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Viajes con mi tía, de Graham Greene, y adaptación de George Cukor

01 enero, 2022

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A mi tía M.ª Eugenia.

Creo haber comentado en alguna otra ocasión que el placer de viajar no consiste únicamente en pasar por las ciudades, sino en que las ciudades pasen por uno. Libros de viajes hay muchos, las crónicas sobre lugares, rutas e idiosincrasias se iniciaron desde que el hombre es hombre y salió de la cueva. El itinerario primordial de Homero da lustre a la literatura, como estimulantes resultan las actuales guías especializadas, incluidas las más personalizadas, pasando por el Grand Tour europeo o la moda de los Libros de Viajes del siglo XVIII y el Romanticismo (convertida la vida en un viaje en sí mismo).


Una vez hice un viaje con mi tía. Fuimos a Londres y lo pasamos muy bien. En aquel momento no disponía de pareja, así que por qué no. Fue la decisión acertada. Pero mis recuerdos de Viajes con mi tía se remontan a muchos años atrás, cuando siendo un niño la programó la única televisión que había entonces, en su siempre atractivo e irrepetible espacio Sábado Cine. Años más tarde me hice con la novela, pero no ha sido hasta este pasado año que le he vuelto a dar vida a todos estos recuerdos leyéndola.

Yo tenía más de cincuenta años cuando conocí a mi tía Augusta. Fue en el funeral de mi madre, nos relata Henry Pulling, el coprotagonista de Viajes con mi tía (Travels with My Aunt, 1969; Edhasa, 1986), pieza no necesariamente menor del escritor inglés Graham Greene (1904-1991). Augusta ya ha cumplido setenta y tres años, pero aún conserva un acerado vitalismo a la par que una llamativa y brillante cabellera roja (parte I: capítulo I). No da un paso sin su maletín de cuero para los cosméticos (I: V). En cuanto a Henry, es un banquero jubilado a temprana edad, más viejo en razonamientos que en años.

Pulling hace vida de soltero gozosa, no al estilo de su tía, sino recluido con sus dalias, a las que cultiva con esmero (con todo el esmero que el clima inglés permite). Nunca me habían interesado mucho las mujeres. El banco era mi vida entera. Y ahora tenía mis dalias (I: IV). Más adelante, Henry nos ofrece más aspectos de su persona, sin salir del ámbito doméstico. Me gusta poco cambiar de ropa y de libros (I: VI); es decir, que prefiere recomenzar los mismos textos, un recorrido absolutamente cíclico, pero sin cambios, “ordenadamente inglés”. Su vida está inmersa en la rutina, aunque es su acomodaticia y escogida rutina, un reflejo de su carácter.

Para el ex banquero, la alteración de sus esquemas comienza al trabar conocimiento con esa tía apenas tratada, relegada a un rincón de su mente. Esto supondrá la primera de sus incursiones al exterior. Henry recalca que, en este sentido, nunca he tenido una oportunidad (I: III). Su tía Augusta romperá tal rutina y le propondrá un viaje con apariencia de caos, pero muy lineal en el aspecto anímico, de transformación. A lo que, al principio, Henry se aviene con lógica resistencia, y luego con fungida expectación.


Una mordacidad subrepticia se abre camino entre mojón y mojón: Henry no es demasiado espabilado o, al menos, resulta en exceso programado y predecible. Es un funcionario eficaz, sin duda, tal y como lo retrata Graham Greene, pero maquinal y sin alma (cultivada, quiero decir). Ha sido director de una sucursal, y de eso entiende muchísimo.

Por el contrario, la tía Augusta convive con un compañero (fiancée) de color llamado Wordsworth (una nueva ironía, porque labia no le falta). En realidad, el tipo es un traficante de marihuana. Ambos, tía y sobrino, también establecen contacto con Hatty, una antigua compañera de correrías de Augusta que practica la cartomancia (I: V).

De todos estos avatares en los que se van a ver inmersos, tampoco queda excluida una de las indagaciones más pertinaces de Graham Greene a lo largo de su carrera biográfico-literaria, el aspecto religioso. Esas creencias (I: VI) que parecen acompañar al humano inevitablemente, y que tan bien sabrá extrapolar luego a las ideologías políticas, advirtiendo de su adictiva sustitución.

La “peregrinación” vitalista da comienzo en Italia. Me siento muy ligada a Venecia porque allí empezaron mi carrera y mis viajes, se sincera la tía Augusta (I: III). De hecho, me divierte viajar y no quedarme en un sitio (I: VIII). Con lo que queda establecido el locus bastante amoenus del viaje como metáfora del recorrido de la vida. Un desplazamiento no necesariamente directo, como antes advertía, sino con transbordos, y que proseguirá, espacialmente, con un grato itinerario en el Oriente Express, o lo que queda de él (I: XI-XIV) (es decir, en la última etapa de su existir, en lo que es otro apunte simbólico, puesto que estuvo activo hasta el año 1977, y la acción de la novela se enmarca a finales de los sesenta).

Para Henry no habrá marcha atrás, aunque regrese a su refugio inglés por un periodo de tiempo. Por primera vez, descubrí en mí un rasgo de anarquía (I: VII). Comienza a ver lo que le rodea, y hasta a los distintos miembros de la familia, con otros ojos. Ideas tan poco habituales en mí… (íd.).

No está mal para quien hasta la figura de Enrique VIII (1491-1547) le parece púdica, respetablemente británica (I: XI). Puntos de vista más que sobrados para tratar de etiquetar a la hermana de su madre, y que necesitan ser ampliados. No podía juzgarla como a cualquier inglesa (I: IX).


En lo que es toda una declaración de intenciones, con cierto afán principesco, Augusta asegura que solo cojo aviones cuando no hay otro medio de transporte (íd.). El desenvolvimiento no es solo una cuestión de técnica, sino del disfrute del recorrido. También coexiste la sátira acerca de los viajes, o más bien, de su confusión con el mero movimiento, personificada en el relato del viejo tío Jo (íd.).

Esta será una de las múltiples historias que atesora la tía Augusta. Entre las que destaca la narración en flashback de su antigua relación con un hombre casado, monsieur Achille Dambreuse (I: X). Henry también comenzará a construir su propia memoria cuando entable conversación con la señorita Tooley en el tren. Tan crédula e hija de su tiempo como maniatada a su época (hippy) (I: XII). Greene no es demasiado clemente con ninguno de los extremos, y de este modo consigue vislumbrar el equilibrio, a pesar de tratar con seres humanos. Algo que no es fácil, ni siquiera en la construcción “estructurada” que supone la literatura. Lo cual incluye la chanza hacia el arte contemporáneo y la inevitable ingenuidad juvenil, evidenciada en los cándidos comentarios de Tooley sobre las pretensiones artísticas de su novio, que para colmo la ha dejado embarazada (I: XIV). Todo ello supone un gran cambio para Henry, que siempre había estado aislado (I: XV).

