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El autocine (XCIII): La guerra de los botones, de Louis Pergaud, y adaptación de Yves Robert

05 enero, 2022

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ESPECIAL REYES MAGOS

Vivir en el campo puede ser una bendición, por aquello de estar en contacto con la naturaleza. Aunque las ciudades ya no se muestran tan ahogadas y grisáceas como antaño, supongo que no solo en nuestro país. Antiguamente se estaba más aislado, aunque eso no quita para que los chavales que habitan el campo hoy se suelan mostrar más acortijados, más apegados al terruño. Luego está el trabajo agrario, del que tanto la novela como la película que vamos a comentar, son fiel escenario, no tanto por acción como por omisión. Un elemento sustancial que en todo momento flota en el ambiente y que se manifiesta por medio de un tractor en plenas tareas de labranza, o el carácter fugaz de los progenitores de nuestros jóvenes protagonistas.

Se da la circunstancia, no por conocida menos relevante, de que en un pueblo todos se conocen, lo que a veces incluye a los foráneos. Pese a los rústicos modales, que en esto las grandes urbes no son privativas, el buen corazón campa a sus anchas como en cualquier otro entorno.

No hay muchas películas interpretadas con exclusividad por niños. En estos momentos me vienen a la memoria Clamor de indignación (Hue and Cry, Charles Crichton, 1947), La piel dura (L’argent de poche, François Truffaut, 1976), los estupendos musicales Bugsy Malone, nieto de Al Capone (Bugsy Malone, Alan Parker, 1976) y Annie (Íd., John Huston, 1982), o la irrepetible y generacional, para los que tuvimos la suerte de pillarla en su estreno, Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985). Y otras que he venido referenciando cada cinco de enero desde hace algunos años.

Las cosas se vuelven muy importantes para los niños, parecen sentirse con mayor intensidad. De modo que regresamos al universo de la infancia; esta vez, de la mano del escritor francés Louis Pergaud (1882-1915) y el realizador Yves Robert (1920-2002), que dedicó a la niñez otra estupenda película, Bebert y el ómnibus (Bebert et l'omnibus, 1963). Ello, con el gracejo de los relatos del Pequeño Nicolás, pieza de culto del escritor y caricaturista René Goscinny (1926-1977) y el dibujante Jean-Jacques Sempé (1932).

El huérfano Pergaud ejerció de maestro rural además de ser escritor, lo que curiosamente se evidencia con mejor talante en la adaptación cinematográfica que en su propia novela, La guerra de los botones (La guerre des boutons, 1912; Anaya Tus Libros, 1982), luego veremos por qué. Falleció durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).


Debía yo tener unos once años cuando, no recuerdo si con motivo de mi cumpleaños o para Navidad, una amiga de la familia me regaló el libro La guerra de los botones, en edición de Anaya (supongo que habrá seguido su curso, yo me limito a referenciar mi ejemplar). Imagino que la elección de este regalo se debió a una pura casualidad, el tratarse de textos con aspecto juvenil; o tal vez no. El caso es que lo he agradecido siempre y que he iniciado este año con sendos artículos que me retrotraen a recuerdos queridos de la infancia.

La novela de Pergaud se lee con facilidad y cuenta la rivalidad entre los chicos de Velrans y Longeverne. Asistir a la escuela es algo inevitable y que conviene superar cuanto antes, porque lo más importante está ahí fuera, en el bosque y el arenal que adorna ambas localidades aledañas.

En la novela, el enfrentamiento forma parte de un devenir ancestral entre longevernos y velranos. Un círculo vital en el que los hijos se han de convertir finalmente en padres. La película amplia este punto de vista con un refinado y, lo que es más importante, emocionado desenlace. Lo que comienza con un insulto, es respondido con una inscripción, hasta dar paso a otro tipo de “argumentaciones”. La ráfaga de piedras del ejército de Longeverne alcanzó de lleno a los velranos, quebrando su entusiasmo (Libro I: V).

Pese a resultar más primario, o menos refinado, si se quiere, que la adaptación, el libro narra los hechos y situaciones con innegable gracia y querencia hacia el detalle ageste, lo que se traslada al vocabulario de los protagonistas, en lo que podemos considerar que es una “novela coral”, donde cada capítulo está precedido de una cita culta con afán irónico.

Los dos ejércitos se habían empotrado uno en el otro (III: II).

Según el autor recoge en el prefacio, he querido hacer un libro que fuese a la vez galo, épico y rabelesiano, por el que fluyera la sabia, la vida, el entusiasmo y la risa, aquella risa alborozada que sacudía las barrigas de nuestros antepasados. El lenguaje no es gratuito. He querido reconstruir un instante de mi vida de niño, de nuestra vida en lo que tuvo de franca y heroica.


La rivalidad entre estas dos bandas se alimenta con el liderazgo de sus dos astutos paladines, unos “cabecillas locas” que andan rondando la pubertad (L’Aztec y Lebrac: Michel Isella y André Treton en la película). Además, Verlans y Longeverne muestran un entorno que nos recuerda el de otras producciones de la época y similar espacio, como Don Camilo (Don Camillo, Julien Duvivier, 1952) o Pan, amor y fantasía (Pane, amore e fantasia, Luigi Comencini, 1953).

Sobre la autoridad de dichos líderes no cabe la menor duda. Como asegura uno de ellos, Lebrac (Pacho en la traducción al español, no sé por qué), en la vida el jefe es el que tiene más fuerza (y no tan solo física). Añadiendo después, no sin verdadero temor, que lo peor es ser interno.

Las gamberradas se van sucediendo in crescendo, hasta convertirse en verdaderas batallas campales… y arbóreas. El frondoso bosque, escenario de estos fatigosos trabajos de campo, también da cobijo a un arenal (Matorral Grande, en el libro), que es algo así como el sueño de todo filibustero con pantalones cortos (tanto como lo pueda ser un charco). A los prisioneros les aguardan, eso sí, las aviesas navajas, para hacerles polvo… el honor, en expresión de Lebrac. Es decir, para despojar al prisionero de toda abotonadura. No hubo botón, ojal, corchete ni cordón, que escapase a su registro vengador (I: IV).

