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30 noviembre, 2013

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Parque Federico García Lorca (Fotografía de MB)
Este mes el resumen será más largo de lo que en los últimos meses os tenemos habituados. Este es el último resumen del año antes de nuestro balance general el 31 de diciembre. Ha sido, sin duda, un año próspero en entradas, sobre todo desde marzo y este mes de noviembre se queda a punto de alcanzar al mes anterior, con un total de 18 entradas. Cuestión diferente son las visitas. en las que hemos notado cierta bajada marcada sobre todo en los fines de semana, convirtiendo este mes en el menos visitado de todo el año: 13.000. Como dato positivo: alcanzamos el medio millón de visitas generales y aumentamos considerablemente nuestros seguidores en Facebook donde hemos subido de 67 a 84 me gusta. En Blogger nos quedamos con los mismos, en 128, y en Twitter subimos tres seguidores, con 238 totales.

El cine ha dominado de forma amplia el repertorio de entradas de noviembre, desde la colección que nuestro colaborador Patomas hace en Para el sábado noche, con títulos como Coma o Una mujer de negocios, hasta clásicos ochenteros como Regreso al futuro II, por MB, o films más recientes como X-Men: primera generación. El predominio del cine no ha evitado que nos adentráramos en otras facetas habituales de nuestro blog, como la literatura, primordial desde el inicio de nuestra andadura, en este caso con reseñas de clásicos como Viaje al centro de la Tierra o novelas juveniles españolas como Oppi o Brumas de octubre, ambas, por cierto, de los años noventa del siglo pasado. Hemos tenido también mención para cuestiones de aniversario o de premios, así hablamos del Premio Nacional de las Letras Españolas de 2013, Luis Goytisolo, del décimo aniversario del lanzamiento internacional del videojuego Fire Emblem, o de los cinco años que han pasado desde el primer EP de Supersubmarina.

Michael Crichton dirigiendo Coma, uno de los films reseñados
Y otra noticia aparte de nuestro repaso mensual: Liebster award. Estamos realmente poco habituados a que nos concedan algún tipo de premio, pero en este caso, el blog Relatos del baúl (coincidencia curiosa de título) nos ha concedido este reconocimiento para blogs con menos de 200 seguidores. Se trata de un premio virtual que promueve la difusión de blogs de nueva creación o con pocos lectores. Agradecemos en primer lugar este reconocimiento, del que nos enteramos gracias a un comentario donde, además, exponía su aprecio por nuestro contenido:

"Me encanta lo que hacéis y sobre todo el contenido sobre el cual se construye este blog".

Llevamos desde julio de 2011 con nuestro trabajo, hemos recibido muestras de apoyo en numerosas ocasiones, pero nos llena de alegría este reconocimiento de uno de nuestros lectores hacia nuestra labor. Seguiremos trabajando de la misma forma hasta que podamos, lo que esperamos que sea mucho tiempo. Así que muchas gracias a Javier, bloguero de Relatos del baúl, donde nos va mostrando sus escritos para compartirlos con todos.

Premio Liebster Award
Este premio, según hemos podido ver explicado tanto en el blog que nos ha premiado como en el blog oficial del premio, consiste en responder once preguntas y crear otras para los nuevos blogs escogidos, seleccionar otros blogs que cumplan estas condiciones y seguir al blog que nos lo ha concedido (lo único que de momento hemos hecho, con esta entrada completamos el resto de requisitos) así como agradecérselo. Estas son las preguntas que nos dejó Javier y que vamos a responder los que conformamos este blog después del salto.

Si estáis interesados en seguir leyendo el resumen o la entrevista, pulsad en Seguir leyendo, dada la extensión de la misma hemos preferido no ocupar tanto espacio para aquellos lectores más interesados en ver solo nuestras reseñas.


Los tres días del Cóndor, de Sydney Pollack

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Sydney Pollack
Hace frío en Nueva York. Pero no se trata solo de una inclemencia atmosférica, sino también humana. De hecho, y como un excelente apunte de justicia poética, será la lluvia quien salve la vida, por primera vez, al protagonista de Los tres días del Cóndor (Three days of the Condor, Fox/Universal, 1975), excelente puesta en imágenes de Sydney Pollack (1934-2008).

El thriller policial y “político-conspirativo”, tuvo su mejor momento en la década de los setenta de la mano de realizadores como Friedkin, Pakula, Siegel, Lumet o Pollack, junto a notables precedentes como Topaz (Íd., 1969) de Alfred Hitchcock, El mensajero del miedo (The manchurian candidate, 1962) y Siete días de mayo (Seven days in may, 1963) ambas de John Frankenheimer, o la posterior -y magnífica- Clave Omega (The Osterman weekend, 1983) de Sam Peckimpah, exponentes de un estado de ánimo que ha tratado de resucitarse con desigual fortuna (del mismo modo que los rostros de décadas anteriores se nos antojan muy diferentes, por muy loable que sea el intento: la “máquina temporal” del cine también capta momentos extra-cinematográficos, rara vez los recrea con fortuna cuando regresa al pasado).

Los tres días del Cóndor fue puesta en marcha por ese gran productor que fue Dino De Laurentiis (1919-2010), en base a una novela de James Grady que desconozco, con música melancólica –en el buen sentido- de Dave Grusin (1934), y una magnífica fotografía de Owen Roizman (1936), que retrata la gelidez del ambiente invernal, incluyendo ese último -y devastador- plano “congelado” de la película; un escenario que a su vez, haya correlato en las solitarias fotografías en blanco y negro de Catherine Hale (Faye Dunaway), la “víctima” involuntaria de este complot.

El mismo calificativo podemos emplear para definir a Joseph Turner (Robert Redford), un personaje bien trazado, vitalista e instruido, para el que no existe eso de la “alta” y la “baja” cultura (existen gradaciones, por supuesto, pero respeta la tan denostada cultura “popular”; no es casualidad que la primera vez que lo vemos sea montado en bici, entre el ajetreado tráfico).

Turner trabaja para la Sociedad Americana de Literatura Histórica, compuesta por un bien avenido grupo de “lectores de investigación”, a sueldo (o a merced) de la Agencia Central de Inteligencia. Su labor consiste en extraer ideas de libros, de la prensa, los cómics… de todo aquello que se publica anualmente; hasta que el potencial peligro de una idea desechada llega directamente a Langley, Virginia (recordemos: lugar donde tiene su sede la C.I.A.). Para Turner se trata de un trabajo placentero, aunque la subordinación al entramado gubernamental le ocasiona cierto desagrado, porque todavía “confía en algunas personas, y eso es un problema”. Esto será lo que, indirectamente, intenten destruir en él; una confianza que es puesta a prueba de forma continuada.


