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La casa del padre, de Justo Navarro

23 abril, 2015

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España vivió una época tras la instauración de la democracia en los años setenta de necesidad de recuperar la memoria acerca de la guerra civil y de la posguerra, especialmente por parte de aquellos que no habían podido hacerlo durante la dictadura por la represión y por formar parte de quienes fueron derrotados en la guerra y no pudieron elevar su voz como los autores en el exilio, caso de Francisco Ayala con La cabeza del cordero (1949).

En gran medida, esto ha provocado una multitud de ejemplos literarios y cinematográficos que han creado un subgénero, el de la guerra civil española y la posguerra, de manera mayoritaria dirigida a un reconocimiento de la labor republicana frente a los golpistas, de la víctima frente a los vencedores, aún cuando existen obras que han analizado la derrota real: la de todos los españoles como sociedad humana, incluyendo la crítica y la autocrítica a ambos bandos desde el lado humano o, como acuñó Unamuno, desde la intrahistoria. Podemos notar esta corriente en obras recientes como Los girasoles ciegos (Alberto Méndez, 2004).

Pero si nos remitimos a la época justamente posterior a la instauración de la democracia, entre los años ochenta y noventa, nos encontramos con autores que analizan las consecuencias de la guerra civil en ese presente, como fue el caso de Beatus ille (Antonio Muñoz Molina, 1985) o La casa del padre (Justo Navarro, 1994), a la que nos acercamos hoy.

En otras palabras, se trata de una revisión a los sucesos posteriores a la guerra y a las actuaciones de los personajes que participaron en los mismos, teniendo en cuenta que fueron quienes sobrevivieron y quienes, finalmente, actuaron en su tiempo para alcanzar el presente. De la misma forma que sucedía con la obra de Ayala o de Méndez, hay también un rechazo a la visión maniquea a favor de una búsqueda de personajes grises, de matices. 

En la novela, la acción se acota en seis meses del año 1942, desde la visión de un narrador presente, Navarro, que ha combatido en la División Azul, por lo que es condecorado con la Cruz de Hierro, y que regresa ese año a Málaga con una herida por metralla mortal, la cual le arrebatará la vida en unos meses.

Sin embargo, se traslada a vivir con su tío a Granada para pasar sus últimas semanas de vida en un entorno que se considera más saludable y donde podrá hacer algún provecho. La elección de ambas ciudades y la aparición de personajes en una y en otra nos dará cuenta de la situación tan radicalmente distinta que se vivió en ambas durante la guerra: mientras que Granada fue tomada de forma veloz por el frente nacional, Málaga sufrió cruentamente la guerra en un considerable periodo de tiempo. No obstante, pese al recurso del trasfondo histórico, no estamos ante una historia real, sino ante materia de ficción, como defiende el autor, Justo Navarro.

Justo Navarro
Seguramente sea el gris el color y el tono que inunda toda la obra a partir de la voz narrativa, de carácter muy personal. Para comenzar, en su estilo excesivo y muy reiterativo, que provoca el cansancio en la lectura ante la reformulación de frases que cuentan la misma idea tornando al sujeto y a los objetos, aunque en ocasiones estos cambios produzcan una variación en el significado. En efecto, es una obra para permanecer atentos, que deja claves de interpretación y donde no se resuelven las cuestiones, sino que se da una visión parcial, la del narrador, que en todo caso se exculpa.

Aunque el estilo empleado no resulta nada agradable, al contrario, es irritante, y precisamente es uno de los mayores impedimentos para su lectura; no obstante, podemos considerarlo como una característica realizada adrede para incomodar y para entrar a su vez en una especie de mantra que actúe como filtro de la realidad. Esa voz, de un carácter muy personal, actúa como filtro de la historia en todos sus aspectos: los sucesos, las descripciones, los personajes... Efectivamente, es un narrador interesado en lo que cuenta y, por lo tanto, capaz de engañar al lector.


