Para el sábado noche (CXXVI): Indiana Jones y el templo maldito, Indiana Jones y la última cruzada e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, de Steven Spielberg

02 abril, 2023

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Es una peculiar y agradable sensación la de comprobar cómo se han convertido en clásicas muchas de las manifestaciones culturales con las que disfrutábamos de pequeños.

Cuando Steven Spielberg (1946) acometió la filmación de En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, Paramount, 1981), firmó por otras dos películas, ya que el productor George Lucas (1944) tenía desde el principio la intención de emprender una nueva trilogía, al estilo de la que, en aquellas fechas, estaba a punto de completarse con El retorno del Jedi (Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983). La primera consecuencia fue Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Paramount, 1984), una de las películas de acción y aventuras más señeras de la década de los ochenta. Una década clásica.



En esta ocasión, el monte Paramount se materializa en un gong. Anuncia un tema musical de Cole Porter (1891-1964), Anything Goes (1934), cantado en chino. Un simpático guiño, estamos en Shanghái, en 1935, un año antes de los sucesos acaecidos en En busca del arca perdida. La intérprete de esta multicultural traslación es la cantante de variedades norteamericana Willie Scott (Kate Kapshaw). Y el local, un elegante salón restaurante, mezcla de estilos streamline y art decó, el luminoso lugar de encuentro para mercaderes, turistas y ociosos. Con este comienzo, rinde Steven Spielberg un homenaje al género musical, engalanado por excelencia, además de abrir la narración de forma visualmente elegante y espectacular. Los arreglos orquestales de John Williams (1932) envuelven el conjunto con rotunda majestad. La suya es una riquísima partitura que puntúa tanto los pasajes de acción como los introspectivos y de transición. De esta manera, es imposible que pueda haber momentos muertos.


Al bullicioso establecimiento, impregnado del embrujo de Shanghái, llega el arqueólogo y aventurero Henry Indiana Jones Jr. (Harrison Ford), para hacer una transacción con el botellín que contiene los restos de Nurachi, el primer emperador de la dinastía Manchú. El comprador es el empresario y estraperlista Lao Che (Roy Chiao). En la subsiguiente escena del canje, intervendrán un diamante bastante apetecible y el no menos deseable antídoto de un veneno.


La salida del local es precipitada, y eso que los problemas solo acaban de empezar. Por suerte para Indiana, se ha buscado un ayudante, un espabilado joven de las calles de la ciudad, Tapón (Short Round, Ke Huy Quan). Poco más sabemos acerca de la procedencia del muchacho. Steven Spielberg sabe que casi siempre es mejor imaginar.


 

A Tapón e Indiana se une Willie en -como le suele suceder al protagonista- una huida semi improvisada. Cualquier cosa es mejor que sucumbir ante Lao Che. ¡O casi! De China se trasladan por avión hasta la India, y el despeluchado grupo recala en un poblado que ha sido arrasado por la hambruna, las epidemias, la sequía y un incendio. Un extraño encadenamiento de circunstancias que los nativos achacan a la desaparición de su piedra sagrada. Una de las cinco piedras del sacerdote Shankara, las cuales refulgen cuando se las junta, debido a las gemas que contienen. Aunque para los lugareños, lo más precioso estriba en lo espiritual. El símbolo mágico ha sido sustraído por otro sacerdote de polo opuesto al original; es decir, negativo: Mola Ram (Amrish Puri).


La idea de Indiana es regresar por Delhi, pero los jefes del poblado le piden que se detenga en Bangkok. En concreto, en el palacio real, donde ha retomado el gobierno un nuevo maharajá, Salim-Sighn (Raj Sighn). Por eso Shiva te ha traído aquí, insiste el jefe del poblado y chamán (D. R. Nanayakkara). Lo que finalmente mueve al arqueólogo a intervenir es el regreso de uno de los chicos fugados del templo anexo al palacio, y el fragmento de un pictograma en sánscrito, que éste porta consigo. Se dice que las dos últimas piedras se hallan escondidas en las catacumbas de dicho templo.


Una vez en las inmediaciones de Bangkok, se da la circunstancia de que aquella también ha sido tierra de una secta de estranguladores, los togui (thugs; a los que Terence Fisher [1904-1980] dedicó una reivindicable película, Los estranguladores de Bombay [The Stranglers of Bombay, Columbia Pictures, 1959]). De ellos también se dice que oficiaban sacrificios humanos a la diosa Kali. Dentro de esta cosmogonía, Indiana Jones se enfrenta, así mismo, con dos asesinos invisibles e implacables, que entroncan con el poder sagrado que contenía el Arca. En este caso, se trata de un bebedizo capaz de anular la voluntad mental, y el vudú, capaz de controlar y mermar la capacidad física. Si a ello sumamos los antedichos objetos con propiedades mágicas, todo este marco proporciona elementos sustantivos del género histórico y de terror. A los que se añaden, de manera coherente, y merced al guión de Willard Huyck (1945) y Gloria Katz (1942-2018), en torno al relato propuesto por George Lucas, otros componentes de comedia, prototípicos de la guerra de los sexos, es decir, del yin y yang masculino y femenino; el humor con las distintas costumbres culinarias, y la presencia de una serie de bichos foráneos y poco tranquilizadores.


Por cierto que Willard Huyck fue el guionista de American Graffiti (íd., George Lucas, 1973) y Los aventureros del Lucky Lady (Lucky Lady, Stanley Donen, 1975), además de la simpática comedia La mejor defensa, el ataque (Best Defense, Paramount, 1983), entre otras. Junto a su esposa Gloria, emprendieron al alimón la interesante El mesías del mal (Messiah of Evil, ICF, 1973).

 


En el palacio de Bangkok, los tres viajeros entablan relación con el nuevo maharajá, su primer ministro, Chattar Lal (Rushan Seth), y el capitán Blumburt (Philip Stone), garante del orden militar bajo dominio británico. La India dejó de ser un protectorado y colonia inglesa en 1947. 


Lo que se pretende en el templo, comunicado no por azar con el palacio, por una serie de sinuosidades diplomáticas y pasadizos secretos, es el cambio de un dios por otro. Imponer a la encarnizada diosa Kali, en lugar del más benevolente Shiva, valiéndose de la inocencia del nuevo maharajá (otra víctima infantil). Algo parecido a lo que sucedió con el advenimiento de Amenofis IV, Akenatón (1372-1336 a. C.), en Egipto, cuando el dios ancestral Amón, expresión del poder divino del sol, dio paso a otra forma de entender el disco solar con Atón. Lo que provocó una sangrienta revolución, en la que el principal perjudicado de cara a la restauración fue otro joven, Tutankamón (1342-1325 a. C.).


