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Indiana Jones y el dial del destino, de James Mangold

24 agosto, 2024

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Una de las propiedades de la ficción es arrojarnos a vidas apasionantes que rellenan nuestras fantasías de aventura mientras sabemos que estamos a salvo en nuestras casas, simplemente pasando las páginas o viendo una imágenes. Aún así, esas aventuras nos emocionan, creamos un vínculo con ellas, nos divertimos y lloramos. Nos da la oportunidad de vivir más, más allá de nuestra propia vida. No es de extrañar que nos sintamos más vinculados a esas historias que nos sorprendieron por primera vez, que nos encariñemos con los personajes con los que nos sentimos identificados o a los que nos gustaría imitar. 

Y también agradezcamos, de manera inconsciente, haber vivido la emoción de su aventura imaginaria como si fuera nuestra. Ser un hobbit que decide abandonar su hogar, sobrevivir a la invasión de un alienígena en tu nave espacial, descubrir que puedes salvar la galaxia a pesar de ser un granjero, saber que la magia existe y que hay una escuela esperándote a aprenderla... o adentrarte en civilizaciones antiguas para conocer reliquias fascinantes del pasado mientras escapas de trampas y enemigos con tu sombrero y tu látigo.

Indiana Jones y el dial del destino (Indiana Jones and the Dial of Destiny, James Mangold, 2023) es la quinta y posiblemente última entrega de esta saga, al menos con Harrison Ford al frente del célebre personaje. Debo reconocer que, en lo personal, no me ha atraído en exceso lo relacionado con Indiana Jones, siendo mi favorita Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones y and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989). Quizás eso me ha permitido no ser un aficionado demasiado nostálgico con el personaje. En esta ocasión, valoro algunas de las decisiones tomada para hacer esta película, pero creo que queda por debajo del nivel que alcanzaron las realizadas en los ochenta. No obstante, no desmerece el resultado.


Para empezar, cuenta con un excelente prólogo que rejuvenece a Indiana Jones mediante CGI en el cuerpo de Anthony Ingruber y lo sitúa en los estertores del régimen nazi, contando con puntales de acción que apenas se vuelven a alcanzar y con el personaje en pleno rendimiento, no solo a nivel físico, sino también en la parte humorística y en la manera de afrontar los distintos sucesos. Sin duda, de lo mejor de la película a pesar de que el rostro del protagonista resulte llamativo en ocasiones, causando esa sensación de valle inquietante que provocan las imágenes de humanos generados por ordenador. Por eso también gran parte de la acción sucede en un ambiente más oscuro y nocturno, que favorece y disimula el uso de la técnica digital. 

Más allá de esta cuestión, que a alguno puede sacar de la ficción, nos encontramos con la presentación de la reliquia protagonista de esta historia, la creación de Arquímedes, la Anticitera, y también al villano de turno, el científico nazi Jürgen Voller (Mads Mikkelsen), que trata de convencer a sus superiores del poder de este artefacto, del que han encontrado solo una mitad. Como habitualmente, Mikkelsen funciona bien para este tipo de roles, recibiendo posteriormente algunas escenas donde desarrollar la personalidad del personaje, fría, orgullosa y despectiva. Sin embargo, no deja de ser un antagonista simple, como sus secuaces, que son arquetipos vacíos. Mejor trabajados estarán los nuevos aliados de Indiana Jones en esta aventura, de los que hablaremos después. 


Una vez que nos ubiquemos en el presente del protagonista, en concreto en el año 1969, durante la celebración estadounidense de la llegada a la luna, nos encontraremos con un personaje hastiado y pesimista. El desparpajo habitual se ve sustituido por una versión más gruñona, que arrastra conflictos internos y personales, como su matrimonio con Marion (Karen Allen) o la pérdida de su hijo Mutt (al que conocimos en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal [Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, Steven Spielberg, 2008]), que tendrán su desarrollo durante la película, destacando la conversación con Helena en el barco, más otros que no se evidencian con palabras, pero sí con imágenes. 

Por ejemplo, la falta de vínculo con la actualidad (Indiana no valora la llegada a la luna ni le interesa, sigue anclado en el pasado, en la antigüedad donde se siente cómodo), la desconexión con sus alumnos (frente a la pasión desmedida que observábamos en películas anteriores, sobre todo en el sector femenino) y también el poco apego a sus compañeros de trabajo. Pero todo ello conecta con un personaje herido, con heridas provocadas por una vida cotidiana que ha mellado su espíritu, sin que por ello le falten fuerzas para emprender otra aventura ni arriesgarse por salvar el mundo y a su ahijada, dado el caso. Con él funciona a la perfección el factor nostalgia y los elementos clave: la sempiterna presencia de su sombrero, su látigo como arma, su escepticismo (pese a todo lo que ha vivido ya) y sus frases célebres. Precisamente, en el epílogo de la película, se emplea esa nostalgia de manera bastante acertada para cerrar no en sí esta aventura, sino esas heridas mencionadas.


No obstante, precisamente por su género y por su  saga, tampoco puede huir de sus tropos, provocando que la película sea predecible e incluso incluya incoherencias que debemos permitir para dejar fluir la ficción. Funcionará para los menos experimentados o para quienes busquen algo más simple, pero no para quienes estén buscando originalidad y atrevimiento. Es más, en algunos casos podemos considerar que hay ciertos anacronismos en el retrato que se hace de la sociedad de finales de los sesenta. Ahora bien, donde mejor se nota que arrastra su carácter repetitivo es en las secuencias con el antagonista: aparece siempre que los protagonistas consiguen avanzar, nunca mata al grupo principal de personajes aunque tenga oportunidad y es su propia codicia quien lo lleva a su ruina, aunque en esta ocasión de manera bastante ridícula. Y ello a pesar del gran porte de Mikkelsen al frente del personaje, por cierto, un tipo de rol en el que ha quedado encasillado. Pero como ya mencionábamos, él y sus secuaces están escritos de manera bastante plana.

Por contra, los personajes que acaban colaborando con Indiana Jones mejoran o evolucionan con respecto a lo ya visto en la saga. Se repite el modelo que vimos en Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984) con una mujer y un niño, en este caso más adolescente, pero más trabajados en su personalidad. Por una parte, Helena Shaw (Phoebe Waller-Bridge) es una mujer de carácter ambiguo, ahijada de Indiana e hija de otro arqueólogo. Aunque en una primera impresión podría aparentar tener el mismo espíritu aventurero y obsesivo que su padre o que el protagonista, lo cierto es que es una mujer materialista que busca su propio provecho. Durante la película tendrá que confrontar ese carácter que se ha forjado con el paso de los años con los valores que Indiana Jones trata de recuperar en ella. El choque generacional y el desparpajo de Helena provocarán roces entre ambos personajes durante toda la película, aunque también compartirán algunas escenas emotivas. 


El adolescente que les acompañará en esta aventura, Teddy (Ethann Isidore), está bien construido, dejando desde el principio algunas ideas sembradas que tendrán relevancia posteriormente. Participará constantemente de la acción y será quien apoye el lado más egoísta de Helena frente al altruismo de Indiana. En este sentido, tiene una personalidad más marcada que otros compañeros anteriores, como Tapón. Otros personajes quedan más desdibujados y de fondo. Por ejemplo, la presencia de Sallah (John Rhys-Davies) es un punto de nostalgia, pero sin ningún tipo de protagonismo, la agente de la CIA Mason (Shaunette Renée Wilson) es completamente prescindible, no aporta nada a la trama, y el capitán y buzo Renaldo (Antonio Banderas) queda desaprovechado, aunque aporta crudeza a la película. 

A pesar de sus aciertos, como la manera de elevar el tono dramático con Indiana Jones, el buen desarrollo de personajes secundarios, o de tener momentos que nos recuerdan al espíritu de la saga, no deja de sentirse como una aventura menor. Quizás porque en algunas ocasiones se siente poco natural, la amenaza es superficial, se le da poco valor a los acertijos, las trampas o el pasado y se recurre a otros clichés que están demasiado machacados. Por eso, se puede se sentir que se desaprovecha la ocasión para revitalizar las aventuras clásicas y darles un toque de originalidad, precisamente porque se acerca a hacerlo, incluso con cómo funciona en esta ocasión la reliquia que titula la película.


En definitiva, con Indiana Jones y el dial del destino James Mangold firma una película de manual, pero con falta de gracia. Que recupera a un personaje y unos elementos queridos por un sector del público, apelando a su nostalgia, pero sin atreverse a proponer algo relevante como novedad. Una aventura para pasar el rato. Como notas positivas, su gran inicio, el contrapunto entre Helena e Indiana y el toque más dramático para un héroe de capa caída que vuelve a la adrenalina de una última aventura.

