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31 julio, 2012

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Portada de Cartuja (fotografía de MB)
Julio ha llegado a lo más alto, situándose como el mes con más entradas de este año 2012, un total de 15, repartidas entre todos nuestros colaboradores actuales. No obstante, las vacaciones junto a la caída en visitas del mes anterior, han afectado a nuestras estadísticas, llegando este mes sólo a 15.000 visitas, que nos llevan a los 160.000 que tenemos en general, superando las 150.000. Cada día vamos aumentando nuestras visitas gracias a las nuevas entradas, por lo que actualmente tenemos unas 700 visitas diarias. En seguidores hemos aumentado de 88 a 90, y en nuestro Twitter también subimos de 132 a 136. Hemos recibido algunos comentarios, pero, ¡siempre esperamos tener más! Os animamos a hacerlo ;)

Ha sido un mes marcado principalmente por la literatura y el cine, con el ciclo vampírico de Fisher terminado gracias a Patomas al hacer la crítica de Las novias de Drácula y Drácula, el príncipe de las tinieblas. A nivel literario, remarcamos haber comenzado el mes con un clásico como Don Álvaro o la fuerza del sino y terminarlo con otro como los Artículos de Larra, pero también hemos tocado literatura contemporánea, comentando las novelas El tiempo que querría y Las cosas que no nos dijimos. Y la publicidad también ha sido protagonista, con Calvin Klein y los campañas veraniegas.Y por último, pero no menos importante, una mención a Nocturnabilia, libro de relatos donde participa Campanella, autor de Heliópolis, y uno de nuestros descubriendo.

Portadas de Viente pétalos y de la versión Kindle de Nivaria

Además, siguiendo con literatura, queremos hablaros de Viente pétalos, el resultado final del proyecto Tinta por Lorca, del que ya hablamos. Queremos felicitar a los organizadores y a los autores premiados: Caro Musso, Julieta Carrizo, Ana Iturgaiz, Macarena Sánchez, Victoria Rodríguez, Óscar R. Arteaga, Vanessa García, Velia Luna, Adriana Andivia, Isabel Keats, Susana Gallego, Stephania Gil, Raúl Martín, Leara Martell, María Jesús Juan, Patricia Pérez, Kelly Dreams, Nené Torreira, Lucía G. Lavado y Melanie G. Alexander. Ellos son los autores de veinte relatos que componen este libro, cuyos beneficios serán destinados a la reconstrucción de Lorca, ciudad española que sufrió un terremoto en 2011. Cuando esté a la venta os pondremos dónde podéis conseguirla para colaborar con este proyecto. Por otra parte, uno de los premiados, Óscar R. Arteaga, es el autor de la novela de la que tantas veces hemos hablado: Nivaria, la cual está ahora disponible en su versión Kindle en Amazon por la cantidad de 1,03 €, un precio que no busca beneficios, sino lectores, ¿todavía no te has embarcado en la historia de Mara?

Y para concluir, el próximo mes seguiremos en esta línea, con entradas literarias, cinematográficas y de publicidad, aunque no descartamos volver a hablar de música. Por otra parte, estamos descubriendo nuevos blogs de reseñas que recomendamos y algunos con los que nos hemos afiliado. Esperamos también vuestros comentarios y os deseamos unas felices vacaciones a los que las tengáis.

Un saludo,
L.J.

PD: El grupo El Beso del Escorpión ha preparado un concurso para la portada de su nuevo single, lamentablemente el plazo termina mañana y no hemos podido darle la difusión necesaria. Os dejamos en este caso con un video de Sortilegio, padres de un estupendo niño llamado Rodrigo al que le dedican cada mes una de sus canciones. En esta ocasión tuvieron un público muy especial y os aseguro que merece la pena echarle un vistazo a este video hasta el final ;)



"Un buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador"
                  -Federico Fellini



Clásicos Inolvidables (XVI): Artículos, de Mariano José de Larra

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Mariano José de Larra (1809-1837)
Con las Cartas marruecas comentamos el éxito de los periódicos y su expansión en el siglo XVIII, lo que supuso una revolución y una serie de cambios en la escritura prosaica. La corriente costumbrista, que llega a España gracias principalmente a la influencia francesa, crecerá vinculada al desarrollo de la prensa, adoptando la forma de artículos periodísticos. José Clavijo y Fajardo es un ejemplo importante de esta tendencia en el siglo XVIII, escribiendo para El Pensador y siendo el precursor del costumbrismo que conoceremos posteriormente.

Esta herencia será retomada con características románticas en los años veinte del siglo XIX, siendo su consolidación definitiva como costumbrismo romántico en 1831, con la publicación de la revista literaria Cartas españolas (conocida a partir de 1832 como Revista española, huyendo así de la herencia del siglo XVIII), donde aparecerán sistemáticamente textos costumbristas románticos gracias a los tres principales autores de este género: Estébanez Calderón, Mesoneros Romano y Mariano José de Larra.

Este último ha recibido más fama en nuestros días, siendo de lectura obligada para escolares con las recopilaciones de sus textos titulada como Artículos, de estos escribió más de doscientos en apenas ocho años. No es para menos, teniendo en cuenta que es considerado uno de los mejores representantes del romanticismo literario español, junto a eminentes figuras como Bécquer, Rosalía de Castro y Espronceda. Larra pertenece al principio del siglo XIX, y su etapa literaria se desarrolla en el contexto de las Cortes posteriores a la década ominosa, es decir, a partir de 1833.

Durante su vida se publicó en Madrid una recopilación de sus artículos bajo el nombre de Fígaro, en 1835. En los dos años posteriores se dedicó especialmente a la política, de la que acabó desencantado publicando también en su vida, disconforme con el curso de la sociedad española. Este hecho, junto al dolor de su separación definitiva con Dolores Armijo, reflejados en sus últimos artículos, le llevaron a suicidarse el 13 de febrero de 1837, después de una visita de Dolores donde la mujer negó cualquier posibilidad de volver a estar juntos.


Pese a fallecer de forma tan temprana, con 27 años, era bastante conocido, por lo que su entierro fue multitudinario, estando presente un joven Zorrilla, quien leyó una elegía dedicada al escritor. Años más tarde, a principios del siglo XX, se realizó un homenaje por parte de algunos miembros de la generación del 98, quienes se identificaron con su pensamiento y su preocupación por España.

Estos detalles los podemos descubrir en sus artículos costumbristas, alguno de los cuales comentaremos a continuación, y que mantienen la principal característica de su corriente: describir la observación de la realidad más inmediata, por lo que suelen hablar de la ciudad en la que habitan o del propio día en que se escribe. Este fundamento sería esencial para las novelas de finales de siglo, con el realismo y el naturalismo.

El Duende Satírico del Día
Dentro de los textos de Larra, encontramos El café, uno de sus primeros artículos, publicado en El Duende Satírico del Día, antes de la creación de Cartas españolas. Reúne las dos clases de textos del costumbrismo romántico: la escena y los tipos. El primero corresponde a la descripción de una situación que el autor considera pintoresca, mientras que la segunda es el retrato de personajes, reflejando las costumbres y los oficios de la época. Larra describe de esta forma el escenario de un café español, donde la vida se desarrolla con los diferentes clientes, el fiel reflejo de la sociedad española. Actúa como un periodista, observando y describiendo cómo funcionan los diferentes personajes a los que ve, como un señorito lechugino, un tipo que presumía e invitaba a los demás, pero sin tener realmente dinero, como nos desvela Larra. En temas políticos trata de ser imparcial, pero deja traslucir su liberalismo de forma inevitable.

En otros artículos, mostrará su preocupación por la educación de la época. Un caso relevante es La educación de antes, donde, de forma irónica, criticará al siglo XVIII como exponente de una educación tradicional y mojigata, que impedía el desarrollo de los jóvenes. Sin embargo, en otro de sus artículos, El casarse pronto y mal, rechaza los cambios radicales de las costumbres producidas por las convergencias entre las políticas conservadoras y liberales, que empujan a los jóvenes a vivir de forma desenfrenada. Observamos que Larra rechaza ambas educaciones extremistas, situándose en un liberalismo más moderado.

