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Big Fish, de Tim Burton

17 marzo, 2016

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Conforme crecemos, dejamos atrás partes importantes de lo que había sido nuestra vida cuando éramos niños para adentrarnos en el mundo adulto. No solo renunciamos, sino que también olvidamos, obviamos y creamos un vacío en torno a toda una serie de vivencias que, sin embargo, nos han marcado para ser las personas en las que nos hemos convertido. En esa renuncia, dejamos atrás los juegos, la fantasía, la inocencia, la falta de responsabilidades, los cuentos... y en ese olvido dejamos caer los recuerdos de todo lo que nuestros padres hicieron por nosotros, una labor que queda resumida en breves estampas mentales, en ideas más o menos aproximadas, incluso en memorias inventados, pero que no se corresponden con lo que realmente vivimos.

En muchas ocasiones, comenzamos a valorar esa etapa de nuestra vida desde una nostalgia algo egoísta, en otras, nos damos cuenta de todo aquello que pasó ante nosotros sin que nos diéramos cuenta, y valoramos entonces el trabajo de quienes velaron por nosotros. Puede ser cuando nosotros mismos nos convertimos en padres. O quizás cuando uno de ellos está a punto de marcharse para siempre.

Tim Burton junto a Albert Finney durante el rodaje de Big Fish
Tim Burton está ligado de forma innegable a la estética gótica, una caracterización que ha estado presente desde su visión de Batman (1989), su repaso a los cuentos fantasmales con Sleepy Hollow (1999) o hasta en sus obras más personales, como Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990). Pero, en todos los casos, ha subyacido cierta relación íntima con el mundo de los cuentos de fantasía, de esos elementos que tendemos a catalogar de infantiles, pero que esconden tras de sí reflexiones en torno a la vida y sus peligros. 

Burton también ha sabido jugar con los contrastes, como vimos cuando enfrentó a Eduardo con el mundo del barrio americano perfecto y colorido o a Jack Skellington con el universo de la Navidad en Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, Henry Selick, 1993), y finalmente acabó por realizar una película que se pierde en el otro lado del espejo: el del colorido mundo de fantasía naif al que se circunscribe Big Fish (2003).


A Will Bloom (Billy Crudup) le ha pasado como a muchos de nosotros: nos hemos dejado embaucar por la vida corriente y hemos rechazado u olvidado la felicidad que reside en la fantasía o, incluso, en el arte. Su padre, Edward Bloom (Albert Finney) se sitúa en el polo diametralmente opuesto: embellece su vida con historias que parecen extraídas de los cuentos de hadas, sin negar nunca su veracidad. El choque entre ambos no tarda en surgir y también el silencio en su relación, hasta que una enfermedad deja al padre a merced de la muerte, ocasión en la que el reencuentro es inevitable y también la búsqueda de la verdad... aunque al final esta tome la forma de los cuentos de hadas.

Sucede en Big Fish algo similar a algunas películas de animación que, estando dirigidas a un público infantil, logran transmitir mensajes que lleguen y complazcan al público adulto. Aquí incluso podríamos advertir que de forma inversa. La historia, como en tantos otros casos, se bifurca en dos planos bien diferenciados tanto argumental como estéticamente. El primero es el mundo real, más apagado, con ambientación dramática, en la que se fomenta las sospechas del hijo frente a las historias del padre, una incesante necesidad de descubrir la verdad ante la incredulidad en las anécdotas de Edward, pero también se ofrece ocasión para la despedida, para la intimidad de un moribundo que no puede evitar seguir amando (con esa excelente escena en la bañera), ni seguir soñando.

Este plano, menor en duración, permite una mayor fuerza dramática a las interpretaciones y por tanto es aquí donde encontramos una mejor oportunidad para el lucimiento actoral. Será el caso de Albert Finney como el anciano Edward, también lo aprovechará la veterana Jessica Lange interpretando a la esposa, Sandre Bloom, con cierta actitud comedida, aunque sabiendo reflejar esa combinación entre una madre situada ante dos bandos y una mujer que contempla los últimos días de la persona a la que siempre ha querido. Billy Crudup mantiene su papel por inercia, aunque sin destacar, mientras que Marion Cotillard, su pareja Joséphine en la ficción, se iniciaba en el mundo de Hollywood con este pequeño papel sin dejarse eclipsar por sus compañeros.


El otro plano ocupa más en la pantalla y se reviste de coloridos planos en su estética mientras bebe de cuentos y elementos fantásticos en su trama. A partir de pequeños relatos se va conformando la historia de la vida de Edward Bloom (Ewan McGregor en su forma juvenil, Perry Walston como niño) desde la sencilla anécdota inverosímil (como su nacimiento) hasta la extravagancia paródica de una misión militar. Así, los géneros que circulan por la pantalla se agolpan: utopías con trampa (Spectre), el cuento de terror (la bruja adivina o el hombre lobo), la historia de amor melodramática, el atraco de bancos y hasta el mundo circense.

