Para el sábado noche (XCII): El puente de Cassandra, de George Pan Cosmatos, El enjambre, de Irwin Allen, y Meteoro, de Ronald Neame

02 abril, 2020

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La apoteosis del cine de catástrofes la procuraron títulos como El puente de Cassandra (The Cassandra Crossing, AVCO Embassy, 1976). Los argumentos eran cada vez más imaginativos y alambicados. En esta ocasión, incorporando ciertas dosis de intriga científica, acción y melodrama rosado (pero con gracia). Como solía ser habitual, en esta co-producción encarrilada por Lew Grade (1906-1998) y Carlo Ponti (1912-2007), también resulta atractiva la incorporación de un plantel de campanillas.

Tras los títulos de crédito, la cámara se posa de forma sintomática en la sede de la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra (Suiza). Irónico retruécano, pues de allí parte la amenaza que va a mantener en vilo a los protagonistas. En realidad, hasta este edifico llega un enfermo, que resulta no serlo, pues se trata de un truco con objeto de perpetrar un robo de material que se frustra. La ironía del caso no se detiene, porque este falso enfermo acaba convertido en un contagiado o paciente cero, por emplear la terminología al uso. Los delincuentes salen trasquilados, pero también impregnados de una sustancia muy nociva y altamente contaminante. El que logra salir del edificio, alcanza la estación de tren de Ginebra y se introduce en un vagón que hace el recorrido de Génova a Estocolmo (de Italia a Suecia). La internacionalización de la infección está servida.

A menos que se tomen medidas. A ello se aplica el coronel Steve MacKenzie (el siempre excelente Burt Lancaster), para lo que cuenta con la ayuda de la doctora Elena Stradner (Ingrid Thulin), que se ve envuelta en la emergencia sin comerlo ni beberlo.

El enfermo infecta a todo el que se cruza en su camino, pero por suerte está enclaustrado en el mencionado tren, que ya ha iniciado su recorrido. A partir de ahora, nadie podrá salir del mismo, bajo pena de que le peguen un certero tiro.


El peligro es una infección neumónica muy contagiosa. Ha sido cultivada en secreto, aunque en la ficción lo de menos es su procedencia, sino el peligro que entraña para los seres humanos. No existe un antídoto. Se trata de uno de los virus bacterianos más mortíferos, pues se propaga por las gotas de la transpiración, en lo que es una lotería cruel que depende de la inmunidad personal (los síntomas son los de un resfriado común). Aunque ya adelanto que, al igual que sucedía en la imperecedera La guerra de los mundos (War of the Worlds, 1898) de H. G. Wells (1866-1946), el virus acaba por mutar, desactivándose de forma natural (aquí debido al oxígeno enriquecido), con lo que nos libramos de una buena (en la ficción). No así los pasajeros del confiado tren, cuyo rumbo ha sido dispuesto en ruta a una población aislada en tierras de Polonia por el coronel MacKenzie, con el fin de apartarlo y tratarlo adecuadamente.

Esta es la versión oficial. El problema añadido reside en que, para llegar a dicho emplazamiento, el tren ha de atravesar el vetusto Puente de Cassandra, una línea férrea en desuso desde hace bastantes años. ¿Casualidad? En absoluto, hay muchas probabilidades de que el puente no aguante, con lo que se pueden matar dos pájaros de un tiro: a los enfermos de una dolencia que apenas entiende de compartimentos estancos, y a los testigos de un hecho que se pretende mantener oculto. Es decir, a todos los pasajeros del tren.


En los vagones viajan personas con las que trabaremos relación en la mejor tradición del cine catastrófico, de forma formularia pero práctica, con emotiva afectividad. Allí han concurrido Hermann Kaplan (Lee Strasberg), superviviente de un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y personaje tipo con el que las circunstancias se ceban; el reverendo Haley (O. J. Simpson), que esconde otra identidad, el revisor Max (Lionel Stander), la desfogada esposa de un empresario, Nicole Dressler (una sarcástica Ava Gardner), que viaja con su joven amante, el arisco alpinista Renato Navarro (Martin Sheen), la sofocante niña Katherina (Fausta Avelli) y su institutriz (Alida Valli), la escritora Jennifer Rispoli (Sophia Loren), que está a punto de perder el tren y luego la vida (al haber conseguido tomarlo), y su ex marido, un reconocido cirujano llamado Jonathan Chamberlain, que es interpretado por el estupendo Richard Harris (1930-2002; más estupendo aún con la voz al español de Rogelio Hernández [1930-2011]).

Es este el tren de la muerte por partida doble. Por la infección y por su programada inmolación, como más adelante se verá. Hay mil personas en el interior que están en cuarentena, aunque el tren prosigue hacia su destino de manera inexorable por media Europa, en la que es una de las mejores ideas de la película. Escrita, por cierto, por Tom Mankiewicz (1942-2010), Robert Katz (1933-2010) y el propio realizador de la misma, el por lo general superfluo George Pan Cosmatos (1941-2005). También es revelador el hecho de que ningún gobierno de los que son informados dé su consentimiento para que el convoy se detenga dentro de su espacio, para el debido aislamiento. Pese a todo, este logra ser sellado en la estación de Núremberg (Alemania), marchando luego al otro lado de los Cárpatos. Mal momento para que el mantenido Renato sostenga airado que ¡no soy una maleta que se factura hasta el destino!