Escrito por Luis J. del Castillo



Para el sábado noche (CXXVI): Indiana Jones y el templo maldito, Indiana Jones y la última cruzada e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, de Steven Spielberg

02 abril, 2023

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Es una peculiar y agradable sensación la de comprobar cómo se han convertido en clásicas muchas de las manifestaciones culturales con las que disfrutábamos de pequeños.

Cuando Steven Spielberg (1946) acometió la filmación de En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, Paramount, 1981), firmó por otras dos películas, ya que el productor George Lucas (1944) tenía desde el principio la intención de emprender una nueva trilogía, al estilo de la que, en aquellas fechas, estaba a punto de completarse con El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983). La primera consecuencia fue Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Paramount, 1984), una de las películas de acción y aventuras más señeras de la década de los ochenta. Una década clásica.



En esta ocasión, el monte Paramount se materializa en un gong. Anuncia un tema musical de Cole Porter (1891-1964), Anything Goes (1934), cantado en chino. Un simpático guiño, estamos en Shanghái, en 1935, un año antes de los sucesos acaecidos en En busca del arca perdida. La intérprete de esta multicultural traslación es la cantante de variedades norteamericana Willie Scott (Kate Kapshaw). Y el local, un elegante salón restaurante, mezcla de estilos streamline y art decó, el luminoso lugar de encuentro para mercaderes, turistas y ociosos. Con este comienzo, rinde Steven Spielberg un homenaje al género musical, engalanado por excelencia, además de abrir la narración de forma visualmente elegante y espectacular. Los arreglos orquestales de John Williams (1932) envuelven el conjunto con rotunda majestad. La suya es una riquísima partitura que puntúa tanto los pasajes de acción como los introspectivos y de transición. De esta manera, es imposible que pueda haber momentos muertos.


Al bullicioso establecimiento, impregnado del embrujo de Shanghái, llega el arqueólogo y aventurero Henry Indiana Jones Jr. (Harrison Ford), para hacer una transacción con el botellín que contiene los restos de Nurachi, el primer emperador de la dinastía Manchú. El comprador es el empresario y estraperlista Lao Che (Roy Chiao). En la subsiguiente escena del canje, intervendrán un diamante bastante apetecible y el no menos deseable antídoto de un veneno.


La salida del local es precipitada, y eso que los problemas solo acaban de empezar. Por suerte para Indiana, se ha buscado un ayudante, un espabilado joven de las calles de la ciudad, Tapón (Short Round, Ke Huy Quan). Poco más sabemos acerca de la procedencia del muchacho. Steven Spielberg sabe que casi siempre es mejor imaginar.


 

A Tapón e Indiana se une Willie en -como le suele suceder al protagonista- una huida semi improvisada. Cualquier cosa es mejor que sucumbir ante Lao Che. ¡O casi! De China se trasladan por avión hasta la India, y el despeluchado grupo recala en un poblado que ha sido arrasado por la hambruna, las epidemias, la sequía y un incendio. Un extraño encadenamiento de circunstancias que los nativos achacan a la desaparición de su piedra sagrada. Una de las cinco piedras del sacerdote Shankara, las cuales refulgen cuando se las junta, debido a las gemas que contienen. Aunque para los lugareños, lo más precioso estriba en lo espiritual. El símbolo mágico ha sido sustraído por otro sacerdote de polo opuesto al original; es decir, negativo: Mola Ram (Amrish Puri).


La idea de Indiana es regresar por Delhi, pero los jefes del poblado le piden que se detenga en Bangkok. En concreto, en el palacio real, donde ha retomado el gobierno un nuevo maharajá, Salim-Sighn (Raj Sighn). Por eso Shiva te ha traído aquí, insiste el jefe del poblado y chamán (D. R. Nanayakkara). Lo que finalmente mueve al arqueólogo a intervenir es el regreso de uno de los chicos fugados del templo anexo al palacio, y el fragmento de un pictograma en sánscrito, que éste porta consigo. Se dice que las dos últimas piedras se hallan escondidas en las catacumbas de dicho templo.


Una vez en las inmediaciones de Bangkok, se da la circunstancia de que aquella también ha sido tierra de una secta de estranguladores, los togui (thugs; a los que Terence Fisher [1904-1980] dedicó una reivindicable película, Los estranguladores de Bombay [The Stranglers of Bombay, Columbia Pictures, 1959]). De ellos también se dice que oficiaban sacrificios humanos a la diosa Kali. Dentro de esta cosmogonía, Indiana Jones se enfrenta, así mismo, con dos asesinos invisibles e implacables, que entroncan con el poder sagrado que contenía el Arca. En este caso, se trata de un bebedizo capaz de anular la voluntad mental, y el vudú, capaz de controlar y mermar la capacidad física. Si a ello sumamos los antedichos objetos con propiedades mágicas, todo este marco proporciona elementos sustantivos del género histórico y de terror. A los que se añaden, de manera coherente, y merced al guión de Willard Huyck (1945) y Gloria Katz (1942-2018), en torno al relato propuesto por George Lucas, otros componentes de comedia, prototípicos de la guerra de los sexos, es decir, del yin y yang masculino y femenino; el humor con las distintas costumbres culinarias, y la presencia de una serie de bichos foráneos y poco tranquilizadores.


Por cierto que Willard Huyck fue el guionista de American Graffiti (íd., George Lucas, 1973) y Los aventureros del Lucky Lady (Lucky Lady, Stanley Donen, 1975), además de la simpática comedia La mejor defensa, el ataque (Best Defense, Paramount, 1983), entre otras. Junto a su esposa Gloria, emprendieron al alimón la interesante El mesías del mal (Messiah of Evil, ICF, 1973).

 


En el palacio de Bangkok, los tres viajeros entablan relación con el nuevo maharajá, su primer ministro, Chattar Lal (Rushan Seth), y el capitán Blumburt (Philip Stone), garante del orden militar bajo dominio británico. La India dejó de ser un protectorado y colonia inglesa en 1947. 


Lo que se pretende en el templo, comunicado no por azar con el palacio, por una serie de sinuosidades diplomáticas y pasadizos secretos, es el cambio de un dios por otro. Imponer a la encarnizada diosa Kali, en lugar del más benevolente Shiva, valiéndose de la inocencia del nuevo maharajá (otra víctima infantil). Algo parecido a lo que sucedió con el advenimiento de Amenofis IV, Akenatón (1372-1336 a. C.), en Egipto, cuando el dios ancestral Amón, expresión del poder divino del sol, dio paso a otra forma de entender el disco solar con Atón. Lo que provocó una sangrienta revolución, en la que el principal perjudicado de cara a la restauración fue otro joven, Tutankamón (1342-1325 a. C.).


Todo esto, comedia, historia, terror, queda enmarcado en el agradecido género de las aventuras exóticas. Género dúctil por excelencia, capaz de compendiarlo todo, y por eso mismo, tan difícil de apresar.

 

Lejos de apabullar digitalmente, la década de los ochenta se caracterizó por saber buscar un equilibrio entre lo artesanal y lo digital (se diga lo que se diga de la aplicación digital tras el boom de los años noventa, estos efectos, y las narrativas supeditadas a los mismos, han envejecido peor). Respecto a Indiana Jones y el templo maldito, y al igual que sucedía en En busca del arca perdida, las escenas de acción están perfectamente calibradas y orquestadas, visual y musicalmente. Como la persecución por las calles de Shanghái, la accidentada arribada a la India, la lucha con dos gigantones fornidos (Mellan Mitchell y Pat Roach), la espléndida huida del templo en vagoneta, valiéndose de los inagotables raíles de una mina, y otras situaciones in extremis. Causalidades que todo héroe protagonista que sea (a)preciado ha de saber sortear. Formando parte de este mundo de aventuras, no podemos olvidar el aspecto emotivo, melodramático, en su acepción más pura, que se dinamiza en el regreso al hogar de los muchachos retenidos.


Como curiosidad narrativa, toda la acción de la película se concentra en un par de días. Lo que confiere una agilidad muy acentuada al relato.



El caso es que cuando yo era un niño y adolescente en los años ochenta, me pasaba el santo día en bicicleta. Dibujaba historietas y me imaginaba películas. Las ponía en escena con los clicks de Playmobil y las grababa en video.