Una nueva y fugaz confluencia se produce con el hijo de un antiguo amigo y protector, el señor Visconti (I: XIII), que será importante en el devenir de la tía Augusta (no se trata únicamente de un capítulo perteneciente al pasado, sino del motor del presente y reestructuración del futuro de los protagonistas). Seguidamente, prosigue el viaje por tren y la pareja es interrogada por el coronel Hakim en Estambul. Razones hay para ello, pero no las podemos desvelar (I: XV). En un bonito apunte, estando de regreso de este primer viaje, Henry descubre una fotografía antigua de su tía en un viejo libro que pertenecía a su padre, una obra de sir Walter Scott (1771-1832) (I: XVI).


Se inicia un segundo viaje. La excusa en esta ocasión es la visita a la tumba del padre de Henry, en Boulogne, Francia (I: XVII). En estas, se produce un encuentro con una anciana en el cementerio, que había estado cuidando de Richard (nombre del progenitor), la señora Paterson (I: XVIII). Al comienzo de esta segunda etapa, queda muy bien descrita la soledad de Henry cuando ha de pasar una Nochebuena a solas (I: XIX); algo que antes no le habría importado (incluso habría agradecido). Tras un nuevo toque de atención por parte del detective Sparrow (había habido uno antes, pero contarlo es quitarle la gracia), Henry sigue sin noticias de la tía.

Pero no será por mucho tiempo. Camino de Paraguay, Henry entabla amistad con el padre de Tooley, la muchacha que conoció en el Orient Express. También le leen la mano (II: I-II) y se vuelve a encontrar con Wordsworth, de regreso en barco (II: III). Es en esta segunda parte, donde se evidencia que la tía vive de recuerdos y ciertas fantasías disfrazadas de realidad. Que su mundo es tan endeble como pueda serlo el de Henry, o el de cualquiera de nosotros. Junto a la certeza de que otros han de venir y ocupar nuestro sitio, y que, por lo tanto, tanto lo bueno como lo malo pronto pasará y se transformará (presumiblemente) en alguna otra cosa. Un aspecto de espejismo y ensueño de la materialidad, más que de indefinición, puesto que los personajes y sus circunstancias están muy bien establecidos, y un aspecto que se sabrá trasladar a la adaptación cinematográfica sin caer en exposiciones o desarrollos existencialistas, sino participando del talante de comedia que nace del original. Del mismo modo que se evidencian tales recuerdos por medio de los abigarrados objetos del abarrotado apartamento de tía Augusta, testigos de una azarosa y plena vida.

El reencuentro con la tía se produce en Paraguay (II: IV). No desvelo demasiado si anoto que Augusta se ha vuelto a reunir con el anciano señor Visconti, con el que vive. Pues la novela no es tan solo la crónica de unos viajeros que parten hacia algunos destinos físicos, sino que se adentran en el futuro sosteniéndose en el pasado y yendo a su encuentro, confluyendo con personajes de sus vidas anteriores. Augusta es ejemplo vivo de ello. Su trayecto tiene apariencia de estable pero no lo es, está sujeto a cambios (donde lo ilusorio también se da de bruces con la realidad; ese espejismo y ensueño al que antes me refería), y el del sobrino se muestra inestable para acabar hallando cierta (trajinada) firmeza, al menos emocional.

Con la madurez adquirida, Henry se dispone a cruzar la frontera hacia el mundo de mi tía (II: VII).

Respecto a la adaptación cinematográfica emprendida por George Cukor (1899-1983), Viajes con mi tía (Travels with my Aunt, Metro Goldwyn Mayer, 1972), fue debidamente acomodada por Jay Presson Allen (1922-2006) y Hugh Wheeler (1912-1987). Recuerdo que la primera es responsable de los guiones de Marnie, la ladrona (Marnie, Alfred Hitchcock, 1964), Cabaret (Íd., Bob Fosse, 1972) o El príncipe de la ciudad (Prince of the City, Sidney Lumet, 1981), entre otras. Lo que no está mal, teniendo en cuenta la variedad de estilos.

La película cuenta con una bonita música del compositor, pianista y productor Tony Hatch (1939), el vestuario de Anthony Powell (1935-2021), decorados de Gil Parrondo (1921-2016), y fotografía de Douglas Slocombe (1913-2016). Menudo elenco técnico.

Pues bien, Augusta Bertram (estupenda Maggie Smith), conoce a su sobrino Henry (lo mismo para Alec McCowen) en la incineración de la madre de este. Visualmente, la nada ajada y sí resplandeciente cabellera roja de la tía destaca sobre el despojado y sobrio escenario, completamente blanco (un blanco funerario o anglicano). En este primer y seminal encuentro, Augusta se muestra como una mujer tan vitalista como despistada, a veces ingenua, o como diría un inglés, excéntrica. Por supuesto que desinhibida. En tanto que Henry es pacato, porque como él refería en la novela, tampoco ha tenido demasiadas oportunidades de abrirse a nuevas experiencias. Ahora dispondrá de esa oportunidad, es posible que cobijada en secreto.

La adaptación resulta fiel al original, pese a algunos cambios que comentaré al final, y que, si no mejoran, sí que abundan en lo expuesto sin desmerecer a la novela. Entre los protagonistas está el paisaje recorrido y la época, la pasada de los personajes y la de su presente histórico. Un mundo, entonces, que no estaba reñido con los modales y las buenas maneras, por mucho que estas disfrazaran -más que escondieran- unas fogosas y atrevidas costumbres y vidas privadas. De igual forma que existe un respeto tácito al primer y auténtico amor que conformó ese pasado tan recurrente, por parte de la anciana protagonista. Incluso por encima del hecho de que dicho nexo sea traicionado; una circunstancia que solo se da -y muy bien- en la adaptación cinematográfica.


Otro personaje esencial es Zacarías, apodado Wergo (Wordsworth en el original; Lou Gossett), del que tía Augusta explicita, sin entrar en innecesarios detalles, que soluciona alguna de mis necesidades.

El caso es que Augusta se ve en la tesitura de conseguir cien mil dólares para sacar a un antiguo y muy querido amigo de apuros (Visconti). Al contrario que en la novela, buena parte de la trama o tramoya sentimental, melodramática, se desvela en el primer tercio, pero como sucede con casi todo viaje, por muy planificado que esté, depara algunos cambios e imprevistos, gozosos o latosos, según el caso y la disposición de los viajeros. En ese mundo de tía Augusta al que Henry se va a adentrar, casi nada parece estar sujeto a unas reglas definitivas. Su vida es un continuo ir y venir. Ella lo expresa bien: lo interesante es viajar, no importa dónde, cambiar de escenario. París, Estambul, África, con gloriosas paradas en la estación de Lyon… e incluso España. Y si una cosa no sale del todo bien, otra surgirá para tratar de enmendarlo.

El antedicho amado -y amante-, ahora visto en dificultades, es, como digo, Hércules Visconti (Robert Stephens). Parte del dinero se consigue pasando mercancía peculiar de contrabando, sin declarar, propiedad del señor Crowder (Robert Flemyng), descrito por tía Augusta como un financiero, que la emplea como correo hasta el general turco Abdul. Este no llega a materializarse en la película, pero sí el coronel Hakim (Daniel Emilfork), que anda tras la pista de este inconveniente refuerzo o rescate económico venido de Europa (tampoco se hace necesaria la presencia del padre de Tooley).