Prosiguen las emboscadas, las ocurrencias disparatadas, el osado acceso al espejismo de la libertad, y la traición de un renegado (Bacaillé [Claude Meunier], Vaquero en la traducción). Lo que no obsta para presentar batalla, aun con los calzones alicaídos y unas eficaces espadas de madera. Incluso en cueros, si es preciso: un buen modo de evitar perjudicar las ropas, y así embarrarse hasta las cejas sin peligro.

Pronto se hace necesario conseguir algo de dinero para disponer de unos “fondos de reserva”, es decir, para sustituir botones y otros aditamentos dañados. De este modo, el “tesoro” que los oriundos de Longeverne acumulan consiste en artículos de lencería, y se guarda con celo en su refugio del bosque.


Me refería antes a la figura del maestro de escuela. Este (Pierre Trabaud) demuestra tener gran paciencia y vocación. No parece sometido a las leyes de la nueva dictadura ideológica, sino a la lógica de vivir en un entorno rural, juvenil y desenfadado, sin perder la autoridad, pero con sentido del humor. Lo cual le honra y lo convierte en un auténtico personaje de soporte. Será por eso que, precisamente el maestro, junto con el resto de la pandilla, parte en busca de Lebrac cuando este se refugia en pleno bosque, y lo visita en el internado donde van a parar sus trajinados huesos (en lugar de su padre). Pero esto es en la adaptación cinematográfica, pues en la novela el maestro es descrito como un severo y anticuado profesor, además de aburrido y estirado, lo que le sirve al autor para denunciar la parte más agria y memorística de la enseñanza (también de la religión, con la opulenta figura del cura; qué pensaría Pergaud del viraje al otro extremo). Por el contrario, el profesor de la película es mucho más humano, siendo la demostración literaria, cinematográfica, y puede que real, de que se puede estar en contacto con la naturaleza infantil sin sacrificar la firmeza. Por ejemplo, hablando con los chicos. Lo que muchos evitan, por cierto (hablar no es adoctrinar, aclaro).

En cuanto al cura del pueblo que aparece en el libro, no es necesario mostrarlo en la película, porque como bien hiciera Steven Spielberg (1946) en su magistral E.T., el extraterrestre (E. T., the Extraterrestrial, 1982), esto es, antes de perder el tiempo con revisiones de obras que no las necesitan, Yves Robert delimita -que no reduce- el punto de vista a la mirada de los niños, disminuyendo en lo posible la presencia de los adultos.

La citada figura del maestro está más cercana a Truffaut que a Pergaud, en este sentido. En efecto, los niños son vulnerables, pero poseen a veces una gran fortaleza interior. Siempre que se esté dispuesto a aprender, puesto que no conviene confundir el error con el desinterés. Razón por la que hoy algunos chicos se muestran más apáticos e ignorantes -salvo tecnológicamente- que los de otras generaciones. Y están más consentidos y peor educados por los padres.

En suma, La guerra de los botones (La guerre des boutons, Guéville Films, 1962) es un relato sobre la compasión en la infancia, con una mirada de adulto traspasada o destinada a los niños que fuimos y a sus tribulaciones, que fueron las nuestras. Con unos padres enfrascados en sus quehaceres y problemas cotidianos. De hecho, el conflicto que azota a estas dos pandillas se traslada, por un breve espacio de tiempo, a algunos progenitores, aunque se resuelve pronto con la fuerza de la convivencia y el sano juicio, esa cosa que llamamos madurez.

No es sencillo hacerse adulto, sobre todo cuando alguno de los pilares falla (padres, educación y principios), como tanto sucede ahora. Y sobre todo cuando los ejemplos que se tienen resultan risibles por ideologizados, pasados por el tamiz de la doctrina política. Los muchachos de Longeverne y Verlans pueden llegar a ser algo brutos, pero nunca pierden de vista su natural humanidad. Como ejemplo gráfico, hay que señalar el momento, recogido por la adaptación, en que cortan por lo sano (en off) los atributos del animal muerto que han atrapado, aunque seguidamente pactan una tregua para entablillar a un conejito que tiene rota una pata. Es, como digo, una buena manera de demostrar esa humanidad. Gracias a Dios, estos personajes se adscriben a una corrección netamente humana, con todo lo que ello implica, en lugar de política, esa que algunos bien pensantes tratan de imponer hoy con charlas a destajo y videos repelentes. Sin la necesidad de caer en los excesos del buen salvaje, los muchachos de La guerra de los botones establecen un sistema de justicia y elaboran en comunidad unos vasos hechos con naranjas vaciadas. Qué más se puede pedir.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman

31 diciembre, 2021

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La infancia siempre ha sido terreno abonado para la fantasía y el terror. También para una visión distorsionada, suavizada de la vida, aparentemente indolora y feliz. Sin embargo, no es ajena al sufrimiento, a las injusticias ni a la maldad. Estos aspectos se han explorado desde una narrativa fidedigna, como la propuesta por Delibes en El camino (1950), pero sobre todo por los relatos que emplean la fantasía tanto para retratar la comprensión infantil de la realidad como para mostrarnos su cercanía con esos otros mundos que permanecen ocultos a los ojos adultos. Entre todos ellos, encontramos este fructuoso cuento de fantasmas, teatro y Navidad llamado Fanny y Alexander (1982).


El director Ingmar Bergman (1918-2007) se despidió del mundo del cine con esta obra, dado que después se dedicaría al teatro en exclusividad. No obstante, no se trata de una película al uso, dado que fue concebida como miniserie y después adaptada en su duración a un largometraje, lo que provoca que según la versión podamos conocer más o menos detalles de la historia que nos narra. Para lo que concierne a este comentario, hemos visto la versión cinematográfica. Bergman ha sido un director dado al terreno metafísico y filosófico, que ha reflejado sus preocupaciones existenciales y sus vivencias personales en sus escenas. La relación de la vida con muerte, por ejemplo, ha sido uno de sus temas predilectos, como reflejó en su mítica El séptimo sello (1957). En este caso, Fanny y Alexander explora sus recuerdos de infancia entremezclados con el costumbrismo y el realismo mágico.

A pesar de su nombre, debemos destacar que la película sigue la historia desde el punto de vista de Alexander Ekdahl (Bertil Guve), aunque desemboque en varias ocasiones en un relato crisol de perspectivas, a través de los distintos miembros de la familia Ekdahl. Podemos dividirla de forma evidente en tres tramos que abarcan las tres horas de metraje de la obra, dado que segmentan el prólogo de presentación, el conflicto principal y su resolución, ahondando cada vez más en su carácter fantástico o mágico.