Así, cuando varios profesionales liderados por el mercenario Joubert (Max Von Sydow) perpetran una razzia en la sección de bibliómanos (las balas se incrustan en los libros directamente), Turner (o “Cóndor”, su nombre en clave dentro de la Organización), como superviviente del sistema de bienestar, se da cuenta por vez primera de su soledad urbana. La conversación última entre “Cóndor” y su superior, Higgins (estupendo Cliff Robertson), frente al New York Times, es en este sentido modélica, como lo es el encuentro precedente con Joubert, hilvanado con el nihilismo pulcro que desprende la seguridad de un “entendido”.

Pero la soledad de “Cóndor”, al menos durante un breve espacio de tiempo, no será tal al recibir la esforzada ayuda de Kathy, una mujer de la que se sugiere que es algo “disfuncional”. Así, ahora le tocará a Turner dar con la tecla que le permita armar el puzle y extender su propia “red”, sin fenecer en el intento. Un puzle en el que andan implicados su jefe de sección, Wicks (Michael Kane-!-), su director adjunto en Nueva York, el mencionado Higgins, y un director general, Max Wabash (el cuasi mítico John Houseman).


Turner deberá confiar en sus propias habilidades para poder salir adelante; su pasado como experto en el campo de las transmisiones le resultará muy útil (trabajó en Bell, y a Bell retorna). Sintomáticamente, durante su primera conversación telefónica para dar cuenta de la “situación”, Turner se enfrenta de modo aséptico a algo parecido a un cuestionario, un puro trámite. Pollack expresa así la humanidad de su protagonista frente a la impasibilidad y despersonalización burocrática. También lo hará por medio de unas localizaciones “opacas”, de callejones y suburbios, desde los que alguien puede perpetrar una emboscada, o hacer recuento del “personal”, oculto en el interior de un vehículo (en un guiño, el propio realizador).

Tapaderas estatales y cloacas metafóricas, el mundo de “Cóndor” es un mundo donde se maneja una información excesiva, en el que para “curarse en salud”, se coloca el parche antes de que aparezca le herida; en el que la previsión se confunde con el dominio y el espionaje clásico se emborrona con el control y el poder, hasta averiguar quién fue novio de quién… o la talla de un sombrero… Lo ilustra el momento en que Turner, en posterior conversación telefónica, pregunta a Higgins por alguien llamado Leonard Atwood (Addison Powell), cuando este se encuentra precisamente al lado del jerarca.


Los tres días del Cóndor es una ficción que da en la diana de la “realidad” (en este caso, una operación encubierta en Oriente Medio), aquella que se teje en conversaciones nocturnas frente al Monumento a Washington, o en enclaves situados bajo tierra.

Y por otra parte, de forma nada desdeñable, evidencia lo fácil que resulta, con ayuda del lenguaje, “fabricar la verdad”, venderla, distorsionarla, jugar con esos “actos de habla” que tan bien definiera John Searle (1932). No en vano, al ser preguntado por Higgins si echa de menos los tiempos pasados, el maduro director de la Compañía, Mr. Wabash, resume la situación diciendo “echo de menos aquel tipo de claridad”. Ciertamente, este es el Otoño de la Edad Posmoderna.

Escrito por Javier C. Aguilera


X-Men: primera generación, de Matthew Vaughn

29 noviembre, 2013

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El siglo XXI está dando lugar al origen de exitosas películas de superhéroes que se ven adaptados desde el mundo del cómic, considerado el noveno arte, al del cine, el ya célebre séptimo arte. Aunque no sea fundamental -pues una buena película no depende exclusivamente de ello-, los medios técnicos han favorecido su proliferación, así como el enorme éxito económico que ha proporcionado a sus productoras. En el siglo pasado, tuvieron especial éxito los films dedicados a Superman y Batman, ambos de la compañía DC, que tuvieron series en los años 40 y una serie de películas que, en el primer caso, recorrieron los finales de los setenta y los años ochenta, mientras que en el segundo, se centró en finales de los ochenta y los noventa. En ambos casos, no obstante, las películas fueron perdiendo calidad, siendo notable el caso de Batman y Robin (1997). Otros casos similares, aunque de menor éxito, lo protagonizaron Flash Gordon, con un serial en los años treinta y un film en 1980, Doctor Extraño (1978), The Punisher (1989), Capitán América (1990), Nick Fury: Agent of SHIELD (1998) e, incluso, algunas adaptaciones de cómics menos populares, como Howard el pato (1986), Hombres de negro (1997) o Blade (1998).

Personajes de las compañías DC y Marvel enfrentándose en una viñeta
La mayoría disfrutaron de series animadas, capaces de adaptar el mundo que retrataban los cómics con mayor fidelidad; esta cuestión se notó especialmente en los noventa, con adaptaciones de Iron Man, Los cuatro fantásticos, Hulk o X-Men. A partir del año 2000, en el que se estrenó el film que inició la saga cinematográfica a la que pertenece la película que hoy comentamos, X-Men, comenzaron a surgir proyectos de mayor envergadura económica y, a su vez, de mayor éxito. Aunque, como en otras ocasiones, hubo un exceso de producción que conllevó una baja calidad en algunas películas de mediados de la década, hasta el momento actual, donde han vuelto a surgir films de mayor calibre. Como ejemplos, podemos mencionar  la trilogía de Spiderman (iniciada en 2002), las adaptaciones de Nolan, que supusieron el realce de Batman con su trilogía iniciada con Batman begins en 2005, los proyectos relacionados con el universo Marvel, con films como Iron Man (2008), Thor (2011) o Los Vengadores (2012), y, también de forma reciente, el reinicio de uno de los superhéroes más queridos, Superman, en el caso de El hombre de acero (Man of Steel, 2013), todas ellas con desiguales resultados.

Algunos personajes de X-Men
Cartel del film
Y tras este repaso a las adaptaciones de cómics, siempre en referencia al americano, nos adentramos en el mundo de X-Men desde una perspectiva cronológica. Aunque la saga comenzara en el año 2000, el film de 2011 profundiza en el origen del grupo mutante y asienta mejor las bases de toda la lógica que sostiene la historia. X-Men: primera generación (X Men: First Class, 2011) nos traslada a los años sesenta para adentrarnos en dos de los personajes más relevantes de la franquicia: el Profesor X y Magneto.