Todo esto, comedia, historia, terror, queda enmarcado en el agradecido género de las aventuras exóticas. Género dúctil por excelencia, capaz de compendiarlo todo, y por eso mismo, tan difícil de apresar.

 

Lejos de apabullar digitalmente, la década de los ochenta se caracterizó por saber buscar un equilibrio entre lo artesanal y lo digital (se diga lo que se diga de la aplicación digital tras el boom de los años noventa, estos efectos, y las narrativas supeditadas a los mismos, han envejecido peor). Respecto a Indiana Jones y el templo maldito, y al igual que sucedía en En busca del arca perdida, las escenas de acción están perfectamente calibradas y orquestadas, visual y musicalmente. Como la persecución por las calles de Shanghái, la accidentada arribada a la India, la lucha con dos gigantones fornidos (Mellan Mitchell y Pat Roach), la espléndida huida del templo en vagoneta, valiéndose de los inagotables raíles de una mina, y otras situaciones in extremis. Causalidades que todo héroe protagonista que sea (a)preciado ha de saber sortear. Formando parte de este mundo de aventuras, no podemos olvidar el aspecto emotivo, melodramático, en su acepción más pura, que se dinamiza en el regreso al hogar de los muchachos retenidos.


Como curiosidad narrativa, toda la acción de la película se concentra en un par de días. Lo que confiere una agilidad muy acentuada al relato.



El caso es que cuando yo era un niño y adolescente en los años ochenta, me pasaba el santo día en bicicleta. Dibujaba historietas y me imaginaba películas. Las ponía en escena con los clicks de Playmobil y las grababa en video.


El mundo de la adolescencia de propios y no tan extraños (Spielberg), está presente y sirve de arranque a Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, Paramount, 1989). Nos hallamos en tierra de promisión de aventuras. Utah (EEUU), 1912, el año que se hundió el Titanic, pero emergió Indiana Jones. Su primer escarceo lo tiene estando de excusión scout, con unos saqueadores (raiders) de tumbas. En concreto, de la Cruz de Coronado, una reliquia hispánica. Esto ofrece a Spielberg y a su guionista, Jeffrey Boam (1946-2000), responsable de los libretos, entre otros, de La zona muerta (The Dead Zone, David Cronnenberg, 1983), El chip prodigioso (Innerspace, Joe Dante, 1987), y en parte, Jóvenes ocultos (The Lost Boys, Joel Schumacher, 1987), la posibilidad de establecer el origen de dos parámetros bien asentados en el protagonista. En primer lugar, el respeto de Indiana por los objetos arqueológicos y su alergia al comercio ilegal. Respecto a la pieza en cuestión, comenta que debería estar en un museo. Su interés en la arqueología es su ética. Y en segundo lugar, su capacidad improvisadora. A la pregunta de un compañero de ahora qué vas a hacer, Indiana contesta que ya pensaré algo.


En este sentido, y como es habitual para Steven Spielberg, bien imbuido de los clásicos, las secuencias de acción siguen estando limpiamente ejecutadas; es decir, de forma clara en lo visual, además de divertida. La secuencia de apertura es un ejemplo primordial. Desde la entrada y salida de la mina en la que actúan los saqueadores, hasta la persecución que enlaza con la característica velocidad del cine mudo, en un tren que contiene toda la parafernalia –ilusionismo mezclado con realismo- de un circo. Un triple salto inmortal.



Y ya que andamos con tripletes. Existe un tercer parámetro en este segmento inicial. Todo un símbolo. El origen del látigo y de la cicatriz que desde entonces van a acompañar y distinguir al protagonista. Diversión y calidad a la que no es ajena un modelo a seguir. El citado arqueólogo con visos de saqueador (Richard Young), en la acción de la película, y fuera de esta, Charlton Heston (1923-2008) en El secreto de los incas (The Secret of the Incas, Jerry Hopper, 1954) y El despertar (The Awakening, Mike Newell, 1980).


Las influencias no acaban aquí. Indiana Jones se hace acompañar en este relato de su disciplinado y obsesivo padre, Henry Jones Sr. (el gran Sean Connery). Persona que vive inmersa en los libros. La historia, que parte de George Lucas y Menno Meyjes (1954), cobra forma con el guión de Boam, que contiene ese tipo de excelentes diálogos, de orden clásico igualmente, que uno gustaba de aprenderse. Otros nombres que ya forman parte de la reciente historia del cine, y que no son un programa informático, son los del director inglés de fotografía Douglas Slocombe (1913-2016), el montador Michael Kahn (1935), responsables ambos de la trilogía inaugural; el diseñador de vestuario Anthony Powell (1935-2021), partícipe en las dos últimas entregas; la nueva composición de John Williams, con el sabio manejo de los leitmotivs, al igual que en los casos anteriores (el tema del Arca, el templo maldito, Indi, el Grial, los temas amorosos, etc.); y cohesionándolo todo, la producción del conjunto a cargo de Robert Watts (1938). Haré referencia a algún otro en lo que resta de artículo.


Tras la primera aventura adolescente de Indiana, que le deja marcas en varios sentidos, nos trasladamos a la costa portuguesa, en 1938. Precisamente, para tratar de cicatrizar una de esas heridas, aún abierta. La recuperación de la citada Cruz de Coronado. Lo que conseguirá con toda la acción y esplendor de rigor. Y también con el concurso de la casualidad, componente al que ya aludíamos y que me da la impresión que, de alguna manera, se deriva de los cómics de Tintín. En muchas ocasiones, el personaje universal creado por el belga Hergé (1907-1983), es asistido por la providencia más inesperada (y de nuevo divertida). Justicia poética frente a la suerte del enano. Un tipo con estrella más que estrellado. Al fin y al cabo, Indiana Jones ha sido llamado a formar parte de todas y cada una de sus aventuras, y no para luchar contra los elementos (que pese a todo le son propicios).