Empieza Fanny y Alexander mostrándonos al protagonista, Alexander, recorriendo las estancias de la casa familiar a solas, llamando a su madre o a su abuela mientras fantasea con su alrededor y se atemoriza debajo de los muebles. Es un niño, pero está abandonando la infancia. Tiene una visión distinta de la realidad, se siente aún inseguro, pero ya nos revela la película desde este inicio que tendrá que atravesar un proceso en soledad, unas circunstancias que le marcarán para siempre, como se nos subrayará al final del relato. Después, pasaremos a ver los preparativos de la cena de Navidad de la familia Ekdahl, encabezados por la abuela, Helena (Gunn Wållgren), antigua actriz. Se trata de una familia burguesa y acaudalada, que poseen un teatro y que se han dedicado siempre al espectáculo. Uno de los hijos, Oscar (Allan Edwall), es el director encargado del teatro familiar. Sin duda, se trata del hijo más destacado por no tener defectos destacables, a excepción de la insatisfacción en la que vive, tanto en su matrimonio como en su vida; así se observa en el halo melancólio y trágico con el que da el discurso a su reparto antes de la cena navideña. Es el padre de Alexander y Fanny (Pernilla Allwin), que ya colaboran con las obras familiares, y el marido de Emelie (Ewa Fröling), también actriz. Se trata, a su vez, del personaje más triste de la obra, no solo por lo que le sucederá, sino también por su carácter. Es el más afectado y atormentado, el menos hedonista. Quizás porque es el más consciente de la diferencia entre su mundo y el mundo exterior, una tensión que se revela en sus intervenciones.

Bergman nos va retratando a los familiares mientras se reúnen para comer, lo que también le sirve para reflejar la realidad burguesa danesa, la manera de festejar la Navidad y de crear vínculos internos. Se trata de una vida suave y casi naif, llena de libertades y comodidades, donde hay complicidad con el servicio y la severidad se encuentra en los momentos de solemnidad. No son, además, una familia al uso, sino que destaca también su visión artística de la vida. En varias ocasiones durante la película se evidenciará cómo cada uno adopta un papel, incluso cuando son incapaces de salir del mismo. Quien mejor lo refleja es la abuela Helena, que es capaz de presentarse estricta y elegante durante toda la cena como relajada e íntima tras la misma, de ser anciana para mantener la cordura familiar, pero también niña para ver los mismos fantasmas que sus nietos. El retrato de una mujer fuerte que admite las contradicciones de la vida y que ha vivido ya tanto la decepción como la alegría de la vida.


Sus otros hijos son Gustav Adolf (Jarl Kulle), dueño de un restaurante y sobre el que pesa cierta ninfomanía, siendo un adúltero con consentimiento de su mujer, y Carl (Börje Ahlstedt), catedrático endeudado que representa a la oveja negra a la familia, un hombre insatisfecho por completo, incapaz de encajar en su familia y en su matrimonio, hasta el punto de maltratar y vejar a su esposa, que se encuentra igualmente desubicada. Un personaje desagradable que es también víctima de sus propios demonios internos. En la obra, las mujeres son representadas con mayor fortaleza que los hombres. El más claro ejemplo lo veremos en la relación entre la esposa, la amante y la hija de Gustav, que entre ellas solucionan el conflicto ignorando los planeas del padre. Ya destacábamos, además, que Helena ejercía como la líder de la familia, manteniendo el timón ante lo que considera que podría hundirse con su guía.

Resulta llamativo comprobar que estas simples líneas de presentación ocupan un tercio de la obra, dado que se prolongan con secuencias estéticas y bien planteadas, casi siempre con colores cálidos, en que los personajes actúan para mostrarte su carácter a la vez que dialogan para romper la cáscara de lo visible y entrar en lo profundo. Hay, además, espacio para lo cotidiano, para el costumbrismo que antes mencionábamos, desde la propia cena, el baile a corro que ejecutan todos, las bromas de los tíos a los sobrinos o incluso la intimidad de la alcoba cuando acaban de cenar. No obstante, viven también aislados en este mundo confortable, alejados de las preocupaciones sociales que pueda haber en el exterior. Se trata de un microcosmos familiar que tiene sus defectos, pero que no se involucra ni deja que entre ningún asunto externo. 


En esa cotidianidad, comprobaremos las características de los distintos personajes, algunas de las cuales no se desarrollan en el largometraje, quizás sí lo hicieron en la miniserie. Por eso podemos considerar que hay una trama central y principal que recorre toda la obra, mientras que las demás quedan subyugadas a ser entidades independientes, subtramas sin recorrido que se centran en mostrarnos las costumbres y realidades de estos personajes, así como darnos un panorama, un paradigma existencial, del que después será arrancado el protagonista. En este sentido, ahí tenemos de nuevo la ambigüedad de Alexander, que aún es ese niño que duerme con un osito de peluche entre sus brazos, pero también el muchacho al que la niñera, Maj (Pernilla August), le indica que no podrá dormir con ella esa noche, aunque sea su preferido, porque no puede tener a varios hombres en su cama.

La tragedia se da al final del primer tramo, aunque en varias ocasiones Bergman nos lo había anticipado. Incluso al otorgarle al rol de fantasma en Hamlet (William Shakespeare, 1603) a Oscar, rol que seguirá ejerciendo el resto de la película, pero ahora de forma real, no interpretada. La viuda encontrará el alivio en el obispo luterano Edvard Vergérus (Jan Malmsjö), que se convertirá en su confidente y confesor durante y tras el funeral de Oscar. Pronto tratará de influir en la idiosincrasia familiar, actuando en la educación de Alexander de manera directa, y finalmente tratando de arrancarla del entorno de los Ekdahl. Con palabras lisonjeras, actitud estricta y mucha labia, Vergérus representa el lado más siniestro de la sociedad, un ser repelente e hipócrita que reúne todo el dolor que causaron a Bergman en la infancia desde el sector religioso. Frente a la calidez y seguridad que nos proporcionaba la vivienda de los Ekdhal a pesar de sus defectos, aceptados de todas formas por la familia, la casa del obispo es sobria, fría y simula, como el propio Alexander descubrirá, una cárcel. La relación de Emelie con el obispo se basa en el sacrificio y en la entrega absoluta de ella hacia él, pura obediencia en la que se diluye la personalidad del personaje y con la que abandona todo lo que había sido: sus pertenencias, su trabajo, su familia. A cambio, el obispo le entregará radicalidad, fundamentalismo y una existencia frustrante, dada a la servidumbre. 


