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Thor: Ragnarok, de Taika Waititi

23 noviembre, 2017

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Aunque hablemos del género de los superhéroes, lo cierto es que tan solo tiene un requisito: la existencia de un ser con poderes, o al menos algunas habilidades considerables, que tienen un efecto en la sociedad que le rodea, generalmente salvadora. A partir de ahí, el esquema se adecua a las preferencias de quien dirige la película. Así podemos tener un thriller con El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), una road-movie con ecos de western crepuscular en Logan (James Mangold, 2017), una mezcla entre ciencia ficción y drama adolescente con Chronicle (Josh Trank, 2012), una aventura clásica y risueña con Superman (Richard Donner, 1978) o una comedia gamberra y satírica con Deadpool (Tim Miller, 2016). Al final, se trata de emplear al personaje dentro del tipo de historia que prefiramos, porque se puede tratar con gran versatilidad.

En este sentido, el personaje de Thor, surgido a partir de la mitología nórdica para llegar al mundo de los cómics desde el trabajo conjunto de Stan Lee, Larry Lieber y Jack Kirby, ha sufrido en el mundo cinematográfico diversas interpretaciones. Primero llegó la película Thor (Kenneth Branagh, 2011), prosiguió con apariciones en películas conjuntas de Marvel, como Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), y siguió con su trilogía particular con Thor 2: El mundo oscuro (Alan Taylor, 2013). No ha sido el personaje mejor tratado de la factoría Marvel, con un resultado bastante irregular, pero su última película parecía querer mejorar el rumbo llevado: Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017).

En esta ocasión, acompañamos a Thor (Chris Hemsworth) mientras trata de impedir que suceda el Ragnarok de Asgard, es decir, la destrucción de su planeta. Cuando considera que ha logrado detenerlo, regresa a su mundo para descubrir que su hermano Loki (Tom Hiddleston) ha usurpado el puesto de su padre, Odín (Anthony Hopkins). Al tratar de reinstaurar la normalidad, descubrirá que tenía otra hermana, Hela (Cate Blanchett), diosa de la muerte, quien quiere ocupar el trono de Asgard. Tras caer derrotado con facilidad y perder su poderoso martillo, Thor acaba en Saakar, un mundo convertido en basurero espacial dominado por Gran Maestro (Jeff Goldblum), un tirano que organiza combate entre gladiadores. El héroe asgardiano deberá escapar de Saakar y regresar a su mundo para salvarlo.

De esta forma, a lo largo de la película podemos observar tres tramos diferenciados: la introducción, que se inicia situándonos en el presente de Thor tras dos años de ausencia así como la situación de Asgard tras el dominio de Loki y la aparición de la villana principal, Hela, con la mención de fondo del Ragnarok; un segundo tramo donde se plantea la caída en desgracia de Thor y su decisivo empeño en salir de Saakar y salvar su mundo; y, finalmente, un tercer tramo donde se sitúa la batalla final y la resolución. La estructura es clásica, pero la forma en que se desarrollan deja bastante que desear.


Por una parte, la introducción es bastante acelerada para todos aquellos elementos que quiere presentar. Incluso se permite el cameo de Doctor Extraño (Benedict Cumberbatch) en una escena en exceso humorística y alargada de más. Además, no se logra ni siquiera trascendencia en un momento que debería ser emotivo y al que se va a remitir constantemente en el resto de la película. A ello debemos sumar, por último, la aparición de una villana, Hela, que está más vacía de lo que aparenta, pues si bien es cierto que contiene tras de sí una reflexión en torno a la perversión de la historia por parte de los gobernantes o a la eterna cuestión de los secretos familiares, lo cierto es que a estos aspectos se les dedica un tiempo mínimo, y el personaje no deja de ser maniqueo y típico.

El segundo tramo se convierte en el más largo y aunque se supone que estamos ante la caída en desgracia del héroe, del que incluso esperaríamos una pérdida de confianza por la pérdida de su martillo, lo cierto es que Thor se mantiene siempre fiel al espíritu rebelde y arrogante que ha caracterizado al personaje, lo que impide que exista algún momento en que se pueda empatizar con este protagonista. El resto de personajes que le rodean se sienten bastante vacíos. Valquiria (Tessa Thompson) parece tener un traumático pasado que es revisado en un flashback muy efectista, pero también muy simple para darle un auténtico fondo al personaje. Y Hulk (Mark Ruffalo) crece en tanto que se le otorga una personalidad propia, que es prácticamente un respiro cómico, pero no aporta mucho más que pura espectacularidad. Casi se podría decir que el mejor dúo en pantalla es el formado por Loki y Thor, en tanto que sus constantes giros entre la rivalidad y la fraternidad funcionan siempre y se asientan en una relación desarrollada con anterioridad.