El mundo de la adolescencia de propios y no tan extraños (Spielberg), está presente y sirve de arranque a Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, Paramount, 1989). Nos hallamos en tierra de promisión de aventuras. Utah (EEUU), 1912, el año que se hundió el Titanic, pero emergió Indiana Jones. Su primer escarceo lo tiene estando de excusión scout, con unos saqueadores (raiders) de tumbas. En concreto, de la Cruz de Coronado, una reliquia hispánica. Esto ofrece a Spielberg y a su guionista, Jeffrey Boam (1946-2000), responsable de los libretos, entre otros, de La zona muerta (The Dead Zone, David Cronnenberg, 1983), El chip prodigioso (Innerspace, Joe Dante, 1987), y en parte, Jóvenes ocultos (The Lost Boys, Joel Schumacher, 1987), la posibilidad de establecer el origen de dos parámetros bien asentados en el protagonista. En primer lugar, el respeto de Indiana por los objetos arqueológicos y su alergia al comercio ilegal. Respecto a la pieza en cuestión, comenta que debería estar en un museo. Su interés en la arqueología es su ética. Y en segundo lugar, su capacidad improvisadora. A la pregunta de un compañero de ahora qué vas a hacer, Indiana contesta que ya pensaré algo.


En este sentido, y como es habitual para Steven Spielberg, bien imbuido de los clásicos, las secuencias de acción siguen estando limpiamente ejecutadas; es decir, de forma clara en lo visual, además de divertida. La secuencia de apertura es un ejemplo primordial. Desde la entrada y salida de la mina en la que actúan los saqueadores, hasta la persecución que enlaza con la característica velocidad del cine mudo, en un tren que contiene toda la parafernalia –ilusionismo mezclado con realismo- de un circo. Un triple salto inmortal.



Y ya que andamos con tripletes. Existe un tercer parámetro en este segmento inicial. Todo un símbolo. El origen del látigo y de la cicatriz que desde entonces van a acompañar y distinguir al protagonista. Diversión y calidad a la que no es ajena un modelo a seguir. El citado arqueólogo con visos de saqueador (Richard Young), en la acción de la película, y fuera de esta, Charlton Heston (1923-2008) en El secreto de los incas (The Secret of the Incas, Jerry Hopper, 1954) y El despertar (The Awakening, Mike Newell, 1980).


Las influencias no acaban aquí. Indiana Jones se hace acompañar en este relato de su disciplinado y obsesivo padre, Henry Jones Sr. (el gran Sean Connery). Persona que vive inmersa en los libros. La historia, que parte de George Lucas y Menno Meyjes (1954), cobra forma con el guión de Boam, que contiene ese tipo de excelentes diálogos, de orden clásico igualmente, que uno gustaba de aprenderse. Otros nombres que ya forman parte de la reciente historia del cine, y que no son un programa informático, son los del director inglés de fotografía Douglas Slocombe (1913-2016), el montador Michael Kahn (1935), responsables ambos de la trilogía inaugural; el diseñador de vestuario Anthony Powell (1935-2021), partícipe en las dos últimas entregas; la nueva composición de John Williams, con el sabio manejo de los leitmotivs, al igual que en los casos anteriores (el tema del Arca, el templo maldito, Indi, el Grial, los temas amorosos, etc.); y cohesionándolo todo, la producción del conjunto a cargo de Robert Watts (1938). Haré referencia a algún otro en lo que resta de artículo.


Tras la primera aventura adolescente de Indiana, que le deja marcas en varios sentidos, nos trasladamos a la costa portuguesa, en 1938. Precisamente, para tratar de cicatrizar una de esas heridas, aún abierta. La recuperación de la citada Cruz de Coronado. Lo que conseguirá con toda la acción y esplendor de rigor. Y también con el concurso de la casualidad, componente al que ya aludíamos y que me da la impresión que, de alguna manera, se deriva de los cómics de Tintín. En muchas ocasiones, el personaje universal creado por el belga Hergé (1907-1983), es asistido por la providencia más inesperada (y de nuevo divertida). Justicia poética frente a la suerte del enano. Un tipo con estrella más que estrellado. Al fin y al cabo, Indiana Jones ha sido llamado a formar parte de todas y cada una de sus aventuras, y no para luchar contra los elementos (que pese a todo le son propicios).



Otro elemento cargado de interés es el de la incredulidad del protagonista. No hay mapas que lleven a tesoros ocultos, ni cruces que señalen el lugar de un tesoro, declara Indiana Jones en esta entrega. Es la tercera vez que se muestra escéptico (y que se equivoca; y no será la última). Su recelo da paso a la constatación de unos hechos que no puede explicar, pero tampoco suprimir. De la primera experiencia ya hablé en mi artículo dedicado a En busca del arca perdida. Ahora comprendes la magia de la piedra que nos has devuelto, le comenta el jefe de la tribu en la película anterior. A lo que el arqueólogo confirma que ahora comprendo su poder. Las búsquedas del protagonista son a pesar de sí mismo. Tanto el rastreo del Arca, como la recuperación de las piedras Shankara o el Grial, son acciones a las que Indiana se ve impelido, incluso forzado, a intervenir. No es algo que explore por sí mismo, otros factores intervienen y le pillan en medio. Salvo en los casos de volver a restituir un objeto específico, de cara a alegrar un museo, antes de que la pieza desaparezca definitivamente: el ídolo del templo en En busca del arca perdida, donde Indiana aún ha de sufrir una primera transformación, o la citada Cruz de Coronado. Una cuestión moral. Y pese a que los resultados derivan a veces en situaciones no planificadas, estos vericuetos apenas penetrables sirven para que el personaje se enriquezca y fortalezca, sobre todo psicológicamente. Una estructura que se confirmará en sus siguientes cometidos. El azar, incluso la predestinación, son elementos no discordantes en la vida del arqueólogo.


De su progenitor ha aprendido que la arqueología se hace leyendo y estudiando. De sus descubrimientos, que hay otras muchas cosas que aún no están escritas (o que si lo están, conviene tomarlas en consideración). Posee una amplia cultura. Nombra a Flinders Petrie (1853-1942), el reconocido fundador de la arqueología científica. Su actitud es algo que va más allá de la pasión por las antigüedades que asegura tener el industrial Walter Donovan (Julian Glover). Entre el trabajo de campo y el sentido del humor, tal cual demuestra el segmento en un Berlín infestado de nazis, se va constituyendo el personaje icónico de Indiana Jones.

 


Lo cierto es que cuando se estrenó la película (la vi en el cine Madrigal de Granada), el humor que destilaba me parecía fuera de tono. Demasiado paródico. Con el tiempo, he aprendido a apreciarla, allende sus virtudes cinematográficas, que siempre mostró.


El guión no puede estar mejor urdido ni ser más ventajoso para un entusiasta de la historia. La sorprendente inscripción sobre piedra arenisca hallada al norte de Ankara (Turquía), tallada en latín y fechada en el siglo XII, es la espoleta apenas retardada que conduce a un misterioso templo en el Cañón de la Media Luna, sito en la localidad de Alejandreta (Siria), en la llamada Ruta de los Peregrinos (República de Hatay, Siria). El argumento entronca con la leyenda artúrica y la Biblia. Conozco muy bien ese cuento para niños, insiste Indiana en el despacho art decó de Walter Donovan, magnífica elaboración del decorador inglés Elliot Scott (1915-1993).


Pero si el Grial es un símbolo de la Cristiandad, también cabe la posibilidad de que se trate de un receptáculo para la eterna juventud.


De nuevo, el relato se imbrica en el interés de los nazis por los objetos telúricos, bien gestionado por los célebres Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-1978), en su famoso libro El retorno de los brujos (Le matin des magiciens, 1960; Plaza & Janés, Otros Mundos, 1965), por citar un trabajo arqueológicamente clásico. Que también hace hincapié en la parapsicología que centrará la siguiente propuesta fílmica.


Desgraciadamente, a diferencia de Indiana, los nazis sí creen. Con objeto de hacer más mal que bien (de ahí la mala fama del esoterismo en algunos sectores de la información).


En cuanto a Henry Jones Sr., ha basado su vida en ejercer de profesor de literatura medieval. La búsqueda del Santo Grial es principalmente suya. El propósito de su vida, anímica y académica, sin distinción. Ha sido capaz de descifrar el manuscrito de un fraile franciscano francés, que conduce a una tumba en la ciudad de Venecia, Italia. La del último caballero templario superviviente, Sir Richard (Robert Eddison); que según comprobaremos, aún sigue vivo y coleando lo que puede. Lo cual enlaza con el atractivo culto de los Caballeros Custodios de la Primera Cruzada. Gentes como Cazin (Kevork Malikyan), cuya misión reverencial, al punto de dejar la vida en ella si se hace preciso, es preservar el misterio y la ubicación del objeto sagrado. Forma parte de la hermandad de la Espada Cruciforme, y en determinado momento de la película, a punto de pasar a formar parte del otro lado, le pregunta a Indiana, ¿por qué busca el Cáliz de Cristo?