El segundo tercio de la película se detendrá en esta caída al abismo de los hijos de Emelie. La penuria por las que pasarán Fanny y Alexander tienen un tono dickensiano y suponen el final de su inocencia. En esta etapa, Alexander seguirá encerrándose en sí mismo y siendo consciente de la figura fantasmal de su padre, impotente e incapaz ante la situación por la que atraviesa su familia. Emelie empezará viviendo engañada, pero cuando descubra la verdad, se verá encerrada por el poder de Vergérus y de un matrimonio que se convierte en una jaula de la que no puede escapar. Bergman retrata esta caída al infierno con pulso frío y lento, en un in crescendo que se cuece desde la mudanza a casa del obispo, atravesando por los siniestros personajes (madre, tía, hermana y criada) que habitan en la misma, pasando por las voces del oscuro pasado del obispo (la misteriosa muerte de su anterior mujer y de sus dos hijas) hasta el castigo físico y la humillación a la que somete a Alexander, punto culmen de la crueldad a la que llega el obispo abusando de su autoridad, poder y vanidad. Una escena cruda en la que el protagonista trata de mantenerse firme y se acaba convirtiendo en un mártir que abre los ojos a su madre, aunque ya sea tarde para que ella pueda salvarles. El obispo les ha arrancado de su mundo y les ha arrojado a la esclavitud de su estricta moral, en la que él ejerce como juez y verdugo, un pequeño dios de su fortaleza, que posee la verdad y la justicia como cualquier totalitarista. A pesar de lo cual, encuentra su mayor obstáculo en la fortaleza callada de Alexander, que trata de doblegar con el castigo físico.

El último tercio revela la resolución de este conflicto. La familia Ekdahl trata de ayudar a Emelie y a sus hijos, para lo que contarán con Isak Jacobi (Erland Josephson), amigo íntimo, amante seguramente, de Helena, un judío que es capaz de rescatar a los niños mediante una estratagema misteriosa. Alexander recorrerá entonces el hiperbólico hogar de Isak conociendo a sus sobrinos. Se trata de una tienda invadida de objetos exóticos y misteriosos, casi un laberinto de secretos en el que deambula de noche Alexander como lo hiciera en el prólogo de la historia. Es el lugar idóneo para la parte más esotérica de la película, con el diálogo que mantiene Alexander con su padre fantasmagórico, con el mismo Dios y, finalmente, con Ismael Retzinsky (Stina Ekblad), un loco, en palabras de su tío, que, sin embargo, se muestra cercano al protagonista, casi sensual, indagando en su deseo más terrible: desear la muerte del obispo. Bergman une entonces las escenas del diálogo entre Ismael y Alexander con los sucesos que acontecen en casa de Vergérus, estableciendo una suerte de causa-efecto por la que Ismael intercede directamente en los mismos a través del ansia de Alexander. De esa forma, llegamos a un epílogo circular, en el que contemplamos la celebración de otra fiesta familiar en casa de los Ekdahl, donde todo ha vuelto a su lugar. Los personajes avanzan o siguen estancados en sus defectos, pero a pesar de este retorno a la inocencia, Alexander estará siempre marcado por estos sucesos, como le revela el fantasma del obispo.


Vista hoy, resalta la calidad cinematográfica que tiene, en su elección fotográfica, con planos llenos de plasticidad, en la limpieza de su imagen, en unas actuaciones comedidas, en unos diálogos justos y potentes, en un proceso narrativo central que aúna realismo, crudeza y fantasía a partes iguales, pero resultando siempre creíbles. Son el resultado de toda la carrera de Bergman, que vuelve a tocar sus temas predilectos aquí y se entrega en una obra de carácter más personal, al menos en el retrato de su protagonista. En resumen, Fanny y Alexander me resulta una obra exquisita, un largo cuento de fantasmas navideño, tan cálido como frío, lleno de contrastes, con personajes creíbles y de un gran atractivo, y con un regusto de imperfección que revela aún más su buena capacidad para el retrato humano en todos sus límites, incluidos los del más allá.

Escrito por Luis J. del Castillo

La Navidad de Pemán, de José María Pemán

27 diciembre, 2021

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La editorial católica Edibesa, en su sección Grandes Firmas, ha venido reeditando la obra del gran escritor gaditano José María Pemán (1897-1981), casi en su totalidad. El volumen que hoy comentamos, La Navidad de Pemán (Edibesa, 1997), en edición de José Antonio Martínez Puche (1942), no es demasiado extenso, pero a cambio ofrece un texto verdaderamente primoroso, obra de un autor sencillo y antisolemne, como se nos aclara en la introducción. Manuel Machado (1874-1947) lo consideraba un poeta en su totalidad, es decir, sempiterno poeta, aun cuando ejercía otros muy distintos géneros. Francisco Umbral (1932-2007), a su vez, no duda en catalogarlo de postmoderno y uno de mis grandes maestros (Íd.).

Articulista, novelista, comediógrafo, poeta, guionista para la televisión, José María Pemán es un pensador y escritor que perdurará más allá de los infortunios del totalitarismo ideológico actual, el mismo que propone a secuestradoras como modelos para la sociedad, inunda los institutos con charlas sectarias o destruye las clases medias al tiempo que achaca la mala gestión a los virus.

(Por cierto, bravo por los alumnos y tutores legales que ya no se callan).


Gran parte de la obra de José María Pemán ha sido rescatada por la citada editorial en 1997, pero aún se encuentra disponible. El presente no es el único texto que ha de ver con lo religioso, un motivo que se completa con los volúmenes La Pasión según Pemán, A la luz del Misterio y otros escritos sobre Dios, la Iglesia, el hombre y la vida; Los testigos de Jesús, personajes que cambiaron la historia, y Lo que María guardaba en su corazón y otros escritos marianos. Frente a sus espléndidos ensayos y resto de artículos, que recomiendo vivamente, no son estos títulos los que más me interesan, pero de este primer volumen de su obra, dedicado a la Navidad, destaca sin paliativos el excelente Reportaje del Nacimiento.