El aspecto positivo de este plano narrativo es el uso de lo inverosímil para crear una historia humorística imbuida, a su vez, de un espíritu de honestidad abrumador, lo que se relaciona con los rasgos morales clásicos del cuento. En efecto, los personajes que protagonizan las hazañas de nuestra infancia no se plantean por qué las hacen, sino que deben hacerlas. Por esa misma razón, podemos observar con asombro cómo Edward acomete toda una serie de acciones disparatadas, más allá del simple hecho de que se enfrente a hechos que se podrían catalogar como paranormales. A su vez, somos testigos de su inocencia, de la que se aprovechan diversos personajes, aunque finalmente el provecho sea mutuo.


Ahora bien, se trata de un mundo impostado y, por tanto, reluce actuaciones invadidas por la incredulidad. No encontramos una gran actuación en Ewan McGregor, aunque su corrección y presencia siempre estén a un buen nivel, y tampoco se permite mucho más a otros actores que desfilan por estos cuentos: Helena Bonham Carter, Matthew McGrory, Danny DeVito o Steve Buscemi son algunos de los más relevantes. Por otra parte, no se deja escapar la oportunidad de lanzar ciertas críticas al sistema estadounidense. Así se muestra al pueblo de Spectre como el ideal del sueño americano, que sufrirá además los efectos del progreso de una forma devastadora. También se critica la situación laboral, el fraude de ciertos negocios o la bancarrota que realmente ocultan los bancos, sirviéndose del engaño a sus clientes. No obstante, como Edward representa la honestidad y los valores positivos de todo héroe clásico, todo le sale bien en la vida, incluso aunque él no obtenga beneficio y acabe por ayudar a otros a hacerse millonarios.

El tramo que mejor enlaza la fantasía con la realidad se halla en la última acción positiva de nuestro protagonista para con el misterioso pueblo de Spectre. Allí acudirá Will a tratar de averiguar la verdad, mientras que el espectador contempla que detrás de la bondad superflua e inocente de Edward, realmente existía una persona íntegra. La conclusión de los cuentos coincide con un oscurecimiento progresivo de las escenas para adaptarlas cada vez más a la óptica estética de la realidad dramática. Así, se contraponen, pero también se entrelazan, el plano naif de las historias inverosímiles con el plano realista y dramático que se centra en la reconciliación de un padre y un hijo, esos dos desconocidos que se conocen muy bien.


Si la película funciona tan bien es por la contraposición de ambos planes, porque si nos detuviéramos tan solo en una de las dos partes, nos encontraríamos o bien con una melodramática historia entre un padre y un hijo, o bien con una fantasiosa colección de historietas vacías de auténtico espíritu que las soporte. Precisamente, por este último aspecto, es por donde la obra puede cojear: los cuentos de hadas que se nos muestran están vacíos, no tienen ningún interés más allá del puramente lúdico y de lo que se pueda deducir entre los elementos sueltos que hay presentes en ellos. Si funciona todo el conjunto no es solo porque esté bien hilado, sino porque encuentra su contrapunto y sustento con la realidad gris. Gran parte de los relatos que se intercalan podrían omitirse a la par que añadirse otros, lo que demuestra que, salvando un par de excepciones, no tienen fundamento por sí mismos.

Esta afirmación se evidencia en el tramo final, en la que el plano de la realidad se sumerge en la fantasía, es decir, se crea una historia sobre la realidad; pero en esta ocasión, no por parte de Edward, sino por su hijo Will. Durante toda la película nos hemos encontrado con una oposición entre ambas personalidades, pero en el último tramo somos testigos de un transvase y somos conscientes de la necesidad de embellecer la realidad, de como algo tan inútil como narrar un cuento (o en términos más crudos, una mentira sobre lo que realmente está sucediendo), puede llegar a convertir en único un momento tan trascendentalmente humano. Cabe mencionar aquí la sutil semejanza que existe entre este final y la conclusión de Don Quijote (1615), con la quijotización de Sancho ante los últimos días de su señor.


El valor humano que reside en Big Fish se engarza con cierto valor artístico: tiene una fotografía decente que se adecua al espíritu naif y dramático que solicita la película, la música de Elfman está presente de forma sutil, sin restar protagonismo a la imagen, mientras que el montaje no resulta pesado para lograr entrelazar los flashback con el presente. También debemos tener en cuenta algunos efectos que se emplean en consonancia con las necesidades narrativas, como el uso de la perspectiva para engrandecer al gigante o la escena en que la acción se detiene para después comenzar a avanzar a cámara rápida. Por su parte, Burton aporta con su dirección algunos elementos propios, como ese bosque oscuro que atraviesa Edward, y crea un universo fantástico creíble como ya hiciera en anteriores ocasiones; sin duda, el californiano se luce en estos cuentos. En origen, la película iba a ir a manos de Steven Spielberg, pero nunca sabremos cómo hubiera sido.

