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Para el sábado noche (XC): Culpable sin rostro, de Michael Anderson

02 febrero, 2020

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Los géneros literarios o cinematográficos son porosos, permeables. Así, nos encontramos con películas que se adscriben al western pero que participan de elementos estéticos y narrativos del cine negro (Cielo amarillo, William A. Wellman, 1948, pongamos por caso), comedias que son musicales, ciencia ficción policíaca, relatos épicos sazonados por el terror, películas de acción con un acusado suspense, o como en el caso que nos ocupa, un drama judicial de época colonial con ingredientes que rozan lo fantasmagórico y dan en la diana de lo psicológico. Ello sin tener necesariamente que caer en los extremos de mixtura textual a que nos vemos sometidos en la actualidad, porque ya está todo contado y hay, no ya que epatar, sino mantener la atención del espectador en la era de los móviles.

Ante el entusiasmo que muestra el futuro alférez Drake (Michael York), que espera que su periodo de instrucción de tres meses en un regimiento -del que oportunamente no se nos facilitan más señas-, sea lo más fructífero posible -y lo será-, replica su acompañante Millington (James Faulkner) que tenemos una visión distinta de nuestra permanencia aquí. En efecto, el primero desea emprender una provechosa carrera en el ejército, en tanto que el segundo no se siente en absoluto motivado e, incluso antes de llegar, está deseando buscar una excusa para escapar del acuartelamiento. Ambos personajes arriban por tren al emplazamiento de este regimiento, situado en la India. Como es costumbre inglesa, allí los oficiales viven apartados en sus zonas de labor y recreo, sin apenas mezclarse; de igual modo que los reclutas no pueden dirigirse a un oficial de más alto rango si este no se ha dirigido antes a ellos.

Es exactamente como imaginaba que sería, proclama Drake cuando acceden a las dependencias. Este lugar me ha obsesionado desde niño, responde Millington, más para sí.

Antes de seguir, Culpable sin rostro (Conduct Unbecoming, Somerville House Releasing/Lion Syndicate, 1975), está basada en una pieza teatral de Barry England (1932-2009), adaptada por Robert Enders (1919-2007). Como iremos viendo, la obra pulsa varios resortes: la supremacía cultural, la tradición -no deben confundirse-, le leyenda que echa por tierra la realidad, el honor personal y el valor de la pertenencia grupal, la sumisión a la colectividad, sea del orden que sea… El título original podemos traducirlo literalmente como conducta impropia.


En la narración subyace el respeto a una institución venerable, de innegable fascinación, y necesaria, como es el ejército. Lo que no ha de entremezclarse con las culpas de unos sujetos que son militares. No es lo mismo, y conviene distinguir el “matiz” para no caer en el maniqueísmo ideológico que, aún hoy, se observa por parte de algunos analistas a la hora de abordar asuntos como nuestra Guerra Civil (1936-1939) o, más recientemente, la inculpación de todo un estamento en torno a la desaparición de Santiago Corella, el Nani (1954-1983) o el caso Almería (1981).

Frente al conflictivo Edward Millington, renegado de sus obligaciones con la milicia, el buen recluta es Arthur Drake. Que habrá de madurar -y lo hará- pero que resulta puro. En el sentido de que tiene las convicciones claras. Además del periodo de instrucción, sobre el que la obra teatral y cinematográfica pasa de soslayo con buen criterio, al ser la parte más previsible y manida, Drake habrá de hacer frente a una situación imprevista y poco grata, como la de tener que actuar de “abogado” defensor de Millington. Ambos progenitores habían servido en ese mismo regimiento en el que ahora han recalado los hijos. Forman parte del orgullo de la milicia, de los pilares de la nación, del Imperio. Por el contrario, Millington es respondón, cínico e impertinente. Un carácter nada propicio –en principio- para someterse a la disciplina militar, aunque idóneo para convertirse en el chivo expiatorio del conflicto que se va a desarrollar. Sin embargo, como reza el sugestivo título en español, al culpable aún se le ha de poner rostro.