Otro elemento cargado de interés es el de la incredulidad del protagonista. No hay mapas que lleven a tesoros ocultos, ni cruces que señalen el lugar de un tesoro, declara Indiana Jones en esta entrega. Es la tercera vez que se muestra escéptico (y que se equivoca; y no será la última). Su recelo da paso a la constatación de unos hechos que no puede explicar, pero tampoco suprimir. De la primera experiencia ya hablé en mi artículo dedicado a En busca del arca perdida. Ahora comprendes la magia de la piedra que nos has devuelto, le comenta el jefe de la tribu en la película anterior. A lo que el arqueólogo confirma que ahora comprendo su poder. Las búsquedas del protagonista son a pesar de sí mismo. Tanto el rastreo del Arca, como la recuperación de las piedras Shankara o el Grial, son acciones a las que Indiana se ve impelido, incluso forzado, a intervenir. No es algo que explore por sí mismo, otros factores intervienen y le pillan en medio. Salvo en los casos de volver a restituir un objeto específico, de cara a alegrar un museo, antes de que la pieza desaparezca definitivamente: el ídolo del templo en En busca del arca perdida, donde Indiana aún ha de sufrir una primera transformación, o la citada Cruz de Coronado. Una cuestión moral. Y pese a que los resultados derivan a veces en situaciones no planificadas, estos vericuetos apenas penetrables sirven para que el personaje se enriquezca y fortalezca, sobre todo psicológicamente. Una estructura que se confirmará en sus siguientes cometidos. El azar, incluso la predestinación, son elementos no discordantes en la vida del arqueólogo.


De su progenitor ha aprendido que la arqueología se hace leyendo y estudiando. De sus descubrimientos, que hay otras muchas cosas que aún no están escritas (o que si lo están, conviene tomarlas en consideración). Posee una amplia cultura. Nombra a Flinders Petrie (1853-1942), el reconocido fundador de la arqueología científica. Su actitud es algo que va más allá de la pasión por las antigüedades que asegura tener el industrial Walter Donovan (Julian Glover). Entre el trabajo de campo y el sentido del humor, tal cual demuestra el segmento en un Berlín infestado de nazis, se va constituyendo el personaje icónico de Indiana Jones.

 


Lo cierto es que cuando se estrenó la película (la vi en el cine Madrigal de Granada), el humor que destilaba me parecía fuera de tono. Demasiado paródico. Con el tiempo, he aprendido a apreciarla, allende sus virtudes cinematográficas, que siempre mostró.


El guión no puede estar mejor urdido ni ser más ventajoso para un entusiasta de la historia. La sorprendente inscripción sobre piedra arenisca hallada al norte de Ankara (Turquía), tallada en latín y fechada en el siglo XII, es la espoleta apenas retardada que conduce a un misterioso templo en el Cañón de la Media Luna, sito en la localidad de Alejandreta (Siria), en la llamada Ruta de los Peregrinos (República de Hatay, Siria). El argumento entronca con la leyenda artúrica y la Biblia. Conozco muy bien ese cuento para niños, insiste Indiana en el despacho art decó de Walter Donovan, magnífica elaboración del decorador inglés Elliot Scott (1915-1993).


Pero si el Grial es un símbolo de la Cristiandad, también cabe la posibilidad de que se trate de un receptáculo para la eterna juventud.


De nuevo, el relato se imbrica en el interés de los nazis por los objetos telúricos, bien gestionado por los célebres Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-1978), en su famoso libro El retorno de los brujos (Le matin des magiciens, 1960; Plaza & Janés, Otros Mundos, 1965), por citar un trabajo arqueológicamente clásico. Que también hace hincapié en la parapsicología que centrará la siguiente propuesta fílmica.


Desgraciadamente, a diferencia de Indiana, los nazis sí creen. Con objeto de hacer más mal que bien (de ahí la mala fama del esoterismo en algunos sectores de la información).


En cuanto a Henry Jones Sr., ha basado su vida en ejercer de profesor de literatura medieval. La búsqueda del Santo Grial es principalmente suya. El propósito de su vida, anímica y académica, sin distinción. Ha sido capaz de descifrar el manuscrito de un fraile franciscano francés, que conduce a una tumba en la ciudad de Venecia, Italia. La del último caballero templario superviviente, Sir Richard (Robert Eddison); que según comprobaremos, aún sigue vivo y coleando lo que puede. Lo cual enlaza con el atractivo culto de los Caballeros Custodios de la Primera Cruzada. Gentes como Cazin (Kevork Malikyan), cuya misión reverencial, al punto de dejar la vida en ella si se hace preciso, es preservar el misterio y la ubicación del objeto sagrado. Forma parte de la hermandad de la Espada Cruciforme, y en determinado momento de la película, a punto de pasar a formar parte del otro lado, le pregunta a Indiana, ¿por qué busca el Cáliz de Cristo?


Algo más, por lo tanto, que un mero tesoro o recurso argumental a la hora de narrar un relato de aventuras. Como habrá ocasión de confirmar, la “iluminación” no es ajena a George Lucas, aspecto en el que incidiré más tarde.


Este enlace con los objetos mágicos, confiere a las películas de Indiana Jones una base sólida y un inasible nexo de unión.

 


Junto al doctor Jones está Elsa Schneider (Alison Doody), la anterior colaboradora del padre de este, en el primer intento de búsqueda. El personaje de Henry Jones Sr. está bien trazado. Según su hijo, es un ratón de biblioteca que no sirve para trabajo de campo. Mantuvo una estrecha amistad con Marcus Brody, el director del Museo Arqueológico y posterior decano de la imaginada Facultad de Letras Marshall, en Washington (Denholm Elliott), que ahora se implica en los acontecimientos de una forma más directa. El diario del padre es, sin duda, el eslabón más robusto para retomar las pesquisas. La búsqueda de lo que hay de divino en nosotros, como subraya Marcus.


Indiana se ve obligado a seguir los pasos de su padre, tal y como ha venido haciendo a lo largo de buena parte de su vida, hasta que ambos caminos divergieron. En esta aventura sucede al revés, padre e hijo se muestran separados, física y emocionalmente, hasta que se ven en la tesitura de tener que volver a conectar y convivir. En un entorno mucho más hostil, dada la tensa situación mundial. Como le dice Walter Donovan a Indiana a lo largo de su -espléndido- primer encuentro, no se fíe de nadie. Este tendrá su contra réplica en las palabras del propio Marcus, cuando le advierta que está jugando con poderes que le es imposible comprender. Nueva llamada de atención a estar abierto, e ir a la esencia de lo francamente espiritual, respetando su nobleza.