Al final, Burton toma la opción de mostrarnos qué se escondía detrás de las historias de Edward Bloom, pero sin añadir ninguna palabra de más, ninguna explicación engorrosa. Incluso se permite mostrar un momento en el que Billy niño defendía los cuentos de su padre, cerrando un círculo con la ocasión en que él se convierte en el narrador de la vida de su padre. Con todo ello, se concluye este cuento de hadas que apunta directamente al niño (o al padre) que hay en cada espectador.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLIX): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1, de David Yates

05 agosto, 2015

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Llegamos al final del camino o al que se suponía sería el final, pero que se dividió en dos películas: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1. Podríamos suponer que esta decisión, que sentó precedente para otras adaptaciones posteriores, como en el caso de la franquicia Crepúsculo o con Los juegos del hambre, pudo responder a razones económicas, con el deseo de estirar a la gallina de los huevos de oro, cosa que también se puede pensar del spin-off que llegará el próximo año. No obstante, en una saga de tal extensión como la del joven mago, esta división en dos entregas permitía concluir de forma más adecuada con los cabos que se habían abierto a lo largo de la franquicia y adaptar de la mejor manera el último libro.


Debemos reconocer aquí la capacidad de J.K. Rowling para lograr que los elementos de las primeras historias, de carácter autoconclusivas, adquieresen importancia en la resolución definitiva, consiguiendo así que el camino recorrido hasta el momento tuviera un hilo conductor lógico y bien construido. No obstante, el guionista Steve Kloves, encargado de la adaptación de todas las entregas, salvo de la quinta, y el director, David Yates, afrontaban el desafío de, por una parte, superarse tras una desaprovechada sexta película, Harry Potter y el misterio del príncipe, y, por otra, solucionar aquellas incongruencias que pudiera ocasionar las modificaciones realizadas en otras películas con respecto a los libros. 

Si las anteriores entregas avisaban de la situación bélica a la que se iba acercando la saga, esta nos introduce de pleno en ella desde el principio. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) comienzan la búsqueda de los horrocruxes dejándolo todo atrás, con el fin de poder derrotar a Lord Voldemort (Ralph Fiennes). Un viaje que no será sencillo y que podría aumentar la distancia entre ellos mientras, alejados de todos a quienes quieren proteger, temen por la vida de sus seres queridos y de las consecuencias de la expansión de la oscuridad hasta el mismo Ministerio de Magia. De forma paralela, Voldemort busca desesperadamente el arma que le permita acabar con el niño que vivió.


En toda la película observaremos relaciones con anteriores entregas, pero aún más, podemos notarla como una continua despedida a los tópicos frecuentes de la saga. Un quiebro que muestra bien la ausencia de Dumbledore (Michael Gambon) y un protagonismo centrado en el trío y en su viaje, ausentes de todo lo que sucede en el mundo en el que han vivido hasta ahora. La marcha de los Dursley ante el peligro, el obliviate a los padres de Hermione (por cierto, la madre de la bruja en esta ocasión encarnada por Michelle Fairley, actualmente más conocida por su papel como Catelyn Stark en la serie Juego de Tronos), la varita rota, la posterior muerte de Hedwig, unida a la de otros aliados, pertenecientes a aventuras anteriores, el no regreso a Hogwarts (sin que el castillo llegue a aparecer en toda la obra), la traición de Snape, el peligro real que supone ahora decir el nombre de Voldemort, a pesar de haber luchado por decir su nombre libremente en el resto de entregas, o la gran inseguridad a la que se ve expuesto el trío protagonista dan buena cuenta de la diferencia de carácter de esta película con respecto a las otras.

Aunque, a su vez, esta última aventura se alimente de esta nostalgia y del mundo creado anteriormente para lograr ese efecto antitético. Sin lugar a dudas, un espectador ajeno a la franquicia no entendería bien el significado real y completo de todo lo que sucede en pantalla, ni del valor que tienen algunos de estos personajes u objetos. Por ejemplo, el testamento de Dumbledore, con una escena algo inquietante protagonizada por el nuevo Ministro de Magia (interpretado por Bill Nighy) aumenta esta interrelación con obras anteriores, al recuperar elementos como el desiluminador o la snitch dorada de la primera entrega, o la espada de Gryffindor, objeto estelar en la segunda.


Por otra parte, no hay espacio para la tranquilidad segura a la que nos tenía acostumbrada la saga. Los momentos menos tensos del tramo inicial, con la boda de Fleur y Bill, por ejemplo, son sucedidos por escenas de batalla confusas, pero espectaculares. Esta confusión no sucede como tal en el resto de la película, ofreciéndonos la sensación de que el director optó por esta opción para aumentar la sensación de peligro de los personajes. Yates, que como dijimos con respecto a su primera participación en esta saga, estaba acostumbrado a tratar temas como al corrupción o las intrigas institucionales, por lo que su eficacia en este campo se muestra claramente en lo relativo al Ministerio de Magia, la reunión de los mortífagos o la persecución a Harry. Ahora bien, la película cuenta con un problema de ritmo y de equilibrio. 

Entre otras cuestiones, al ser la mitad de la adaptación, no cuenta con una resolución, como era habitual en todas las entregas de la franquicia, que parecían concebidas como autoconclusivas. En este caso, la excepción sería, seguramente, de la anterior, cuya resolución (mayor en el libro) abría en realidad el argumento de esta última aventura, pero con un dramático giro de los acontecimientos.