Haciendo elipsis de esos aspectos más predecibles de la vida en el cuartel, la trama puede centrarse en lo que interesa contar. Algo que parece que pudo ocurrir de verdad, como nos hace pensar esa penúltima fotografía que antecede los títulos de crédito finales.


Retomemos la cuestión. El día de la llegada de Millington y Drake es el de la celebración del Aniversario de la Batalla de Rajchapur (nombre ficticio, pero que sitúa la acción en 1878). La ceremonia otorga de forma simbólica al desaparecido capitán John Scarlett, muerto en acción de guerra, la Cruz Victoria. Un deber o costumbre que parece haberse anquilosado, fosilizado, desde hace tres años. La viuda de Scarlett, Marjorie (Susannah York) está presente durante el acto. 

Mientras este tiene lugar, Drake y Millington son recibidos por el sirviente y ayuda de cámara indio Pradah Singh (Rafiq Anwar), y convenientemente aleccionados por el teniente Fothergill (Michael Culver). Hasta el abuelo y el padre de Pradah Singh sirvieron con orgullo en este regimiento. Por su parte, Fothergill les previene acerca de la señora Scarlett, ya que, como se suele decir, aún está de muy buen ver, y parece que ya ha habido anteriores problemas de flirteo por parte de algunos soldados. Ella forma parte de nuestras vidas aquí, concreta el teniente. Pese a todo, cierta fama de locuaz o “pervertidora” precede a la señora Scarlett, como comenta, medio en broma medio en serio, el mayor Alistair Wimbourne (Christopher Plummer).

El coronel Strang (el excelente Trevor Howard) es el responsable de cuanto concierne al regimiento. Su hijo Toby iba a seguir mi carrera, la tradición. Pero murió en la misma incursión que el capitán Scarlett. Para el coronel, la antedicha ceremonia es algo que uno cree deberle al pasado; es decir, cree en el honor y el respeto a los fallecidos. El personaje tiene la sensatez que proporcionan los años, e insta a asimilar la historia y tradición del regimiento.


Es evidente que el alférez Millington y la señora Scarlett se atraen mutuamente, aunque la simpar viuda rechaza con claridad las pretensiones y arrebatados envites del joven (puede que no así las de otros). Pero Millington está dispuesto a hacer (casi) cualquier cosa para ser expulsado de la institución.

Las fallas de la milicia británica son, en general, las de todos los seres humanos. El ejército funciona como un espejo más reglamentado. Algo que hasta el coronel habrá de comprender de forma traumática. No quiere silenciar el “incidente”, sino someterlo a Consejo de Guerra, pero el mayor Alistair lo convence para que el asunto se resuelva de forma interna, no públicamente. Esto dañaría la imagen del regimiento. Se convoca entonces un “tribunal de honor”, cuyo presidente será el capitán Harper (un estupendo Stacey Keach). Junto a él estarán los oficiales que actúan como defensor (Drake) y acusador (Fothergill), más otros oficiales en función de jurado. El alférez Drake es seleccionado por Millington para su defensa sin mordacidad, porque es un hombre de honor. Pronto, el capitán Harper se apresura a matizar esta certera opinión. Ante la afirmación de Drake de que el honor del regimiento exige que Millington sea justamente defendido, Harper observa que ello ha de ser sin menoscabar el honor y justicia debidas al regimiento. He aquí dos posturas éticas -y legales- que se pueden contraponer.

Pero lo que pretende resolverse en un pis-pas se complica. Tiene usted que actuar con la libertad que yo le conceda, como presidente de este tribunal, insiste el capitán Harper ante un Drake “herido” durante el proceso. Además, a Millington no le salen las cosas como había previsto. El regimiento no va a permitir que se vaya de rositas. Permanecerá en la institución encargado de distintos trabajos de ingrata naturaleza.