¿Por qué gustaba el cine de catástrofes? Creo yo que porque sus relatos no perdían la puntada del hilo de la humanidad, de personas cotidianas en situaciones extraordinarias, y porque sus argumentos no dejaron de parecernos nunca verosímiles (terremotos, plagas, incendios, aterrizajes accidentados, incluso barcos que se daban la vuelta). Su década dorada fueron los años setenta, acompañados de una auténtica madurez en la música de cine (la que se componía para una película, no las coyunturales canciones o temas clásicos adaptados e integrados con más o menos acierto: la música clásica no es música de cine, es música independiente empleada de forma muy puntual, en tanto que las bandas sonoras sí que se pueden considerar las legítimas continuadoras de la música sinfónica en el siglo XX).

Reflejo de toda una época, en El puente de Cassandra también aflora un grupo de jóvenes con bongos (bien vestidos y aseados, como se solía ir entonces), que entonan uno de los temas compuestos para la ocasión (la Academia comenzó a ofrecer entonces la posibilidad del Oscar a la mejor canción original, a lo que se sumaron la mayoría de compositores). Son jóvenes desinhibidos pero comprometidos con la ayuda y la defensa, supervivientes natos, por completo alejados de los que únicamente parece que sirven para beber. Tampoco escasea ese sentido del humor y desparpajo al que antes me refería. Cada vez que me divorcio de ti siento una inspiración especial, declara Jennifer a su ex marido, en relación a su trabajo como escritora. El tête à tête que ambos mantienen en el compartimento de este último, es chispeante, en la mejor tradición hollywoodiense. Cuando se desata la tragedia, los dos personajes sabrán estar a la altura, inmunizados contra la fatalidad. Al término de esta, habrán llegado a la estación de lo que verdaderamente importa, en vías de un probable tercer matrimonio (¡me gustaría decir que se trata de un final feliz, pero eso solo el tiempo lo determina!).


Pese a todo, el sacrificio continúa después de que la enfermedad remita, con la peor bacteria jamás conocida: el ser humano al servicio del poder. De este modo, el relato se corona con la debida coacción a los médicos que están al cabo de la vía (aquí todavía no los matan, directa o indirectamente, como en la bucólica China, pero las oportunas advertencias penden de sus cabezas: se ha puesto en marcha el virus de la desinformación, la política del silencio). Desgraciadamente, ya no hace falta imaginar un mundo convertido en el tren de la película.

Un agente desconocido ha neutralizado toda una base de misiles intercontinentales, cerca del apacible pueblo de Marysville (Texas, EEUU). Es el punto de partida de El enjambre (Swarm, Warner Bros., 1978), del imaginativo productor y realizador Irwin Allen (1916-1991), en torno a una novela de Arthur Herzog (1927-2010), que supongo en la línea de Robin Cook (1940) o Peter Benchley (1940-2006). Herzog fue, así mismo, el autor del libro que dio pie a la estimable Orca, la ballena asesina (Orca, Michael Anderson, 1977).

¿Qué ha podido causar esta alarma? Un grupo de militares debidamente pertrechados penetra en las instalaciones. El complejo parece no albergar vida, pero el personal encargado del mismo permanece allí. Han fallecido todos por causas que son un enigma. El único que queda con vida es un civil, el entomólogo Bradford Crane (un hierático Michael Caine), y esto porque llegó momentos después del ataque.

A Crane le picó la curiosidad y se introdujo en el desguarnecido centro de comunicaciones para investigar, después de haber contemplado una espectacular nube de abejas sobrevolando el cielo. Allí es hallado por el mayor Baker (Bradford Dillmann, siempre enredado en papeles aviesos) y el quisquilloso general Slater (Richard Widmark). Es una sorpresa encontrarlo vivo, ya que el lugar está sembrado de operarios muertos. Se piensa en un ataque bacteriológico, pero la respuesta, como queda dicho, es más simple y, por ello, más aterradora. Un tipo especial de abeja, la llamada africana (aunque existe un debate sobre su procedencia), ha sido la causante de dicho ataque. Una violación de la seguridad no prevista, tan eficaz como inimaginable. Ataque, sí, pero de un enemigo inesperado que, como se comprobará con asombro antes de la definitiva identificación, tan solo alcanza la ridícula velocidad de siete millas por hora (unos once y pico kilómetros); una birria, pero de consecuencias letales.


Crane advierte de que, si no se controla este metódico y mayúsculo enjambre, las abejas asesinas se extenderán por todo el país (incluso en perjuicio de las que no lo son, y que son necesarias para el mantenimiento del ecosistema y el desarrollo de los cultivos sometidos a la polinización). Recordemos que las abejas ya son de por sí una evolución de las avispas. Irwin Allen ejecuta un buen plano circular durante la necesaria explicación del entomólogo a los militares.

Con el permiso del consejero del presidente, Crane establece su base de operaciones en Marysville, donde entabla contacto con la doctora Helena Anderson (Katherine Ross). El pueblo se prepara para celebrar su concurso floral anual. La intrahistoria de esta población se quintaesencia en los personajes del alcalde y farmacéutico Clarence Tuttle (Fred MacMurray), la maestra y directora de la escuela Maureen Schuster (Olivia de Havilland) y el mecánico Felix Austin (Ben Johnson). También en la camarera embarazada -y abandonada, para más señas- Rita (Patty Duke Astin), y el muchacho Paul Durant (Christian Juttner), subsiguiente víctima del ataque de las abejas, al haber perdido a sus padres.


Entre tanto, Crane se ha puesto en contacto con el inmunólogo Walter Krim (Henry Fonda) y los especialistas Hubbard (Richard Chamberlain) y Newman (Morgan Paull). Cada minuto que pasa es precioso, asegura Crane, consciente de que nos hallamos ante una carrera contra reloj. Hemos sido invadidos por un enemigo más sangriento que la propia raza humana, especifica.

