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Para el sábado noche (LXXVI): La invasión de los ultracuerpos, de Philip Kaufman

25 noviembre, 2018

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Aunque los hay, no suelen ser muy comunes los remakes que alcancen la maestría del original, y mucho menos que lo superen. Algunos ejemplos de ello, en que se distinguen tanto los primigenios como las nuevas adaptaciones, podemos encontrarlos en Tú y yo (Love Affair, Leo McCarey, 1939) y, nuevamente, Tú y yo (An Affair to Remember, LeoMcCarey, 1957); las dos versiones de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, Alfred Hitchcock, 1934 y 1956), Río Bravo (Ídem, Howard Hawks, 1959) y El Dorado (Ídem, Howard Hawks, 1966), o ya con distintos directores, El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, Howard Hawks & Christian I. Nyby, 1951) y La cosa (The Thing, John Carpenter, 1982), o la que ahora nos ocupa, basada en La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Donald Siegel, 1955). Me refiero a La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, United Artist, 1978), realizada por el errático pero interesante Philip Kaufman (1936).

Desde que el mundo es mundo, la principal amenaza para los seres humanos ha sido el verse privados de libertad, del libre albedrío, en aceptada o renegada sumisión a las ideologías y creencias más variopintas. Algunas de ellas nos parecen ridículas hoy día, en otras caemos casi de forma inconsciente aunque nos consideremos libres. Nada ha de tener esto que ver con el disponer de unos principios o valores definidos, ni tampoco con hacer lo que a uno le dé la gana fastidiando al resto, sino más bien con el adoctrinamiento de los demás: la libertad del individuo sigue siendo el bien más preciado, por muy en conjunto que vivamos. De ahí que las doctrinas (políticas, religiosas…) más avezadas y dañinas sea lo primero que ataquen.

No hace falta irse muy lejos, aunque a veces el peligro pueda proceder de otros oscuros rincones del universo. Este es el privilegio de la ciencia ficción, elucubrar respecto a nosotros mismos cambiando el escenario.


Unas extrañas formas de vida cruzan el espacio. De quienes primero se posesionan, una vez alcanzada la Tierra, un objetivo como otro cualquiera, es de las llamadas fuerzas vivas; esto es, de todo tipo de autoridades y personalidades en puestos clave. Luego venimos los demás, como de costumbre. La suya es una invasión en todo orden. Una vez poseídos, resulta fácil achacar al resto que su descontento y lamentaciones son el producto del sobado histerismo colectivo, ¡porque son malos pero no idiotas!

Como en toda ficción alegórica, esta se puede entender al pie de la letra o buscando nuevas vías de contagio semántico (ambas opciones no son excluyentes). Si bien, la principal es la que sigue: nos controlan por todas partes. Y a veces, aceptamos gustosos (cambien vainas por móviles).

Philip Kaufman supo extraer un nuevo partido a esta premisa, mostrando la desazón y anomalía de tal transición por medio de unos expresivos rostros, en actitudes sorpresivas o anormales. Otro buen ejemplo de ello lo hallamos en esa cámara que se desliza por un pasillo, sin responder a ningún punto de vista conocido, mientras Elizabeth Driscoll (la estupenda Brooke Adams) describe las cualidades de la flor que acaba de encontrar en un parque. De este modo, algo tan cotidiano como la lluvia o la naturaleza de las flores, se convierte en un atractivo caldo de cultivo para cosechar la perplejidad ante lo insólito e inesperado.


A lo que ayuda la extraña música de Denny Zeitlin (1938), psiquiatra, pianista y compositor de jazz; así como la contrastada fotografía de Michael Chapman (1935). Solo es necesario fijarse bien, como hace Elizabeth, que trabaja en un laboratorio de análisis químicos. Lo primero que ha observado es el cambio operado en la conducta de su pareja, el previsible pero afable Geoffrey Howell (Art Hindle).

A partir de ahí, quedamos a merced de esta vertebrada variante de corrección política, tal cual fue expuesta por Jack Finney (1911-1995) en su novela Ladrones de cuerpos (Body Snatchers, 1955), adaptada para la ocasión por W. D. Richter (1945). La aterradora extrañeza del relato queda ilustrada por medio de la planificación de algunos planos, sea a través de la angulación, la iluminación, algún desplazamiento, el sonido o incluso el tacto entre los protagonistas, recreando dicha atmósfera de incertidumbre y miedo al vacío. Así sucede con el encuentro a hurtadillas de Matthew Bennell (Donald Sutherland, también estupendo, como el resto de actores), con un representante del gobierno en plena calle, o durante el relato en retrospectiva de Elizabeth, que narra su paseo rutinario por la ciudad. Con respecto a sus conciudadanos, advierte que hay algo común entre ellos, como un secreto. A lo que se añade la sorpresiva experiencia de sus amigos Jack (Jeff Goldblum) y Nancy Bellicec (Verónica Cartwright), que regentan un establecimiento de lodos terapéuticos.


