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Akron, de Sasha King y Brian O'Donnell, y Mario, de Marcel Gisler

19 agosto, 2018

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Akron es una bonita ciudad. Se halla situada en el estado de Ohio, EEUU, y tiene el aspecto de un pueblo apacible y cordial. Sin embargo, aquí sucedió una tragedia tiempo atrás. Un chico de unos ocho años estaba peligrosamente sentado sobre la calzada cuando fue atropellado y muerto. Los productores y realizadores, Sasha King (-) y Brian O’Donnell (-), planifican la escena dejando claro que la conductora, Carol Welling (Amy da Luz), no lo vio, y poco pudo hacer por evitarlo. Se trata de un momento crucial, correctamente resuelto por medio de la imagen.

Por supuesto que todo esto es pura ficción. O tal vez no. Una de las cosas que más llaman la atención en la bonita película Akron (Ídem, Wolfe Releasing, 2015), es cómo una serie de detalles que pudieran parecer anecdóticos, devienen significativos y conducen a pensar que la historia que se va a desarrollar sucedió realmente (con las características que fuera respecto a la pareja protagonista). Más tarde haré referencia a algunos de ellos (aprovecho para pedir excusas por anticipar algunos aspectos de las sucesivas tramas, pero es que si no, no hay forma de abordar un comentario. Trataré, no obstante, de no desvelar las conclusiones definitivas).

Ha transcurrido el tiempo, y el joven Benny Cruz (Matthew Frías), residente en Akron y con origen mexicano, acude a un partido de fútbol para suplir a un jugador ausente. Allí conoce a Christopher Welling (Edmund Donovan), un colega por el que se siente atraído. Después del partido, Benny le pide su número de teléfono y ambos inician una relación.

De regreso al pasado, los realizadores fijaron la atención de lo sucedido a través del punto de vista del pequeño Christopher, el ocupante más pequeño del vehículo involucrado en el accidente. En el presente, el Christopher adulto tendrá algunos flashes de estas confusas imágenes de la niñez, hasta que la contemplación de una fotografía en casa de los Cruz le hará comprender lo acontecido: su madre atropelló al hermano de Benny.


A pesar de todo, Christopher desea permanecer al lado de Benny, por lo que ambos emprenden un viaje hacia Jacksonville, Florida, donde reside ahora la madre del primero, con objeto de pasar unos días de asueto y presentarle a su pareja. La verdad también queda desvelada para Benny, con lo que la relación entre los chicos corre serio peligro.

Uno de los aspectos más curiosos, por no decir dramáticos, es que los padres de Benny, Leonora (Andrea Burns) y David (Joseph Meléndez), aceptan con toda normalidad la identidad sexual de su hijo, mostrándose sumamente -y con toda lógica- trastornados en lo tocante al accidente. Tan abiertos y francos para unas cosas y tan cerrados para otras. En realidad, el proceso de maduración que se expone en Akron, que bien podría haberse titulado cuando el destino nos alcance, se refiere más a los padres (a todos) que a los hijos (también, pero en grado menos severo). Los detalles realistas a los que me refería antes muestran a Benny llamando a sus padres tras la revelación, para ver qué tal se encuentran (francamente bien, por cierto), o se centran en la reacción de estos a posteriori.

En efecto, el bloqueo emocional que supone el descubrimiento será más de Leonora que de Benny. Cuando los muchachos deciden seguir unidos, tras una breve y penosa ruptura, habrán de demostrar(se) la fortaleza de su relación, comenzando por la asistencia a una representación de Arsénico y encaje antiguo (Arsenic and Old Lacey, 1941), de Joseph Kesselring (1902-1967), obra teatral en la que interviene la hermana de Benny, Becca (Isabel Machado).


Pero será este un proceso dificultoso. Especialmente dolorosa es la conversación que Benny sostiene con su padre, cuando este le asegura que debe abandonar a Chris, ya que se elige por los que te aman (refiriéndose a la familia), echando mano a tópicos como que ya se pasará el dolor por la separación. A lo que añade la frase envenenada de solo queremos lo mejor para ti, y esperamos que desees lo mejor para nosotros.

