Música Inolvidable (XLIII): Villancicos en español

22 diciembre, 2020

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Como bien saben los seguidores de este blog, cada año por estas fechas vengo recomendando algunos álbumes centrados en la música de Navidad. Hemos venido repasando estupendos trabajos de Elvis Presley (1935-1977), Frank Sinatra (1915-1998), Dolly Parton (1946), Enya (1961), y otros muchos. Este año me ha parecido interesante recordar algunas de las tonadas más populares y pegadizas del repertorio español. Recuerdos que nos devuelven a la infancia, o a aquellos momentos en los que nos sumergirnos en dicho mundo.

Portal de Belén, Ruta de los Belenes de Granada
En el Portal de Belén hay estrella, sol y luna. Quién no ha oído este encabezamiento alguna vez. Al menos, en España. Incluso astrológicamente disponemos de una interpretación. O en el Tarot. La estrella es la representación de la luz celestial que permite al ser humano el vislumbre de la paz, la esperanza y la belleza, no exentos de padecimientos. Es el inicio de la peregrinación hacía una armonía cósmica, la fuerza iluminadora y redentora simbolizada por las estrellas. El sol es la devoción desinteresada y generosa, el fulgor que nos acompaña y que se manifiesta en la actividad diaria, de forma terrenal pero radiante. A su vez, la luna es el impulso de lo no conocido, de cierto aspecto quimérico auspiciado por el subconsciente, aunque lo que más nos interesa en este caso, es su representación de la figura de la Madre. Signo natal, fuerza solar e incertidumbre lunar, en la disciplina histórico-astrológica. Aunque puedan parecer elementos netamente profanos, podemos ver que no están exentos de una profunda espiritualidad (cuando se conocen, claro está).

Pues bien, entre la mayoría de estas tonadas navideñas tan jubilosas, predomina el autor desconocido. Es el caso de este villancico-balada especialmente melancólico, En el portal de Belén, también conocido como La Marimorena. Ahí es donde entra en juego la labor del arreglista, como fue el compositor malagueño Manuel Navarro Mollor (1930-2013), al que debemos la recuperación e instrumentación de muchos de estos temas anónimos, además de ser, él mismo, autor de algunos reconocidos pasodobles. Entre sus arreglos más afamados están muchas de las canciones que vamos a citar.

Puerta Real de Granada
Sí Señor, en una buena recopilación de villancicos en español no pueden faltar temas como Campana sobre campana, Zúmbale al pandero o Una pandereta suena, animosas composiciones que descuellan por la cotidianidad y campechanía de un suceso bastante trascendental, y del que forman parte tanto personajes humanos como animales (junto a la figura especialísima de Jesús).

Ya viene la vieja es otro de esos villancicos. Viene con el aguinaldo. Luego, aparecen los Reyes Magos, que traen al Niño cuna y pañales, según reza la estrofa. El aguinaldo era -es- la costumbre de felicitar con un regalo, principalmente monetario, a aquellas personas que desempeñaban un servicio social, desde los carteros a los serenos y basureros (etimológicamente, parece que la palabra viene de la locución latina hoc in anno: en este año). En algunos países, como el nuestro, el aguinaldo se traduce a dulces y galletas de Navidad, que se dispensan a los niños cantores que llevan la algarabía de puerta en puerta.

Y ya que de dulces hablamos, disponer de una buena chocolatera para fabricar y compartir el goloso producto, parece indispensable en estas fechas, como nos recuerda el célebre villancico onomatopéyico Rin, Rin, con su burra cargada de chocolate. O Gatatumba, que según el Diccionario de la Lengua Española, procede de la mixtura entre gata y tumbar, y significa encubrir un regalo u obsequio, una dádiva o aguinaldo, e incluso un pesar.

A su vez, el rabadán que da nombre a otro villancico popular, hace referencia a la función de un cuidador de ganado, que tiene a su cargo a pastores y zagales. Chocolate, nieve y ovejeros se nos antojan imprescindibles a la hora de disfrutar de un buen Belén.