George Cukor también pone en escena, con desenfadada alegría, la relación de mantenida de la tía Augusta con monsieur Dambreuse (un espléndido José Luis López Vázquez), amante insaciable, en lo que es un claro episodio de vodevil, en la más noble extensión del término, divertido y evocador.

Por su parte, Henry se siente atraído, al filo de la tentación, por este viaje (en la película los dos viajes se concentran sabiamente en uno) propuesto por la tía Augusta. Es usted mi único pariente cercano, certifica con alguna delectación. Semeja ser un pelele manejado por todos, hasta que es capaz de tomar las riendas de su propio devenir. Más bien, lo que ocurre es que se deja llevar, seducir. Él es la coartada de tía Augusta, pero también un soporte emocional para la misma. Pese a la libertad esgrimida por esta, también ella resulta esclava de sus propias apetencias y ligaduras con el pasado. Lo que acaba por hermanar realmente a ambos familiares, es su invariable anhelo de libertad. Recién descubierto en uno, recién recuperado o revivido en la otra. De este modo, Augusta podrá seguir viajando en el futuro acompañada. En tanto que Henry lo hace en el presente con la joven Tooley (Cindy Williams) en el departamento del mítico Oriente Express, camino de Estambul. Un encuentro amical y romántico resuelto por el realizador por medio de un solo plano largo, cuando ambos personajes quedan a solas.


El meollo de Viajes con mi tía, novela y película, lo expone tía Augusta cuando afirma que una larga vida no es cuestión de años. Tratando de ahuyentar el hecho de ser, a veces, cautivos de nuestras afinidades más electivas. Los personajes jóvenes (Tooley) también se agitan -puesto que no solo de movimiento cifrado en kilómetros hablamos- por impulsos o consignas propias de la incredulidad de la edad. Ilusiones que luego formarán parte de ese caldo que se cultiva o deseca con la madurez. Unas utopías ilusorias que son aplacadas por el progresivo conocimiento -hasta donde nos alcanza- de las cosas. Siempre que podamos vernos libres de ataduras, eso sí, aunque con otro nuevo tipo de prejuicios.

Antes mencionaba algunas alteraciones propuestas por la adaptación. Me parecen muy oportunas, a la par que cinematográficas, como la imagen de esa moneda que queda suspendida en el aire, en el plano final de la película. El escenario del último tercio también es distinto al de la novela, no transcurre en Paraguay, sino en las costas africanas, tras un previo paso por las de Andalucía (España), rumbo a una nueva aventura vital. Además, uno de los personajes de soporte no muere en la película. La obra de arte que se baraja durante el desenlace de la novela es un dibujo de Leonardo (1452-1519), que resulta ser una copia. Por el contrario, en la película, la pintura es un retrato de Augusta, algo comprometedor, y es auténtico. Así mismo, es Wergo el que levanta horóscopos y lee el tarot, cometido que, en la novela, estaba destinado a otro personaje, como tuvimos ocasión de referir.

Todos vivimos de recuerdos, de una forma o de otra. Y de los amores que nos parecen o parecieron auténticos y perviven en nuestra memoria. La novela de Graham Greene y su casi inmediata adaptación por George Cukor certifican esta bonita aunque triste idea.

Escrito por Javier Comino Aguilera


El nuevo exótico Hotel Marigold, de John Madden

03 agosto, 2016

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Tras reunir a grandes actores para contar una historia sobre la vida en la vejez con caminos nuevos abriéndose a partir de un fortuito viaje en El exótico Hotel Marigold (The Best Exotic Marigold Hotel, 2012), John Madden retoma a sus personajes para mostrarnos sus peripecias recientes en una nueva película coral que toma el nombre de El nuevo exótico Hotel Marigold (The Second Best Exotic Marigold Hotel, 2015). Aunque la película inicial se planteara como una historia cerrada, esta segunda entrega ahonda en otros temas para expandir las historias de sus personajes y profundizar aún más en ese mensaje vitalista de la primera vez.

Partiendo de la ilusión de Sonny Kapoor (Dev Patel) por expandir su negocio hotelero, trata de buscar socios en Estados Unidos con la inestimable ayuda de Muriel Donnelly (Maggie Smith), quien se ha adaptado a la perfección a su papel como vicedirectora del Hotel Marigold. La compañía a la que acuden les promete enviar un supervisor al hotel, lo que origina una de las tramas principales de esta obra; una cuestión poco novedosa, dado que se propone el juego humorístico clásico de cómo la pasión de Sonny y sus despistes ayudan a enturbiar la relación con el posible supervisor.


A esta línea argumental, que podría haber resultado más interesante de lo que finalmente es, se le añaden las historias personales de los huéspedes del hotel, centradas todas en la cuestión amorosa. Evelyn Greenslade (Judi Dench) y Douglas Ainslie (Bill Nighy) mantienen aún una relación más amistosa que romántica, ambos mostrándose igual de tímidos y ella con el miedo a dejar paso a lo que siente. Con este tipo de actitud, no ayudará en nada que ella vea la oportunidad de obtener un trabajo, ¡a su edad! pensará ella, que la haga viajar bastante por distintos sitios de la India.

En este sentido, no notamos una evolución de la Evelyn de la anterior entrega a esta, sino que mantiene las mismas dudas acerca de su autonomía tanto laboral como amorosa. Una actitud que resulta ridícula si recordamos que es el mismo personaje que ya obtuvo un trabajo en la anterior película. Hasta ella acabará por comprender cómo de absurda ha sido su actitud con una simple pregunta de su ayudante.


Madge Hardcastle (Celia Imrie) comienza con una trama cómica propia del tipo de personaje que conocíamos: libertina, lista para disfrutar de los años que le queden tratando de obtener tanto riqueza como la atención de algún hombre. Sin embargo, según avance la película, sus dudas se acrecentarán y variará conforme se acomode a sus auténticos sentimientos y no a la búsqueda del placer. Sin duda, la evolución mejor traída de esta segunda entrega y sin resultar una carga excesiva, dado que su subtrama consta de los elementos justos y necesarios.

Más tiempo se lleva, de forma innecesaria, Norman Cousins (Ronald Pickup), que tras haber sentado la cabeza gracias a su relación con Carol (Diana Hardcastle), comienza a añorar su anterior vida, lo que le ocasionará algún quebradero de cabeza, especialmente cuando se percate de cómo se siente al verse traicionado. Un giro de tuerca respecto al personaje de la anterior película y una evolución que tiene mucho sentido, pero que en la mayor parte está dedicada a un absurdo intento de emular una parodia de intentos de asesinato por un error.