Más tarde, la propia madre espeta a Benny que lo acontecido en el pasado todavía está sucediendo, a lo que el hijo replica que yo estoy aquí ahora (no en el pasado).

Pero alegrémonos por Benny y Christopher, que han decidido seguir juntos contra viento y marea. La tensión que desprende Akron convive con otras simpáticas situaciones, como la razón que impide a Christopher salir inmediatamente del coche de Benny. La forma en que ambos chicos se conocen tampoco es traumática, sino completamente natural, y eso también está bien contemplado.

Respecto a la película suiza Mario (Ídem, Triluna – Carac – SRF Films, 2018), es fácil advertir una deuda argumental con la reciente Llámame por tu nombre (Call Me By Your Name, Luca Guadagnino, 2017), pero esto no debe persuadirnos a la hora de apreciar todo lo que la película ofrece, que es muy interesante y está resuelto con eficacia.

Sucede que Mario Lüthi (Max Hubacher) inicia una relación con el nuevo jugador de su equipo de fútbol, Leon Saldo (Aaron Altaras). Ambos tienen la posibilidad de una carrera futbolística en primera división. Salvo que se descubra dicha relación.

La inseguridad que acucia a Mario queda bien patente en el lapso de tiempo que transcurre hasta que le devuelve a Leon el beso con el que anteriormente este le había sorprendido; o en la triste imagen -que certifica todo lo que vendrá a continuación-, en que el atribulado Mario regresa al coche de su representante, el asesor de jugadores Peter Gehrling (Andreas Matti), segundos después de haber sido literalmente expulsado del mismo. Entre la familia y los patrocinadores, apenas dejan a Mario que tenga voluntad (como en la novela de Azorín [1873-1967], ciertamente). Todo resulta que es por su bien, por cuidar de sus intereses, por su provenir. El “su” de Mario es el “yo” de los demás.


Lo peor para ambos muchachos está por llegar, y lo hace en forma de comisión de investigación debido a un rumor de homosexualidad (desconozco el tipo de mundillo que se describe y en qué medida resulta extrapolable, pero es el que muestra la historia). El caso es que Gehrling no se indigna por que los chicos hayan sido espiados y acusados, y sí porque tal rumor supone una difamación. Y aunque tiene razón al quejarse de que el cargo es anónimo (luego se sabrá quién es el responsable), el representante de la comisión del club deportivo deja otra perla al explicar que sea verdad o mentira no importa, nadie en el comité tiene un problema personal con el asunto, pero están preocupados por los patrocinadores, la afición y el club, que encarna una cierta imagen en el exterior. Aparte de los problemas que causaría al equipo semejante contrariedad.

Más tarde, Gehrling insistirá en que algunas cosas son tabú, como las drogas, el sexo con menores y las cosas gays (sic), que no se hacen siendo jugador (equiparando, por lo tanto, todos estos comportamientos, y dando fe, de paso, acerca de quiénes son los auténticos enfermos). Para terminar de arreglarlo, Peter Gehrling alentará a Mario a desahogarse, como es propio de la edad, pero en modo alguno a mantener una relación de pareja. El mundo al revés. En cuanto a Leon, su asesor no se queda corto al reprenderle diciendo que con tus compañeros (en plural) no te acuestas, no es profesional.

Estos personajes, cercanos a una (realista) película de terror, insisten en que hay que saber elegir entre querer ser un profesional o divertirse (sic).


De este modo abrupto, y más debido a las provocaciones de los jugadores (para nada compañeros) del equipo, que por la comisión, Leon y Mario se ven obligados a negar las acusaciones y a conducirse como heteros, hasta que Leon no puede soportarlo más y renuncia al cargo (deportivo), y Mario decide permanecer en el armario, sometiéndose a una operación de imagen heterosexual. Solo contará con el apoyo de su madre, Evelyn (Doro Müggler), pero este es más moral que efectivo, aparte de con la inestimable ayuda de su amiga de la infancia, Jessy Moravec (Jenny Odermatt), que se hará pasar por su novia de cara a la galería.