Portada de Cátedra
Y como romántico, no puede evitar mostrar la idea de sociedad fracasada, la cual se vislumbra en su crítica a la educación, pero se hace más fuerte con su crítica a la pena de muerte. Este tema es visto por los románticos como una injusticia que deshumaniza a la sociedad y muestra su completo fracaso. Así lo muestra Larra en sus artículos Un reo de muerte y Los barateros.

El primero refleja que la culpa del criminal que se va a ajusticiar es compartida por toda la sociedad, quien no ha sabido amparar al condenado ni educarlo para que no cometiera tal crimen. No obstante, esta sociedad no comprende ese error y acude a las ejecuciones públicas como espectáculos, en un juego dantesco y horrible que es bien visto por todos, sin ver el fracaso que supone ver morir a uno de los suyos.

Además, señala Larra, un mal, como pude ser un asesinato, se soluciona con otro mal, el cual no se considera como tal al tildarlo de justicia. En este artículo también critica a la Iglesia como institución, aunque habla de la religión con amargura, considerando que quienes creen tienen un consuelo que él no comparte. El título de este artículo coincide, además, con un poema de Espronceda que trata el mismo tema. 

En el segundo artículo, Los barateros, se muestra la falta de protección dentro de la cárcel, donde no hay ley, pero sí castigo. Si un criminal asesina a otro, pudiendo hacerlo en un duelo que nadie detendrá, este será ajusticiado, sin haberle dado amparo a ninguno de los dos. Este hecho supone un fracaso más de la sociedad. Estos fracasos sociales, de los cuales Larra piensa que no tendrán fin, forma parte de un sentimiento de moral vital que recorrerá todo el Romanticismo, alcanzando los treinta primeros años del siglo XX y que tendrá su reflejo en obras como Sobre los ángeles de Alberti o Poeta en Nueva York, de Lorca.

Tumba de Larra, compartida con Gómez de la Serna (fotografía de Luis García, retocada por LJ)
Por último, uno de sus artículos más populares: Vuelva usted mañana. En este artículo, que se podría aplicar perfectamente a la realidad, describe dos realidades, una como concepto general, la pereza española, y otra como concepto específico, el mundo burocrático. En el artículo narra la llegada de un extranjero que, desconociendo el funcionamiento del país, se muestra imparcial, al mismo modo que el protagonista de las Cartas marruecas. Sin embargo, según avance su aventura, su visión se hará más crítica y negativa, mostrando los defectos de la burocracia española y extendiendo la pereza de este sistema a todos los españoles, a los que considera culpables de la falta de progreso de su país, por frenar las reformas y el desarrollo.

Unos artículos que, escritos a principios del siglo XIX, pueden ser leídos para revisar la situación de la sociedad española aún en la actualidad, encontrándonos con que las personas, pese al avance del tiempo, no cambian tanto.

Escrito por Luis J. del Castillo

Publicidad No-Subliminal (XVII): Un verano lleno de reclamos

30 julio, 2012

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Los meses veraniegos son para muchas grandes marcas el periodo más esperado para triunfar; un momento crucial para aumentar las ventas de determinados productos vinculados o con especial demanda durante esta estación del año. Aunque de forma general, muchos de estos productos siguen consumiéndose durante el resto del año, durante este periodo muchas de estas marcas o empresas intensifican las estrategias y campañas de marketing y publicidad. En la gran mayoría de casos, estas estrategias se planifican previamente durante meses para recibir la estación veraniega y los periodos vacacionales donde crece la demanda de este tipo de productos.


Aunque las playas se inunden de gente y la oficina quede medio vacía, el marketing sigue su curso incansable y sin descanso. Por todo ello, y para cumplir los objetivos de ventas, es de vital importancia impulsar este tipo de acciones de marketing que ayudan a destacar y posicionar cada uno de los productos y marcas. Con la llegada del verano y de forma especialmente destacada, las empresas y agencias de servicios turísticos comienzan a desplegar toda su artillería publicitaria en una guerra de precios y ofertas variadas altamente competitivas.  Viajes, hoteles, vuelos y actividades de ocio son algunos de los servicios más demandados durante esta época del año.

En el sector de consumo, marcas y bebidas refrescantes como Coca-colaPepsi, Schweppes, Fanta o Estrella Damm son algunas de las más destacadas en cuanto a su despliegue publicitario y acciones de marketing durante esta época del año, no sólo a través de los medios audiovisuales, sino a través de otro tipo de acciones, como el Field marketing, que supone una importante inversión en merchandising con el objetivo de generar mayor proximidad y nuevas experiencias junto a los consumidores. Coca-Cola es un anuncio que tiene, como no podía ser de otra manera, un marcado sabor veraniego, y en el que se recurre a la siempre socorrida y habitual asociación del popular refresco con el mundo de la música. Así, nos vemos inmersos en la actividad de una playa cualquiera de la amplia costa española, y se nos habla de la capacidad que tiene la música para cambiar vidas, en especial la del joven que toca el ukelele y que tiene un papel esencial en el desarrollo de la acción del spot.


La evolución de las nuevas tecnologías y el incremento de la actividad de los usuarios de Internet ha aumentado la demanda de servicios relacionados con las telecomunicaciones, sbre todo en aquellos servicios denominados Internet móvil, que nos ofrecen la posibilidad de seguir conectados desde cualquier lugar y en cual momento. Actualmente, empresas como MoviStar, Vodafone u Orange, se posicionan como las más destacadas en este sector, con servicios de conectividad que experimentan un notable aumento de su demanda durante este período estival tanto por parte de los usuarios particulares como de los clientes con un perfil empresarial.


La publicidad televisiva es sin duda un claro ejemplo donde encontrar muchas de las marcas y productos que buscan llegar al consumidor en este periodo del año. Desde productos de belleza y estética, bronceado y cuidado de la piel hasta los productos dietéticos y saludables para sobrellevar el verano. Sin embargo, la caída de la inversión en los medios tradicionales, incluida la televisión, que durante esta época del año experimenta una notable falta de atención por parte de los telespectadores, induce a los anunciantes a la búsqueda de nuevos canales y soportes alternativos para llegar al consumidor.

En este aspecto, Internet se posiciona como el mejor aliado, ya que, además, sigue aumentando en sus niveles de audiencia, así como una gran inversión y de confianza de los anunciantes gracias, en parte, a la posibilidad de desarrollar y dirigir sus campañas de forma segmentada.



Sin embargo, los consumidores siguen siendo fieles a sus costumbres y sobre todo conservando la fidelidad hacia sus marcas y productos de consumo favoritos a pesar de reducir notablemente los gastos innecesarios y excesos que suelen ser habituales durante los meses de verano.

Sin duda, y como consencuencia de la crisis, el consumo general se ha visto moderado en muchos sectores, algo que hace que muchas de estas marcas y empresas intensifiquen sus acciones de marketing y publicidad de temporada. La llegada del verano es el gran momento, la gran oportunidad para muchas empresas y marcas, sobre todo para aquellas que han sufrido de forma más intensa los efectos de la crisis durante el resto del año.



Escrito por Mariela B. Ortega


Para el sábado noche (IV): Drácula, príncipe de las tinieblas, de Terence Fisher

27 julio, 2012

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Tercer y último título en la magnífica filmografía de Terence Fisher sobre el personaje del vampiro, Drácula, príncipe de las tinieblas (1966), se envuelve en una pátina de atracción mórbida y temor contemplativo sin perder un ápice del vigor narrativo y visual (acrecentado por el formato scope) expuesto por Fisher en sus dos trabajos precedentes. Hasta tal punto que la ominosa amenaza del mal impregna cada plano y cada localización (ya sea un bosque mortecino o una bulliciosa taberna). En suma, se refuerza la excelente idea del personaje ausente, un Drácula fuera de campo, aunque siempre presente pese a todo(s), en desatada pero contenida caracterización (servida con su habitual oficio por Christopher Lee).