Algo más, por lo tanto, que un mero tesoro o recurso argumental a la hora de narrar un relato de aventuras. Como habrá ocasión de confirmar, la “iluminación” no es ajena a George Lucas, aspecto en el que incidiré más tarde.


Este enlace con los objetos mágicos, confiere a las películas de Indiana Jones una base sólida y un inasible nexo de unión.

 


Junto al doctor Jones está Elsa Schneider (Alison Doody), la anterior colaboradora del padre de este, en el primer intento de búsqueda. El personaje de Henry Jones Sr. está bien trazado. Según su hijo, es un ratón de biblioteca que no sirve para trabajo de campo. Mantuvo una estrecha amistad con Marcus Brody, el director del Museo Arqueológico y posterior decano de la imaginada Facultad de Letras Marshall, en Washington (Denholm Elliott), que ahora se implica en los acontecimientos de una forma más directa. El diario del padre es, sin duda, el eslabón más robusto para retomar las pesquisas. La búsqueda de lo que hay de divino en nosotros, como subraya Marcus.


Indiana se ve obligado a seguir los pasos de su padre, tal y como ha venido haciendo a lo largo de buena parte de su vida, hasta que ambos caminos divergieron. En esta aventura sucede al revés, padre e hijo se muestran separados, física y emocionalmente, hasta que se ven en la tesitura de tener que volver a conectar y convivir. En un entorno mucho más hostil, dada la tensa situación mundial. Como le dice Walter Donovan a Indiana a lo largo de su -espléndido- primer encuentro, no se fíe de nadie. Este tendrá su contra réplica en las palabras del propio Marcus, cuando le advierta que está jugando con poderes que le es imposible comprender. Nueva llamada de atención a estar abierto, e ir a la esencia de lo francamente espiritual, respetando su nobleza.


Debes creer, le previene el padre al hijo cuando se hayan en el umbral de los poderes del Grial. Spielberg ha tenido el acierto de mostrarnos antes un cuadro, en la desvalijada casa de Henry Jones Sr., con la imagen de un cofrade suspendido en el aire, portando el cáliz en la mano. Tras su estancia en Venecia, Indiana y Elsa se dirigen al monumental Castillo de Bürresheim, en la frontera entre Austria y Alemania (Renania-Palatinado), bajo el control de herr Vogel (Michael Byrne). Allí tienen secuestrado al padre del arqueólogo. La estancia y la huida de la fortaleza componen uno de los segmentos más dinámicos y joviales de la película. A lo que sigue la visita a Berlín, la subsiguiente escapada en dirigible, y la magnífica secuencia por las ardorosas arenas del desierto del Estado de Hatay (Alejandreta, unida a Turquía en 1939), cuya realeza, por cierto, es comprada por los nazis con los bienes expropiados a los judíos, según queda expuesto en otra inadvertida pero significativa escena. Por otra parte, la quema de libros en la capital alemana no es muy diferente a la “cultura” de la cancelación y corrección política que nos está matando -más que estamos viviendo-.



Si En busca del arca perdida culmina en un almacén de flamantes antigüedades, esta lo hace en el templo del Santo Grial, donde aguadan a los protagonistas las tres pruebas para recuperar el objeto sagrado, contenidas en las ficticias Crónicas de San Anselmo (1033-1109). Número tres de nuevo, asentado en la salud, la riqueza -interior-, y el amor al entendimiento. Tomada sabiamente y en su justa medida, se nos dice -y demuestra-, que el don de la inmortalidad contenido en el Grial no puede ir más allá del Gran Sello, un lugar específico de este templo (de la vida). También la perpetuidad está sujeta a unas leyes naturales. Todo tiene su límite.

 

Indiana Jones y la última cruzada evidencia una vez más la importancia argumental del enlace de dos espacios, no opuestos, sino complementarios para el protagonista. Al igual que la biblioteca veneciana de esta película fue antigua iglesia, y contiene los restos del misterio, así mismo, se contemplan los escenarios de lo conocido y lo desconocido, la necesidad vital de involucrarse en la aventura total. Aquella que más nos demanda, física y espiritualmente.


En lo visual, se vuelve a hacer uso del clásico recurso cinematográfico de mostrar, en el montaje, las líneas en los mapas que se superponen a las imágenes, y que van marcando el recorrido viajero del protagonista. Igual de alegórico se muestra el aire que, en buena racha, devuelve a Indiana Jones su sombrero, tras una ardua “travesía por el desierto”, jalonada por los tanques del ejército alemán. La película se cierra con el plano simbólico de los cuatro amigos que han participado en la aventura, Indiana, Henry Jones Sr., Marcus y Sallah (John Rhys-Davies), cabalgando juntos como los mosqueteros, durante los créditos finales.

 


Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, Paramount, 2008) fue y sigue siendo una película minusvalorada. No estoy de acuerdo con esta apreciación, por mucho que me parezca que los efectos digitales han mermado su cualidad. No hay nada más triste que un atardecer falso.


Pero el resultado, morfológico y semántico, me resulta altamente estimulante. Al igual que en el caso anterior, arrancamos en suelo norteamericano. Nos hallamos en Nevada (EEUU), en 1957. Un espacio donde se inserta el totalitarismo soviético en plena Guerra Fría. Un frío que contrasta con el ardor del desierto de este estado, convertido en gulag durante el primer segmento de la película. Este se centra en la incursión a una base de alto secreto militar, que los que hemos visto En busca del arca perdida conocemos bien. John Williams enlaza musicalmente con el tema del Arca. Pero el objeto buscado en esta ocasión es distinto. Pasamos entonces de una inclusión en este gran almacén, a una extracción del mismo. A pesar del tiempo transcurrido, y de las vivencias en suelo maravilloso, lo cierto es que, Indiana Jones parece nuevamente deslindado del aspecto mágico y misterioso de la existencia, que tanto le ha acompañado. La situación política no es especialmente inspiradora.


Imagen viva de ello es el referido almacén, donde se han venido acumulando los secretos y misterios que la ciencia no ha sabido, por el momento, explicar, y que como “objetos molestos”, han sido arrinconados. Lejos de la noción popular, y hasta de las mentes de sus descubridores. Algo parecido al Hangar 18 (íd., James L. Conway, 1980), pero a lo bestia. O sea, el Hangar 51.


En efecto. Los restos momificados que buscan con ahínco los soviéticos infiltrados en suelo norteamericano provienen de Roswell (Nuevo México, EEUU). Los aficionados a la historia de los OVNIS, como el que suscribe, nos damos perfecta cuenta de que esta alusión contiene implicaciones muy especiales. El posible castañazo de una nave alienígena en suelo patrio (terrestre), con posible -en la película cierto- rescate de cuerpos humanoides. Ahí radica la gracia, para algunos molesta, del guión propuesto por el competente –también realizador- David Koepp (1963), en torno a una historia, no se olvide, pergeñada por George Lucas y Jeff Nathanson (1965). Gracia que estriba, no ya en lo vistoso de la recuperación de tales cuerpos, sino en lo que contienen, su exoesqueleto. Coronado por una calavera de material transparente, parecida al cristal, con poderes sobrenaturales. Convertida en deidad americana, post-colombina, otras copias talladas coexisten, con el aspecto de la que será recuperada en Roswell siglos después. Toda una avanzadilla en la disposición cronológica de la historia humana.

 


Al frente de estos infiltrados está otro rival a la altura del arqueólogo y explorador en los márgenes de lo señalado por la historia (esa que enseña en clase). Se trata del coronel médico Irina Spalko (estupenda Cate Blanchett), de origen ucraniano, pero impregnada de ideología soviética. El ojo derecho de Stalin (1878-1953), según se comenta. Junto a este peligroso poder totalitario del que se rodea, Irina posee capacidades como médium. Sé cosas, y las sé antes que nadie, y lo que no sé, lo averiguo. Indi se muestra incrédulo, una vez más, ante esta nueva faceta a la que va a ser encarado.


Comunistas y FBI forman una buena combinación (narrativa). Indiana se ve en la necesidad de proclamar su lealtad y referir su hoja de servicios ante los custodios del bien común. Seguimos en terreno arriesgado, aquel en el que se hace muy difícil poder confiar en otra persona. Las arenas movedizas que están a punto de tragar al protagonista en un apurado trance de la trama, no son solo materiales. El traidor George McHale, Mac (Ray Winstone), se ha perdido en uno de estos flecos crematísticos (los flecos son la hermana menor de las lianas). Por su parte, la implicación paranormal de lo militar queda expuesta desde el momento en que se nos recuerda que el arca perdida está almacenada en ese gran hangar, e Indiana ha de regresar allá, maniatado, para iniciar una nueva y trascendental peripecia. Es el momento de las grandes oleadas de los no identificados. ¿En qué zona se encuentra el arqueólogo? Probablemente en la de nadie: en la suya. Pero siempre en contacto directo con las ciencias más ocultas. Si consideras ciencia a la parapsicología, tal y como esgrime el general Ross (Alan Dale).