Desalentado, Mario convierte los impedimentos en obstáculos. Cuando al fin se da cuenta, por desgracia, el tren ya ha pasado. No en vano, aunque a veces no seamos capaces de llegar, lo importante es ir. Un viaje que Mario ha decidido no emprender, sin duda con la ayuda impositiva de quiénes lo rodean (o lo cercan).

Pero no olvidemos que son dos los protagonistas. Para Leon, la decepción es tan aguda, que no contesta a las cartas y mensajes que, según comenta Mario, le envió.

La realización de Marcel Gisler (1960) es bastante correcta, pudiendo destacar algunos momentos de puesta en escena especialmente tensos, como he tratado de referir.


Sin ir más lejos, las conversaciones con los progenitores son desmoralizadoras. Especialmente, con el padre de Mario, Daniel Lüthi (Jürg Pluss). Ya es aterrador comprobar cómo existen muchos papás y mamás que se limitan a procrear, porque para educar a los hijos ya están los institutos, en lugar de para aprender. No es el caso de las películas que nos ocupan, desde luego. Aquí lo que ocurre, sencillamente, es que los padres no están preparados para que sus descendientes sean individualmente emancipados respecto a la identidad sexual, allende los cánones que tildan de normalidad.

Con el cine de temática gay suele suceder, además, que la mayoría de las veces nos narran la misma historia, más o menos alterada. Es decir, las vivencias personales, por lo general, del realizador, compartidas en forma de película (y hay testimonios verdaderamente desasosegantes). Ahora que una filmación se ha hecho relativamente accesible, con la suficiente financiación, esta forma de expresión se ha convertido en algo bastante común. Lo cual ni es bueno ni es malo, todo dependerá de los resultados que arroje la película en tanto producto cinematográfico (que argumentos aparte, también es el aspecto que aquí nos interesa resaltar).

Tanto Akron como Mario son dos buenos relatos, narrados no ya con honestidad argumental, sino con eficiencia cinematográfica (que no todos la muestran, ni por asomo).


Total, que cuando no es la egoísta incomprensión de los padres, que creen que los hijos han de estar hechos a su imagen y semejanza (no hablo solo de transmitir unos determinados valores), es la burla de los compañeros (por llamarlos de alguna forma), o la tiranía de las circunstancias socioculturales, o los distintos cinturones de la Biblia o el Corán, o la decepción emocional que producen quiénes tan solo desean aprovechar el tirón para desahogarse (heteros u homos), o incluso iniciar una relación para después no mostrar el menor interés por llevarla a buen término. El caso es que, sea por una razón u otra, parece que siempre nos ha de coger el toro. Pese a todo, ánimo y a la plaza.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Para el sábado noche (XLV): Campanadas a medianoche, de Orson Welles

24 agosto, 2015

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El personaje de John Falstaff, modelo de cierto oportunismo afable y víctima de la ingratitud, fue empleado en la lírica por autores como Antonio Salieri (1750-1825) o Giuseppe Verdi (1813-1901). Campanadas a medianoche (Falstaff / Chimes at Midnight, Alpine/Sirius, 1965) retomó este personaje creado por William Shakespeare (1564-1616), recurrente desde c.1597 a 1602 en obras como Enrique IV, Enrique V o Las alegres comadres de Windsor, en esta ocasión para el cine y bajo la dirección de Orson Welles (1915-1985).