Yo sabía que Portugal era periodista, protegido de un protegido de Serrano Suñer. Decían que había estado en Pamplona y en Burgos en el Servicio de Prensa y Propaganda, adonde había llegado desde Granada, fiel a la causa nacional, aunque en Granada los nacionales habían fusilado a su hermano. Portugal era sospechoso porque habían fusilado a su hermano, que se parecía mucho a Portugal. Llegó a decirse, con el tiempo, que Portugal no era el verdadero Portugal, sino su hermano.

A través de ese filtro mencionado se configura todo lo que sucede y se ve en la novela el tono gris que lo inunda todo. Así, la descripción de las ciudades nos traslada un clima irreal, pese a la precisión. Por ejemplo, Granada da la sensación de ser una ciudad fantasmagórica y turbia, que traslada la moralidad gris que el autor pretende otorgar a la sociedad que describe a la propia configuración de la ciudad, como un ser vivo más de la novela.

La historia que nos transmite Navarro es el conjunto de tres tipos diferentes de novela a partir de las características que podemos extraer de su narración. El argumento se centra en la relación de Navarro con varios personajes de Granada, centrándose especialmente en el Duque de Elvira, muerto en el presente, y en su esposa, Ángeles, por la que el protagonista está enamorado y con la que parece mantener una relación de amantes.


En todo este proceso, el protagonista nos narra su entrada en la etapa adulta, afrontado las características de una novela de formación, como pudiera serlo El guardián entre el centeno (J. D. Salinger, 1951), pero distorsionada, entre otras cuestiones porque el protagonista no tiene la mirada inocente al principio, todo lo contrario, pues además tampoco es un niño y tiene entre sus experiencias, la vivida en el frente ruso. Pero también porque hay una cuenta atrás hacia la muerte por los seis meses de vida diagnosticados que le quedan, así que no tiene toda la vida por delante. Sin embargo, no hay una tragedia tratada de forma trascendental, ni siquiera la muerte de su padre, que resulta ridícula, ni el descubrimiento del sexo o ni siquiera un amor triunfal y justo, ya que está enamorado de una mujer casada, para cuyo amor deberá esperar (o colaborar en) la muerte del Duque de Elvira. 

La actitud del protagonista sí se relaciona con la de un adolescente que se queja y que se considera una víctima, sin considerar las consecuencias de lo que él provoca para satisfacer sus deseos. Precisamente, la narración que se establece en la novela es la de la memoria, manipulada para justificarse y quedar impune moralmente del juicio sobre su pasado, pese a que se establece la trampa en la novela con múltiples referencias a su mala memoria y a la construcción de recuerdos falsos. Incluso en las ocasiones en que parece confesar alguna verdad difícil para su situación, orienta la narración hacia otro tema.


En el plano relativo a la novela histórica, destaca más que la narración de hechos reales, pese a la intervención de personajes que sí existieron (como el comandante Valdés o Queipo de Llano), la construcción de un tono de posguerra gris, donde destaca la creación de una realidad a base de rumores que transmiten inseguridad y desconfianza a la sociedad. Se añade a esto diversas sensaciones de rechazo y agobio por la presencia de soldados mutilados por culpa de la guerra o de la División Azul, que causan incomodidad en los demás, pero también por las numerosas traiciones y la represión franquista, con el claro ejemplo del baile en los Baños del Carmen, cuando la ausencia de uno de los componentes de la orquesta que está tocando se debe a su asesinato. El peso del pasado, incluyendo las relaciones con familiares opuestos al régimen, es otra continua sombra que ensombrece a la sociedad de la novela.

