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Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald, de David Yates

09 diciembre, 2018

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El mundo de varitas y hechizos con regusto a latín regresa con la secuela de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016), que iniciaba una saga alejada del mago que dio origen a este universo, Harry Potter. En esta ocasión, seguiremos con las peripecias de Newt Scamander (Eddie Redmayne) dentro del inicio del apogeo del mago oscuro Grindelwald, quien estuvo detrás de los eventos que acontecieron en Nueva York casi dos años antes. En esta ocasión, retornamos a Europa para observar cómo la sociedad mágica se empieza a dividir en un ambiente de crispación, espionaje y traiciones previos a una guerra. Nos adentramos en Los crímenes de Grindelwald (2018).


La obra de David Yates tiene unas virtudes visuales más que evidentes, virtudes que no son capaces de ocultar sus graves defectos narrativos. Con una introducción epatante de tono siniestro y casi bélico, aunque de acción algo confusa tanto por la oscuridad como por el movimiento de cámara, la película después se adentra en un soporífero desarrollo donde se tratan de justificar los hechos que se van a narrar a continuación pero sin demasiado acierto. Tenemos varios frentes y tramas que acabarán por cruzarse en el final.

Por una parte, tenemos al protagonista, Newt Scamander, recluido en Reino Unido por haber perdido el derecho a viajar al extranjero por el incidente de Nueva York. A cambio de tal privilegio, se le solicita que ocupe el puesto de auror, como su hermano mayor Theseus (Callum Turner), con el fin de encontrar a Credence (Ezra Miller), el obscurus al que Newt conoció en Estados Unidos y que, a pesar de las evidencias de que había muerto (en una incongruencia respecto a la anterior entrega que se resuelve sin más explicación en esta película), sigue vivo y ha sido visto en París. Tras rechazar el trato y dejar que otros aurores más despiadados se hagan cargo, Scamander es convencido por su antiguo maestro y mentor, Albus Dumbledore (Jude Law) para que encuentre a Credence y evite así que el mago oscuro Grindewald se haga con él. Newt emprenderá la misión tras ciertas reticencias cuando descubra que su camino se pude volver a cruzar con Tina.


Junto a él, volvemos a encontrarnos con la pareja de Queenie y Jacob, cuya trama secundaria será resolver las diferencias que tienen respecto a su prohibido matrimonio. Curiosamente, aunque sea una trama poco desarrollada, quedando generalmente al fondo del argumento general, tiene en conjunto las escenas inicial y final del conflicto entre ambos más solventes, aunque la forma en que, por ejemplo, Queenie llega a su resolución final sea un tanto floja e inconsistente.  

Por otro lado, tenemos al antagonista, Gellert Grindelwald (Johnny Depp), que despliega su plan para convencer a Credence de que se una a sus aliados y así poder usarlo para acabar con el único mago al que teme: Albus Dumbledore. A su vez, inicia su campaña para convencer a los magos de sangre pura de que ellos deben liderar el mundo. Con un discurso populista y una actitud tiránica va desarrollándose un personaje bastante interesante que se equipara, como resulta evidente, al ascenso del fascismo o el nazismo en esta misma época, previa a la Segunda Guerra Mundial. Aunque también se puede relacionar con el resurgimiento de este mismo tipo de discursos en la Europa actual.


Por último, tenemos un conjunto de personajes en torno a la trama de Credence, que además de ser el objetivo de prácticamente todos los demás, tiene su propia búsqueda de identidad, tratando de descubrir su pasado como hijo perdido de un linaje de magos. Todo ello se pone en relación con una antigua profecía cuyo contenido no se acaba de mostrar, pero que parece resultar de vital importancia para justificar el asesinato del mago obscurus por parte de los gobiernos mágicos. Además, se une a una historia familiar relacionada con los Lestrange, a quien todos piensan que pertenece Credence, siendo relevante aquí Leta (Zoë Kravitz), antigua amiga e interés romántico de Newt, quien está prometida con su hermano y sobre la que la película irá desarrollando algunos flashbacks en Hogwarts y la sensación de ser una bruja de claroscuros, marcada por la mala consideración que tiene su familia dentro del mundo mágico.

Como se puede comprobar, hay una gran cantidad de personajes, incluso algunos no nombrados, que se alejan por tanto del círculo algo más cerrado que en la anterior ocasión. Sin embargo, la realidad es que todos confluyen al final, dado que las tramas están relacionadas desde el principio gracias a la figura de Credence, a excepción seguramente de la relación entre Queenie y Jacob. El principal problema es que lo que podría haber sido una aventura con un tono de thriller, con todos los personajes buscando a Credence con diferentes objetivos o acaso tratando de descubrir su identidad, queda disperso por completo, dado que no comprendemos exactamente por qué cada grupo quiere al obscurus, cuál es la intención de cada cual o por qué se dan tantas vueltas vacías de contenido. Es más, podemos afirmar que existe un trasfondo que tiene una gran fuerza dramática, como demuestra el tercio final, en el que se concentran todos los mejores momentos de la película.


Ahora bien, a pesar de ello, como ese final se sustenta en una narrativa carente de empatía con sus personajes, con un desarrollo bastante plano y donde no se consigue justificar las acciones realizadas por cada bando, pierde la catarsis necesaria con el público. Muchos quedarán sorprendidos o epatados por el final, que quizás les haga olvidar, o perdonar, la falta de rigor o el aburrimiento que destilan prácticamente los dos tercios iniciales de la obra. Pongamos algunos ejemplos a continuación. Leta Lestrange tiene un desarrollo flojo, sobre todo de su relación con Newt, lo que provoca que su importancia en el final, incluyendo uno de los momentos cumbres tanto de la historia como del personaje, no tenga el carácter emocional que pretende, dado que no se ha logrado conectar con el espectador o entender al personaje. La forma en que Queenie es manipulada resulta tan pueril como la actitud tan inverosímil que tiene esta bruja capaz de leer el pensamiento.

La relación fraternal entre Newt y Theseus carece de profundidad alguna, incluso habiendo tenido la oportunidad de hacerlo mediante flashbacks, lo que provoca que todo se sustente en apenas dos escenas sueltas a lo largo de la película. El comportamiento y la investigación de Tina son tratadas de forma algo rebuscada, así como su encuentro con Yusuf (William Nadylam). Incluso el ambiente del circo en que se encuentra Credence y su nueva amiga, Nagini (Claudia Kim), es desechado con demasiada rapidez, apenas unas trazas, que no permiten que conectemos con las necesidades de un personaje ya de por sí poco expresivo, pero que se sitúa en el centro de todo el interés argumental, presente y futuro.


En otras palabras, y para concluir, Los crímenes de Grindelwald es una oportunidad desperdiciada, incluso porque cuenta con buenas actuaciones. Una obra que es, obviamente, un blockbuster que da la talla a nivel técnico, pero que pretende aparentar ser más inteligente en su guion de lo que realmente es cuando enmaraña innecesariamente su argumento y oculta todos sus golpes o giros argumentales casi hasta el final. Hubiera sido más interesante ir desvelándolos a lo largo del metraje, con cautela y paciencia, a través de los propios descubrimientos particulares de los protagonistas, para mantener la atención del espectador y promover una mayor cercanía con los personajes, lo que permitiría una catarsis más eficiente con ese final tan espectacular con que cierra. Algo menos humorística que su predecesora, más ambiciosa y con momentos bastante maduros, concentrados la mayoría en el tramo final, y dejando la puerta abierta a las secuelas. Lamentablemente, para llegar a lo mejor, tendremos que atravesar todo un nudo pesaroso que da demasiados tumbos sin sentido.


Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de David Yates

17 diciembre, 2016

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Hay creadores que acaban atados a sus creaciones de por vida, incluso aunque en principio pudieran considerar que era tan solo un camino temporal. Este hecho no es negativo per se, pero acaba teniendo consecuencias. La autora británica J. K. Rowling (1965) es uno de estos ejemplos más evidentes en las últimas décadas. A pesar de que culminó la saga de Harry Potter con la séptima entrega en 2007, dejando aparte obras spin off surgidas para enriquecer la ambientación al ser libros dentro de la propia historia narrada, como Los cuentos de Beedle el bardo (2008), no solo ha seguido ligada al mundo mágico que creó, sino que según ha transcurrido el tiempo, se ha ido sumergiendo cada vez más en él, alejándose del nuevo perfil que estaba tanteando con resultados dispares. 