¿Y qué es lo que ha sucedido? Transcurrido algún tiempo de la llegada de los dos reclutas ha habido un baile, y cuando este estaba por concluir, a altas horas de la noche, la señora Scarlett resulta agredida físicamente por un desconocido. Es inmediatamente atendida por el doctor del regimiento (James Donald), y se pone en marcha el proceso antedicho. El alférez Millington es acusado de forma directa por la señora Scarlett; algo que al acusado no parece molestarle en exceso (ya hemos explicado que desea escapar de allí). La actuación del atacante ha seguido el cruel procedimiento de un juego entre oficiales, el de Pinchar al cerdo, una figura de trapo, tal y como recuerda en su intervención ante el tribunal el comandante Lionel Roach (Richard Attenborough). No parece haber culpable, la identidad del mismo se empeña en escurrírsele al tribunal de las manos.

Ahora bien, o la víctima miente o está encubriendo a alguien, pero no es exactamente ninguna de las dos cosas, en lo que es un giro argumental muy bien dispuesto en la obra. Algo con lo que la trama sabe jugar de manera hábil.

La criada de la señora Scarlett (Jamila Massey) comunica a Drake que debe ponerse en contacto con la señora Bandanai (Persis Khambatta), viuda de Yemaday Bandanai, otro héroe del regimiento que, como en los casos anteriores, murió en la misma batalla que el capitán Scarlett.


Los protagonistas se hallan en un terreno apenas explorado, con actuaciones más o menos bien intencionadas destinadas a lavar los trapos y la tropa sucia. Pero a costa de su integridad, es algo que Drake no está dispuesto a permitir. Es realmente este personaje, y no Millington, el que está a las órdenes pero no a las opiniones de sus superiores. Aun de forma oblicua, Millington le recuerda a Drake que la honorabilidad depende de las personas, no de una institución -la que sea-; en suma, que esta emana de los individuos y de cómo estos se conducen dentro de las mismas.

Pero cada uno ha de seguir sus principios. Millington decide permanecer -ennoblecer- el regimiento, en tanto que el que deseaba con más ahínco quedarse, Drake, se marcha. Su necesidad ética es superior a establecerse en el entramado del regimiento. No ha permitido que se echara tierra sobre el asunto ni sobre él (por lo que le auguramos que no llegará a ser presidente de ningún gobierno, o un “recoge nueces”, aunque sí que será bastante libre). Mi honor y el del regimiento no tienen necesariamente que ser el mismo, por eso he de marcharme, concluye Drake.

Honor e integridad. Aquí todos los oficiales son unos caballeros, proclama el coronel. Lo dice porque lo cree firmemente. Aprenderá, como ya he señalado, que el amor -legítimo- al regimiento no ha de confundirse con la ceguera. De similar modo, Harper procurará salvar el honor del regimiento, en el sentido de las personas íntegras y honestas que han formado parte de él y que lo siguen conformando. 


La película cuenta con un evocativo tema musical compuesto por el siempre reivindicable Stanley Myers (1930-1993; a ver si nos enteramos de una vez que es autor de más cosas además de El cazador [Deer Hunt, Michael Cimino]). De la dirección se ocupó un buen profesional como Michael Anderson (1920-2018), que sabe sacar buen partido de la situación y de algunos elementos, como ejemplifica de manera simbólica y material la guerrera del desaparecido capitán Scarlett (esta se conserva en el interior de una vitrina). En realidad, el objeto en cuestión sirve de puente entre los hechos del pasado y el presente; es un testigo aventajado de los mismos.

Otra buena idea, probablemente contenida en la obra original, la hallamos en el momento en que, en la penumbra del escenario, sale a la luz ese rostro culpable.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Orca (La ballena asesina), de Michael Anderson

25 julio, 2017

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Dicen que los elefantes pueden recordar. Así lo sugirió la estupenda Agatha Christie (1890-1976) en una de sus últimas novelas destinadas al célebre Hércules Poirot. Una característica que, igualmente, podemos atribuir a las orcas; al menos, a las de este relato confeccionado por Luciano Vincenzoni (1926-2013) y Sergio Donati (1933; parece que con alguna aportación de Robert Towne [1934]), dirigido por el errabundo pero eficaz Michael Anderson (1920).

