Jurassic World, de Colin Trevorrow

18 junio, 2018

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La fascinación que los dinosaurios han provocado a las distintas generaciones de los últimas décadas tuvo su proyección cinematográfica más atractiva en Parque Jurásico (1993), de la mano de Steven Spielberg (1946). Sin embargo, no era la primera vez que Spielberg estaba ligado a un proyecto sobre dinosaurios, ya fue productor de la primera entrega de la entrañable saga de animación En busca del valle encantado (Don Bluth, 1988) y tampoco su película fue el  único motivo por el que muchos niños se sintieran atraídos por estas criaturas, cuyo trágico final y sus vivencias anteriores a la existencia del ser humano han suscitado un interés único para la humanidad. Debido a ambos factores, y dado que nos encontramos en una época de rescates nostálgicos, también llamados remakes, reboot o secuelas, no nos debe extrañar que la saga fuera recuperada recientemente con una cuarta entrega: Jurassic World (2015).

Aprovechando la distancia temporal con la película original, la propuesta argumental es un mundo en el que, tras los acontecimientos de la primera entrega, se ha retornado a la isla Nublar para crear un parque como deseaba John Hammond (Richard Attenborough, cuyo personaje aparece mencionado y como estatua, al estilo de Walt Disney en los parques temáticos de la compañía).


El parque, financiado por Simon Masrani (Irrfan Khan), se llama Jurassic World y se ha convertido en un foco turístico muy beneficioso. A su vez, la presencia de los dinosaurios es aprovechada para experimentar con ellos, en una doble vertiente: estudiar su comportamiento e incluso domarlos, como pretende Owen Grady (Chris Patt), o intentar crear nuevos seres a partir de la manipulación genética, como pretende el doctor Henry Wu (B.D. Wong, rescatado de la película original) con el fin de crear criaturas aún más atractivas para el gran público... o quizás para un público más selecto: el militar.

Comenzamos nuestra visita al parque a través de los ojos de dos hermanos, Gray y Zach Mitchell (Ty Simpkins y Nick Robinson, respectivamente), siguiendo así con los paralelismos, que son varios. Ambos son sobrinos de la gerente del parque, la fría y distante doctora Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), que los dejará solos por las atracciones mientras ella se ocupa de una nueva criatura creada por la manipulación genética: el Indominus rex. Sin embargo, la forma de criar a esta criatura, como reverá Owen Grady, así como el conjunto de genes que le otorgan unas habilidades inesperadas, provocará que el dinosaurio se rebele y consiga crear el caos en el parque.


A pesar de las apariencias, la película está descafeinada A diferencia de aquellas escenas de cierto suspense terrorífico que logró Spielberg con los velociraptores, en esta no llega a existir tanta tensión: las víctimas resultan obvias, los protagonistas se salvan de forma continua y absurda, tampoco faltará el deus ex machina que tan simpático pudo resultar en Parque Jurásico, pero que aquí se ha convertido en un recurso más que manido y que representa bastante bien la falta de ideas que se encuentra en esta obra.

Es más, mientras que en aquella se jugaba con lo desconocido, esta cae en el error de resultar llamativa por los fallos tan pueriles que cometen sus personajes, todo por seguir una crítica contra el tejido empresarial que ya hasta resulta más que aburrido. Como de nuevo la vigencia de un representante del ejército, o peor, un mercenario, cegado por sacar beneficio de la situación. Maniqueísmo aún peor que en la original, dado que al menos allí existía un carisma del que aquí carecen la mayoría de personajes.


En este sentido, hay una falta de equilibrio en el desarrollo de los personajes. Owen Grady no pasa de ser un héroe arquetípico, que es honesto y honorable, que valora a la fauna con respeto y que rechaza los métodos tanto militares como empresariales voraces. Además, es capaz de salir de cualquier situación con ingenio y con una personalidad que casa bastante bien con el actor, tanto que podríamos sentir que estamos viendo al Star Lord de Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014) en un universo alternativo donde nunca hubiera abandonado la Tierra (sensación que se acrecienta aún más en la secuela). La protagonista, Claire Dearing, es un personaje inconsistente e incoherente, que pasa de ser una empresaria fría y distante, incapaz de abandonar los tacones o de lidiar con los mosquitos, a una especie de aventurera algo asustadiza e incapaz de controlar sus impulsos. Incluso podemos considerar que nunca llega a tomar el control de la situación como debiera, ni toma una decisión adecuada, por ejemplo, respecto a sus sobrinos.

Hay un intento de desarrollo emocional entre los niños, aunque se trata de un intento vacío y previsible de unión fraternal en la discordia. Si la aparición de niños en las entregas ha sido generalmente criticado como un defecto, aunque sea ya un elemento prácticamente imprescindible de cada entrega, lo cierto es que su rol en esta obra queda muy alejada de los hermanos Murphy en Parque Jurásico, a pesar de que aquellos pudieran resultar más pesados, al menos lograban una evolución más coherente y cohesionada además de tener algunas escenas memorables. Por supuesto, por la pantalla desfilan personajes prescindibles y sin carisma, sin faltar el antagonista maniqueo de turno o alguna muerte absurda por la forma en que se realiza.


En definitiva, Jurassic World intenta repetir la fórmula, pero con menor calidad y más dosis de ridículo en sus resoluciones. Hay homenajes a la saga incluso con la aparición estelar de las instalaciones originales o ciertas reminiscencias musicales, pero apenas cuenta con secuencias memorables, coherencia, evolución de los personajes o carisma más allá del arquetipo. Hay una carencia de sentido lógico por parte de la mayoría de personajes y el final queda abierto en exceso, a la espera de una evidente segunda entrega. Con todo, se puede rescatar algunas ideas que podrían haberse desarrollado más, como el adiestramiento de dinosaurios, o que algunas secuencias de acción se sitúan en la espectacularidad que se espera de un blockbuster. Obviamente, no se trata de una obra que pretenda ser profunda, pero lo que en los noventa podía resultar aún novedoso o válido, en esta época ha quedado ya repetitivo y cansino. Es decir, esta entrega pierde el carisma y el alma de la original, a pesar de no dejar de seguir sus pasos.


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