Filmada en España, con producción de Emiliano Piedra (1931-1991) y el auspicio en la distribución de Harry Saltzman (1915-1994), productor de la saga de James Bond, la película contó, además, con la música de Angelo Francesco Lavagnino (1909-1987), la fotografía de Edmond Richard (1927), en un acertado empleo del blanco y negro, siempre dispuesto a contrastar con un mayor realismo los aspectos más dramáticos; y la edición de Fritz Muller (-). Todos ellos bajo las correspondientes indicaciones del realizador, pendiente en cada momento de las labores de iluminación, fotografía y montaje (el ritmo de la película), como elementos cinematográficos imprescindibles y definidores de una determinada personalidad.

A ello podemos sumar la colaboración del espléndido Ralph Richardson (1902-1983) como narrador, el cual nos pone en antecedentes acerca del derrocamiento y posible asesinato del rey Ricardo II de Inglaterra (el 14 de febrero de 1400) a manos de su primo, el duque de Lancaster, coronado rey con el nombre de Enrique IV (1367-1413; el siempre sólido John Gielgud).


El nuevo monarca tiene un sucesor en la figura del Príncipe de Gales, el despreocupado y mundano príncipe Edward, conocido como Hal (Keith Baxter), que malgasta el tiempo junto a su colega –de abolengo más que de amistad- Ned Poins (Tony Beckley).

Ambos frecuentan la compañía de John Falstaff (Orson Welles), considerada perniciosa en la corte pero tolerada por su apoyo a la causa del rey, por escuálido que este sea. Todos son cobijados por una posadera (la genial Margareth Rutherford), en un fresco tan azaroso como naturalista, que se completa con los lores Northumberland (José Nieto), su hermano, el taimado Worcester (Fernando Rey), y el hijo del primero, Harry Percy (Norman Rodway).

Un ritmo endiablado acompaña a un texto rotundo como certeras descargas, y el deambular de los personajes por un escenario que -como el castizo bollo- solo pertenece a los vivos, aunque a veces los difuntos aviven las conciencias. Así le sucederá al rey usurpador, que tras todos sus esfuerzos anhela un descanso (eterno) que no termina de llegar, agotado por las luchas con los rebeldes; en tanto que el príncipe, en su cómoda adversidad, encuentra con facilidad amigos que, finalmente, habrá de considerar como perjudiciales o comprometedores, por mor al invisible pero implacable decreto que establecen las clases sociales. “El honor es un escudo funerario”, le comenta Falstaff.


Capturados rostros (almas), conversaciones o pensamientos seccionados en dos o más planos, miradas sostenidas, cambios de perspectiva por medio de encuadres picados o contrapicados… Welles emplea todo el arsenal visual cinematográfico, aprovechando los medios de que dispone. Cualidad frente a cantidad. Ejemplo de ello es la estupenda batalla, adecuadamente caótica y enlolada. Naturalista ejemplo de otros recursos igualmente físicos, como esos chorros de luz que se derraman por los interiores –físicos o espirituales-, los planos poblados por lanzas y espadas, o colmados de nubes o neblina, y la fisicidad de la piedra (de los escenarios reales, en su doble acepción), del suelo, la techumbre o una corona…

También distinguimos el travelling que persigue a los personajes por el bosque, junto a la utilización de árboles y otros soportes de madera, destinados a hacer montar a los combatientes, enfundados en sus armaduras, sobre sus caballos. Y es que la planificación sardónica del director toma como base una elocuente oratoria, no por preciosa menos corrosiva; soporte, a su vez, del deseo –o necesidad- de querer aparentar, de la hipocresía y de todo un desfile de amistades en pos del interés, sustrato de la vida como espectáculo trágico y esperpéntico.

Welles presta su puesta en escena a la capacidad de Shakespeare de convertir en palabras el pensamiento de los seres humanos, en una perfecta y sincronizada representación del logos -como verbo y entendimiento-. Significativas y bellas metáforas que declaman la futilidad ante el paso del tiempo; puesto que El Bardo fue ante todo poeta, consciencia que prevalece, muy acusadamente, en sus obras teatrales.