Debes creer, le previene el padre al hijo cuando se hayan en el umbral de los poderes del Grial. Spielberg ha tenido el acierto de mostrarnos antes un cuadro, en la desvalijada casa de Henry Jones Sr., con la imagen de un cofrade suspendido en el aire, portando el cáliz en la mano. Tras su estancia en Venecia, Indiana y Elsa se dirigen al monumental Castillo de Bürresheim, en la frontera entre Austria y Alemania (Renania-Palatinado), bajo el control de herr Vogel (Michael Byrne). Allí tienen secuestrado al padre del arqueólogo. La estancia y la huida de la fortaleza componen uno de los segmentos más dinámicos y joviales de la película. A lo que sigue la visita a Berlín, la subsiguiente escapada en dirigible, y la magnífica secuencia por las ardorosas arenas del desierto del Estado de Hatay (Alejandreta, unida a Turquía en 1939), cuya realeza, por cierto, es comprada por los nazis con los bienes expropiados a los judíos, según queda expuesto en otra inadvertida pero significativa escena. Por otra parte, la quema de libros en la capital alemana no es muy diferente a la “cultura” de la cancelación y corrección política que nos está matando -más que estamos viviendo-.



Si En busca del arca perdida culmina en un almacén de flamantes antigüedades, esta lo hace en el templo del Santo Grial, donde aguadan a los protagonistas las tres pruebas para recuperar el objeto sagrado, contenidas en las ficticias Crónicas de San Anselmo (1033-1109). Número tres de nuevo, asentado en la salud, la riqueza -interior-, y el amor al entendimiento. Tomada sabiamente y en su justa medida, se nos dice -y demuestra-, que el don de la inmortalidad contenido en el Grial no puede ir más allá del Gran Sello, un lugar específico de este templo (de la vida). También la perpetuidad está sujeta a unas leyes naturales. Todo tiene su límite.

 

Indiana Jones y la última cruzada evidencia una vez más la importancia argumental del enlace de dos espacios, no opuestos, sino complementarios para el protagonista. Al igual que la biblioteca veneciana de esta película fue antigua iglesia, y contiene los restos del misterio, así mismo, se contemplan los escenarios de lo conocido y lo desconocido, la necesidad vital de involucrarse en la aventura total. Aquella que más nos demanda, física y espiritualmente.


En lo visual, se vuelve a hacer uso del clásico recurso cinematográfico de mostrar, en el montaje, las líneas en los mapas que se superponen a las imágenes, y que van marcando el recorrido viajero del protagonista. Igual de alegórico se muestra el aire que, en buena racha, devuelve a Indiana Jones su sombrero, tras una ardua “travesía por el desierto”, jalonada por los tanques del ejército alemán. La película se cierra con el plano simbólico de los cuatro amigos que han participado en la aventura, Indiana, Henry Jones Sr., Marcus y Sallah (John Rhys-Davies), cabalgando juntos como los mosqueteros, durante los créditos finales.

 


Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, Paramount, 2008) fue y sigue siendo una película minusvalorada. No estoy de acuerdo con esta apreciación, por mucho que me parezca que los efectos digitales han mermado su cualidad. No hay nada más triste que un atardecer falso.


Pero el resultado, morfológico y semántico, me resulta altamente estimulante. Al igual que en el caso anterior, arrancamos en suelo norteamericano. Nos hallamos en Nevada (EEUU), en 1957. Un espacio donde se inserta el totalitarismo soviético en plena Guerra Fría. Un frío que contrasta con el ardor del desierto de este estado, convertido en gulag durante el primer segmento de la película. Este se centra en la incursión a una base de alto secreto militar, que los que hemos visto En busca del arca perdida conocemos bien. John Williams enlaza musicalmente con el tema del Arca. Pero el objeto buscado en esta ocasión es distinto. Pasamos entonces de una inclusión en este gran almacén, a una extracción del mismo. A pesar del tiempo transcurrido, y de las vivencias en suelo maravilloso, lo cierto es que, Indiana Jones parece nuevamente deslindado del aspecto mágico y misterioso de la existencia, que tanto le ha acompañado. La situación política no es especialmente inspiradora.


Imagen viva de ello es el referido almacén, donde se han venido acumulando los secretos y misterios que la ciencia no ha sabido, por el momento, explicar, y que como “objetos molestos”, han sido arrinconados. Lejos de la noción popular, y hasta de las mentes de sus descubridores. Algo parecido al Hangar 18 (íd., James L. Conway, 1980), pero a lo bestia. O sea, el Hangar 51.


En efecto. Los restos momificados que buscan con ahínco los soviéticos infiltrados en suelo norteamericano provienen de Roswell (Nuevo México, EEUU). Los aficionados a la historia de los OVNIS, como el que suscribe, nos damos perfecta cuenta de que esta alusión contiene implicaciones muy especiales. El posible castañazo de una nave alienígena en suelo patrio (terrestre), con posible -en la película cierto- rescate de cuerpos humanoides. Ahí radica la gracia, para algunos molesta, del guión propuesto por el competente –también realizador- David Koepp (1963), en torno a una historia, no se olvide, pergeñada por George Lucas y Jeff Nathanson (1965). Gracia que estriba, no ya en lo vistoso de la recuperación de tales cuerpos, sino en lo que contienen, su exoesqueleto. Coronado por una calavera de material transparente, parecida al cristal, con poderes sobrenaturales. Convertida en deidad americana, post-colombina, otras copias talladas coexisten, con el aspecto de la que será recuperada en Roswell siglos después. Toda una avanzadilla en la disposición cronológica de la historia humana.

 


Al frente de estos infiltrados está otro rival a la altura del arqueólogo y explorador en los márgenes de lo señalado por la historia (esa que enseña en clase). Se trata del coronel médico Irina Spalko (estupenda Cate Blanchett), de origen ucraniano, pero impregnada de ideología soviética. El ojo derecho de Stalin (1878-1953), según se comenta. Junto a este peligroso poder totalitario del que se rodea, Irina posee capacidades como médium. Sé cosas, y las sé antes que nadie, y lo que no sé, lo averiguo. Indi se muestra incrédulo, una vez más, ante esta nueva faceta a la que va a ser encarado.


Comunistas y FBI forman una buena combinación (narrativa). Indiana se ve en la necesidad de proclamar su lealtad y referir su hoja de servicios ante los custodios del bien común. Seguimos en terreno arriesgado, aquel en el que se hace muy difícil poder confiar en otra persona. Las arenas movedizas que están a punto de tragar al protagonista en un apurado trance de la trama, no son solo materiales. El traidor George McHale, Mac (Ray Winstone), se ha perdido en uno de estos flecos crematísticos (los flecos son la hermana menor de las lianas). Por su parte, la implicación paranormal de lo militar queda expuesta desde el momento en que se nos recuerda que el arca perdida está almacenada en ese gran hangar, e Indiana ha de regresar allá, maniatado, para iniciar una nueva y trascendental peripecia. Es el momento de las grandes oleadas de los no identificados. ¿En qué zona se encuentra el arqueólogo? Probablemente en la de nadie: en la suya. Pero siempre en contacto directo con las ciencias más ocultas. Si consideras ciencia a la parapsicología, tal y como esgrime el general Ross (Alan Dale).