Portada del film
Aquí el que no aparece es Van Helsing, sino el padre Sandor, magníficamente interpretado por Andrew Keir (es otro el personaje y otro el estilo, pero el actor lo borda igualmente). Otro carácter fuerte y resuelto, enfrentado ya en su primera aparición a -idea a retener- la vulgaridad del pueblo, dispuesto a tomarse la justicia por su mano y mantener una serie de creencias basadas no ya en la superstición (el personaje del vampiro en la película es real, obviamente), como en una indiscutible autoridad de la mayoría por el mero hecho de serlo. Idea inquietante, como decía. Completa el reparto un sólido plantel de actores, de entre los que destaca la entrañable Barbara Shelley (aquí en un papel similar pero distinto al efectuado en la anterior Drácula de 1958).

 
Drácula, príncipe de las tinieblas proporciona una nueva fiesta de goce estético a través de calculados movimientos de cámara por el decorado, leves, precisos y siempre significantes, casi diríamos que semióticos. Por ejemplo, la cámara flotando por dicho decorado, como si se tratara de la imperiosa llamada del aún durmiente anfitrión del castillo. Ello sin detrimento de formidables momentos de terror físico. El más destacado, por su pavorosa naturalidad, el de la resurrección de Drácula itself.


Como señalábamos antes, el elegante estilo visual de Fisher se concreta en esta tercera entrega a través de las posibilidades expresivas del formato ancho y de la disposición de los actores, imbricados en cada plano en el entorno o el decorado, logrando nuevamente una perfecta armonía entre atmósfera y puesta en escena, elementos consustanciales al séptimo arte e imprescindibles dentro del (buen) género fantástico. Estos son los poderes de Fisher. Los poderes sobrenaturales del cine, que el británico nos descubre bajo los ropajes del mejor cine de género. Tanto huye el realizador del innecesario subrayado como del ajo (eran otros tiempos, en efecto).


Por tanto, que Drácula no pronuncie una palabra por insatisfacción ante sus líneas de diálogo o que la vestimenta del padre Sandor no sea históricamente la más acertada, me parecen tonterías, que si no exigimos a otros realizadores más sesudos (evito dar nombres), no veo por qué hay que exigírselas a Fisher. En cualquier caso, el resultado sigue siendo magnífico. Y no sería la primera vez en la historia del cine que una producción poco menos que caótica, proporcionara una obra maravillosa (sea o no la película que tuviera en mente el realizador), tal y como fue el caso de Casablanca (Ídem, Michael Curtiz, 1942), Duelo al sol (Duel in the sun, King Vidor, 1946), Moby Dick (Ídem, John Huston, 1956), Cleopatra (Ídem, Joseph L. Mankiewicz, 1963) o Star Trek (Ídem, Robert Wise, 1979), por citar unos pocos títulos conocidos.


Una nota final acerca del doblaje: aclaro que me entusiasman las versiones originales con las voces originales y sus matices, timbres y prosodias, pero da la casualidad de que soy igualmente un enamorado del doblaje clásico, de las hermosas voces españolas, dignas de todo elogio que, digamos hasta mediados de la década de los 80, permitieron a mucha gente acceder al cine, confiriéndole una indeleble personalidad y potenciando, si cabe, su calidad original. Pero una moda, esta sí siniestra, se extendió entre algunas de las ediciones de clásicos en formato DVD, la de sustituir, por cuestiones crematísticas, los doblajes originales por otros nuevos, totalmente impersonales y faltos de nervio, de los que éste título que nos ocupa, fue un caso especialmente sangrante. A evitar por tanto el doblaje reciente; para ello siempre quedará su versión original.


Regresaremos a Fisher y la Hammer no muy tarde, pues siempre es como volver a casa.

El hombre en el laberinto y La torre de cristal, de Robert Silverberg

25 julio, 2012

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En esta ocasión nos adentramos en el mundo de la ciencia ficción, o para ser más precisos, en el mundo de Robert Silverberg (Nueva York, 1935). Y lo hacemos a través de dos de sus obras más representativas, cercanas en el tiempo (1969 y 1970) y editadas recientemente con tino por la imprescindible La Factoría de las Ideas. Sirvan ambos relatos para rendir desde nuestro Baúl un merecido homenaje a su fantástico autor.

Robert Silverberg
Cronológicamente, la primera obra es El hombre en el laberinto, que nos presenta a una humanidad en expansión y con capacidad de autoregenerarse (para poder aparentar una edad satisfactoria aunque se tengan más de ochenta años, de este modo, la esperanza de vida se ha alargado considerablemente). Un mundo donde la hermenéutica es aplicada a todas las funciones comunicativas. Por contra, hay cosas que no han variado. La hipocresía sigue siendo la única constante en el universo. Y víctima de este mal tan humano es el protagonista del relato, Richard Muller, piloto explorador y embajador terrestre, que contrajo una curiosa enfermedad (no para sí mismo, sino para con los demás, y que lógicamente no desvelaremos), durante una delicada misión de contacto con los habitantes de un nuevo mundo alienígena. Esta dolencia lo convierte en un desterrado, un paria, razón por la cual decide abandonar su planeta, la Tierra, y su gente, para encontrar consuelo en otro mundo, deshabitado pero con capacidad para la vida, y que cuenta con unas ruinas fabulosas repletas de trampas (la ciudad-laberinto), antiguo testimonio de una civilización extraterrestre hace tiempo desaparecida. 


Estos son los antecedentes, pues el relato comienza stricto sensu cuando nueve años más tarde, Muller, aparentemente feliz en su voluntario retiro, lejos del mundanal ruido, recibe la visita de sus congéneres los terrícolas para que nuevamente les preste su ayuda, precisamente debido a la misma capacidad que provocó su rechazo. Así, Muller acaba entablando relación con uno de los viajeros espaciales, el joven Rawlins, un chico puro, aún no contaminado (por esas otras contaminaciónes con la cual los humanos sí pueden vivir), y quien de algún modo, continuará por la senda de exploraciones solares de su héroe. No desvelo nada vital, ya que el relato se centra en los intentos de los expedicionarios por atravesar el laberinto y dar con Muller, en las conversaciones de este con Rawlins una vez establecido el contacto, y en la resolución final del atormentado ex piloto con respecto a la nueva misión que le es ofrecida.

En dicho desarrollo se intercalan los oportunos flashbacks que proporcionan al lector la comprensión de los acontecimientos del pasado. Memorable resulta uno de ellos, la secuencia del hotel a la vuelta de su misión con los alienígenas, un magnífico ejemplo de tensión cinematográfica.

Si Muller, excelente retrato psicológico de su autor, decide ayudar a los de su especie tras haber sido rechazado, o si recupera parte de su humanidad perdida debido a su retiro, son cuestiones que ya dejamos al lector. 


En La torre de cristal (1970) el reconocido autor de Brooklyn nos presenta un futuro no muy diferente, si bien aquí aún no se ha producido aún el ansiado encuentro con una civilización extraterrestre. El hombre ha viajado por el sistema solar, pero es ahora cuando la posibilidad de contactar con otros seres inteligentes es un hecho (a través de los “taquiones”, más rápidos que la velocidad de la luz). En esta coyuntura, un empresario con posibles, Simeon King, construye una enorme antena que él mismo ha desarrollado (la torre) con ayuda de androides, ocurriendo que estos le toman por una deidad, viéndose King forzado a desmentirlo con fatales consecuencias (como todas las revoluciones, parecen justas hasta que se tuercen debido a intereses particulares o partidistas: entre los androides también hay castas). Pues bien, los androides, además de clasistas (el siempre presente orgullo de estirpe), comienzan a mostrar sentimientos (como sabemos, tema desarrollado también por Philip K. Dick un año antes), siendo su catalizador el androide apodado Alfa Vigilante.

Ideas estupendas impregnan el relato, como la de que el hombre necesita motivaciones para poder seguir adelante, ya que siempre ha de avanzar como el pez saliendo del medio acuático por vez primera, como recuerda Simeon King. También tiene cabida en el relato el juego espacio-temporal a través del transportador, y entre las propias personalidades con el derivador de mentes colectivo (objeto este bastante trascendente en el relato), planteándose el eterno conflicto entre caracteres, en este caso entre padre e hijo: Manuel King no llega a comprender realmente a su padre, y viceversa, aunque nunca dejen de quererse. La torre de cristal ofrece además uno de los más sentidos y hermosos finales que recuerdo haber leído.