No obstante, que la ya célebre escritora retorne a su particular creación no tiene por qué derivar en un regreso triunfal. Es más, a veces ni siquiera dependerá de sus esfuerzos. Ahí tenemos, por una parte, la obra teatral Harry Potter y el legado maldito (Harry Potter and the Cursed Child, 2016; el autor es Jack Thorne basándose en una historia creada entre Rowling, el director John Tiffany y él mismo) y, por otra parte, el inicio de una nueva saga que ahonda en otros aspectos del mismo mundo: Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them, David Yates, 2016).


A partir de la obra homónima, un manual sobre las criaturas mágicas del universo ficticio de Harry Potter, a la par que una obra que aparece mencionada en la saga, J. K. Rowling se erige como guionista de la historia para mostrarnos las andanzas en el primer tercio del siglo XX del mago Newt Scamander (Eddie Redmayne). Este particular personaje se dedica a la investigación de las criaturas mágicas que pueblan el mundo, tratando tanto de conocerlas como de protegerlas, sobre todo de los prejuicios de sus compañeros magos. Ambientada algo más de medio siglo antes del nacimiento de Potter, no se trata de una precuela de sus aventuras, sino de otras historias ambientadas en este universo y relativas a personajes nuevos o, bien, a secundarios o mencionados en la saga original, como lo fueron Albus Dumbledore o Gellert Grindelwald.

De esta forma, seguimos a Newt a través de sus andanzas en la Nueva York de los años veinte, en un momento de cierta represión mágica por parte del MACUSA, o lo que es lo mismo, el Congreso Mágico de Estados Unidos, con el fin de evitar enfrentamientos directos con las personas no mágicas, que deben seguir ignorando su existencia. Sin embargo, Newt lleva consigo una maleta llena de criaturas mágicas, cuya propiedad en la ciudad están prohibidas, y no tardará mucho tiempo en meterse en líos, descubriendo la magia al muggle o no-maj, según el término estadounidense, Jacob Kowalski (Dan Fogler) y siendo arrestado por Tina Goldstien (Katherine Waterston). Tras una confusión digna de una comedia de enredos, varias criaturas de la maletín de Newt acabarán libres por la ciudad y dependerá de este particular grupo, Newt, Jacob, Tina y su hermana Queenie (Alison Sudol) devolverlos al maletín e impedir que afecten a la delicada situación de los magos.


A la vez, un grupo de no-maj liderados por Mary Lou Barebone (Samantha Morton) componen la Sociedad Filantrópica de Nuevo Salem, tratando de exponer a los magos para quemarlos en la hoguera, sin demasiado éxito. Junto a ella, su apocopado hijo adoptivo Credence (Ezra Miller) busca por orden del auror Percival Graves (Colin Farrell) a un niño con un gran poder mágico oculto, aunque sus intenciones son inciertas. Mientras, la amenaza del mago oscuro Grindelwald (Johnny Depp), tratando de instigar un enfrentamiento entre magos y muggles, pendula sobre Nueva York.

Como podemos apreciar, hay dos líneas narrativas, con sus múltiples matices en cuanto a caminos derivados, que no acaban por congeniar, aunque acaben entrelazados. Para empezar, encontramos una introducción que nos sitúa como amenaza principal del mundo mágico al mago oscuro Grindelwald, potenciando la idea de que hay cierto afán por emigrar para evitar a este villano. Sin embargo, esta introducción que emplea un montaje de titulares de periódicos, no sirve para transmitirnos el miedo que debería crearse en torno a este personaje. Es más, no se logrará en toda la película, dado que acabará pasando como un tema menor, salvando un hecho del tramo final que tan solo sirve para justificar las acciones de cierto personaje, pero sin haber creado nunca la sensación de auténtico peligro que debería derivarse de este tipo de magos. Si bien el plan cobrará sentido hacia el final de la película, no se ha profundizado en las motivaciones ni de una parte, ni de otra.


En este sentido, resulta bastante curiosa que detrás de Animales fantásticos y dónde encontrarlos esté el mismo equipo creativo de la franquicia de Harry Potter, incluyendo a la autora original. Señalamos esta cuestión porque muchos de los elementos que funcionaban y estaban bien engarzados y desarrollados en la saga del joven mago, aquí resultan bastos, indefinidos o sin fuerza. Por señalar un par de ejemplos, si en Harry Potter y la piedra filosofal (Chris Columbus, 2001) nos encontrábamos con un villano final poco evidente en principio junto a un Voldemort como figura que, a pesar de estar supuestamente muerto, seguía atemorizando a los magos corrientes o en Harry Potter y el prisionero de Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004) se sembraban las dudas en torno a la inocencia o la culpabilidad de Sirius Black, aquí la sorpresa final en torno al villano está carente de fuerza y el intento de erigir a un antagonista ambiguo no se consigue, todo debido a un clímax demasiado brusco, tanto para el Obscurus como para lo relativo a Grindelwald.

Hay un exceso de confianza en rellenar huecos bien a posteriori, con las próximas entregas, como en la información que el fan puede conocer. Por una parte, es positivo, dado que no se da espacio para neófitos a la hora de afrontar este universo. En efecto, el mundo mágico ya no necesita apenas explicación y esto se evidencia en el uso de hechizos y elementos con celeridad en la historia, desde el principio; así, tal y como sucede con otras franquicias, al estilo de Star Wars, el espectador ya debería saber qué va a encontrar con respecto al mundo creado por Rowling. Sin embargo, si en la saga original con las aventuras de Harry Potter, tanto escrita como cinematográfica, dejaban un tiempo para la presentación de nuevos personajes y cuestiones de interés para la trama, aquí todo queda bastante reducido, partiendo del protagonista y culminando en el apartado ya mencionado del villano.


Siguiendo precisamente por la línea de las criaturas mágicas, nos encontramos con Newt, un personaje demasiado difuso para el espectador, con una personalidad introvertida que envuelve la actuación de Redmayne de una sutilidad que roza la inexpresividad. El problema no reside en este tipo de personaje, que hasta nos puede llegar a hacer dudar de cierto autismo o Asperger, incluyendo su obsesión con las criaturas mágicas, sino que nunca se nos abre, ni de forma directa, por sí mismo, ni indirecta. Hay una escena junto a Queenie donde se insinúa parte de su pasado y, como ya se ha hecho público por parte del director, será algo que se explore en próximas películas, pero en esta primera entrega no es suficiente. No se trata de que el personaje pueda resultar plano, sino que es falsamente profundo, falsamente porque su profundidad es debida más a incógnitas que a aquello que hemos podido ver en pantalla. Debido a este vacío, existe una desconexión entre público y protagonista.

En parte esa indefinición se extiende a otros personajes, como Tina, cuya situación en el MACUSA es comprensible y encontramos en ella a una persona honorable y leal a sus ideales, tan recta que acaba por ir incluso en su contra, pero con una evolución de altibajos. Tampoco se comprende su relación con Percival Graves, que parece estar muy pendiente de ella según se nos insinúa por varios planos, aunque nunca sabremos los motivos. Este auror es un misterio de por sí, retratado más bien por su cargo y por unas características mínimas que por informarnos de quién es realmente. Sus motivaciones las comprenderemos mejor al final, aunque la película nos ofrece varias pistas para los más avispados y seguidores de la franquicia, pero para ello habremos atravesado algunas escenas confusas en un doble juego entre el MACUSA y su extraña relación con Credence que apenas se entiende. En relación a este personaje, no se ofrece explicación alguna a por qué Newt sospecha sobre su identidad en su último encuentro.


Siguiendo con la construcción de personajes, la subtrama de Nuevo Salem es confusa, con personajes que pululan por escena sin mayor definición. Tan solo la presidenta de la Sociedad, Mary Lou, está definida por su fanatismo e intolerancia, aparte de una rigidez que la lleva a maltratar a sus hijos adoptivos, con especial fijación por Credence (un personaje poco atinado a la hora de intentar compadecernos de él). Junto a ellos, sus intentos por tratar de sacar a la luz a los magos nos lleva hasta un periódico con otra subtrama de una familia no mágica: magnate dueño del periódico con dos hijos, uno el deseado político y otro la oveja negra tratando de encontrar su espacio y lograr la admiración de su padre. Curiosamente, esto tendría relación en el tramo final con el miedo a la rebelión y el enfrentamiento entre el mundo mágico y el no mágico, pero esa amenaza ni siquiera se representa más que con la sorpresa de los segundos, disipándose todo interés en estos personajes y, por supuesto, resultando innecesarios. Al otro lado, el MACUSA, con su presidenta (Carmen Ejogo) al frente, representa los mismos valores negativos que el Ministerio de Magia en la saga original: secretismo, rigidez y negación de la realidad que les rodea, hasta que resulta demasiado tarde.