Por su parte, el director del hotel, Sonny, no solo afrontará la trama del supervisor de incógnito, cuya identidad se corresponde o bien a Lavinia (Tamsin Greig) o bien a Guy Chambers (Richard Gere), este último mostrándose como un hombre atento y con cierto deje nostálgico o pesadumbroso, como en la búsqueda de sí mismo; curiosamente, algo a lo que no se le da una gran importancia en la película a pesar de ser la nueva incorporación estelar. La otra trama de Sonny es su boda con Sunaina (Tina Desai), en la que se nos introduce una torpe y cargante historia de celos por un nuevo personaje que parece superarlo en todo. Sonny desplegará toda su batería de inseguridades y aunque el intento sea servirse del tópico usual, habrá momentos de cierta vergüenza ajena para el espectador. Si bien el personaje ya era extravagante, en esta ocasión se le da demasiado espacio para mostrar sus descuidos y su tozudez, relegando a un segundo plano a otros personajes más interesantes. 

Mucho más enriquecedor es el rol de Muriel en esta ocasión, interpretada de nuevo por la ya mencionada Maggie Smith. A pesar de seguir siendo la firme y severa británica que vimos en la anterior entrega, aquí se prosigue ahondando en su humanidad, siendo el máximo ejemplo de la película en cuanto a superación y esperanza en la vejez. Lamentablemente, se recurre en exceso a ella para augurar un giro final (o incluso dos si atendemos a un trailer engañoso) que no llega a producirse, a pesar de las pistas que se van dando a lo largo del metraje e incluso incluyendo dos ocasiones evidentes para que se produzca. Con todo, uno de sus últimos monólogos es una excelente lección de vida, incluyendo también su última conversación con Ty Burley (David Strathairn), cuando afirmará que, a pesar de no poder disfrutar de la semilla que ha plantado, otros sí podrán cobijarse bajo su sombra.


Ahora bien, a pesar de sus buenas intenciones y de contar con grandes actores que dan la talla, sigue arrastrando y perpetuando los errores de su anterior entrega, incluso contando con ocasiones en que no parece creerse a sí misma. Por ejemplo, la reincorporación temporal de Jean Ainslie (Penelope Wilson) era innecesaria, especialmente cuando se propone de forma tan tardía, pretendiendo rizar aún más la situación. Por otra parte, la solución que adopta Sonny surge de la nada, dado que aunque es aceptable, la película no proporcionaba esa dirección en ningún momento.

Su mayor problema es que no encuentra realmente un rumbo al que enfocarse y que establece un juego de expectativas que tampoco es capaz de cumplir o satisfacer. Se vuelven a tocar temas relacionados con las nuevas oportunidades, la búsqueda del amor en la vejez o cómo las apariencias juegan en nuestra contra, pero no ofrece nada nuevo, incluso cae en clichés que a esta secuela no le convenían. Ahora bien, para ver una historia agradable, con algunos momentos cómicos y románticos, sin demasiada expectación, quizás esta sea una buena película para esas lánguidas tardes de domingo.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (L): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2, de David Yates

04 septiembre, 2015

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Una década después concluía la aventura cinematográfica del joven mago Harry Potter tras su primera adaptación en 2001, Harry Potter y la piedra filosofal, a manos del director Chris Columbus. Un proyecto que gozó de éxito y que, como hemos podido observar a lo largo de este año, tuvo películas de calidad irregular, tanto algunas excelentes como otras más perdidas en la trama. Pasando por las manos de Columbus, Alfonso Cuarón, Mike Newell y, finalmente, David Yates, que nos trajo el final en 2011 tras dividir el último libro en dos: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2.


A diferencia del resto de películas, resulta indispensable enlazarla con la anterior, al suponer la división de un mismo libro y partir, justamente, del mismo momento en que acabó Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1 (2010). Si en aquella encontrábamos la tensión de la guerra, la batalla a nivel psicológico y cierta ausencia de momentos climáticos, en esta hallamos toda la epicidad y la magia que se ausentó anteriormente, un contrapunto de emoción e intensidad in crescendo que funciona como un clímax completo de la anterior pieza.

La aventura nos sitúa en un momento delicado para el trío protagonista. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) han logrado escapar de la mansión de los Malfoy, pero en esa huida han perdido la vida del elfo Dobby. Tras la pista de los últimos horrocruxes deberán adentrarse en dos de los lugares más seguros del mundo mágico: el banco Gringotts, donde serán guiados por el duende Griphook (Warwick Davis), y el Colegio de Magia y Hechicería Hogwarts, donde contarán con la colaboración de Aberforth Dumbledore (Ciarán Hinds) y del resto de compañeros y profesores, tanto para llegar como para provocar la marcha de los mortífagos que controlaban el castillo, con Snape (Alan Rickman) como director impuesto por Voldemort (Ralph Fiennes).


Ambas aventuras suponen un retorno al camino que realizó Harry en el primer libro o en la primera película, pero ahora oscurecido tanto en forma, pues la estética de esta película se mantiene igual que la anterior entrega, como en el fondo: ya no hay seguridad en el Callejón Diagon, tampoco en Gringotts o en Hogwarts. Incluso la presencia de Ollivander revisando las varitas sigue el esquema de la llegada de Potter al mundo mágico o el hecho de que se revele a Griphook como el mismo duende que lo atendió en su primera visita al banco.

La travesía por las instalaciones de los duendes, y primer tramo climático de la película, nos adentra en el mundo de las criaturas mágicas, con la recuperación tanto de duendes, que mostrarán la naturaleza con la que Hagrid los describió en el primer libro, inteligentes, pero nada amigables. El comportamiento final de Griphook revelará su avaricia, motivo que finalmente le condenará, en una clara resolución moral. La salida del banco con un dragón recupera a una criatura presente tanto en la primera como en la cuarta entrega, proporcionando también una de las escenas épicas puntales de la obra. Seguramente, la única que aprovecha realmente el formato 3D (junto a otra ocasión en el segundo tramo) en que se puede visualizar la película, totalmente prescindible en sendas entregas finales.


El segundo tramo, que ocupa la mayor parte del metraje, lo situamos en la guerra mágica que acontece en Hogwarts, a partir de la huida de Snape. Mientras el trío centra sus esfuerzos en encontrar y destruir la copa y la diadema que funcionan como horrocruxes, el resto de personajes se prepararán para la batalla. Comienza así el espectáculo visual principal, con la defensa del castillo y el posterior asedio del ejército de criaturas mágicas, incluyendo hombres lobo, gigantes o los dementores, y mortífagos, con Voldemort a la cabeza.

La destrucción de los objetos conlleva también el recuerdo de otras aventuras anteriores. Así, el retorno a la cámara secreta por parte de Ron y Hermione nos traslada a la segunda entrega, mientras que la conversación con la Dama Gris (recuperando a los fantasmas del castillo, cuyas intervenciones desaparecieron a partir de la tercera entrega) y la posterior búsqueda y destrucción de la diadema de Ravenclaw (de los pocos horrocruxes de los que se señala su dueño original) nos remite a la Sala de los Menesteres, lugar recurrente a partir de la quinta entrega. En ambas ocasiones, también se aporta cierto carácter definitorio: el beso entre los amigos de Harry confirma su amor y el rescate de Draco Malfoy responde al carácter ambiguo de este personaje, en consonancia con lo que ocurrirá después.


