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Adaptaciones (LXVI): Un monstruo viene a verme, de Juan Antonio Bayona

20 noviembre, 2016

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Decía el poeta Vicente Aleixandre (1898-1984) que su poesía siempre se refería al mismo objeto, que hablaba siempre del único tema posible del arte: el ser humano. En efecto, no nos llevemos a engaño, hasta las más recónditas ficciones nos hablan a nosotros y tratan sobre nosotros, aunque puedan no parecerlo a simple vista. Pueden ser universales o excesivamente locales, sus mensajes pueden estar ocultos o resultar tan sencillos como una moraleja al final de un cuento. Hasta la fantasía más inaudita trata de mostrarnos las realidades posibles de la humanidad y todo lo que el ser humano es o puede ser capaz de hacer. Incluso los monstruos y las historias de terror no se alejan de nuestra idiosincrasia, porque los monstruos no son sino reflejos de nuestros miedos o bien creaciones realizadas por nuestros actos. El infierno son los demás, señaló Jean Paul Sartre (1905-1980). Pero también el monstruo puede ser uno mismo.


En Un monstruo viene a verme (2016), un muchacho abandona la infancia para adentrarse en el difícil mundo adulto. No parece tener, como observamos por las primeras secuencias, una vida corriente o similar a la idealizada que solemos tener, aunque no tantas veces se cumple: demasiado responsable, ocupándose de sí mismo y de las tareas del hogar mientras vigila, y cuida, a escondidas a su madre dormida, enferma de cáncer, ausente en la escuela y víctima de acoso escolar. Sin embargo, a pesar de estas responsabilidades adquiridas, algo le atormenta aún por dentro y persisten las pesadillas donde teme perder a su madre; a su vez, habita en él la contradicción de un deseo que no sabe comprender todavía, pero que deberá aceptar.

La película de Juan Antonio Bayona (1975) es una adaptación del libro que escribió Patrick Ness (1971), con guion del propio autor, quien a su vez se basó en una idea de la malograda Siobhán Dowd (1960-2007), quien a pesar de contar con varios elementos de la historia, falleció de cáncer antes de poder escribirla. La fidelidad es bastante estrecha entre ambos formatos, pero aquí trataremos de afrontar qué nos ofrece la adaptación de Bayona, quien suma esta película a su carrera, iniciada con El orfanato (2007) y continuada por la exitosa, comercialmente hablando, Lo imposible (2012). Todas ellas, según han publicitado, con un hilo conductor relativo a la relación entre hijos y madres, aunque de tonos bien distintos.


Quizás las referencias iniciales puedan resultar elevadas para la película de la que estamos hablando. Pero en realidad tienen mucha relación con lo que Bayona refleja a partir de la historia de Ness, porque a pesar del velo de fantasía que pueda tener la película, el relato mostrada no es más que una reflexión o un reflejo de una cuestión humano que, en muchas ocasiones, ha sido material para películas realizadas de forma más simple o, por contra, más elevada. Por su realización, Un monstruo viene a verme supera con creces un telefilm, a pesar de que los hechos narrados puedan ser recurrentes entre las historias que estas nos narran, pero no deja de ser una obra accesible para todos, que se ha tildado de sensiblera o lacrimógena, a mi parecer desprestigiando seguramente los buenos elementos particulares que aporta. Aparte de que parece que se nos olvida que no todas las películas nacen para ser obras maestras y cultas, sino simplemente para referirse a ciertos sentimientos y compartirlos con una audiencia que pueda sentirse afectada por lo que ve en pantalla.

Dicho lo cual, debemos afrontar cómo está realizada Un monstruo viene a verme. En todo momento, Bayona centra su atención en Connor, interpretado por el joven Lewis MacDougall en la que ha sido su segunda película. Por tanto, sobre este actor pesa toda la acción dramática y así nos lo señala la imagen de forma continua: la secuencia inicial abre siguiendo sus pasos desde su despertar tras una pesadilla hasta que va al colegio, sin más personajes activos presentes, a excepción de una dormida y enferma madre (Felicity Jones), de la que se nos muestra su enfermedad a través de elementos como los pastilleros o su apariencia física. Incluso posteriormente, durante las clases o en algunas de las secuencias del hospital, el enfoque está dirigido hacia Connor, ignorando el sonido o hasta el rostro de los profesores que se dirigen hacia él. Tan solo aquello que él observa o hace es objeto del interés de la cámara y, por tanto, de la narración cinematográfica.