Sobre ambos recae el peso de la película, dejándonos ver fragmentos de su infancia para después lanzarnos a su vida adulta, con Charles Xavier preparando su tesis doctoral sobre genética y Erik Lehnsherr buscando acabar con miembros del nazismo que le arruinaron la vida. Sus vidas han sido muy diferentes, pero comparten una cualidad única: son mutantes, como una considerable parte de la humanidad. La mutación, debida según se apunta a la radiación, les ha otorgado capacidades sobrehumanas. Alrededor de esta cuestión versa el conflicto ideológico más importante de X-Men: ¿es posible la convivencia entre los mutantes y los humanos, o los mutantes son la evolución que se impondrán a los humanos?

No obstante, aquí se están situando las primeras piedras para ese gran dilema. Matthew Vaughn se lanzó a la aventura de dirigir esta historia tras múltiples opciones de la productora, incluyendo el rechazo de uno de los directores de la trilogía inicial, Bryan Singer. Vaughn sorprendió con Kick-Ass (2010), que versaba precisamente de superhéroes de una forma ácida y satírica. La carrera del director comenzó su despegue a mediados de la década pasada, alzando el vuelo con la adaptación de la novela de Neil Gaiman, Stardust (2007).

Matthew Vaughn dirigiendo a James McAvoy
La trama incluye, a diferencia de otras películas de la saga, varias referencias socio-políticas, centradas especialmente en la crisis de los misiles de Cuba, originando una explicación muy diferente a la realidad, pero que casa perfectamente con el argumento del film. Por otra parte, los personajes ofrecen un espectro particular de mutantes diferente al habitual, quizás menos popular y conocido, pero que puede resultar interesante al espectador no iniciado en el mundo de los cómics. Ahora bien, como ocurría en las otras películas de la saga, la cantidad de mutantes suele ser considerable y no permite, por ende, profundizar demasiado en ellos; es un rasgo inevitable en este tipo de obras con un reparto tan coral. Incluso podemos considerar que a los más desarrollados en la trama, Charles Xavier y Erik Lensherr, les falta un poco más de conversación para dar credibilidad a su relación, sin desmerecer el gran trabajo de James McAvoy y Michael Fassbender, ambos estupendos en su interpretación.

James McAvoy (Xavier) y Michael Fassbender (Erik) durante el film
Junto a ellos, quizás Mística comparte cierto desarrollo emocional, interpretada por una Jennifer Lawrence aún en una carrera ascendente que la llevaría a ganar el Óscar por su papel en El lado bueno de las cosas (Silver lining playbook, 2012) o a ocupar el papel protagonista de la saga Los juegos del hambre. En cuanto al resto de aliados, solo hay un despliegue de poderes y alguna frase suelta sobre su pasado, siendo en su mayoría un grupo de jóvenes que disfrutan estando entre iguales y aprendiendo a manejar sus poderes. Todos ellos, al igual que el grupo de malvados, exceptuando el villano principal, resultan ser planos, con especial atención al español del reparto, Álex González, del que no logro recordar ni una sola frase.
 
En primer plano, Jennifer Lawrence y Nicholas Hoult
En resumen, pasan por los buenos en la escena Nicholas Hoult como un joven científico preocupado en exceso por su mutación, Zoë Kravitz proporcionando un personaje con una enorme falta de empatía, Caleb Landry Jones como un simpático bromista, algo miedoso, Edi Gathegi en un personaje casi anecdótico, que podría haber sido potencialmente muy interesante, o Lucas Till como una especie de matón de clase que arrastra una gran preocupación por su poder destructivo. Tampoco podemos olvidar el cameo de Hugh Jackman, que encarna a uno de los personajes más carismáticos de la saga: Lobezno (del que se han realizado dos películas individuales: X-Men Orígenes: Lobezno y Lobezno inmortal).

Al otro lado, January Jones y Jason Flemyng proporcionan un aire completamente frío a sus personajes, que son apáticos y que solo realizan una función puramente estratégica. Al mando de los malvados del Club Fuego Infernal, un Kevin Bacon que tiene una apariencia de villano sesentero, con unos aires de superioridad que ahogan por completo una personalidad que podría haber sido más interesante, pero que no se explota lo suficientemente bien, pese a que su primera aparición forma parte de una de las mejores escenas del film.

Álex González, Kevin Bacon, Jason Flemyng y January Jones en sus papeles del film

El reto era complejo, pues la adaptación de un cómic americano, que suele dar dado sobre todo a las reinterpretaciones por parte de diversos autores, aumenta la dificultad, y más en el caso de una saga que cuenta con un plantel de personajes tan amplia como X-Men. Numerosos errores de montaje visibles a simple vista así como errores de continuidad con el resto de la saga han llamado la atención a espectadores y aficionados por igual, aunque la taquilla haya sido rentable (en todos los films de la saga lo ha sido, el reclamo de los superhéroes, tan populares entre jóvenes, está resultando muy beneficioso a las compañías productoras).

Un film, a fin de cuentas, con aciertos y defectos, que elabora y muestra muy bien la creación de la personalidad y la relación de dos de los personajes más estimados de los famosos mutantes. Después de todo, el poco carisma de otros personajes provocará que el espectador ni siquiera se interese por su situación, al resultar más interesante la historia de los dos protagonistas, verdadero gancho para todo aficionado a la saga, que podrá continuar esta aventura con el próximo estreno de X-Men: Days of Future Past (mayo de 2014).


En definitiva, una pieza coherente consigo misma, que logra entretener y que, a su vez, pone sobre la mesa ciertas reflexiones que se lanzan al espectador y que están muy relacionadas con la propia idiosincrasia de los X-Men y su evolución. Pero que arrastra errores técnicos mezclados con cierta superficialidad en el trato de la historia. Aunque, eso sí, gustará a quienes lo pasen bien con este tipo de películas y, además, les interese plantearse cuestiones sociales, divertirse un poco y disfrutar con los poderes tan logrados de estos mutantes heroicos.


Escrito por Luis J. del Castillo





Guardias y ladrones, de Mario Monicelli y Steno

28 noviembre, 2013

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Monicelli y Steno
Los mitómanos de las películas consideran que existe un número X de obras maestras del cine, tópicos que se perpetúan hasta el aburrimiento, por lo general dependiendo del peso de la “estrella” que interviene, de una más que superada “política de autor”, o atendiendo a otras consideraciones de tipo cultural. Naturalmente, la mayor parte de las obras citadas, son por lo general lo que denominamos una “obra maestra”, pero –y sin ánimo de disponer de una “última palabra”-, lo cierto es que para un conocedor desprejuiciado -mejor que “amante”- del séptimo arte, este ofrece multitud de sorpresas; cuanto más ve uno, más gratamente sorprendido queda uno. Así lo vemos, por ejemplo, dentro de la llamada serie B, o dentro de la basta filmografía de un realizador reconocido, o así mismo, dentro de la obra de directores que no son los más recordados o canónicos -teniendo en cuenta los estragos provocados por ideologías, gustos y modas-, e incluso dentro de otras geografías y géneros (con el western a la cabeza).