Podemos añadir composiciones tan disfrutables como San José al Niño Jesús, Ay, del chiquirritín, Arre borriquito, la invitación a la celebración de la Nochebuena en Canta, ríe y bebe (y dile a tu suegra que lo pase bien), la referida La Marimorena o La Virgen va caminando, con los alegres peces que beben en el río (y que no solo beben, ¡sino que se han adueñado del título del villancico!). También Dime Niño, de quién eres, portador de unos versos bien llamativos y hondos, que aseguran que la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos, y no volveremos más. Nacimiento y Cruz, para volver a nacer, más fortalecidos.

La Marimorena es, por su parte, muy típico de las fiestas navideñas. No es de extrañar, pues se trata de una pieza maestra. Hace referencia a María, la Morena (-), una tabernera madrileña de inicios del siglo XVIII, ¡que interrumpió una importante ceremonia religiosa encabezando a un grupo de bulliciosos músicos con tambores y zambombas! Si esto no es tener sentido del humor hispano que venga Dios y lo vea. Además, se especula con que el villancico, compuesto más tarde, hace referencia a la Virgen Morena o Moreneta, una de las nueve Patronas de las Comunidades Autónomas españolas. Pero el término de armar la marimorena ya había sido acuñado.

Mercado de Navidad en la Plaza Bib-Rambla, Granada. Foto de José Cervera
Todos estos temas constituyen nuestros propios estándares, tonadas alegres y festivas que nos celebran el mundo de la infancia (la del niño y la del adulto), además de la infancia concreta de un niño muy carismático. Con juegos de palabras y mucho tipismo, interpretado generalmente por coros infantiles. Al fin y al cabo, están cantando a otro niño y esta es su fiesta.

Cascabeles, panderetas, rugosas botellas de anís, sección de cálidas cuerdas, la tradicional zambomba, almireces, sonajas y rabeles, algún xilófono... También adaptados al sonido de las distintas décadas, junto a adaptaciones de clásicos foráneos indispensables como Navidades blancas (White Christmas), El abeto (O Tannenbaum), Noche de Paz (Stille nacht) o la Canción del tamborilero (Little Drummer Boy; ya he facilitado los nombres de los autores en otros artículos). En esta línea ancestral se distingue Los campanilleros, del cantaor flamenco Manuel Torre (1878-1933). Los campanilleros eran las personas que iban tocando una campana para el rezo del Rosario en la Misa del Alba (El Rosario de la Aurora).

Una buena recomendación la encontramos en la selección elaborada por el célebre grupo juvenil Parchís (Villancicos, Belter, 1980), con la impagable orquestación de los setenta y ochenta; sin embargo, cualquier disco de villancicos en español contiene todos o varios de estos temas referenciados. Además, me permito incluir en la selección de videos final, la estupenda canción de Navidad compuesta por Carlos Mejía Godoy (1943), e interpretada por la cubana afincada en España, Elsa Baeza (1947), El Cristo de Palacagüína (contenida en el álbum Credo, CBS, 1977). Todo un hit de la época, y de todas las épocas. Completando la apuesta, incluyo la versión en español de Rin, Rin, a cargo de la excelente Mireille Mathieu (1946). Ello, sin olvidar, al menos en espíritu, el nostálgico Ven a mi casa esta Navidad, de Luis Aguilé (1936-2009), y el alborozado Feliz Navidad de José Feliciano (1945), reinterpretado con tanto tino por el conjunto Boney M.

Mercado de Navidad en Plaza Bib-Rambla, Granada
No quisiera acabar este artículo sin hacer mención de otros grandes intérpretes de la canción navideña en nuestra lengua. Como son el Coro de monjes benedictinos de Santo Domingo de Silos (Burgos); en concreto su trabajo Canto gregoriano de Navidad (Hispavox, 1981), es una recuperación de las armonías del cantar litúrgico que constituyó otro éxito discográfico en su momento, que no se ha dejado de reeditar. En esta vertiente integraríamos, así mismo, al maravilloso folclorista zamorano Joaquín Díaz (1947), intérprete de multitud de tonadas navideñas en lengua romance y castellana. Un repertorio que, por supuesto, se amplía con multitud de creaciones e interpretaciones de villancicos gitanos y flamencos, donde la lista se pierde en lontananza, con Niña de la Puebla (1908-1999) y Juanito Valderrama (1916-2004) a la cabeza. Nuestro último video es de la primera.