A pesar de lo cual, no se nos abre de forma clara. Lo que mejor se plantea en la película es la confusión en la que está envuelta su protagonista, siendo poco claro con sus padres o con su abuela, callado en clase y apenas expresivo incluso cuando le están pegando. Precisamente, la narración cinematográfica de Bayona resulta más sutil que la original literaria, en tanto que no puede detenerse a revelar los pensamientos de su personaje; curiosamente, algunos añadidos en la película, como el gusto por el dibujo, ayudan a profundizar en la personalidad del personaje. La aparición del monstruo, que en la versión original cuenta con la imponente voz de Liam Neeson, supone el momento de mayor expresividad del protagonista, siendo capaz de replicarle como no lo hace con su familia o de expresar aquello que siente: la ira, el desconcierto, sus miedos y sus deseos. Lejos de convertirse en un monstruo terrorífico, este monstruo se alza como un ser sanador, aunque no necesariamente satisfactoria para lo que Connor espera.

Para finalizar en la cuestión de la relación entre el monstruo y Connor, que sin duda es lo más logrado de la película incluyendo el clímax de la cuarta historia, una revelación que dice mucho de la madurez de la película en contra de la expectativa que uno podría tener, cabe mencionar las tres historias narra el monstruo. Dejando la tercera aparte, las dos primeras cuentan con una técnica animada bellísima y de gran calidad, recordándonos a otras piezas similares insertadas en películas fantásticas como el cuento de los tres magos en Harry Potter y las reliquias de la muerte Parte 1 (David Yates, 2010). Todas conllevan una reflexión sobre la condición humana más o menos interesante, aunque no dejan de ser historias con moraleja, metáforas conceptuales que pueden servir tanto al protagonista como al espectador de forma similar a algunos libros catalogados como autoayuda o de lecciones de vida (no queremos resultar despectivos al respecto). No obstante, no son historias que busquen un mensaje esperanzador o positivo de la vida, por lo que se alejan a su vez de lo tópico.


Ahora bien, para todas las demás relaciones, la película desarrolla sus tramas de forma más liviana, con las palabras justas. No estamos ante cuestiones muy elaboradas y, por ello, en ocasiones puede pesar o pedir al espectador que ponga más de sí mismo en lo que ve que lo que hay realmente en lo que está viendo. Por ejemplo, echamos en falta que se hubiera mostrado mejor el engarce en la relación entre Connor y su madre, una estupenda Felicity Jones, a pesar de que en la película haya mayor reflejo de su relación pasada que en el libro. A su vez, en este punto toca celebrar que la obra no se desvíe en exceso hacia el tema de la enfermedad, sobre el que en realidad se sobrevuela, dado que no es el auténtico interés de la trama, como descubriremos al final. Con todo, se echa en falta más escenas similares a la cinta que Connor ve sobre su infancia. No es gratuito este comentario: la ausencia de reforzadores en esta relación merman la fuerza dramática del último tramo de la película.

Tampoco se logra realizar un retrato nítido del padre, encarnado por un regular Toby Kebbell, ni de la relación que ambos mantienen, que peca aquí de confusa. Un rol que podría haberse obviado sin que se resintiera el resto de la película, pudiendo haber potenciado el fondo de otras cuestiones en lugar de caer en tópicos de divorcios. Ahora bien, dado que está en la película, debemos advertir que, curiosamente, en sus conversaciones se revelan de forma ocasional los verdaderos sentimientos de Connor, como su alegría inicial al descubrir que podría ir a vivir con él a Estados Unidos, olvidándose momentáneamente de la situación de su madre, o su posterior desilusión y decepción cuando descubre que se trataría tan solo de unas vacaciones, lo que nos alerta de que nuestro protagonista anhela algo que no tiene. También es llamativo cómo nuestro protagonista se sorprende de ciertos datos sobre el pasado de su madre, quizás ilógico, aunque comprensible, teniendo en cuenta que vive solo con ella.


