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Adaptaciones (L): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2, de David Yates

04 septiembre, 2015

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Una década después concluía la aventura cinematográfica del joven mago Harry Potter tras su primera adaptación en 2001, Harry Potter y la piedra filosofal, a manos del director Chris Columbus. Un proyecto que gozó de éxito y que, como hemos podido observar a lo largo de este año, tuvo películas de calidad irregular, tanto algunas excelentes como otras más perdidas en la trama. Pasando por las manos de Columbus, Alfonso Cuarón, Mike Newell y, finalmente, David Yates, que nos trajo el final en 2011 tras dividir el último libro en dos: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2.


A diferencia del resto de películas, resulta indispensable enlazarla con la anterior, al suponer la división de un mismo libro y partir, justamente, del mismo momento en que acabó Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1 (2010). Si en aquella encontrábamos la tensión de la guerra, la batalla a nivel psicológico y cierta ausencia de momentos climáticos, en esta hallamos toda la epicidad y la magia que se ausentó anteriormente, un contrapunto de emoción e intensidad in crescendo que funciona como un clímax completo de la anterior pieza.

La aventura nos sitúa en un momento delicado para el trío protagonista. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) han logrado escapar de la mansión de los Malfoy, pero en esa huida han perdido la vida del elfo Dobby. Tras la pista de los últimos horrocruxes deberán adentrarse en dos de los lugares más seguros del mundo mágico: el banco Gringotts, donde serán guiados por el duende Griphook (Warwick Davis), y el Colegio de Magia y Hechicería Hogwarts, donde contarán con la colaboración de Aberforth Dumbledore (Ciarán Hinds) y del resto de compañeros y profesores, tanto para llegar como para provocar la marcha de los mortífagos que controlaban el castillo, con Snape (Alan Rickman) como director impuesto por Voldemort (Ralph Fiennes).


Ambas aventuras suponen un retorno al camino que realizó Harry en el primer libro o en la primera película, pero ahora oscurecido tanto en forma, pues la estética de esta película se mantiene igual que la anterior entrega, como en el fondo: ya no hay seguridad en el Callejón Diagon, tampoco en Gringotts o en Hogwarts. Incluso la presencia de Ollivander revisando las varitas sigue el esquema de la llegada de Potter al mundo mágico o el hecho de que se revele a Griphook como el mismo duende que lo atendió en su primera visita al banco.

La travesía por las instalaciones de los duendes, y primer tramo climático de la película, nos adentra en el mundo de las criaturas mágicas, con la recuperación tanto de duendes, que mostrarán la naturaleza con la que Hagrid los describió en el primer libro, inteligentes, pero nada amigables. El comportamiento final de Griphook revelará su avaricia, motivo que finalmente le condenará, en una clara resolución moral. La salida del banco con un dragón recupera a una criatura presente tanto en la primera como en la cuarta entrega, proporcionando también una de las escenas épicas puntales de la obra. Seguramente, la única que aprovecha realmente el formato 3D (junto a otra ocasión en el segundo tramo) en que se puede visualizar la película, totalmente prescindible en sendas entregas finales.


El segundo tramo, que ocupa la mayor parte del metraje, lo situamos en la guerra mágica que acontece en Hogwarts, a partir de la huida de Snape. Mientras el trío centra sus esfuerzos en encontrar y destruir la copa y la diadema que funcionan como horrocruxes, el resto de personajes se prepararán para la batalla. Comienza así el espectáculo visual principal, con la defensa del castillo y el posterior asedio del ejército de criaturas mágicas, incluyendo hombres lobo, gigantes o los dementores, y mortífagos, con Voldemort a la cabeza.

La destrucción de los objetos conlleva también el recuerdo de otras aventuras anteriores. Así, el retorno a la cámara secreta por parte de Ron y Hermione nos traslada a la segunda entrega, mientras que la conversación con la Dama Gris (recuperando a los fantasmas del castillo, cuyas intervenciones desaparecieron a partir de la tercera entrega) y la posterior búsqueda y destrucción de la diadema de Ravenclaw (de los pocos horrocruxes de los que se señala su dueño original) nos remite a la Sala de los Menesteres, lugar recurrente a partir de la quinta entrega. En ambas ocasiones, también se aporta cierto carácter definitorio: el beso entre los amigos de Harry confirma su amor y el rescate de Draco Malfoy responde al carácter ambiguo de este personaje, en consonancia con lo que ocurrirá después.


Todas estas escenas culminan con la batalla en el recinto del castillo, donde la labor de los efectos especiales hace su función completa, presentándonos un espectáculo visual y mágico que enlaza perfectamente con cualquier blockbusters de fantasía. Así podemos ver a las armaduras de piedra, a los gigantes, a los hombres lobo o a los dementores combatiendo a la vez que numerosos efectos luminosos señalan la presencia de la magia. Hay espacio incluso para la visualización de algún cadáver alcanzado por la magia oscura.

En este sentido, el ritmo de la película es acelerado, recordando en algunas ocasiones al cine bélico, incluso podemos hacer referencia, marcando las distancias tanto en forma como en fondo, a las batallas que nos dejó la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos. Como hemos podido ver, esta última entrega es la antítesis de su predecesora, y por ello no se detiene a construir más a los personajes, sino a ir cerrando sus historias o, incluso, a ver todo lo anterior desde otro enfoque. Si observamos esta obra de forma individual, no seríamos capaces de apreciar el valor de una construcción que se realizó a fuego lento, en la cocina de la escritura de Rowling.


Como mencionábamos en nuestra reseña anterior, hay una escena clave en esta película que dentro de todo el metraje merece especial atención por ser sobresaliente en su realización y al ser un puntal de la trama. La narración del pasado de Snape aúna en la película un conjunto donde el montaje, la música y la historia se dan la mano para crear una escena única y de elevada calidad, paralela al cuento de los Reliquias de la Muerte en la Parte 1. Su carga dramática así como el giro que supone al entramado creado a lo largo de todas las películas produce otra forma de enfrentarnos a la historia que se nos ha contado. Si en un origen las ideas estaban predefinidas, al llegar a este final observamos que ya nada de lo que se creía bueno o malo lo fue realmente en su amplitud, salvo los extremos de Voldemort y Harry.