Por su parte, el general pronto aprenderá que no se puede abordar toda contingencia desde el exclusivista punto de vista antropomorfo, es decir, que no todo gira en torno al ser humano en el universo. A elaborar una anti toxina capaz de combatir un veneno de efecto fulminante se afanan los médicos involucrados, pero en el ínterin, el pueblo padece otro ataque sin paliativos, desconocido en su historia.


Ahora la colonia de abejas se dirige disciplinadamente al interior del estado, con vistas a alcanzar la ciudad de Houston. La emergencia es tal, que hasta el doctor Krim llega a probar sobre sí mismo la vacuna que ha elaborado, en uno de los momentos álgidos de la película. Como lo es la retirada de uno de los cadáveres de la base de misiles, por parte del padre del operario en cuestión, Jud Hawkins (Slim Pickens). También resulta especialmente dramático el repunte crítico -las recaídas- que padecen algunos de los afectados con dos o tres picaduras (más producen la muerte), un empeoramiento cercano al fallo cardiovascular que provoca alucinaciones (Helena será uno de ellos). De igual modo, es tan hábil como inquietante la idea por la cual las abejas intuyen el antídoto y lo rehúyen.

En suma, algo para lo que el ser humano no está preparado. Sí para las rencillas entre las divergentes cadenas de mandar -más que de mando-. Se decreta el cierre de escuelas y oficinas públicas. La amenaza no hace distingos, casas, iglesias, hasta centrales nucleares se ven sometidas a esta disciplina. Mientras tanto, en contra de lo que marca el sentido común, las autoridades confirman que la tragedia de Marysville es un fenómeno localizado que seguramente no se repetirá.

Los actores veteranos sostienen la acción emotiva espléndidamente, y es un aliciente para poder disfrutar de esta y otras películas del género. El alivio amable lo proporcionan el mencionado dúo de enamorados de la directora de escuela. Pero hasta el humor tiene un precio. Como el azar de un parto es capaz de impedir una muerte (dos, en puridad, el de la madre y el hijo).


El enjambre contó con una versión más larga de la que fue estrenada en los cines y en video. La ha recogido el formato DVD, pero poco más aporta a lo ya conocido. Sí querría destacar las imágenes inéditas de Brad y Helena paseando de noche por las desiertas calles de Marysville. También de la versión extendida entresaco el divertido y apabullante comentario del mayor Baker, que al descubrir a Crane rezando por una pronta solución, se pregunta desconcertado si se puede confiar en un científico que le pide ayuda a Dios.

El remedio final está muy bien traído (no así la resolución llamativa y exagerada de caldear el ambiente de Houston). La revancha bacteriológica wellsiana a que ya hemos aludido se refiere, en este caso, a un experimento con el sonido.

Una emergencia hace que se requiera al doctor Paul Bradley (Sean Connery). Una vez ha sido interceptado su rumbo en una carrera de regatas, el ingeniero y astrónomo es dirigido al Lyndon B. Johnson Space Center de Houston. Allí se entrevista con su director, Harry Sherwood (el estupendo Karl Malden), que le pone al corriente de la situación que se avecina, en una inesperada reunión a dos. Un nuevo cometa, recientemente descubierto, se dirige hasta Orfeo, un meteorito del Cinturón de Asteroides (que se haya situado entre Marte y Júpiter). Esto, tras una introducción estimulante y explicativa, al estilo de las que se hacían en los años cincuenta, y que sigue a los iniciales títulos de crédito.

Antes del impacto y de que se desprenda un enorme fragmento del meteorito principal, en ruta hacia la Tierra con intenciones poco amistosas, Bradley ha de enfrentarse con los políticos obtusos (quizá sea este un pleonasmo). Menos mal que contamos con el Hércules, un satélite armado con cabezas nucleares que fue diseñado por Bradley para hacer frente, precisamente, a las amenazas procedentes del espacio, pero que, por uno de esos cambios climáticos políticos, ahora apunta hacia la Tierra. Al igual que su hermano gemelo ruso Pedro el Grande. Se trata entonces de ponerse de acuerdo para lanzar un ataque conjunto que impida al destructivo fragmento de Orión alcanzar nuestro planeta.


El gobierno, encabezado por el presidente de la nación (Henry Fonda), se pone a tomar medidas desde el minuto uno (les recuerdo que estamos en el ámbito de la ciencia ficción). Lo hace en pos de una eficacia que maneja datos y no consignas. De tal modo, se apela a lo más difícil de sobrellevar, tal y como está acostumbrada la mayoría de la gente a seguir las directrices ideológicas al servicio de papá Estado: la responsabilidad individual. Es decir, que cada uno hace lo que debe hacer. Momento crucial para demostrar quién se conduce con heroicidad o con estupidez congénita.

Así, el resuelto Bradley hace frente a las dificultades administrativas y pide la ayuda del astrofísico Alexei Dubov (un Brian Keith que borda su papel); personaje bon vivant y altamente competente. No obstante, el presidente oculta toda la verdad para evitar el alarmismo durante una rueda de prensa. El foco de atención de la película apunta al reducido grupo de personas que sí están enterados de que lo que sucede. En un clima no demasiado favorable para el entendimiento, como denota la reunión a cuatro voces, es decir, con dos intérpretes, uno ruso y otro norteamericano, dirigida por el cerrado y caricaturesco general Adlon (el bueno de Martin Landau).