 
En ambos casos, Silverberg hace gala de su habilidad en el estudio de caracteres, caracteres humanos. El autor desparrama ideas, como en toda buena obra de ciencia ficción, sumamente atractivas a la par de inquietantes, ya que por ejemplo nos presenta a Muller, muy a pesar suyo, como un condensador de los anhelos y las frustraciones humanas. De igual modo, nos recuerda el autor que de poseer la capacidad telepática, los humanos no podrían convivir los unos con los otros. ¡Demasiada sinceridad sería fatal! Y no por real resulta menos aterradora aquella definición del mismo personaje cuando recuerda que existe en la Tierra una necesidad histórica: la de cometer una traición por el bien común de cuando en cuando.

A través de una prosa concisa y elegante, nunca superflua, subyace en estas dos estupendas obras de Robert Silverberg una visión final que tiene mucho de esperanza en las bondades del hombre. No seamos perversos y digamos ¡ciencia ficción pura! Digamos que Silverberg tiene razón. 


Escrito por Javier C. Aguilera

Intocable, de Olivier Nakache y Éric Toledano

24 julio, 2012

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El cine europeo, eclipsado en la mayoría de ocasiones por el estadounidense, nos ofrece grandes éxitos cada cierto tiempo. Uno de ellos, el más reciente, proviene de Francia y tiene el título de Intocable (Intouchables, 2011), cuyo título no inspira la comedia con tintes dramáticos ante la que estamos, basado en una historia real, la amistad entre Philippe Pozzo di Borgo, tetrapléjico millonario, y Abdel Yasmin Sellou, su asistente a domicilio. El argumento fue descubierto por sus directores en un documental del año 2004 y la película se ha convertido en todo un éxito, permaneciendo diez semanas consecutivas en el primer puesto de la taquilla francesa, siendo una de las películas más taquilleras de la historia de Francia. Superó a El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) como el film de habla no inglesa más taquillero de la historia del cine, con más de 312 millones de dólares.

Portada de la película
Rodado con una sencillez que nos envuelve durante todas las escenas, nos situaremos en la piel de Driss, un inmigrante de color que, recién salido de la cárcel, obtendrá un trabajo inesperado como asistente de un aristócrata tetrapléjico. Y desde la marginalidad de su barrio a una mansión que se convertirá en su casa, aunque todo pueda parecer un sueño. Aunque inesperado, el encuentro entre estos dos mundos tan contrarios dará un fruto valioso: la amistad por encima de las diferencias, fusionando la música clásica con la música disco, la elegancia con la moda más urbana. La experiencia de Driss y su falta de tacto con la situación de su jefe nos llevarán a situaciones donde no faltarán carcajadas desde una situación que, a priori, es dramática. Huye, de esta forma, de la lágrima fácil, consiguiendo envolvernos de la risa más sincera.

Olivier Nakache y Éric Toledano, directores del film

La complicidad de los dos actores protagonistas, cuyo trabajo es formidable, consiguen crear una atmósfera perfecta. La versatilidad de Omar Sy como Driss, mostrando todo su carisma en lo que es un personaje que gana presencia según avanza el film, llenándose de encanto con cada sonrisa, contagiando así un mundo estricto y serio en el que se había convertido la vida de Philippe. François Cluzet, desde la silla de ruedas, nos demuestra un gran talento, transmitiendo toda clase de emociones sólo con su rostro y los escasos movimientos de cabeza que le permiten este personaje. Con excelentes diálogos y aderezado con una banda sonora magnífica, la película nos hará descubrir la sensibilidad humana, esa solidaridad social que se basa en tratar a cualquier persona como una más, porque todos somos humanos pese a nuestras diferencias. La tragedia de un accidente de parapente, con la situación amarga de la viudez, serán los elementos dramáticos que se puedan ver en la vida de un aristócrata que quiere seguir viviendo pese a cualquier discapacidad. Y el encargado de ser sus manos y sus pies será un asistente que ni siquiera sabe serlo.




La película comienza con un flashfoward que, con la presentación de los créditos, tendrá su explicación a mitad de la película, siendo un comienzo in media res que nos llevará a un flashback que compone el film entero, hasta llegar al punto exacto del principio, del que partirá hasta el final. Es justo ese el momento elegido para decir que estamos ante una historia basada en hechos reales, quizás un factor innecesario, aunque a muchos espectadores les puede devolver la ilusión en la humanidad gracias a estos dos personajes.

No obstante, al centrarse en la relación de sus dos protagonistas, deja de lado algunas tramas que hacen su pequeña aparición, pero que no alcanzan la relevancia que podría tener, como la relación con sus parientes, quienes ven con malos ojos -tal y como la realidad de Pozzo di Borgo- a su ayudante. Pero este hecho no empaña para nada una obra apasionante que nos mostrará lo mejor del ser humano.



Escrito por Luis J. del Castillo

Que la muerte te acompañe, de Risto Mejide

21 julio, 2012

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Chico no conoce a chica. Así empiezan realmente casi todas las historias de amor. Y así suelen permanecer, con suerte, durante mucho tiempo. De hecho, la mayoría de relaciones se acaban precisamente cuando chico conoce a chica, o viceversa. Ésta es la historia de Toscano y Paula, dos almas gemelas que no se conocen de nada, pero que se intuyen demasiado. Se intuyen tanto que están dispuestos a cualquier viaje para encontrarse. Ella, a través de los placeres y servidumbres de una primera cita. Él, a través de un cielo de lo más publicitario y comercial. Y entre ellos, la única barrera que dicen que es insalvable, la muerte, y el único fin que justifica todos los medios, el amor.


Risto Mejide, director creativo publicitario, colaborador de televisión y, ahora, también escritor, es conocido por generar polémica allá donde esté presente. Un personaje que desata pasiones y odios al mismo tiempo, algo de lo que abiertamente presume. Su salto a la popularidad lo protagonizó en Operación Triunfo, donde su sarcasmo e ironía ácida al valorar como jurado a los concursantes se convirtió en todo un espectáculo al margen del propio reality. Su mera presencia eleva el caché de cualquier concurso de talentos en decadencia, como es el caso de su último éxito en televisión, Tú sí que vales, y su conocida sentencia hacia los concursantes «Yo no te compro». Tal y como era de esperar, tras la publicación de El pensamiento negativo y El sentimiento negativo ha quedado patente que su faceta literaria es una extensión de su facilidad de palabra, con el lenguaje audaz y la ironía que le caracterizan. Puede que ésta, su primera novela, nos atraiga hacia su lectura el renombre de su autor, Risto Mejide (su verdadero nombre tras cambiar Ricardo por su correspondiente en finlandés con 18 años, según contó en una entrevista en La Vanguardia), pero terminaremos leyéndolo y disfrutando por la novela en sí.


¿Cómo venderías tu vida si en ello estuviera la llave de las Puertas del Cielo? Ésa podría ser la pregunta clave que ronda en cada página de Que la muerte te acompañe. Una novela de fácil lectura pero de difícil asimilación, tal vez por lo cercano del tema que angustia a Toscano o por la vida cargada de falsas apariencias de Paula. El personaje de Toscano, sobre todo al principio, tiene ligero parecido con la imagen de hombre duro y arisco que Risto muestra en televisión. Pero no sólo en el protagonista, también en la mayoría de personajes podemos ver repartidos ciertos toques del carácter del autor, claves que junto al argumento de la novela, a sus capítulos extremadamente cortos, a la numeración decreciente de sus páginas y a sus citas reflexivas, a veces tomadas de otras obras, hacen de Que la muerte te acompañe un libro verdaderamente peculiar. 