Así, Dumbledore revela en parte su pasado oscuro en estas últimas películas, a pesar de que la versión literaria es más amplia y rica al respecto, James, el padre de Harry, no resultan tan idealizado como en origen, visto ahora desde los ojos de Snape, y Harry se revela como un héroe maldito, por haberse convertido, sin querer, en una de las causas de la inmortalidad de Voldemort. Severus será el ejemplo también de cómo un héroe no es siempre el personaje más visible y querido, sino que a veces viven en las sombras, sin que nadie conozca sus buenos hechos ni sus intenciones puras.


En este sentido, debemos también alabar la actuación de Alan Rickman, que logra contener la complejidad interna del personaje; por ejemplo, en la secuencia de duelo contra McGonagall (Maggie Smith), alterada con respecto a la novela. Otros cambios en la adaptación incluyen la afirmación de que el último deseo de Snape fue mirar los ojos de Harry para recordar a Lily, decisión que en el libro era ambigua. Se prefirió un montaje poco usual en la narrativa, entremezclando tiempos y sucesos, desde la infancia hasta la madurez del personaje; decisión acertada del montaje. Un pequeño error, bastante extraño, es el recurso de una actriz para Lily Potter de niña que no tuviera el mismo color de ojos que Daniel Radcliffe, para mantener la concordancia con la célebre característica que compartían madre e hijo.

Durante el tramo final de la película, seremos testigos del último sacrificio que realiza Harry por sus amigos. La resolución de este sacrificio resulta extraña, aún viniendo adaptado del mismo libro, al ser un deus ex machina en forma de limbo, lo que atenta contra la lógica del universo potteriano; aunque exista una explicación con respecto a lo sucedido, no deja de ser paradójico este último recurso.


También veremos la defensa que realizará Neville (Matthew Lewis) de la necesidad de luchar contra el mal, con el valor de un Gryffindor ante las circunstancias contrarias y dramáticas, algo clave si tenemos en cuenta que él pudo haber sido el Elegido en lugar de Harry, así como el duelo definitivo entre Potter y Voldemort, a la vez que en otros escenarios observaremos las batallas particulares entre otros personajes o la destrucción del último horrocrux, precisamente a manos del otro niño elegido.

En estas circunstancias, suceden diversos acontecimientos a tener en cuenta. Por una parte, el gran valor que se le otorga al amor, otra constante en toda la historia. Son los casos de Narcissa Malfoy, en cuanto al amor maternal, Snape, en el amor constante más allá de la muerte, o Harry, en el amor que supone el autosacrificarse por los demás. Sin embargo, a diferencia del libro, este sacrificio final no resulta tan relevante como en el libro, dado que no otorga protección mágica a las personas por las que Potter se entrega. De la misma forma, a pesar de hacer hincapié en las Reliquias de la Muerte, la capa de invisibilidad no tiene la relevancia que debería haber tenido en esta adaptación (tan solo aparece en el tramo de Gringotts), mientras que sí se respeta todo lo relativo a la Piedra de la Resurrección y a la Varita de Sauco.


Otros cambios tienen relación a la forma en que se desarrolla la batalla final, especialmente el duelo entre Harry y Voldemort, que en este caso se sucede en varios lugares hasta el enfrentamiento final en la entrada del castillo, a solas. Resulta curioso la elección de dejar fuera de plano las muertes de personajes principales de la historia, dejando tan solo algunos guiños previos. En relación a estas dos ideas, a pesar de resultar una película espectacular en su forma para aquel que la visione, se queda corto en comparación al nivel bélico que alcanza en su formato original, la literatura, o del potencial que se podía haber usado a pesar de no estar presente en la novela. Tampoco se comprende la decisión final tomada por los guionistas con respecto a la Varita de Sauco, dado que no le permite recuperar su anterior varita como en el libro.

Así pues, aunque la película cuenta con los fragmentos más emocionantes y emotivos de la saga, está algo falta de buenas resoluciones con respecto a la acción mostrada, sobre todo si atendemos al material con el que contaba. Se nota también la ausencia de cierto luto por los fallecidos, ocasión que solo se puede entrever con el uso de la Piedra de la Resurrección, pero no con respecto a los sentimientos de los personajes que sobreviven. Es decir, pese a la buena adaptación y a la inclusión del epílogo situado años después (con la criticada decisión del maquillaje empleado), falta cierta espacio para otorgar sensación de conclusión a los acontecimientos vistos en pantalla.


En definitiva, una película complementaria que despliega la espectacularidad de la magia pero sin dejar atrás la resolución de una trama que sirve para concluir un largo recorrido: el de ocho películas y diez años de historia de un joven mago británico. Sus principales carencias se sitúan principalmente en cuestiones que no se relacionan con el objetivo directo de la película, por lo que debemos exculparla; a excepción de la conversión de Voldemort en un personaje infantilizado cuando se considera victorioso, acompasado por una interpretación de Fiennes nada satisfactoria en este punto, restando valor a un personaje que ya había sido ninguneado por la falta de contenido gracias a una pobre sexta película.

Otros errores están más relacionadas a la falta de fidelidad con las novelas, creando posibles lagunas para el espectador y, sobre todo, quedarse corta como adaptación, como ya mencionábamos con respecto a la Parte 1. Con todo, una digna conclusión cinematográfica que reivindica las ideas de toda la saga y que, frente a la humanidad de su primera parte, despliega toda la fantasía que supone la versión al cine de Harry Potter.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLIX): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1, de David Yates

05 agosto, 2015

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Llegamos al final del camino o al que se suponía sería el final, pero que se dividió en dos películas: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1. Podríamos suponer que esta decisión, que sentó precedente para otras adaptaciones posteriores, como en el caso de la franquicia Crepúsculo o con Los juegos del hambre, pudo responder a razones económicas, con el deseo de estirar a la gallina de los huevos de oro, cosa que también se puede pensar del spin-off que llegará el próximo año. No obstante, en una saga de tal extensión como la del joven mago, esta división en dos entregas permitía concluir de forma más adecuada con los cabos que se habían abierto a lo largo de la franquicia y adaptar de la mejor manera el último libro.


Debemos reconocer aquí la capacidad de J.K. Rowling para lograr que los elementos de las primeras historias, de carácter autoconclusivas, adquieresen importancia en la resolución definitiva, consiguiendo así que el camino recorrido hasta el momento tuviera un hilo conductor lógico y bien construido. No obstante, el guionista Steve Kloves, encargado de la adaptación de todas las entregas, salvo de la quinta, y el director, David Yates, afrontaban el desafío de, por una parte, superarse tras una desaprovechada sexta película, Harry Potter y el misterio del príncipe, y, por otra, solucionar aquellas incongruencias que pudiera ocasionar las modificaciones realizadas en otras películas con respecto a los libros. 