Cruz de Hierro
No obstante, no quiere esto revelar que existan malos y buenos, pues todos colaboran en la creación de esta atmósfera, que a su vez se corresponde con la novela negra, complementada con varios factores: misterios tales como los sucesos relativos a la carrera militar de Navarro en la División Azul para alcanzar el mérito a la Cruz de Hierro, el asesinato del Duque de Elvira o la verdadera identidad del hermano Portugal muerto; el tráfico de dinero a través de chantajes y, también, el transvase y la negociación a través del uso de la información y de los secretos, estos últimos moviendo los intereses reales de los personajes y que se relacionan directamente con los misterios, ahí tenemos al Duque de Elvira, cuyo trabajo en la novela es dedicarse a rentabilizar su conocimiento de secretos: O nadie tenía nada malo que decir del Duque de Elvira, o el Duque de Elvira tenía cosas malas que decir de todos, el Duque de Elvira, traficante de secretos y silencio, que compraba con silencio propiedades inmobiliarias.

En definitiva, una obra en la que Justo Navarro trata de justificar la miseria moral de la sociedad en su actualidad a través de la creación de esta misma miseria en los personajes del pasado de la posguerra. Y este retrato se completa precisamente por el protagonista que narra los hechos: un impostor que medra y progresa socialmente gracias al uso de secretos y a la lucha por el mantenimiento de mentiras que guarden su vida y su progreso. Una visión pesimista sobre nuestro mundo que no nos lega ninguna esperanza. Una historia que si bien puede resultar interesante, aunque se sume a un subgénero muy visitado en la producción española, lo cierto es que se desarrolla con una narrativa que responde a la lógica del autor, pero que dificulta, irrita y convierte su lectura en una experiencia difícil.



Oppi, de Justo Navarro

25 noviembre, 2013

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Narrada en primera persona, Oppi nos cuenta un episodio en la vida de Navarro, cuando conoció a Marta Oppi o cuando la moto del profesor Espada fue robada. Precisamente bajo esta última idea se desarrolla la sinopsis que encontramos de la obra del autor granadino Justo Navarro, que presta su apellido para el protagonista de esta novela juvenil de 1998, titulada en una edición posterior de 2005 como Oppi, una obsesión.

Justo Navarro Velilla
Aunque no podamos hablar de una experiencia biográfica, el autor deja en la novela multitud de referencias relacionadas con la Granada de finales de los años noventa y de los sucesos sociales más relevantes, al menos para un adolescente como es el protagonista, de 1998. Siendo principalmente un novelista, antes de esta novela de carácter más juvenil y liviano, había sido premiado por sus obras Un aviador prevé su muerte (1986) o La casa del padre (1994), y de forma más reciente ha escrito El espía (2011). Seguramente esta sea su obra menos conocida, sobre todo por su carácter.

Como obras similares, tanto anteriores como posteriores, la novela nos sitúa ante un narrador protagonista que cuenta una experiencia de su pasado, cuando tenía catorce años. Tres temas principales se desarrollan a la par en la obra, algunos con más espacio que otros: el robo de la moto del profesor Espada, el cambio de casa por la demolición del edificio donde vivían y el paso a la adolescencia desde la infancia.

Portada de 2005
El primero de los argumentos servirá de excusa para todos los acontecimientos del libro, mientras que los otros dos parecen circunstanciales. No se trata, como en los libros de Los cinco de Enid Blyton o en la saga de Flanagan de Andreu Martín y Jaume Ribera, de una investigación detectivesca, sino más bien de una continua reflexión sobre unos hechos que alteraron durante unos días la vida de Navarro, el protagonista, y que tuvieron lugar en una etapa de su vida de cambio, como supone el paso a la adolescencia o el cambio de casa. 

Esos dos puntos son los que podemos destacar de la novela. El primero recorre todas las reflexiones del protagonista, tanto de forma directa como indirecta, haciendo alusión al aumento de las responsabilidades, pese al poco deseo de Navarro, la distancia que marca con su madre, con la que se reservará algún secreto, la conciencia de estar mintiendo y, por tanto, su posterior remordimiento y culpa. En cuanto al segundo, sirve también para realizar las descripciones más logradas del libro, que hace hincapié sobre todo en el anonimato de los vecinos, que poco a poco tomarán identidad, o en cómo el hogar adquiere una parte de nosotros y de nuestras vidas.