Por mi parte, y como despedida, desear a todos ustedes la mejor Navidad posible.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Parchís, selección de villancicos (1980)

Elsa Baeza, El Cristo de Palacagüina (1977)

Mireille Mathieu, Rin, rin (1969)

Niña de la Puebla, Los campanilleros (1988)




El autocine (LXXX): El final de la cuenta atrás, de Don Taylor

11 diciembre, 2020

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Para el filósofo Teofrasto (371-287 a. C.), el tiempo era la cosa más valiosa que una persona podía gastar. Luego, el concepto se fue alambicando, haciéndose más teórico y sorprendente. Ya San Agustín (354-430) advirtió con elegancia y desenfado, respecto al tiempo, que si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si tuviese que explicarlo no sabría cómo hacerlo. Hasta un anónimo dijo en cierta ocasión: si dejas que pase el tiempo sin hacer nada, te darás cuenta muy pronto de que solo vas a vivir una vez. Sabiduría popular e introspección científica se entrecruzan en el que probablemente sea el misterio más insondable de nuestro existir.

En estas estamos, cuando el señor Warren Lasky (Martin Sheen) llega hasta la estación aeronaval de Pearl Harbor (Hawái, EEUU), en el año de 1980. Es analista de sistemas y tiene por encargo observar y participar en la nueva travesía que el portaaviones Nimitz va a emprender a través del Pacífico. Trabaja para las Industrias Tideman, un dueño que apenas se deja ver pero que se ha hecho a sí mismo, como en otros casos equivalentes.

Al mando de este navío está el capitán Matthew Yelland (Kirk Douglas, tan sólido y creíble como siempre).

Parece que se avecina una tormenta, porque la llegada de Lasky coincide con lo que el comandante Richard T. Owens (James Farentino) califica de un cambio muy brusco de tiempo. Owens es un personaje interesante, ya que se interesa por la historia. De hecho, está preparando un libro sobre el ataque de los japoneses a Pearl Harbor, el siete de diciembre de 1941. La tripulación principal se completa con el segundo oficial del capitán, el comandante Dan Thurman (Ron O’Neil).

Además, el portaviones parte con dos días de retraso, por orden expresa de Tideman. En un momento en que la tormenta a la que hacíamos mención no estaba prevista. Al atravesarla, el Nimitz va a experimentar uno de esos efectos extraños e inusitados: una distorsión en el espacio-tiempo. Algo que alterará las vidas y percepciones -sensibles y filosóficas- de sus ocupantes. Un fenómeno que, en todo caso, se habrá de explicar -si es que se divulga- a la vuelta de los expedicionarios a su presente. Incluyendo en esta declaración, las pérdidas que la extraordinaria rareza conlleva.


La distorsión que acompaña a la tormenta magnética también afecta a los paneles e instrumentos de navegación del barco, y produce un sonido agudo capaz de aturdir. Cuando todo parece volver a la normalidad, el Nimitz ya no se halla en el tiempo y espacio que le corresponde. Se ha convertido en lo más parecido a un OVNI que surca las aguas. Prueba de ello, son las emisiones radiofónicas de los cómicos Jack Benny (1894-1974) y Eddie Rochester Anderson (1905-1977), muy populares a inicios de la década de los cuarenta.

Parte del acierto de este planteamiento radica en el hecho de incorporar a un personaje de ficción “dentro de la ficción”, en la figura del hipotético (pero plausible) senador Samuel Chapman, interpretado por el estupendo y versátil -y con frecuencia avieso- Charles Durning (1923-2012). Se encuentra en aguas del Pacífico, en un yate particular, en compañía de su ayudante, Laurel Scott (Katharine Ross), y un amigo retirado (Harold Bergman). Dándose la circunstancia de que -en esta ficción realista y paralela- Chapman es el aspirante a la vicepresidencia.