Con la voz de la soprano Edda De’ll Orso (1935) y la música de Ennio Morricone (1928), una pareja de ballenas de esta especie retoza en mar abierto y ejecuta un baile ritual, tal vez una danza ancestral. El inicio de Orca (Ídem, Famous Films-Universal, 1977) no puede ser más antitético que el de Tiburón (Jaws, 1975), por mucho que prevalezcan algunos puntos heredados de la obra de Steven Spielberg (1946). Precisamente, lo que destaca en esta modesta pero efectiva Orca es la incidencia en el aspecto humano del mamífero coprotagonista. Hasta la inevitable aparición de un tiburón bajo las aguas, que amenaza a una submarinista, se tiñe de suspense más que de muerte, a pesar de la cerril actuación de un idiota que se ha caído al agua, en palabras del capitán Nolan (un entregado Richard Harris). El caso es que el torpón Ken (Robert Carradine), que así se llama el imprudente, es salvado por la propia orca de las fauces del tiburón. Su compañera en las labores de buceo es la doctora Raquel Bedford (la magnética Charlotte Rampling), que nos pone al corriente en una de sus conferencias acerca de la facultad amistosa y dócil de dicha especie, en muchos sentidos, mejor que algunos seres humanos (aunque más valdría decir que equiparable a estos).


Es bonito el plano lateral que muestra todo el entorno costero de Terranova (en concreto, del pueblo ficticio de South Harbor, en Canadá). Esta localidad será parte integral de un escenario que nunca deja de ser oceánico. El capitán irlandés Nolan forma parte de dicho paisaje, a pesar de sentirse desubicado (más de la tierra que del mar).

Por su parte, la doctora se sorprende de que alguien acostumbrado a la mar sepa tan poco de los animales que lo habitan. Algunas de sus reflexiones puntean y resumen la narración (no estoy seguro de si en sustitución de algunas escenas, sacrificadas para dotar de mayor agilidad al montaje; el caso es que sus tres intervenciones en off no desentonan del conjunto). Insiste Raquel en que algunos marineros solo muestran interés por los cetáceos bien para matarlos, bien para encerrarlos. Sin embargo, se siente intrigada por esta mezcla de ignorancia y necesidad de saber de las que hace gala Nolan, después de su crudo encuentro con la ballena. El hecho es que el personaje queda bien caracterizado cuando admite desconocer lo que es la monogamia (de las orcas y en general). No en balde, las ballenas parecen comunicarse más y mejor que muchos de los protagonistas, sobre todo, a lo largo del primer tercio de la película.


Pues bien, tal y como advirtió Raquel, la captura de una orca se convierte para Nolan en una imprevista y no deseada -esto es cierto- carnicería. Hasta el punto de advertir el capitán que la ballena grita como un ser humano. A lo largo de todo el relato, serán cruciales para el personaje las preguntas que se va haciendo, a los demás o a sí mismo. Tales como si puede pecarse contra un animal o qué es lo que este estará tramando.

La caza proporciona, sin duda, imágenes aterradoras, como la de la orca herida que trata de poner fin a su vida precipitándose contra las hélices del barco de Nolan (siendo esta la primera vez que tal intento de inmolación acontece en la película; la segunda, será justo al final). Una captura que se complica con la inesperada muerte de su cría. Así, el macho superviviente se lanza a una metódica y calculada represalia, cuyo principal objetivo es el capitán (exactamente igual que si de un ser humano se tratara).

Es este un aspecto que desconcierta pero fascina a la oceanógrafa, que decide formar parte de la tripulación de Nolan cuando, tras la muerte de varios tripulantes y amigos, como el veterano Gus Novak (Keenan Wynn), el irlandés es emplazado por la propia ballena para batirse en mar abierto. Ningún ser humano alcanza a explicarse la (des)proporción de esta pasión turbia y primitiva de la venganza en el animal.