Elizabeth expone sus apreciaciones a Matthew. Este trabaja como inspector en el Departamento de Sanidad de San Francisco (EEUU), lugar donde se focaliza la historia. Es decir, que se dedica a descubrir fraudes. Ambos personajes mantienen una estrecha relación de complicidad, afinidad y atracción más o menos disimulada. En el vértice opuesto de los hechos se posiciona David Kibner (Leonard Nimoy), que todo lo reduce al ámbito de su especialidad, la psiquiatría, y para el que, al menos en un primer momento, todo lo que sucede ha de tener una explicación fundamentada en la misma. Se trata de una celebridad con acusado don de gentes (mi opinión es que su falta de visión es genuina y su transformación se da a posteriori). No tenemos necesidad de amar u odiar, concretará Kibner finalmente. Ante lo cual, Elizabeth comunica a Matthew, precisamente, que le ama. Sin apoyo oficial, el grupo de amigos luchará por sobrevivir, haciendo frente a una de las situaciones más incómodas y tenebrosas, la falta de sueño.

Así, de los espantos cotidianos descubiertos por Elizabeth, donde los invasores han de organizarse en grupos reducidos y clandestinos, pasaremos a un Matthew enfrentado a toda una cadena de montaje terminal (lo que, de nuevo, no deja de estar cuajado de connotaciones). En este sentido, Philip Kaufman sabe jugar astutamente con relación al desenlace de la primera (y excepcional) versión. Por último, al que no se le ha podido someter, se le cerca y persigue. El realizador inserta a lo largo de la película unos oportunos cameos, por parte de un atribulado Kevin McCarthy (1914-2010) y un Donald Siegel (1912-1991) ejerciendo de taxista, camino de un incierto aeropuerto.


La patada propinada a una de las vainas transformadoras “en proceso” ocasiona un híbrido difícilmente olvidable. Como lo es el parto de los nuevos cuerpos (¡un auténtico parto de los montes!), y la posterior destrucción de los mismos, por quienes han estado a punto de convertirse en sujetos replicados.

Por su parte, los poseídos -o regenerados- continúan inmersos en sus rutinas y costumbres heredadas. Pero estos exteriorizados -ya que no sentidos- sentimientos, ¿a qué obedecen? ¿Son de cara a la galería del resto de no convertidos, es decir, algo pasajero y un mal necesario hasta completarse totalmente la invasión, o están encaminados a proseguir de manera mecánica un patrón de conducta establecido por la propia envoltura humana? Decía Hermann Hesse (1877-1962) que el carácter es el destino. ¿Será esto aplicable a todas las especies y culturas, o estamos abocados a un pensamiento único, predeterminado e ideológicamente diseñado?

Escrito por Javier Comino Aguilera


Thor: Ragnarok, de Taika Waititi

23 noviembre, 2017

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Aunque hablemos del género de los superhéroes, lo cierto es que tan solo tiene un requisito: la existencia de un ser con poderes, o al menos algunas habilidades considerables, que tienen un efecto en la sociedad que le rodea, generalmente salvadora. A partir de ahí, el esquema se adecua a las preferencias de quien dirige la película. Así podemos tener un thriller con El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), una road-movie con ecos de western crepuscular en Logan (James Mangold, 2017), una mezcla entre ciencia ficción y drama adolescente con Chronicle (Josh Trank, 2012), una aventura clásica y risueña con Superman (Richard Donner, 1978) o una comedia gamberra y satírica con Deadpool (Tim Miller, 2016). Al final, se trata de emplear al personaje dentro del tipo de historia que prefiramos, porque se puede tratar con gran versatilidad.