Si las anteriores entregas avisaban de la situación bélica a la que se iba acercando la saga, esta nos introduce de pleno en ella desde el principio. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) comienzan la búsqueda de los horrocruxes dejándolo todo atrás, con el fin de poder derrotar a Lord Voldemort (Ralph Fiennes). Un viaje que no será sencillo y que podría aumentar la distancia entre ellos mientras, alejados de todos a quienes quieren proteger, temen por la vida de sus seres queridos y de las consecuencias de la expansión de la oscuridad hasta el mismo Ministerio de Magia. De forma paralela, Voldemort busca desesperadamente el arma que le permita acabar con el niño que vivió.


En toda la película observaremos relaciones con anteriores entregas, pero aún más, podemos notarla como una continua despedida a los tópicos frecuentes de la saga. Un quiebro que muestra bien la ausencia de Dumbledore (Michael Gambon) y un protagonismo centrado en el trío y en su viaje, ausentes de todo lo que sucede en el mundo en el que han vivido hasta ahora. La marcha de los Dursley ante el peligro, el obliviate a los padres de Hermione (por cierto, la madre de la bruja en esta ocasión encarnada por Michelle Fairley, actualmente más conocida por su papel como Catelyn Stark en la serie Juego de Tronos), la varita rota, la posterior muerte de Hedwig, unida a la de otros aliados, pertenecientes a aventuras anteriores, el no regreso a Hogwarts (sin que el castillo llegue a aparecer en toda la obra), la traición de Snape, el peligro real que supone ahora decir el nombre de Voldemort, a pesar de haber luchado por decir su nombre libremente en el resto de entregas, o la gran inseguridad a la que se ve expuesto el trío protagonista dan buena cuenta de la diferencia de carácter de esta película con respecto a las otras.

Aunque, a su vez, esta última aventura se alimente de esta nostalgia y del mundo creado anteriormente para lograr ese efecto antitético. Sin lugar a dudas, un espectador ajeno a la franquicia no entendería bien el significado real y completo de todo lo que sucede en pantalla, ni del valor que tienen algunos de estos personajes u objetos. Por ejemplo, el testamento de Dumbledore, con una escena algo inquietante protagonizada por el nuevo Ministro de Magia (interpretado por Bill Nighy) aumenta esta interrelación con obras anteriores, al recuperar elementos como el desiluminador o la snitch dorada de la primera entrega, o la espada de Gryffindor, objeto estelar en la segunda.


Por otra parte, no hay espacio para la tranquilidad segura a la que nos tenía acostumbrada la saga. Los momentos menos tensos del tramo inicial, con la boda de Fleur y Bill, por ejemplo, son sucedidos por escenas de batalla confusas, pero espectaculares. Esta confusión no sucede como tal en el resto de la película, ofreciéndonos la sensación de que el director optó por esta opción para aumentar la sensación de peligro de los personajes. Yates, que como dijimos con respecto a su primera participación en esta saga, estaba acostumbrado a tratar temas como al corrupción o las intrigas institucionales, por lo que su eficacia en este campo se muestra claramente en lo relativo al Ministerio de Magia, la reunión de los mortífagos o la persecución a Harry. Ahora bien, la película cuenta con un problema de ritmo y de equilibrio. 

Entre otras cuestiones, al ser la mitad de la adaptación, no cuenta con una resolución, como era habitual en todas las entregas de la franquicia, que parecían concebidas como autoconclusivas. En este caso, la excepción sería, seguramente, de la anterior, cuya resolución (mayor en el libro) abría en realidad el argumento de esta última aventura, pero con un dramático giro de los acontecimientos.


Así pues, encontramos cierto letargo en el viaje de los protagonistas, aunque su construcción cuenta con elementos que potencian aquello que pretende transmitir. Por ejemplo, se vuelve a recurrir al paisaje, con una fotografía que nos muestra la desolación mientras se escucha ininterrumpidamente lo que podríamos denominar radio de guerra, aunque este recurso se haga demasiado evidente y casi de forma artificial: allá por donde van los personajes, no hallan ninguna señal de vida, sino solo su ausencia. La distribución de la cinta queda así en tres fragmentos: un tramo inicial intenso, donde encontramos las despedidas antes mencionadas y los dos ataques, tanto a Harry como a la boda; un tramo medio que transcurre con mayor lentitud, en el que observamos el viaje en busca de los horrocruxes y de la forma de eliminarlos, con momentos puntuales de acción, como las escenas del Ministerio de Magia, que sirve de bisagra entre el otro tramo y este, o la destrucción del guardapelo; y un tramo final que recupera la intensidad mediante el clímax que supone el descubrimiento de las Reliquias de la Muerte y la escaramuza en la mansión de los Malfoy (aunque considerándolo mejor, el clímax de toda esta película es la Parte 2).

A esta cuestión temporal se une una cuestión técnica relativa a la fotografía. Como ya hemos mencionado, la saga se ha ido oscureciendo no solo en su temática y en su madurez, sino también en su fotografía. En esta ocasión, se prosigue con la preferencia por los tonos azulados y grisáceos, optando en ocasiones por una postproducción de oscurecimiento y aumento del constraste que provoca que el espectador no llegue a ver qué está pasando en la cinta (sucede, por ejemplo, cuando Harry y Hermione investigan en la casa de Bathilda Bagshot).


Retornando a cuestiones y decisiones argumentales, debemos apreciar la introducción de algunos momentos de humor bien introducidos y que aportan cierta relajación a la tensión permanente de la película. Podríamos poner el ejemplo de la poción multijugos, tanto en su primer uso con la aparición de los siete Harry, como en su segunda uso durante la travesía por el Ministerio de Magia, con algunos diálogos hilarantes, especialmente los relativos a la transformación de Ron.

En este fragmento también recuperamos a uno de los personajes más odiados de la saga, Dolores Umbridge (Imelda Staunton), que, en línea con lo ya mostrado, prosigue su opresión a través de la institución ahora dominada por Voldemort. La visita obligada de nuestros protagonistas al Ministerio funciona tanto por lo que supone la búsqueda del guardapelo como horrocrux como para observar la maquinaria del Estado mágico corrupta por la manipulación del mago oscuro.