Un clima crispado, en palabras del decano Charles Stanforth (Jim Broadbent), bien expresado en el libro que después traeré a colación, pero que se sabe tomar con la debida sorna. Un humor que, en cualquier caso, no aplaca la innata ira del totalitarismo, cuya amenaza se sabe disfrazar de salvación. Este procede de la colectivización, a la que se enfrenta nuestro protagonista con sus mejores armas, la experiencia y el conocimiento, y la ayuda de muchos de los artilugios puestos en lid. Cuando la histeria alcanza al mundo académico, creo que es hora de dimitir, añade el decano. Esto se ha venido aplicando a la persecución de los comunistas, pero no deja de ser curioso, a la par de lamentable, comprobar cómo las inquinas, represalias y ambientes más viciados, se pueden dar la vuelta. Cómo los distintos polos se encuentran.

 


Indiana viaja hasta Nueva York (EEUU) y Londres (Inglaterra). Tras la pista de su colega y antiguo amigo Harold Oxley (John Hurt). Con el que hace tiempo no ha mantenido el contacto. Oxley ha averiguado el paradero de una de estas llamativas calaveras para llevar a Akator (El Dorado hispánico), ciudad mística y, por supuesto, perdida en plena Amazonia (América del sur). En concreto, y como sucedía con el Grial, el enclave está protegido por un grupo de escogidos, la tribu “uga”. El poder de la leyenda se materializa, de la mano -y mente- de una tecnología muy avanzada, cuyas posibilidades magnéticas y simbólicas llamaron la atención del conquistador y explorador español Francisco de Orellana (1511-1546).


Lo que conlleva algo muy interesante, como averigua nuestro arqueólogo y ha sido recogido por los ensayos más arrojados. Que las culturas primitivas no lo eran tanto. Por sí mismas y por la posible ayuda recibida del extranjero (trece seres yacen en círculo en el correspondiente templo-nave espacial). Un paso más en la catalogación de los tesoros artísticos contenidos en la Tierra. El planteamiento no puede ser más sugestivo.

 

Tampoco viaja solo Indiana Jones en esta ocasión. Se le adosa Mutt Williams (Shia LaBeouf), disruptivo y rebelde, que le ha pedido ayuda para encontrar a Oxley, su padrastro. Su pose, no exenta de humor, se basa en la figura del Marlon Brando (1924-2004) de Salvaje (The Wild One, Lazslo Benedek, 1953). Al igual que su padre real, un modelo tan verídico y emblemático como cinematográfico. A vueltas con ese ingenio congraciado con la narrativa, sobresale la ocurrencia de la urbanización donde se refugia Indi a la desesperada, y que entronca con el sentido del humor de la saga, elevado a su máxima y sagitariana (spielberiana) potencia, en la época de las pruebas nucleares; ahora que estoy leyendo la biografía de Robert Oppenheimer (1904-1967), precisamente. Físico teórico nuclear al que se cita en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Al contrario que a otros, a mí este episodio atómico, ni me molestó ni me sacó de contexto: todo lo contrario, me reí de lo lindo. Spielberg es lo bastante sagaz como para insertar en la escena un plano de la puerta del frigorífico en el que se introduce Indiana, en el que un cartel nos advierte de las ventajas y resistencia de este electrodoméstico en concreto (for superior isolation: para un mayor aislamiento). Héroe superviviente hasta de la bomba atómica, Indiana Jones se recompone para seguir luchando con otro peligroso enemigo invisible -salvo por los cadáveres que deja- e inexorable, el colectivismo dictatorial.

 


Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal es un compendio de los intereses esotéricos de George Lucas. Si quieres ser un buen arqueólogo, sal de la biblioteca, esgrime Indiana a uno de sus estudiantes en la biblioteca del campus, tras una motorizada aparición estelar. Todo está en los libros… y en sus pliegues. El arqueólogo no ha perdido el afán por la aventura, pero para ello ha aplicado antes sus conocimientos de la lengua precolombina y de las Líneas de Nazca, los conocidos geoglifos de Perú.


De este modo, Indiana Jones descubre que la expresión cuna de Orellana, también se refiere a una última morada. Un cementerio nazca. Y el escondite de la calavera, sita en un habitáculo secreto donde descansaba uno de los cráneos alargados, el encontrado por Harold Oxley. Existen varios de estos cráneos, cuyas “burdas” reproducciones replicadas por los nativos, en recuerdo de sus “dioses”, reposan en el Museo Británico, según la trama que manejamos. Ya digo que la base del guión es de una riqueza oculta pero que salta a la vista (habría que hablar de espectadores iniciados). Lo que no muchos entendieron en el momento del estreno de la película. Las calaveras originales resultan artefactos perniciosos. Al extremo que a Oxley le han afectado la mente.


En la Amazonia se desata una nueva “fiebre del oro”. Auspiciada por el descubrimiento de esta novedosa arma mental, ideal para sostener una “guerra psicológica”. ¿Por qué se niega a creer lo que ve?, le pregunta Irina a Jones. No es obra de seres humanos. La conversación y sucesos en la tienda de campaña amazónica, es la punta del iceberg de toda esta urdimbre argumental. Ya he señalado que, como si de una convención se tratara, Indiana Jones comienza siendo escéptico, hasta que las distintas leyendas que palpa, lo empapan de realidad, y lo alcanzan (más que lo atrapan). Una realidad alternativa. Lo cierto es que cada objeto físico de la saga acaba indefectiblemente conduciendo a la constatación de lo extraordinario. La calavera abre un canal psíquico, pero como sostiene Irina, no habla a todos. Lo mismo que ocurre con el esoterismo. El control sobre la mente humana es un caramelo muy goloso para los estamentos totalitarios. Y no hace falta irse a geografías demasiado lejanas o a artefactos muy sofisticados; suele bastar con una tribuna y los consabidos apoyos mediáticos. Entre lo extraterrestre y el escenario de los conquistadores, ámbitos que parecen fundirse en uno solo, Indiana Jones escapa de las coartadas históricas más reduccionistas.