Sobre el tapete del capitán planea la eterna pregunta afín al género. La de si intervenir o no. Esto es, la posibilidad de cambiar la historia, ya que la fecha a la que ha sido abocado el Nimitz por la tormenta es la de 1941, y los japoneses aún no han atacado. Una situación peliaguda e inédita que se confirma con el posterior avistamiento de la flota nipona rumbo a las islas. Lo cual implica otra derivada a retener. En caso de intervenir en el conocido discurrir de los acontecimientos, ¿cómo podría pasar el Nimitz a la historia?


Por su parte, mientras se toma una decisión, Owens y Lasky comparten unos camarotes contiguos. No es un detalle sin importancia, ya que entre ambos existe cierta cercanía y desavenencias. Lasky comenta que ahora la ciencia se está aproximando a lo que antes era únicamente superchería. Los dos extremos quieren volver a darse la mano. En cuanto a Owens, entra aún más en contacto con la historia cuando se relaciona con Laurel, cuyo rescate junto a Chapman ya ha cambiado el devenir de los hechos. Como sucederá cuando uno de los personajes deba permanecer en el pasado, pudiendo hacer valer todo lo que sabe acerca del futuro. Una eventualidad tan perturbadora y discordante como el posible hallazgo de los restos de un helicóptero actual, en las postrimerías de 1941.

Entre tanto, el portaviones y toda su equipación aérea hacen frente a la situación lo mejor que pueden. Siguiendo las instrucciones de los oficiales de mayor graduación, los pilotos de los F-14 han partido para cambiar el rumbo de la historia, impidiendo así el ataque japonés y el sacrificio de tantas vidas tomadas in fraganti. Si es que pueden.

En este “nuevo” discurrir de los acontecimientos, destaca el magnífico instante, resuelto sin palabras, en el que Laurel descubre la fecha de 1979 en la tapa de un pack de supervivencia, junto a Owens.


Producida por el propio Kirk Douglas (1916-2020), por medio de su productora Bryna, El final de la cuenta atrás fue escrita por David Ambrose (1943), Gerry Davis (1930-1991), Thomas Hunter (1932-2017) y Peter Powell (-), en torno a una historia de Powell, Hunter y Ambrose. Contó con la fotografía del estupendo Victor J. Kemper (1927), y la excelente música de John Scott (1930), que combina inspirados leitmotivs de sugestivo suspense, con la vigorosa y pegadiza fanfarria aventurera, en este caso marcial (lo que era una banda sonora, vamos). A ellos se suman los elegantes y vistosos créditos del diseñador gráfico Maurice Binder (1925-1991), imprescindible para la saga de James Bond. En cuanto al realizador, Don Taylor (1920-1998), que además ejerció de actor durante un periodo de tiempo, no tuvo una carrera especialmente recordada en la dirección, pero posee algunas buenas muestras de género, aparte de esta El final de la cuenta atrás. Entre las más destacadas de sus aportaciones se encuentran Las aventuras de Tom Sawyer (Tom Sawyer, 1973), La isla del doctor Moreau (The Island of Doctor Moreau, 1977) y La maldición de Damien (The Omen II, 1978). Se siguen dejando ver con bastante agrado. Como curiosidad, estuvo casado -¡hasta el final de sus días!- con la estupenda Hazel Court (1926-2008). ¡Qué más se puede pedir a la ficción de la vida!

Escrito por Javier Comino Aguilera


Jojo Rabbit, de Taika Waititi

06 diciembre, 2020

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La perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo nos permite acercarnos a hechos históricos con cierta indiferencia. Nos referimos a las guerras de nuestro pasado más lejano carentes de sentimiento alguno. Sin embargo, cuanto más cercano y cuánto más nos siga afectando aún hoy, más nos conmueve y nos lleva a la solemnidad. Y, por tanto, más nos lleva a crear polémica cuando es retratado con un tono que rompe esa especie de respeto histórico.