Por último, el tercer tramo bascula entre el clímax y el anticlímax, pero se siente fugaz. El duelo entre Hela y Thor apenas dura, y no se logra alcanzar la tensión ni la transcendencia necesaria, dado que su final está motivado por los hechos del inicio, que apenas tuvieron tiempo para desarrollarse y alcanzar un mayor matiz trágico. En este sentido, la película está poco equilibrada, dado que no hay lugar para la épica ni para la tragedia, que acaban absorbidas siempre por la comedia, lo que provoca que sintamos que todos los personajes están vacíos, más al servicio del chiste que a una evolución personal.

La comedia parecía haberse convertido en la principal aliada de la obra de Waititi, siguiendo la estela de otras producciones Marvel, pero lo cierto es que se ha convertido en un arma de doble filo. En Thor ya se empleó el humor para mostrar las diferencias entre el héroe asgardiano y la Tierra, algo que siguió presente en Los Vengadores, pero que casi desaparició en Thor 2: El mundo oscuro, una aventura más típica y que aporta más bien poco. Sin duda, la comedia había sido su principal baza para distanciarse de este recorrido, pero acaba por devorarlo todo, sobre todo a sus personajes, que acaban convertidos en chistes. En la segunda parte de Don Quijote (1615), Cervantes (1548-1616) expone a sus dos protagonistas a toda una serie de burlas y tretas perpetradas por una pareja de condes, lo que acaba convirtiéndose en una propia parodia de los personajes que puede incluso incomodar al lector, dado que una cosa era verlos vivir accidentes fruto de la confusión y del encuentro con la realidad y otra que sean otros quienes procuren reírse a su costa, desvirtuándolos por completo hasta perderles el respeto que habían mantenido hasta entonces. Algo similar sucede con Thor: Ragnarok.


Como ya mencionábamos, incluso en los momentos épicos, todo se convierte en chiste. Por situar un mero ejemplo, cuando Bruce Banner decide entrar en acción como Hulk de nuevo. Ese cúmulo de burlas hacia los personajes acaba resultando cansino y rompe el equilibrio narrativo de esta clase de historias. A raíz de su argumento, ha sido bastante comparada con Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014), pero lo cierto es que las películas de la patrulla espacial sabe respetar a sus personajes, permitiendo momentos dramáticos y épicos, incluso aunque se introduzca algún gag no se pierde la dinámica dado que no se burla en sí del personaje, sino que nos reímos con ellos y con lo que hacen. Y así, hasta la buena lógica con la que se construye el fondo de la historia, con la gran ironía que conlleva el propio hecho del Ragnarok, acaba pasando desapercibida entre tanto efectismo y tantas ganas de provocar la risa hasta con los recursos más manidos y simples.

En definitiva, Thor: Ragnarok puede llegarte a hacerte reír, porque no le faltan intentos para hacerlo, pero acaba por ahogar todo lo demás. Es decir, estamos ante una película de superhéroes que pierde toda su épica y trascendencia no adrede, dado que está presente, sino porque la comedia invade cualquier escena. Este afán por provocar la risa impide que los personajes resulten verosímiles o profundos, estando la mayoría vacíos de desarrollo. Y aunque pueda resultar una aventura entretenida, tiene tramos pesarosos, donde los chistes van perdiendo gracia por acumulación.

Escrito por Luis J. del Castillo


The Monuments Men, de George Clooney

13 abril, 2014

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El valor del arte va más allá de la consideración económica que hoy en día consideramos como esencial; el arte estructura y nos enseña la evolución del ser humano y de su pensamiento, pero, sobre todo, de la creatividad de las personas para captar la realidad o su imaginación. La tesis de Monuments Men defiende que la desaparición de estas obras de arte suponen el olvido o la ausencia de la idiosincracia de una cultura, igual que cuando una lengua muere, muere consigo la visión del mundo de una civilización.