De este modo, tanto Nolan como Raquel aprenderán, irremisiblemente y sobre la marcha, unas lecciones importantes para cada uno. En el caso de Nolan, a ponerse en la piel “del otro”. A este respecto, Anderson inserta un plano en flashback de la vida del capitán, antes de que este haga referencia a su significado, que es la pérdida de su esposa e hijo en un accidente de tráfico. Algo que lo equipara con su víctima.


Tras la frustrada captura, la orca macho comienza por recuperar a su compañera del barco de Nolan, arrastrando a la hembra hasta vararla; por lo que el ritual con el que se abría la película se extiende hasta un populoso cortejo fúnebre, incluso, hasta el enfrentamiento final, por el cual solo puede quedar uno de los contendientes (o ninguno). Un devenir argumental que ilustra la partitura del citado Morricone (Legend, CD 10), que oscila entre lo sangrante (con sonidos hirientes), lo elegíaco y lo evocador. Con acierto, Michael Anderson no escatima tales imágenes, de igual modo que evita alargar la película de forma innecesaria, como tan mecánica y fastidiosamente sucede hoy en día.

En Nolan, la sorpresa ante el descubrimiento de la naturaleza animal (lo que incluye su inteligencia y pesar) es genuina. Hasta el punto de cuestionarse (aún sin exteriorizar la duda) la presumible diferencia entre ambas especies de mamíferos. Realmente, es este el tema vertebrador de Orca (apodada, no muy atinadamente -o tal vez irónicamente-, The Killer Whale, en español la ballena asesina). Como una fatídica advertencia, el cadáver varado de la ballena es el preludio de una serie de ataques precisos de la orca superviviente: a los barcos de los marineros que se hayan en el interior de la rada (excepto el de Nolan), a un oleoducto, que provoca una explosión pavorosa, a la casa de Nolan y, finalmente, a su barco, entre los hielos del Atlántico. La herida en la aleta identifica al animal en todo momento, al tiempo que el rostro del capitán se reviste de pesadumbre y fatalismo.


Como una constatación de esa rotura o, cuando menos, alteración del orden natural de las cosas, los personajes se están encarando continuamente a lo largo de toda la película: Nolan con Raquel, con su ayudante Paul (Peter Hooten), con el representante de los marineros Al Swain (Scott Walker), con el maestro de escuela indígena Jaco Umilak (Will Sampson) y, por supuesto, con la propia orca (la única excepción es la apacible ayudante Annie [Bo Derek]). La muerte de su esposa e hijo tiene, como ya he señalado, su correspondencia en la desgracia de la ballena, de igual modo que Umiliak, que formará parte de la tripulación última, establece un eslabón entre sus antepasados indios y la ciencia, entre los vivos y los muertos. Si como recuerda Nolan, el buen pescador prefiere morir en la mar, la mar nos recuerda que puede hacer cumplir todas sus admoniciones.

Escrito por Javier C. Aguilera


Las sandalias del pescador, de Michael Anderson

27 marzo, 2013

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Michael Anderson (1920-2018) no ha tenido nunca demasiada consideración por parte de los críticos más sesudos, aquellos que han renegado sin ambages de figuras que hoy son consideradas de primera línea, por el simple hecho de pretender haber visto películas suyas que no habían visto (mucho hay que agradecer en este sentido a las facilidades de acceso de material que proporciona la red); los mismos que luego han alabado sin sonrojo a esos autores acusando a otros de ceguera (y es que uno, amigo de las hemerotecas, lleva leído tanto…).