Ahora bien, aunque el argumento principal de la obra sea la búsqueda y destrucción de los horrocruxes, la aparición constante de la simbología referente a las Reliquias de la Muerte y su posterior explicación se relacionan con la necesidad de Voldemort de encontrar un arma con la que derrotar a Harry Potter, a fin de evitar el priori incantatem de su último enfrentamiento, en Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). Esto permite que nuestra atención también se desvíe en algunas ocasiones, y a través de las visiones de Harry, a algunas escenas protagonizadas por el mago oscuro, como el interrogatorio a Ollivander y la posterior y constante búsqueda de la Varita de Sauco.

En este sentido, debemos destacar toda la secuencia animada creada para el cuento de las Reliquias de la Muerte, que proporciona un interesante recurso visual, hasta ahora no empleado en la franquicia, y que enriquece la película con una especie de cortometraje muy bien realizado narrativa y estéticamente, gracias a la labor del suizo Ben Hibon y del equipo de efectos animados. Sin lugar a dudas, de lo mejor realizado de la obra. La Parte 2 cuenta precisamente con una secuencia similar, aunque no sea animada, en tanto que explica cuestiones relativas al pasado y que resulta fundamental para el relato, como en este caso, por lo que podemos señalarlas como dos pilares necesarios y esenciales de sendas películas.


Con respecto a los protagonistas, debemos señalar cómo el peso de la trama recae sobre el trío de Harry, Hermione y Ron, de manera fidedigna al libro, lo que aparta la visión de lo que sucede en el mundo mágico en su ausencia. Ya mencionábamos la lentitud del tramo medio cuando comienzan a viajar por los parajes abandonados que simbolizan cierta devastación y trasmiten inseguridad y soledad, cuestiones que también se observan en la actitud de los personajes, incluso cuando usan los hechizos de protección. En ello jugará un factor importante el guardapelo, en tanto que, al igual que el Anillo Único de El señor de los anillos, aumenta su irascibilidad a partir de sus preocupaciones reales.

En este sentido, hay opiniones contrarias a la marcha de Ron del grupo durante determinado periodo de tiempo; es cierto que su ausencia es notable por su duración, pero también que su retorno, con la escena CGI en la que se muestra su mayor miedo se relaciona directamente con el carácter del personaje. No es la primera vez que por cuestión de envidia o celos, Ron se ha separado de sus amigos, especialmente de Harry, ya lo vimos, por ejemplo, en la cuarta entrega. Esto se relaciona directamente con su deseo de fama, que estaba presente en el personaje desde el principio, como pudimos comprobar con su visión ante el Espejo de Oesed en Harry Potter y la piedra filosofal (2001): se veía famoso y admirado por todos. A su vez, su mayor miedo es perderlo todo (en este caso, el amor de Hermione) porque otro le supere; en este caso, su mejor amigo y Elegido: Harry. Ahora bien, la escena se alarga excesivamente y llega a resultar ridícula en culmen.


A su vez, mientras Hermione y Harry permanecen solos, observamos cómo su relación se estrecha, incluyendo la escena del baile bajo el son de la canción O'Children de Nick Cave and The Bad Seeds, que tampoco ha sido generalmente apreciada por algunos sectores críticos, pero que sirve para reflejar el estado de ánimo de estos dos personajes, más solos que nunca, que encuentran el apoyo el uno en el otro sin ser realmente pareja, sino solo amigos. Todas estas secuencias nos delatan el grado de inquietud, angustia, opresión, tristeza e inseguridad en el que se encuentran los personajes, emociones que hasta el momento habían tenido su justa presencia en la saga, pero que se desarrollan aquí con todas sus consecuencias, incluyendo el montaje paisajístico antes mencionado.

Esta cuestión ayuda a observar cómo afecta la situación a la psicología de los personajes y cómo han evolucionado a lo largo de la saga, pero guardando las distancias con algunas de las tontas resoluciones que se habían tomado en Harry Potter y el misterio del príncipe. Todo ello provoca que sea la película más extraña de la franquicia, pero también la que mejor muestra una evolución distante a lo ya ofrecido, pese a que, por ello, se pierda parte de la magia para hacernos caer en la cruda realidad.


Por último, debemos destacar la gran fidelidad de la adaptación al permitir un desarrollo más lento gracias a la división de la novela en que se basa. No obstante, debido a las adaptaciones anteriores, nos encontramos con algunas lagunas que, o bien se solucionan de forma artificiosa, como la presentación de Bill Weasley (Domhnall Gleeson) con las cicatrices hechas por un hombre lobo, cuya batalla debería haber aparecido en la anterior película, la aparición de Mundungus Fletcher (Andy Linden) o el regreso del elfo doméstico Dobby, que en los libros aparecía en más ocasiones, lo que ocasionaba un mayor impacto en su destino en esta aventura; o bien, no tiene ninguna explicación directa, como el espejo doble que usa Harry, cuya primera aparición debiera haber sido en la quinta entrega, como un regalo de Sirius.

Otros personajes que parecen recuperados para la ocasión también tuvieron mayor presencia en los libros, de la misma forma que se deciden eliminar ciertas explicaciones, reservadas en algunos casos como escenas eliminadas, que vendrían a completar mejor la historia. Por ejemplo, la despedida de Petunia Dursley, que otorgaría otro enfoque a la relación familiar con Harry, haciendo mención directa a Lily, crucial también para otro personaje en la Parte 2, o algunas conversaciones en torno a los horrocruxes. Por otra parte, el espectador tendrá que atar suficientes cabos a partir de la siguiente película para comprender ciertos sucesos de esta, aunque el visionado de la misma resulte completo y bien desarrollado.


Una película acompañada en esta ocasión por la música de Alexandre Desplat, que se encargaría también de la Parte 2, y que consigue aunar en su banda sonora el ánimo y el carácter de esta película, especialmente en sus piezas más tristes. No obstante, sus resoluciones pueden resultar algo redundantes, pero consigue proporcionar una mayor entidad a la película.

En conclusión, una interesante séptima entrega que se desvincula de todas las demás por un carácter más maduro, quizás incluso experimental para la franquicia, menos mágica, pero más humana. Yates se resarce de su anterior adaptación con este preludio de una Parte 2 que se espera más emocionante y mágica (ya les adelantamos que así es), pero consiguiendo cerrar el círculo de la saga que empezó en 2001 de manos del director Chris Columbus y que, a pesar de sus horas bajas, supo mantener el tipo para entregarnos un final digno. No obstante, si tuviéramos que medir esta película en solitario, notaríamos su falta de ritmo, de un clímax más potente y de la resolución de alguno de alguna de las tramas principales, pero estaríamos siendo injustos con una pieza que adapta bien y consigue un buen resultado (aunque con ello también consiga aumentar las arcas de la productora gracias a la división).