Risto nos transforma el hecho metafísico de entrar en el cielo en una metáfora de la publicidad a través de las distintas plantas de El Corte Inglés. Los personajes, cargados de personalidad, nos harán disfrutar del libro y conseguir que nos leamos sus 280 páginas en un abrir y cerrar de ojos.  

«Enamorarse es fuego. Un proceso que todo lo quema y todo lo consume, sobre todo a quien lo profesa. Como toda autocombustión, afortunadamente no dura para siempre. Nadie sobriviviría mucho tiempo a esa ceguera, a esa falta de cordura, a esa cerrazón».
 
Reflexiones como ésta, repleta de fuerza y sentimientos, podemos encontrar en esta novela, junto a Max, el personaje egoísta y vengativo, Toscano y Paula, quienes viven una vida llena de dudas e infelicidad.

Risto con su primera obra, El pensamiento negativo
En definitiva, Que la muerte te acompañe constituye toda una apuesta arriesgada por parte de su polémico autor, Risto Mejide, y que, sin duda, no dejará indiferente a todo aquel que lo lea; precisamente, el objetivo clave del escritor. Una novela de amor y de muerte, un tiempo de desamor y de olvido que se escapa poco a poco para ambos protagonistas y, consecuentemente, para cada uno de nosotros.

Y tú, ¿lo comprarías?




Escrito por Mariela B. Ortega

Publicidad No-Subliminal (XVI): Calvin Klein, provocación publicitaria

19 julio, 2012

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Calvin Klein es una de las firmas de moda con mayor notoriedad publicitaria en los últimos años. La casa de moda, fundada en Estados Unidos en 1968, no sólo cuenta con un variado catálogo en ropa masculina y femenina, sino que además cuenta con artículos deportivos, de joyería, relojes e innumerables fragancias.


El gran salto a la fama de esta marca llegaría el mismo año de su creación, y gracias a una afortunada casualidad. Su fundador y diseñador, Calvin Klein, se dedicaba a exhibir una pequeña línea de artículos de muestra en un piso alquilado en la ciudad de Manhattan. Poco tiempo después, el vicepresidente de otra conocida firma de moda, Bonwit Teller, se detuvo en el piso equivocado, pero le gustó tanto las muestras que allí pudo contemplar que no dudó en invitar a Klein a enseñárselas al presidente de Bonwit Teller.

Al año siguiente, en 1969, las colecciones de Calvin Klein ya aparecían en las portadas de las principales revistas de moda, como Vogue, Elle o Marie Claire en sus versiones estadounidenses. En la década de los setenta, los ingresos anuales se situaban sobre los 30 millones de dólares y Klein contaba ya con licencias en bufandas, cinturones, zapatos, gafas de sol y ropa para hogar. Posteriormente, con las licencias de cosmeticos, jeans, y ropa masculina, el volumen anual de venta llegó a los 100 millones de dólares.


En 1980, el negocio de los pantalones de mezclilla alcanzó su máximo histórico. En ese momento, Calvin Klein introdujo los boxer a la colección de ropa interior para hombre y mujer, con la cual recaudaría más de 70 millones de dólares en un año. 

El éxito siguió en esa misma década, en la que las ventas minoristas mundiales reportaron ganancias de más de 600 millones de dólares. La firma se vendía ya en más de 12.000 tiendas de Estados Unidos, y estaba disponible también en otros seis países. Además, a principios de los noventa, se comenzó a promover la colección de ropa interior con grandes anuncios espectaculares, mostrando en su primera campaña al entonces cantante Mark Wahlberg junto a la modelo británica Kate Moss, convirtiéndose en todo un éxito y siendo conocidos como los Calvins.


Las campañas de las firmas de ropa interior y jeans se han caracterizado por generar siempre un gran revuelo debido a que siempre aparecen escenas explícitas relacionadas con el erotismo y la sexualidad. El pasado año, la marca se ha visto en el centro de la polémica tras las diferentes denuncias recibidas como protestas ante una de sus últimas campañas publicitarias. El anuncio en cuestión muestra la figura de una modelo femenina casi desnuda, acosada y rodeada de varios hombres en una escena calificada como agresiva y ofensiva para la mujer. Las diferentes quejas y las numerosas denuncias recibidas sobre la campaña Advertising Standards Bureau, el organismo regulador de la publicidad en el Reino Unido, han servido como presión para que los anuncios comiencen a ser retirados de las vallas publicitarias donde eran exhibidos.

Según el propio organismo regulador, el anuncio de la campaña publicitaria fue calificado como una clara ofensa y un hecho degradante para las mujeres que son idealizadas como un juguete para los hombres. Pero también es necesario destacar que, tal y como vemos, la figura del hombre también queda de igual forma degradada, ya que se le vincula con el abuso y uso de la violencia sexual contra la mujer.


En este sentido, es cierto que muchos anunciantes de cualquier ámbito están sobrepasando las barreras éticas de la publicidad utilizando este tipo de estrategias, donde la violencia sexual es aprovechada como una herramienta de marketing. Porque el fin no siempre justifica los medios, y, por eso, para llamar la atención no es necesario recurrir a la crueldad o a la dureza personal para persuadir en la compra de dicha marca, sino emplear positivamente todo aquello que nos puede llegar a ofrecer.


Escrito por Mariela B. Ortega




Noticias: ¡Nocturnabilia a la venta!

18 julio, 2012

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¿Qué es Nocturnabilia? Esta es la pregunta que esta noticia puede provocaros. Para comenzar, deberíamos definirlo como un libro de relatos, al que no hemos hecho reseña ni crítica en este caso porque no lo hemos podido leer (aún), pero intentaremos hacerlo en un futuro. No obstante, queremos hablaros de ella, porque, además de parecernos un proyecto interesante, forma parte de él uno de nuestros descubriendo, que, como ya mencionamos, nos gusta seguir en trayectoria.


En este caso, se trata de Campanella, autor de Heliópolis, una obra que pronto veremos en papel, pero que sigue estando disponible online y de forma gratuita en su blog. Actualmente, nuestro autor se encuentra inmerso en la escritura de La Travesía del Arcoiris, segundo tomo de la trilogía que, esperamos, compondrá Heliópolis. Pero, además, el autor he escrito dos relatos breves que sirven de precuela al primer volumen, El Blues del Hada Azul.

Uno de esos relatos vendrá incluido en la edición impresa y versará sobre Rubí, uno de los personajes de la historia, en lo que será El Tango del Hada Roja. El otro, El Vals del Hada Verde, lo podremos encontrar en Nocturnabilia, como un relato más, que nos contará la historia de Esmeralda. Para aquellos que hayan leído ya El Blues del Hada Azul, estos personajes les será fácilmente reconocibles, a los demás, no sé a qué esperáis.


Sin embargo, Nocturnabilia no acaba con Campanella, es mucho más. G. Campanella es uno de los nueve escritores que colaboran aportando un relato a este englomerado de textos que nos abrirán los ojos a un mundo nocturno, no falto de humor, amor, fantasía y erotismo, cuatro claves repartidas entre Carlos G. García, Mónica Martín, Didi Escobart, Eduardo García, Juan Flahn, Sofía Olguín, César Augusto Cair, Diego Manuel Béjar y nuestro ya mencionado Galileo Campanella, con prólogo de Boti G. Rodrigo. 

A través de sus relatos, estos autores nos acercarán a la temática homosexual, cada uno con su forma personal de transmitir este tipo de historias, pero todos para hacernos ver que no hay que tener ningún prejuicio por la tendencia sexual de las personas, porque cada uno, siendo único y diferente a los demás, debe ser respetado y querido sin tener en cuenta esas diferencias.

 
Con todo ello, se trata, además, de una iniciativa solidaria, habiendo donado sus autores su trabajo para beneficio de la Federación Estatal de Gais, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales (FELGTB), que destinará este donativo a dotar de recursos los programas educativos con los que combate activamente el acoso escolar y la discriminaciónen en las aulas.

Fue presentado el pasado 21 de junio en Madrid, aquí podéis ver un fragmento de aquel evento y conocer mejor el proyecto. Podréis adquirirlo por 15 euros en las librerías madrileñas de Berkana y A Different Life, online a través de Gaymazon, y en ebook a través Amazon por 5,15 euros.