M. Anderson (izq.) y el productor George Pal (der.) filmando El hombre de bronce
Pero de cara al aficionado, Anderson cuenta con una filmografía tan disfrutable como variada, antes de encontrar definitivo acomodo en la televisión, formada por títulos nada desdeñables como Misión de valientes (1954), La vuelta al mundo en 80 días (1956), Misterio en el barco perdido (1959), Sombras de sospecha (1961), Operación Crossbow (1965), Culpable sin rostro (1975), La fuga de Logan (1976), Orca, la ballena asesina (1977) y una mini-serie de la que guardo un imborrable recuerdo, la adaptación realizada en 1979 de las Crónicas Marcianas (1950) de Ray Bradbury (1920-2012).

Y por supuesto, la película que nos ocupa, Las sandalias del pescador (MGM, 1968), basada en la novela del interesante novelista australiano Morris West, y en sintonía con otras propuestas muy interesantes que ponían su mirada en los entresijos de comunidades o sociedades hasta hacía poco impensables (espero poder ampliar este campo poco a poco). Anderson dota a la película de un ritmo ajeno a la actual confusión, por medio de una puesta en escena dinámica, dando a cada secuencia un tempo adecuado, y a través de excelentes actores, bien descritos psicológicamente y capaces de trabajar tanto con la voz como con los ojos (lo que incluye las intervenciones de unos ya entrañables John Gielgud, Frank Finlay o Clive Revill).

En el aspecto técnico destaca la partitura de Alex North, que como era habitual en aquella etapa, amalgama expresionismo con un hermoso motivo central, en este caso de corte ruso (y en contraposición con el panorama tristón que se ha abatido sobre el mundo de la Banda Sonora Original desde mediados de los noventa).

Las sandalias del pescador se abre sobre un campo de trabajo en Siberia, de donde es rescatado tras veinte años de confinamiento el preso político y ex arzobispo Kiril Lakota (Anthony Quinn), el cual es inmediatamente devuelto a Roma ya como ciudadano del Vaticano. En este sentido, hasta las temibles e inevitables postales turísticas de Roma tienen aquí un sentido: hace veinte años que Kyrill no las ve. Muestran una Roma colorista, popular y populosa, trasunto de una sociedad que vive cada vez más de espaldas a la Iglesia (o de una Iglesia desconectada del pueblo, como se prefiera). La Historia es cíclica.

Pero causa de ese distanciamiento queda expuesto en la secuencia de la reunión social, donde se evidencia la desintegración moral de una burguesía tan pagada de sí misma como apática. Son las relaciones de alto copete. No en vano, antes de su marcha a Roma, le dice a Kiril el comisario político Kamenev (el gran Laurence Olivier) que quiere mostrarle un mundo que se ha vuelto loco, descubriéndole cuál es la situación política en Asia, cuán fácil es manejar un pueblo al antojo de sus dictadores, y cómo de ese modo, la miseria, aún por distintas causas, está entrelazada, globalizada.

Laurence Olivier

De igual modo interesan en la narración los entresijos de un Vaticano post-conciliar como lugar de innegable magnetismo, y estado independiente desde los acuerdos de Letrán en 1929. Es indudable, se sea creyente o no, la fascinación de la escenografía católica, con todo el ceremonial “mágico” y ancestral que conlleva. Formando parte ya de dicha maquinaria, Kiril es destinado a la Secretaría de Estado y nombrado cardenal. Pero él ya no es el mismo, no puede serlo viviendo lo que ha vivido. Incluso en determinado momento se planteará la posibilidad de abdicar (que parece el término adecuado) ante la imposibilidad de poder tomar las determinaciones que le dicta su cargo y la situación. La vida imita al arte, como dijo Oscar Wilde (1854-1900).

No en vano, durante la inicial entrevista entre George, el reportero (David Jansen) y el cardenal Rinaldi (Vittorio de Sica), este último le ofrece la exclusiva de la historia de Kiril, en términos de una historia política… con las cortapisas de costumbre, que caso de no cumplirse, el cardenal pasará a los franceses. Toda institución es una jerarquía de poder, y donde hay poder, hablando ahora en términos genéricos, hay peligro de abuso.