Es lógico que Charles Chaplin (1889-1977) se arrepintiera de su película El gran dictador (1940) cuando fue consciente del exterminio perpetrado por el nazismo, aunque hoy veamos la obra entendiéndola como lo que fue, un canto a la libertad y a la esperanza, y como lo que hoy aún reforzamos más, una burla a los dictadores y a los regímenes totalitarios. Chaplin no era consciente de la repercusión real del nazismo y de lo que provocaría, pero posteriormente obras como La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) han dado a pie a ríos de tinta para criticar esa visión edulcorada de la realidad. Las heridas y la brutalidad de las acciones de la Segunda Guerra Mundial siguen latentes, cambiaron nuestra sociedad y el mundo, y siguen conmoviendo a la humanidad hasta el punto de impedir a ciertos sectores acercarse de forma irónica y burlesca a aquella época. Por esas razones, habrá quien no quiera acercarse a la propuesta satírica y cómica de Jojo's Rabbit (2019).


Aunque se basó en la novela El cielo enjaulado (Christine Leunens, 2004), Taika Waititi, que ejerce como director y guionista, proyecta una historia distinta y se desvía para crear una comedia negra. Pero no una comedia desmedida. Incluso podemos considerar que en su intención se queda corta, sin llegar a ser irreverente o demasiado provocativa. Al contrario, pese a lo que aparentaba, con una interpretación paródica e imaginaria de Adolf Hitler (1889-1945), la realidad es que la película aborda tonos bien distintos, incluyendo momentos tiernos y trágicos.



La historia nos lleva a plena época de auge del nazismo y del final de la Segunda Guerra Mundial. Un niño de diez años, Johannes Batzler (Roman Griffin Davis), a quien llaman Jojo, está obsesionado con la figura de Adolf Hitler y es un fanático de las ideas nazis como si fuera una moda pop a la que seguir. En realidad, pronto descubriremos que no comprende nada de aquello que admira, sino que solo sigue la corriente de aquello que a su alrededor están en boga, sin cuestionarse nada. Tanto es así que su amigo imaginario es una versión grotesca de Hitler (Taika Waititi), imbuido de todas las exageraciones que Jojo ha escuchado en su corta vida así como de medias verdades y de una exuberante imaginación.


En un primer tramo de la historia, prácticamente un prólogo, veremos cómo Jojo disfruta de su estancia en el campamento para Juventudes Hitlerianas junto a su amigo Yorki (Archie Yates). Desde este primer momento quedan fijadas las principales característica del protagonista y, por tanto, de la historia: quiere ser popular, considera que seguir las directrices nazis le permitirá resaltar como a los adolescentes que se encargan de ellos, pero cuando llega el momento de demostrar su valía, lo único que acaba demostrando es su humanidad, siendo incapaz de matar a un conejo. Nos deja ver este hecho que, a la hora de la verdad, Jojo sería incapaz de llegar a superar ciertos límites.



Posteriormente, tras un incidente en el campamento, y de regreso a casa, en un segundo tramo, se iniciará la deconstrucción de sus pensamientos nazis y un enfrentamiento con la realidad. Descubrirá con sorpresa que su madre, Rosie (Scarlett Johansson), protege a una muchacha judía, Elsa Korr (Thomasin McKenzie), escondida en un hueco de la pared de la habitación de su difunta hermana. Para proteger a su madre, Jojo aceptará guardar el secreto a cambio de secretos sobre los judíos. La burbuja en la que vivía empieza a romperse y la guerra está a punto de llegar a casa.


A pesar de las apariencias, la imagen paródica de Hitler no cruza líneas más que ligeras y toda la historia se envuelven en un tono de cuento con algunos gags puntuales unidas a ciertas secuencias dramáticas. La parodia del campamento nazi se empieza a desdibujar cuanto más se acerque el final de la historia y lo más remarcable está bastante alejado de cualquier tipo de broma. Lo cierto es que Jojo Rabbit brilla más cuando nos narra sus partes más sensibles y trágicas. La relación de Jojo con su madre está bien dibujada. Por ejemplo, la forma en que deja que él aprenda sin obligarlo a salir de su mundo lleno de fantasías, mientras que, a su vez, ella misma se comporta en ocasiones puerilmente, para ocultar la verdad, como nos muestra en la conversación que mantienen mientras comen o en el ritual de atar los cordones a su hijo. 