Todas estas escenas culminan con la batalla en el recinto del castillo, donde la labor de los efectos especiales hace su función completa, presentándonos un espectáculo visual y mágico que enlaza perfectamente con cualquier blockbusters de fantasía. Así podemos ver a las armaduras de piedra, a los gigantes, a los hombres lobo o a los dementores combatiendo a la vez que numerosos efectos luminosos señalan la presencia de la magia. Hay espacio incluso para la visualización de algún cadáver alcanzado por la magia oscura.

En este sentido, el ritmo de la película es acelerado, recordando en algunas ocasiones al cine bélico, incluso podemos hacer referencia, marcando las distancias tanto en forma como en fondo, a las batallas que nos dejó la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos. Como hemos podido ver, esta última entrega es la antítesis de su predecesora, y por ello no se detiene a construir más a los personajes, sino a ir cerrando sus historias o, incluso, a ver todo lo anterior desde otro enfoque. Si observamos esta obra de forma individual, no seríamos capaces de apreciar el valor de una construcción que se realizó a fuego lento, en la cocina de la escritura de Rowling.


Como mencionábamos en nuestra reseña anterior, hay una escena clave en esta película que dentro de todo el metraje merece especial atención por ser sobresaliente en su realización y al ser un puntal de la trama. La narración del pasado de Snape aúna en la película un conjunto donde el montaje, la música y la historia se dan la mano para crear una escena única y de elevada calidad, paralela al cuento de los Reliquias de la Muerte en la Parte 1. Su carga dramática así como el giro que supone al entramado creado a lo largo de todas las películas produce otra forma de enfrentarnos a la historia que se nos ha contado. Si en un origen las ideas estaban predefinidas, al llegar a este final observamos que ya nada de lo que se creía bueno o malo lo fue realmente en su amplitud, salvo los extremos de Voldemort y Harry.

Así, Dumbledore revela en parte su pasado oscuro en estas últimas películas, a pesar de que la versión literaria es más amplia y rica al respecto, James, el padre de Harry, no resultan tan idealizado como en origen, visto ahora desde los ojos de Snape, y Harry se revela como un héroe maldito, por haberse convertido, sin querer, en una de las causas de la inmortalidad de Voldemort. Severus será el ejemplo también de cómo un héroe no es siempre el personaje más visible y querido, sino que a veces viven en las sombras, sin que nadie conozca sus buenos hechos ni sus intenciones puras.


En este sentido, debemos también alabar la actuación de Alan Rickman, que logra contener la complejidad interna del personaje; por ejemplo, en la secuencia de duelo contra McGonagall (Maggie Smith), alterada con respecto a la novela. Otros cambios en la adaptación incluyen la afirmación de que el último deseo de Snape fue mirar los ojos de Harry para recordar a Lily, decisión que en el libro era ambigua. Se prefirió un montaje poco usual en la narrativa, entremezclando tiempos y sucesos, desde la infancia hasta la madurez del personaje; decisión acertada del montaje. Un pequeño error, bastante extraño, es el recurso de una actriz para Lily Potter de niña que no tuviera el mismo color de ojos que Daniel Radcliffe, para mantener la concordancia con la célebre característica que compartían madre e hijo.

Durante el tramo final de la película, seremos testigos del último sacrificio que realiza Harry por sus amigos. La resolución de este sacrificio resulta extraña, aún viniendo adaptado del mismo libro, al ser un deus ex machina en forma de limbo, lo que atenta contra la lógica del universo potteriano; aunque exista una explicación con respecto a lo sucedido, no deja de ser paradójico este último recurso.


También veremos la defensa que realizará Neville (Matthew Lewis) de la necesidad de luchar contra el mal, con el valor de un Gryffindor ante las circunstancias contrarias y dramáticas, algo clave si tenemos en cuenta que él pudo haber sido el Elegido en lugar de Harry, así como el duelo definitivo entre Potter y Voldemort, a la vez que en otros escenarios observaremos las batallas particulares entre otros personajes o la destrucción del último horrocrux, precisamente a manos del otro niño elegido.

En estas circunstancias, suceden diversos acontecimientos a tener en cuenta. Por una parte, el gran valor que se le otorga al amor, otra constante en toda la historia. Son los casos de Narcissa Malfoy, en cuanto al amor maternal, Snape, en el amor constante más allá de la muerte, o Harry, en el amor que supone el autosacrificarse por los demás. Sin embargo, a diferencia del libro, este sacrificio final no resulta tan relevante como en el libro, dado que no otorga protección mágica a las personas por las que Potter se entrega. De la misma forma, a pesar de hacer hincapié en las Reliquias de la Muerte, la capa de invisibilidad no tiene la relevancia que debería haber tenido en esta adaptación (tan solo aparece en el tramo de Gringotts), mientras que sí se respeta todo lo relativo a la Piedra de la Resurrección y a la Varita de Sauco.


Otros cambios tienen relación a la forma en que se desarrolla la batalla final, especialmente el duelo entre Harry y Voldemort, que en este caso se sucede en varios lugares hasta el enfrentamiento final en la entrada del castillo, a solas. Resulta curioso la elección de dejar fuera de plano las muertes de personajes principales de la historia, dejando tan solo algunos guiños previos. En relación a estas dos ideas, a pesar de resultar una película espectacular en su forma para aquel que la visione, se queda corto en comparación al nivel bélico que alcanza en su formato original, la literatura, o del potencial que se podía haber usado a pesar de no estar presente en la novela. Tampoco se comprende la decisión final tomada por los guionistas con respecto a la Varita de Sauco, dado que no le permite recuperar su anterior varita como en el libro.

Así pues, aunque la película cuenta con los fragmentos más emocionantes y emotivos de la saga, está algo falta de buenas resoluciones con respecto a la acción mostrada, sobre todo si atendemos al material con el que contaba. Se nota también la ausencia de cierto luto por los fallecidos, ocasión que solo se puede entrever con el uso de la Piedra de la Resurrección, pero no con respecto a los sentimientos de los personajes que sobreviven. Es decir, pese a la buena adaptación y a la inclusión del epílogo situado años después (con la criticada decisión del maquillaje empleado), falta cierta espacio para otorgar sensación de conclusión a los acontecimientos vistos en pantalla.


En definitiva, una película complementaria que despliega la espectacularidad de la magia pero sin dejar atrás la resolución de una trama que sirve para concluir un largo recorrido: el de ocho películas y diez años de historia de un joven mago británico. Sus principales carencias se sitúan principalmente en cuestiones que no se relacionan con el objetivo directo de la película, por lo que debemos exculparla; a excepción de la conversión de Voldemort en un personaje infantilizado cuando se considera victorioso, acompasado por una interpretación de Fiennes nada satisfactoria en este punto, restando valor a un personaje que ya había sido ninguneado por la falta de contenido gracias a una pobre sexta película.

