la personificación se ha convertido en un recurso dramático que se
nos ha hecho muy familiar. Forma parte de nuestro entorno cultural. Esto se
concreta además en el abierto belicismo (contrarias formas de pensar y, por
consiguiente, mandar más sobre los demás que sobre uno mismo), que, no siendo prerrogativa
de los humanos, se traslada a los personajes de nuestra novela: existen conejos
que ansían la libertad y conejos siempre dispuestos a quitársela, en favor de
no se sabe qué beneficios grupales. Esta es la esencia del libro de Richard
Adams (1920-2016).
La colina de Watership (Watership Down, 1972; Seix
Barral, 1998-2022) es el típico -que no tópico- caso de
novela para niños que disfrutan los adultos. Entre otras cosas porque su texto
es bastante extenso, y la edición que yo manejo, antes señalada, está carente
de ilustraciones, salvo en algún casi aislado (I:
I, III: XXXVIII). Para eso habría que esperar a la
adaptación cinematográfica. No obstante, la dedicamos a los chavales que serán
adultos, y a los adultos que no han dejado de ser niños. Eso que algunos motejan
de infantilismo con total desconocimiento de causa.
La colina de Watership
está articulada por un narrador, no solo omnisciente, sino multiforme. Es
decir, con capacidad para interactuar y comprender a las otras especies. La de
los conejos protagonistas, en este caso, y demás animales con que se codean. La
estructura del libro muestra una división en cuatro partes, a saber, el viaje,
la colina de Watership, Éfrafa, que es el nombre de otro espacio, y Avellano-rah, un sobrenombre. Como queda
dicho, los conejos muestran categorías y capacidades humanas, incluida una
estratificación por clases. Entre los líderes sobresalen, no los que ostentan
los cargos de poder, sino los que saben buscar su libertad y encarar su destino
pese a todas las dificultades.
Sucede que
los conejos Quinto y su hermano Avellano no son creídos por el threarah, el conejo jefe (parte
I: episodio I) cuando le advierten de un grave peligro.
Su temor responde a un pálpito, una corazonada, que Quinto no sabe explicar con
palabras. Aunque palabras son las que reposan en un cartel contiguo a la
madriguera, que anuncia una inminente urbanización del terreno donde se hayan sus
abrigos. El peligro, sea cual sea, está
cada vez más cerca (I: III),
insiste Quinto. A partir de ahí, se inicia su viaje, en compañía de otros
congéneres que desean cambiar de aires. Zarzamora, Pelucón, Espino Cerval,
Diente de León, Fresón, etc. Muchos
conejos se pasan la vida en el mismo lugar y nunca corren más de un kilómetro
seguido (I: IV). Lo
cual no es una invitación a huir de las responsabilidades, sino justo lo contrario.
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| Richard Adams |
Como es de suponer, este viaje iniciático incluye el descubrimiento, no solo de uno mismo, sino de otros artilugios “prodigiosos”, y un trayecto cuajado de imprevistas adversidades. Así, descubren el manejo de una balsa como medio de transporte (I: VIII), a la par que se enfrentan al ataque de unos fieros cuervos (I: IX), o atraviesan una carretera (I: X), mientras se preguntan ¿quién sabe por qué hacen las cosas los hombres? (I: XII). También se produce el encuentro con otro grupo de conejos, liderado por Prímula. Entre los inconvenientes, uno de los más severos lo constituyen las heridas que a Pelucón le han causado un alambre-trampa (I: XVII). Por suerte, se podrá reponer. Al otro lado de las colinas, hacia el sur, y atravesado el arroyo, la expedición es sorprendida por un mundo de maravillas, no exentas de peligros y mezquindades. Como nosotros mismos, desde el momento que nos aventuramos en el espacio exterior.
Las
comparaciones no acaban aquí. Como los pitufos, estos protagonistas disponen de
su propia deidad (Frith), su
vocabulario, onomatopéyico, aunque en este caso, se limita al empleo de unas
pocas palabras, y su propio acervo cultural en forma de relatos orales (III:
XXXI, III: XLI), junto a la propia narración del viaje
y lo acontecido a la colonia (II: XXI, XXVII).
No en vano, los viajeros y peregrinos siempre han necesitado de historias que
contar a la lumbre. Para reflexionar y divertirse. También en el mundo animal.