Tras un inicio que repasa alguna de estas obras rescatadas por los ciudadanos, de cualquier condición, trabajando por sostenerlas y rescatarlas, nos trasladamos al grupo militar conocido como Monuments Men, una serie de hombres especialistas en distintos campos artísticos que deberán viajar a una Europa en el ocaso del dominio de Hitler. Y aunque la película prometía ser una combinación de arte, emoción y humor con un reparto que prometía en la fachada más que en el interior, como el arte vacío.

A la cabeza de este buque se encuentra el actor, director y productor George Clooney, que se adentra en el puesto de dirección por quinta vez en un camino marcado especialmente por películas relacionadas con política y órganos de inteligencia de los gobiernos: Confesiones de una mente peligrosa (Confessions of a dangerous mind, 2002), Buenas noches, y buena suerte (Good night, and good luck, 2005) o Los idus de marzo (The Ides of March, 2011).

Damon y Clooney durante la grabación
No obstante, Clooney es más conocido por su faceta de actor, que también exprime en sus incursiones directivas participando en ellas. Por otra parte, ha sido también productor de otra obra de carácter político como es Argo (Ben Affleck, 2012), basada en hechos reales, otro denominador común que comparten varias de sus propuestas. Con todos estos requisitos cumple The Monuments Men (2014), aunque su resultado esté, cuanto menos, muy alejado de resultar bueno.

La historia bajo la que se entreteje el film se basa en un libro de Robert M. Edsel que narra la historia del Programa de Monumentos, Arte y Archivos del ejército norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial, en un intento por rescatar las piezas culturales más importantes de la expoliación y posible destrucción del nazismo (junto a la posterior amenaza soviética). Hitler pretendía crear un museo con todas esas obras o destruirlas todas a su muerte, aunque de todos es sabido que no consiguió el primer objetivo, seguramente sí logró el segundo en parte. Sin embargo, la visión tan tajante del líder nazi se pueda extrapolar a otras situaciones de nuestra historia, en la que el arte ha sido arrancado, descontextualizado y/o destruido ya fuera por guerras, compres y ventas, incendios fortuitos o intencionados y otras acciones humanas que poca relación tienen con el perfecto enemigo de películas bélicas, los nazis. Gracias a ellos, la cinta repite clichés, incluyendo escenas pacíficas sobre soldados que solo cumplían órdenes o una actitud despiadada por parte de altos mandos que, de nuevo, cumplían órdenes. 



Y pese a eso, hubiéramos podido aceptar la clásica arenga si realmente el film hubiera sido emocionante, cosa que logra cumplir en el tramo final, para lo cual hay que soportar demasiado trayecto de emociones postuladas, especialmente por monólogos en off, relacionadas con unos personajes que no logran tener empaque y que relacionamos más con los actores que los interpretan que con un ser real, con una historia y personalidad propias en sus espaldas. La irregularidad del ritmo provoca, precisamente, que sean despachados en su presentación en el primer cuarto de hora a una velocidad pasmosa y que después nos detengamos en este capítulo de sus vidas con parsimonia, ¡incluso remitiendo a un pasado que nos es velado y que, según pretende el film, debería conmover!

En la composición del metraje falta, como hemos visto, ritmo y en los personajes, fundamento. Aunque este grupo pertenece a la intrahistoria de uno de los acontecimientos más cruentos de nuestra historia contemporánea, el problema reside, precisamente, en ese mismo anonimato en el que el film no se atreve a ahondar. Desconocemos prácticamente todo de los personajes, algo que no necesariamente sería un defecto, puesto que muchos son los personajes de los que poco conocemos pero que están bien desarrollados, si no fuera por la cantidad de incoherencias que tienen en su actitud o por las referencias que se hacen a ese pasado en varios puntos de la cinta. No podemos defender, además, el hecho de que se trate de una adaptación tanto de hechos reales como de una obra, puesto que se permiten, entre otras cosas, cambiar el nombre de todos protagonistas reales; y eso sin hablar del cambio de lenguaje que existe entre lo literario y lo cinematográfico.


En este sentido, tan solo el personaje secundario Claire Simon (encarnado por Cate Blanchett) tiene una evolución interesante y atractiva en la película, convirtiéndose en una personaje clave que contiene drama y una seriedad realista sin pertenecer al grupo principal sobre el que se basa la cinta. Ni siquiera George Clooney, que se reserva el papel de líder del grupo, Frank Stokes y alguno de los monólogos emotivos del film, tiene un personaje muy consistente, teniendo una motivación especial a partir de la mitad de la película, en una búsqueda obsesiva por la Madonna de Brujas, escultura de Miguel Ángel.