No obstante, aunque las reflexiones y descripciones puedan resultar interesantes, el resto de elementos de la trama pecan de ser arquetipos, estereotipos de este tipo de obra. Estos clichés se resumen principalmente en el carácter de los compañeros de clase, donde no falta el cotilleo, el deportista o el matón repetidor, pero también los hermanos mayores algo brutos o la incomprensión de la nueva relación amorosa de su madre. Podemos destacar, a su vez, el estilo de vida de estos jóvenes de los noventa, que convivían en casi fraternidad, yendo de casa en casa, al estilo de un pueblo más que de una gran ciudad, parte de las características que tiene Granada en sus barrios.
 
Estadio Nuevo Los Cármenes (Granada). El protagonista ve el estadio desde su casa
Y, para no mirar a ningún sitio, miraba las marcas en la mesa, huellas de uña o navaja o punta de lápiz o bolígrafo, y leía nombres que ya no eran de nadie, y todos los nombres, todas las voces que habían sonado en aquella clase a lo largo de muchos cursos me zumbaban en aquel momento en los oídos. (pág. 23)

Portada de 1998
Precisamente el personaje que da nombre a la novela, Marta Oppi, es el elemento diferente a la vida corriente descrita. Se trata de alguien extravagante, con una personalidad extraña para el protagonista, que altera su vida con su presencia y lo atrae, entendiéndolo como una especie de primer amor. Pese a sus breves y pocas apariciones, da muestras de pertenecer a una familia adinerada, revestida de superficialidad, y ocultando sus verdaderos pensamientos o su verdadero yo. Sigue la estela, marcando las distancias, de un personaje como Gatsby, o igual que sucederá con Marina en la novela homónima (reseñada por MB) de Carlos Ruiz Zafón, publicada meses más tarde, ya en 1999.

Otro personaje relevante es el profesor Espada, que llega a protagonizar varias reflexiones del protagonista así como ser una obsesión por la culpa. Este hombre muestra una doble vida como feliz profesor de matemáticas e infeliz hombre en su vida diaria, por diversos motivos. Se trata de una exploración de la parte adulta hacia la que se dirige el protagonista inevitablemente, aunque no sea profunda

La narración redunda en la repetición de elementos, en ocasiones dando un rodeo a la narración para volver a un mismo punto. El tipo de texto está simplificado, quizás adaptado al tipo de lector para el que se pensaba el libro, con redundancia en las conexiones con y, así como el empleo de fórmulas que avisan al lector y le dejan adivinar los sucesos siguientes, aunque la resolución final sufra de un pequeño giro. No falta tampoco el recurso humorístico, alguna aclaración entre paréntesis y un carácter, en ocasiones, olvidadizo, fruto de la distancia en el tiempo del recuerdo.

Plaza Bib-Rambla (fotografía de MB)
Era y soy miedoso, veía visiones. A medianoche, a oscuras, la bola del mundo de mi padre se elevaba de la mesa y se iluminaba, aunque llevaba años sin funcionar. A medianoche veía bolas de luz. A medianoche lloraba. (pág. 49)

Aparecen también diversas referencias culturales, como libros, especialmente El increíble hombre menguante, de Richard Matheson (del que nuestro colaborador Javier reseñó su adaptación cinematográfica), música, por ejemplo, la canción Leave home de Chemical Brothers o una mención al grupo Sex Pistols, así como menciones a hechos históricos, sobre todo deportivos, o personajes famosos. Como curiosidad, gracias a estas referencias podemos reconocer que la acción de la novela sucede en mayo de 1998.

En definitiva, no se trata de un libro excepcional y, como novela juvenil, sigue una línea ya conocida, con ciertos estereotipos, que no desmerecen, sin embargo, sus aciertos, descripciones y reflexiones. No obstante, no podemos decir que Oppi vaya a ser una lectura inolvidable como Marta Oppi resultó ser para Navarro.

Escrito por Luis J. del Castillo



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