Otros errores están más relacionadas a la falta de fidelidad con las novelas, creando posibles lagunas para el espectador y, sobre todo, quedarse corta como adaptación, como ya mencionábamos con respecto a la Parte 1. Con todo, una digna conclusión cinematográfica que reivindica las ideas de toda la saga y que, frente a la humanidad de su primera parte, despliega toda la fantasía que supone la versión al cine de Harry Potter.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XL): Harry Potter y el prisionero de Azkaban, de Alfonso Cuarón

20 abril, 2015

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Con la tercera entrega de la saga cinematográfica, llegaron los cambios en todos los aspectos y, sobre todo, llegó la adolescencia. Hasta el momento, Chris Columbus, experto en cine para toda la familia, había logrado erigir en Harry Potter y la piedra filosofal (2001) y Harry Potter y la cámara secreta (2002) un mundo de maravillosa magia y, dentro del mismo, dos películas de aventuras de niños siguiendo fielmente la historia de J.K. Rowling, creadora de la historia, y un estilo clásico en el apartado cinematográfico. Pero Columbus dejó la dirección para dedicarse a labores de producción y comenzó la vorágine que supone buscar uno nuevo, especialmente para una franquicia en funcionamiento. Algunos de los consultados y también entre los rumoreados fueron Kenneth Branagh (que además había actuado en la anterior entrega), Callie Khouri, Marc Forster o Guillermo del Toro. Sin embargo, el proyecto cayó al final en manos de Alfonso Cuarón. 


El director mexicano, que obtuvo en 2014 el Óscar como Mejor director por Gravity (2013), llegaba a Harry Potter y el prisionero de Azkaban tras películas como La princesita (1995), Grandes esperanzas (1998) e Y tu mamá también (2001) y sin demasiada información acerca del universo del joven mago, aunque prendado finalmente de un guion con grandes posibilidades en el que, consideramos, supo plasmar una esencia especial y evolucionar a partir de lo ya visto y dado por Columbus.

La película se inicia con Harry Potter (Daniel Radcliffe) en casa de sus tíos, algo habitual en la saga que acabaría por romperse en el siguiente film, con una escena-prólogo que nos transporte por la noche hacia un cuarto donde el joven realiza magia a escondidas para seguir estudiando (cuestión incoherente con las leyes que rigen el universo creado hasta ahora, donde el uso de magia está prohibido para los menores fuera del periodo escolar).


Comenzamos a notar, como comprobaremos en la comida familiar posterior, que no estamos ya ante el niño asustado de las primeras entregas, sino ante un adolescente en pleno proceso, rebelde ante las situaciones que antes acataba y que se decide a huir, aunque con ello se sitúe también en un punto de desorientación, también habitual en esta edad: ¿adónde ir, qué hacer, qué esperar del futuro? Todo ello sin que él sepa que su vida corre peligro, según las autoridades mágicas, al haberse escapado de la prisión de Azkaban, de máxima seguridad en el mundo de los magos, Sirius Black (Gary Oldman), antiguo seguidor de Lord Voldemort y supuesto asesino de Peter Pettigrew (Timothy Spall).

Precisamente, el futuro y el pasado se dan la mano en esta entrega, siendo el nexo de unión entre un pasado oscuro cuyas consecuencias aún alcanzan al presente (todo el caso de Sirius Black tratado en la película, el recuerdo a los padres asesinados de Harry) y un futuro que no se detiene en avisar de sus tenebrosos sucesos (la continua presencia del Grim, la nueva profecía de Sybill Trelawney [Emma Thompson] acerca del regreso de Voldemort y la repentina destrucción de las ilusiones de Potter y Black ante la huida de Pettigrew). Además, cabe destacar que mientras el resto de películas tiene como claro contrincante a Lord Voldemort (en cualquiera de sus formas), en esta no hace aparición, aunque siempre permanece presente tanto por la mención a la época oscura que protagonizó como al futuro que puede alterar.


La trama se desarrolla como una nueva aventura negra en Hogwarts, como había sucedido en las anteriores entregas, pero aún cuando los protagonistas fallan en su acercamiento a la verdad, se acercan a otras verdades interesantes para su historia personal. Aún cuando se trata del personaje principal, en esta entrega tenemos una historia más cuidada y centrada en torno a Harry Potter, especialmente en las secuencias en que comparte diálogos con el nuevo profesor para la Defensa contra las Artes Oscuras, Remus Lupin (David Thewlis), que se erige como un guía del personaje para enfrentarse a sus miedos, otro de los grandes temas que se explora en la película gracias a la presencia de los dementores y con una divertida secuencia durante la clase de Lupin contra un boggart (un ser que adopta la forma de lo que más temes), que en el caso de Potter será precisamente la representación del propio miedo: el dementor.


Los dementores eluden visualmente a la muerte, pero en su forma de actuar, arrebatando la felicidad de las personas para traer de regreso sus peores recuerdos, funcionan como la depresión. Ante ellos, Potter, que siempre había demostrado una gran valentía ante las criaturas mágicas, se ve indefenso, especialmente cuando toman cierta predilección por el joven. Lupin se lo explicará rememorando la muerte de sus padres y todo el pasado vivido en la ignorancia y en la pérdida por la que ha pasado: de todo ello se alimentan los dementores, igual que la depresión.

Harry no es débil, sino que puede caer más fácilmente en los recuerdos más oscuros, experiencias que otros compañeros no han tenido. La lucha contra sus miedos será constante en la película, a través en este caso del hechizo expecto patronum, de magia superior, que servirá para luchar contra los dementores a través de la propia fortaleza, aún cuando no siempre dé resultados, lo que nos ofrece la imagen del héroe adulto en que se está convirtiendo Potter: alguien que, aún habiendo triunfado en varias ocasiones, tiene sus propios miedos, aunque sigue siendo capaz de luchar para enfrentarlos. En este caso, el enemigo ya no está fuera, sino dentro.

Se marca aquí una distinción más entre el protagonista y el resto de personajes para ahondar en su evolución. Si en la anterior entrega se comenzaba a entrelazar su destino y sus habilidades con Voldemort (el uso de lengua pársel, entre otras cosas), cuestión sobre la que se ahondará en las próximas películas y que aquí se nota especialmente en las ansias de venganza hacia Black, en esta se trabajaba más la distancia entre quien es diferente por estar marcado por la tragedia.


Los vínculos de amistad que se trabajan junto a Ron Weasley (Rupert Grint) y Hermione Granger (Emma Watson) dan también cabida a otros temas relacionados con la adolescencia, donde el dolor es compartido entre todos, aún cuando la distancia está marcada y Harry se suele mostrar más iracundo con el resto del mundo por el descubrimiento de hechos dolorosos y como actitud rebelde. Nos estamos alejando aquí de la melancolía quieta de la infancia.

Por otra parte, las averiguaciones alcanzadas por el trío protagonista les llevan no tanto a la certeza de la verdad como a la duda en lo que creían firmemente, como la cuestión de la lealtad en los lazos de amistad. Se sigue creando un juego de apariencias, constante en toda la saga, donde los giros en la trama de los personajes son constantes (el caso primordial es el de Sirius Black).


A esto se une los cambios en Hermione, que también muestra su rebeldía ante la autoridad y las normas morales establecidas anteriormente en el caso de la clases de adivinación, a las que termina por tachar de supercherías, su agresividad con Malfoy (Tom Felton) o su liderazgo en el rescate de Sirius mientras es consciente de que están incumpliendo una gran cantidad de leyes mágicas.