Los prolegómenos de este nuevo desastre son, pese a todo, estimulantes: se puede avecinar una nueva era glacial, según Bradley. El centro de operaciones se establece en el subsuelo de Nueva York, en una base secreta junto a una estación del metro, pegada al río Hudson. Este control central nos recuerda a la guarida de Lex Luthor, aunque aquella se mostraba mucho más confortable y menos desangelada que esta.


Además de Dubov, Bradley mantiene una fluida comunicación con Yamashiro (Clyde Kusatsu), en Tokio, y sir Michael Hughes (Trevor Howard), director del Observatorio Jodrell en Inglaterra. Es él quien le avanza que uno de los fragmentos de la colisión –no el cuerpo central, que trata de desviarse con los misiles en órbita-, se va a precipitar sobre la Gran Manzana. Habrá otros daños colaterales, desde una vistosa lluvia de meteoritos hasta un pavoroso tsunami en Japón o una avalancha en los Alpes Suizos.

Meteoro (Meteor, American International – Warner Bros., 1979) expone sin ambages la buena coordinación entre científicos rusos y norteamericanos. A ello se aplica la intérprete y astrofísica Tatiana Donskaya (Natalie Wood). No son los efectos especiales de ahora, ni falta que hace, el producto, por modesto que sea, posee elementos que en el presente escasean, como la capacidad sincrética, la atemporal fascinación de un espectáculo no mareante, y el respeto hacia esos primeros peldaños sin los cuales no se sostendría el resto de la escalera. El sustrato humano está ahí, y la diversión, aún en temas tan rocosos, garantizada.

Un esfuerzo conjunto nos ha salvado del impacto de este meteoro. El realizador Ronald Neame (1911-2010) inserta buenos momentos de transición, como aquel en el que el científico Rolf Manheim (Bo Brundin) y Dubov juegan una partida de ajedrez, a la espera de los resultados que deparen el Hércules y Pedro el Grande. A su vez, Laurence Rosenthal (1926) contribuyó con una magnífica banda sonora (las dos previas correspondieron a Jerry Goldsmith [1929-2004]).


Las amenazas están ahí, el campo es ancho. De dónde vendrá la siguiente, vayamos usted y yo a saber. Lo que parece que no muta es el hecho de que el pueblo se enfrenta a la desinformación de las redes del Estado (eso cuando no distribuye material defectuoso). Aún recuerdo la cara de estupefacción de algunos colegas ante el cierre inminente de los centros educativos: luego caí en la cuenta, tan solo estaban informados por los medios de comunicación afines al poder, esos del esto no se podía prever. Un cuadro agravado por diecisiete decisiones autonómicas (a falta de un liderazgo común firme, en lugar de verborreico y lastimero), y la inconsciencia de una hornada de jóvenes que desde hace generaciones no saben estar a la altura de lo que significa ser adolescente. Tampoco falta algún idiota que en su vida ha montado una empresa y reivindica los sistemas de una dictadura infecta, afeando la conducta a quiénes, de forma voluntaria, abastecen con sus recursos y capital. Tales críticas, de gente que en lugar de regir nuestros destinos –la fiebre del poder- debería estar diagnosticada, fomentan un escenario de confrontación encaminado a sacar rédito político, enfrentando a la población. Por no hablar de los chalados del castigo divino al capitalismo. Frente a todos estos, nuestra enhorabuena a los médicos, personal sanitario, agentes del orden y empleados de servicios básicos de todo tipo. También a la iniciativa privada en su conjunto, esa que mantiene la llama de los suministros y hace que, incluso quienes la denuestan, se beneficien de sus atenciones.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

31 marzo, 2020

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Hemos dado la bienvenida a la primavera en un periodo crítico para todos. El coronavirus nos ha obligado a permanecer en casa, pero no desesperemos. Aprovechemos la oportunidad para leer, seguir viendo cine y también para recordar, estar en familia e intentar sacar lo mejor de la adversidad. En nuestro pequeño portal seguimos reseñando cultura y esperamos que nos sigáis acompañando. A lo largo de marzo, hemos sumado en torno a 10000 visitas y seguís formando nuestra comunidad 194 los que nos seguís desde Blogger, 650 en Twitter y 182 en Facebook.

También hemos tenido espacio para Fangoria
Nuestras reseñas de cine han visitado en marzo obras de reciente estreno como Onward o Joker, pero también películas de directores clásicos, como Alfred Hitchcock, con Crimen perfecto, o Peter Collinson, con Un trabajo en Italia y Diez negritos. Aunque también hemos tenido espacio para Benito Pérez Galdós en el año del centenario de su fallecimiento, a quien seguiremos dedicando entradas; en esta ocasión, con Cuentos fantásticos.

Seguiremos combatiendo desde el confinamiento. Y lo haremos con más cultura: libros, películas, música... Este es vuestro espacio también.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Jaime Altozano nos descubre una curiosidad sobre la música de Mozart en este vídeo.



"El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla."
                  - Robert Browning (1812-1889)



Música Inolvidable (XLI): Fangoria

25 marzo, 2020

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Hablando el otro día con el señor Spock, me comentaba que, de entre toda la música terrestre gestada en las postrimerías del siglo XX y los albores del XXI, una de las que más le agradaba era la del conjunto denominado Fangoria, que además le proporcionaba una fascinante información sobre la conducta de los seres humanos en dicho periodo. También me dijo que los humanos no tienen arreglo por una serie de motivos, pero lo más destacado fue lo primero. Como robot, poco más tengo que añadir, aunque trataré de establecer algunos criterios acerca de esta sabia afirmación por parte del oficial científico del Enterprise.