Por contra, salen ganando Queenie y Jacob por ser personajes muy bien definidos con pocas características. La aparente frivolidad unida a la inocencia y el uso de la legeremancia, o lectura de la mente, de Queenie no le aportan ningún trasfondo, pero logran erigir a un personaje adecuado tanto como desahogo cómico junto a Jacob, como contraparte del interés por la magia del no-maj, así como receptora de la tristeza o los pensamientos de Newt, en una de las escenas donde mejor se nos muestra la personalidad oculta, de tipo más melancólico, del protagonista. Jacob, por su parte, es un personaje agradable por su humor blanco, debido sobre todo a su torpeza dentro del mundo mágico como a su sorpresa y su capacidad para maravillarse de lo que descubre junto a Newt, Tina y Queenie. Prácticamente encontramos en él a una representación de los seguidores de la saga que la viven con ilusión, una ilusión propia de las cosas de la infancia y que logra que se erija como un personaje carismático. El hecho de que la historia de Jacob y Queenie parezca tener un cierre satisfactorio nos da una idea de cómo de bien ha funcionado su subtrama en un argumento general que, sin embargo, no lo ha logrado.


En definitiva, una cantidad de personajes cuyas historias se pierden y que no parece que vayan a ser relevantes en un futuro. Todo ambientado con una estupenda estética de los años 20 que sienta bastante bien al mundo mágico, con elementos muy reconocibles de la franquicia anterior junto a nuevas incorporaciones, sobre todo en el apartado de animales fantásticos, destacando el nuevo concepto de Obscurus. Esta cuestión es bastante interesante, dado que se incorpora a la idiosincrasia de Harry Potter con bastante acierto, como símbolo mágico de la depresión, la represión o el maltrato (aquí, igual que sucedió en X-Men 2 [Bryan Singer, 2003], hay quienes han observado cierto paralelismo entre la represión de la homosexualidad con la represión de la magia, y la depresión que puede derivarse de la misma, que incluso podría llevar al final fatal del suicidio; una interesante correlación de la que me gustaría dejar constancia). Además, puede ser un elemento recurrente en esta saga que comienza. El resto de criaturas resaltan por tener características tan particulares, que las individualizan y las hacen sentirse únicas. Sin duda, componen el apartado más espectacular de la película y, por momentos, de los más entretenidos, a pesar de que por sí mismos no ofrezcan un argumento de interés. Por cierto, buen rescate de elementos ya habituales en este universo como la poca fiabilidad que se puede tener en los duendes, incluyendo el interesante bar clandestino, o la esclavitud de los elfos domésticos

En Animales fantásticos y dónde encontrarlos existe una apuesta firme por tocar temas sociales de forma abierta, algo que sucedía en la anterior saga a veces de forma más sutil. Por la pantalla podemos notar desde la defensa del medio ambiente, en contrato la defensa animalista a través de las criaturas mágicas que protege y cría Newt, como críticas a la intolerancia, al fanatismo o al odio a lo diferente, representado sobre todo en las relaciones tensas, prohibidas y ocultas entre magos y no-maj, sin olvidar la aparición, crítica, de la pena de muerte como otra diferencia entre Estados Unidos e Inglaterra.


Sin embargo, como ya advertíamos, uno de los principales problemas de la película es la existencia de dos tramas que tratan de unirse, pero que tienen ritmos y profundidades distantes. Los animales fantásticos parecían ser el centro de la atención de la historia, pero casi llegan a convertirse en una distracción de una trama más oscura y potencialmente más interesante que no se desarrolla para seguir dándole espacio a las criaturas de Newt. En la indecisión por apostar entre una historia y otra, se logra un resultado desigual y desiquilibrado en ambas mientras que tratan de ocultar esas carencias con una espectacularidad innegable que, a veces, puede llegar a rozar la confusión visual.

Parece que al final no logra alcanzar su espacio, entre la comedia de enredos mágica, la búsqueda de criaturas mágicas al estilo buddy movie, el drama social o la aventura de consonancias más épicas. Las amenazas no se sienten como tales, apenas hay conexión con los personajes y tan solo la magia parece desplegarse sin miedo en una película que, como ya sucediera con la explosión de hechicería de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2 (2011), se permite toda la espectacularidad. En efecto, es ese universo, tiene ante sí todo un apartado único que explotar, pero carece de algo fundamental: alma, interés, fuerza dramática y catártica. Mueve sus temas, mueve a sus personajes y nos logra entretener incluso con tramos más aburridos, pero al final uno acaba quedando con sensación de vacío. Y no hay nada peor que plantearse si ha servido de algo recorrer el camino cuando lo has concluido. Habrá que esperar por si las próximas entregas remontan el vuelo.


Adaptaciones (L): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2, de David Yates

04 septiembre, 2015

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Una década después concluía la aventura cinematográfica del joven mago Harry Potter tras su primera adaptación en 2001, Harry Potter y la piedra filosofal, a manos del director Chris Columbus. Un proyecto que gozó de éxito y que, como hemos podido observar a lo largo de este año, tuvo películas de calidad irregular, tanto algunas excelentes como otras más perdidas en la trama. Pasando por las manos de Columbus, Alfonso Cuarón, Mike Newell y, finalmente, David Yates, que nos trajo el final en 2011 tras dividir el último libro en dos: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2.


A diferencia del resto de películas, resulta indispensable enlazarla con la anterior, al suponer la división de un mismo libro y partir, justamente, del mismo momento en que acabó Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1 (2010). Si en aquella encontrábamos la tensión de la guerra, la batalla a nivel psicológico y cierta ausencia de momentos climáticos, en esta hallamos toda la epicidad y la magia que se ausentó anteriormente, un contrapunto de emoción e intensidad in crescendo que funciona como un clímax completo de la anterior pieza.

La aventura nos sitúa en un momento delicado para el trío protagonista. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) han logrado escapar de la mansión de los Malfoy, pero en esa huida han perdido la vida del elfo Dobby. Tras la pista de los últimos horrocruxes deberán adentrarse en dos de los lugares más seguros del mundo mágico: el banco Gringotts, donde serán guiados por el duende Griphook (Warwick Davis), y el Colegio de Magia y Hechicería Hogwarts, donde contarán con la colaboración de Aberforth Dumbledore (Ciarán Hinds) y del resto de compañeros y profesores, tanto para llegar como para provocar la marcha de los mortífagos que controlaban el castillo, con Snape (Alan Rickman) como director impuesto por Voldemort (Ralph Fiennes).


Ambas aventuras suponen un retorno al camino que realizó Harry en el primer libro o en la primera película, pero ahora oscurecido tanto en forma, pues la estética de esta película se mantiene igual que la anterior entrega, como en el fondo: ya no hay seguridad en el Callejón Diagon, tampoco en Gringotts o en Hogwarts. Incluso la presencia de Ollivander revisando las varitas sigue el esquema de la llegada de Potter al mundo mágico o el hecho de que se revele a Griphook como el mismo duende que lo atendió en su primera visita al banco.

La travesía por las instalaciones de los duendes, y primer tramo climático de la película, nos adentra en el mundo de las criaturas mágicas, con la recuperación tanto de duendes, que mostrarán la naturaleza con la que Hagrid los describió en el primer libro, inteligentes, pero nada amigables. El comportamiento final de Griphook revelará su avaricia, motivo que finalmente le condenará, en una clara resolución moral. La salida del banco con un dragón recupera a una criatura presente tanto en la primera como en la cuarta entrega, proporcionando también una de las escenas épicas puntales de la obra. Seguramente, la única que aprovecha realmente el formato 3D (junto a otra ocasión en el segundo tramo) en que se puede visualizar la película, totalmente prescindible en sendas entregas finales.


El segundo tramo, que ocupa la mayor parte del metraje, lo situamos en la guerra mágica que acontece en Hogwarts, a partir de la huida de Snape. Mientras el trío centra sus esfuerzos en encontrar y destruir la copa y la diadema que funcionan como horrocruxes, el resto de personajes se prepararán para la batalla. Comienza así el espectáculo visual principal, con la defensa del castillo y el posterior asedio del ejército de criaturas mágicas, incluyendo hombres lobo, gigantes o los dementores, y mortífagos, con Voldemort a la cabeza.