Concluyendo con las relaciones familiares, nos encontramos con la abuela, una contundente Sigourney Weaver, que mantiene una difícil relación con su nieto. Ambos son personajes contrarios en su forma de ser y de ver la situación, pero a ambos les une los mismos sentimientos y el mismo vínculo por la enferma. Como advierte el personaje, ella no es la mala. A pesar de que tampoco permanece mucho tiempo en pantalla, lo cierto es que entre las relaciones familiares, es la que mejor fluye en pantalla gracias a una evolución desde la distancia inicial hasta la cercanía de los momentos finales. Su carácter autoritario y conservador es advertido desde antes de su aparición y contrapesado por las referencias al abuelo, quien, por cierto, aparece en una fotografía encarnado por Liam Neeson, en un autoguiño al monstruo y, a su vez, al pasado de la propia madre, quien tuvo que superar también la muerte de su padre. Precisamente, hay una interesante insistencia de la madre en el tejo del cementerio con un tratamiento admirativo e, incluso, amistoso.

La última cuestión es el acoso escolar, que quizás es la que peor desarrollada se encuentra. Si bien es cierto que el final de este acoso nos hace comprender mejor la actitud de Connor, dado que parece que este busque a su acosador (James Melville) de forma insistente, como si deseara ser castigado, algo que el resto de adultos, o hasta el colegio, le deniega, su desarrollo resulta artificial y parece simplemente sumarse a la cantidad de hechos a lamentar en la vida del protagonista para hacerla más desgraciada. A ello ha de sumarse que todo lo relativo al colegio peca de artificioso y parece ajeno a la historia del personaje. Hasta la decisión adoptada por la directora (Geraldine Chaplin en un nuevo cameo dentro de la filmografía de Bayona) resulta inverosímil, pues a pesar de que podamos comprender la rebaja del castigo por la situación de Connor, la postura final que adopta sorprende no solo al protagonista, sino a cualquier espectador, así como la ausencia de posibles intervinientes en este panorama, como psicólogos o profesores (como mencionamos anteriormente, todos están desdibujados o despersonalizados en la trama, sin ninguna implicación directa; algo contrario a lo que sucede en el libro, aunque tampoco allí encontramos un gran desarrollo de la cuestión).


La referida ausencia de castigo será una de las cuestiones recurrentes en la película que tomen un significado más relevante en el tramo final, como sucede con la hora de la aparición del monstruo, con la insistencia en el cansancio de Connor que hacen varios personajes, como un profesor o el padre, o con la secuencia de su pesadilla. Todos estos elementos convergen a su vez con la referida e insistente verdad que solicita el monstruo en el momento de mayor intensidad de la obra; por cierto, un monstruo que actúa aquí como el psicólogo ausente al que nos referíamos antes. Otro apunte más sobre los detalles que nos muestra la película es sus homenajes o referencias a libros y películas, desde la evidente referencia a King Kong (Merian C. Cooper, 1933) en la secuencia de su proyección hasta los dibujos dedicados a Moby Dick (Herman Melville, 1851; aunque quizás el dibujo se base en la adaptación de John Huston de 1956), Los viajes de Gulliver (Jonathan Swift, 1726) o El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), todos ellos relacionados por la introducción de cierto elemento monstruoso en la historia. Todas estas menciones son novedosas con respecto al libro, donde no aparecen. Sin embargo, nos ayudan a comprender mejor cómo era la madre y proyecta a su vez un lado más personal del director.

Ante una historia con una tendencia tan dramática y poética, Bayona recurre de forma constante a los planos detalle, sobre todo en los momentos artísticos donde se van dibujando y proyectando los pensamientos del protagonista. Los efectos especiales, la iluminación y el montaje colaboran juntos para mostrarnos una película bella y de gran factura técnica. Se nota en un primer vistazo cómo el interés del director en el montaje de secuencias ha sido la búsqueda de la belleza y de la centralización del protagonista por encima de todo lo demás, y dado que ese era su objetivo, debemos comentar que lo ha logrado, aunque podamos considerar que acaba por ser excesivamente correcto. Algo que también sucede con la música de Fernando Velázquez, habitual colaborador de Bayona, que impone las técnicas habituales en los momentos justos, como el aumento de la tensión y de la fuerza dramática con el uso de cuerdas. En este sentido, no hay innovación, aunque, curiosamente, logra alcanzar cierta identidad para la película con una melodía propia.


En conclusión, la historia que esta película nos presenta está bien redondeada y cerrada en torno a su objetivo y trama principal, aunque tenga fallas evidentes para criticarla en otros aspectos, como los ya planteados en nuestra reseña. La belleza y sencillez que presenta la obra para envolver al drama son muy agradables y planea a lo largo de la película varias ideas interesantes para recoger, herederas de su original escrito. Al final, Un monstruo viene a verme busca atacar a la sensibilidad del espectador y, por tanto, nuestra valoración personal dependerá de cuánto logre cautivarnos. Quizás por ello seamos indulgentes con una obra que, simplemente, trata de sentimientos que todos hemos compartido en alguna ocasión.