Un clima crispado, en palabras del decano Charles Stanforth (Jim Broadbent), bien expresado en el libro que después traeré a colación, pero que se sabe tomar con la debida sorna. Un humor que, en cualquier caso, no aplaca la innata ira del totalitarismo, cuya amenaza se sabe disfrazar de salvación. Este procede de la colectivización, a la que se enfrenta nuestro protagonista con sus mejores armas, la experiencia y el conocimiento, y la ayuda de muchos de los artilugios puestos en lid. Cuando la histeria alcanza al mundo académico, creo que es hora de dimitir, añade el decano. Esto se ha venido aplicando a la persecución de los comunistas, pero no deja de ser curioso, a la par de lamentable, comprobar cómo las inquinas, represalias y ambientes más viciados, se pueden dar la vuelta. Cómo los distintos polos se encuentran.

 


Indiana viaja hasta Nueva York (EEUU) y Londres (Inglaterra). Tras la pista de su colega y antiguo amigo Harold Oxley (John Hurt). Con el que hace tiempo no ha mantenido el contacto. Oxley ha averiguado el paradero de una de estas llamativas calaveras para llevar a Akator (El Dorado hispánico), ciudad mística y, por supuesto, perdida en plena Amazonia (América del sur). En concreto, y como sucedía con el Grial, el enclave está protegido por un grupo de escogidos, la tribu “uga”. El poder de la leyenda se materializa, de la mano -y mente- de una tecnología muy avanzada, cuyas posibilidades magnéticas y simbólicas llamaron la atención del conquistador y explorador español Francisco de Orellana (1511-1546).


Lo que conlleva algo muy interesante, como averigua nuestro arqueólogo y ha sido recogido por los ensayos más arrojados. Que las culturas primitivas no lo eran tanto. Por sí mismas y por la posible ayuda recibida del extranjero (trece seres yacen en círculo en el correspondiente templo-nave espacial). Un paso más en la catalogación de los tesoros artísticos contenidos en la Tierra. El planteamiento no puede ser más sugestivo.

 

Tampoco viaja solo Indiana Jones en esta ocasión. Se le adosa Mutt Williams (Shia LaBeouf), disruptivo y rebelde, que le ha pedido ayuda para encontrar a Oxley, su padrastro. Su pose, no exenta de humor, se basa en la figura del Marlon Brando (1924-2004) de Salvaje (The Wild One, Lazslo Benedek, 1953). Al igual que su padre real, un modelo tan verídico y emblemático como cinematográfico. A vueltas con ese ingenio congraciado con la narrativa, sobresale la ocurrencia de la urbanización donde se refugia Indi a la desesperada, y que entronca con el sentido del humor de la saga, elevado a su máxima y sagitariana (spielberiana) potencia, en la época de las pruebas nucleares; ahora que estoy leyendo la biografía de Robert Oppenheimer (1904-1967), precisamente. Físico teórico nuclear al que se cita en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Al contrario que a otros, a mí este episodio atómico, ni me molestó ni me sacó de contexto: todo lo contrario, me reí de lo lindo. Spielberg es lo bastante sagaz como para insertar en la escena un plano de la puerta del frigorífico en el que se introduce Indiana, en el que un cartel nos advierte de las ventajas y resistencia de este electrodoméstico en concreto (for superior isolation: para un mayor aislamiento). Héroe superviviente hasta de la bomba atómica, Indiana Jones se recompone para seguir luchando con otro peligroso enemigo invisible -salvo por los cadáveres que deja- e inexorable, el colectivismo dictatorial.

 


Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es un compendio de los intereses esotéricos de George Lucas. Si quieres ser un buen arqueólogo, sal de la biblioteca, esgrime Indiana a uno de sus estudiantes en la biblioteca del campus, tras una motorizada aparición estelar. Todo está en los libros… y en sus pliegues. El arqueólogo no ha perdido el afán por la aventura, pero para ello ha aplicado antes sus conocimientos de la lengua precolombina y de las Líneas de Nazca, los conocidos geoglifos de Perú.


De este modo, Indiana Jones descubre que la expresión cuna de Orellana, también se refiere a una última morada. Un cementerio nazca. Y el escondite de la calavera, sita en un habitáculo secreto donde descansaba uno de los cráneos alargados, el encontrado por Harold Oxley. Existen varios de estos cráneos, cuyas “burdas” reproducciones replicadas por los nativos, en recuerdo de sus “dioses”, reposan en el Museo Británico, según la trama que manejamos. Ya digo que la base del guión es de una riqueza oculta pero que salta a la vista (habría que hablar de espectadores iniciados). Lo que no muchos entendieron en el momento del estreno de la película. Las calaveras originales resultan artefactos perniciosos. Al extremo que a Oxley le han afectado la mente.


En la Amazonia se desata una nueva “fiebre del oro”. Auspiciada por el descubrimiento de esta novedosa arma mental, ideal para sostener una “guerra psicológica”. ¿Por qué se niega a creer lo que ve?, le pregunta Irina a Jones. No es obra de seres humanos. La conversación y sucesos en la tienda de campaña amazónica, es la punta del iceberg de toda esta urdimbre argumental. Ya he señalado que, como si de una convención se tratara, Indiana Jones comienza siendo escéptico, hasta que las distintas leyendas que palpa, lo empapan de realidad, y lo alcanzan (más que lo atrapan). Una realidad alternativa. Lo cierto es que cada objeto físico de la saga acaba indefectiblemente conduciendo a la constatación de lo extraordinario. La calavera abre un canal psíquico, pero como sostiene Irina, no habla a todos. Lo mismo que ocurre con el esoterismo. El control sobre la mente humana es un caramelo muy goloso para los estamentos totalitarios. Y no hace falta irse a geografías demasiado lejanas o a artefactos muy sofisticados; suele bastar con una tribuna y los consabidos apoyos mediáticos. Entre lo extraterrestre y el escenario de los conquistadores, ámbitos que parecen fundirse en uno solo, Indiana Jones escapa de las coartadas históricas más reduccionistas.

 


En la mencionada escena de la tienda de campaña, asistimos a la perfecta definición de lo que es el comunismo. Lo sintetiza Irina Spolkov con sus objetivos para occidente. Los transformaremos desde dentro, los convertiremos en nosotros, y lo mejor es que ni siquiera se darán cuenta. Una vaina ideológica como las que anticipó Donald Siegel (1912-1991). Hacer que los maestros enseñen la historia verdadera, y que sus soldados nos obedezcan. Pensando por ustedes. La epifanía de Irina es hechizante y se reviste de cultura. Cita al poeta John Milton (1606-1674). Su finalidad es una mente colectiva. La fe que Irina achaca que le falta a Indiana es la del comunismo, lo colectivo como coartada y forma de pensar. No como espiritualidad. Irina atiende a una ciencia hermética, en el sentido de estancada y vacía. Como Henry Jones Sr. advertía acerca de Elsa, en la película previa, nunca comprendió lo que es el Grial (por algo suena el tema del Grial al final de la presente).


En la neblina quedan las intenciones originarias de estos seres interdimensionales, como los califica Oxley con conocimiento de causa, y teoriza la nueva –de mediados del siglo veinte- física cuántica. Gracias, entre otros, a Oppenheimer.

 

Y ahora retomo una cuestión antes anotada. La del aspecto enigmático propuesto desde las ideas y esbozos que dan paso a los guiones de las películas. Existe un hecho no muy difundido que nos proporciona una pista acerca de esta circunstancia, la particular conexión de George Lucas con lo sobrenatural. Se trata de algo más que una atrayente postura argumental para recubrir los guiones. En la provechosa serie documental Light & Magic (íd., Disney-Lucasfilm, 2022), dirigida por Lawrence Kasdan (1949), el realizador de La guerra de las galaxias (Star Wars, Fox, 1977), comenta cómo siendo joven sufrió un aparatoso accidente de tráfico que a punto estuvo de costarle la vida. Y cómo tras su casi milagrosa recuperación, sintió que aún permanecía en este mundo por alguna razón concreta (capítulo II). Ahí lo tenemos. Pese a la desbordante imaginación de Steven Spielberg, el más “esotérico” e indagador (skywalker) siempre ha sido George Lucas.