Por otra parte, Matt Damon, como James Granger, realiza una actuación plana de un personaje que poco más le proporciona. El resto del reparto, compuesto por algunos actores cómicos, solventa el papel dentro de las posibilidades que le ofrece el guión, pero sin mostrar ningún ápice de genialidad.

Desfilan por la pantalla actores como Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, Bob Balaban o Hugh Bonneville en busca de arte, especialmente el políptico de Gante, Adoración del Cordero, de los hermanos Van Eyck. Como curiosidad en el reparto, la aparición del padre del director y actor, Nick Clooney.

Aunque con los actores cabría esperarlo, la película se publicitó como una mezcla entre película de aventuras y comedia, con un fin cultural, lo que finalmente no resulta ser tal. Es más, las situaciones cómicas se repiten sin gracia alguna, convirtiendo una de sus bazas publicitarias en otro de los defectos de la cinta, que finalmente no logra ser ni lo que prometía ni lo que pretendía resultar.

En definitiva, la historia que nos traía Clooney, aquella que hablaba del arte como sustentador de la cultura más allá de una creencia religiosa, era acertada y su mensaje sería aplicable a otras circunstancias donde no existió un grupo tan preciso como estos Monuments Men; y, sin embargo, la película ha resultado ser una pieza aburrida, sin gracia ni brillantez.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XI): El Hobbit: un viaje inesperado, de Peter Jackson

24 diciembre, 2012

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Se hizo de rogar, pero ya llegó a nuestras pantallas. La adaptación de otra de las famosas historias del célebre Tolkien ha resultado ser el retorno inevitable a la Tierra Media, pero en esta ocasión no podemos afrontar una trilogía épica, sino un cuento infantil. Quizás la cuestión que, en la raíz, está produciendo contrariedad entre los espectadores, especialmente entre aficionados y crítica.


Peter Jackson volvió a tomar las riendas del universo tolkiano para deleitarnos de la idiosincracia ya creada en su obra magna El señor de los anillos (2001-2003). Nos embarca en el preludio de esta historia, un cuento con mil páginas menos que la trilogía, pero que marca el inicio de la Tierra Media en la literatura, si nos referimos a la vida del autor. Es la sencilla historia de un hobbit, Bilbo Bolsón, de modales refinados, tranquilo y algo holgazán, como lo son los de su raza, que es arrastrado por el mago Gandalf a una aventura con trece enanos. El objetivo es recuperar el tesoro que el dragón Smaug les robó y, a ser posible, regresar con vida. Relatar esta idea tan simple ha tenido muchos contratiempos pese a contar con gran parte de los escenarios ya previstos, entre cuestiones de productoras, dirección, retrasos, la adaptación se ha postergado hasta llegar a realizarse diez años después del exitoso trío del anillo.

De no haber sido Jackson el director, nos podríamos plantear si las uniones con lo ya visto hubieran sido menores, pero la cuestión es que Guillermo del Toro abandonó el proyecto de dirección y el proyecto recayó en sus manos. Y ha arrastrado consigo varias polémicas. Si bien era considerable la realización de tres películas para tres libros, muy cuestionable ha sido producir otros tres films para un único libro de pocas páginas, aún sabiendo que en principio se plantearon dos largometrajes. ¿Cuestión económica o creativa? El resultado deberemos esperarlo cuando podamos disfrutar de esta nueva trilogía, de momento sólo podemos observar que Peter se ha recreado en cada escena, ha profundizado en los escritos de Tolkien y ha querido trasladar toda su visión fiel a la obra, pero expandida respecto a la misma. 

Peter Jackson en el decorado de El Hobbit
Radagast
En algunas de estas ocasiones, el resultado es positivo. Con un inicio que sirve de prólogo a la historia de Thorin y que nos avisa de que esto no es la búsqueda de un simple tesoro, es también la recuperación de un reino, paraíso, perdido. Con este prólogo comienza ya la visión épica que irá entremezclándose con la raíz más infantil y humorística de esta obra, a veces con buenos momentos y otros con un resultado que no acaba de funcionar.