Las “sorpresas” son variadas y estimulantes: el cine tiene ya más de cien años. Por otra parte, no todas las películas tienen vocación de maestría, les basta con resultar buenas, o excelentes.

Las trayectorias de Mario Monicelli (1915-2010) y Stefano Vanzina “Steno” (1915-1988), siendo muy distintas, fueron injustamente ninguneadas (sobre todo en el caso del primero), pero por fortuna gozan hoy de un merecido reconocimiento. No es labor mía redescubrir nada, solo congratularme por ello (aparte de que la obra de cada realizador no suele ser un conjunto uniforme). Monicelli y Steno debieron sentirse cómodos trabajando juntos, puesto que lo hicieron en ocho ocasiones.

En la película que proponemos hoy, la picaresca asume el rostro de un delincuente de “poca monta” y lo que llamamos un guardia, a las puertas de una poco sustanciosa jubilación (interpretados respectivamente, y a la perfección, por Antonio de Curtis “Totò” y Aldo Fabrizi, este último, también colaborador en el guión). Ya desde el episodio inicial, en el Foro Romano, seguido del asunto con los niños, Guardias y ladrones (Guardie e ladri, Lux & Golden Films, 1951) hace gala de un tono tan caustico como divertido.

El escenario, la Roma de posguerra, la de la ayuda norteamericana propiciada por el Plan de George Marshall. De hecho, el año en que culminó este, Monicelli y Steno filmaban Guardias y ladrones, con producción de Dino de Laurentiis y Carlo Ponti, fotografía del futuro y muy estimable realizador Mario Bava, y música del maravilloso Alessandro Cicognini.


Pues bien, el ladronzuelo Ferdinando Esposito es cogido, como suele decirse, “in fraganti”, por el brigadier Bottoni, y tras una extenuante persecución campestre, cuyo ritmo sostenido ya resulta de por sí cómico, el policía logra detener al ratero, que a su vez se lamentará más delante de que “la gente se ha espabilado”, por lo que cada vez resulta más difícil ejercer tan noble y antigua profesión. Tras un breve descanso en una taberna, Ferdinando logra escapar de nuevo, dejando a Bottoni en una situación harto comprometida con sus superiores (hay otros testigos que reclaman sus pertenencias u “honorarios”).

Pero el hecho es que tanto Ferdinando como Bottoni tienen sus respectivas familias, y que ambas se pondrán contacto cuando el brigadier es conminado a llevar a cabo la labor detectivesca de localizar al ladrón que se le ha escapado, so pena de cerrar su fructífero expediente con una mácula, después de treinta intachables años de servicio. De este modo, el sobrino de Ferdinando, Alfredo (Gino Leurini), entablará una relación con Liliana, la hija del brigadier (Rossana Podestá), cual Romeo y Julieta de los arrabales.

Conviene señalar que los actores que conforman ambas familias están maravillosamente seleccionados: todos están estupendos, desde las esposas hasta el simpático Libero (Carlo Delle Piane), el hijo de Ferdinando, cuyo nombre es otro apunte humorístico.


En Guardias y ladrones el relato está pie de calle -que esto no fue “descubrimiento” exclusivo de la Nouvelle Vague-. El paisaje urbano, como en otras ocasiones, tiene una importancia física considerable, ya que también nos habla de una sociedad que, finalizada la guerra, trataba de sobrevivir entre edificios destartalados, interiores forzosamente minimalistas y un horizonte de descampados. A estos escenarios de añaden un teatro que aspira a volver a serlo, una barbería pobretona pero repleta de humanidad, tabernas en los extrarradios y gruesos abrigos para soportar el frío…

La comprensión entre los dos personajes principales se producirá solo cuando ambas familias, la del representante de la ley y la del caco, no solo se conozcan, sino se traten, estableciendo unos mínimos vínculos de humanidad. Vínculos que, por otro lado, proporcionan una visión de la tradicional institución familiar como un espacio tan castrador como divertido.


Entre los momentos más geniales de Guardias y ladrones, no podemos obviar aquel en que policía y ladrón se sinceran en el rellano del edificio donde habita Ferdinando, o aquel en que este último corrige la redacción colegial de su primogénito; el mundo de los niños sigue siendo puro, pese a todo. Es un mundo que los adultos, más que haber olvidado, parecen ansiosos de querer retomar.




Brumas de octubre, de Lola Gándara

27 noviembre, 2013

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Hace poco concluíamos un mes dedicado a la apertura de inicio escolar y a una fiesta tan terrorífica como Halloween. Finalizando noviembre, entre niebla y oscuridad del ya finalizado octubre, presentamos una novela que viene al caso, como Brumas de octubre. Este libro nos recuerda una vivencia por la que todos, de una manera u otra, hemos pasado alguna vez en nuestra vida: la adaptación escolar en nuestra adolescencia. Este libro, escrito por Lola Gándara en 1994, nos abre los ojos a un mundo cercano, un ambiente que a veces ya nos resulta lejano y que, en ocasiones, no somos capaces de ver. Recordaremos a jóvenes que se escapan de clase para ir a la playa, a los temidos y prototípicos profesores que atemorizan a los alumnos, y a las diferentes clasificaciones sociales que existen entre los distintos alumnos de un mismo instituto.


Ambientado en la década de los noventa, Miguel Oliva será nuestro joven protagonista, encaminado a afrontar Primero de BUP un 5 de octubre (equivalente actualmente a Tercero de ESO). Con miedo e ilusión a partes iguales, propios de una edad complicada y de la incertidumbre ante lo desconocido, tiene suerte de encontrar un grupo de amigos que se convertirá en una parte fundamental de su vida. Junto a Suso Álvarez (conocido por su popularidad y su mote El Rojo), Leti (la chica que le gusta), Vero, Couselo, Simón (parapléjico y el mejor amigo de Miguel) y algunos compañeros más, correrán mil y una aventuras en relación al instituto, que es el escenario principal y donde se situará la mayor parte de la trama de la novela. Desde peleas, amores y desamores, suspensos y broncas con los padres, hasta momentos cruciales para un adolescente, en los que demostrarán que, para ellos, la amistad es un pilar fundamental en sus vidas. Este grupo singular de amigos y las típicas aventuras y desventuras adolescentes recordarán bastante a la pandilla creada en la serie juvenil Pulseras rojas, de Albert Espinosa, sobre todo Suso en el papel de líder, popular, atrevido y luchador como Lleó, y Miguel como leal y confidente a lo Jordi.