Escrito por Luis J. del Castillo


La guerra de las galaxias. Episodio I: La amenaza fantasma, de George Lucas

26 noviembre, 2015

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Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana... de la nuestra. Aunque parezca habitual pensar en el universo cinematográfico de La guerra de las galaxias (Star Wars, en adelante) como el paradigma de un futuro de vida espacial, lo cierto es que la historia que nos narra habita en el pasado y muy lejos de nosotros.

Una paradoja, habitual en esta introducción típica de ciertas narraciones, que coincide con la confusa producción de la saga vista desde la actualidad: la primera trilogía responde a la numeración de los capítulos IV, V y VI, mientras que la siguiente trilogía, lejos de continuar la historia, trata de mostrarnos el pasado a partir de los restantes capítulos I, II y III.

Habían transcurrido dieciséis años tras el estreno de la última película de la franquicia cuando George Lucas estrenó finalmente La guerra de las galaxias. Episodio I: La amenaza fantasma (1999, nos referiremos en adelante como La amenaza fantasma) y la expectación creada fue máxima, teniendo en cuenta el éxito de la trilogía original y la legión de fanáticos que esta había creado.

Para tal retraso debemos acudir al director y creador, Lucas, que siempre ha aducido tanto cansancio tras concluir el periplo que supusieron Una nueva esperanza (1977), El imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983), como las posibilidades que le ofrecían los nuevos avances tecnológicos para llevar a pantalla toda la historia que había pensado originalmente. Realmente, si remitimos a su trabajo cinematográfico, y sin contar obras como American Graffiti (1973) o THX-1138 (1971), lo cierto es que Lucas se ha dedicado más a desarrollar una carrera como productor que como director, lo cual pesa, en cierta forma, en el resultado de la nueva trilogía.


No obstante, vamos a atender de forma crítica a esta nueva hornada de Star Wars por cada episodio individual. Y lo realizaremos sopesando sus errores y sus aciertos, pues a pesar de que la vox populi ha calificado como un fracaso el conjunto de las precuelas, hay en esta exacerbada visión negativa de las mismas una falta de espíritu realista y, quizás, un apego excesivo a la nostalgia y al buen hacer del inicio de la saga. El propósito de La amenaza fantasma era asentar el principio de una nueva aventura, en este caso una historia cuyo final es conocido, pero de lo que se desconocía el cómo; es decir, como sucede en Crónica de una muerte anunciada (Gabriel García Márquez, 1967), es el trayecto, los sucesos que provocaron la caída en desgracia del Jedi Anakin y su conversión en Darth Vader lo que interesa descubrir en esta trilogía.

En este primer capítulo, seremos testigos del comienzo del fin de la República galáctica, con el plan del futuro emperador para hacerse con el poder. El planeta Naboo está siendo bloqueado por la Federación de Comercio, por lo que la reina Amidala (Natalie Portman) solicita la intervención de la República para buscar una solución diplomática y no bélica. Dos caballeros Jedi, el maestro Qui-Gon Jinn (Liam Neeson) y el padawan/aprendiz Obi Wan Kenobi (Ewan McGregor), tratan de negociar, pero al comprobar la actitud belicosa de la Federación, deciden huir junto a la reina para buscar el apoyo de la capital de la República, Coruscant. Sin embargo, con la nave averiada, deberán detenerse en el desértico planeta de Tatooine, allí conocerán al joven Anakin Skywalker (Jake Lloyd), cuya ayuda será fundamental para seguir en su viaje. El maestro Jedi se interesará por el niño gracias a sus capacidades en relación con la fuerza, mientras que Amidala comprueba que la vía pacífica que esperaba no es una solución para su planeta.


Podemos notar la ambición de Lucas con respecto al entramado de esta película, pretendiendo abarcar muy diversas cuestiones, planos que se entrecruzan en el metraje con un desequilibrado ajuste. Por una parte, tenemos una importante, aunque no demasiado entretenida historia política, cuestión seria de la trama que es la primera piedra para el futuro Imperio. Se trata aquí de la manipulación política, del juego a doble bando o del uso del miedo para obtener poder y, finalmente, limitar la libertad (como se verá en el avance de esta trilogía). Sin embargo, esta temática, aunque más madura, se aleja del espíritu de la saga y no está bien tejida al ofrecer hermetismo y oscuridad en la forma en que se desarrolla, como bien muestra la cantidad de términos políticos que se introducen. A ello se une la trama bélica de la película: la contienda en Naboo. Un planeta que se inserta en esta película en la franquicia y que, salvo por ciertas características similares con la Tierra, no tiene vinculación alguna con el espectador.