El libro es un cuento infantil, pero Jackson ha querido volver a la épica y ha añadido elementos de ese campo que, en ocasiones, no parecen casar con el tono más ameno de la obra original, y que incluso la empeoran. El caso más evidente es el antagonista creado para la ocasión: un orco albino llamado Azog. Este personaje es un estereotipo del malvado que busca venganza por una derrota y que es extraído del legendarium de la Tierra Media, aunque no tenga relación directa con esta historia.

Su inserción en esta historia causa repercusión en el argumento, pero puede dejar indiferente al espectador. El hobbit ya contaba con un antagonista principal y otros seres oscuros muy interesantes, así como la sombra de Sauron, que nuestro director logra introducir con buen proceder a través del excéntrico Radagast.

Otras escenas sirven para perfilar mejor la relación con El señor de los anillos, como la aparición de personajes de esa trilogía. Algunas de esas escenas son la introducción que enlaza a la perfección con el inicio de La comunidad del anillo, con un Frodo sonriente haciendo los preparativos del cumpleaños de Bilbo. También la reunión entre Saruman, Elrond, Galadriel y Gandalf nos sirven para mostrar las dudas acerca de esa paz que, como ya sabemos, terminará con el regreso de Sauron.

Quizás el personaje más perjudicado es Saruman, que logra imponer y producir un contraste con Gandalf, pero que después se convierte en una caricatura. Distinto es el papel de Galadriel, que se muestra tan enigmática como en anteriores ocasiones y mantiene a la perfección la identidad creada para este personaje en anteriores ocasiones, incluso con la complacidad existente con el mago gris, encuentro que no pudimos observar antes.


Como habéis podido notar, estamos haciendo referencia a varios personajes de este universo, menos al más importante: el hobbit. Bilbo Bolsón es opacado en este primer film por otros personajes que resultan más interesantes, su protagonismo se centra en las escenas más graciosas del film y en la parte final, especialmente en su conversación con Gollum, que, en cierta forma, también se apodera del papel principal.

Tendremos que esperar para ver si acaba por conformarse como verdadero protagonista y seguirá cediendo su puesto a otros, como Thorin o Gandalf. Por último, podemos hacer referencia a la suerte que tienen los personajes en su aventura, un factor al que los guionistas han recurrido para que el grupo siga adelante en su aventura, explotándolo de tal forma que deshumaniza -si cabe este término- esta aventura fantástica.


Dentro del apartado técnico, la película reluce calidad, pero también trae la polémica de una innovación: 48 frames por segundo. Jackson dobla el número de frames en los que se rueda una película normal para crear una nueva atracción visual que ha dividido, de nuevo, a los espectadores. En este sentido, y también en su relación con el 3D, debo comentar a título personal que el resultado mostrado es vertiginoso en un inicio, pero según el ojo se adapta a lo que está viendo, se puede percibir mejor el movimiento de los actores.

Los colores parecen más intensos y aumenta el realismo a la par que parece que visualizamos una animación. Un claro ejemplo es una de las escenas iniciales, la narración sobre el reino de Erebor, que parece extraída de una cinemática del videojuego Warcraft. También a nivel personal puedo comentar que su 3D consiguió que no me doliera la cabeza como en anteriores ocasiones, desconozco si tiene relación con los 48 frames, pero si esta combinación permite un resultado como el visto sin dolor, puede resultar muy interesante.

En otro sentido, es de esperar una mejora en hacer más natural lo artificiosa que resulta la imagen en su colorido. En cuanto a la banda sonora, volvemos a estar ante un festival de leivmotivs rescatados de El señor de los anillos, de agradecer para los aficionados, pero que no aporta originalidad a la música.

Casting de El Hobbit
Llegados a este punto cabe plantearnos qué nos contará Jackson en las dos próximas películas, y si acaso su afán por expandir el universo de El hobbit puede desvirtuar la imagen del cuento que Tolkien hizo para sus hijos y que fue la semilla de la Tierra Media. Un cuento que ahora se debate entre ser una película de aventuras con humor, una historia épica o una remezcla de ambos géneros que pueda no llegar a satisfacer ni a quienes esperan una cosa ni a quienes esperan la otra.