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLV): Harry Potter y la Orden del Fénix, de David Yates

15 junio, 2015

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La oscuridad llega a la saga cinematográfica de Harry Potter con su quinta entrega, la primera en la que dejamos atrás tras la bisagra que supuso la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), comenzando el proceso final hacia la última batalla y se contrapone a la calidez de las dos primeras películas de Columbus para adentrarse en un proceso que se asemeja a los tonos más oscuros alcanzados por Cuarón y por Newell, especialmente lo alcanzado en el cementerio al final de la anterior entrega. El encargado de esta obra fue David Yates, que se encargaría del resto de la saga hasta su conclusión.


El director británico había realizado capítulos de series y algunas miniseries y telefilmes hasta su llegada a la saga del mago, aunque predominaba entre lo que había realizado el tratamiento a temas como la corrupción o las intrigas institucionales. Estas cuestiones se relacionaban con la trama de esta entrega, aunque al final el director continuaría hasta el final, siendo el director con más películas de la saga realizadas, incluyendo el futuro spin off a estrenarse en 2016: Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

David Yates dirigiendo Harry Potter y la Orden del Fénix
El argumento de Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) nos sitúa ante una doble opresión: el escarnio público al que es sometido el protagonista y la amenaza que pende sobre los personajes debido al retorno de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). En este estado, nos encontramos a Harry Potter (Daniel Radcliffe) situado justo en el lado contrario al que nos ha tenido habituados: solo y con muchas dudas. Si ya en el pasado fue tentado con la oscuridad, en este caso se ve envuelto en ella por el odio de quienes temen el retorno de Voldemort, como es el caso del Ministerio, que lleva a cabo toda una campaña de manipulación mediática y control estatal sobre Hogwarts, como de quienes están a favor del Mago Oscuro. Pero también se verá marginado por quienes lo apoyan: si la esperanza reside en la Orden del Fénix, antigua compañía que ya luchó contra su enemigo y a la que pertenecieron sus padres y muchas de las personas a las que quiere, este se verá rechazado y desterrado al ostracismo, algo especialmente crucial por parte de Dumbledore (Michael Gambon), que había sido su mentor y guía hasta el momento.

Las primeras secuencias nos remiten precisamente a la opresión que sufre Harry en ambos sentidos: lo vemos acosado por los muggles y atacado por dementores. El mundo mágico había sido su refugio, sin embargo, ahora se verá maltratado por la justicia ejercida por el Ministerio y, posteriormente, despreciado por sus compañeros de Hogwarts ante las acusaciones de los medios de comunicación. Aunque cuente con el apoyo de Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), lo cierto es que Potter estará más señalado que nunca, en un proceso ascendente desde lo que se pudo observar en la anterior entrega, cuando todos lo culpaban de haber realizado trampas con el cáliz de fuego. El enfado y la desconfianza en el resto serán las reacciones que tenga nuestro protagonista, ahí veremos cómo grita a sus amigos cuando se entera de que han colaborado con la Orden del Fénix sin informarle ni mantener contacto con él en todo el verano.


Esta situación crea una tensión en Harry que se traduce tanto en el alejamiento de sus compañeros, con una soledad impuesta por su contexto y por sí mismo, como en una rebeldía de la que hará gala contra determinados profesores, incluyendo a Dumbledore. Entre las personas que, por el contrario, se acercan a él, se encuentra Luna Lovegood (Evanna Lynch), que por su particular forma de ser resulta poco consuelo para nuestro protagonista, pero un interesante apoyo. En cierto sentido, todo lo que le sucede a Potter también le hace dudar de su papel ante las circunstancias a las que se enfrenta y, como descubrirá más adelante, sobre si está preparado o no para enfrentarse a Voldemort si, después de todo, están íntimamente relacionados. Este es uno de los aspectos más suavizados con respecto a la novela, que dejaba al protagonista aún más aislado y con brotes de ira más usuales, especialmente por el esfuerzo mental que le suponían las clases de oclumancia de Snape (Alan Rickman), que, por otra parte, están reducidas en la adaptación cinematográfica. Precisamente, todo el estado mental en que se sitúa nuestra protagonista lo pone en alerta con su entorno y será lo que desencadene los últimos sucesos de la película.

Por el contrario, su autoestima se recupera cuando crea el Ejército de Dumbledore como forma de contrarrestar el control gubernamental ejercido por el Ministerio en Hogwarts y, a la vez, ayudar a sus compañeros a adquirir habilidades mágicas defensivas. El personaje que representa el dominio del Ministerio y que se convierte en un enemigo más para Harry es Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una mujer que representa los valores contrarios en los que han sido educados los alumnos durante los anteriores años, a excepción de los Slytherin, que se convertirán en sus lacayos. Como observaremos, detrás del tonos rosa chillón y de un cuerpo rechoncho y bajito, se halla un personaje altivo, puritano, vanidoso y arrogante, con actitud despectiva hacia las criaturas mágicas, en una especie de racismo que incluye a los magos nacidos de muggles y con un odio particular por Harry y todo lo que representa, especialmente al considerarlo un enemigo del Ministerio y de su adorado ministro.


Sus métodos habituales serán la represalia, la continua creación de leyes rígidas y excesivamente severas, y el regreso al castigo físico. No en vano toma posesión del título de Suma Inquisidora y se encarga de evaluar a los profesores por encima de la autoridad del director, al que cada vez va restando más poder. Para el espectador fiel a la saga, la imagen de Hogwarts como hogar cálido y abierto se ve alterada en una especie de internado de métodos educativos anticuados y medidas dictatoriales. La escena de la huida de los hermanos Weasley, con unos efectos especiales decentes, sirve para mostrar la necesaria lucha contra estos sistemas injustos, dejándonos, además, uno de los momentos más agradables de la película.

Esta es la trama que mejor se desarrolla durante la película; no en vano, Yates estaba acostumbrado a tratar con obras de contenido político y, aunque en ocasiones le otorga un carácter cómico, especialmente a través del personaje Filch (David Bradley), logra transmitir la opresión que ejerce Umbridge con algunas escenas clave que desarrolla de forma muy efectiva a partir de los acontecimientos del libro: el castigo con una pluma que escribe con la sangre de quien la usa, el despido de una profesora, su desprecio ante Dumbledore, a quien interrumpe y amenaza en cuanto tiene ocasión, o los interrogatorios al alumnado, incluyendo el uso de pociones de la verdad (en un adecuado cambio con respecto al libro para impedir la introducción de nuevos personajes y otorgar mayor dramatismo a un personaje denostado en contenido a lo largo de la saga cinematográfica).