Así pues, encontramos cierto letargo en el viaje de los protagonistas, aunque su construcción cuenta con elementos que potencian aquello que pretende transmitir. Por ejemplo, se vuelve a recurrir al paisaje, con una fotografía que nos muestra la desolación mientras se escucha ininterrumpidamente lo que podríamos denominar radio de guerra, aunque este recurso se haga demasiado evidente y casi de forma artificial: allá por donde van los personajes, no hallan ninguna señal de vida, sino solo su ausencia. La distribución de la cinta queda así en tres fragmentos: un tramo inicial intenso, donde encontramos las despedidas antes mencionadas y los dos ataques, tanto a Harry como a la boda; un tramo medio que transcurre con mayor lentitud, en el que observamos el viaje en busca de los horrocruxes y de la forma de eliminarlos, con momentos puntuales de acción, como las escenas del Ministerio de Magia, que sirve de bisagra entre el otro tramo y este, o la destrucción del guardapelo; y un tramo final que recupera la intensidad mediante el clímax que supone el descubrimiento de las Reliquias de la Muerte y la escaramuza en la mansión de los Malfoy (aunque considerándolo mejor, el clímax de toda esta película es la Parte 2).

A esta cuestión temporal se une una cuestión técnica relativa a la fotografía. Como ya hemos mencionado, la saga se ha ido oscureciendo no solo en su temática y en su madurez, sino también en su fotografía. En esta ocasión, se prosigue con la preferencia por los tonos azulados y grisáceos, optando en ocasiones por una postproducción de oscurecimiento y aumento del constraste que provoca que el espectador no llegue a ver qué está pasando en la cinta (sucede, por ejemplo, cuando Harry y Hermione investigan en la casa de Bathilda Bagshot).


Retornando a cuestiones y decisiones argumentales, debemos apreciar la introducción de algunos momentos de humor bien introducidos y que aportan cierta relajación a la tensión permanente de la película. Podríamos poner el ejemplo de la poción multijugos, tanto en su primer uso con la aparición de los siete Harry, como en su segunda uso durante la travesía por el Ministerio de Magia, con algunos diálogos hilarantes, especialmente los relativos a la transformación de Ron.

En este fragmento también recuperamos a uno de los personajes más odiados de la saga, Dolores Umbridge (Imelda Staunton), que, en línea con lo ya mostrado, prosigue su opresión a través de la institución ahora dominada por Voldemort. La visita obligada de nuestros protagonistas al Ministerio funciona tanto por lo que supone la búsqueda del guardapelo como horrocrux como para observar la maquinaria del Estado mágico corrupta por la manipulación del mago oscuro.


Ahora bien, aunque el argumento principal de la obra sea la búsqueda y destrucción de los horrocruxes, la aparición constante de la simbología referente a las Reliquias de la Muerte y su posterior explicación se relacionan con la necesidad de Voldemort de encontrar un arma con la que derrotar a Harry Potter, a fin de evitar el priori incantatem de su último enfrentamiento, en Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). Esto permite que nuestra atención también se desvíe en algunas ocasiones, y a través de las visiones de Harry, a algunas escenas protagonizadas por el mago oscuro, como el interrogatorio a Ollivander y la posterior y constante búsqueda de la Varita de Sauco.

En este sentido, debemos destacar toda la secuencia animada creada para el cuento de las Reliquias de la Muerte, que proporciona un interesante recurso visual, hasta ahora no empleado en la franquicia, y que enriquece la película con una especie de cortometraje muy bien realizado narrativa y estéticamente, gracias a la labor del suizo Ben Hibon y del equipo de efectos animados. Sin lugar a dudas, de lo mejor realizado de la obra. La Parte 2 cuenta precisamente con una secuencia similar, aunque no sea animada, en tanto que explica cuestiones relativas al pasado y que resulta fundamental para el relato, como en este caso, por lo que podemos señalarlas como dos pilares necesarios y esenciales de sendas películas.


Con respecto a los protagonistas, debemos señalar cómo el peso de la trama recae sobre el trío de Harry, Hermione y Ron, de manera fidedigna al libro, lo que aparta la visión de lo que sucede en el mundo mágico en su ausencia. Ya mencionábamos la lentitud del tramo medio cuando comienzan a viajar por los parajes abandonados que simbolizan cierta devastación y trasmiten inseguridad y soledad, cuestiones que también se observan en la actitud de los personajes, incluso cuando usan los hechizos de protección. En ello jugará un factor importante el guardapelo, en tanto que, al igual que el Anillo Único de El señor de los anillos, aumenta su irascibilidad a partir de sus preocupaciones reales.