A través de la mirada de Rosie es cómo valoramos más a Jojo como el niño que es frente a las ideas absurdas de los otros personajes adultos. Lo veremos más infantil aún cuando persiga a una mariposa en mitad de la ciudad, distraído y con una sonrisa entre boba y fascinada. Se juega en este momento con la música y el silencio, con un plano a la altura de Jojo y sin necesidad de ser explícito, sino sutil, con la ruptura de esa infancia y de las ínfulas nazis tenidas hasta el momento, con las que acabará por romper definitivamente más tarde. Incluso Waititi recurre a la pareidolia para simular cómo los edificios observan una escena en la que el niño está solo.


Mencionábamos antes que el resto de adultos resultan absurdos. En efecto, todos los nazis son retratados de forma paródica, ya sea como matones, violentos, alocados o irresponsables. A pesar de lo cual, Waititi permite dejar espacio a la redención. El mejor ejemplo es la pareja del capitán Klenzendorf (Sam Rockwell) y Finkel (Alfie Allan), los oficiales al cargo de las Juventudes Hitlerianas. Ambos se encuentran denigrados y fuera de lugar dentro de un ejército que les ignora y que, advertimos incluso, los denigraría. Sin embargo, a la hora de la verdad, y cuando la derrota del nazismo es evidente, lucharán. O se sacrificarán por lo correcto. Al menos el capitán Klenzendorf ya había mostrado su redención al ayudar a Jojo en una mentira frente a la Gestapo. La fidelidad con sus convecinos y amigos es superior a la lealtad a un ejército que no deja de denigrarlo o repudiarlo.



Cuando echamos la vista atrás, no comprendemos cómo una sociedad como la alemana pudo permitir que sucedieran tales acontecimientos. En otras películas han tratado de (de)mostrarlo, como el experimento educativo de La Ola (Dennis Gansel, 2008), mientras que en otras obras han querido desempeñar una visión errónea: hubo quienes no estaban de acuerdo o simplemente quienes no lo supieron. Hubo quienes escondieron a judíos para salvarlos o quienes solo callaron por miedo. Así se nos ha contado en La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), La ladrona de libros (Brian Percival, 2013) o El niño con el pijama de rayas (John Boyne, 2007), entre muchas otras. 


En Jojo Rabbit encontramos una metáfora bastante práctica a través de la inocencia de un niño de diez años. Las promesas del nazismo y su deformación de la realidad, señalando a los judíos como culpables de los males de la sociedad, deslumbran y convencen a una sociedad que queda cegada por la versión oficial, igual que Jojo se convence y vive en un mundo propio. De ahí que su amigo imaginario no sea más que una versión deformada de Hitler, que ni siquiera mantiene coherencia con los datos que conocemos sobre el auténtico dictador, dado que solo es la visión sesgada y manipulada de un niño. O quizás de una sociedad alienada.



En definitiva, Jojo Rabbit es una sátira del nazismo que no llega a ser tan ácida como aparentaba, sino que es incluso tierna por ser también un retrato hecho desde la mirada infantil. Y, curiosamente, es una obra que funciona gracias a ese contraste entre el humor absurdo y la tragedia imprevista. Una visión crítica del fascismo en particular y de la guerra en general, dado que ni siquiera los aliados al llegar son retratados de manera favorable, sino brutal y despótica. Hay un toque de romanticismo muy pueril y todo está imbuido de unos tonos pastel contrastados y vividos gracias a la fotografía de Mihai Mălaimare Jr., similares a la estética habitual de Wes Anderson (1969-), por ejemplo en Moonrise Kingdom (2012), pero que en ocasiones se oscurece hacia los tonos azulados verdosos tan habituales. Destaca también una banda sonora elegante compuesta por Michael Giacchino, salpicada con canciones pop rock versionadas en alemán para la ocasión.