Si en la trilogía original eran los ideales de la libertad y la rebelión contra una fuerza opresora y cruel, aquí nos encontramos ante un asedio a un planeta con el que no tenemos vínculo alguno. Si bien es cierto que se sigue combatiendo por la libertad, notamos una maquinaria muy potente que podría intervenir eficazmente en el asunto, por lo que la fragilidad de la rebelión, patente especialmente en El imperio contraataca, no se siente como tal en esta situación. A pesar de ello, el tramo final con los diversos combates en el palacio y en los alrededores resultan de los más entretenidos y digno colofón, especialmente con la batalla de sables de luz, de una película de la saga.


A estas dos tramas globales debemos añadir algunas secundarias, pero igualmente importantes, que son el germen de la (supuesta) evolución del personaje de Anakin Skywalker. La aparición del personaje como niño se debe a la avería de la nave que transporta a los Jedi y a la reina Amidala. Comienza así un largo interludio en el célebre planeta Tatooine que introduce el tema de la esclavitud y que culmina con la carrera de vainas para demostrar su valía como piloto. También comienza el interés de Qui-Gon por la presencia de la Fuerza en el niño y se introduce de esta forma lo que podríamos denominar la institucionalización de la Fuerza, que se hará patente con el posterior encuentro con el Consejo Jedi y las secuelas.

Algunas de estas ideas realmente funcionan como referencia interna de la saga. Hay incluso escenas que podríamos considerar espejo. Así, se produce el auxilio de una mujer, la reina Amidala en este caso, la princesa Leia en la primera película, ambas debida a la supervivencia de un grupo mayor, ya sea un planeta o una rebelión; la carrera de vainas nos recuerda a la persecución de Vader en pos de Luke mientras este intentaba destruir la Estrella de la Muerte en Una nueva esperanza; el combate entre Vader y Kenobi en esta misma película tiene su eco en el derrota de Qui-Gon frente a Darth Maul, incluido el grito del aprendiz equivalente; la posterior pira funeraria equivale a la que realiza Luke en El retorno del Jedi, de la misma forma que el objetivo bélico en el tramo final de Naboo es apagar los droides, mientras que en el episodio VI era acabar con el escudo de la nueva Estrella de la Muerte. Incluso el final de La amenaza fantasma es idéntico al de Una nueva esperanza, con la condecoración de los protagonistas. Por no hablar de la estructura, in media res incluyendo una sinopsis inicial, tópico ya de la saga completa.


Pero emular un éxito no significa hacerlo bien, aunque estos elementos funcionen como guiños internos. Uno de los principales problemas en la película es su infantilización, lógica por la presencia casi protagónica de un niño, el jovencísimo Anakin Skywalker. Aunque la motivación para que el personaje tuviera una edad tan baja era aumentar su unión con la madre, a fin de crear cierta dependencia que fuera más notable en sucesos posteriores, no colabora con otra de las tramas principales, que es su relación con Padmé. Este hecho provoca, entre otras cosas, que podamos entender El ataque de los clones (2002) y La venganza de los Sith (2005) como un díptico separado de este primer episodio.

No solo resulta ridículo el planteamiento de que surja un romance entre ambos en esta primera etapa, sino que también conduce la obra a senderos absurdos: podemos aceptar la carrera de vainas, escena trepidante y heredera de las cuádrigas de Ben-Hur (William Wyler, 1959), aunque larga, pero no resulta creíble la intervención de Anakin en la batalla final. Si era emocionante ver a Luke, casi como un piloto novato, arriesgar su vida por destruir la Estrella de la Muerte, resulta tedioso observar la actitud entre pedante e inexperta de un niño que conduce a un final provechoso para el bando de Naboo, pero inestable para la coherencia de la película.