En este sentido, hay opiniones contrarias a la marcha de Ron del grupo durante determinado periodo de tiempo; es cierto que su ausencia es notable por su duración, pero también que su retorno, con la escena CGI en la que se muestra su mayor miedo se relaciona directamente con el carácter del personaje. No es la primera vez que por cuestión de envidia o celos, Ron se ha separado de sus amigos, especialmente de Harry, ya lo vimos, por ejemplo, en la cuarta entrega. Esto se relaciona directamente con su deseo de fama, que estaba presente en el personaje desde el principio, como pudimos comprobar con su visión ante el Espejo de Oesed en Harry Potter y la piedra filosofal (2001): se veía famoso y admirado por todos. A su vez, su mayor miedo es perderlo todo (en este caso, el amor de Hermione) porque otro le supere; en este caso, su mejor amigo y Elegido: Harry. Ahora bien, la escena se alarga excesivamente y llega a resultar ridícula en culmen.


A su vez, mientras Hermione y Harry permanecen solos, observamos cómo su relación se estrecha, incluyendo la escena del baile bajo el son de la canción O'Children de Nick Cave and The Bad Seeds, que tampoco ha sido generalmente apreciada por algunos sectores críticos, pero que sirve para reflejar el estado de ánimo de estos dos personajes, más solos que nunca, que encuentran el apoyo el uno en el otro sin ser realmente pareja, sino solo amigos. Todas estas secuencias nos delatan el grado de inquietud, angustia, opresión, tristeza e inseguridad en el que se encuentran los personajes, emociones que hasta el momento habían tenido su justa presencia en la saga, pero que se desarrollan aquí con todas sus consecuencias, incluyendo el montaje paisajístico antes mencionado.

Esta cuestión ayuda a observar cómo afecta la situación a la psicología de los personajes y cómo han evolucionado a lo largo de la saga, pero guardando las distancias con algunas de las tontas resoluciones que se habían tomado en Harry Potter y el misterio del príncipe. Todo ello provoca que sea la película más extraña de la franquicia, pero también la que mejor muestra una evolución distante a lo ya ofrecido, pese a que, por ello, se pierda parte de la magia para hacernos caer en la cruda realidad.


Por último, debemos destacar la gran fidelidad de la adaptación al permitir un desarrollo más lento gracias a la división de la novela en que se basa. No obstante, debido a las adaptaciones anteriores, nos encontramos con algunas lagunas que, o bien se solucionan de forma artificiosa, como la presentación de Bill Weasley (Domhnall Gleeson) con las cicatrices hechas por un hombre lobo, cuya batalla debería haber aparecido en la anterior película, la aparición de Mundungus Fletcher (Andy Linden) o el regreso del elfo doméstico Dobby, que en los libros aparecía en más ocasiones, lo que ocasionaba un mayor impacto en su destino en esta aventura; o bien, no tiene ninguna explicación directa, como el espejo doble que usa Harry, cuya primera aparición debiera haber sido en la quinta entrega, como un regalo de Sirius.

Otros personajes que parecen recuperados para la ocasión también tuvieron mayor presencia en los libros, de la misma forma que se deciden eliminar ciertas explicaciones, reservadas en algunos casos como escenas eliminadas, que vendrían a completar mejor la historia. Por ejemplo, la despedida de Petunia Dursley, que otorgaría otro enfoque a la relación familiar con Harry, haciendo mención directa a Lily, crucial también para otro personaje en la Parte 2, o algunas conversaciones en torno a los horrocruxes. Por otra parte, el espectador tendrá que atar suficientes cabos a partir de la siguiente película para comprender ciertos sucesos de esta, aunque el visionado de la misma resulte completo y bien desarrollado.


Una película acompañada en esta ocasión por la música de Alexandre Desplat, que se encargaría también de la Parte 2, y que consigue aunar en su banda sonora el ánimo y el carácter de esta película, especialmente en sus piezas más tristes. No obstante, sus resoluciones pueden resultar algo redundantes, pero consigue proporcionar una mayor entidad a la película.

En conclusión, una interesante séptima entrega que se desvincula de todas las demás por un carácter más maduro, quizás incluso experimental para la franquicia, menos mágica, pero más humana. Yates se resarce de su anterior adaptación con este preludio de una Parte 2 que se espera más emocionante y mágica (ya les adelantamos que así es), pero consiguiendo cerrar el círculo de la saga que empezó en 2001 de manos del director Chris Columbus y que, a pesar de sus horas bajas, supo mantener el tipo para entregarnos un final digno. No obstante, si tuviéramos que medir esta película en solitario, notaríamos su falta de ritmo, de un clímax más potente y de la resolución de alguno de alguna de las tramas principales, pero estaríamos siendo injustos con una pieza que adapta bien y consigue un buen resultado (aunque con ello también consiga aumentar las arcas de la productora gracias a la división).

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLV): Harry Potter y la Orden del Fénix, de David Yates

15 junio, 2015

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La oscuridad llega a la saga cinematográfica de Harry Potter con su quinta entrega, la primera en la que dejamos atrás tras la bisagra que supuso la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), comenzando el proceso final hacia la última batalla y se contrapone a la calidez de las dos primeras películas de Columbus para adentrarse en un proceso que se asemeja a los tonos más oscuros alcanzados por Cuarón y por Newell, especialmente lo alcanzado en el cementerio al final de la anterior entrega. El encargado de esta obra fue David Yates, que se encargaría del resto de la saga hasta su conclusión.