Lo encabeza, en primera persona, un reportero romano en Judea, del que no conocemos su nombre, pero sí su cometido: ayudar a las difíciles tareas del empadronamiento general ordenado por Augusto (27. a. C. – 14 d. C.). Y recoger de paso las impresiones que le depara el viaje.

En la novela o relato histórico es común, por no decir primordial, la identificación personal con uno de los protagonistas, y el testimonio narrativo de este hilo conductor. Pemán es consciente de ello y con eso cuenta al presentar a su personaje -y a sí mismo, en doble función de dicha primera persona-, no solo como si estuviera allí -lo que puede ser típico-, sino como si oliera, viera y escuchara con la misma intensidad. Es un paso más en su percepción y genio literario. Palpando el ambiente de una crónica que, milagrosamente, no se ha perdido o evaporado en el tiempo, como tantas otras, y que bien conservada, literariamente, llega hasta nuestros días.

Pero, aunque se tenga por tal, este cronista no es exclusivamente un funcionario romano, y menos el protagonista esencial del relato (lo es el misterioso y reverenciado Niño), sino un personaje de carne y hueso, vivo, con sentimientos propios y proyección psicológica, que da notica de aquello que percibe. Un romano con ojos de poeta, sin duda, con curiosidad por las gentes y tierras del Imperio, aunque no las comprenda (ni podía), espoleada su curiosidad por unos pastores alucinados que se acercan a un pesebre como quien se asoma a un precipicio.

De recursos estilísticos y simbólicos inagotables, José María Pemán se nos muestra como difusor de inteligentes contenidos que transmitir. Ello conforma el talante de un escritor, como se solía decir antes, de raza. Todo cuanto he visto esta noche es una paradoja, pero hilada con justeza racional, asume nuestro asombrado comentarista.

No en vano, las circunstancias históricas no quedan establecidas hasta que somos muy conscientes de esa misma entidad, cuando echamos la vista atrás y comprendemos su significado. Quién puede determinar cuándo estamos viviendo uno de esos momentos históricos, más allá del transcurrir meramente discursivo que, como seres vivos, nos acompaña. En el momento en que no disponemos del asidero de dicha historia y nos hallamos inmersos en el presente, ¿quién puede asegurar que atravesamos una de esas encrucijadas donde nada va a volver a ser lo mismo? Puede que nos lo señale la percepción intuitiva, pero lo tendrá que determinar la gente e historiografía del futuro (dejando aparte marcados conflictos bélicos y belicosas pandemias).

El resto de los artículos del ligero volumen devienen más convencionales. Se trata de apreciaciones sobre asuntos más puntuales, como la “función” de los seres angélicos, su beatitud y ministerio, poniendo por caso el ángel-espía agitador, descendido del Cielo, o la presencia de los pastores. Prevalece el misterio del nacimiento en sí, como un acontecimiento sumamente especial y como espacio sujeto a una puesta en escena, con su mula y su buey. El animal que sea, recalca Pemán: lo característico y universal es la presencia de los animales en torno al pesebre.

Lo que da la impresión es que siempre andamos los humanos metidos en líos, que toda la historia hay que recomenzarla desde el principio (parece que no ha transcurrido el tiempo por estos escritos, más allá de la forma de expresión característica). Lo digo por los conflictos atemporales y casi eternos que subyacen, y quedan de manifiesto en textos como La paz de Augusto y la paz de Cristo.

A los que se suman El humanismo de la Navidad, La sangre de la circuncisión, Belén y Encarnación, o la narración alegórica de La Nochebuena de María y José, pero donde también destaca el bonito y divertido ¿Hacía frío en Belén? Y un delicioso diálogo en el estupendo Pesadilla de Navidad, que de nuevo asume el formato de cuento (breve, eso sí: la mayoría de estos escritos estaban destinados a una extensión concreta en la prensa).

Nacimiento
Otro aspecto se nos muestra llamativo en los presentes textos. El hecho de que el autor, pese a su acendrado catolicismo, no niega la parte mágica, mistérica y pagana. Sabe de dónde viene y a dónde quiere llegar (tanto él como la Navidad). Pese a tener por verídicos algunos capítulos por esclarecer, como el de la Matanza de los Inocentes, José María Pemán nos habla de asimilación e integración en sus elaboraciones.

Esa unificación con la tradición pagana, que no reniega de ninguna raíz, antigua o más reciente, se manifiesta en artículos como el ya citado El humanismo de la Navidad o Andalucía en Nochebuena. Es para el autor un recurso habitual. Aunque, como digo, se trata de algo más que un mero recurso. Del mismo modo que Pemán saborea retahílas como la de paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad…, que reaparece en muchas de estas composiciones.

Siguiendo en esta línea, interesante resulta Los magos de oriente, aparte de por el sentido antes señalado, por hacerse eco de que la proporción numérica responde a la cuantía de ofrendas ofrecidas al Niño, y no al conjunto de oferentes. Y por catalogarlos de sabios de la disciplina de Zoroastro (la astrología). Los sabios de oriente vieron en la Estrella el signo de ese advenimiento que esperaban.

Otro semblante estimulante es el que, de nuevo, trata de integrar, de forma ecuménica y humana, los dos hemisferios culturales, con frecuencia separados por motivos demasiado interesados. Ahora que el mundo se achica, estamos ante el problema de entender oriente y entendernos con él. Huyendo de los extremos, José María Pemán se conduce de modo contrario al de sus detractores de argumentación totalitaria. Esta tensión de caricaturas o prejuicios entre oriente-occidente nunca tiene menos sentido que en este momento.

El escueto volumen se completa con una selección de poemas de tema navideño, y con una crónica periodística de un viaje a Tierra Santa, con motivo de la visita del papa Pablo VI (1897-1978) a los Santos Lugares, en la Navidad de 1963. Las dos últimas citas pertenecen a dicha crónica, al igual que la estimación de un Israel como obra maestra del racionalismo organizativo.

Santo Sepulcro en Jerusalén
Podemos considerar que José María Pemán es uno de los pertenecientes a aquella “vegetación del páramo”, que en tan acertadas y conocedoras palabras supo describir y reivindicar Julián Marías (1914-2005).