El trato entre Ron y Hermione también se muestra distinto a lo ofrecido hasta el momento, incluso en sus discusiones. Otro aspecto habitual era el hecho de saltarse normas de Hogwarts, pero en esta ocasión las posibilidades aumentan gracias al mapa de los Merodeadores. Incluso se incumplen las restricciones de edad en el bar Las Tres Escobas o se viaja a Hogsmeade sin autorización. En estos casos, la resistencia de otros personajes, como Hermione o incluso Neville en la primera película, es de un nivel muy menor, mostrando tan solo un leve disgusto.


A nivel cinematográfico, debemos destacar el cambio estético que sufrió la película, arrastrando consigo también interpretaciones entrelazadas con lo ya comentado. Por ejemplo, a nivel de vestuario destaca el uso de las túnicas por los estudiantes, empleadas de forma más libre que anteriormente, simulando la rebeldía frente a la uniformidad de las entregas anteriores. A nivel escénico, podemos percibir los cambios en el castillo y en sus alrededores, que gracias a la fotografía empleada por Cuarón destacan de tal forma que comienza a ser un personaje más en la historia.

En esta película tenemos la sensación de estar en un universo vivo, con sus propias criaturas y peculiaridades habitándolas. Ahí tenemos, por ejemplo, la presencia, esperad por los lectores, del hipogrifo, que nos proporciona, por otra parte, una bella escena empleando el lago y el paisaje del castillo como una armónica sensación de liberación del personaje de su temor inicial a montar a la criatura; se trataba de la mejor forma que tenía Cuarón de otorgar al espectador ese sentimiento de sentirse libre de miedos, haciéndolo además de una forma tan natural. Incluso la presencia de cuervos o de un huerto de calabazas en la cabaña de Hagrid (Robbie Coltrane) colaboran en la creación de un mundo que se presta a ser real. 

Alfonso Cuarón (de rojo) dirigiendo a Daniel Radcliffe y a Gary Oldman
En la técnica, Cuarón filmó con angulares anchos, prefiriendo mostrar planos más abiertos y declinando el uso de primeros planos, destacando así el lenguaje corporal de los actores dentro de un escenario vivo, potenciado a través de una fotografía casi naturalista y menos saturada, fruto del trabajo del neozelandés Michael Seresin. Con todo ello, se logran escenas que presentan colores más fríos, en contraposición a la preferencia por la calidez en escena de las dos películas anteriores, logrando así un tono más oscuro adecuado para el argumento tratado, reforzado a su vez por la nueva composición de John Williams, incluyendo nuevos leitmotivs así como un tema usual en la cinta en A Window to the past, cuya envergadura la hace perfecta para las ocasiones de reflexión e introspección que ofrece la película, como las conversaciones entre Lupin y Potter.

Se nota también en esta obra un montaje más dinámico, favoreciendo el uso de planos secuencia. No obstante, también hay un uso excesivo del fundido a negro, en imitación a fórmulas del cine mudo. Entre todas estas características, podemos destacar las escenas correspondientes a los cambios de estación en Hogwarts, donde la naturaleza, representada sobre todo por el sauce boxeador, toma especial protagonismo, el partido de quidditch en mitad de una tormenta, los diálogos dentro de la Casa de los Gritos y los hechos posteriores, incluyendo la lucha contra los dementores, así como las escenas correspondientes a la trama del giratiempo en el tercio final, que juegan perfectamente con la coherencia narrativa. 


Como adaptación de la tercera entrega literaria, se suceden algunos cambios sin excesiva importancia, en ocasiones para potenciar el carácter personal que Cuarón le otorgó a la película, como la inclusión de cabezas reducidas o de un coro que abre la presentación del (nuevo) director Dumbledore (Michael Gambon, tras el fallecimiento de Richard Harris) con el tema realizado por Williams, Double Trouble, una especie de villancico de aires medievales y con letra extraída de Macbeth. También se omite la introducción de personajes como Cedric Diggory o Cho Chang, que hubieran servido para establecer una mejor conexión con los sucesos de la siguiente entrega.

No obstante, donde seguramente más falló la adaptación fue en la trama de los Merodeadores, que hubiera reforzado aún más la relación con el pasado de esta película. Se podría haber ahondado con mayor eficacia en el grupo de amigos, quizás mediante el diálogo en la Casa de los Gritos o mediante algún flashback más propio del lenguaje cinematográfico. Queda en este sentido suelta la relación para el espectador de la película la conexión, evidente por otra parte, del mapa de los merodeadores con Sirius Black, Peter Pettigrew, Remus Lupin y James Potter, además de la creación de vínculos entre estos cuatro personajes a través de sus vivencias conjuntas como animagos.


En conclusión, la entrega que dirigió Alfonso Cuarón consigue formar una novedosa y viva recreación del mundo de Harry Potter y avanzar en la evolución de sus personajes, contando a su vez con una estética que aumenta la capacidad de alcance de los mensajes transmitidos a través de la historia. Nos ofrece una digna película más allá de la franquicia, con la construcción elaborada del protagonista en su entorno y en relación a su pasado y a su futuro, dentro de un capítulo autoconclusivo en el que existen correlaciones con el género del cine negro y del thriller, aunque se deje pasar la oportunidad de crear una mejor conexión con la historia de algunos personajes secundarios o con la inclusión de personajes futuros.



Adaptaciones (XXXVII): Harry Potter y la cámara secreta, de Chris Columbus

08 marzo, 2015

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Regresamos al mundo de magia y fantasía que creó J.K. Rowling en sus libros y que fueron trasladados a la gran pantalla entre 2001 y 2011. En la segunda entrega, Harry Potter y la cámara secreta, Chris Columbus (1958), director de la primera, se puso de nuevo a los mandos de la película, creando una línea continuista con la forma en que se había desarrollado la anterior adaptación, incluyendo el tono amable y de tintes más infantiles, aunque dentro de una trama más oscura, las decisiones formales, como la estructura de los decorados, cierta preferencia por tonos cálidos, la recuperación por parte de William Ross de temas musicales de Harry Potter y la piedra filosofal junto a nuevas composiciones de John Williams y prácticamente el mismo equipo técnico que en la primera ocasión, y la intención de realizar una adaptación fiel a los libros, consiguiendo precisamente que los lectores la consideren la obra con más fidelidad a lo escrito por Rowling, aunque ello alargara innecesariamente el metraje.


En este segundo año en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, Harry Potter (Daniel Radcliffe), nuestro joven mago protagonista, hará frente a una amenaza ancestral: la herencia de uno de los fundadores de la escuela, Salazar Slytherin. Precisamente en este nuevo enemigo encontramos una aventura con tonos más oscuros, incluyendo víctimas petrificadas que pudieran haber muerto, así como una situación que deja a la institución al borde del cierre. Desde el divertido prólogo en casa de los Dursley y la travesura con un coche volador por Londres con su amigo Ron Weasley (Rupert Grint) se nos avisa de acontecimientos extraños, que se irán revelando conforme la película vaya alejándose de este ambiente más ameno hacia la trama relativa a los petrificados.