La destrucción de los objetos conlleva también el recuerdo de otras aventuras anteriores. Así, el retorno a la cámara secreta por parte de Ron y Hermione nos traslada a la segunda entrega, mientras que la conversación con la Dama Gris (recuperando a los fantasmas del castillo, cuyas intervenciones desaparecieron a partir de la tercera entrega) y la posterior búsqueda y destrucción de la diadema de Ravenclaw (de los pocos horrocruxes de los que se señala su dueño original) nos remite a la Sala de los Menesteres, lugar recurrente a partir de la quinta entrega. En ambas ocasiones, también se aporta cierto carácter definitorio: el beso entre los amigos de Harry confirma su amor y el rescate de Draco Malfoy responde al carácter ambiguo de este personaje, en consonancia con lo que ocurrirá después.


Todas estas escenas culminan con la batalla en el recinto del castillo, donde la labor de los efectos especiales hace su función completa, presentándonos un espectáculo visual y mágico que enlaza perfectamente con cualquier blockbusters de fantasía. Así podemos ver a las armaduras de piedra, a los gigantes, a los hombres lobo o a los dementores combatiendo a la vez que numerosos efectos luminosos señalan la presencia de la magia. Hay espacio incluso para la visualización de algún cadáver alcanzado por la magia oscura.

En este sentido, el ritmo de la película es acelerado, recordando en algunas ocasiones al cine bélico, incluso podemos hacer referencia, marcando las distancias tanto en forma como en fondo, a las batallas que nos dejó la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos. Como hemos podido ver, esta última entrega es la antítesis de su predecesora, y por ello no se detiene a construir más a los personajes, sino a ir cerrando sus historias o, incluso, a ver todo lo anterior desde otro enfoque. Si observamos esta obra de forma individual, no seríamos capaces de apreciar el valor de una construcción que se realizó a fuego lento, en la cocina de la escritura de Rowling.


Como mencionábamos en nuestra reseña anterior, hay una escena clave en esta película que dentro de todo el metraje merece especial atención por ser sobresaliente en su realización y al ser un puntal de la trama. La narración del pasado de Snape aúna en la película un conjunto donde el montaje, la música y la historia se dan la mano para crear una escena única y de elevada calidad, paralela al cuento de los Reliquias de la Muerte en la Parte 1. Su carga dramática así como el giro que supone al entramado creado a lo largo de todas las películas produce otra forma de enfrentarnos a la historia que se nos ha contado. Si en un origen las ideas estaban predefinidas, al llegar a este final observamos que ya nada de lo que se creía bueno o malo lo fue realmente en su amplitud, salvo los extremos de Voldemort y Harry.

Así, Dumbledore revela en parte su pasado oscuro en estas últimas películas, a pesar de que la versión literaria es más amplia y rica al respecto, James, el padre de Harry, no resultan tan idealizado como en origen, visto ahora desde los ojos de Snape, y Harry se revela como un héroe maldito, por haberse convertido, sin querer, en una de las causas de la inmortalidad de Voldemort. Severus será el ejemplo también de cómo un héroe no es siempre el personaje más visible y querido, sino que a veces viven en las sombras, sin que nadie conozca sus buenos hechos ni sus intenciones puras.


En este sentido, debemos también alabar la actuación de Alan Rickman, que logra contener la complejidad interna del personaje; por ejemplo, en la secuencia de duelo contra McGonagall (Maggie Smith), alterada con respecto a la novela. Otros cambios en la adaptación incluyen la afirmación de que el último deseo de Snape fue mirar los ojos de Harry para recordar a Lily, decisión que en el libro era ambigua. Se prefirió un montaje poco usual en la narrativa, entremezclando tiempos y sucesos, desde la infancia hasta la madurez del personaje; decisión acertada del montaje. Un pequeño error, bastante extraño, es el recurso de una actriz para Lily Potter de niña que no tuviera el mismo color de ojos que Daniel Radcliffe, para mantener la concordancia con la célebre característica que compartían madre e hijo.

Durante el tramo final de la película, seremos testigos del último sacrificio que realiza Harry por sus amigos. La resolución de este sacrificio resulta extraña, aún viniendo adaptado del mismo libro, al ser un deus ex machina en forma de limbo, lo que atenta contra la lógica del universo potteriano; aunque exista una explicación con respecto a lo sucedido, no deja de ser paradójico este último recurso.


También veremos la defensa que realizará Neville (Matthew Lewis) de la necesidad de luchar contra el mal, con el valor de un Gryffindor ante las circunstancias contrarias y dramáticas, algo clave si tenemos en cuenta que él pudo haber sido el Elegido en lugar de Harry, así como el duelo definitivo entre Potter y Voldemort, a la vez que en otros escenarios observaremos las batallas particulares entre otros personajes o la destrucción del último horrocrux, precisamente a manos del otro niño elegido.

En estas circunstancias, suceden diversos acontecimientos a tener en cuenta. Por una parte, el gran valor que se le otorga al amor, otra constante en toda la historia. Son los casos de Narcissa Malfoy, en cuanto al amor maternal, Snape, en el amor constante más allá de la muerte, o Harry, en el amor que supone el autosacrificarse por los demás. Sin embargo, a diferencia del libro, este sacrificio final no resulta tan relevante como en el libro, dado que no otorga protección mágica a las personas por las que Potter se entrega. De la misma forma, a pesar de hacer hincapié en las Reliquias de la Muerte, la capa de invisibilidad no tiene la relevancia que debería haber tenido en esta adaptación (tan solo aparece en el tramo de Gringotts), mientras que sí se respeta todo lo relativo a la Piedra de la Resurrección y a la Varita de Sauco.


Otros cambios tienen relación a la forma en que se desarrolla la batalla final, especialmente el duelo entre Harry y Voldemort, que en este caso se sucede en varios lugares hasta el enfrentamiento final en la entrada del castillo, a solas. Resulta curioso la elección de dejar fuera de plano las muertes de personajes principales de la historia, dejando tan solo algunos guiños previos. En relación a estas dos ideas, a pesar de resultar una película espectacular en su forma para aquel que la visione, se queda corto en comparación al nivel bélico que alcanza en su formato original, la literatura, o del potencial que se podía haber usado a pesar de no estar presente en la novela. Tampoco se comprende la decisión final tomada por los guionistas con respecto a la Varita de Sauco, dado que no le permite recuperar su anterior varita como en el libro.

Así pues, aunque la película cuenta con los fragmentos más emocionantes y emotivos de la saga, está algo falta de buenas resoluciones con respecto a la acción mostrada, sobre todo si atendemos al material con el que contaba. Se nota también la ausencia de cierto luto por los fallecidos, ocasión que solo se puede entrever con el uso de la Piedra de la Resurrección, pero no con respecto a los sentimientos de los personajes que sobreviven. Es decir, pese a la buena adaptación y a la inclusión del epílogo situado años después (con la criticada decisión del maquillaje empleado), falta cierta espacio para otorgar sensación de conclusión a los acontecimientos vistos en pantalla.


En definitiva, una película complementaria que despliega la espectacularidad de la magia pero sin dejar atrás la resolución de una trama que sirve para concluir un largo recorrido: el de ocho películas y diez años de historia de un joven mago británico. Sus principales carencias se sitúan principalmente en cuestiones que no se relacionan con el objetivo directo de la película, por lo que debemos exculparla; a excepción de la conversión de Voldemort en un personaje infantilizado cuando se considera victorioso, acompasado por una interpretación de Fiennes nada satisfactoria en este punto, restando valor a un personaje que ya había sido ninguneado por la falta de contenido gracias a una pobre sexta película.

Otros errores están más relacionadas a la falta de fidelidad con las novelas, creando posibles lagunas para el espectador y, sobre todo, quedarse corta como adaptación, como ya mencionábamos con respecto a la Parte 1. Con todo, una digna conclusión cinematográfica que reivindica las ideas de toda la saga y que, frente a la humanidad de su primera parte, despliega toda la fantasía que supone la versión al cine de Harry Potter.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLIX): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1, de David Yates

05 agosto, 2015

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Llegamos al final del camino o al que se suponía sería el final, pero que se dividió en dos películas: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1. Podríamos suponer que esta decisión, que sentó precedente para otras adaptaciones posteriores, como en el caso de la franquicia Crepúsculo o con Los juegos del hambre, pudo responder a razones económicas, con el deseo de estirar a la gallina de los huevos de oro, cosa que también se puede pensar del spin-off que llegará el próximo año. No obstante, en una saga de tal extensión como la del joven mago, esta división en dos entregas permitía concluir de forma más adecuada con los cabos que se habían abierto a lo largo de la franquicia y adaptar de la mejor manera el último libro.