Escrito por Luis J. del Castillo

Adaptaciones (X): El señor de los anillos, de Peter Jackson

14 diciembre, 2012

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En 1999 se reunieron los requisitos para crear la última gran aventura épica que ha vivido el cine. En gran medida, una de las culpables, junto a la exitosa saga de Harry Potter, del boom de adaptaciones cinematográficas que se están dando en la literatura de fantasía, propiciando un descubrimiento para las productoras a nivel de recaudación. Si bien es cierto que literatura y cine han ido de la mano desde los inicios del séptimo arte, la trilogía de El señor de los anillos logró transportar a la gran pantalla no sólo la narración de Tolkien, sino también la posibilidad y la oportunidad de llevar otros libros de iguales características. Sobre las virtudes y defectos de estas adaptaciones se podrían escribir ríos de tinta, pero es preferible centrarse en el material que tenemos entre manos.


Peter Jackson
La Tierra Media, un lugar extraño que Tolkien creó a partir de los antiguos mitos escandinavos, un mundo en el que se encargó de conformar toda una historia, una idiosincracia, que se ha rescatado de todo lo que desarrolló en vida. Sin duda, su obra de fantasía más conocida sobre este universo es El señor de los anillos, una trilogía donde replegó sus artes de gran narrador, con un detalle único para recrear todo el ambiente y la imaginación necesaria para lo que quería mostrar al lector. En este sentido, Peter Jackson, director de los films, se vería en el reto de transportar de aquellas páginas las imágenes que mostraría en sus fotogramas. El resultado no disgustó, pese a una recepción inicial de la crítica algo fría, pero que lograría caldear tras la proyección del último film, que le valdrían un total de once Óscar, igualando el número de Titanic (James Cameron, 1997) y Ben-Hur (William Wyler, 1959), formando un trío cinematográfico bastante peculiar.

Acecando nuestra mirada a la historia, seremos transportados al hábitat de unas criaturas simpáticas y bonachonas que nos transmitirán la serenidad y la alegría de unos tiempos de paz: los hobbits. Similares a los enanos, pero lampiños, dados a las labores de campo más que a la guerra, y de un carácter más festivo y campechano. Aunque no todos son iguales, Bilbo Bolsón, protagonista de la novela El hobbit, resulta ser casi un extraño, el único que se embarcó en una aventura lejos de la querida Comarca. Y junto a él, su sobrino Frodo, futuro protagonista, inocente de un destino nada favorable, que admira y quiere a su tío, aún viviendo feliz en aquel territorio de ensueño.


Todas estas sensaciones e imágenes son captadas por la cámara, con los adecuados arreglos a la escena y la música perfecta para la ocasión, y para todas las demás ocasiones. No en vano El señor de los anillos se caracteriza por tener una serie de leitmotivs muy reconocibles y que nos acompañarán en las tres películas, creando un ambiente musical capaz de ser interpretado con los ojos cerrados. Con esos mismos ojos con los que se nota la oscuridad que la trama va tornándose tras la aparición de un misterioso anillo de oro, propiedad de Bilbo, y con la extraña cualidad de tornar invisible a su portador.


Como nos descubrirá el carismático personaje de Gandalf, el anillo tiene un pasado cruel, signo del mal. Comienza así La comunidad del anillo su travesía desde la Comarca hasta Rivendell, donde se formará una compañía de nueve personas (un elfo, un enano, dos hombres, cuatro hobbits y un mago) para destruir el anillo en el lugar donde fue forjado, un reino que es la antítesis de la Comarca: Mordor. En el camino se sucederán las batallas, los encuentros con seres extraordinarios, las traiciones, los sitios más oscuros y los más bellos; en conclusión, un viaje a través de toda la Tierra Media donde los personajes evolucionarán, madurarán y ocuparán sus destinos inevitables.

La Comarca y Mordor
Bajo la sombra del miedo que emana Sauron, un malvado identificado con un gran ojo ardiendo, la comunidad del anillo tendrá que enfrentarse a las hordas de orcos que forman su ejército, lo que llevó a representar diferentes batallas a lo largo de las películas, in crescendo hasta la batalla final en El retorno del rey. No obstante, como nos muestra la película, en ocasiones las pequeñas personas son decisivas para el destino común. Por ello serán los hobbits, esas criaturas inocentes y alejadas del mundo las que sufran una mayor evolución, conformándose como verdaderos aventureros y guerreros.