Y por último, recordando a Campanella, os dejamos un enlace a la nueva oportunidad que ofertó para las personas que quieran leer La Travesía del Arcoiris en un blog privado aportando diez euros como mecenas de El Blues del Hada Azul, lo que se te descontaría de la compra final de su edición impresa, que cuesta tan sólo veinte euros. Sin duda, una buena oferta, pues tienes la oportunidad de tener la edición impresa más su continuación online por el precio de uno.

¡No os perdáis estas oportunidades!

Para el sábado noche (III): Las novias de Drácula, de Terence Fisher

13 julio, 2012

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Los críticos, dentro de la humana, son una especie curiosa. Les gusta jugar a ser los descubridores de tal o cual cosa, algo en lo que el resto de los mortales no había reparado (a veces con años de retraso con respecto al avispado aficionado), hasta el punto de llegar a contradecirse con ellos mismos o con otros, aunque sus argumentos sean igual de sensatos que los propios. De este modo, por ejemplo, han llegado incluso a obviar con irritación la trascendencia del paisaje en los westerns de Anthony Mann (no fueran a estar de acuerdo con alguien), o a reivindicar obras y autores que ellos mismos se habían dedicado a desprestigiar (¡ay, qué sinceras son las hemerotecas!), con principios igualmente cinematográficos.

Portada de la película
Viene a cuento este prólogo-ladrillo a que vamos a comentar Las novias de Drácula (Terence Fisher, 1960), y a que con ello no pretendo descubrir nada deslumbrante, porque a estas alturas se ha hablado mucho -y bien- acerca de Las novias de Drácula, aunque siempre se pueda, obviamente, aportar algún atisbo nuevo. La obra en cuestión supone el segundo jalón del realizador Terence Fisher en su trilogía de los vampiros para la productora británica Hammer Films. Nuestra labor en este blog no es por tanto reinventar las obras maestras (e incluso otras obras muy dignas), sino divulgarlas modestamente. Y como la satisfacción está o debiera estar en compartir, si alguien que no haya visto la película se siente atraído por ella, habremos logrado nuestro objetivo.


A lo que vamos. Tras el éxito descomunal de Drácula (1958), que en esto el público se adelantó de nuevo a la crítica (si bien el público de entonces era de otra manera), Terence Fisher emprendió una segunda aproximación al mito del vampiro desde una perspectiva novedosa a varios niveles. En primer lugar, con lo que parecería un disparate, una película de vampiros sin Drácula (aquí el nexo de unión es el cazavampiros Van Helsing, interpretado nuevamente por el gran Peter Cushing), demostrando que se podía contar en imágenes un relato de vampiros sin tener que echar mano necesariamente del conde, ya que el relato de Drácula podía bifurcarse por otros vericuetos. Los créditos iniciales, con el hermoso paraje y el castillo transilvano al fondo así lo sugieren, ya que la acción pronto se traslada lejos de allí, apuntando que el mal provocado por Drácula halló otras victimas, convertidas ahora en discípulos.

En segundo lugar, novedosa por su despliegue romántico (queremos decir del sturm und drang, en español tempestad e ímpetu). Un romanticismo bello y aterrador concretado en su ambiente decimonónico: el cementerio, el brumoso bosque (fotografiado a la luz del día), una decadente familia aristocrática, la escuela de señoritas, la posada y albergue, unas relaciones perversas y, por supuesto, el castillo Meinster, culmen de la escenografía fantástica (todo obra del inigualable Bernard Robinson). 

M. Danielle en una escena del film
Podemos añadir incluso otro elemento propio del mundo de la noche, de lo ignoto, empleado aquí de forma “solar”, pues se convertirá en un factor crucial en la lucha final para acabar con el maligno, nos referimos a la luna llena.

Fisher transita por el relato a modo de un itinerario, casi diríamos que de cuento, es decir, con un personaje avieso, otro salvador y la damisela en peligro, una joven estudiante que se dirige a la escuela para señoritas, y que ofrece un distinto tipo de fémina, más mundana y resuelta, con respecto a las damas burguesas (magníficas también, pero que respondían a otro tratamiento) mostradas en el primer Drácula (1958). Se trata de otro tipo de chica amenazada, y por lo tanto, otro tipo de reacción se nos ofrecerá ante la transgresión.

David Peel caracterizado como el barón Meinster
Y el transgresor en esta ocasión será un barón Meinster (David Peel) muy atractivo y encantador, que se mueve con soltura por la sociedad de su tiempo. Un barón que se nos muestra un poco como son hoy algunos jóvenes, egocéntricos, egoístas y encerrados en sí mismos (de hecho, se alude claramente a los extraños juegos que practicaba el joven con sus amigos durante la adolescencia, lo que concluirá incluso con la eliminación de uno de los progenitores).

Peter Cushing caracterizado como Van Helsing
Del otro lado, Van Helsing, hombre de recursos, estudioso y culto, que acrisola otras virtudes victorianas: es práctico, elegante, expeditivo, solitario… e incluso sarcástico cuando toca serlo. Sin embargo, como apuntábamos, su evidente piedad hacia la baronesa, no impedirá que se cumpla su cruel destino en una secuencia inolvidable.

Fisher en plena grabación
Fisher filma el interior del castillo con maestría, sin caer nunca en la confusión visual, mostrando con la cámara lo que se nos antojan unas estancias ya vacías, antaño reflejo de risas y de vida. De tal modo que forma y fondo se funden en cinematográfica unión. La más pura que existe. Sin menear la cámara como hacen los que sí confunden confusión con complejidad, Fisher logra, porque sabe, transmitir el vértigo de toda la acción, a través de su refinada puesta en escena, lo que proporciona a la obra, fíjense por donde, una radical modernidad a día de hoy.
 
Escrito por Javier C. Aguilera

Las cosas que no nos dijimos, de Marc Levy

11 julio, 2012

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En nuestra vida muchas veces quisiéramos tener una segunda oportunidad para disfrutar de una persona que ya no está viva. Bajo ese concepto nace Las cosas que no nos dijimos, cuando Julia, una dibujante creadora de dibujos animados para niños, recibe un misterioso paquete de su padre, fallecido cuatro días antes de su boda y motivo de su aplazamiento. Ese paquete cambiará su vida y le dará la oportunidad de descubrir todo lo que no sabía de su padre, un hombre ausente y del que se había distanciado en los últimos años. Marc Levy escribió esta novela en 2008 en la estela del resto de sus obras: un acontecimiento trascendental cambiará la vida del protagonista.


Desde el año 2000, Levy ha traído al mundo editorial novelas que revolucionaron el panorama literario francés, aunque en principio su dedicación profesional nada tenía que ver con la literatura, comenzó a escribir su primera novela para su hijo. Pero si observamos los argumentos de sus obras, nos percataremos de que su línea es siempre la misma, comenzando por el protagonista, cuyo pasado tiene alguna clase de hecho traumático olvidado o ignorado, y que ahora lleva una vida feliz a simple vista. Sin embargo, cuando su pasado regresa mejorará su vida, haciéndole descubrir la felicidad y el amor real. En algunos casos, Marc Levy acude a hechos relacionados con la muerte o con enfermedades que llevan a acciones sobrenaturales a simple vista, rozando en algunos casos el realismo mágico que surgió en la literatura hispanoamericana. Procedimiento que sería original si no se hubiera convertido en una fórmula que emplea cambiando los hechos concretos.

Marc Levy, autor de la obra
Pero regresando a la novela que nos ocupa en cuestión, podemos apreciar que aunque la fórmula se repita, tiene fragmentos que merecen la pena. Marc Levy puede repetir el esquema, pero el contenido puede tener cierta calidad. La novela nace con una historia que parece solucionada, con una protagonista en los últimos días de su noviazgo, a puertas del altar, cuando recibe la noticia de la muerte de su padre, que será enterrado el mismo día en que hubiera sido su boda, aplazada por culpa de ese hombre ausente en su vida. 