El director británico había realizado capítulos de series y algunas miniseries y telefilmes hasta su llegada a la saga del mago, aunque predominaba entre lo que había realizado el tratamiento a temas como la corrupción o las intrigas institucionales. Estas cuestiones se relacionaban con la trama de esta entrega, aunque al final el director continuaría hasta el final, siendo el director con más películas de la saga realizadas, incluyendo el futuro spin off a estrenarse en 2016: Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

David Yates dirigiendo Harry Potter y la Orden del Fénix
El argumento de Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) nos sitúa ante una doble opresión: el escarnio público al que es sometido el protagonista y la amenaza que pende sobre los personajes debido al retorno de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). En este estado, nos encontramos a Harry Potter (Daniel Radcliffe) situado justo en el lado contrario al que nos ha tenido habituados: solo y con muchas dudas. Si ya en el pasado fue tentado con la oscuridad, en este caso se ve envuelto en ella por el odio de quienes temen el retorno de Voldemort, como es el caso del Ministerio, que lleva a cabo toda una campaña de manipulación mediática y control estatal sobre Hogwarts, como de quienes están a favor del Mago Oscuro. Pero también se verá marginado por quienes lo apoyan: si la esperanza reside en la Orden del Fénix, antigua compañía que ya luchó contra su enemigo y a la que pertenecieron sus padres y muchas de las personas a las que quiere, este se verá rechazado y desterrado al ostracismo, algo especialmente crucial por parte de Dumbledore (Michael Gambon), que había sido su mentor y guía hasta el momento.

Las primeras secuencias nos remiten precisamente a la opresión que sufre Harry en ambos sentidos: lo vemos acosado por los muggles y atacado por dementores. El mundo mágico había sido su refugio, sin embargo, ahora se verá maltratado por la justicia ejercida por el Ministerio y, posteriormente, despreciado por sus compañeros de Hogwarts ante las acusaciones de los medios de comunicación. Aunque cuente con el apoyo de Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), lo cierto es que Potter estará más señalado que nunca, en un proceso ascendente desde lo que se pudo observar en la anterior entrega, cuando todos lo culpaban de haber realizado trampas con el cáliz de fuego. El enfado y la desconfianza en el resto serán las reacciones que tenga nuestro protagonista, ahí veremos cómo grita a sus amigos cuando se entera de que han colaborado con la Orden del Fénix sin informarle ni mantener contacto con él en todo el verano.


Esta situación crea una tensión en Harry que se traduce tanto en el alejamiento de sus compañeros, con una soledad impuesta por su contexto y por sí mismo, como en una rebeldía de la que hará gala contra determinados profesores, incluyendo a Dumbledore. Entre las personas que, por el contrario, se acercan a él, se encuentra Luna Lovegood (Evanna Lynch), que por su particular forma de ser resulta poco consuelo para nuestro protagonista, pero un interesante apoyo. En cierto sentido, todo lo que le sucede a Potter también le hace dudar de su papel ante las circunstancias a las que se enfrenta y, como descubrirá más adelante, sobre si está preparado o no para enfrentarse a Voldemort si, después de todo, están íntimamente relacionados. Este es uno de los aspectos más suavizados con respecto a la novela, que dejaba al protagonista aún más aislado y con brotes de ira más usuales, especialmente por el esfuerzo mental que le suponían las clases de oclumancia de Snape (Alan Rickman), que, por otra parte, están reducidas en la adaptación cinematográfica. Precisamente, todo el estado mental en que se sitúa nuestra protagonista lo pone en alerta con su entorno y será lo que desencadene los últimos sucesos de la película.

Por el contrario, su autoestima se recupera cuando crea el Ejército de Dumbledore como forma de contrarrestar el control gubernamental ejercido por el Ministerio en Hogwarts y, a la vez, ayudar a sus compañeros a adquirir habilidades mágicas defensivas. El personaje que representa el dominio del Ministerio y que se convierte en un enemigo más para Harry es Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una mujer que representa los valores contrarios en los que han sido educados los alumnos durante los anteriores años, a excepción de los Slytherin, que se convertirán en sus lacayos. Como observaremos, detrás del tonos rosa chillón y de un cuerpo rechoncho y bajito, se halla un personaje altivo, puritano, vanidoso y arrogante, con actitud despectiva hacia las criaturas mágicas, en una especie de racismo que incluye a los magos nacidos de muggles y con un odio particular por Harry y todo lo que representa, especialmente al considerarlo un enemigo del Ministerio y de su adorado ministro.


Sus métodos habituales serán la represalia, la continua creación de leyes rígidas y excesivamente severas, y el regreso al castigo físico. No en vano toma posesión del título de Suma Inquisidora y se encarga de evaluar a los profesores por encima de la autoridad del director, al que cada vez va restando más poder. Para el espectador fiel a la saga, la imagen de Hogwarts como hogar cálido y abierto se ve alterada en una especie de internado de métodos educativos anticuados y medidas dictatoriales. La escena de la huida de los hermanos Weasley, con unos efectos especiales decentes, sirve para mostrar la necesaria lucha contra estos sistemas injustos, dejándonos, además, uno de los momentos más agradables de la película.