Grupo de la serie televisiva Pulseras rojas
Un punto a favor de la historia, y que la convierte en algo más que una simple novela juvenil realista entre las numerosas que ya existen, es que no sólo hablaremos de la vida adolescente durante el transcurso de la misma. Profesores, padres, el director del centro o, incluso, el conserje cobrarán un importante protagonismo a lo largo de la historia, que de principio a fin abarca un curso escolar completo. Y es que no siempre los adultos y, más concretamente, sus profesores, están tan seguros de sí mismos como los alumnos piensan. Encontraremos debilidades cotidianas como la rutina diaria de un profesor (tutor de la clase de nuestro protagonista) recién salido de su carrera universitaria y con una prometedora esperanza a la hora de impartir clase que decae conforme la desilusión ante sus alumnos aumenta.

Lola Gándara
La autora transmite veracidad y realismo con esta historia, narrada de manera muy ligera y atrayente para un adolescente, que le hará no soltar el libro hasta el final y sentirse identificado en cualquier historia dado el gran número de personajes con un carácter diverso. Además, encontraremos un sinfín de motes, tanto a profesores como entre alumnos, un vocabulario propio de la jerga juvenil perteneciente a la generación de los ochenta y expresiones típicas que quizás hoy en día quedan lejanas para un adolescente actual. La sinopsis de la novela puede llegar a transmitir una historia más profunda de la que realmente descubriremos. Pero aún así nos encontraremos ante un libro ameno, divertido y emocionante en varias partes.

Sin embargo, su final no resulta así de positivo, ya que, en muchas ocasiones, debido a multitud de tópicos, resultará bastante predecible desde prácticamente la mitad del mismo y, dada su brevedad (la novela contiene unas 150 páginas), puede convertirse en una trama monótona para un lector más maduro. 

Clase de 3º ESO en un instituto. Fotografía de MB
Sin duda, Brumas de octubre es una novela para disfrutar y recordar viejos tiempos de juventud, en los que escapar del instituto o conseguir aprobar con un temido profesor era toda una aventura. Una edad difícil en las que se descubre el amor, el valor de la amistad y se empieza a labrar un porvenir, todo ello enfrentándose a las normas, al poder adulto y a la represión de familia y profesores, quienes, en ocasiones, se ven reflejados en esos espejos que creían ya olvidados.


Escrito por Mariela B. Ortega


Naturaleza de la novela, de Luis Goytisolo

26 noviembre, 2013

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2013 ha (re)descubierto a muchos la figura del escritor y académico Luis Goytisolo (Barcelona, 1935), Premio Nacional de las Letras Españolas y Premio Anagrama de Ensayo por Naturaleza de la novela, el escrito que hoy traemos a colación en nuestro Baúl. Seguramente postergado bajo otras alargadas sombras (y como de costumbre por motivos extraliterarios), Goytisolo, Luis, ha venido ofreciendo una obra tan atrayente como metalingüística (la monumental Antagonía, Anagrama, 2012). Su concepción de “fondo” y “forma”, expuestas en el presente ensayo, lo corroboran.

Pero el autor de Naturaleza de la Novela no entiende el trabajo literario como el arte de enmarañar lo que ya es evidente. Muy al contrario, su discurso se muestra por medio de un lenguaje claro y preciso, comprensible para todos, y su punto de vista no es tanto el del académico como el de un lector “de la calle” que aún tiene algo que decir. De hecho, Luis Goytisolo se ha ganado el derecho a dar su opinión.


Lúcido y clarificador, más que afirmar, Goytisolo confirma la “suerte” de la novela (más que del formato), y su pasada evolución, ilustrada por medio de diversos pasajes, debidamente referenciados al final del texto. Dentro de esa evolución, despuntan ideas casi a cada página, destacando especialmente la atribución a los relatos que conforman el Antiguo Testamento de un aura no menos mítica que la proporcionada por la épica grecolatina, en gozosa definición, distintiva de los textos que componen el Nuevo Testamento.

Aunque parezca cosa sabida, conviene saborear sin prisas Naturaleza de la novela, reencontrarse con su selección de grandes autores clásicos.

Grabado de John DePol (1913-2004)

Junto a algún dardo acerca de la infantilización del relato (que se ha cebado sobre todo en el género de la fantasía o en la novela histórica), siempre resulta grato recordar los entresijos de la evolución literaria, por vía de la secularización de los textos sagrados, la invención de la imprenta, y la recuperación por parte del Humanismo de la cultura greco-romana.

Otra idea vertebra el ensayo: la asunción de que la evolución de los géneros literarios raramente se desvincula de su entorno social, acertando además de pleno, en lo referente a la caída libre del nivel de exigencia (y por qué no, de auto exigencia). Así, frente a la continua “repetición” de fórmulas tradicionales, se antepone siempre la curiosidad por “saber más”.

Si podemos considerar a un “clásico” como una obra que “te lee”, Naturaleza de la novela, por medio de las ideas expuestas por Goytisolo, y con ayuda de los grandes novelistas que las ilustran, nos recuerda que un lector puede seguir “dialogando” con muchos autores, puesto que (como sucede con el cine), es un error imaginar que como seres que vivimos en un tiempo específico, solo podemos ser “entendidos” por los autores que viven ese mismo momento.

Para Luis Goytisolo, la “ficción” de la novela es una “verdad” que la distingue como género.



Oppi, de Justo Navarro

25 noviembre, 2013

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Narrada en primera persona, Oppi nos cuenta un episodio en la vida de Navarro, cuando conoció a Marta Oppi o cuando la moto del profesor Espada fue robada. Precisamente bajo esta última idea se desarrolla la sinopsis que encontramos de la obra del autor granadino Justo Navarro, que presta su apellido para el protagonista de esta novela juvenil de 1998, titulada en una edición posterior de 2005 como Oppi, una obsesión.