Debemos reconocer aquí la capacidad de J.K. Rowling para lograr que los elementos de las primeras historias, de carácter autoconclusivas, adquieresen importancia en la resolución definitiva, consiguiendo así que el camino recorrido hasta el momento tuviera un hilo conductor lógico y bien construido. No obstante, el guionista Steve Kloves, encargado de la adaptación de todas las entregas, salvo de la quinta, y el director, David Yates, afrontaban el desafío de, por una parte, superarse tras una desaprovechada sexta película, Harry Potter y el misterio del príncipe, y, por otra, solucionar aquellas incongruencias que pudiera ocasionar las modificaciones realizadas en otras películas con respecto a los libros. 

Si las anteriores entregas avisaban de la situación bélica a la que se iba acercando la saga, esta nos introduce de pleno en ella desde el principio. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) comienzan la búsqueda de los horrocruxes dejándolo todo atrás, con el fin de poder derrotar a Lord Voldemort (Ralph Fiennes). Un viaje que no será sencillo y que podría aumentar la distancia entre ellos mientras, alejados de todos a quienes quieren proteger, temen por la vida de sus seres queridos y de las consecuencias de la expansión de la oscuridad hasta el mismo Ministerio de Magia. De forma paralela, Voldemort busca desesperadamente el arma que le permita acabar con el niño que vivió.


En toda la película observaremos relaciones con anteriores entregas, pero aún más, podemos notarla como una continua despedida a los tópicos frecuentes de la saga. Un quiebro que muestra bien la ausencia de Dumbledore (Michael Gambon) y un protagonismo centrado en el trío y en su viaje, ausentes de todo lo que sucede en el mundo en el que han vivido hasta ahora. La marcha de los Dursley ante el peligro, el obliviate a los padres de Hermione (por cierto, la madre de la bruja en esta ocasión encarnada por Michelle Fairley, actualmente más conocida por su papel como Catelyn Stark en la serie Juego de Tronos), la varita rota, la posterior muerte de Hedwig, unida a la de otros aliados, pertenecientes a aventuras anteriores, el no regreso a Hogwarts (sin que el castillo llegue a aparecer en toda la obra), la traición de Snape, el peligro real que supone ahora decir el nombre de Voldemort, a pesar de haber luchado por decir su nombre libremente en el resto de entregas, o la gran inseguridad a la que se ve expuesto el trío protagonista dan buena cuenta de la diferencia de carácter de esta película con respecto a las otras.

Aunque, a su vez, esta última aventura se alimente de esta nostalgia y del mundo creado anteriormente para lograr ese efecto antitético. Sin lugar a dudas, un espectador ajeno a la franquicia no entendería bien el significado real y completo de todo lo que sucede en pantalla, ni del valor que tienen algunos de estos personajes u objetos. Por ejemplo, el testamento de Dumbledore, con una escena algo inquietante protagonizada por el nuevo Ministro de Magia (interpretado por Bill Nighy) aumenta esta interrelación con obras anteriores, al recuperar elementos como el desiluminador o la snitch dorada de la primera entrega, o la espada de Gryffindor, objeto estelar en la segunda.


Por otra parte, no hay espacio para la tranquilidad segura a la que nos tenía acostumbrada la saga. Los momentos menos tensos del tramo inicial, con la boda de Fleur y Bill, por ejemplo, son sucedidos por escenas de batalla confusas, pero espectaculares. Esta confusión no sucede como tal en el resto de la película, ofreciéndonos la sensación de que el director optó por esta opción para aumentar la sensación de peligro de los personajes. Yates, que como dijimos con respecto a su primera participación en esta saga, estaba acostumbrado a tratar temas como al corrupción o las intrigas institucionales, por lo que su eficacia en este campo se muestra claramente en lo relativo al Ministerio de Magia, la reunión de los mortífagos o la persecución a Harry. Ahora bien, la película cuenta con un problema de ritmo y de equilibrio. 

Entre otras cuestiones, al ser la mitad de la adaptación, no cuenta con una resolución, como era habitual en todas las entregas de la franquicia, que parecían concebidas como autoconclusivas. En este caso, la excepción sería, seguramente, de la anterior, cuya resolución (mayor en el libro) abría en realidad el argumento de esta última aventura, pero con un dramático giro de los acontecimientos.


Así pues, encontramos cierto letargo en el viaje de los protagonistas, aunque su construcción cuenta con elementos que potencian aquello que pretende transmitir. Por ejemplo, se vuelve a recurrir al paisaje, con una fotografía que nos muestra la desolación mientras se escucha ininterrumpidamente lo que podríamos denominar radio de guerra, aunque este recurso se haga demasiado evidente y casi de forma artificial: allá por donde van los personajes, no hallan ninguna señal de vida, sino solo su ausencia. La distribución de la cinta queda así en tres fragmentos: un tramo inicial intenso, donde encontramos las despedidas antes mencionadas y los dos ataques, tanto a Harry como a la boda; un tramo medio que transcurre con mayor lentitud, en el que observamos el viaje en busca de los horrocruxes y de la forma de eliminarlos, con momentos puntuales de acción, como las escenas del Ministerio de Magia, que sirve de bisagra entre el otro tramo y este, o la destrucción del guardapelo; y un tramo final que recupera la intensidad mediante el clímax que supone el descubrimiento de las Reliquias de la Muerte y la escaramuza en la mansión de los Malfoy (aunque considerándolo mejor, el clímax de toda esta película es la Parte 2).

A esta cuestión temporal se une una cuestión técnica relativa a la fotografía. Como ya hemos mencionado, la saga se ha ido oscureciendo no solo en su temática y en su madurez, sino también en su fotografía. En esta ocasión, se prosigue con la preferencia por los tonos azulados y grisáceos, optando en ocasiones por una postproducción de oscurecimiento y aumento del constraste que provoca que el espectador no llegue a ver qué está pasando en la cinta (sucede, por ejemplo, cuando Harry y Hermione investigan en la casa de Bathilda Bagshot).


Retornando a cuestiones y decisiones argumentales, debemos apreciar la introducción de algunos momentos de humor bien introducidos y que aportan cierta relajación a la tensión permanente de la película. Podríamos poner el ejemplo de la poción multijugos, tanto en su primer uso con la aparición de los siete Harry, como en su segunda uso durante la travesía por el Ministerio de Magia, con algunos diálogos hilarantes, especialmente los relativos a la transformación de Ron.

En este fragmento también recuperamos a uno de los personajes más odiados de la saga, Dolores Umbridge (Imelda Staunton), que, en línea con lo ya mostrado, prosigue su opresión a través de la institución ahora dominada por Voldemort. La visita obligada de nuestros protagonistas al Ministerio funciona tanto por lo que supone la búsqueda del guardapelo como horrocrux como para observar la maquinaria del Estado mágico corrupta por la manipulación del mago oscuro.


Ahora bien, aunque el argumento principal de la obra sea la búsqueda y destrucción de los horrocruxes, la aparición constante de la simbología referente a las Reliquias de la Muerte y su posterior explicación se relacionan con la necesidad de Voldemort de encontrar un arma con la que derrotar a Harry Potter, a fin de evitar el priori incantatem de su último enfrentamiento, en Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). Esto permite que nuestra atención también se desvíe en algunas ocasiones, y a través de las visiones de Harry, a algunas escenas protagonizadas por el mago oscuro, como el interrogatorio a Ollivander y la posterior y constante búsqueda de la Varita de Sauco.

En este sentido, debemos destacar toda la secuencia animada creada para el cuento de las Reliquias de la Muerte, que proporciona un interesante recurso visual, hasta ahora no empleado en la franquicia, y que enriquece la película con una especie de cortometraje muy bien realizado narrativa y estéticamente, gracias a la labor del suizo Ben Hibon y del equipo de efectos animados. Sin lugar a dudas, de lo mejor realizado de la obra. La Parte 2 cuenta precisamente con una secuencia similar, aunque no sea animada, en tanto que explica cuestiones relativas al pasado y que resulta fundamental para el relato, como en este caso, por lo que podemos señalarlas como dos pilares necesarios y esenciales de sendas películas.