Frente a esta infantilización, hubiera resultado más coherente insertar a un personaje joven, quizás sobre la adolescencia, más cercano a Padmé, que tuviera características como la nobleza, la generosidad y la entrega, así como conocimientos de mecánica y de conducción, haciendo creíble tanto el tramo final de la película como un fugaz romance con el personaje femenino que se desarrollase con su reencuentro en la siguiente entrega. Por contra, aquí parece establecerse una relación casi materno-filial que no resulta provechosa y que provoca cierta confusión cuando los personajes se vuelvan a ver en El ataque de los clones.

No obstante, este carácter infantil no se reduce a la presencia del niño, que podría soportarse si el resto de elementos funcionaran, sino que se acentúa negativamente con la introducción de Jar Jar Binks (Ahmed Best), un absoluto desacierto (aunque valorar esta obra de forma negativa solo por este personaje sería absurdo). Este nefasto personaje funciona como un bufón de humor infantiloide, escatológico y torpe, que se aleja de la sutileza agradable que suponían los droides C-3PO y R2D2 en la trilogía original o del carácter humorístico, pero adulto, de Chewbacca (el sempiterno compañero de Han Solo era un personaje poco cargante y medianamente serio, especialmente comparado con Binks).


Ahora bien, uno de los puntos generalmente criticado de esta película y de la nueva trilogía es la institucionalización de la Fuerza, aspecto antes mencionado. Frente al misticismo, casi la magia, que desprendía la trilogía original, nos encontramos aquí con una religión estructurada y con poder relevante, incluso organizado jerárquicamente. En realidad, excluyendo el intento de explicación científica con los midiclorianos, no resulta un mal planteamiento: los Jedi acabaron exterminados y borrados de la memoria por el Imperio, que se encargó de esta tarea, pero eso no quiere decir que antes no fueran poderosos o numerosos.

Aunque este hecho le resta épica al poder de la Fuerza, permite observar una crítica a lo que supone el estancamiento institucional de una cuestión que debería estar más relacionado con la mística y la naturaleza (incluso en El ataque de los clones se empezará a advertir de la falta de control que se está dando entre los Jedi). Precisamente, seremos testigos de las discrepancias de los representantes de esta religión.

No obstante, en La amenaza fantasma apenas comenzamos a percibir la magnitud de la Orden Jedi, aunque sí la influencia religiosa de la que bebe George Lucas. Se incluye aquí la concepción de una Profecía (que nunca se especificará por completo) y aparece un elegido nacido de una mujer virgen, en clara resonancia judeocristiana; aunque también podemos encontrarnos ante el denominado monomito, el héroe cultural y mitológico surgido de la elección divina y de raíz inmaculada. La definición, por contra, del enemigo a través de una apariencia demoníaca sí muestra una clara vinculación con el judeocristianismo.


En relación a esto, es importante destacar otro de los puntos fuertes de La amenaza fantasma: la presencia de Darth Maul y el combate a tres entre este Sith, el joven Kenobi y Qui-Gon Jinn. Sin duda, una de las grandes escenas de la película, que introduce a su vez un combate con sables láser más dinámico, coreografiado y espectacular. Además, este trío de personajes son los que mejor aguantan su rol.

Ewan McGregor se encarga de encarnar de forma correcta a Obi-Wan Kenobi en esta faceta de padawan molesto pero respetuoso con su mentor. Liam Neeson, por su parte, destaca como el maestro Qui-Gon, papel que se le queda corto y al que aporta una gran entereza. El dúo Jinn-Kenobi funciona como principales protagonistas de la obra, compartiendo importancia con la reina Amidala (dúo de Keira Knightley por una parte y una estupenda Natalie Portman por otra) y Anakin (el niño Jake Lloyd, cuya experiencia post-Anakin fue traumática, por lo que se retiró de la interpretación; soporta el papel, aunque el problema no se encuentra en su actuación, sino en el planteamiento del personaje).


En el bando contrario, Darth Maul (Ray Park, gimnasta especialista en artes marciales y lucha con espadas) se posiciona como contrapartida de los Jedi, perfilándose como un villano intimidante, muy poco hablador y realmente maligno, en la línea con el primer Darth Vader. Su aspecto demoníaco y la innovación del sable de luz con dos hojas le otorgan unas características inolvidables. No obstante, el personaje queda desaprovechado. Ian McDiardmid regresa a la franquicia para ocupar su mismo personaje, ahora con el nombre de Palpatine, siendo el conspirador que maneja los hilos de la política y la guerra.