Justo Navarro Velilla
Aunque no podamos hablar de una experiencia biográfica, el autor deja en la novela multitud de referencias relacionadas con la Granada de finales de los años noventa y de los sucesos sociales más relevantes, al menos para un adolescente como es el protagonista, de 1998. Siendo principalmente un novelista, antes de esta novela de carácter más juvenil y liviano, había sido premiado por sus obras Un aviador prevé su muerte (1986) o La casa del padre (1994), y de forma más reciente ha escrito El espía (2011). Seguramente esta sea su obra menos conocida, sobre todo por su carácter.

Como obras similares, tanto anteriores como posteriores, la novela nos sitúa ante un narrador protagonista que cuenta una experiencia de su pasado, cuando tenía catorce años. Tres temas principales se desarrollan a la par en la obra, algunos con más espacio que otros: el robo de la moto del profesor Espada, el cambio de casa por la demolición del edificio donde vivían y el paso a la adolescencia desde la infancia.

Portada de 2005
El primero de los argumentos servirá de excusa para todos los acontecimientos del libro, mientras que los otros dos parecen circunstanciales. No se trata, como en los libros de Los cinco de Enid Blyton o en la saga de Flanagan de Andreu Martín y Jaume Ribera, de una investigación detectivesca, sino más bien de una continua reflexión sobre unos hechos que alteraron durante unos días la vida de Navarro, el protagonista, y que tuvieron lugar en una etapa de su vida de cambio, como supone el paso a la adolescencia o el cambio de casa. 

Esos dos puntos son los que podemos destacar de la novela. El primero recorre todas las reflexiones del protagonista, tanto de forma directa como indirecta, haciendo alusión al aumento de las responsabilidades, pese al poco deseo de Navarro, la distancia que marca con su madre, con la que se reservará algún secreto, la conciencia de estar mintiendo y, por tanto, su posterior remordimiento y culpa. En cuanto al segundo, sirve también para realizar las descripciones más logradas del libro, que hace hincapié sobre todo en el anonimato de los vecinos, que poco a poco tomarán identidad, o en cómo el hogar adquiere una parte de nosotros y de nuestras vidas.

No obstante, aunque las reflexiones y descripciones puedan resultar interesantes, el resto de elementos de la trama pecan de ser arquetipos, estereotipos de este tipo de obra. Estos clichés se resumen principalmente en el carácter de los compañeros de clase, donde no falta el cotilleo, el deportista o el matón repetidor, pero también los hermanos mayores algo brutos o la incomprensión de la nueva relación amorosa de su madre. Podemos destacar, a su vez, el estilo de vida de estos jóvenes de los noventa, que convivían en casi fraternidad, yendo de casa en casa, al estilo de un pueblo más que de una gran ciudad, parte de las características que tiene Granada en sus barrios.
 
Estadio Nuevo Los Cármenes (Granada). El protagonista ve el estadio desde su casa
Y, para no mirar a ningún sitio, miraba las marcas en la mesa, huellas de uña o navaja o punta de lápiz o bolígrafo, y leía nombres que ya no eran de nadie, y todos los nombres, todas las voces que habían sonado en aquella clase a lo largo de muchos cursos me zumbaban en aquel momento en los oídos. (pág. 23)

Portada de 1998
Precisamente el personaje que da nombre a la novela, Marta Oppi, es el elemento diferente a la vida corriente descrita. Se trata de alguien extravagante, con una personalidad extraña para el protagonista, que altera su vida con su presencia y lo atrae, entendiéndolo como una especie de primer amor. Pese a sus breves y pocas apariciones, da muestras de pertenecer a una familia adinerada, revestida de superficialidad, y ocultando sus verdaderos pensamientos o su verdadero yo. Sigue la estela, marcando las distancias, de un personaje como Gatsby, o igual que sucederá con Marina en la novela homónima (reseñada por MB) de Carlos Ruiz Zafón, publicada meses más tarde, ya en 1999.

Otro personaje relevante es el profesor Espada, que llega a protagonizar varias reflexiones del protagonista así como ser una obsesión por la culpa. Este hombre muestra una doble vida como feliz profesor de matemáticas e infeliz hombre en su vida diaria, por diversos motivos. Se trata de una exploración de la parte adulta hacia la que se dirige el protagonista inevitablemente, aunque no sea profunda

La narración redunda en la repetición de elementos, en ocasiones dando un rodeo a la narración para volver a un mismo punto. El tipo de texto está simplificado, quizás adaptado al tipo de lector para el que se pensaba el libro, con redundancia en las conexiones con y, así como el empleo de fórmulas que avisan al lector y le dejan adivinar los sucesos siguientes, aunque la resolución final sufra de un pequeño giro. No falta tampoco el recurso humorístico, alguna aclaración entre paréntesis y un carácter, en ocasiones, olvidadizo, fruto de la distancia en el tiempo del recuerdo.

Plaza Bib-Rambla (fotografía de MB)
Era y soy miedoso, veía visiones. A medianoche, a oscuras, la bola del mundo de mi padre se elevaba de la mesa y se iluminaba, aunque llevaba años sin funcionar. A medianoche veía bolas de luz. A medianoche lloraba. (pág. 49)

Aparecen también diversas referencias culturales, como libros, especialmente El increíble hombre menguante, de Richard Matheson (del que nuestro colaborador Javier reseñó su adaptación cinematográfica), música, por ejemplo, la canción Leave home de Chemical Brothers o una mención al grupo Sex Pistols, así como menciones a hechos históricos, sobre todo deportivos, o personajes famosos. Como curiosidad, gracias a estas referencias podemos reconocer que la acción de la novela sucede en mayo de 1998.

En definitiva, no se trata de un libro excepcional y, como novela juvenil, sigue una línea ya conocida, con ciertos estereotipos, que no desmerecen, sin embargo, sus aciertos, descripciones y reflexiones. No obstante, no podemos decir que Oppi vaya a ser una lectura inolvidable como Marta Oppi resultó ser para Navarro.

Escrito por Luis J. del Castillo



Música Inolvidable (XVII): Andreas Vollenweider

23 noviembre, 2013

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Hemos compartido varias veces con los seguidores de nuestro Baúl un tipo de música seductora e imaginativa. Lejos de caer en etiquetas (mucho menos en la “meditativa”), y puesto que cada autor, pertenezca a la corriente que pertenezca, no deja de tener un estilo propio -si es un creador genuino-, queremos acercarnos hoy a la figura del suizo Andreas Vollenweider (Zúrich, 1953), un compositor e instrumentista del que puede asegurarse que (también) posee un sonido propio.


A través de su productora Colomba, y con principal distribución de –parece un juego- Columbia (CBS primero y CBS/SONY después), Vollenweider fijó su propia personalidad por medio de un excepcional empleo del arpa eléctrica.