Con respecto a los protagonistas, debemos señalar cómo el peso de la trama recae sobre el trío de Harry, Hermione y Ron, de manera fidedigna al libro, lo que aparta la visión de lo que sucede en el mundo mágico en su ausencia. Ya mencionábamos la lentitud del tramo medio cuando comienzan a viajar por los parajes abandonados que simbolizan cierta devastación y trasmiten inseguridad y soledad, cuestiones que también se observan en la actitud de los personajes, incluso cuando usan los hechizos de protección. En ello jugará un factor importante el guardapelo, en tanto que, al igual que el Anillo Único de El señor de los anillos, aumenta su irascibilidad a partir de sus preocupaciones reales.

En este sentido, hay opiniones contrarias a la marcha de Ron del grupo durante determinado periodo de tiempo; es cierto que su ausencia es notable por su duración, pero también que su retorno, con la escena CGI en la que se muestra su mayor miedo se relaciona directamente con el carácter del personaje. No es la primera vez que por cuestión de envidia o celos, Ron se ha separado de sus amigos, especialmente de Harry, ya lo vimos, por ejemplo, en la cuarta entrega. Esto se relaciona directamente con su deseo de fama, que estaba presente en el personaje desde el principio, como pudimos comprobar con su visión ante el Espejo de Oesed en Harry Potter y la piedra filosofal (2001): se veía famoso y admirado por todos. A su vez, su mayor miedo es perderlo todo (en este caso, el amor de Hermione) porque otro le supere; en este caso, su mejor amigo y Elegido: Harry. Ahora bien, la escena se alarga excesivamente y llega a resultar ridícula en culmen.


A su vez, mientras Hermione y Harry permanecen solos, observamos cómo su relación se estrecha, incluyendo la escena del baile bajo el son de la canción O'Children de Nick Cave and The Bad Seeds, que tampoco ha sido generalmente apreciada por algunos sectores críticos, pero que sirve para reflejar el estado de ánimo de estos dos personajes, más solos que nunca, que encuentran el apoyo el uno en el otro sin ser realmente pareja, sino solo amigos. Todas estas secuencias nos delatan el grado de inquietud, angustia, opresión, tristeza e inseguridad en el que se encuentran los personajes, emociones que hasta el momento habían tenido su justa presencia en la saga, pero que se desarrollan aquí con todas sus consecuencias, incluyendo el montaje paisajístico antes mencionado.

Esta cuestión ayuda a observar cómo afecta la situación a la psicología de los personajes y cómo han evolucionado a lo largo de la saga, pero guardando las distancias con algunas de las tontas resoluciones que se habían tomado en Harry Potter y el misterio del príncipe. Todo ello provoca que sea la película más extraña de la franquicia, pero también la que mejor muestra una evolución distante a lo ya ofrecido, pese a que, por ello, se pierda parte de la magia para hacernos caer en la cruda realidad.


Por último, debemos destacar la gran fidelidad de la adaptación al permitir un desarrollo más lento gracias a la división de la novela en que se basa. No obstante, debido a las adaptaciones anteriores, nos encontramos con algunas lagunas que, o bien se solucionan de forma artificiosa, como la presentación de Bill Weasley (Domhnall Gleeson) con las cicatrices hechas por un hombre lobo, cuya batalla debería haber aparecido en la anterior película, la aparición de Mundungus Fletcher (Andy Linden) o el regreso del elfo doméstico Dobby, que en los libros aparecía en más ocasiones, lo que ocasionaba un mayor impacto en su destino en esta aventura; o bien, no tiene ninguna explicación directa, como el espejo doble que usa Harry, cuya primera aparición debiera haber sido en la quinta entrega, como un regalo de Sirius.

Otros personajes que parecen recuperados para la ocasión también tuvieron mayor presencia en los libros, de la misma forma que se deciden eliminar ciertas explicaciones, reservadas en algunos casos como escenas eliminadas, que vendrían a completar mejor la historia. Por ejemplo, la despedida de Petunia Dursley, que otorgaría otro enfoque a la relación familiar con Harry, haciendo mención directa a Lily, crucial también para otro personaje en la Parte 2, o algunas conversaciones en torno a los horrocruxes. Por otra parte, el espectador tendrá que atar suficientes cabos a partir de la siguiente película para comprender ciertos sucesos de esta, aunque el visionado de la misma resulte completo y bien desarrollado.


Una película acompañada en esta ocasión por la música de Alexandre Desplat, que se encargaría también de la Parte 2, y que consigue aunar en su banda sonora el ánimo y el carácter de esta película, especialmente en sus piezas más tristes. No obstante, sus resoluciones pueden resultar algo redundantes, pero consigue proporcionar una mayor entidad a la película.

En conclusión, una interesante séptima entrega que se desvincula de todas las demás por un carácter más maduro, quizás incluso experimental para la franquicia, menos mágica, pero más humana. Yates se resarce de su anterior adaptación con este preludio de una Parte 2 que se espera más emocionante y mágica (ya les adelantamos que así es), pero consiguiendo cerrar el círculo de la saga que empezó en 2001 de manos del director Chris Columbus y que, a pesar de sus horas bajas, supo mantener el tipo para entregarnos un final digno. No obstante, si tuviéramos que medir esta película en solitario, notaríamos su falta de ritmo, de un clímax más potente y de la resolución de alguno de alguna de las tramas principales, pero estaríamos siendo injustos con una pieza que adapta bien y consigue un buen resultado (aunque con ello también consiga aumentar las arcas de la productora gracias a la división).

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLVI): Harry Potter y el misterio del príncipe, de David Yates

16 julio, 2015

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Yates asumió definitivamente la dirección de las últimas adaptaciones cinematográficas de la franquicia del mago Harry Potter, para descontento de quienes no encontraron en el director a alguien tan capaz como lo fue Alfonso Cuarón en la tercera entrega de la saga, Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004). La anterior película, Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) asumía la adaptación del libro más largo y, por lo observado, de los menos apreciados de la saga, por lo que, a pesar de contar con una correcta producción cinematográfica, que no alcanzaba cotas elevadas, se le disculpó por el material a adaptar y el cambio no ya solo de director, sino también de guionista.


Ahora bien, Harry Potter y el misterio del príncipe (2009, errónea traducción de lo que debería haber sido Harry Potter y el príncipe mestizo) reforzaba los factores más negativos de la anterior adaptación restándole valor a los elementos tan apreciados de la aventura mágica que a tantas personas atrajo. A pesar de estar ante una película que repite en su corrección técnica, en unos efectos especiales buenos y en una dirección tan correcta como anodina, observamos sobre todo una obra desperdiciada, tanto como adaptación como en su singularidad cinematográfica.

A diferencia de las cuatro primeras entregas, a partir de la quinta comenzaba toda una aventura completa y no autoconclusiva relativa a la guerra contra Lord Voldemort. Ya mencionamos que la anterior entrega marcaba el inicio de esa guerra con un capítulo dedicado a la incertidumbre del regreso del mago oscuro y a la manipulación política. En esta ocasión, la sexta entrega ofrece diversas perspectivas: la sensación de peligro ya explícito en la antaño segura Escuela de Hogwarts, la persecución de los mortífagos con la opresión al mundo mágico en general, la organización de las fuerzas tanto aliadas como enemigas y, por último, el necesario conocimiento del rival para afrontar la futura lucha. Todo ello en medio de un nuevo curso escolar, con sus tensiones académicas y personales, incluyendo en este caso las necesidades amorosas.

El error crucial como adaptación es invertir la importancia de todos estos elementos, ofreciendo una obra que se centra generalmente en las idas y venidas de las relaciones amorosas adolescentes que en el ambiente bélico y, principalmente, la formación más lograda de un villano como Voldemort, cuya historia queda reducida y, por tanto, caricaturizada.


La historia nos lleva al sexto año escolar en Hogwarts, momento en el que Harry (Daniel Radcliffe) acompañará a Dumbledore (Michael Gambon) en el descubrimiento del pasado de su mayor enemigo, Voldemort, para descubrir de dónde proviene su inmortalidad y poder derrotarlo. Además, ello contribuirá a fortalecer los lazos entre mentor y alumno tras los acontecimientos del curso anterior. De forma paralela, los protagonistas se ven envueltos en las intrigas de romances y querencias, aumentando la atracción hacia otras personas así como los desencuentros entre sí, especialmente entre Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson). Mientras prosiguen de esta forma su aventura, Draco Malfoy (Tom Felton) se ve empujado a ocupar el puesto de su padre entre los mortífagos, asumiendo una tarea encomendada por el señor oscuro que le supera, pero a la que hará frente con la protección del profesor Snape (Alan Rickman).