 


En la mencionada escena de la tienda de campaña, asistimos a la perfecta definición de lo que es el comunismo. Lo sintetiza Irina Spolkov con sus objetivos para occidente. Los transformaremos desde dentro, los convertiremos en nosotros, y lo mejor es que ni siquiera se darán cuenta. Una vaina ideológica como las que anticipó Donald Siegel (1912-1991). Hacer que los maestros enseñen la historia verdadera, y que sus soldados nos obedezcan. Pensando por ustedes. La epifanía de Irina es hechizante y se reviste de cultura. Cita al poeta John Milton (1606-1674). Su finalidad es una mente colectiva. La fe que Irina achaca que le falta a Indiana es la del comunismo, lo colectivo como coartada y forma de pensar. No como espiritualidad. Irina atiende a una ciencia hermética, en el sentido de estancada y vacía. Como Henry Jones Sr. advertía acerca de Elsa, en la película previa, nunca comprendió lo que es el Grial (por algo suena el tema del Grial al final de la presente).


En la neblina quedan las intenciones originarias de estos seres interdimensionales, como los califica Oxley con conocimiento de causa, y teoriza la nueva –de mediados del siglo veinte- física cuántica. Gracias, entre otros, a Oppenheimer.

 

Y ahora retomo una cuestión antes anotada. La del aspecto enigmático propuesto desde las ideas y esbozos que dan paso a los guiones de las películas. Existe un hecho no muy difundido que nos proporciona una pista acerca de esta circunstancia, la particular conexión de George Lucas con lo sobrenatural. Se trata de algo más que una atrayente postura argumental para recubrir los guiones. En la provechosa serie documental Light & Magic (íd., Disney-Lucasfilm, 2022), dirigida por Lawrence Kasdan (1949), el realizador de La guerra de las galaxias (Star Wars, Fox, 1977), comenta cómo siendo joven sufrió un aparatoso accidente de tráfico que a punto estuvo de costarle la vida. Y cómo tras su casi milagrosa recuperación, sintió que aún permanecía en este mundo por alguna razón concreta (capítulo II). Ahí lo tenemos. Pese a la desbordante imaginación de Steven Spielberg, el más “esotérico” e indagador (skywalker) siempre ha sido George Lucas.

 


En Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, la música de John Williams resulta más evanescente, y por ello, más desapercibida. Pero no por eso está menos lograda. Es cierto que no posee un leitmotiv distintivo, al margen de los ya conocidos, pero aun así se trata de un buen trabajo. Diría que su objetivo es no desviar la atención del intrincado argumento. Cuyo núcleo es el eslabón perdido entre culturas paralelas, egipcios, mayas, nazcas, pascuenses… y “ugas”, sobre los que orbita la propuesta de que alguien les enseñó. Como confirma esa antesala con objetos de distintas culturas, a la que antes hacíamos mención. Eran arqueólogos, se sorprende Indiana Jones al hablar de los visitantes extraterrestres (interdimensionales o no). Su oro es como el de la alquimia: el auténtico tesoro estriba en el conocimiento, en la facultad de transformarse a sí mismo. Todo lo demás, el anhelo de riqueza, incluso la afición desmedida por el saber, o su transferencia descontrolada, son un daño colateral.


No se olvida Steven Spielberg de “aligerar” tan esotérico equipaje con la debida carga emocional, y su eficaz y ya ponderado sentido del humor: la serpiente ratonera que le salva la vida a Indiana, pese a la repulsión que siente por los ofidios, el reencuentro con el amor de su vida, Marion Ravenwood (Karen Allen), que reestructura la situación familiar y sentimental del protagonista, el monte Paramount equiparado a la madriguera de una marmota, como imagen primera de la película; y la coreografía de las distintas luchas y persecuciones.


Por mi parte, y pese a que a los ufólogos más veteranos no les entusiasmaba la definición, y a Steven Spielberg no le apetecía nada mezclar el género de aventuras con el de ficción, olvidándose de los buenos tiempos, lo cierto es que me encantó ver un platillo volante sobrevolando las salas de cine una vez más.

 

Escrito por Javier Comino Aguilera




¡A ponerse series! (XLIV): Los hombres del SAS, de Ben MacIntyre, y adaptación para televisión

23 marzo, 2023

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Son irritantes, contestones, desatendidos en muchos aspectos, sin filtros. Me refiero a algunos de mis alumnos, pero bien podría referirme a los hombres del S.A.S. Esto, hasta que alcanzamos un óptimo nivel de comprensión y entendimiento mutuo. Personas así forman parte de los cimientos del futuro, como lo han venido siendo del pasado. No todo el mundo está hecho para los estudios. ¿Y qué es el S.A.S.? Fácil, el Servicio Aéreo Especial, una unidad británica formada en el norte de África en 1941, en plena contienda de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Reclutó combatientes de todo el mundo y estuvo activa de 1941 a 1945, siendo reformada en 1947 (el mismo año que se creó la C.I.A.). Aún sigue en uso y disfrute de sus respectivos gobiernos, pero es a este primer periodo que se circunscriben los hechos relatados en el presente libro.

Con lo expuesto no quiero decir que en la unidad no hubiera gente instruida, a distintos niveles, sino que parte del grupo estaba constituido por inadaptados y alborotadores. Incluso depravados, en casos extremos. Los despojos de las escuelas públicas y las cárceles (nota del autor, y frase recogida por la posterior serie, capítulo II). Su objetivo, las misiones clandestinas y vitales para el devenir de la guerra. Incursiones contra objetivos propuestos por el Eje.

 
Pero el estupendo libro del historiador británico Ben McIntyre (1963) trata del aspecto humano por encima de todo y en cualquier circunstancia. Nuestra capacidad para adaptarnos, establecer vínculos y sobrevivir, si es posible, a las situaciones más adversas e inesperadas. Este es un libro sobre el significado del valor (íd.).

El texto se divide en dos partes, las operaciones en el desierto, concretamente, en el norte de África, y las que acontecieron en Europa, hasta el final del conflicto bélico. La inauguración llegó con la llamada Operación Squatter, en la que participaron unos cincuenta y cinco soldados paracaidistas.

Pero antes de eso, lo primero que me llama la atención es el excelente retrato del carácter del jefe de la unidad, David Stirling (1915-1990) (capítulo I). Y el de su segundo al mando, John Steel Lewes, apodado Jock (1913-1941), un decantador y desencantado del nazismo, solitario y férreo. Instructor Jefe del llamado Destacamento L, como entonces se conocía a la unidad, e inventor de las “afortunadas” bombas Lewes, protagonistas por derecho propio de buena parte de las aventuras rescatadas por McIntyre -y otros autores no traducidos al español-.