Falstaff tampoco escapa a dicha pose. Como un soberano en su particular trono, es un personaje que trata de sobrevivir por medio de la astucia y la picaresca; él y sus allegados, en compañía del príncipe. Hasta organizan un simulacro, que también es una anticipación, entre “rey” y “heredero”, con la única diferencia de que un cojín y un cazo suplen a la corona. Al fin y al cabo, todo cachorro acaba por crecer…

“Cuando seas rey no ahorques a los ladrones”, le pide al futuro Enrique V el curioso sir John Falstaff, líder de un ejército de harapientos, “desperdicios de una larga paz…”, en una coyuntura que se complementa con la divertida selección de los más “aptos” para entrar en batalla, en la vivienda del hidalgo y juez de paz Robert Shallow (Alan Webb). Humor en el que se inscribe el elogio al jerez por parte de Falstaff o el uso de los “lavabos” en la posada.

Otras presencias estimulantes parecen, sin embargo, más anecdóticas, como la incorporación de la meretriz Dora (Jeanne Moreau), aunque el eximio Falstaff-Welles también se las ingenia para dedicarle, siquiera de pasada, una reflexión: “tú también me olvidarás cuando me haya ido”. El deseo de amar es tan eterno como el deseo de poder.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XVII): Andreas Vollenweider

23 noviembre, 2013

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Hemos compartido varias veces con los seguidores de nuestro Baúl un tipo de música seductora e imaginativa. Lejos de caer en etiquetas (mucho menos en la “meditativa”), y puesto que cada autor, pertenezca a la corriente que pertenezca, no deja de tener un estilo propio -si es un creador genuino-, queremos acercarnos hoy a la figura del suizo Andreas Vollenweider (Zúrich, 1953), un compositor e instrumentista del que puede asegurarse que (también) posee un sonido propio.


A través de su productora Colomba, y con principal distribución de –parece un juego- Columbia (CBS primero y CBS/SONY después), Vollenweider fijó su propia personalidad por medio de un excepcional empleo del arpa eléctrica.



Es en los ochenta y primeros noventa donde se inscribe, a mi parecer, lo mejor de su obra. Como en las artes, muchos de los artistas que la configuran se quintaesencian, tienen su momento de eclosión. Trabajos como el inicial Behind the gardens de 1981 (anoto los títulos principales de forma abreviada, algunos son más extensos), y los posteriores, e imprescindibles, Caverna mágica (1982), White winds (1984, que puede componer un díptico con el anterior), Down to the moon (1986), Dancing with the lion (1989) y Kryptos (1997) -este último con la particularidad de incorporar un conjunto instrumental más amplio-, evidencian el talento de Andreas Vollenweider para proporcionar una música tan fascinante como evocadora, siempre acompañado por un fiel conjunto de músicos, o amigos, como se especifica en los CD’s o vinilos; tales como Pedro Haldeman, Walter Keiser, Christoph Stiefel, Matthias Ziegler, y vocalistas como Eliza Gilkyson o Carly Simon.


De ese modo, el también magnífico Book of roses (1991) supone una amalgama de todo lo anterior, potenciando los aspectos étnicos y melódicos, ofreciendo un todo orgánico de lo más portentoso.


Mención especial merece, así mismo, el trabajo Eolian minstrel (1993), pues aunque Vollenweider ya había experimentado con la voz, como un instrumento más, volátil y sublime, supone un logro notable por presentar un conjunto de canciones, bellamente interpretadas por la cálida voz de Eliza Gilkyson. De una de ellas ofrecemos el correspondiente enlace, junto con otro bello tema instrumental, perteneciente a White winds (1984).

Andreas Vollenweider ofrece una música persuasiva, colorida y descriptiva; reservada pero no impenetrable, “hermética”, pero no críptica. Con ella podemos regresar a los escenarios favoritos de nuestro pasado, sobrevolar los campos al anochecer e introducirnos en frágiles arquitecturas de sonidos. Tal vez incluso dentro de este mismo espacio-tiempo.




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