En Canterbury y en Watership. Al punto de convertir la historia que se nos está
narrando en un relato en sí mismo, dentro de la narración (III:
L), como bien estableció Miguel de Cervantes (1547-1616) en su obra magna. Lo acontecido es algo que se va
a narrar al resto de personajes que surgirán después.
Más asequible a los niños, por volumen, parece la adaptación cinematográfica escrita, producida y dirigida por el neoyorquino Martin Rosen (1936). Esta comienza con la excelente exposición del mito del origen de los conejos. En seguida notamos la inapreciable colaboración de la música de la inglesa radicada en EEUU Angela Morley (Walter Scott antes del cambio de sexo, en pionera determinación con Wendy Carlos; 1924-2009). La excelente partitura se halla publicada por Columbia (CBS, 1978), reeditada por Sony Music / Vocalion. Contó con la colaboración de un tema cantado por el insigne Art Garfunkel (1941), que no suena en la película (al menos, en la copia que yo dispongo), pero sí forma parte del disco, compuesto por otro autor no muy divulgado, pero que elaboró la que, para mí, es una de las mejores bandas sonoras cinematográficas de los años setenta (y mira que es arduo escoger en esta década o la siguiente): Caravanas (Caravans, James Fargo, 1978). También publicada por Columbia. Me refiero a Mike Batt (1949). Su aportación es la referida canción, llamada Bright Eyes, que incluyo al final de este artículo.
En español,
la película, se tituló Orejas largas -bonito título- (Watership Down, Nepenthe
Productions – AVCO Embassy – EMI, 1978), donde
todas las habilidades trascendentes anteriormente descritas convergen en el
pequeño Fiver (Quinto: los nombres de los personajes se mantienen en el
original ingles), que en compañía de su hermano mayor Hazel (Avellana), se
internan en lo desconocido, haciendo frente a las élites de conejos que forman
parte de esa personificación a la que antes me refería. El líder de la conejera
se muestra condescendiente y solícito, atento en apariencia a las peticiones de
Fiver y Hazel. Como un político o líder carismático. Pero pronto queda claro
que lo que desea es quitárselos de encima cuanto antes. Por su parte, Fiver no
sabe concretar cuál es su aprensión. Como les pasa a algunos seres humanos,
sabe que algo va a suceder, pero no el qué. Por ejemplo, al no saber leer, no
entiende el cartel del edificio en construcción que ha sido plantado en los
márgenes de la colonia. En realidad, lo que los mueve a partir es la “humana”
necesidad de no quedarse estancados, de explorar nuevos caminos. De descubrir
lo que hay más allá de la conejera. Se
vuelve más difícil cuánto más lejos vamos; ¿a dónde vamos?, trata de
concretar Quinto.
Hacía
mención al desafortunado acercamiento con los seres humanos. Excepción hecha de
los más pequeños, a los que, de alguna manera, va dirigido el libro. En efecto,
la interacción con los humanos se limita a escapar de ellos salvo en un caso,
cuando una niña granjera libera a Avellano (III: XLIX).
La película
se benefició en su versión original de un sensacional plantel de actores que
puso voz a los protagonistas. Nombres como los de Zero Mostel (1915-1977),
Ralph Richardson (1902-1983), Denholm Elliott (1922-1992), Nigel Hawthorne (1929-2001),
Harry Andrews (1911-1989), Joss Ackland (1928), o el entrañable Roy Kinnear (1934-1988),
entre otros.
El contacto con la naturaleza personificada encuentra su más excelsa representación en Walt Disney (1901-1966), y en obras literarias como Winnie the Pooh (íd., 1926-1928), de Alan Alexander Milne (1882-1956), Mary Poppins (íd., 1934-1988), de Pamela L. Travers (1899-1996), El viento en los sauces (The Wind in the Willows, 1908), de Kenneth Grahame (1859-1932), Los cuentos de así fue (Just So Stories for Little Children, 1902), de Rudyard Kipling (1865-1936), y otros. En el cine, la equivalencia la hallamos en la íntimamente espectacular Juan Salvador Gaviota (Jonathan Livingstone Seagull, Hall Bartlett, 1973), según la obra homónima de 1970 de Richard Bach (1936). No son malas alforjas para tan arduo recorrido.
¡A ponerse series! (XLIII): Verano azul, de Antonio Mercero
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