Sobre el tablero también hormiguean el desinformador nato Dudley Wrangel Clarke (1899-1974), oriundo de Sudáfrica, y del que entre sus muchas peculiaridades estaba el deambular por Madrid vestido de mujer (!) (II). A ellos se suman el estadounidense Pat Rilley (1915-1999), el inglés Jim Almonds (1914-2005), ambos combatientes en Tobruk (Libia), el oficial inglés Reg Seekings (1920-1999), difícil de manejar; el teniente escocés Bill Fraser (1917-1975) y el irlandés Eoin McGonigal (1920-1941), estos dos, mis favoritos, por decirlo así. El más joven era el británico Johnny Cooper (1922-2002). Buen chaval. El más inestable y explosivo, el irlandés Robert Blair Mayne, Paddy (1915-1955), jugador de rugby y experto en el placaje mediante todo tipo de expresiones corporales y verbales.
 
David Stirling -derecha- junto a otros componentes
La individualidad y la confianza en uno mismo no siempre son muy valoradas en el ejército (III). Y precisamente, el texto de McIntyre es la suma de una serie de individualidades, de talante acuoso, aéreo, terreno o fogoso, en función de las distintas personalidades. Lo hemos señalado en multitud de ocasiones y lo repetimos. Sin individualidad no puede haber colectivo. Todo intento de colectivizar al individuo, lo despersonaliza. El destacamento se establece en Kabrit, al este de El Cairo. Sus integrantes debían ser polivalentes: conductores, mecánicos, experto en explosivos, cartógrafos… Nunca sabe uno de dónde puede surgir un grupo de élite. Con apenas cien hombres, se crea la unidad, dirigida por Stirling, pero bajo el mando del general Claude Auchinleck (1884-1981).
 
La primera incursión llega bajo el nombre de la citada Operación Squatter, que acaba en desastre a causa del clima (una tormenta de arena y un diluvio). Y las primeras y lamentables bajas (IV). Pese a todo, nadie da su brazo a torcer, y se advierte la importancia e influencia de la unidad. Pronto surge la asociación con el LRDG (Grupo de largo alcance terrestre del desierto), para poder llegar a los lugares por tierra, en lugar de por aire, y ser evacuados de forma más conveniente (V). Una de sus esporádicas bases la hallarán en el oasis de Jalo, al oeste del Gran Mar de Arena en Libia. Su intención es atacar los aeródromos de Sirte y Tamit, junto con otros dos, dividiéndose en cuatro contingentes (VI).

La muerte va visitando a unos y otros. Eje y Aliados. Las nuevas incursiones y ataques aéreos, entre ellos, uno alemán al convoy del Destacamento L, cuestan la vida a muchos de estos valerosos muchachos. Siempre en la brecha, queda establecido el lema del destacamento, quien arriesga gana; su definitiva nomenclatura (S.A.S.), y sus insignias, símbolos de una hermandad privada (VII). El S.A.S. estuvo implicado en la primera operación anfibia, frente a las costas de Bouerat, en Bengasi (Libia), y se nutrió con la sabia de un equipo de paracaidistas franceses al mando del general Georges Bergé (1909-1997). Haciendo millas, se afianza el entendimiento entre David Stirling y Paddy Mayne, los dos principales responsables. Surge así un nuevo puesto de control en el oasis de Siwa (Egipto), con el fin de fortalecer la República de Malta, base aliada entre Gibraltar y Alejandría. Como decía Winston Churchill (1874-1965), si Malta se perdía, se podía perder África; y si África se perdía, se podía perder la guerra.
 
 
El gran tour de force es el ataque a Bengasi (VIII). Cuando este se concreta, misión divertida pero infructuosa, el equipo cuenta con la presencia de Randolph Churchill (1911-1968), el hijo del Primer Ministro Winston Churchill. Finalmente, Randolph ha de abandonar el destacamento por una lesión de espalda (en las vértebras) (IX).
 
Junto a la esporádica y bien acogida ayuda de William Stirling (1911-1983), hermano de David, el S.A.S. se beneficia de la incorporación de un médico, Malcolm James Pleydell (1915-2001), y del capellán Fraser McLuskey (1914-2005), imprescindible por su contribución de campo y por legar unas sustanciales memorias. O Bob Lilley (1914-1981), el estrangulador del desierto.

Más controvertida es la presencia de otros personajes singularísimos, como Herbert Brückner, Buck (-) y Walter Essner (-), especialistas en hacerse pasar por alemanes, debido a su ascendencia, y no revelaremos más.

Los objetivos son ahora Derna y Martuba (Libia), para afianzar el dominio aliado en la referida isla de Malta.

Tras la inesperada muerte de uno de los integrantes, Georges Jellicoe (1918-2007) es transferido como segundo al mando. Entre tanto, el equipo francés acomete el asalto al aeródromo de Heraclión, Creta (Grecia) (X).

A estas alturas, las hazañas de Stirling, en parte leyenda, eran un elemento fundamental de la moral militar británica (XI). Aunque, como nada permanece en su sitio para siempre, cada vez se hace más difícil atacar los aeródromos. Entre los prisioneros del S.A.S., y no hubo muchos, se contó el médico alemán Markus Luterotti (1913-2010), que llegó a establecer un curioso vínculo con los soldados de la unidad... antes de escaparse. En los altos mandos, Harold Alexander (1891-1969) sustituye a Auchinleck, pero el S.A.S. sigue tan operativo, que uno de los capítulos más apasionantes que narra McIntyre, no tuvo lugar en las arenas del desierto, sino en los salones de Egipto, y fue el encuentro de David Stirling con Winston Churchill. Una charla que garantizó el futuro del destacamento.

A pesar del tibio resultado en Tobruk y Bengasi, y dejar a varios heridos atrás para su consternación, al tener que trasladar el campamento, Stirling fue ascendido a teniente coronel, y el destacamento alcanzó el honorable estatus de regimiento (XIII). Tras caer en una emboscada y ser hecho prisionero, Jim Almonds fue partícipe de dos intentos de huida del enemigo antes de reincorporarse al regimiento.
 
El S.A.S. en Francia
De aquí a El Alamein (Egipto), en plena disputa entre Erwin Rommel (1891-1944) y Bernard Montgomery (1887-1976). En este escenario se enmarca la odisea del soldado del S.A.S. John William Gillitoe (-) y su arriesgada travesía por el desierto, tras ser atacada su unidad de noche. Y el episodio del espía John Richards (1918-1946), soldado del ejército británico y fascista consumado. O la creación del S.A.S. 2, a cargo de William Stirling, recordemos, el hermano de David (que entre tanto había sido hecho prisionero: el S.A.S. originario queda ahora en manos de Paddy Mayne. David será liberado al final de la contienda, nada menos que de Colditz) (XIV).