En este sentido, el personaje de Thor, surgido a partir de la mitología nórdica para llegar al mundo de los cómics desde el trabajo conjunto de Stan Lee, Larry Lieber y Jack Kirby, ha sufrido en el mundo cinematográfico diversas interpretaciones. Primero llegó la película Thor (Kenneth Branagh, 2011), prosiguió con apariciones en películas conjuntas de Marvel, como Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), y siguió con su trilogía particular con Thor 2: El mundo oscuro (Alan Taylor, 2013). No ha sido el personaje mejor tratado de la factoría Marvel, con un resultado bastante irregular, pero su última película parecía querer mejorar el rumbo llevado: Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017).

En esta ocasión, acompañamos a Thor (Chris Hemsworth) mientras trata de impedir que suceda el Ragnarok de Asgard, es decir, la destrucción de su planeta. Cuando considera que ha logrado detenerlo, regresa a su mundo para descubrir que su hermano Loki (Tom Hiddleston) ha usurpado el puesto de su padre, Odín (Anthony Hopkins). Al tratar de reinstaurar la normalidad, descubrirá que tenía otra hermana, Hela (Cate Blanchett), diosa de la muerte, quien quiere ocupar el trono de Asgard. Tras caer derrotado con facilidad y perder su poderoso martillo, Thor acaba en Saakar, un mundo convertido en basurero espacial dominado por Gran Maestro (Jeff Goldblum), un tirano que organiza combate entre gladiadores. El héroe asgardiano deberá escapar de Saakar y regresar a su mundo para salvarlo.

De esta forma, a lo largo de la película podemos observar tres tramos diferenciados: la introducción, que se inicia situándonos en el presente de Thor tras dos años de ausencia así como la situación de Asgard tras el dominio de Loki y la aparición de la villana principal, Hela, con la mención de fondo del Ragnarok; un segundo tramo donde se plantea la caída en desgracia de Thor y su decisivo empeño en salir de Saakar y salvar su mundo; y, finalmente, un tercer tramo donde se sitúa la batalla final y la resolución. La estructura es clásica, pero la forma en que se desarrollan deja bastante que desear.


Por una parte, la introducción es bastante acelerada para todos aquellos elementos que quiere presentar. Incluso se permite el cameo de Doctor Extraño (Benedict Cumberbatch) en una escena en exceso humorística y alargada de más. Además, no se logra ni siquiera trascendencia en un momento que debería ser emotivo y al que se va a remitir constantemente en el resto de la película. A ello debemos sumar, por último, la aparición de una villana, Hela, que está más vacía de lo que aparenta, pues si bien es cierto que contiene tras de sí una reflexión en torno a la perversión de la historia por parte de los gobernantes o a la eterna cuestión de los secretos familiares, lo cierto es que a estos aspectos se les dedica un tiempo mínimo, y el personaje no deja de ser maniqueo y típico.

El segundo tramo se convierte en el más largo y aunque se supone que estamos ante la caída en desgracia del héroe, del que incluso esperaríamos una pérdida de confianza por la pérdida de su martillo, lo cierto es que Thor se mantiene siempre fiel al espíritu rebelde y arrogante que ha caracterizado al personaje, lo que impide que exista algún momento en que se pueda empatizar con este protagonista. El resto de personajes que le rodean se sienten bastante vacíos. Valquiria (Tessa Thompson) parece tener un traumático pasado que es revisado en un flashback muy efectista, pero también muy simple para darle un auténtico fondo al personaje. Y Hulk (Mark Ruffalo) crece en tanto que se le otorga una personalidad propia, que es prácticamente un respiro cómico, pero no aporta mucho más que pura espectacularidad. Casi se podría decir que el mejor dúo en pantalla es el formado por Loki y Thor, en tanto que sus constantes giros entre la rivalidad y la fraternidad funcionan siempre y se asientan en una relación desarrollada con anterioridad.


Por último, el tercer tramo bascula entre el clímax y el anticlímax, pero se siente fugaz. El duelo entre Hela y Thor apenas dura, y no se logra alcanzar la tensión ni la transcendencia necesaria, dado que su final está motivado por los hechos del inicio, que apenas tuvieron tiempo para desarrollarse y alcanzar un mayor matiz trágico. En este sentido, la película está poco equilibrada, dado que no hay lugar para la épica ni para la tragedia, que acaban absorbidas siempre por la comedia, lo que provoca que sintamos que todos los personajes están vacíos, más al servicio del chiste que a una evolución personal.