Sin duda, en esta segunda entrega aumenta la presencia de seres mágicos que van creando y contextualizando el mundo mágico en el que se adentró Potter el año anterior. Comenzando por Dobby, el elfo doméstico, y terminando por el temible basilisco, incluyendo a las mandrágoras, a arañas parlantes y hasta a un coche mágico, un Ford Anglia, capaz de adentrarse en el Bosque Oscuro y convivir con los seres que allí habitan. En todos ellos hay una mezcla entre los viejos efectos especiales y la tecnología digital, aún algo evidente, pero que funciona para recrear la magia de los libros. Curiosamente, en el enfrentamiento con el basilisco se realizan planos y contraplanos que recuerdan a las antiguas películas de héroes contra criaturas mitológicas, imitando por ejemplo a Los nibelungos (Fritz Lang, 1924), donde el enfrentamiento entre Sigfrido y el dragón es bien similar al de Harry con la gran serpiente, cuestiones técnicas y color aparte. Precisamente en este tramo final se puede notar cómo Columbus prefirió cámaras de mano en esta película para permitirse mayor movimiento.


Pero también se incluyen otras ideas, como el racismo entre magos, heredado de los pensamientos del villano Lord Voldemort y sus antecesores magos oscuros, quienes, al igual que en el nazismo o al colonialismo europeo (que no fue el caso español) en América, consideraba que debía existir una raza pura de magos, los denominado sangre limpia, frente a los sangre sucia, magos de ascendencia muggle. O la esclavitud de seres mágicos, como es el caso de los elfos domésticos, que se ven obligados a deber lealtad a las familias mágicas a las que pertenecen y cuya libertad solo es posible con el préstamo de una prenda de vestir.

Ambas ideas, introducidas en esta aventura, se desarrollarán en el resto de la saga, aunque la segunda solo lo haga realmente en los libros, con el personaje de Hermione Granger (Emma Watson) como la máxima defensora de la libertad y los derechos de estas criaturas en el futuro. Estas tramas nos muestran ideas de carácter más adulto, que no estaban presentes en la primera entrega y que, aunque sea de manera incipiente, anuncian la evolución y la maduración de los personajes y de su historia.


El esquema argumental es similar en las primeras historias de la saga. Si en la anterior, el trío protagonista tenía la certeza de saber quién era el malvado, investigaron con éxito relativo, con resoluciones acertadas casi por azar, y al final su suposición era falsa, en esta ocasión suceden hechos similares.

Las investigaciones que llevan a cabo, incluyendo la interesante poción Multijugos o el uso de un diario mágico escrito hace cincuenta años, no ofrecen demasiado resultados, será precisamente la pista que Hermione deja a sus amigos la que lleve a la conclusión adecuada, la confianza depositada en un profesor como Gilderoy Lockhart (Kenneth Branagh), personaje que aglutina en esta segunda película la mayoría de bromas, sustituyendo, junto a Dobby y a un forzado Ron (por la actuación de Rupert en esta ocasión), la función que hacía Hagrid (Robbie Coltrane) en la primera, o el antagonista final, ayudado por un personaje inesperado, son elementos que, pese a estar cambiadas sus características, nos presentan una aventura similar a la anterior dentro de su esquema. No obstante, lo interesante de esta aventura, y su gracia, está en los cambios introducidos y en la resolución final, con monstruo incluido y con la presencia, de nuevo, de un Voldemort oculto (Christian Coulson), de regreso gracias a sus recuerdos.


Otra cuestión más trabajada en esta entrega, que será un hilo argumental continuo en toda la saga, es el conflicto interno de Harry entre sus ideales y su naturaleza. Si ya en la anterior película lo veíamos debatir con el Sombrero Seleccionador sobre la casa de Hogwarts a la que pertenecer, en esta nos encontramos dubitativo: ser capaz de hablar con serpientes y con capacidades más similares a las de Slytherin, se cuestiona si su destino debiera ser distinto.

Este problema de la identidad, frecuente además en la adolescencia, se acrecienta en una persona como Potter debido al cambio de vida producido al conocer la magia y, también, al ver cómo algunas de sus características son más parecidas a las de su archienemigo, Voldemort, que a las de un buen mago. Sin embargo, la película señala cómo somos nosotros, con nuestra determinación, los que escogemos qué queremos ser. La aparición de la espada de Gryffindor así como del fénix Fawkes en el momento oportuno desvelan cómo Harry, a pesar de compartir tanto con su enemigo, es otra persona distinta, con valores y actitudes diferentes, aunque ello no evite que vuelva a dudar de sí mismo en el futuro. No en vano estamos en una saga donde las falsas apariencias juegan un factor muy importante.


En este sentido, podemos concluir que estamos ante una película similar en su forma y su contenido a la primera, tanto por el trabajo de Columbus como por el argumento recogido de ambas adaptaciones, pero que incluye variantes que anuncian el tono más oscuro y adulto en el que se irá adentrando la saga. No obstante, para ello, no se olvidan del humor, de la acción y, sobre todo, de la magia, contando a su vez con un reparto de excelentes actores, cuya presencia disminuye por la falta de importancia de sus personajes en el argumento.

Tenemos los casos de Maggie Smith como Minerva McGonagall, Alan Rickman como Snape o Warwick Davis como Filius Flitwick. Por otra parte, y lamentablemente, tuvimos que despedirnos de Richard Harris como Albus Dumbledore al fallecer el actor antes del estreno de la que fue su última película, sería sustituido en la siguiente, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, por Michael Gambon. Debido también a la trama, se incorporan o tuvieron algo más de presencia actores como Miriam Margolyes, en el papel de la simpática profesora de Herbología, Pomona Sprout, Shirley Henderson como la carismática fantasma Myrtle la llorona, Jason Isaacs como Lucius Malfoy, el enemigo en la sombra de la película, Mark Williams y Julie Walters como el matrimonio Weasley, y la joven Bonnie Wright como Ginny Weasley, cuya presencia es menor, pero importante para el argumento.

En el centro, Miriam Margolyes junto a Chris Columbus sujetando una mandrágora
Chris Columbus consiguió crear las bases del mundo mágico de Harry Potter en estas dos primeras entregas y supo abrir el camino trabajando en la primera con la infancia y la ilusión por un mundo de grandes posibilidades y adentrando los tonos sombríos necesarios en la segunda, hacia la adolescencia tormentosa que experimentaríamos en el resto de la saga.

Como anécdota final, podemos señalar que se menciona a la cárcel de Azkaban en esta película, que tendrá mucha importancia en la siguiente y cuyo peligro real solo se entenderá con el siguiente argumento; también el hecho de que Lucius Malfoy, en la escena final con Harry, pretende emplear el hechizo Avada Kedavra, cuyo significado solo se descubre en la cuarta entrega, y que de no ser por Dobby, hubiera resultado fatal para nuestro protagonista. Son algunos guiños de elementos que, aunque aún no se han explicado, no por ello no existían en el mundo mágico.

Escrito por Luis J. del Castillo


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