Cuatro caras de una misma moneda, eso conforman el dúo integrado por Olvido Gara, Alaska (1963) y Nacho Canut (1957). Y sin embargo, se quieren. La razón de esta cuádruple alianza es que ambos son Géminis, y eso predispone mucho. El signo no es nostálgico, mira hacia delante. No es que lo vivido carezca de interés, es que el futuro siempre está llamando a la puerta. Lo que explica una evolución en el sonido, característica orgánica -más que paradójica- que proviene de la frivolidad, en el mejor sentido, del pop, la estación musical más permeable del año.

Ahora procedo, si me lo permiten, con unas anotaciones astrológicas, con objeto de ahondar en lo expuesto. En su carta natal, Alaska emerge como una persona eficiente y emocional, aunque esto último, más de puertas para dentro. Cierto es que las ideas cambian, pero las consecuencias permanecen. Y en efecto, mucho ha evolucionado Alaska desde aquellos iniciáticos alaridos en el concierto homenaje a Canito (1959-1980). Mogollón de auto superaciones advertimos en su andadura. Lo que revierte en una sed de nuevas experiencias e imparable movilidad, que nunca se ha confundido con la globalizada agitación. Su luna en Piscis le confiere capacidad para absorber atmósferas, sin quedarse estancada en ninguna de ellas (me refiero a las que se concretan, que no todas lo hacen). Un poderoso Marte en Virgo, en oposición a la luna, tensa la doble faceta geminiana. De seducción venusina y razonamiento objetivo, con vistas a crecer de una forma equilibrada, resulta curioso constatar el porqué de tan buena relación de pareja: los dos tienen a Mercurio en Tauro y a Venus en el signo solar. Luna en Virgo en el caso de Nacho, aunque, atención, su Marte fluctúa en Cáncer (es decir, conviene espolearlo de cuando en cuando). También poseen ambos a Neptuno en Escorpio, con lo que los sueños y fantasías tan solo son compartidos con personas muy especiales y cercanas (incluida la idealización de las relaciones íntimas). Con todo ello, ¡sin duda parece que estaban destinados a encontrarse!


No es extraño entonces que en Fangoria resulten curiosos, inteligentes y flexibles a ratos... En el caso de Nacho Canut, los planetas predispuestos en el hemisferio izquierdo corroboran el espacio individual. Una doble lectura aderezada por el perfeccionismo de un Virgo jupiterino y marciano, de lógica obstinadamente inquebrantable, pero donde encaja cierta reivindicación de la superficialidad para buenos entendedores. Cambiando de un juego a otro, afín a las fantasías fetichistas, ambos detestan el encierro, sobre todo de pensamiento. Basta con acudir a las letras de sus canciones para atestiguarlo.

Tras la fecha estelar de 1989 y la consecutiva disolución de las formaciones previas Kaka de Luxe (1977-1983), Alaska y los Pegamoides (1979-1983), y Alaska y Dinarama (1983-1989), llegó el momento de reconvertirse. Vivir de volubles rentas o mantenerse en alguna parte. Por descontado, optaron por lo segundo, pese a unos programables reinicios de ambiente underground (léase comenzar desde cero y auto editarse), que marcaron la futura asociación.

Se pueden tener armónicas certezas con Fangoria. Como que una cosa es saber y otra opinar. O que el día menos pensado, el pasado puede resucitar… y pedirte explicaciones las “Walpurgis” (las acólitas de Paul Naschy [1934-2009]). Las estrellas me hipnotizan sin querer, así que, no confundas al amante con ningún dios al que rezar, y viva lo superficial, sin perder los papeles otra vez ni caer en las relaciones glaciares. Así, hasta desembocar en un de qué me culpas que se erige en patrimonio de los distintos e insobornables, anticuerpo del yugo de lo política y mediáticamente correcto. Y de los “avances” que acaban controlándote a ti. Un llamamiento para que vivas tu vida, independientemente de lo que opinan los demás, precaviéndote de ese cualquiera que habla de cualquier cosa. Con el acierto añadido de volver a incorporar, pasado el tiempo, los refulgentes temas de antaño. De tal guisa, Fangoria se viste de fiesta, y nosotros lo celebramos (los robots también lo hacen). Es la mejor manera de encajar las vivencias en común; las ufanas y las pesarosas. Abanderándose únicamente en la causa de la música. Esa que pasa la prueba de fuego (el no poder estar con el iPad a la vez) y que no pasa de la melodía.


Computo que también a los integrantes del futurismo de inicios del siglo XX les habría gustado la música de Fangoria. Bien podía haberse convertido en la música de sus trabajos y días; de todo este movimiento artístico. Consignemos, así mismo, que el nombre de Fangoria proviene del título de una publicación norteamericana especializada en cine de terror, que también tuvo su edición en español. En las letras e imágenes del conjunto proliferan los trífidos de la ciencia ficción, lo retro y el cómic. Lo que los equipara, salvando las debidas distancias, con otros proyectos estimulantes y gráficos como El aviador Dro y sus obreros especializados (1979-actualidad), la efímera pero perdurable La Mode (1982-1986), o más recientemente, La casa azul (1997-actualidad).

Pese a que forman parte del paisanaje colectivo, lo público y lo anónimo se ven la cara en los componentes de Fangoria, tan abocados al currelo como recelosos de toda imposición social. Ello conlleva el saber adaptarse al mundo en general, y al particular, que no siempre coinciden. Vidas paralelas. Nada de sujeciones. Salvo el mutuo apoyo. Hasta resulta fácil teletransportarse del bullicio grupal y la jarana colorista a la intimidad de nuestro rincón favorito. Ningún ambiente está excluido. Fangoria te invita a una pista de baile o a una reunión privada (y aquí caben muchas posibilidades). A mí me devuelven (muchas gracias) la presencia que la música tuvo en la tele en la década de los ochenta. Tradición cultural pop, de cuando dicha música era capaz de aunar y perdurar, de transformarse en una energía mutable y omnipresente, como la especia melange.