David Yates evidencia las tramas de Malfoy y de los líos amorosos por encima de la relativa a Voldemort, que, en realidad, era lo fundamental en la obra literaria que adapta. Por esta razón, encontramos una película cuyo guion está desequilibrado, forzando situaciones de amor adolescente de forma ridícula e incoherente con la evolución ofrecida hasta ahora. Es más, se inciden en personajes nuevos y el romance entre algunos personajes, como Harry y Ginny Weasley, se fuerza sin un desarrollo más pausado (aún más si recordamos que en la anterior película el protagonista estaba enamorado de otro personaje, Cho Chang, que desaparece por completo en esta entrega). El personaje de Ron es también vapuleado por las circunstancias que se le ofrecen y el plantel del trío protagonista no ofrece su mejor papel en esta cinta.


Por el contrario, lo relativo a Voldemort resulta más interesante, pero demasiado espaciado y limitado en comparación al tiempo que se dedica al resto de temas. Precisamente, se reduce a la trama de convencer a Horace Slughorn (Jim Broadbent) de actuar por el bien, ofreciendo algunas escenas interesantes, como el recuerdo a la madre de Harry, frente a otras ocasiones insulsas, como la cena privada en sus dependencias. Además, hay una falta de misterio (contradiciendo el título que se le ha dado) con respecto a las intenciones de Malfoy o sobre la existencia de los horrocruxes (a pesar de ser una trama reducida), resultando excesivamente evidente, contra la idea que siempre ha desarrollado la saga de jugar con las apariencias. Ni siquiera la cuestión del libro de pociones del príncipe mestizo, uno de los ejes importantes de la novela, se ahonda de forma lograda: la revelación de la identidad de este personaje podría haber resultado más interesante si la película se hubiera esforzado por plantear más interrogantes sobre el misterioso libro, cuya presencia es efímera. 

El tramo final muestra las debilidades de no solo una mala adaptación, sino una película mal desarrollada, que no logra un clímax potente, algo que se agrava si tenemos en cuenta que el guion dejó fuera hechos tan relevantes de la novela como la batalla en la Torre de Astronomía o un merecido funeral. El primer caso se podría entender como una decisión de no ensombrecer la batalla final de la última película, pero el segundo no tiene sentido, ya que no permite una adecuada proyección de las emociones provocadas por un acontecimiento tan relevante en la vida de todos los personajes.


Estos dos hechos, que fácilmente se hubieran podido introducir en la película, se unen a los cambios que esta adaptación introduce, principalmente eliminando elementos. Partimos, por ejemplo, del inicio de la película, evadiendo a la familia Dursley y añadiendo una escena en una cafetería sin demasiado sentido, salvo para acentuar precisamente el carácter más amoroso/hormonal de la película. También queda eliminado lo referente al nuevo ministro de magia, lo que impide incidir en el ambiente hostil y de temor, aunque se trata de suplir con el ataque a la Madriguera (un añadido que resulta contraproducente con los sucesos de siguientes obras; aunque añade emoción y opresión a la parte inicial de la película).

La falta de profundización en el personaje de Voldemort a través de los recuerdos deja fuera acontecimientos importantes de la vida de este personaje para comprender mejor al villano. Es más, las únicas dos escenas que se rescatan nos ofrecen la imagen de una persona malvada desde su infancia, pero sin ahondar en cómo avanzó su forma de ser a lo largo del tiempo. También falta cierta relación con la película anterior, donde una muerte relevante se completaba con la herencia en esta, aunque se omite. Por otra parte, y como se hizo patente en toda la saga, quedan eliminadas las tramas de elfos domésticos.


Al final, el proceso para hacer cada vez más oscura la franquicia prosigue, aunque en esta obra sea más una cuestión estética que por desarrollo argumental: la imagen con mayor contraste y colores intensificados, pero con un velo oscuro que ensombrece la escena y empalidece a los actores. Por otra parte, no hay ninguna intención artística más allá del traslado de una historia a la pantalla, a diferencia de la magnitud alcanzada por Cuarón en la relación entre el escenario natural y la película.

En conclusión, Harry Potter y el misterio del príncipe se pierde por un camino indeseado tanto por lectores como por espectadores, ofreciendo una visión de la historia cuya estética es más oscura que las tramas que más se desarrollan en su argumento, a pesar de que el libro base ofrecía material para crear una contundente historia en torno al villano principal. Una oportunidad desaprovechada que nos arroja una película mediocre dentro del nivel de la saga.



Adaptaciones (XLV): Harry Potter y la Orden del Fénix, de David Yates

15 junio, 2015

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La oscuridad llega a la saga cinematográfica de Harry Potter con su quinta entrega, la primera en la que dejamos atrás tras la bisagra que supuso la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), comenzando el proceso final hacia la última batalla y se contrapone a la calidez de las dos primeras películas de Columbus para adentrarse en un proceso que se asemeja a los tonos más oscuros alcanzados por Cuarón y por Newell, especialmente lo alcanzado en el cementerio al final de la anterior entrega. El encargado de esta obra fue David Yates, que se encargaría del resto de la saga hasta su conclusión.


El director británico había realizado capítulos de series y algunas miniseries y telefilmes hasta su llegada a la saga del mago, aunque predominaba entre lo que había realizado el tratamiento a temas como la corrupción o las intrigas institucionales. Estas cuestiones se relacionaban con la trama de esta entrega, aunque al final el director continuaría hasta el final, siendo el director con más películas de la saga realizadas, incluyendo el futuro spin off a estrenarse en 2016: Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

David Yates dirigiendo Harry Potter y la Orden del Fénix
El argumento de Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) nos sitúa ante una doble opresión: el escarnio público al que es sometido el protagonista y la amenaza que pende sobre los personajes debido al retorno de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). En este estado, nos encontramos a Harry Potter (Daniel Radcliffe) situado justo en el lado contrario al que nos ha tenido habituados: solo y con muchas dudas. Si ya en el pasado fue tentado con la oscuridad, en este caso se ve envuelto en ella por el odio de quienes temen el retorno de Voldemort, como es el caso del Ministerio, que lleva a cabo toda una campaña de manipulación mediática y control estatal sobre Hogwarts, como de quienes están a favor del Mago Oscuro. Pero también se verá marginado por quienes lo apoyan: si la esperanza reside en la Orden del Fénix, antigua compañía que ya luchó contra su enemigo y a la que pertenecieron sus padres y muchas de las personas a las que quiere, este se verá rechazado y desterrado al ostracismo, algo especialmente crucial por parte de Dumbledore (Michael Gambon), que había sido su mentor y guía hasta el momento.

Las primeras secuencias nos remiten precisamente a la opresión que sufre Harry en ambos sentidos: lo vemos acosado por los muggles y atacado por dementores. El mundo mágico había sido su refugio, sin embargo, ahora se verá maltratado por la justicia ejercida por el Ministerio y, posteriormente, despreciado por sus compañeros de Hogwarts ante las acusaciones de los medios de comunicación. Aunque cuente con el apoyo de Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), lo cierto es que Potter estará más señalado que nunca, en un proceso ascendente desde lo que se pudo observar en la anterior entrega, cuando todos lo culpaban de haber realizado trampas con el cáliz de fuego. El enfado y la desconfianza en el resto serán las reacciones que tenga nuestro protagonista, ahí veremos cómo grita a sus amigos cuando se entera de que han colaborado con la Orden del Fénix sin informarle ni mantener contacto con él en todo el verano.


Esta situación crea una tensión en Harry que se traduce tanto en el alejamiento de sus compañeros, con una soledad impuesta por su contexto y por sí mismo, como en una rebeldía de la que hará gala contra determinados profesores, incluyendo a Dumbledore. Entre las personas que, por el contrario, se acercan a él, se encuentra Luna Lovegood (Evanna Lynch), que por su particular forma de ser resulta poco consuelo para nuestro protagonista, pero un interesante apoyo. En cierto sentido, todo lo que le sucede a Potter también le hace dudar de su papel ante las circunstancias a las que se enfrenta y, como descubrirá más adelante, sobre si está preparado o no para enfrentarse a Voldemort si, después de todo, están íntimamente relacionados. Este es uno de los aspectos más suavizados con respecto a la novela, que dejaba al protagonista aún más aislado y con brotes de ira más usuales, especialmente por el esfuerzo mental que le suponían las clases de oclumancia de Snape (Alan Rickman), que, por otra parte, están reducidas en la adaptación cinematográfica. Precisamente, todo el estado mental en que se sitúa nuestra protagonista lo pone en alerta con su entorno y será lo que desencadene los últimos sucesos de la película.