La comedia parecía haberse convertido en la principal aliada de la obra de Waititi, siguiendo la estela de otras producciones Marvel, pero lo cierto es que se ha convertido en un arma de doble filo. En Thor ya se empleó el humor para mostrar las diferencias entre el héroe asgardiano y la Tierra, algo que siguió presente en Los Vengadores, pero que casi desaparició en Thor 2: El mundo oscuro, una aventura más típica y que aporta más bien poco. Sin duda, la comedia había sido su principal baza para distanciarse de este recorrido, pero acaba por devorarlo todo, sobre todo a sus personajes, que acaban convertidos en chistes. En la segunda parte de Don Quijote (1615), Cervantes (1548-1616) expone a sus dos protagonistas a toda una serie de burlas y tretas perpetradas por una pareja de condes, lo que acaba convirtiéndose en una propia parodia de los personajes que puede incluso incomodar al lector, dado que una cosa era verlos vivir accidentes fruto de la confusión y del encuentro con la realidad y otra que sean otros quienes procuren reírse a su costa, desvirtuándolos por completo hasta perderles el respeto que habían mantenido hasta entonces. Algo similar sucede con Thor: Ragnarok.


Como ya mencionábamos, incluso en los momentos épicos, todo se convierte en chiste. Por situar un mero ejemplo, cuando Bruce Banner decide entrar en acción como Hulk de nuevo. Ese cúmulo de burlas hacia los personajes acaba resultando cansino y rompe el equilibrio narrativo de esta clase de historias. A raíz de su argumento, ha sido bastante comparada con Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014), pero lo cierto es que las películas de la patrulla espacial sabe respetar a sus personajes, permitiendo momentos dramáticos y épicos, incluso aunque se introduzca algún gag no se pierde la dinámica dado que no se burla en sí del personaje, sino que nos reímos con ellos y con lo que hacen. Y así, hasta la buena lógica con la que se construye el fondo de la historia, con la gran ironía que conlleva el propio hecho del Ragnarok, acaba pasando desapercibida entre tanto efectismo y tantas ganas de provocar la risa hasta con los recursos más manidos y simples.

En definitiva, Thor: Ragnarok puede llegarte a hacerte reír, porque no le faltan intentos para hacerlo, pero acaba por ahogar todo lo demás. Es decir, estamos ante una película de superhéroes que pierde toda su épica y trascendencia no adrede, dado que está presente, sino porque la comedia invade cualquier escena. Este afán por provocar la risa impide que los personajes resulten verosímiles o profundos, estando la mayoría vacíos de desarrollo. Y aunque pueda resultar una aventura entretenida, tiene tramos pesarosos, donde los chistes van perdiendo gracia por acumulación.

Escrito por Luis J. del Castillo


Parque Jurásico, de Steven Spielberg

10 febrero, 2014

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En un afán científico, pero sobre todo comercial, el empresario Hammond decide investigar sobre los dinosaurios para recrearlos en una isla que pasaría a convertirse en un gigante parque para turistas que quisieran disfrutar, por una considerable suma, de un espectacular zoo de dinosaurios vivos. Sin embargo, estos seres son excesivamente peligrosos, especialmente al resucitar, por cuestión de espectacularidad, especies carnívoras y, según pretende el film, realmente despiadadas. Fruto de esta ambición desmedida, ocurren los primeros incidentes, lo que provocará que los inversores decidan hacer una inspección mediante el ojo crítico de expertos en la materia; ahí entran en escena los protagonistas de esta historia, que descubrirán con asombro cómo su materia de estudio, extinguida en la realidad, ha cobrado vida en aquel negocio, el parque temático.

La historia pertenece en origen al libro homónimo de Michael Crichton, médico, escritor y director de cine de quien ya comentó nuestro compañero Javier su película Coma (1978), y fue causa de interés desde su publicación en 1990, hasta que Steven Spielberg consiguió los derechos. Del director norteamericano, denominado como Rey Midas de Hollywood poca presentación es necesaria, pues es conocido por casi todos por películas como la saga de Indiana Jones -especialmente la primera entrega, En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981)-, E.T. el extraterrestre (1982), La lista de Schindler (Schindler's List, 1993; del mismo año que la que hoy comentamos), Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), o de forma más reciente, Lincoln (íb., 2012); también de él comentó Javier el film 1941 (íb., 1979). Junto al célebre director, el propio Crichton junto a Malia Scotch Marmo y, especialmente, David Koepp, que además de guionista ha sido director de, entre otras, Sin frenos (Premium rush, 2012), otra reseñada en el blog que, además, muestra la gran versatilidad de tres de los grandes implicados en este film. 