Gracejo, desparpajo y majestuosidad capaces de hacer vibrar a todo el personal de a bordo, cual Spartacus con micrófono que hace que las cosas siempre fluyan con orden y concierto. Y aquí entran en escena los espectáculos con bailarines, entre los que se incluyen los impagables chiquillos del video Antes o después, canción incluida en la edición especial de Cuatricromía, rebautizada como Policromía (2013), y que es uno de los videos que incluyo al término de este artículo. Mixtura e independencia, pero con unidad (todo esto es muy de Géminis), prestos al ejercicio del cambio sin perjuicio de la coherente argamasa. Más que algo en concreto, Fangoria son muchas cosas. Convivientes en la naturaleza agreste de la ciudad (algo menos en la de pájaros y flores). Con Fangoria puedes ser tú mismo: prodigarte, desparramarte, disolverte, recomponerte, sopesarte, replegarte, integrarte, desintegrarte, sintetizarte; pero de entre todos estos parámetros computables, el señor Spock me confesaba que el más inesperado fue la irrefrenable propensión al baile que le suscitaban estas melodías, con la fastidiosa tarea de tener que refrenar su parte humana.


Debo confesar y confieso (los robots también lo hacemos) que mi puerta de acceso a Fangoria es también dual. Por un lado, a nivel atmosférico, como banda sonora en el desenvolvimiento discotequero de determinados ambientes (no se extrañen, a los robots también nos pasa); y a un nivel personal y casero, de ampliación de mi fonoteca, lo que fue propiciado por el descubrimiento de la genial portada, de estudio Gatti, diseñada para el álbum Canciones para robots románticos (WEA, 2016). Ahí se produjo mi definitiva llamada de atención sobre la pareja. Algo que iba más allá del ambiente antes citado. Como accionado por un mecanismo, tuve la imperiosa necesidad de ejecutar el comando de ir recuperando todos sus trabajos, contento de poder engrasar mi nutrida colección.

En sus últimos proyectos, Fangoria casi ha traspasado la frontera final con el concurso de las juguetonas melodías de Guille Milkyway (1974), integrante de La casa azul. Hasta alcanzar la órbita de las versiones últimas de Los Planetas (1993-presente), KU Minerva (1977), OBK (1991-actualidad) o Marta Sánchez (1966).

Nadie les puede negar una personalidad propia. Tan poliédrica que incluye la mitificación del mundo londinense de los años setenta, el punk, el tecno, el urban, el high energy (a calificar todo el posterior entramado de estilos renuncio, porque incluso yo me pierdo). Una relación de apego-desapego con todos estos parámetros, que desembocan en uno de los dúos más dinámicos -menos estancados- de la música española.

Lejos parece quedar una infancia poco estimulante, sobre todo en el caso de Nacho. Ninguna añoranza de la adolescencia les atenaza, pese a la inevitable intensidad de dicho periodo. A Nacho le gusta ver el siglo XX desde el XXI. A Alaska no le importaría regresar, de vez en cuando.


Puede parecer sorprendente que el señor Spock sienta interés por todas estas latosas tribulaciones de los seres humanos (él sigue encontrando más entretenidos a los tribbles), pero creo que las razones que he expuesto lo aclaran todo. También me dijo, a modo de despedida, que en tiempos de padecimientos más nos vale confiar en lo bueno, y que de paso programara en su cabina un especial de canciones de Fangoria, las que yo eligiera al azar…

Y poco más, quién sabe si algún día, un lector del siglo XXI dará con este artículo venido de su futuro.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Antes o después (2013)

Interior de una nave espacial abandonada (2004)

 De qué me culpas (2019)


Joker, de Todd Philips

23 marzo, 2020

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No es ninguna novedad que el mundo de los cómics ha tenido en las últimas décadas su cénit en adaptaciones cinematográficas, sobre todo cuando nos referimos a los superhéroes. Advertimos que ha sido su cénit porque han alcanzado, sin duda, un nivel técnico asombroso y se han convertido en uno de los principales atractivos de la taquilla en los últimos años, sin ningún tipo de sonrojos, sin ningún tipo de limitación en cuanto al público objetivo y recuperando el espíritu de producción que estuvo detrás de la original Superman (Richard Donner, 1978), es decir, el de hacer una buena película que cuente bien una historia, aunque ahora con mejores medios técnicos, que no necesariamente humanos. Sin duda, ha surgido toda una nueva oleada de superhéroes que ha ido evolucionando desde principios de este siglo hasta la actualidad, en que podemos advertir que es el Universo Cinematográfico de Marvel el que más éxito ha obtenido entre el público, gracias a su combinación entre aventuras, épica, emotividad y humor.