Si bien la carga argumental de la trilogía cuenta con muchas escenas, la idea matriz es simple, al igual que los matices de los personajes. El eco de lo que vemos en el film es la adaptación fiel, agradecida por los seguidores de los libros, de la obra de Tolkien, quien, pese a ser un grandísimo narrador, tiñó sus historias de una lectura simple e ideológicamente cristiana: bien contra mal. Este hecho no nos debe enturbiar la diversión y el espectáculo que tenemos ante nosotros, pues no es la primera obra ni la última donde hallaremos esa lucha entre malos y buenos.

El ojo de Sauron, villano del film
Retornando a lo mencionado antes, Peter Jackson logra transportar con la fidelidad de un seguidor de Tolkien los tres libros, alcanzado la notable cifra de 683 minutos, es decir, más de once horas, en la versión final, reducida considerablemente para la proyección en salas. Es necesario, sin embargo, visionar las tres películas en su duración completa, comprendiendo mejor la trama, especialmente por los fragmentos que omitieron en El retorno del rey, en ocasiones relevantes para entender mejor algunos sucesos. Como es obvio, con esta conclusión de la trilogía Peter Jackson obtuvo fama mundial, pero también sirvió para engrandecer a actores que habían alcanzado ya cierto prestigio, como Ian McKellen (actor de Gandalf), que el año anterior había interpretado a Magneto en la película X-Men (Bryan Singer, 2000).

También para lanzar al estrellato a otros intérpretes, como fueron los casos del desconocido Orlando Bloom, que ocupaba el papel del elfo Légolas aportando más belleza masculina que dotes interpretativas; Viggo Mortensen, cuyos cuarenta años sirvieron para la experiencia que pudo aportar a un Aragorn inolvidable; o Elijah Wood, que ya tenía una carrera como niño estrella, pero con cuya interpretación de Frodo Bolsón, protagonista del film, despegaría hacia otros horizontes.

A nivel técnico, aún hoy, habiendo transcurrido más de diez años, desprende una magia con sello personal, con efectos especiales que no han quedado obsoletos, como han podido hacerlo otros films de la misma época. 


La banda sonora, como ya mencionamos, se ha convertido en una de las más reconocibles de los últimos años, con una fantástica melodía épica como representante de toda la saga y la canción May it be, de Enya, para los títulos de créditos del primer film y que obtuvo una gran popularidad. No podríamos dejar atrás un detalle de importancia: el uso del lenguaje élfico creado por Tolkien en las películas, otorgándoles un mayor realismo a las escenas, aunque para interpretarlas necesitemos subtítulos.

La comunidad del anillo

Gollum
Cabe mencionar, a modo de curiosidad, que no fue la primera adaptación que se hizo de esta trilogía, varios años antes se hicieron unas películas animadas sobre El hobbit y la trilogía El señor de los anillos con dibujos algo toscos y con medios que recordaban al cine clásico, una rareza de la que, sin embargo, se desprenden similitudes con la versión que nos trae Jackson. Por otra parte, merece la pena mencionar el claro hecho de que gracias a estas películas, el imaginario de Tolkien ha pasado a ser un rasgo cultural de Occidente y es fácil encontrar menciones a realidades de esta obra, como los orcos de Mordor como insulto de fealdad o la expresión del personaje Gollum, mi tesoro. Además de multitud de parodias, entre las que merece ser destacada el doblaje íntegro realizado por el grupo gallego TrolaFilms, con un lenguaje mucho más soez y referencias españolas.


La trilogía merecería una buena revisión de cada uno de sus films de forma independiente, aquí os hemos dejado una semblanza general de lo que supone hoy volver a ver esta trilogía en su totalidad, con pequeños apuntes a todo lo que supuso en su momento. Su perpetuidad en los puestos de honor en el cine está, de momento, asegurada, al menos como la gran adaptación de literatura fantástica que es. Y sirve, además, como prólogo, pese a ser el desarrollo argumental posterior, del visionado de El Hobbit: un viaje inesperado (2012), de inminente estreno.

Poca relación real hay entre ambas obras, pues la aventura que nos narra la precuela de El señor de los anillos contiene un peso más liviano para el espectador y para la obra. Resulta así curioso la división en tres films de una novela más breve que el primer libro de la trilogía; lo cual nos puede asegurar que Peter Jackson ha aprovechado cada línea de la novela, o ha decidido inventar. Sea cual sea su decisión, esperemos ver su resultado, y observar si logra mantener el espíritu no de El señor de los anillos, sino de la Tierra Media del fantástico Tolkien.



Escrito por Luis Jesús del Castillo Montes


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