 


En Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, la música de John Williams resulta más evanescente, y por ello, más desapercibida. Pero no por eso está menos lograda. Es cierto que no posee un leitmotiv distintivo, al margen de los ya conocidos, pero aun así se trata de un buen trabajo. Diría que su objetivo es no desviar la atención del intrincado argumento. Cuyo núcleo es el eslabón perdido entre culturas paralelas, egipcios, mayas, nazcas, pascuenses… y “ugas”, sobre los que orbita la propuesta de que alguien les enseñó. Como confirma esa antesala con objetos de distintas culturas, a la que antes hacíamos mención. Eran arqueólogos, se sorprende Indiana Jones al hablar de los visitantes extraterrestres (interdimensionales o no). Su oro es como el de la alquimia: el auténtico tesoro estriba en el conocimiento, en la facultad de transformarse a sí mismo. Todo lo demás, el anhelo de riqueza, incluso la afición desmedida por el saber, o su transferencia descontrolada, son un daño colateral.


No se olvida Steven Spielberg de “aligerar” tan esotérico equipaje con la debida carga emocional, y su eficaz y ya ponderado sentido del humor: la serpiente ratonera que le salva la vida a Indiana, pese a la repulsión que siente por los ofidios, el reencuentro con el amor de su vida, Marion Ravenwood (Karen Allen), que reestructura la situación familiar y sentimental del protagonista, el monte Paramount equiparado a la madriguera de una marmota, como imagen primera de la película; y la coreografía de las distintas luchas y persecuciones.


Por mi parte, y pese a que a los ufólogos más veteranos no les entusiasmaba la definición, y a Steven Spielberg no le apetecía nada mezclar el género de aventuras con el de ficción, olvidándose de los buenos tiempos, lo cierto es que me encantó ver un platillo volante sobrevolando las salas de cine una vez más.

 

Escrito por Javier Comino Aguilera




La costa de los mosquitos, de Paul Theroux, y adaptación de Peter Weir

25 septiembre, 2021

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El término medio, según Aristóteles (384-322 a. C.), es la razón que decide el hombre prudente; una posición intermedia entre el exceso y el defecto, el cual apunta al equilibrio entre las pasiones y las acciones. La persona virtuosa adquiere el hábito de actuar rectamente de acuerdo con esa justa medida, que evita tanto la exageración como la deficiencia, lo que requiere de cierto tipo de sabiduría práctica a la que el filósofo llama prudencia (phrónesis) (Ética a Eudemo y Ética a Nicómaco).

Vivimos una era extraña, donde la lógica, comenzando por la significación referencial del lenguaje, está siendo puesta en cuestión, no por ningún equilibrio virtuoso, sino por los extremos ideológicos más aberrantes. De los que no hay más remedio que defenderse. El escritor norteamericano Paul Theroux (1941) ya materializó esta amenaza, en petit comité, pero con implicaciones globales aterradoras, en la figura principal de La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, 1981; Tusquets - Círculo de lectores, 1984).

Una novela de la que podemos establecer ciertos parámetros narrativos y ontológicos básicos. Por ejemplo, que huir a otro lugar no hace que desaparezcan nuestros problemas. Otrosí. El protagonista, clásico pero particularísimo anti héroe, decide no proseguir con la escolarización de sus hijos en los centros educativos al uso, en pro de un contra culturalismo de raigambre cosmológica, ya que reniega de los contenidos de la enseñanza contemporánea (lo que incluye el apenas saber leer y escribir: una situación sostenida en la actualidad, precisamente, por los que más dicen defender la cultura, lo estratégico –sea esto lo que sea- y el ecologismo; y añadan lo que quieran). Con ello el autor pone de manifiesto lo influenciables que son los niños y adolescentes (o alumnos) ante la a veces desnortada idiosincrasia de los progenitores y demás custodios doctrinarios, antes de poder desenvolverse y, con suerte, hallar su propio camino. A menor calidad de la educación, mayor el asalto de personas poco formadas en los ámbitos del dirigismo y la comunicación, en las instituciones grupales y públicas.

Quisiera hacer notar, además, un llamativo aspecto formal de la novela. Figuras tan épicas como trágicas, tales progenitores se denominan a sí mismos Padre y Madre, en lugar de por sus nombres propios, a modo de dos (dislocados) arquetipos.

Paul Theroux
Padre es Allie Fox, un descontento con el mundo, al que responde con talante pejiguera, en un entorno social con base ciertamente real: la sensación de que la civilización se desmorona (como si la civilización no hubiera hecho otra cosa, con algunos periodos de relativa calma). Dicha desintegración de los cimientos de las culturas de oriente (sí) y occidente, no se refiere tanto a los conocimientos en los que se sustentan, sino a su aplicación política y manera de encararla (someterse o rechazarla) en un plano personal, que es lo que nos compete. Creo que es importante establecer este matiz. Allie Fox se enfrenta, con su individualidad, desbocada pero libre, al conjunto de individualidades que integran los distintos núcleos y conjuntos que no le satisfacen, y que nadan en una misma corriente (ya veremos que, de forma literal, Allie tratará de ir contra la corriente).

Estaba pensando en voz alta, sostiene en multitud de ocasiones. Y en efecto, no para de hablar y pensar para los demás, además de para sí mismo, como voz narrativa pura que se transcribe en forma de diálogo, en lugar de como convencional párrafo de novela psicológica, que es lo que es La costa de los mosquitos. Esta visión más psicológica pertenece al hijo mayor, Charlie, de trece años. Suya es la narración interiorizada que sostiene el relato.

Mientras Charlie se guarda los pensamientos para sí -y el lector-, actuando en consecuencia, Allie actúa como si todas sus ocurrencias y meditaciones debieran ser fuente de conocimiento público, o al menos estar dirigidas, como se suele decir, a quiénes pudiera interesar. Sería interesante establecer la Carta Natal de este personaje literario, de patrones reales, en posible trasposición con el propio autor (si ello fuera posible). Algo de certidumbre simbólica debe aportar la disciplina astrológica cuando es capaz de compendiar y establecer -aunque a veces no llegue a salir de su propio asombro- el número de ególatras y cortoplacistas que copan los cargos públicos. Fin de la digresión.

Allie Fox es inventor. Un genio para cualquier cosa mecánica, en palabras de su primogénito (parte I: capítulo I; los capítulos son acumulativos en las distintas partes). Esto lo convierte en un personaje rebosante de teorías acerca del mundo, del ser y el estar, algunas de ellas de lo más pintorescas, aunque no más que las que algunos esgrimen hoy en día de forma pública. Un paladín con elocuencia capaz de arrastrar -y arrostrar- a su núcleo familiar, que a la larga superará la prueba de la desintegración, no sin esfuerzo (por parte de las individualidades que escapan al yugo de lo autoritario y autárquico, sin dejar de constituirse en familia). Así, Allie critica el mercantilismo y la tecnificación; por lo visto, ajenos a los procesos de la invención. Profesa un ecologismo “salvaje” al que se verá abocado toda la familia. Aboga por las energías renovables (aún no sabe que repercuten en los impuestos indirectos de la factura de la luz). Ha idealizado Centroamérica, no políticamente, sino como locus amoenus, así como la vida del buen salvaje; la naturaleza, en definitiva. Imbuido en su retórica, es esclavo de sus propios compromisos mentales.

Collage
Pese a todo, Allie sabe usar las manos para llevar a cabo sus fértiles empeños, y ese movimiento lo demuestra andando. Atendía, según Charlie, a un desafío particular, algo que podía arreglarse con una idea o una máquina. Sentía que tenía respuesta a casi todos los problemas, siempre que alguien quisiera escucharle (I: I).

Lo cierto es que el protagonista detesta los grupos identitarios; en realidad, toda sumisión ideológica, sin darse cuenta de que él mismo va a caer en la trampa de la suficiencia mesiánica. Su sentido de pertenencia comienza siendo libérrimo, para acabar alterándose drásticamente, y en última instancia aniquilado. Sin posible remisión: esto es algo que corresponderá a sus allegados, a quienes le sobrevivan.

Poco a poco va desarrollando una psicología patológica. Era grande y atrevido en todos sus actos (I: II). Lo único que le ancla al respeto de la civilización que le vio nacer es una práctica gorra de béisbol. Personaje de gran profundidad, Allie se halla inmerso en sus contradicciones. Cree que la amenaza nuclear se va a concretar hic et nunc. De su estructura mental parte una aventura física: el traslado de él y su familia a otro espacio, físico y mental. Su inestimable afán de independencia se va a ver cañoneado por su intransigencia a no cejar en esa doble vertiente de su aventura, convirtiendo en acto las más desbocadas teorías; como algunos gobiernos que, en la actualidad, viven alejados de la realidad. Allie confunde la precariedad con el naturismo, la naturaleza con lo agreste, por mucho que la revista de cierta guisa confortable que permite la habitabilidad. Allí va buscando retomar su humanidad, pero resulta que la ha perdido hace tiempo; un aspecto que está latente antes de abandonar el país de origen. Reitero que nos encontramos ante un personaje de gran peso psicológico y poso dramático, por su complejidad, al borde siempre de lo verosímil, como tantas veces sucede con la realidad.