Ahora bien, aunque podamos considerar que los superhéroes se han convertido en un subgénero por sí mismo, lo cierto es que en realidad estamos ante un tipo de personajes que nos permiten contar historias de muy diverso tipo, es decir, que se anclan a distintos subgéneros, aunque el más habitual sea el de aventuras y acción. No obstante, basta solo revisar la vastedad de cómics publicados con estos personajes para darse cuenta de la versatilidad que tienen para recibir historias de todo tipo, sobre todo cuando tenemos en cuenta que muchos de estos héroes son seres humanos que tienen que afrontar nuestros mismos problemas. Por ello, no nos debe extrañar que se haya dado esta salto a nivel cinematográfico. Incluso podemos considerar que, de facto, ya se había realizado antes, dado que si revisamos la considerable cantidad de adaptaciones que se han realizado sobre superhéroes, no todas caben dentro de una misma categoría. Por poner un simple ejemplo, Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014) es una paródica aventura cercana al space opera frente al carácter más belicista y pseudohistórico de Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017), al melancólico retrato del héroe que encontramos en Superman returns (Bryan Singer, 2006) o al thriller al que se acerca El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), aunque todas puedan entrar dentro de esa categoría tan amplia que es aventuras o superhéroes. Dicho todo esto, vamos a centrarnos ahora en una obra que se ha aprovechado de estas circunstancias, es decir, el éxito de los superhéroes y la versatilidad de estas historias, para proponer una dirección algo distante al espíritu habitual: Joker (Todd Philips, 2019).

Podríamos debatir si la historia que encontramos en Joker entraría dentro de las historias de superhéroes, pero lo cierto es que han cogido a un personaje de los cómics de Batman y le han otorgado su propia historia, aunque se trate de un villano. Ya ha pasado también con Venom (Ruben Fleischer, 2018) y más recientemente con Harley Quinn en Aves de presa (Cathy Yan, 2020), marcando las distancias necesarias entre las tres obras. Es decir, adaptan a un personaje propio de los cómics y le otorgan una historia que explora la cuestión psicológica, con las enfermedades mentales, y la decadencia, el descenso a la locura, de su protagonista, como pudiéramos encontrar, de nuevo marcando las distancias necesarias, en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), El club de la lucha (David Fincher, 1999), Alguien voló sobre el nido del cuco (Miloš Forman, 1975) o incluso El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), en este último caso con ayuda paranormal.


No obstante, antes de adentrarnos a analizar la película, debemos comentar que uno de los principales problemas previos de esta obra ha sido el enfoque con el que el director y parte de sus trabajadores han tratado la cuestión de los superhéroes, menospreciando al resto de producciones en tanto que consideraban que ellos estaban planteando una película seria. Una postura equívoca que vuelve a poner sobre la mesa el manido debate del valor de los géneros cinematográficos y de la consideración de arte dentro del mundo del cine. Y que, por supuesto, ha causado un efecto tan perjudicial como, supongo, que esperado: la reacción airada de los aficionados a los superhéroes, el vilipendio crítico a la obra y el apoyo de otros sectores, incluyendo a la crítica experta, que han encontrado en Joker una película solvente, por encima de las últimas producciones que adaptaban a personajes de DC y con una propuesta más académica y casi tópica. Recordamos que se encuentra más pareja al tipo de película que hemos comentado al final de párrafo anterior. A pesar de ello, debemos obviar los comentarios ajenos, especialmente los que proceden de sus creadores en este caso, para tratar de valorarla independientemente de esa campaña de marketing o de esos comentarios que rodean a la película, pero que no forman parte intrínseca de la misma.

Joker nos presenta la historia de la gran némesis de Batman mucho antes de que existan ambos personajes como los conocemos habitualmente. Se trata de la génesis del villano tratada de una forma más realista, lejos de ácidos extraños como la versión de Jack Nicholson en Batman (Tim Burton, 1989). Darle un origen nuevo no es algo extraño, muchos personajes de estas sagas superheroicas han cambiado sus inicios en múltiples ocasiones. Como ya hemos visto, el propio Joker ha tenido varias versiones y orígenes en el cine, por lo que esta se suma como una más.


Nos plantea la historia de Arthur Fleck, un tipo que tiene una enfermedad mental indeterminada (podría ser esquizofrenia, aunque no se especifica en concreto) que le obliga a reír en cualquier situación y esporádicamente, con una vida gris y triste marcada por el fracaso, el abuso de otras personas, incluso por pandillas de escolares, la desgracia, el rechazo y la incomprensión de la sociedad. Pero, a su vez, vive en una sociedad muy gris, marcada por la corrupción, la insolidaridad, la criminalidad y, finalmente, la violencia, una violencia que va in crescendo a lo largo de la película por sus sucesos. Sin olvidar el abuso de poder de las clases más altas. Sin duda, la obra nos plantea un panorama cruento y complicado para los habitantes de la ciudad, que parecen reivindicar soluciones, pero recurriendo principalmente al enfrentamiento de masas, a la lucha armada, a la barricada. Nada en esta película deja lugar a la esperanza: todo es desconfianza, los payasos, símbolos frecuentes de la alegría, se ven reducidos a ser un retrato cruel del sistema laboral capitalista, siendo además bufones grotescos psicológicamente hablando. Incluso la asistencia psicológica que recibe Arthur está vacía, hay desinterés absoluto en esa relación que llega a ser incoherente en su desarrollo. Sin duda, la presión del entorno social y la creciente tensión de la ciudad sobre un protagonista inestable, con ansia de popularidad, pero que se siente ridiculizado y menospreciado, acompañado por una estrella maldita que no llega a comprender, es el detonante justo para que descienda a la locura.