En el fondo, los personajes de Jojo Rabbit quieren encontrar la felicidad, la presente y la futura. Rosie disfruta de la vida junto a su hijo mientras se arriesga por darle un futuro a él y a Elsa. El capitán Klenzendorf antepone sus locuras a la rigidez del ejército. Yorki solo es un niño que juega a la guerra. Elsa disfruta torturando a Jojo, pero lo aleja de su propia tristeza. Y Jojo solo quiere encontrar su lugar en el mundo y ser fiel a unas ideas. Y al final, aunque esta es solo una pequeña historia alejada de las grandes hazañas, todos acaban siendo héroes.



Para el sábado noche (C): El día de los tramposos, de Joseph L. Mankiewicz

02 diciembre, 2020

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Paris Pitman Jr. (Kirk Douglas) es un forajido que cabalga entre la codicia y la socarronería. Penetra en la casa del pudiente comerciante Lomax (Arthur O’Connell), nada menos que el Día de Acción de Gracias, para desvalijarlo. Efectivamente, hace falta ser malote, o “torcido”, como atestigua la tonada principal compuesta por Charles Strouse (1928), e interpretada por el recientemente desaparecido Trini López (1937-2020). Una balada a modo de mester de juglaría que pone título a la trama y sostiene las alforjas del viaje propuesto por esta sensacional El día de los tramposos (There Was a Crooked Man…, Warner Bros., 1970).

Nadie se salva en este relato. Hasta el juez que procesa a Paris es sorprendido por la cámara en el prostíbulo en el que este fue detenido. Lo que no es impedimento para que el magistrado advierta a Paris de que la sociedad debe protegerse de tipos como usted. Total, que el frustrado atracador es enviado a una prisión territorial. No entrará solo en estas nuevas dependencias, lo acompañan el falso predicador Cyrus McNutt (John Randolph) y su agudo ayudante y estupendo ilustrador Dudley Winner (Hume Cronyn). Una pareja bien avenida en lo íntimo, que no así en lo laboral. También está el joven pendenciero Coy Cavendish (Michael Blodgett), que estaba en el mejor lugar pero en el peor momento (“cortejando” a una damisela, vamos a decirlo así). A estos se une el adusto y reservado Floyd Moon (el característico Warren Oates), tirador a sueldo y atracador que se ha ganado la fama de traicionar a sus acompañantes de correrías. Cada uno de ellos con su personalidad bien definida, pero con un elemento en común: la golfería y los deseos de escapar de la realidad social que les ha tocado vivir, a todas luces hipócrita, además de evadirse del penal donde han ido a parar. Más que sus malas artes, el descubrimiento de estas es lo que les ha hecho converger dentro de los muros de una prisión que, como Alcatraz, se encuentra completamente aislada, aunque esta vez, a causa del desierto y no del agua.


Hay en El día de los tramposos algo de la sana alegría vitalista que despliegan títulos como La ingenua explosiva (Cat Ballou, Elliot Silverstein, 1965), También un sheriff necesita ayuda (Support Your Local Sheriff, Burt Kennedy, 1968), La leyenda de la ciudad sin nombre (Paint Your Wagon, Joshua Logan, 1969), El club social de Cheyenne (The Cheyenne Social Club, Gene Kelly, 1970) o la admirable La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, Sam Peckimpah, 1970), a los que se acoge sin problema y de los que forma parte. Sin embargo, el productor y realizador Joseph L. Mankiewicz (1909-1993), siguiendo las pautas del magnífico guión firmado por David Newman (1937-2003) y Robert Benton (1932), no se contenta con la dimensión lúdica, que la hay, sino que ahonda en la naturaleza perversa de sus villanos (en la doble acepción etimológica del término: bellaquería y sagacidad pueblerina).

Entre los huéspedes de la prisión también se halla el personaje del Niño de Misuri, The Missouri Kid (Burgess Meredith), un anciano penado que lleva más años en la cárcel de los que puede recordar, y que es considerado por Paris -que siempre parece disponer de la palabra justa a tiempo-, como el ladrón de trenes más genial del mundo. Entre todos, forman un lustroso atajo de perdedores y desafortunados. O como en algún caso, “torcidos” irredentos. Personajes que malviven pisando el polvo o mordiéndolo.