Frente a esta atmósfera, el nuevo Papa decidirá al fin pisar la calle, como un monarca de cuento, para poder ponerse en contacto con la gente, al menos durante unas preciadas horas.


Otro gran acierto de la película (a falta de haber leído la obra original, cosa que no descarto si el tiempo me lo permite algún venturoso día) reside en el personaje del sacerdote David Telemond, interpretado con convicción por Oskar Werner, el cual se encuentra bajo sospecha de sostener opiniones peligrosas para la fe. Kiril solidariza con él, no olvidemos que ha sido un prisionero por sus ideas religiosas, siente respeto hacia el sacerdote, si bien no comprende del todo sus dudas -expresadas más en la forma que en el fondo-, con toda lógica ya que la fe fue lo que le mantuvo a él con fuerzas durante su cautiverio de veinte años. Naturalmente, tras el conflicto se halla agazapada la sombra de la temible Teoría de la Liberación, corriente teológica finalmente exclusivista y de carácter político, en pleno apogeo en aquel momento, y cuyos efectos se han padecido hasta hace muy poco. Telemond es un personaje atribulado, dramático, ya que no alcanza a comprender bien la injerencia del Todopoderoso en los asuntos mundanos: si Dios interviene en todo, no ha lugar para el libre albedrío. Esto lo convierte en un personaje atormentado, cortocircuitado, que recibe más el desprecio de sus congéneres que compresión o aclaraciones. Su anhelo existencial, incapaz de conciliar ciencia y fe, se traduce en una enfermedad somática.

Ese concepto tan innovador hacia un Cristo cósmico, universal, le pongan el nombre que le pongan, era idea muy arraigada en los sixties, porque como comenta Telemond durante su interrogatorio, ni siquiera Dios lo ha dicho todo sobre su propia creación.

Oscar Werner y Anthony Quinn

Otro personaje interesante, arquetipo si se quiere, es el del mencionado reportero de televisión, el mujeriego George Faber (David Jansen), el cual practica una de las formas más extendidas de la cobardía moderna: el engaño y el autoengaño. En efecto, desea la aventura con otras mujeres y a la vez la estabilidad de un matrimonio provechoso con su esposa, la doctora Ruth Faber (Barbara Jefford). Acierto del guión será dejar en el aire, nunca mejor dicho, la resolución del conflicto. De hecho, de los conflictos personales a los globales hay solo un paso.

Barbara Jefford y David Jansen, ambos a la izquierda

Como buena obra moderna, Las sandalias del pescador ofrece momentos magníficos, como la autoconfesión de los cardenales Rinaldi y Leone (Leo McKern), diciendo tanto con miradas como con palabras; o las respectivas entre Leone y el propio Papa, a propósito del conflicto con Telemond.

Entre estos momentos, la sorna con que Kiril y el citado Telemond, tras conocer la muerte del anciano Papa (John Gielgud), bromean con la (im)posibilidad de nombrar a un cardenal alejado del núcleo duro de la curia: ¡en cualquier caso será un italiano!, asegura Telemond.

O el extraordinario segmento en que Kiril, reacio en un principio a hablar, relata que él robó para poder ayudar a otro hombre, y recuerda que todos estamos, por el hecho de ser seres humanos, en una continua cuerda floja moral. Es el instante en el que los papables comienzan a conocerse realmente, y no a valorarse por las conveniencias.

Quinn y Leo McKern
Finalmente, tras la ceremonia de investidura, acontece el sorprendente anuncio y compromiso del nuevo Papa con la Realidad (que no desvelaré), desde la balconada que da a la concurrida Plaza de San Pedro, y predicando así con el ejemplo. Es este un Papa para un mundo en la encrucijada, y como tal actúa, convirtiéndose en el pontífice que devolvió la esperanza (en el cine) a muchos feligreses, y que tal vez encuentre su correlato en la realidad. El excelente final de la película lo es porque es un final abierto.

Michael Anderson durante el rodaje del film

 Escrito por Javier C. Aguilera 

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