Imagen de la película
Paul Theroux nos propone la diatriba entre creatividad versus dependencia tecnológica. Un cortocircuito típico de nuestro tiempo. Ya en el capítulo tercero, el joven Charlie advierte que esta incapacidad (anti empática) de su padre, de conciliar ambas posturas, da al traste con muchos de sus proyectos. Por ejemplo, un simple cultivo, o la posibilidad de un negocio de paneles solares, aún en EEUU, a lo que se suma la denodada lucha con los elementos traicioneros, que le acompañará en su viaje ulterior a Centroamérica. De nuevo Charlie (salvo que se indique lo contrario, el resto de citas pertenecen a este personaje), indica que le gustaba empezar desde cero (se supone que habiendo aprendido de los errores previos, aunque esta progresión geométrica es la que se va a quebrar en favor del más puro obcecamiento).

Allie admite tener una misión que cumplir. Por eso estoy aquí, declara en repetidas ocasiones, como convenciéndose de su apostolado (I: III; XII). Allie Fox es, de este modo, comparado con un predicador, aún de forma indirecta (I: VII). De hecho, es buen conocedor de los Textos Sagrados. Y con un reverendo se va a topar en su viaje de ida. Uno de esos tostones protestantes que respiran bajo el signo de la Cruz, pero que realizan una labor de catequesis no muy distante de la de Allie; con la similitud de que cada uno de ellos involucra a su núcleo vital más cercano. Se trata del misionero Gurvey Spellgood. Aunque esta encomienda fervorosa es para Paul Theroux claramente artificial y mecanizada, como en una cadena de montaje (los nativos viendo los videos de Spellgood a través de la televisión), los personajes no están exentos de la humanidad que los ata a sus patrones normativos.

Hemos de tener en cuenta que el nivel de influencia -por no llamarlo de otra manera- a que se ha visto -libremente, eso sí- una parte de la población norteamericana, por parte de predicadores, telepredicadores y sectas de todo cuño, es apabullante, y que esto representa una ruptura con lo religioso protestante más que evidente en novelas, películas, y otras manifestaciones artísticas. Dicho corsé religioso también salpica e indignifica el aspecto trascendente del ser humano (por vía de la cienciología, sectas Edelweiss, y sus equivalentes). Sin duda, los EEUU, y otros territorios del planeta, disponen de un serio problema desde hace bastante tiempo (tal vez desde el octavo día).

Spellgood tiene una hija, Emily, más estúpida -o aniñada, siendo más clementes- de lo que reflejará la posterior versión cinematográfica. En este sentido, Charlie y Emily mantienen en el libro una relación más de niños que de adolescentes.


Indudablemente que Allie Fox es un cenizo respecto a la sociedad (o suciedad) que le rodea, de la que solo sabe entresacar sus aspectos más negativos. Algo que comprensa siendo una persona generosa, aparentemente equilibrada, dador de los beneficios de una tecnología sostenible más integradora, que a la larga se convertirá, ironía suprema, en la más desintegradora. En este sentido no hay duda, Allie trata de predicar con el ejemplo. Lo que se traslada al ámbito de los sentimientos. Me avergonzaba de Padre, a quien no le importaba en absoluto lo que pensaran los demás. Y le envidiaba por ser tan libre; y me odiaba por sentir vergüenza (I: IV).

Como ya he advertido, empieza sacando a los niños del colegio, lo que es un flaco favor. Yo deseaba secretamente ir a la escuela (I: VI), prosigue Charlie. La gracia está en la crítica hacia los que tratan de buscar “la iluminación” en países lejanos y exóticos (el mantra de Oriente), o en la naturaleza áspera y “primaria”, donde todo suele estar bastante oscurecido. Mientras despliegan su elocuente e incansable batiburrillo cascarrabias. Arrojado en unas cosas, Allie se muestra sumamente inocente en otras. En cuanto a Madre, su lealtad a Padre me dio fuerzas (íd.).

E insiste el chaval. Me dolía que Padre, al no permitirme asistir a la escuela, impidiera que aprendiese a escribir como él (íd.). No me gustaban las escuelas, menciona Allie, por su parte (I: VII). Con lo que, en efecto, está negando a los restantes miembros jóvenes de su familia el derecho a la instrucción, o al menos, su derecho a decidir por sí mismos. Que es precisamente de lo que va el libro.

La familia Fox deja atrás todo lo que de bueno y malo ha conocido hasta entonces (I: VII). La decisión les lleva hasta Honduras; más concretamente, a la región de Mosquitia, que está en la edad de piedra, según el capitán del barco que los transporta.

En un principio, a Charlie le estimula el viaje, por ser una forma eficaz de que nadie sea testigo de sus carencias, de las que va a ser progresivamente consciente. Me alegraba de marchar lejos, donde nadie nos veía (I: IX). Luego, esto no va a ser suficiente. El muchacho posee una creciente confianza en sí, en contraposición con la del padre, aunque aún habrá de pasar por una etapa, primero de referencia (nunca le había visto fracasar, íd.), y después de sometimiento. Nunca admitía que no sabía algo (II: XV). Las mentiras me incomodan, añade Charlie más adelante (II: XIX).

Allie procede a la adquisición de un poblacho destartalado llamado Jerónimo. Pero como explica el hijo mayor, ya no había magia, ni siquiera algo familiar (II: X). Se trata de un pueblo de caminos sin salida, perros muertos, buitres, pistoleros, una playa sucia, gallineros y carreteras que no llevaban a ningún lado (íd.). La vista desde el barco había sido como un cuadro, pero ahora estábamos dentro del cuadro (íd.).

Esta es la primera constatación de la decepción dentro del “paraíso”. Pero el periplo no acaba aquí. Tras una serie de prometedoras vivencias y desafortunados avatares, la familia prosigue adentrándose aún más en el interior de lo ignoto, geográfica y anímicamente, sumergiéndose Allie Fox en su propio corazón de las tinieblas.

Esto es inocencia, proclama el pater familias cuando pisa su particular tierra a la vista (II: XII), primitiva y rudimentaria, confundiendo de nuevo inocencia con incultura rampante. Trata de destruir la espiritualidad de los nativos porque la confunde, a su vez, con la envoltura religiosa. Parafrasea a Clarke (1917-2008), al atestiguar que ninguna tecnología suficientemente avanzada se distingue de la magia (II: XV).

Selva tropical, Río Plátano en Honduras
La rutina y el egoísmo naturalista que Charlie observa a su alrededor nada tiene que ver con la visión idílica y utópica en la que se empecina su padre, un intercambio poco menos que feudal con los nativos; ambas posturas se acaban contraponiendo. Anti religioso pero iluminado en sí mismo, Allie Fox es, pese a todo, un líder. Lo que está lleno de connotaciones perversas. Por eso se muestra arisco cuando míster Haddy, un nativo que posee un barco a motor, regresa con un pasajero imprevisto, míster Strauss, otro evangelizador (competidor) (II: XIII). Tampoco es de extrañar que los chicos busquen su propio refugio exterior (e interior), en un campamento, no muy alejado del núcleo central, llamado el Acre (II: XIV-XV). Un cobijo dentro de ese (des)amparo abrumadoramente natural.

Cultivar maíz, arroz y otras verduras, así como fabricar hielo, son quehaceres elaborados con mecanismos hechos a base de materiales locales, debidamente reciclados. La idea no es improductiva, como demuestra un sistema de alcantarillado y de calefacción para el invierno (con tubos de plástico). Los mejores retretes de todo Honduras (II: XVI), en plena selva. Poco menos que milagros para los lugareños.

Pero la fatalidad acecha, en forma de esa misma naturaleza, y por supuesto, a través de la malvada naturaleza del ser humano, personalizada en una cuadrilla de guerrilleros locales. Lo adelanta el propio Allie, inadvertidamente, al efectuar una excursión a otro poblado con objeto de llevarles una muestra de hielo: a partir de aquí, es todo cuesta abajo (II: XVIII).

Vi La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, Twentieth Century Fox, 1986), en su versión cinematográfica, en un cine ya desaparecido -para variar- de Granada (el Aliatar), en el momento de su estreno, y ya entonces me comentaban los compañeros de la E.G.B., tan extinta como el propio local, que era poco menos que un rollo. Como siempre he sido algo raro e independiente, para allí que me fui a verla. Y lo gordo es que me gustó. O mejor, dicho, me llamó la atención, a falta de haber leído la novela (han tenido que transcurrir muchos años hasta que lo he hecho, movido por la grata nostalgia y el interés de cotejar el original). También se decía entonces que la adaptación cinematográfica resultaba inferior al libro. No estoy de acuerdo.