Es en los ochenta y primeros noventa donde se inscribe, a mi parecer, lo mejor de su obra. Como en las artes, muchos de los artistas que la configuran se quintaesencian, tienen su momento de eclosión. Trabajos como el inicial Behind the gardens de 1981 (anoto los títulos principales de forma abreviada, algunos son más extensos), y los posteriores, e imprescindibles, Caverna mágica (1982), White winds (1984, que puede componer un díptico con el anterior), Down to the moon (1986), Dancing with the lion (1989) y Kryptos (1997) -este último con la particularidad de incorporar un conjunto instrumental más amplio-, evidencian el talento de Andreas Vollenweider para proporcionar una música tan fascinante como evocadora, siempre acompañado por un fiel conjunto de músicos, o amigos, como se especifica en los CD’s o vinilos; tales como Pedro Haldeman, Walter Keiser, Christoph Stiefel, Matthias Ziegler, y vocalistas como Eliza Gilkyson o Carly Simon.


De ese modo, el también magnífico Book of roses (1991) supone una amalgama de todo lo anterior, potenciando los aspectos étnicos y melódicos, ofreciendo un todo orgánico de lo más portentoso.


Mención especial merece, así mismo, el trabajo Eolian minstrel (1993), pues aunque Vollenweider ya había experimentado con la voz, como un instrumento más, volátil y sublime, supone un logro notable por presentar un conjunto de canciones, bellamente interpretadas por la cálida voz de Eliza Gilkyson. De una de ellas ofrecemos el correspondiente enlace, junto con otro bello tema instrumental, perteneciente a White winds (1984).

Andreas Vollenweider ofrece una música persuasiva, colorida y descriptiva; reservada pero no impenetrable, “hermética”, pero no críptica. Con ella podemos regresar a los escenarios favoritos de nuestro pasado, sobrevolar los campos al anochecer e introducirnos en frágiles arquitecturas de sonidos. Tal vez incluso dentro de este mismo espacio-tiempo.




Fire Emblem, una aventura épica tras diez años de su lanzamiento mundial

22 noviembre, 2013

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A inicios de los años noventa surgió en Japón esta saga de videojuegos de rol táctico por parte de la misma compañía que había creado Metroid en 1986 para NES, Intelligent Systems. Hablamos de la saga Fire Emblem que nació en 1990 bajo el subtítulo Ankoku Ryū to Hikari no Tsurugi, que nunca vería la luz fuera de las fronteras niponas, como sucedería con los seis juegos siguientes, hasta Fire Emblem, lanzado en 2003 para Game Boy Advance y conocido sin subtítulo en los continentes americanos y europeos. Esto se debe a que este subgénero de los juegos de rol se originó en el país oriental en los años 80, fusionando la idea de los juegos de rol con otros entretenimientos como los juegos de mesa, especialmente el ajedrez, o de carácter más bélico, como Estratego o Chainmail.


El primer Fire Emblem internacional
A principios de la década que inició el milenio, la saga ya constituía todo un exponente de los juegos de rol táctico, siendo además una de las sagas que más había popularizado su género, como ocurriera con Final Fantasy Tactics o Suikoden Tactics. Por otra parte, todos los videojuegos de Fire Emblem han visto la luz bajo consolas de la empresa Nintendo, desde primigenia NES hasta la más actual Nintendo 3DS, aunque su producción no ha sido demasiado prolífica e incluso ha contado con retrasos en sus salidas o cancelaciones en su salidas internacionales, en gran parte debido al poco éxito comercial de la saga en América o Europa. Pese a ello, una característica de este tipo de juego es que, con el tiempo, ha ganado cierta popularidad en los mercados occidentales, planteando realizaciones nuevas de videojuegos antiguos para consolas portátiles.

Así ha sucedido con Fire Emblem: Shadow Dragon (2008), lanzado en Nintendo DS para rescatar la historia original de 1990, protagonizada por Marth. También la saga de Final Fantasy Tactics vio su primera historia, de 1997, en la Playstation Portable bajo el subtítulo The War of the Lions en 2007.

Fire Emblem (1990)
No obstante, y quitando importancia al hecho tan tedioso de la economía, Fire Emblem supo crear una identidad que aún hoy conserva y que tanto éxito le ha procurado en Japón, algo que muchos aficionados agradecen después de ver cómo otras sagas tan longevas han variado su estilo y, por tanto, modificado su idiosincrasia; además de saber adaptarse a las circunstancias, tanto en su lanzamiento internacional en 2003, diseñado para jugadores occidentales, como en el título más actual, Fire Emblem: Awakening, de 2012, que se ha adaptado a nuevos jugadores no iniciados en este subgénero. Un rol táctico que se ha mostrado complejo y complicado para los jugadores, que deben dedicar una gran cantidad de tiempo tanto en la preparación como en los combates, parte mayoritaria del juego, donde se deben desplegar todas las capacidades estratégicas. Los elementos que componen esta saga se conforman dentro de un mítico universo medieval europeo, con una serie de criaturas y objetos pertenecientes a la ficción de fantasía, como dragones, pegasos y magia.


Inicios de los juegos que componen la saga
Otras de las características principales son sus personajes, que no solo abundan en cantidad, sino que cada uno está definido con una personalidad y unas estadísticas únicas, así como un oficio que determina el tipo de ataque que podrá realizar o los objetos y armas con los que se podrá equipar, en su mayoría espadas, hachas, lanzas, arcos, tomos mágicos, bastones y similares. Este hecho provoca que cada personaje sea especial y el jugador pueda sentirse identificado con ellos gracias a los continuos diálogos que conforman los videojuegos junto a cinemáticas que encontramos en algunos de ellos, los de sobremesa especialmente. Con todo ello, se intensifica uno de los rasgos más identificativos de Fire Emblem respecto a otros juegos de rol: la muerte de un personaje durante una de las batallas supondrá su muerte definitiva y desaparición en el juego, llevándose con él algunos diálogos futuros. El jugador deberá plantearse entonces reiniciar todo el combate para no perderlo.