Un apunte más llama mi atención. Como se puede comprobar desde el título de este libro, y en gozosa intervención en el programa Biografía (1967) de TVE, a José María Pemán no solo le gustaba jugar literariamente con el recurso de la primera persona, sino también con la tercera, referida a su propia figura. Algo así como le sucedía a Poirot, el originalísimo y astuto personaje de Agatha Christie (1890-1976). Al estilo de este último, en el caso de José María Pemán, la añagaza se sostiene de forma bienhumorada, ajena a lo grandilocuente y apartada de lo presuntuoso, adscrita a la bonhomía literaria más vitalista.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (CLXVII): Nada, de Carmen Laforet

25 diciembre, 2021

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Un año puede ser decisivo en la vida de una persona por la cantidad de acontecimientos que la puedan marcar y hacerla cambiar. La vida real, la que está fuera de las páginas de un libro, contiene millones de esas pequeñas historias que suponen la existencia humana. La mayoría son presa del olvido, por lo que los libros, incluso siendo ficción, sirven de ejemplo de tantas otras no contadas. Carmen Laforet (1921-2004) no ha sido una autora prolífica y seguramente toda su obra haya quedado marcada por un título que eclipsó a los demás y que es el retrato de una de esas vidas anónimas: Nada (1945), que la catapultó a la fama con el premio Nadal de 1944. 

En esta novela nos metemos en la piel de su protagonista, Andrea, durante todo un año. Observaremos cómo llega a la ciudad de Barcelona desde su pueblo natal para estudiar en la universidad y formar parte de una historia que ya estaba rodando: la historia de su familia. La ilusión de la joven pueblerina que llega a la gran ciudad choca con las heridas y las angustias de unos familiares que viven las consecuencias de una guerra civil aún cercana, pero casi innombrable. Este choque de existencias llevará a Andrea a contagiarse del malestar familiar, apocoparse y acabar llevando una vida dependiente de los demás, como una hoja zarandeada por el viento. Una espectadora de la vida que nos deja sus impresiones sobre todo lo que la rodea. Se convierte, por tanto, en la testigo y la narradora de los tejemanejes y entresijos de una familia rota, mientras trata también de consolidar su propia personalidad, muy dada también a la autocompasión y la apatía.

Carmen Laforet
En principio, destacará la mirada inocente de nuestra protagonista que trata por igual de comprender a la ciudad que la rodea y que la maravilla y a sus familiares, que le causan una impresión contraria: les asquea y repele. Como decíamos antes, Andrea entra en una herida que está cicatrizando, pero que aún supura. Al inicio de la novela se nos muestra una comparativa entre el recuerdo infantil de la casa de su abuela y la realidad con la que se encuentra en su actualidad, que son las ruinas de lo que antaño fue una familia burguesa. A lo largo del proceso narrativo, veremos cómo se devalúa cada vez más la imagen de sus familiares junto al propio valor de la casa: los muebles antiguos van desapareciendo a la par que aumentan las discusiones.

Escrito con una prosa cautivadora, Laforet se enfoca en un entorno viciado y malherido, de personas rotas e incapaces de crear relaciones sanas. La abuela de Andrea se muestra distanciada de la realidad, una voz suave que trata de apaciguar sin ninguna fuerza. Sus tíos, Román y Juan, muestran una rivalidad insana, con la esposa de Juan, Gloria, como trofeo y carnaza. Esta mujer, a su vez, se muestra a la par inocentona, a ojos de Andrea, como astuta, a ojos de Román y Angustias; acabaremos descubriendo que malvende las pobres propiedades familiares para sobrevivir o que se arroja a negocios nocturnos con sigilo mientras acepta el maltrato de su marido con una sumisión inaudita. Todos son vigilados por la recta tía Angustias, cuya vida se resume en llevar el control moral de la casa desde una visión que bien podría recordarnos al personaje de Rottenmeier, de Heidi (Johanna Spyri, 1880), pero que a su vez esconde un secreto íntimo, un viejo pecado que queda reflejado de forma ambigua. No huye Carmen Laforet de mostrar la hipocresía de este personaje ni los bajos fondos que recorren los demás, aunque sea de forma leve. La criada, Antonia, finaliza el cuadro, siendo un personaje controlador, que permanece en las sombras de las intrigas familiares como mano derecha de Román. Este último es el personaje más enigmático de la novela, pero también el más manipulador; su presencia siempre acarrea cambios para los demás personajes. La humanidad, como sinónimo de imperfección, llena esta novela a través de sus personajes. Ni siquiera la protagonista es ningún tipo de adalid, solo trata de sobrevivir, aunque yerre en el trayecto.

Calle Aribau de Barcelona en 1922, de La Barcelona de antes
De esa forma, Andrea vive entre el ahogo de esa casa en la que se siente ajena y la liberación de un mundo externo en el que disfruta de la felicidad ajena, incapaz de crear una propia. Hay dos claros ejemplos de esta circunstancia. La primera, y más importante, es la de su amiga universitaria Ena, que mantiene con la protagonista una relación desigual gracias a su posición socioeconómica y a la admiración desmedida y devota de Andrea. Tanto es así que, en algunos momentos, la protagonista se sentirá utilizada y maltratada por su querida amiga, aunque no dejará de depender de ella y sus deseos y vaivenes hasta el final. Esta relación marca gran parte de la novela y le permite a la protagonista disfrutar de los periodos de libertad y felicidad que buscaba, aunque al final se sienta desengañada.  El segundo ejemplo es el grupo de artistas jóvenes que parecen interesarse en ella por se iba mujer sensible, aunque a través de una visita a su lugar de encuentro nos dejará Laforet un bello y triste retrato de la soledad de Andrea.