Por el contrario, su autoestima se recupera cuando crea el Ejército de Dumbledore como forma de contrarrestar el control gubernamental ejercido por el Ministerio en Hogwarts y, a la vez, ayudar a sus compañeros a adquirir habilidades mágicas defensivas. El personaje que representa el dominio del Ministerio y que se convierte en un enemigo más para Harry es Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una mujer que representa los valores contrarios en los que han sido educados los alumnos durante los anteriores años, a excepción de los Slytherin, que se convertirán en sus lacayos. Como observaremos, detrás del tonos rosa chillón y de un cuerpo rechoncho y bajito, se halla un personaje altivo, puritano, vanidoso y arrogante, con actitud despectiva hacia las criaturas mágicas, en una especie de racismo que incluye a los magos nacidos de muggles y con un odio particular por Harry y todo lo que representa, especialmente al considerarlo un enemigo del Ministerio y de su adorado ministro.


Sus métodos habituales serán la represalia, la continua creación de leyes rígidas y excesivamente severas, y el regreso al castigo físico. No en vano toma posesión del título de Suma Inquisidora y se encarga de evaluar a los profesores por encima de la autoridad del director, al que cada vez va restando más poder. Para el espectador fiel a la saga, la imagen de Hogwarts como hogar cálido y abierto se ve alterada en una especie de internado de métodos educativos anticuados y medidas dictatoriales. La escena de la huida de los hermanos Weasley, con unos efectos especiales decentes, sirve para mostrar la necesaria lucha contra estos sistemas injustos, dejándonos, además, uno de los momentos más agradables de la película.

Esta es la trama que mejor se desarrolla durante la película; no en vano, Yates estaba acostumbrado a tratar con obras de contenido político y, aunque en ocasiones le otorga un carácter cómico, especialmente a través del personaje Filch (David Bradley), logra transmitir la opresión que ejerce Umbridge con algunas escenas clave que desarrolla de forma muy efectiva a partir de los acontecimientos del libro: el castigo con una pluma que escribe con la sangre de quien la usa, el despido de una profesora, su desprecio ante Dumbledore, a quien interrumpe y amenaza en cuanto tiene ocasión, o los interrogatorios al alumnado, incluyendo el uso de pociones de la verdad (en un adecuado cambio con respecto al libro para impedir la introducción de nuevos personajes y otorgar mayor dramatismo a un personaje denostado en contenido a lo largo de la saga cinematográfica).


Por todas estas cuestiones, estamos ante una obra más dramática, que aún contiene momentos dedicados al humor y con la amistad como principal motor, pero que centra su atención en las tensiones en las que vive Harry. Una buena muestra es la sesión de oclumancia con Snape en la cual revisamos distintos momentos del pasado a través de secuencias de las demás entregas, que se contraponen perfectamente a su situación actual: el recuerdo de sus padres muertos ante el espejo de Oesed o los momentos de celebración junto a Ron y Hermione se contraponen al sufrimiento que le ocasionan las visiones oníricas de Voldemort y su serpiente. Se recrea así un clima inquietante desde el inicio de la película hasta la batalla que se muestra al final.

Además, la película va de menos a más, incluso en la muestra de defectos cinematográficos. La secuencia inicial donde discuten Harry y su primo poca relación tiene al nivel de coreografía alcanzado en las batallas entre magos, mejor preparada y filmada que el uso de primeros planos y fotografía plana de ese principio. La preparación del tramo final muestra un interesante despliegue de efectos y una acción mágica que da buena muestra de lo que se esperaría en un enfrentamiento entre magos y la utilidad de todo lo que los personajes habían estado aprendiendo hasta el momento. Toda esta secuencia se complementa con dos escenas de auténtica impacto: la primera, dramática, en la que se prefiere el silencio y cierto efecto de cámara lenta, que representa perfectamente el quiebre del protagonista, y la segunda, un auténtico duelo entre dos poderosos magos, que finaliza con la representación más pura del terror de Harry a llegar a ser como Voldemort.


Como adaptación, aunque logra introducirnos en un ambiente más hostil y con el que conviviremos hasta el final de la saga, como lo hace notar el emblema de la Warner cada vez más oscurecido, lo cierto es que pesa bastante la reducción del libro más largo a la adaptación más breve (debemos tener en cuenta que a pesar de ser la segunda película más breve de la saga, la primera es, precisamente, una de las dos partes en que se dividió el último libro al ser adaptado). Debemos mencionar en este apartado el cambio de guionista, ocupándose en este caso Michael Goldenberg en sustitución de Steve Kloves, que volvería a la saga para el resto de películas. Aparte de lo que se alteró con respecto al libro, debemos mencionar el hecho de que se llegaron a omitir cerca de cuarenta minutos de grabación durante el montaje; algunas de estas escenas se recuperaron en la versión extendida del DVD.

Centrándonos en las modificaciones como adaptación, debemos apreciar que se pierde tanto dramatismo como acción. Que a estas alturas se elimine la trama de los elfos domésticos, no nos debe extrañar, de la misma forma que la presión gubernamental no requiere finalmente de la presencia de la periodista Rita Skeeter, perfectamente suplida por Dolores Umbridge. Sin embargo, se echa en falta la visita al Hospital San Mungo durante la Navidad, especialmente para ahondar en la historia de la familia de Neville Longbottom (Matthew David Lewis), por la que se pasa por encima, gracias entre otras cosas a la introducción de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), pero que, además, añadiría más peso a la tensión interna de Potter, pues apenas queda apuntada la idea de que el hecho de que Harry sea el niño que sobrevivió fue, finalmente, decisión de Voldemort, al escoger entre él y Neville.


Es más, la búsqueda de la Profecía, que es parte esencial de la trama de esta película, se completa en el drama con esta omisión y en la acción con la secuencia, mucho más larga y con variados efectos en el libro, del combate contra los mortífagos en el Ministerio. En cuanto a lo que se elimina, también desaparece el quiddictch, aunque al principio tenemos una bonita escena de viaje en escoba por Londres, y todo lo relativo a las nuevas responsabilidades escolares de Ron y Hermione, que en la película no son nombrados prefectos. También lo relativo a los exámenes TIMO queda muy reducido, como en general todo lo relacionado con lo académico desde las explicaciones generales de la primera película.

Para solventar en cierta medida la ausencia de ciertos elementos que aumentaran la tensión, se optó por dar mayor preponderancia a Sirius Black (Gary Oldman), potenciando además la confusión de Harry con James, su padre, de forma que exista un distanciamiento entre lo que necesita su ahijado según la Orden del Fénix y lo que Black ve en él: su fiel compañero y amigo que fue asesinado por Voldemort. El momento clave será durante una secuencia de acción en la que, de forma directa, llame James a Harry, algo que no sucedía en los libros y que le otorga un carácter distinto al personaje, pero bastante apropiado para lo desarrollado en la película.


Entre otros elementos, podemos mencionar el ámbito musical. Nicholas Hooper sustituye a John Williams en la composición, aunque sigue sus pasos e imita el estilo creado por Williams para la saga, principalmente en la tonalidad general y en los recursos que empleó en anteriores entrega, recuperándolos dentro de la nueva composición. Esto otorga un sentido unitario en el campo musical a la saga. No obstante, Hooper no tiende a lo melódico; precisamente las melodías que usa son heredadas de Williams, siendo esencial el tema principal que representa a la franquicia. Y su estilo es más sencillo que el empleado por otros compositores, con algunos temas de corte minimalista, cierta tendencia a ritmos veloces y la incorporación de elementos electrónicos.

En conclusión, el resultado de esta película es una obra que abandona las aventuras autoconclusivas de las otras entregas para introducirnos en un proceso bélico que comienza con una guerra fría. Esto provoca tanto un giro en la forma de tratar a los personajes como en el tono de narrar la historia. Yates no se queda atrás de sus compañeros, pese a no ser tan reconocido, y solventa con eficacia la adaptación, con una dirección correcta y una buena composición dramática en suficiente equilibrio con un humor demasiado evidente y una acción fresca, diferente a lo desarrollado hasta el momento, pero que no alcanza cotas artísticas relevantes.



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