Los que sostuvieron tal opinión, me da la impresión que, en la mayoría de los casos, no habían leído la novela, porque la película es totalmente fiel al espíritu y estructura del libro. Está tal cual, con la ventaja, por parte de la adaptación, de saber comprimir muchos pasajes espesos, a veces algo farragosos o reiterativos del escrito.

Desde luego que el sentido del humor hiperbólico está más desarrollado en la novela, sin demérito para la esencialización cinematográfica. Esta resulta obvia, pero puede resultar adecuada o un desastre en función de quienes la organizan (enseguida los menciono). Me inclino por los primeros resultados, por mucho que las aristas de algunas situaciones y personaje principal parezcan más suavizadas en la película. Y digo parezcan, porque beneficio del cine es saber hacer volar la imaginación entre plano y plano, por entre los intersticios de las secuencias en movimiento. El nudo gordiano, por lo tanto, permanece.

Advierte el novelista Fernando Sánchez Dragó (1936) en el prólogo a la edición del libro que yo poseo, antes referenciada, sobre la desaforada pretensión de querer cambiar el mundo por parte de algunos: el odio al progreso y el afán progresista, en difícil cálculo.

Pues bien, como ya hemos considerado, Allie Fox (Harrison Ford) se debate en un cosmos de diatribas. Ciudadano de su mundo, el sobado malentendido que invoca el retorno a la naturaleza se convierte en él en una personificación.


Vamos con los responsables. La adaptación fue elaborada por el también cineasta -y bien notable- Paul Schrader (1946), y la pieza de Paul Theroux no pudo hallar mejor intérprete, habida cuenta de los aspectos sórdidos morales y psicológicos que afectan a los personajes esgrimidos por el director y guionista. La música, en consonancia, fue aportada por Maurice Jarre (1924-2009), tras sus estupendas colaboraciones previas con el realizador australiano Peter Weir (1940). Personalmente me encanta, aunque se disfruta más en el CD que en la película, donde es apenas perceptible.

Como he anunciado antes, esta traslación es absolutamente fiel en fondo y forma a la novela. Incluidas las visitas del señor Haddy (Conrad Roberts) al campamento de los Fox, los episodios del desarrollo y construcción del congelador de proporciones gigantescas, apodado Fat Boy (Gordito) (II: XIV), el primer Día de Acción de Gracias (II: XIII), la funesta llegada de los forajidos y negreros, con la posterior encerrona y precipitación de los acontecimientos (II: XX), el desprendimiento de la hélice de una lancha que traslada a la baqueteada familia (IV: XXVI), y el castigo “colegial” en la canoa (IV: XVII). Entre la visualización de los inventos de Allie, destaca la bicicleta herrumbrosa que se convierte en un engranaje de trabajo manual, destinado a batir la ropa con agua caliente. Y en fin, la puesta en escena de la supervivencia por encima de la cultura metódica.

Entre tanto, Allie Fox no renuncia a su lugar en la historia -su historia- con el encendido del aparato congelador. El personaje posee un mayor encanto por quien lo interpreta, pero las antedichas aristas están presentes. Con lo que el contenido de la novela no se desvirtúa un ápice. De hecho, Schrader y Weir (y Ford) hacen al personaje más humano, si cabe, algo más creíble, o si lo prefieren, menos hiperbólico y mecánico. Lo mismo respecto a la esposa (Helen Mirren), aquí más integrada y participativa, menos perdida de vista o secundaria que en las páginas de la novela. Lleno de sugerencias es el momento en que la mujer se queda contemplando el fregadero con los cacharros, aún humeantes, que no va a volver a emplear y lavar en mucho tiempo.

También en la película hace acto de presencia eso con lo que nos enfrentamos a veces, la cerrazón de los coetáneos. Yo me dedico a los espárragos, no a los inventos, proclama el capataz y agricultor Polski (Dick O’Neill). Allie, que lo mismo sirve para un roto que para varios descosidos, no se arredra; antes de la descomposición final, es un hombre con suficientes recursos y positivista, a su modo. Se las apaña para arreglar un sistema de refrigeración, pero al encontrarse con la oposición en su sector laboral, sueña con fabricar -como inventor que es- el ecosistema perfecto, y busca la extracción de la energía geotérmica en plena selva. El hielo es la civilización (como prefiero el invierno, nada tengo que oponer). Eso sí, se cree que siempre tiene la razón.


En la película tampoco existe una animadversión tan manifiesta hacia el adolescente Charlie (River Phoenix), por parte del progenitor; al menos, no hasta el último tercio del relato, cuando se derrite la muestra de hielo. Se producen menos recelos y calenturientas aspiraciones. Allie encauza su partida como si de una excursión se tratara. Pero la edad de piedra no es tan maravillosa. La fascinación por este nuevo mundo pronto da paso a la decepción. Al fin y al cabo, ser un idealista es una cosa, y tener los pies fuera del tiesto terreno otra muy distinta; aunque el equilibrio entre ambas -el equilibrio nuevamente- suele ser escaso e infrecuente.

Como ya he señalado, Allie (Theroux) se refiere a la plaga de los misioneros protestantes, ya presentes en los cimientos del país de origen. Claro que, como sarcástica contraposición, nos aparecen líderes religiosos católicos que válgame Dios; porque esto es una lotería propuesta por un Espíritu Santo que, como poco, demuestra tener un torcido sentido del humor. Y como Dios castiga sin piedra ni palo…

Como reza el célebre poema de Alberti (1902-1999), las palomas también se equivocan.

La versión cinematográfica maneja las elipsis de forma hábil. Dicho está que la novela encuentra una buena traslación, bien sintetizada, en el meritorio trabajo de Paul Schrader y Peter Weir; quintaesenciada además con la perspicaz edición de Thom Noble (1936) y la fotografía de John Seale (1942). Como ejemplo destaquemos los planos solapados del escenario hondureño, bellamente retratado por la planificación general, que se adornan con las risas familiares que se escuchan en la selva, en una furtiva sucesión de imágenes cortas, de transición, como la propia duración de la alegría, y que se nublan con el paisaje.

Una nueva partida, esta vez dentro del “paraíso”, les aguarda (III: XX). Jerónimo fue un error, tuve que contaminar un río para darme cuenta (III: XXII). Sobreviene la edificación temblorosa de una cabaña en medio de la nada, y la primera discusión fuerte entre Padre y Madre (III: XXIII). Oposición que se extiende a otra visita del señor Haddy, y con el propio hijo mediano, Jerry (Jadrien Steele), de doce años (III: XXIV-XXV). La vivienda se deshace, huelga decir una vez más, que tanto en el aspecto material como en el de la convivencia.


En su transporte flotante, los Fox se hallan cada vez más alejados de la costa (de la realidad), con la coartada paterna, que no filial, de que los EEUU han sucumbido a un cataclismo nuclear. Prosiguen su andadura literalmente contra corriente, río arriba. Al poco se produce el reencuentro de Charlie con Emily, que junto a su hermano Jerry valoran el sometimiento de la madre. En el último tramo, Allie ocasiona un grave perjuicio -él cree que en justa retribución- a las propiedades de Spellgood (André Gregory), y lo que este representa. Lo cierto es que él es también un predicador de lo suyo, como ya ha quedado demostrado. No pasa mucho tiempo hasta que los chicos se rebelan (IV: XXVIII), con lo que se suceden las imágenes más amargas del relato.

La recapitulación final (o casi final), corresponde a Charlie, como no podía ser de otra manera (V: XXXI).

Aunque el destino del personaje central es el mismo que en la novela, en la película está expresado de forma más poética y visual. Menos sañuda. Y al igual que en la novela, el punto de inflexión será el intento de llevar hielo a los aborígenes del interior de la selva hondureña. La utopía es edificada, pero cuando se derrumba es muy difícil comenzar de nuevo, no tanto material como motu proprio. El segundo revés será la “muerte” de Gordito. Tanto esfuerzo para acabar con lo puesto.

Como toda buena obra o adaptación, La costa de los mosquitos depara una lectura continuamente actualizada. Cambien el temor a una guerra nuclear -o no- por el desastre de Afganistán o el mesianismo de algunos líderes, y obras de apariencia tan enrevesada como el mero existir actual se convierten en clásicos contemporáneos. Eso sí, siempre nos quedará la evasión, la tome cada cual como la tome. En esta tesitura, ante la posibilidad de escapar, se pregunta Charlie ante Jerry, ¿y dejar aquí a papá? El daño parece contagioso. Lo único que les va a quedar a los chavales es la lealtad entre ellos. Todo lo demás, ha sido franqueado.

Escrito por Javier Comino Aguilera

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