La vida interior de Andrea se divide en esas dos realidades: la familiar, que la ahoga, y la universitaria, que le permite el desahogo. No obstante, por su timidez e introversión, no logra crear lazos fuertes ni compensar sus relaciones. No tiene la frialdad necesaria de un mundo burgués al que no pertenece por su procedencia ni por la educación que le proporciona su familia. A fin de cuentas, vive entre la doctrina y rigidez de la tía Angustias, la bohemia desquiciada y narcisista de Román, que trata de manipular y zarandear a toda la familia, y la insípida indiferencia de Juan, todo aliñado con las peleas entre los tíos, los reproches y secretos que forman el tejido familiar y la pobreza y el hambre que tratan de disimular, aunque no lo logren, como bien le mostrará Ena.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de 1947 de Edgar Neville (1899-1967)
Carmen Laforet nos retrata en Nada una sociedad encerrada en sí misma, hastiada y rota. Sus personajes son incapaces de conocerse, tan ambiguos como oscuros, tan siniestros como inocentes. Cuando actúan, es fácil acabar desconfiando de sus intenciones, pues todo puede interpretar con un doble sentido, ya sea la actitud de Román, eje vertebrador de muchos de los acontecimientos primordiales de la obra, marcha de Angustias, la relación de Ena con Andrea o la sumisión de Gloria. En esa tempestad, Andrea es una balsa tratando de entender la marea. Una voz que madura a trompicones, tratando de hallar la libertad entre las rejas de un pasado que no le pertenece, las que las circunstancias su miseria, le añaden, y las que ella misma se coloca. Sin duda, una novela existencialista que, mientras recorre las calles de Barcelona, es capaz de angustiarnos con las soledades que todas las familias rotas guardan en su interior.

Escrito por Luis J. del Castillo

Música Inolvidable (XLV): Navidad con Dolly Parton y Barbra Streisand

22 diciembre, 2021

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NAVIDAD 2021-2022

Fue una grata sorpresa el que Dolly Parton (1946) acometiera un segundo álbum dedicado a la música de la Navidad, tras el estupendo Home for Christmas (Columbia, 1990). La diferencia es que, en este segundo disco, la cantante, actriz y empresaria, querida de tantos, emprende un recorrido por temas propios, o bien de otros colegas, la mayoría de los cuales son de nuevo cuño.

Muchos están siendo los artistas que con el parón de la dichosa pandemia han puesto a trabajar voluntad e imaginación, proyectando nuevos trabajos con renovados bríos. Ahora o nunca. Fenomenal es la última elaboración de ABBA, de la que espero tener ocasión de referirme. Incluso algunos de estos avances nos las prometen bastante felices, caso de los magníficos dúos Tears for Fears y Soft Cell, o bandas tan emblemáticas como Bauhaus y Duran Duran. El último empeño de Elton John (1947), con sus nuevas versiones, no me ha gustado tanto: difícil es estar a la propia altura. En cambio, las flamantes adaptaciones propuestas por Barry Gibb (1946), a modo de songbook, de los clásicos interpretados junto a sus hermanos, me han parecido una maravilla (Greenfields, EMI-Capitol, 2021). En este último disco también colabora Dolly Parton.


La cantante country-pop está en plena forma. Y lo demuestra. Del mismo modo que la Navidad puede con todo lo que le echen, ataques reiterativos y espurios por doquier, que esta conoce hasta la extenuación y que sabe sortear con ejemplar bonhomía.

A Holly Dolly Christmas (Butterfly Records, 2020) es el título de este último álbum navideño de Dolly Parton, aparecido las Navidades pasadas, pero encaminado a las presentes y las futuras. Yo me enteré y lo compré el treinta y uno de diciembre de 2020, algo tarde para hacer mi habitual artículo de inicios de la Navidad. Pero acá está. Con su tema de apertura, el alegre y desenvuelto Holly Jolly Christmas, una invitación en toda regla, y comienzo de una celebración con los mejores deseos. Parte de una estrofa dice así: Oh, every year I love singing this song. And I thought, well, why not just do a whole album called A Holly Dolly Christmas. So I did. Lo que viene a ser, todos los años, me encanta cantar esta canción. Y pensé, bueno, ¿por qué no hacer un álbum completo? Llamado A Holly Dolly Christmas. Así que lo hice.

Los arreglos son, cómo no, marcadamente country, pero sin perder nunca esa perspectiva pop que tanto bien hizo en los años ochenta para que se propagara, como una vertiente más, esta copla musical de marcado acento americano que es el mencionado country (sin dejar de atender casi todas sus variantes, blue grass, folk, cow, rock, etc.).

Con su alegría desplegada, este tema inicial del espléndido Johnny Marks (1909-1985) nos recuerda que tan importante es vivir una buena Navidad como desearla, aunque no nieve ese año.


Dúos con intercambio de lindezas amables, a través del burbujeante diálogo, algo también típicamente americano, se suceden en All I Want for Christmas, con Jimmy Fallon (1974), y Cudle Up, Cozy Down Christmas, con Michael Bublé (1975). No es mala forma de acurrucarse. El primero de ellos es un tema destacado de la absorbente y ubicua Mariah Carey (1969) y Walter Afagasieff (1958). Posee en su ritmo un aire a lo Phil Spector (1939-2021), y resulta excelente a la hora de crear un buen ambiente y franca camaradería. En el segundo se nos da buena cuenta de lo que hacer si una tormenta bastante oportuna nos aísla en compañía de otra persona encantadora.

No faltan las baladas, como Christmas Is, a dúo con Miley Cyrus (1992), Comin’ Home for Christmas, o la bellísima Circle of Love. Completando los duetos encontramos participaciones de Billy Ray Cyrus (1961), padre de Miley, en la muy festiva Christmas Where We Are, la interpretación del clásico moderno de Willie Nelson (1933), Pretty Paper (1979), a dúo con el gran intérprete y compositor, de atmósfera más recogida pero igual de cálida, y el cántico de tema mariano Mary Did You Know, que pese a ser pieza reciente (letra de 1984 y música de 1991), nos retrotrae a un entorno de iglesia o pequeña congregación, con coros finales, que me recuerda aquella otra versión de Dolly titulada He’s Alive (1989), compuesta por Don Francisco (sic) (1946), y cantada, entre otros, por el gran Johnny Cash (1932-2003); sin olvidar el Go Tell it on the Mountain del álbum de 1990.

Con Randy Parton (1953-2021), hermano de la cantante, tristemente fallecido poco después, interpreta Dolly You Are My Christmas, de reminiscencias más pop. Por su parte, la orquestación más típicamente country no pierde el norte en canciones como Christmas on the Square, que emplea el recurso de las voces superpuestas y que fue el tema representativo de la película del mismo nombre que co-protagonizó Dolly Parton el pasado año. No la he visto y nada puedo decir de ella, pero sí que prevalece en todo el álbum un afán de alegría y bullicio.