No obstante, un paquete enviado por su padre lo cambiará todo y la hará comenzar un viaje donde lo irá conociendo más cuando parecía imposible. Es la segunda oportunidad de la que nos habla el subtítulo de la obra: ¿Y si tuvieras una segunda oportunidad?

Bajo esta premisa, la novela promete ser el descubrimiento de una relación paterno-filial, con quizás, secretos sobre las ausencias de su padre, con sus motivos personales. Sin embargo, a mitad de la obra, todo dará un giro hacia un camino distinto, comenzando a emplear un tipo de narración diferente durante todo un capítulo, y que nos llevará de un planteamiento inicial a un nudo que poco tiene que ver, con una historia amorosa que proviene del pasado desconocido de Julia en Europa, desvelado en este momento. Los personajes iniciales, como su prometido o su mejor amigo, ocupan un espacio muy pequeño en la obra en comparación a lo que se podía haber previsto en un inicio, incluso la historia de su padre irá disminuyendo en interés hasta algunos fragmentos del final, donde nos dejará algunas reflexiones sobre el amor familiar que pueden suponer lo mejor de la obra.

La caída del muro de Berlín será un acontecimiento relevante en la novela
Por lo demás, una historia de amor llena de casualidades que harán que lleguen a un buen fin aún cuando pueda parecer improbable. Y así, Levy nos regala una obra como tantas otras, donde todo sale bien y donde la vida de la protagonista mejora respecto a la vida feliz que pensaba llevar. Y el mejor personaje, quizás el más interesante, es el padre ausente y fallecido al principio. Las razones de que sea tan interesante, las dejo para el futuro lector de esta novela.



Eurekas y euforias, de Walter Gratzer

10 julio, 2012

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No es el campo de la literatura científica uno de los más representados en España, aunque haya un indudable interés en nuestro país. Pese a esfuerzos notables como fue aquella Biblioteca científica Salvat, con títulos básicos e inolvidables, alguna revista o algún que otro apartado (más escuálido que nutrido) formando parte de varias de las más prestigiosas editoriales, lo publicado ha sido escaso. Y para darse cuenta de ello no hay más que echar una ojeada al número de notas a pie de página con obras en inglés sobre infinidad de sucesos y la vida de sus descubridores (las pocas ediciones traducidas al español en los 70, 80 y 90 están más que descatalogadas). Pero de un tiempo a esta parte eso está cambiando. Y por ello es de agradecer la incansable labor editorial que desde hace unos años lleva a cabo Crítica / Drakontos en España, rescatando textos de enorme interés. Una colección dedicada íntegramente al estudio y divulgación del mundo de la ciencia desde una óptica -nunca mejor dicho- amena a la par de instructiva para con el ciudadano medio, no necesariamente un experto en ciencias, sino meramente un interesado por el mundo que le rodea.

Portada del libro
Dentro de esta ya bien surtida colección, destacamos una de sus últimas novedades (si bien, aunque reeditada en 2012, ya tuvo una primera edición con otro formato hace ocho años): Eurekas y euforias, que lleva el aclaratorio subtítulo Cómo entender la ciencia a través de sus anécdotas. Una recopilación de momentos estelares, repaso de chanzas científicas y recordatorio de ilustres colegas a un tris del olvido, realizada por Walter Gratzer, que como se nos indica, es catedrático emérito en el King’s College de Londres.

Afirma el autor en su introducción que la ciencia difiere de otros dominios del esfuerzo humano en que su sustancia no proviene de la actividad de aquellos que la practican. Espera ser descubierta, ya existe, y es colectiva. Citando a Claude Bernard recuerda además que el arte soy yo, la ciencia somos nosotros. Ambas disciplinas adquieren sentido cuando son compartidas, me permito añadir. Por la obra se pasean todo tipo de caracteres en distintas épocas del saber, como variada es la especie humana y su historicidad, constitutiva de toda comprensión, tal y como lo evidenció H. G. Gadamer, y pese a patrones casi siempre inalterables (la estulticia, por ejemplo; la obstinación, la vanidad, la imperiosa necesidad de llevar la contraria…)

Dmitri Mendeléyev, químico ruso (1834-1907)
De entre sus numerosos apartados, algunos de carácter más técnico, entresacamos varios pasajes fundamentales en la historia del progreso científico, de Hipatia a Newton, Lavoisier, Bunsen, Einstein, Darwin, Galvani, Herschel, Gauss, Marconi, Gamow, Hubble, y muchos más; así como los primeros experimentos con la electricidad, los celos entre paleontólogos, el descubrimiento del celacanto, el del radiocarbono, la penicilina, la aspirina, el DDT, las huellas dactilares del ADN (debidas a Alec Jeffreys), los neumáticos de Goodyear, la tabla periódica de clasificaciones de Mendeléyev, el fraude del cráneo de Piltdown, el origen de la expresión reacción en cadena, Edward Jenner y la vacuna de la viruela (que nos recuerda además el origen de la palabra vacuna), la medida del “metro”, las experiencias viajeras de Alexander von Humboldt, más el recuerdo de varias vidas truncadas, otras salvadas in extremis, sin excluir los descubrimientos en prisión, y multitud de anécdotas más.
Otto Stern (1888-1969)

De entre estas, entresaquemos algunas, como el curioso experimento sobre la desviación de un haz de átomos obtenidos del vapor de plata, al pasar a través de un campo magnético en el vacío.

Fue efectuado por el dicharachero y cinéfilo Otto Stern en EEUU (físico alemán, nacionalizado estadounidense; premio Nobel en 1943), y cuyo resultado dejó patidifuso a su artífice, cuando al observar la placa, el resultado quedó irremisiblemente alterado gracias al humo de los puros fumados por el científico, que solo unos días antes había cambiado su marca de tabaco de toda la vida, por una más barata y rica en compuestos de azufre, ¡todo lo cual procuró un inesperado avance en la comprensión de la teoría cuántica!

Pero en anécdotas gana por goleada (como se verá) Niels Bohr, el inolvidable físico danés, premio Nobel de física en 1922 y cuyo nombre fue puesto a un elemento químico (bohrio) y a un asteroide descubierto en 1985. Estando un día ejerciendo las labores físicas de portero durante un partido de fútbol, hubo de ser alertado por los gritos de la multitud ante la amenaza severa de un gol directo, mientras él se concentraba en desarrollar los conceptos de un intensísimo problema matemático en el poste de la portería.

Niels Bohr, físico danés (1885-1962)

No más en el mundo de los vivos que Bohr debió encontrarse André Marie Ampère, con cuyo nombre se conmemora la unidad de corriente eléctrica, el día en que acuciado por la necesidad de plasmar otro absorbente dilema matemático en plena calle, en el centro de París, halló oportunamente una pizarra negra donde escribir, que tras sesudos cálculos, resultó la parte trasera de un coche de caballos, que presto al servicio “huyó”, llevándose consigo todas las ecuaciones y la solución al problema para pasmo de Ampère. A lo cual debió exclamar el extraordinario hombre de ciencias –y perdón por el chiste fácil- ¡Esto no debe ser cosa corriente!

A. M. Ampère, físico francés (1775-1836)
Volviendo al imprescindible Niels Bohr, recordaba el físico James Frank como debido a la concentración ante una pregunta, Bohr quedaba transmutado en muñeco de peluche, con rostro plácido, mirada perdida, los brazos colgando, sin el menor asomo de vida. Hasta que repentinamente procedía a ofrecer la respuesta muy satisfecho. Durante una conferencia de Bohr en Edimburgo el físico Anatole Abragam relataba como advirtió la trascendencia de lo expuesto sin entender nada de su significado, ante lo cual preguntó a un compañero, Leon Rosenfeld, otro físico que hablaba francés, inglés, alemán, danés y bohr, “¿qué ha dicho en la conclusión?” Rosenfeld concluyó: “ha dicho que ha sido una sesión larga e interesante y que como debemos estar muy cansados es el momento para un refrigerio”.