Esta es la trama que mejor se desarrolla durante la película; no en vano, Yates estaba acostumbrado a tratar con obras de contenido político y, aunque en ocasiones le otorga un carácter cómico, especialmente a través del personaje Filch (David Bradley), logra transmitir la opresión que ejerce Umbridge con algunas escenas clave que desarrolla de forma muy efectiva a partir de los acontecimientos del libro: el castigo con una pluma que escribe con la sangre de quien la usa, el despido de una profesora, su desprecio ante Dumbledore, a quien interrumpe y amenaza en cuanto tiene ocasión, o los interrogatorios al alumnado, incluyendo el uso de pociones de la verdad (en un adecuado cambio con respecto al libro para impedir la introducción de nuevos personajes y otorgar mayor dramatismo a un personaje denostado en contenido a lo largo de la saga cinematográfica).


Por todas estas cuestiones, estamos ante una obra más dramática, que aún contiene momentos dedicados al humor y con la amistad como principal motor, pero que centra su atención en las tensiones en las que vive Harry. Una buena muestra es la sesión de oclumancia con Snape en la cual revisamos distintos momentos del pasado a través de secuencias de las demás entregas, que se contraponen perfectamente a su situación actual: el recuerdo de sus padres muertos ante el espejo de Oesed o los momentos de celebración junto a Ron y Hermione se contraponen al sufrimiento que le ocasionan las visiones oníricas de Voldemort y su serpiente. Se recrea así un clima inquietante desde el inicio de la película hasta la batalla que se muestra al final.

Además, la película va de menos a más, incluso en la muestra de defectos cinematográficos. La secuencia inicial donde discuten Harry y su primo poca relación tiene al nivel de coreografía alcanzado en las batallas entre magos, mejor preparada y filmada que el uso de primeros planos y fotografía plana de ese principio. La preparación del tramo final muestra un interesante despliegue de efectos y una acción mágica que da buena muestra de lo que se esperaría en un enfrentamiento entre magos y la utilidad de todo lo que los personajes habían estado aprendiendo hasta el momento. Toda esta secuencia se complementa con dos escenas de auténtica impacto: la primera, dramática, en la que se prefiere el silencio y cierto efecto de cámara lenta, que representa perfectamente el quiebre del protagonista, y la segunda, un auténtico duelo entre dos poderosos magos, que finaliza con la representación más pura del terror de Harry a llegar a ser como Voldemort.


Como adaptación, aunque logra introducirnos en un ambiente más hostil y con el que conviviremos hasta el final de la saga, como lo hace notar el emblema de la Warner cada vez más oscurecido, lo cierto es que pesa bastante la reducción del libro más largo a la adaptación más breve (debemos tener en cuenta que a pesar de ser la segunda película más breve de la saga, la primera es, precisamente, una de las dos partes en que se dividió el último libro al ser adaptado). Debemos mencionar en este apartado el cambio de guionista, ocupándose en este caso Michael Goldenberg en sustitución de Steve Kloves, que volvería a la saga para el resto de películas. Aparte de lo que se alteró con respecto al libro, debemos mencionar el hecho de que se llegaron a omitir cerca de cuarenta minutos de grabación durante el montaje; algunas de estas escenas se recuperaron en la versión extendida del DVD.

Centrándonos en las modificaciones como adaptación, debemos apreciar que se pierde tanto dramatismo como acción. Que a estas alturas se elimine la trama de los elfos domésticos, no nos debe extrañar, de la misma forma que la presión gubernamental no requiere finalmente de la presencia de la periodista Rita Skeeter, perfectamente suplida por Dolores Umbridge. Sin embargo, se echa en falta la visita al Hospital San Mungo durante la Navidad, especialmente para ahondar en la historia de la familia de Neville Longbottom (Matthew David Lewis), por la que se pasa por encima, gracias entre otras cosas a la introducción de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), pero que, además, añadiría más peso a la tensión interna de Potter, pues apenas queda apuntada la idea de que el hecho de que Harry sea el niño que sobrevivió fue, finalmente, decisión de Voldemort, al escoger entre él y Neville.


Es más, la búsqueda de la Profecía, que es parte esencial de la trama de esta película, se completa en el drama con esta omisión y en la acción con la secuencia, mucho más larga y con variados efectos en el libro, del combate contra los mortífagos en el Ministerio. En cuanto a lo que se elimina, también desaparece el quiddictch, aunque al principio tenemos una bonita escena de viaje en escoba por Londres, y todo lo relativo a las nuevas responsabilidades escolares de Ron y Hermione, que en la película no son nombrados prefectos. También lo relativo a los exámenes TIMO queda muy reducido, como en general todo lo relacionado con lo académico desde las explicaciones generales de la primera película.

Para solventar en cierta medida la ausencia de ciertos elementos que aumentaran la tensión, se optó por dar mayor preponderancia a Sirius Black (Gary Oldman), potenciando además la confusión de Harry con James, su padre, de forma que exista un distanciamiento entre lo que necesita su ahijado según la Orden del Fénix y lo que Black ve en él: su fiel compañero y amigo que fue asesinado por Voldemort. El momento clave será durante una secuencia de acción en la que, de forma directa, llame James a Harry, algo que no sucedía en los libros y que le otorga un carácter distinto al personaje, pero bastante apropiado para lo desarrollado en la película.