No obstante, habrá una serie de desencadenantes que provocarán que toda esta vorágine se despliegue hasta desquiciar a Arthur. Podríamos dividirlo en tres apartados: el conflicto con su madre (Frances Conroy), el encuentro en el metro y su relación con una vecina. En primer lugar, Arthur tiene a su cargo a su madre con un delicado estado de salud y una obsesión insana por Thomas Wayne (Brett Cullen), un multimillonario que se presenta a las elecciones a alcalde de la ciudad para el que trabajó hace años y a quien solicita ayuda a través de múltiples cartas. En segundo lugar, el encuentro en el metro, punto inicial de uno de los principales conflictos de todo el nudo que dará lugar al efecto social, es la primera reacción de Arthur, el primer paso para conformarse como Joker. Curiosamente, todo surge con la posibilidad de haber sido heroico, pero culmina en una actitud sanguinaria y fría. En tercer lugar, hay tan solo esperanza en la relación que mantiene con una vecina desde su encuentro casual en el ascensor. Son las tres tramas que se entrecruzan en toda la película para ser resueltas en un desenlace estelar.


En un proceso lento, dado el ritmo que se le otorga a esta obra, Arthur irá desengranando todos los elementos que conforman su vida y, sobre todo, sus misterios, para intentar hallar una verdad que, cual Edipo, le destrozará y reafirmará en su decisión final. A fin de cuentas, las tres principales tramas son una búsqueda de identidad, una identidad que será revelada en ese tercio final que le otorga a la película el derecho a denominarse Joker. Precisamente, nos podría recordar a Tarantino, sobre todo a la reciente Érase una vez en... Hollywood (2019), todo sucedía con normalidad hasta el estallido final, de extremada violencia, como acaso en Joker todo evoluciona hasta el caos y la sangría del último tercio, con el culmen de la trama de la madre y la escena con los compañeros de trabajo como punto de partida para mostrar el descenso definitivo a los infiernos del protagonista. Un descenso que, por cierto, se subraya con la ya célebre y parodiada secuencia del baile en la escalera. Debemos reconocer que no se trata de una película sutil, todo lo contrario.

Podemos debatir, por otra parte, por cuál es el mensaje que pretende transmitir la obra. Si acaso nos alienta a la violencia y está convirtiendo al Joker en un antihéroe que se erige en modelo social, como podríamos apreciar en las últimas escenas, cuando por fin ve cumplidas sus ansias de protagonismo. No obstante, si leemos bien la imagen que nos transmite la obra, observaremos cómo la imagen del personaje está distorsionada: se convierte en un modelo a seguir por la misma sociedad que lo rechazaba, pero no porque lo pretendiera. Todo es fruto de una casualidad y son los ciudadanos quienes, interpretando la situación, lo erigen como un símbolo. Al final, es él quien decide encarnar ese símbolo, siguiendo el camino contrario al que recorrerá Bruce Wayne para convertirse en Batman. Debemos tener en cuenta que incluso la primera vez que vemos cómo Arthur responde con violencia, lo hará de manera sanguinaria y se sentirá satisfecho finalmente por ello; pero en ningún momento ha sido un acto reivindicativo ni heroico. Ese halo que se le otorga de revolucionario será posterior e impuesto por la prensa y los movimientos sociales.


En realidad, la película nos muestra cómo una sociedad ya marcada por la decadencia tan solo necesita una mecha para prender si no se solucionan realmente los problemas que la afectan. Ahora bien, no es una situación que provoque intencionada y directamente Arthur ni que se recomiende abiertamente por parte de la obra. Es más, la propia psicóloga que lo atiende lo anima a moverse para mantener el sistema que se está resquebrajando, pero lo hace siendo una persona que no cumple realmente con su labor, en un ejercicio de hipocresía que tiñe también al resto de personajes. Como el protagonista le espeta, ella realmente no le escucha, aunque, como se adivina, lo necesita para mantener su trabajo. Sin duda, los personajes que rodean a Arthur están deshumanizados. Incluso la presencia de un niño Bruce Wayne (Dante Pereira-Olson) es hierática por completo, otorgándonos la sensación de que en esta sociedad de Gotham solo existen los impasibles, los hipócritas, los violentos y los egoístas. Por lo que nuestro protagonista se convierte en la mezcla de todas esas características. Un ser despiadado, que logra serenar su espíritu turbulento para dar un espectáculo grotesco y un mensaje que nunca estuvo en su mente, pero del que se aprovecha.

Como si fuera una profecía autocumplida, Arthur se convierte en el Joker porque no había más remedio que ser lo que se esperaba que fuera. Y eso es un fracaso no meramente personal, sino que también lo es social, como aquellos reos de muerte a los que rendían homenaje los escritores románticos, como Espronceda (1808-1842). Aunque ello no puede restar valor al carácter y la decisión individuales: él es quien decide disparar llegado el momento. Y nunca podría ser considerado un modelo a seguir salvo en una sociedad ya enloquecida. Una sociedad de la que acaba por aprovecharse Arthur devolviendo todo el dolor que siente que le han causado: su pasado oculto, su falta de figura paternal o la burla mediática de su idolatrado Murray Franklin (Robert De Niro).


Joker logra ser un retrato a fuego lento, que llega a ser íntimo y grandilocuente a partes iguales. Aunque puede ser confusa en el punto de su mensaje, nos deja una versión válida del personaje de los cómics interpretado con gran solvencia por Joaquin Phoenix, que es lo que sostiene toda la obra. Él es el protagonista absoluto, dado que todas las tramas pendulan en torno a su personaje, y lo hace con gran entereza, siendo sin duda el mayor atractivo de la película. No obstante, no deja de ser una obra más sencilla y tópica de lo que aparenta o pretende ser, dado que recurre a símbolos evidentes y fáciles, a técnicas algo manidas, como la revisión en flashbacks a escenas anteriores, a sobreexplicaciones o algunas lagunas en el guion. Aunque no podemos negar que ha sido una propuesta diferente y más personal en el panorama de los superhéroes.

Escrito por Luis J. del Castillo



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