Por todas estas cuestiones, estamos ante una obra más dramática, que aún contiene momentos dedicados al humor y con la amistad como principal motor, pero que centra su atención en las tensiones en las que vive Harry. Una buena muestra es la sesión de oclumancia con Snape en la cual revisamos distintos momentos del pasado a través de secuencias de las demás entregas, que se contraponen perfectamente a su situación actual: el recuerdo de sus padres muertos ante el espejo de Oesed o los momentos de celebración junto a Ron y Hermione se contraponen al sufrimiento que le ocasionan las visiones oníricas de Voldemort y su serpiente. Se recrea así un clima inquietante desde el inicio de la película hasta la batalla que se muestra al final.

Además, la película va de menos a más, incluso en la muestra de defectos cinematográficos. La secuencia inicial donde discuten Harry y su primo poca relación tiene al nivel de coreografía alcanzado en las batallas entre magos, mejor preparada y filmada que el uso de primeros planos y fotografía plana de ese principio. La preparación del tramo final muestra un interesante despliegue de efectos y una acción mágica que da buena muestra de lo que se esperaría en un enfrentamiento entre magos y la utilidad de todo lo que los personajes habían estado aprendiendo hasta el momento. Toda esta secuencia se complementa con dos escenas de auténtica impacto: la primera, dramática, en la que se prefiere el silencio y cierto efecto de cámara lenta, que representa perfectamente el quiebre del protagonista, y la segunda, un auténtico duelo entre dos poderosos magos, que finaliza con la representación más pura del terror de Harry a llegar a ser como Voldemort.


Como adaptación, aunque logra introducirnos en un ambiente más hostil y con el que conviviremos hasta el final de la saga, como lo hace notar el emblema de la Warner cada vez más oscurecido, lo cierto es que pesa bastante la reducción del libro más largo a la adaptación más breve (debemos tener en cuenta que a pesar de ser la segunda película más breve de la saga, la primera es, precisamente, una de las dos partes en que se dividió el último libro al ser adaptado). Debemos mencionar en este apartado el cambio de guionista, ocupándose en este caso Michael Goldenberg en sustitución de Steve Kloves, que volvería a la saga para el resto de películas. Aparte de lo que se alteró con respecto al libro, debemos mencionar el hecho de que se llegaron a omitir cerca de cuarenta minutos de grabación durante el montaje; algunas de estas escenas se recuperaron en la versión extendida del DVD.

Centrándonos en las modificaciones como adaptación, debemos apreciar que se pierde tanto dramatismo como acción. Que a estas alturas se elimine la trama de los elfos domésticos, no nos debe extrañar, de la misma forma que la presión gubernamental no requiere finalmente de la presencia de la periodista Rita Skeeter, perfectamente suplida por Dolores Umbridge. Sin embargo, se echa en falta la visita al Hospital San Mungo durante la Navidad, especialmente para ahondar en la historia de la familia de Neville Longbottom (Matthew David Lewis), por la que se pasa por encima, gracias entre otras cosas a la introducción de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), pero que, además, añadiría más peso a la tensión interna de Potter, pues apenas queda apuntada la idea de que el hecho de que Harry sea el niño que sobrevivió fue, finalmente, decisión de Voldemort, al escoger entre él y Neville.


Es más, la búsqueda de la Profecía, que es parte esencial de la trama de esta película, se completa en el drama con esta omisión y en la acción con la secuencia, mucho más larga y con variados efectos en el libro, del combate contra los mortífagos en el Ministerio. En cuanto a lo que se elimina, también desaparece el quiddictch, aunque al principio tenemos una bonita escena de viaje en escoba por Londres, y todo lo relativo a las nuevas responsabilidades escolares de Ron y Hermione, que en la película no son nombrados prefectos. También lo relativo a los exámenes TIMO queda muy reducido, como en general todo lo relacionado con lo académico desde las explicaciones generales de la primera película.

Para solventar en cierta medida la ausencia de ciertos elementos que aumentaran la tensión, se optó por dar mayor preponderancia a Sirius Black (Gary Oldman), potenciando además la confusión de Harry con James, su padre, de forma que exista un distanciamiento entre lo que necesita su ahijado según la Orden del Fénix y lo que Black ve en él: su fiel compañero y amigo que fue asesinado por Voldemort. El momento clave será durante una secuencia de acción en la que, de forma directa, llame James a Harry, algo que no sucedía en los libros y que le otorga un carácter distinto al personaje, pero bastante apropiado para lo desarrollado en la película.


Entre otros elementos, podemos mencionar el ámbito musical. Nicholas Hooper sustituye a John Williams en la composición, aunque sigue sus pasos e imita el estilo creado por Williams para la saga, principalmente en la tonalidad general y en los recursos que empleó en anteriores entrega, recuperándolos dentro de la nueva composición. Esto otorga un sentido unitario en el campo musical a la saga. No obstante, Hooper no tiende a lo melódico; precisamente las melodías que usa son heredadas de Williams, siendo esencial el tema principal que representa a la franquicia. Y su estilo es más sencillo que el empleado por otros compositores, con algunos temas de corte minimalista, cierta tendencia a ritmos veloces y la incorporación de elementos electrónicos.

En conclusión, el resultado de esta película es una obra que abandona las aventuras autoconclusivas de las otras entregas para introducirnos en un proceso bélico que comienza con una guerra fría. Esto provoca tanto un giro en la forma de tratar a los personajes como en el tono de narrar la historia. Yates no se queda atrás de sus compañeros, pese a no ser tan reconocido, y solventa con eficacia la adaptación, con una dirección correcta y una buena composición dramática en suficiente equilibrio con un humor demasiado evidente y una acción fresca, diferente a lo desarrollado hasta el momento, pero que no alcanza cotas artísticas relevantes.



Adaptaciones (XLI): Harry Potter y el cáliz de fuego, de Mike Newell

05 mayo, 2015

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En cuestiones cinematográficas, Alfonso Cuarón logró con Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004) elevar el nivel de la saga con aspectos más artísticos en el séptimo arte, pero también tomó la decisión de realizar tan solo una de las entregas, cediendo pronto el testigo a otro director que trató de seguir sus pasos en ciertos aspectos, pero que no logró igualar la proeza en su totalidad. Nos referimos al director Mike Newell y a la única entrega que dirigió de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). 