Aunque está sobado el decirlo, la Navidad es además de todas las luces, engordes y oropeles, un tiempo para recordar. Todos los temas navideños poseen esta capacidad evocadora. Lo que resalta en Holly Dolly Christmas es su capacidad, acérrima al pop, de seguir ofreciendo creaciones pegadizas y con entidad. Precisamente, un gustoso sabor de las incipientes tonadas pop de los años cincuenta lo hallamos en I Saw Mommy Kissing Santa Claus (1952), entrañable canción con música y letra de Tommy Connor (1904-1993). El álbum se completa -en la edición que yo poseo- con otra hermosa composición proveniente de un especial de Navidad para televisión, llamada I Still Believe. Otro buen regalo con el que regalarnos los oídos.


Para acompañar este bienvenido acontecimiento, voy a retomar un trabajo aparecido en 2001, pero que, como todos los buenos empeños musicales, es atemporal. Se trata del álbum Christmas Memories (Columbia) de la gran cantante (para mí inigualable) Barbra Streisand (1942).

Lo primero que cabe decir en este caso, es que los estándares contenidos en este disco nos son los más conocidos, y lo segundo, destacar la aterciopelada instrumentación, que únicamente se acerca al convenio pop en la excelente canción It Must Have Been a Mistletoe, de Douglas Konecky (-) y Justin Wilde (-). El resto es una majestuosa obra de intimismo navideño, por medio de baladas. Cierto es que los temas seleccionados no son del todo ajenos al más entendido, aunque no suelan ser los más recurrentes, pero el tono es el de una recogida y personal -algo más que melancólica- velada.

Incluso una melodía tan versionada como es el Ave Maria (1825) de Franz Schubert (1797-1828) está desarrollada con asombrosa elegancia, delicadeza y emotividad. No era la primera vez que Barbra Streisand acometía un trabajo de estas características, el primero de sus álbumes navideños fue el temprano A Christmas Album (Columbia, 1967), que es igualmente disfrutable y muestra unos contenidos hermanados a este. Resulta equivalente en lo atemporal y lo recomendamos vivamente. Justo este primer álbum contenía otro Ave Maria (1853), el no menos bello de Gounod (1818-1893). Eso sí, su versión de Jingle Bells? es tan acelerada como desenfrenadamente caótica, por eso acaba con un signo de interrogación. Lo que no sucede con el resto del álbum. Algo así como un prolegómeno chistoso frente al resto de estándares: White Christmas, The Christmas Song, Have Yourself a Merry Little Christmas, Silent Night, rebautizada aquí Sleep in Heavenly Peace, O Little Town of Bethlehem, y la menos prodigada pero así mismo reconocible My Favorite Things (otras grandes versiones de este tema son las de Dionne Warwick [1940], en su My Favorite Time of the Year (DMI-EMI, 2004), y Tony Bennett (1926) en Snowfall (Columbia, 1968); aparte las de Julie Andrews [1935], por supuesto). Modelos que se alternan con otras producciones menos populares, pero igual de bienvenidas, como The Best Gift, de Lan O’Kun (1932-2020), el himno The Lord’s Prayer, de Albert Hay Malotte (1895-1964), y I Wonder as I Wander, de John Jacob Niles (1892-1980).

Lo mismo para el álbum de 2001. Salvo I’ll Be Home for Christmas (1943), del compositor Walter Kent (1911-1994) y el letrista Kim Gannon (1900-1974), el resto son composiciones bastante menos orilladas, como antes indicaba, en orquestaciones suaves y melódicas. Muy íntimas. Como sucede con I Remember, del recientemente desaparecido Stephen Sondheim (1930-2021), A Christmas Love Song, y el tema que da título al disco, obras de Johnny Mandel (1915-2020) y Don Costa (1925-1983), respectivamente, con letras del matrimonio Alan y Marilyn Bergman (1925; 1929). Obras que se arremolinan junto a Grown-Up Christmas List, del canadiense David Foster (1949), What Are You Doing New Year’s Eve, de Frank Loesser (1910-1969), la hermosísima Christmas Lullaby, de Ann Hampton Callaway (1958), o Snowbound, de Russell Faith (-) y Clarence Kehner (-), estrenada en su día nada menos que por Sarah Vaughn (1924-1990) (Roulette, 1963). El disco se cierra con la coral One God, compuesta por Ervin Drake (1919-2015), el mismo autor de esa pieza maestra que fue y sigue siendo It Was a very Good Year, fijada en el tiempo por el irrepetible Frank Sinatra (1915-1998).

La pandemia parece haber obrado, entre comillas, el milagro de repensar lo que es verdaderamente importante y unir un poco más a las personas (a algunas), entre los que se cuentan cantantes, productores, arreglistas y compositores. Un pack muy necesario en estos tiempos de incertidumbre brutal. Cuando todo lo demás falla, la música puede permanecer en nuestra compañía, agasajando el presente a través del pasado, formando parte de nuestra memoria más humana y sentimental. Do you remember me / I sat upon your knee / I wrote to you with childhood fantasies / Well I'm all grown up now / And still need help somehow / I'm not a child but my heart still can dream / So here's my lifelong wish / My grown up Christmas list / Not for myself but for a world in need: Me recuerdas / Me senté sobre tu rodilla / Te escribí con fantasías infantiles / Bueno, ya soy un adulto / Y todavía necesito ayuda de alguna manera / No soy un niño pero mi corazón todavía puede soñar / Así que aquí está mi deseo de toda la vida / Mi lista de Navidad para adultos / No por mí, sino por un mundo necesitado (Grown-Up Christmas List).

Algunos nombres nunca se fueron del todo: grupos como Pink Floyd, Erasure, a-ha, O.M.D., etc. Otros han arreglado cuentas y cerrado cicatrices. No es el caso de nuestras dos invitadas del artículo musical de este año, pero entre todos compartimos sus disgustos, anhelos, frustraciones y reencuentros. Agradeciendo estos últimos. Saltándose la impuesta distancia emocional por el virus de la uniformización con todos los geles hidromusicales que hagan falta.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Dolly Parton - Circle of Love


Barbra Streisand - Grown-Up Christmas List



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