Por cierto, recientemente pudimos verla en los cines en un innecesario 3D y, además, si no tuvimos suficiente con las dos secuelas de 1997 (The Lost World: Jurassic Park) y 2001 (Jurassic Park III), está pendiente una nueva trilogía a iniciar en 2015 con el título de Jurassic World.


El espectáculo estaba servido: toda una aventura con dinosaurios, el plato fuerte de la película que contaba, además, con unos efectos especiales admirados por todos para crear esta aventura de supervivencia en mitad de un parque temático. Los dinosaurios, auténticos protagonistas, viven pacíficamente como pueden en esta nueva realidad, actuando como seres instintivos que son, no podemos condenarlos aunque encontremos cierto maniqueísmo en el tratamiento de los famosos velociraptores o del gran Tyrannosaurus rex. La película, además, nos transmite el mensaje de que no controlamos a la naturaleza aunque lo pretendamos: los dinosaurios, como también pasa con los animales en el zoo, no siempre están dispuestos para agradar a los visitantes, y aún menos para vivir en un hábitat que puede resultar perjudicial para ellos. No entraremos a valorar si la base científica es verídica, ya hay muchas críticas a la veracidad de denominaciones, teorías científicas y demás cuestiones que, sin embargo, son verosímiles en la película, lo que en la ciencia ficción o en cualquier otro tipo de ficción es aceptable.

Los efectos especiales recreaban a la perfección unos completos dinosaurios donde se perdía lo artesanal, pero para hacerlo de forma brillante, tanto que aún hoy asombra. Los dinosaurios se encargan de protagonizar las mejores escenas del film, aquellas que desatan mayor tensión, como los coches atacados por el T. rex o la persecución en la cocina de los velociraptors que están al acecho de los niños. Por su parte, la parte humana está más hueca en su desarrollo. 


Si bien no podemos dudar de la labor de actores como Sam Neill o Richard Attenborough, la realidad es que el desarrollo de los personajes es bastante flojo, tan solo destacando pequeños aspectos, como el gusto por los niños del doctor paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), la valentía de la doctora, experta en paleobotánica, Ellie Sattler (Laura Dern) o el sueño y la persistencia monetario de John Hammond; Richard Attenborough interpreta a este abuelete empresario del que incluso podemos sentir pena, pese a saber que sus acciones no son ni altruistas ni, mucho menos, científicas. Sobre esta cuestión, hay todo un aparato crítico a lo que rodea el parque temático que hay quienes lo han apreciado como un ejemplo de merchandising, todo una campaña que se ha valorado en algunos círculos como placement, publicidad encubierta dentro de la película, en lugar de, sin duda, observar la clara crítica a esta cuestión, pese a que, sin duda, se haya hecho caja en la realidad de todos los productos derivados de la cinta (¿aunque no es ese el propósito de toda empresa?).


En cuanto al resto, Sam Neill y Laura Dern tienen falta de química entre ambos, aunque individualmente se adecuen a sus papeles, especialmente Neill, y tampoco ayuda Jeff Goldblum como el matemático y teórico del caos, el doctor Ian Malcolm, único personaje que se mantiene igual a lo largo del metraje con una personalidad que no se aprovecha del todo. Los niños están ciertamente estereotipados, tanto en el caso de Joseph Mazzello en la piel del insistente y pesado niño Tim Muprhy, en la actitud de esos jóvenes fanáticos e insistentes así como cuasi periodista, como en el de Ariana Richards como la hermana mayor Lex Murphy, cuya mayor habilidad está en los ordenadores, seguramente una premonición de lo que son las nuevas generaciones tecnológicamente hablando. 

Los papeles menores son mínimos, destacando quizás el de Wayne Knight como Dennis Nedry, el encargado de estropear la utopía funcionando como una especie de antagonista dentro del espionaje empresarial, el personaje reluce antipatía; como curiosidad, la presencia de Samuel L. Jackson, como ingeniero de parque, y, como crítica, la esperpéntica actuación de Bob Peck como Robert Muldoon, oficial del parque y especie de cazador de dinosaurios.


La película se solventa mediante algunos Deus (o dinosaurus) ex machina bastante oportunos (y sorprendentes), que funcionan sobre todo para salvar al pequeño Tim. No obstante, no desmerece una aventura que aviva el gusto por los dinosaurios, esos seres que tanto nos fascinan, quizás porque nos hacen sentir pequeños e indefensos.

Escrito por Luis J. del Castillo


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