A todos ellos trata de “embridar”, con su novedoso método de inserción, el flamante alcaide Woodward Lopeman (el excelente Henry Fonda), al punto de que, antes de acudir a su nuevo puesto, siendo aún el responsable de la seguridad de un pueblo, ha tenido un ataque de buenismo tratando de, con la mejor de las intenciones, prender a un forajido apartando su revólver, y en consecuencia, siendo abatido por el energúmeno. La intencionalidad del episodio está bien clara, y es fiel reflejo de la terrenal fábula del escorpión y la rana, de la que se nutre toda la película.


Varados en una prisión solitaria en medio de la nada desértica, el sheriff Lopeman no es una excepción a esta humana disquisición, aunque su naturaleza es mucho menos mezquina. Antes de hacerse cargo del presidio, a muchas millas de distancia, ha recibido el menosprecio de sus conciudadanos y de las fuerzas vivas. Existe un plano espléndido que parece inocuo cuando esto sucede. El que muestra a Lopeman mirando de reojo el rótulo de un establecimiento financiero.

El anterior alcaide, Francis Warden LeGoff (Martin Gabel), ha sucumbido en una revuelta. A todos nos une el hecho de que nos gustaría estar en otra parte, había asegurado a los nuevos reclusos durante su escueta bienvenida. No soy un hombre feliz, añadirá después.

Es este un confinamiento no exento de algunas vejaciones, hasta la llegada de Lopeman, que incluyen el contemplar las ejecuciones, los envites “amorosos” del guardián Skinner (el veterano Bert Freed), o la connivencia con el carcelero Tomasini (Alan Hale, Jr.), proveedor de la harapienta casa, de todo tipo de artículos, como cigarrillos y chocolatinas, previo pago de su importe. Bandidos de siete suelas a ambos lados de la ley. Pero como asegura el anciano Kid, de forma tan metafórica como material, no hay medio de salir de aquí. A partir de entonces, tan solo queda planear la huida.

El dinero que robó Paris a la familia Lomax no ha sido recuperado. Salvo el interfecto, nadie sabe dónde lo ha ocultado (el lugar puede ser tenido como otra sardónica alegoría). Se trata de una suma nada despreciable, aunque los métodos empleados para hacerse con ella sí lo fueran: quinientos mil dólares de la época (inicios del siglo XX). Esta información es lo que le da a Paris el poder.


Relato ejemplarizante de unos devenires cómicos y dramáticos a la par, perforados por la fotografía de Harry Stradling Jr. (1925-2017), los dardos de Mankiewicz caen dentro de la esfera del protestantismo más puritano, y de esa doble vara de medir de los poderes mediático y judicial al servicio del que manda. Máxima centrípeta que podríamos resumir así: cuando alguien se dirige a ti, lo más probable es que desee pedirte algo. Una red de intereses que se ahogan en la tina del lugar común y la más desmedida ambición.

La estupenda psicología de los caracteres, la progresión dramática, sin perder la disposición de ánimo (como la imagen de las tiendas de campaña del ejército, dispuestas fuera de la prisión tras la primera refriega), son aspectos estructurados siempre a través del diálogo y la imagen, que Mankiewicz no fue únicamente un ejemplar dialoguista. De este modo, el realizador se las apaña para que sintamos cierta simpatía hacia este racimo de deshonestos -unos más que otros-, pero sólo hasta un punto.

Por su parte, parece que Lopeman traslada su buenismo a su nuevo puesto, pero ocasión tendremos de averiguar que sus aspiraciones -bendecidas por la caprichosa fortuna-, acaban siendo otras. El antiguo sheriff puede haber quedado impedido de una pierna, pero no de su espíritu renovador. Entre tanto, se emprenden una serie de reformas en la cárcel, que incluyen la presencia de un médico en el centro, el doctor Loomis (Bart Burns), o el nombramiento de Paris como bien dispuesto capataz, mientras la posible fuga va tomando abrasador cuerpo.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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