Por último, cabe destacar la presencia de Samuel L. Jackson en el papel del maestro Mace Windu, cuyo rol se amplía en las secuelas, así como el retorno (breve) de personajes como Yoda (con voz original de Frank Oz, en principio con una marioneta de peor aspecto que la original, aunque en remasterizaciones se ha empleado un modelo CGI, como ya se usó en las secuelas), C-3PO (Anthony Daniels, en un innecesario -aunque curioso- vínculo con Anakin) y R2D2 (Kenny Baker).


En otro orden, debemos mencionar también el regreso de John Williams a la saga con la recuperación de sus clásicos leitmotivs y demás composiciones así como la inclusión de nuevos temas, como el épico Duel of the Fates, que introduce el uso del coro. Por su parte, el diseño de vestuario y el maquillaje destaca por la mezcla de estilo gótico y oriental, como podemos observar en la reina Amidala o en la vestimenta de los Jedi, que recuerda a los samuráis. Los efectos especiales, aunque resalten en algunos casos, se suponen de lo más elaborado para la época, sustituyendo a la artesanía de los años setenta y ochenta.

Quizás Lucas pretendía sorprender más por las situaciones, marcadas por los efectos espaciales (la carrera de vainas, el combate con sables láser) que con la trama (la historia y los personajes). En este sentido, no podemos dudar de la capacidad de entretenimiento y espectáculo de la película, a pesar de notarse una pesada carga en el componente político, mal conducido, y en un humor más burdo. Ofrece la sensación de que se quiso abarcar demasiado para lo que era una saga de space opera, de aventuras espaciales, incluyendo intrigas políticas, profecías y un proto-romance inverosímil, por lo que al final se queda corto en todos los aspectos del argumento. 


En definitiva, un extenso prólogo que queda desligado no solo de sus secuelas, sino de toda la saga. Sirve para asentar ciertas cuestiones y ofrece algunas escenas e intervenciones de interés, pero se aleja del espíritu de la franquicia por un enfoque erróneo. Si bajamos la exigencia que supone el factor nostalgia y el nivel del resto de la saga, no estamos ante una obra mal realizada, sino más bien mal planteada con respecto al lugar de donde venía y al lugar al que se quería dirigir, con un tono demasiado infantil, que pudo encajar bien para atraer a nuevos seguidores (niños en aquel entonces), pero que desde la distancia y desde la mirada adulta, pierde mucho sentido. Especialmente cuando hay dos planos tan divididos: uno serio, el relacionado con la política, la cuestión bélica y la Orden Jedi, y el otro, unos seres patosos, un protagonista niño y algunas situaciones poco creíbles aún dentro del universo fantástico de La guerra de las galaxias.


Love Actually, porque el amor está en todas partes

04 enero, 2012

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Ambientada en el Londres contemporáneo durante los dos meses anteriores a las fiestas de Navidad, Love Actually, dirigida por Richard Curtis, entrelaza una serie de divertidas y conmovedoras historias que conforman en una sola, pero con muchos puntos culminantes en el día de Navidad. El amor, ese gran embaucador, iguala a todos a la hora de complicarles la vida, actuando como hilo conductor de todos ellos. Los amores y las vidas de todos estos londinenses se mezclan y entrecruzan con resultados románticos, divertidos y agridulces para todos los que han tenido la suerte o la desdicha de enamorarse.


Mientras que el nuevo primer ministro británico (Hugh Grant) se enamora de una de las mujeres de su gabinete (Martine McCutcheon), un escritor (Colin Firth) descubre que su novia (Sienna Guillory) le es infiel con su propio hermano, por lo que decide marcharse hasta el sur de Francia, donde conocerá a su nueva asistenta (Lucía Moniz). Una mujer felizmente casada (Emma Thompson) empieza a sospechar que su marido (Alan Rickman) le es infiel con su secretaria (Heike Makatsch). Por otra parte, una joven recién casada (Keira Knightley) no comprende la actitud arisca del mejor amigo de su marido (Andrew Lincoln). También descubriremos cómo un padrastro viudo (Liam Neeson) decide ayudar a su hijastro de once años (Thomas Sangster) a conquistar a la chica más popular de su colegio. Al mismo tiempo, una ejecutiva (Laura Linney) decide dar el primer paso con otro compañero de trabajo del que lleva tiempo enamorada (Rodrigo Santoro). Y, como broche a esta mezcolanza de historias, un viejo rockero (Bill Nighy) prepara su reaparición estelar de una forma muy peculiar. Todas ellas son algunas de las vidas y enredos que descubriremos en esta película, protagonizada por un amplio elenco de grandes actores.