Comparativa de gráficos en animación de combate y diálogos
Comparativa de gráficos en combate táctico
El sistema táctico unido a un guión rico en drama, romance, humor y acción, además de una gran cantidad de subtramas, ha conseguido cautivar a muchos jugadores en el mundo, aunque el género en sí pueda provocar sus reticencias a aquellos que no les guste este tipo de juegos o a los que desean algo más sencillo y, sobre todo, visual, donde la saga pierde puntos. Esto es debido a que su sistema lo ha destinado en la mayoría de las ocasiones a las consolas portátiles, contando sus juegos con diseños en dos dimensiones, lo cual no desmerece; sin embargo, en la actualidad sigue arrastrando este problema sin demasiada evolución ni solución por parte de sus creadores. Por ejemplo, Fire Emblem: Radiant Dawn (2007), la última incursión en una plataforma como Wii contó con unos gráficos un tanto desfasados, sin contar las poco frecuentes cinemáticas que sí contaban con una buena calidad. Sin embargo, la última entrega lanzada para Nintendo 3DS sí parece contar con alguna mejoría en este aspecto que siempre se le ha venido criticando a la saga. Por el contrario, su música ha sido alabada en varias ocasiones, siendo uno de sus pilares y una característica imprescindibles de toda clase de videojuego de rol.


Como curiosidad, la popularidad de la saga en Japón llevó a sus protagonistas a participar en juegos crossover de Nintendo como fueron Super Smash Bros. Melee (2001, aún antes del lanzamiento internacional de Fire Emblem, contando con los personajes Marth, del primer juego, y Roy, protagonista de la sexta entrega que solo vio la luz en Japón) o su evolución, Super Smash Bros. Brawl (2008, recuperando a Marth  y estrenando a Ike, protagonista de Path of Radiance y Radiant Dawn). El primero supuso, con toda seguridad, una motivación para el salto a América y Europa de esta saga de juegos que todo aficionado al rol, especialmente al táctico, no debería perderse.

Marth y Roy en Super Smash Bros. Melee e Ike y Marth en Super Smash Bros. Brawl
Todos los que se han adentrado en los mundos de Fire Emblem se han encontrado con héroes similares a los que copan las gestas medievales o los más actuales libros de literatura fantástica, con temáticas que hablan de la propia condición humana y sus diatribas, incluso hablando de cuestiones de racismo, conflictos medioambientales o debatiendo sobre los orígenes de la guerra. Todo ello acompasado por un sistema adictivo que aumenta su dificultad paso a paso y que tensa las neuronas del jugador para conseguir salir triunfante de cada batalla sin perder nunca a sus compañeros virtuales. Sin duda, una de las claves del rol en Nintendo que goza de buena fama y al que solo le falta actualizarse gráficamente pero sin perder nunca su esencia, algo que hasta ahora ha conseguido.


Escrito por Luis J. del Castillo



Para el sábado noche (XXV): Una mujer de negocios (Rollover), de Alan J. Pakula

20 noviembre, 2013

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Como sucedió con otros grandes realizadores, para Alan J. Pakula (1928-1998) la fotografía, la planificación y el montaje eran los elementos que definían lo cinematográfico. Personajes y objetos se entrelazan continuamente en Una mujer de negocios (Rollover, Orion-Warner Bros, 1981), incluso cuando parecen quedar aislados, permanecen en un mismo plano, haciendo gala de un espléndido uso del formato scope.

Escrita por David Shaber, en Una mujer de negocios se plasma el proceso de una “simple fluctuación” al desconcierto de una crisis mundial. Es la ilustración física de un ciclo cuyo peor antecedente es que se trataba de algo “nada excepcional”, como asegura Max Enery, presidente del Borough National Bank (interpretado por el “pequeño” gran Hume Cronyn). Si Enery representa el poder en la sombra, Hubbell Smith (Kris Kristofferson), es el individuo en entorno hostil; en este caso, el ámbito económico (existen otros: política, enseñanza…, entremezclados las más de las veces). 

Finalmente, será el primero el que proporcione al segundo uno de los momentos más rotundos y álgidos del relato, en su doble acepción de importancia y frialdad. Un diálogo que no es casual que tenga lugar en un aula. Incluso las relaciones “folletinescas” quedan ensombrecidas por el trasfondo, aunque el deseo sexual entre dos personas (la consabida “erótica del poder”), se nos antoje un añadido. Pese a todo, será el detonante que active un engranaje que descubra un número de cuenta para desviar fondos.

 
La narración ofrece una imagen poderosa, la que muestra los ventanales iluminados de un edificio, el Two World Trade Center, y que nos acerca a un apartamento en concreto, casi diríase que al azar, donde lo general adquiere la corporeidad de un empresario que acaba siendo asesinado en su propio despacho. Este aspecto de lo “particular” se focaliza en la relación entre el “saneador” bancario, Hub, y la reciente viuda, Lee Winters (Jane Fonda), a quien les une la atracción física y, una vez comprendido el terreno que pisan, la resolución de un crimen.

Pese a no desperdiciar una buena ocasión, ambos personajes aún se conducen con cierta ética profesional (humanidad, si se quiere), frente a una línea de actuación que insinúa que el problema no estriba únicamente en el (mal) uso que los especuladores hacen de la información privilegiada, sino el hecho de que este tipo de acciones están amparadas por la ley. “Lo que hago es legal”, recuerda de nuevo Max Enery.


Como en Klute (Íd., 1971) o El último testigo (The Parallax view, 1974) –Todos los hombres del presidente (All president’s men, 1976), presenta otros aspectos-, complejidad no es confusión, ni visual ni argumental. Por ejemplo, si para Hub, “la seguridad es una ilusión”, sabedor de que puede hacer(se) bien su trabajo, decide ayudar a la compañía Winter Petrochemichal a invertir en otras empresas de investigación, medianas pero con posibilidades, una vez que Lee vence sus reticencias y toma las riendas de la empresa de su marido, de la que hasta ahora solo se había limitado a recoger los frutos, aprendiendo en primer lugar que determinación y conocimiento no son sinónimos, y finalmente demostrando, que ser una empresaria emprendedora no es ser una empresaria agresiva (o sin escrúpulos).


Arquitectura, espejos, cristales, lámparas, ágapes de luxe, forman parte de una simetría de lo oligárquico, el escenario de la especulación, la (des)confianza, el pánico reprimido… que junto con el buen manejo de la elipsis, hacen que la no muy tenida en cuenta Una mujer de negocios nos recuerde lo bien que filmaba Alan J. Pakula.

La fotografía de Giuseppe Rotunno ilustra a la perfección todos estos conceptos, resaltando la gama neutra de colores (razón por la que destacará el rojo cuando aparezca), dotando a la forma de un contenido desazonador e intrigante, y proporcionando una particular y contrastada dimensión al blanco y el negro. De hecho, parece que en el mundo de los negocios no es difícil pasar del “blanco” al “negro”. La música del interesantísimo Michael Small es igualmente definidora del estilo de Pakula.

Escrito por Javier C. Aguilera


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