Cuando Niels Bohr visitó el instituto de física de la URSS, a la pregunta de cómo había conseguido crear una escuela de físicos de primera línea, contestó: porque nunca me avergonzó confesar a mis estudiantes que soy idiota. Mención aparte merece el cómo Bohr se las apañó para hacer pasar desapercibidas tres medallas de oro (de dos colegas y la suya propia) ante los ojos de los hostiles nazis y de los inspectores de aduanas, en su huida precisamente del nazismo (estaba prohibido por Hitler sacar oro del país). Como recuerda el autor del libro, no es sorprendente que Niels Bohr fuera amado y reverenciado; era un hombre de valor moral y honestidad intelectual inflexibles, y totalmente privado de vanidad.

Francis Bacon, filósofo inglés

El experimento de Francis Bacon (1561-1626) y el pollo (1626-1626) es de no creerse. Intrigado acerca de la conservación de alimentos, detuvo su diligencia junto a una granja al norte de Londres para adquirir un pollo, que una vez preparado por la granjera, depositó en la carcasa, la cual inundaron de hielo y cubrieron de nieve, durante todo el trayecto que restaba a Londres. De esta guisa, Bacon enfermó de neumonía y escribió una última carta a su amigo el conde de Arundel diciendo que, aunque él estaba mortalmente enfermo, el experimento con el pollo había tenido un éxito excelente, dando muestras de su buen humor inglés.

A. Nalbandov (1912-1986)
Esta no sería la última vez que las aves proporcionaran respuestas a la ciencia. Con un final más feliz, el fisiólogo Andrew Nalbandov contaba como quedó desconcertado cuando comprobó que, efectuando la misma operación y bajo idénticas condiciones, un grupo de gallinas sobrevivía sin dificultad a su cirugía pituitaria (con el fin de descubrir la función de esta glándula) y otras no. Tras numerosas vicisitudes y vueltas a la cabeza, la solución vino cuando se descubrió que las gallinas en la oscuridad no comen (y por tanto desarrollan hipoglucemia, esto es, bajo nivel de azúcar en la sangre), algo de lo que no se podían recuperar, en tanto que las que permanecían iluminadas comían lo suficiente como para prevenir esta carencia. Todo dependió de la acción del conserje nocturno de la Facultad, que tras comprobar puertas y ventanas, prefería dejar las luces del animalario encendidas con el fin de encontrar con presteza la puerta de salida. Puesto que los periodos de supervivencia se correspondían con las ocasiones en que este conserje ocupaba su puesto, muchas gallinas le estuvieron eternamente agradecidas.

Humor, esta vez propio de un disparatado diálogo de besugos, es el ofrecido por dos eminentes geólogos, miembros de la expedición Ernest Shackleton a la Antártida en 1908. Ambos, E. David y D. Mawson, se proponían determinar la posición del polo sur magnético cuando sucedió que:

D. Mawson (1882-1958)
-Mawson
-¿Qué hay?
-¿Estás cambiando las placas?
-Sí.

Silencio durante un buen rato. 
-Mawson, ¿aún estás cambiando las placas?
-Sí.

Más silencio.
-¡Mawson!
-¿Qué pasa? ¡¿Qué quieres?!
-Bueno, Mawson, estoy en una posición más bien peligrosa. En realidad, ¡estoy colgando de mis dedos al borde de una grieta y no creo que pueda aguantar mucho más tiempo!


Glenn Seaborg, premio Nobel de química en 1951, fue consejero científico de una serie de presidentes norteamericanos. En una ocasión, un agresivo interrogatorio por parte de un comité del Congreso culminó en una pregunta retórica de un senador de mal carácter. Este le espetó: ¡Pero bueno, ¿qué sabe usted del plutonio?! Seaborg, emulando en la realidad a cierto personaje entrañable de una conocida película de Sáez de Heredia (Historias de la radio), respondió: “Bastante, fui yo quien descubrió ese elemento”.

Glenn Seaborg (1912-1999)
B. Silliman (1779-1864)

Benjamin Silliman, profesor en la Universidad de Yale durante la primera mitad del XIX, creó los laboratorios de química en dicha universidad. Se recuerda en el libro cómo encargó al fabricante local de instrumentos una docena de retortas, pero como solo tenía una muestra rota envió las dos piezas.

Tiempo después, Silliman recibió una docena de retortas de vidrio verde, cuidadosamente embaladas, todas quebradas por el cuello exactamente igual que donde estaba rota la muestra que había enviado. Recordaba el buen profesor con sorna sobre este hecho que la imitación, más que china, ¡solo podía haber sido hecha en Connecticut, ya que esta hubiera sido imposible en Filadelfia o Boston!


Max Born, uno de los fundadores de la teoría cuántica, acudió a un congreso internacional en Como en 1927. Durante una conferencia que le parecía un tostón y aprovechando la oscuridad que requiere el visionado de diapositivas, salió corriendo por el pasillo abajo comprobando que no era el único en hacerlo. El otro resultó ser Ernest Rutherford (premio Nobel de química en 1908), que se rió y espetó a Born. “Usted tampoco lo aguanta, ¿verdad?”. Paseando por el famoso lago surgió una solida amistad. Tanto fue así, que cuando poco después Max Born hubo de huir del nazismo como tantos otros, pudo establecerse en Cambridge y luego en Edimburgo por mediación de Rutherford.

Max Born (1882-1970)
Mención especial para todas aquellas mujeres científicas que sufrieron privaciones y ninguneo familiar y profesional por el simple hecho de querer dedicar su vida a la ciencia, asunto serio solo para varones. El autor recuerda a varias: Hipatia en la antigüedad, Madame Curie, Sofía Kovalevsky, Cecilia Payne, María Agnesi o la marquesa de Chatelet. Naturalmente, me sumo a la reivindicación de sus nombres.

Sofía Kovalevsky (1850-1891), Émilie du Châtelet (1706-1749) y Cecilia Payne (1900-1979)
 Abraham Pais, amigo, discípulo y biógrafo de Niel Bohr (nos despedimos con él, por supuesto) recordaba esta anécdota en el despacho de Bohr: Me pidió que me sentara y comenzó a danzar furiosamente por toda la habitación. Bohr nunca pronunciaba una frase completa. Con frecuencia se detenía en una palabra, la invocaba, la imploraba… para encontrar la continuación. Eso podía seguir durante muchos minutos. En ese momento la palabra era “Einstein.” Allí estaba Bohr correteando alrededor de la mesa y repitiendo “Einstein, Einstein…” Al cabo de un rato caminó hacia la ventana y miró afuera diciendo “Einstein, Einstein” […] En ese momento se abrió la puerta y entró Einstein de puntillas. Me hizo señas con un dedo para que me estuviese callado y quieto con pícara sonrisa en su cara. Entonces Bohr, con un sonoro y firme “Einstein” se dio la vuelta. No hace falta decir que Bohr se quedó sin habla. Allí estaba su amigo y colega, cuyos trabajos tantas vueltas le hacían dar a la cabeza, como si hubiera sido invocado. Instantes después, el hechizo se rompió cuando Einstein explicó el motivo de su visita y todos estallaron en carcajadas. El motivo fue que el doctor había prohibido comprar tabaco a Einstein. Sin embargo, no le había prohibido en modo alguno robar tabaco, que era lo que se disponía a hacer cuando entró en el despacho de Bohr. 

Einstein y Bohr
La estatua de Battersea
Estas y otras anécdotas, reales como la vida misma, tales como El caso de las orejas fláccidas, El asunto de la estatua del perro de Battersea, la vitalidad de los científicos en la época victoriana, los legendarios despistes de David Hilbert, o las predicciones de Werner Heisenberg, que dejamos ya para el lector, son una muestra de lo que el libro ofrece (la más jocosa para distraer al personal).

El boom Punset ha sido innegable. Las ansias de conocimiento del llamado ser humano son evidentes, y programas como el del citado ex ministro de Suarez y Calvo Sotelo en la televisión pública, han ayudado mucho a reavivar dicho interés por el mundo que nos rodea, visible o no, y a recordar, como ocurre en este libro, a aquellas personas que dedicaron su vida, a veces contra viento y marea, al desarrollo del progreso científico.


Escrito por Javier C. Aguilera

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