El nombre de Richard Curtis está estrechamente ligado como guionista a algunos de los mayores éxitos taquilleros británicos de los últimos tiempos, como Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y El diario de Bridget Jones que, además de compartir protagonista (Hugh Grant) y una infalible fórmula comercial, tienen en común a Curtis como guionista, a las que ha aportado su talento para hacer un humor indiscutiblemente inglés que parece haber calado positivamente tanto en el mercado británico como en el internacional.

Love Actually, primer film dirigido por Curtis, se desarrolla en un constantemente salto de una historia a otra, conformando un puzzle que resulta sencillo de seguir gracias a la fluidez con la que se van sucediendo las escenas, siendo la precursora de películas de este estilo como Historias de San Valentín o Noche de fin de año, ambas dirigidas por Garry Marshall. Así, la estructura de la película consigue su objetivo de enganchar el interés del espectador, lo que permite mantener una cierta capacidad de sorpresa. Su propuesta y su mensaje son tan amplios que puede llegar a contentar a un amplio número de espectadores.


Con diez historias en juego a la vez, es posible que nos acabemos sintiendo identificados con alguna en especial: podemos interesarnos por la aparentemente relación imposible entre un recién nombrado Primer Ministro y su cándida asistente personal (una relación parecida a la que ya se mostraba en El Presidente y Miss Wade), reconocernos en las dudas de una insegura Laura Linney, incapaz de declararse a su compañero de trabajo, o sufrir con el mejor amigo de un recién casado que guarda un secreto inconfesable.
  
Curiosamente, las historias que más atraen en Love Actually son las menos originales; muchos de los mejores momentos de la película los deparan la historia de amor maduro que protagonizan la excelente pareja formada por Alan Rickman y Emma Thompson, amenazada por los coqueteos de él con una tentadora secretaria. También conmueve ver los torpes intentos de Liam Neeson por restablecer la comunicación con su hijastro tras la terrible pérdida de su madre y los momentos más divertidos están a cargo de la historia del viejo rockero, un tipo muy peculiar que intenta volver al estrellato con una versión navideña de Love is All Around; casualmente, el tema principal del film ya mencionado Cuatro bodas y un funeral.



En cualquier caso, Love Actually es una comedia dinámica que no aburre en absoluto y que se beneficia de sus excelentes intérpretes y de una serie de momentos en los que logra emocionar al espectador gracias a la sencillez y al devenir de las vidas de los personajes. Otro de los puntos a favor para destacar es, sin duda, apariciones fugaces pero sumamente divertidas como la de Rowan Atkinson, que provoca una sonrisa con su sola presencia. Además, la música también está muy presente en la película, desde su maravillosa introducción con la versión instrumental de Love Is All Around, pasando por Wherever You Will Go, de The Calling, o el conocido tema Here With Me, de Dido, que acompaña a una de las escenas más inquietantes de la película.

Quizás, Love Actually sea una película que, poco a poco, acabe abrumando al espectador, sobre todo debido al ligero desconcierto que puede causar en él tras sucederse un gran número de personajes y de historias cruzadas en tan poco tiempo. Además, es evidente que el mundo no es tan de color de rosa como nos quiere mostrar el film, algo que no suele encantar a todo el público y que cuyo sentimentalismo no siempre es del gusto de todos.


Love Actually es, en realidad, una abreviatura de Love Actually Is All Around. Éste es, precisamente, el argumento de la película: en cualquier sitio al que mires, el amor es el motor y es la fuerza impulsora de nuestras vidas. Desde los primeros ministros hasta las viejas estrellas del rock, desde una fría directora de colegio hasta una asistenta portuguesa que no conoce otro idioma; la película presenta aspectos divertidos, tristes y estúpidos del amor en todas sus formas y tamaños. Ese es el verdadero encanto de Love Actually: su mensaje.

Es por ello por lo que se la logra distinguir de muchas otras comedias románticas, ya que su mensaje acaba siendo un llamamiento al optimismo y a la superación. Todo un reto que debemos superar y que es perfectamente transmitido y realizado por cada uno de sus personajes. En definitiva, una película perfecta para estas fechas y para ilusionarnos en esta noche de Reyes. Porque, si prestas suficiente atención, descubrirás que, realmente, el amor está en todas partes.



Escrita por Mariela B. Ortega


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