Newell tenía una interesante trayectoria tras de sí, con películas en los noventa como Cuatro bodas y un funeral (1994) o Donnie Brasko (1997), aunque realmente ha sido un director algo irregular. Tras participar de manera entusiasta en la saga del joven mago, ha realizado otras adaptaciones cinematográficas tanto de libros, como El amor en los tiempos del cólera (2007) o Grandes esperanzas (2012), como de videojuegos, tal fue el caso de Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo (2010). 

Hasta el momento, habíamos contado con dos películas de corte clásico y aventuras infantiles y fantasiosas de la mano de Chris Columbus, donde la oscuridad se reflejaba en una presencia debilitada de Lord Voldemort, y con Alfonso Cuarón llegamos a la bisagra en la película que más ahonda en el crecimiento del personaje principal como preadolescente dubitativo ante los cambios, al menos en un tono serio y reflexivo. Mike Newell y el guionista Steve Kloves (encargado de los guiones de todas las entregas, salvo de la quinta, Harry Potter y la Orden del Fénix) optaron por recortar la historia, algo obvio dado el tamaño del volumen de Rowling, pero creando por ello una obra fragmentada en su desarrollo, pero no por la ausencia de elementos (muchos y de diverso calado), sino por cómo están construidos los que se han presentado.


Se inicia la película con una imagen onírica que se relaciona con Lord Voldemort y sus planes para retornar a una posición de poder. Tras esta secuencia, comenzamos con el despertar de Harry (Daniel Radcliffe) en una introducción donde se omite a los Dursley (por primera vez en la saga cinematográfica) y, posteriormente, todo el desarrollo del partido final del Mundial de Quidditch, presentándonos un comienzo avanzado en la trama sin una explicación para el espectador. Tras los sucesos oscuros relacionados con la Marca Tenebrosa, se embarcan en un regreso a Hogwarts donde la amenaza pende sobre ellos: el Torneo de los Tres Magos, lleno de pruebas peligrosas y prohibido a los alumnos menores, escoge en esta ocasión a través del cáliz de fuego a cuatro miembros, pese a que solo participan tres escuelas de magia. Este seleccionado es Harry Potter, para sorpresa de los presentes y de sí mismo. A partir de ahí, tendrá que luchar por sobrevivir en el Torneo sin saber que se encamina hacia su reencuentro con el mago oscuro más temido de todos los tiempos.

A nivel de dirección y producción, destacan precisamente las escenas relativas a la acción: el enfrentamiento con el dragón (más emocionante y espectacular en la película), el rescate acuático, el tramo del laberinto (aunque no se aprecia la dificultad de este frente a las otras dos pruebas) y toda la trama del cementerio son de lo más destacable de la película y, sin duda, recuperan la fuerza y el carácter del universo de los libros. 


Lamentablemente, todo lo demás se desvía hacia otras lides poco interesantes, salvando algunos momentos, como la clase de Ojoloco Moody (Brendan Gleeson) en torno a las maldiciones imperdonables (descubrimos las armas de los mortífagos y lo podemos relacionar directamente con el Avada Kedavra que Lucius Malfoy estuvo a punto de realizar contra Potter al final de la segunda entrega) o la fiesta del baile escolar, tenemos serios tropiezos, por ejemplo, con cambios en personajes tan relevantes como Dumbledore, que se muestra torpe e histriónico en varias ocasiones, o la inclusión de una trama amorosa que, aunque está presente en los libros, no se desarrolla de manera adecuada en la película. Faltan diálogos que nos otorguen la sensación de que Harry siente algo por el personaje de Cho Chang (Katie Leung) y no es una simple atracción, donde incluso se introducen algunos elementos de torpeza humorística que nos otorgan la sensación de vergüenza ajena (como cuando se le derrama el agua) frente a otras mejor llevadas (los nervios al pedirle salir en el baile).

Precisamente, la maduración de los personajes iniciada en la anterior película se ve interrumpida aquí por una infantilización de sus comportamientos. Por ejemplo, en la escena del ensayo del baile no parece existir una reacción de miedo ante lo desconocido o de modestia, sino una falta de atracción más propio de una edad más corta. Incluso la brecha que se abre entre Ron (Rupert Grint) y Harry nos lleva a escenas y diálogos absurdos, mencionamos aquí la escena en que Hermione (Emma Watson) se convierte en su particular correveidile, desaprovechando la primera ocasión en que existe por fin una distancia entre el trío protagonista desde su formación en la primera película. Lo que mejor funciona en estos casos son las interpretaciones en la parte sutil que permiten las escenas, como la forma en que funciona la relación de Hermione y Harry mientras Ron se mantiene aparte.


En este sentido, podemos fácilmente pensar que salvando las tramas del Torneo de los Tres Magos (aunque en ciertos aspectos faltan explicaciones para el espectador que no sea lector) y de Voldemort en el tramo final, el resto de historias que se aprovechan como adaptación fallan en su desarrollo, con un humor añadido que no funciona en exceso (rescatamos la escena de los gemelos Weasley con el cáliz de fuego o algunas escenas de Neville [Matthew Lewis]) y donde aunque vemos a Harry solo, al contar al principio con el rechazo de prácticamente todo el colegio, no notamos realmente la sensación de que esté mal, tan solo leves enfados y la ausencia de la melancolía que anteriormente había mostrado (ahí tenemos como ejemplos la escena que Columbus planteó cuando Harry pasa su primera noche en Hogwarts en la primera entrega o las conversaciones entre Lupin y el joven mago en la tercera).

También se desvirtúa el comportamiento de otros personajes, como el caso nombrado de Dumbledore, o se ridiculiza a otros, como Filch (David Bradley), innecesariamente. Otros quedan retratados con brocha gorda. Ahí tenemos a los otros tres magos que participan en el Torneo, siendo especialmente sangrante el caso de Cedric Diggory (Robert Pattinson), que debíamos ver como un rival para Harry, pero del que apenas se nos ofrecen más que esbozos en algunas escenas (aprovechamos para mencionar aquí el hecho de que tanto Diggory como Chang deberían haber aparecido en la anterior entrega según los libros, aunque ello no sea excusa para que tanto uno como otro no se desarrollen en esta película). Aún menos presencia que Diggory, la que se otorga a los participantes de las otras escuelas, con apenas presencia en escena: Victor Krum (Stanislav Ianevski) y Fleur Delacour (Clémence Poésy).