Entre otros elementos, podemos mencionar el ámbito musical. Nicholas Hooper sustituye a John Williams en la composición, aunque sigue sus pasos e imita el estilo creado por Williams para la saga, principalmente en la tonalidad general y en los recursos que empleó en anteriores entrega, recuperándolos dentro de la nueva composición. Esto otorga un sentido unitario en el campo musical a la saga. No obstante, Hooper no tiende a lo melódico; precisamente las melodías que usa son heredadas de Williams, siendo esencial el tema principal que representa a la franquicia. Y su estilo es más sencillo que el empleado por otros compositores, con algunos temas de corte minimalista, cierta tendencia a ritmos veloces y la incorporación de elementos electrónicos.

En conclusión, el resultado de esta película es una obra que abandona las aventuras autoconclusivas de las otras entregas para introducirnos en un proceso bélico que comienza con una guerra fría. Esto provoca tanto un giro en la forma de tratar a los personajes como en el tono de narrar la historia. Yates no se queda atrás de sus compañeros, pese a no ser tan reconocido, y solventa con eficacia la adaptación, con una dirección correcta y una buena composición dramática en suficiente equilibrio con un humor demasiado evidente y una acción fresca, diferente a lo desarrollado hasta el momento, pero que no alcanza cotas artísticas relevantes.



Sweeney Todd: El barbero diabólico

05 noviembre, 2011

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Para los amantes de los musicales con toques oscuros, este musical es uno de los clásicos que no se pueden perder. Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet contiene todo lo necesario para dejar a los espectadores en sus sillas.

El estreno de la película se produjo en 2007, de la mano del director Tim Burton (aclamado por muchos por hacer películas de toques siniestro y a la vez entrañables). Le dan vida a los protagonistas Johnny Depp y Helena Bonham Carter, dos actores muy queridos y reclamados en nuestro siglo.


[Cartel de la película]

Las primeras noticias de esta historia remontan a 1846, con un relato publicado en el periódico The people's periodical. Igualmente, la historia remonta incluso más tiempo atrás, ya que se dice que es una historia real, sucedida en 1806.

En el tiempo que se hizo la película en 2007, un periodista se dedicó a investigar, y encontró diversas pruebas que demostraban que las sospechas eran ciertas y que, por lo tanto, los hechos en que se basaban de la película y el musical habían sucedido realmente (escalofriante, ¿eh?).

El musical tuvo gran acogida, y la película causó furor, especialmente fuera de EE.UU.. Ganó el Óscar a la mejor dirección de arte.

Antes de explicar la trama, quisiera exponer aquí dos partes de la obra tanto en el musical como en la película. Seguramente muchos prefieran las voces de los actores del film, ya sea por costumbre o por cualquier otra cuestión. Personalmente, opino que las voces del musical tienen muchísima más técnica (las voces de los actores del film están hechas para eso, ser expuestas en la película, no se preocupan de temas como el vibrato o la dicción para largas distancias), y que hay que tener en cuenta de que no es lo mismo interpretar para un teatro que para una película.







La historia gira en torno a Benjamin Barker, un barbero de Londres con mucha maña en su oficio que es acusado de un delito que no cometió, todo por culpa del juez Turpin, quien se había enamorado de su esposa Lucy, la cual tiene una hija.

El señor Barker se cambia de nombre, y se pone el pseudónimo de Sweeney Todd. Con ese cambio, vuelve a Londres para recuperar a las dos personas que más quería. No volvió solo, le acompañaba un joven llamado Anthony, el cual es un tanto inocentón.

Todd se deja caer por la pastelería de Nellie Lovett, y le cuenta que Lucy se suicidó tras ser violada por el juez que lo acusó falsamente, y que ese mismo malhechor tenía a su hija, llamada Johana, en su casa. Esas noticias hacen que su sed de venganza aumente de forma considerable, y se siente con fuerzas para realizar dicha venganza cuando recupera sus navajas de afeitar.

Tras eso, tanto el barbero como la pastelera llegan a un acuerdo, y es que el Todd se encarga de matar a los clientes de su barbería, y Lovett hace empanadas con ellos. Accede el hombre porque considera que todos deben morir (ésto queda implícito en la película).

Paralelamente, sucede la historia de Anthony, que se enamora de Johana al verla tan sola en su ventana. Descubre las miradas de ambos el juez, y decide darle un aviso no muy pacífico al joven para que se olvide de la muchacha.

[Jayne Wisner y Alan Rickman caracterizados de Johana y del juez Turpin]

El final es un tanto caótico. Lo dejo para todos aquellos que no hayan visto la película y que deseen verla. Es una de mis recomendaciones, ya que se disfruta de una música sublime de principio a fin.

Un musical que no deja indiferente, el cual contiene todos los ingredientes necesario para estar cerca de ser una gran obra maestra.

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