Algo similar sucede con los profesores de Hogwarts, que ven su papel reducido prácticamente a escenas humorísticas o con poca importancia, como McGonagall (Maggie Smith), Snape (Alan Rickman) o Flitwick (Warwick Davis). Algo similar sucede con nuevos personajes, cuyas tramas o bien se han reducido con respecto al libro o bien apenas se esbozan. Por ejemplo, de Igor Karkarov (Predrag Bjelac) se sospecha levemente sobre su bando al ser un antiguo mortífago (como se revela mediante un flashback oportuno gracias a un objeto mágico, el pensadero) y la película induce a pensar que él pudo ser el responsable de meter a Harry en el Torneo con un par de escenas, aunque realmente nuestros protagonistas no se embarcarán en otra aventura de investigación en torno a esta cuestión como hicieron en antiguas entregas; aunque el espectador atento podrá atar cabos fácilmente gracias a las pistas que ofrece la obra. En este sentido, el género de la película deja ser tan negro adentrándose más en el aspecto de la aventura. Debemos tener en cuenta, además, que si la anterior entrega funcionaba como bisagra, esta cuarta es justamente la que va a posicionar la saga hacia una dirección diferente gracias a su final, que siembra el inicio de la trama que se trabajará en el resto de películas. Además, así se deja intuir en el cierre de esta obra.

Hay otras subtramas que se trabajan en la película, como, por ejemplo, la historia de amor entre Hagrid (Robbie Coltrane) y Olympe Maxime (Frances de la Tour), en la que, sin embargo, no se profundiza ni se llega a ofrecer una conclusión, impidiendo acercarnos al problema de identidad que tiene Hagrid como semigigante, algo a lo que nos acercaremos en la siguiente entrega, pero que aquí se desaprovecha pese a llegar a introducir a Olympe y esta subtrama. Algo similar sucede con la prensa sensacionalista de Rita Skeeter (Miranda Richardson), un personaje irritante tanto en los libros como en la película, aunque su presencia sea más amplia en los primeros. Representa, sin duda, lo peor del periodismo y permite una crítica a esta forma de crear mentiras y manipular la verdad de cara a la opinión pública. Este aspecto se trabaja aún más en la siguiente película, pero sin el regreso de este personaje, que ve así disminuida su importancia en la saga cinematográfica.


Precisamente, otras tramas que se quedaron fuera de la entrega cinematográfica, aunque estuvieran presentes en los libros, tienen relación con temas sociales o con el desarrollo de personajes y tramas relevantes. Por ejemplo, se excluye todo lo relativo a los elfos domésticos y a la defensa de su libertad, y de la del resto de criaturas mágicas, que emprende Hermione en esta historia y que tendrá cierta presencia en el resto de la saga literaria; con ello se hubiera retomado el tema de la esclavitud en el mundo mágico que ya se dejó ver en la segunda entrega, aunque a nivel de argumento no se echa en falta y la intervención de algunos de estos personajes es sustituida fácilmente por otros. De la misma forma, no se hacen referencias claras a la seguridad ni a la realización de las pruebas del Torneo, saltándose así la intervención de Bill Weasley, por ejemplo, o la aparición de nuevas criaturas mágicas en el laberinto, así como todo lo relativo a la preparación de Harry en materia de hechizos con ayuda de sus amigos, saltándose así el momento en que aprende el hechizo Accio, cuya relevancia es vital en la primera prueba y en la secuencia del cementerio. 

No obstante, debemos destacar lo bien realizado que está el último tramo de la película, desde el inicio de la secuencia del cementerio y el posterior regreso a Hogwarts, descubriendo quién era el mortífago infiltrado (interpretado por David Tennant, pre-Doctor Who). Si en la anterior película se había comenzado a oscurecer la historia de Harry estética y argumentalmente, en esta obra esta transformación se continúa precisamente con estas últimas escenas, pese a que el resto de la película no colabora en la metamorfosis. El regreso de Voldemort es convincente, apoyado por la interpretación de Ralph Fiennes caracterizado de manera irreconocible bajo una apariencia macabra y sombría, con rasgos similares a las de las serpientes (precisamente existe una gran mofa en las redes por la falta de nariz, aunque se corresponda más o menos con la descripción literaria), calvo y completamente pálido. 


En la cuestión artística, se reutilizó la decoración de Cuarón, quedando así la estética de Hogwarts que el director mejicano había empleado como la definitiva (salvando los cambios menores realizados posteriormente) para el resto de la saga. En este caso, destaca la aparición de la lechucería como una torre aparte del castillo. Hay, por otra parte, menos presencia de la naturaleza o del entorno, tan solo en las pruebas se le da relevancia, tanto en la persecución del dragón por el castillo como en el interior del lago. Los efectos especiales se emplearon a fondo dentro de un argumento que lo solicitaba con más fuerza que en anteriores entregas y en esta película cobran el sentido necesario atendiendo a la historia que se está contando. Técnicamente es correcta, más clásica y académica que la visión de Cuarón, aunque se notan algunos errores de raccord.

En la música, ya no se contó con John Williams, sino que intervino en esta ocasión el compositor Patrick Doyle, que además de reutilizar la melodía principal creada por Williams dentro de algunas de sus composiciones, introdujo un estilo más británico y elegante. Se vio en la necesidad de ofrecer música diegética por la trama, por lo que notamos una mayor presencia de himnos y valses. Además, se incluyen tres canciones creadas por Jarvis Cocker, líder de la banda Pulp, para las escenas del baile navideño, apareciendo Cocker incluso como cantante de la banda del mencionado baile en un cameo.

Mike Newell junto a los actores Alan Rickman, Rupert Grint y Daniel Radcliffe.
En definitiva, lo que nos proporcionó Newell fue una película irregular e impersonal, sobre todo si lo comparamos al nivel que se alcanzó en la anterior entrega. Harry Potter y el cáliz de fuego es una película técnicamente correcta, en la línea del clasicismo ofrecido por Columbus, pero siguiendo la estética que impuso Cuarón. Una aventura que se luce precisamente en la acción, pero que deja la evolución de sus personajes en manos de algunas escenas de carácter humorístico y con la sensación de que quedan cosas en el aire, lo cual es cierto si atendemos a las subtramas que, pese a plantearse en la película, quedan incompletas o no resueltas. No obstante, el tramo final eleva la valoración que podemos realizar de esta película, porque no solo supone el cambio de orientación de toda la saga, sino que además destaca como conclusión de la trama mejor llevada, pese a sus evidentes fallos, de esta obra, la del Torneo de los Tres Magos.






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