Sobreviene la invasión de Sicilia (Italia), el diez de julio de 1943, el contingente de ataque anfibio más grande hasta el Desembarco de Normandía, el seis de junio de 1944. Junto al S.A.S., en ella intervienen los ya míticos Octavo Ejército (del inglés Montgomery) y el Séptimo Ejército (del norteamericano Patton). De esta manera, el ocho de septiembre de 1943, se produce la capitulación del gobierno italiano (XV). El S.A.S. ha dado el salto a Europa.

Fusilados resultaron veintiocho miembros del regimiento, tras haber dificultado el avance de los panzer e infligido numerosos daños a las redes viarias y carreteras alemanas, en lo que se denominó la Operación Bulbasket, con incorporación de maquis franceses y otros miembros de la Resistencia (XVI).

El escenario que anticipa el fin de la guerra cada vez parece más enrarecido. Por todas partes había espías, reales o imaginarios (XVII). McIntyre insiste en que el auténtico valor de las misiones del S.A.S. radicaba en su impacto (no cuantificable) en la condición humana (XVIII). A los miembros fundadores, se añaden el irlandés Roy Farran (1921-2006), del 2º S.A.S. (XIX), el capitán de ascendencia holandesa Henry Carey Druce (1921-2007), y su sargento Kenneth Seymour (1921-2004), puesto en entredicho en la Operación Layton (en Alsacia-Lorena). Farran llevó a cabo su ataque al centro de mando del cuerpo LI alemán, cuando el fin de la guerra en suelo italiano estaba a punto de concretarse (XXI). Todos coinciden en que el último movimiento de la guerra fue el peor. El S.A.S. pisa suelo alemán el 25 de marzo de 1945 (XXII). Poco después se producirá la traumática liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen (Baja Sajonia, Alemania), por el aplicado, indisciplinado y valeroso regimiento (XXIII). Nada podía volver a ser lo mismo.
 
Imagen de la serie
El S.A.S. dejó de existir oficialmente en octubre de 1945, pero fue vuelto a fundar en 1947, como señalaba al comienzo. Tras la guerra en Europa se procede a la debida investigación de los crímenes de guerra, en la que también participaron algunos miembros del S.A.S. (con inclusión de la tabla ouija para localizar cadáveres) (XXIV).

Existe un epílogo en el libro, que nos da cuenta de la vida de quienes nos han venido acompañado a través de las páginas de tan apasionante libro, una vez ha transcurrido su tiempo en el S.A.S. En la mayoría de los casos resulta deprimente proseguir con algunas biografías, pero existen excepciones. Que no daría yo por haber podido tender una mano a Bill Fraser.
 
Así, llegamos a la plasmación en imágenes propuesta por la reciente serie Los hombres del S.A.S. (S.A.S.: Rogue Heores; BBC, 2023). Escrita por Steven Knight (1959), responsable de la serie Peaky Blinders (Íd.; BBC, 2013-2022), en torno a lo expuesto en el libro de Ben McIntyre. El primer encontronazo como espectador lo encuentro en una narrativa dominada por cierta chulería verborreica, y una marcialidad impostada, en conflicto directo con los aspectos humanos mejor descritos en el libro. La visión que ofrecen de sí mismos algunos de los protagonistas, también me parece distorsionada. Los altivos “discursos de pose” acaban por asfixiar la soltura de la espontaneidad (resultan demasiado escritos). El lenguaje barriobajero traducido (doblado al español), más afín al siglo XXI que al XX, tampoco ayuda a motivarse y entrar en situación. Son actitudes y líneas de diálogo expuestas sin la sencilla gracia de la picaresca: esta resulta demasiado solemne, confundidas las réplicas agudas con el nihilismo más cargante. Hasta la petulancia hay que saber dialogarla (y ponerla en escena). Heroicidad por testarudez. De tal modo que el don de gentes de Stirling, claramente descrito por McIntyre en el libro, se ve persistentemente neutralizado. Los altos mandos son unos capullos integrales, y los sin escolarizar, los cimientos díscolos de la nación, en lo que es un acto de maniqueísmo sofocante.

Con todo, lo cierto es que la serie toma aire con los diálogos entre personajes, más que con estos monólogos lanzados al aire y apelmazados, donde el engreimiento resulta artificioso, sin la chispa caballeresca del clasicismo (actual o pretérito).
 

El primer capítulo se centra en la toma de Tobruk. En Egipto, los tenientes David Stirling (Connor Swindells), Jock Lewes (Alfie Allen), y Paddy Mayne (Jack O’Connell), se reunifican, tras andar desperdigados, con objeto de crear un nuevo contingente de ataque y acabar con su monotonía vital e inactividad guerrera. Su principal objetivo en estos momentos iniciales parece sintetizarlo Stirling cuando asegura que nunca más volveremos a replegarnos (por el sempiterno cambio de manos del puerto de Tobruk). Avanzar hacia donde sea, pero avanzar. Los cimientos de la unidad, endebles y robustos a un mismo tiempo, han quedado establecidos.

Sin embargo, se corre el riesgo, desde mi punto de vista, de convertir ciertos capítulos en un falso diario de campaña, por quedarse meramente con lo más vistoso: el espía Dudley Clarke (Dominic West), agente secreto travestido, sin que se nos aclaren sus motivaciones, creador de la Brigada Fantasma que luego se materializará en el contingente del S.A.S. La serie incorpora además un personaje femenino de ficción, una periodista y enlace que termina como Jefa del Servicio Secreto Francés en El Cairo, Eve Mansour (Sofia Boutella). Nada se añade con este personaje, salvo que puede resultar tan insolente en sus réplicas como algunos de los otros (no es lo mismo independencia que impertinencia). No obstante, se le endosará a David Stirling. Al fin y al cabo, una carga más que importa. Buenas líneas de diálogo las tenemos cuando Paddy Mayne anuncia, con su proverbial sinceridad, que nunca he matado pájaros. O Stirling abogando a que no tendremos que responder (de sus acciones) ante nadie. Lo cual se revela falso, como ya hemos tenido ocasión de constatar. Sí tendrán que rendir cuentas, ante sí mismos, en primer lugar, y luego ante sus superiores (totalmente descafeinados en la serie). De esta guisa, queda constituida la Primera Brigada del Servicio Aéreo Especial (II).

No puedo evitar pensar que cuantos más medios digitales tenemos, peor salen las cosas a un nivel cinematográfico (en televisión o en una pantalla de cine). Cada vez es más raro hallar películas o series cohesionadas en todos sus aspectos, cuando casi se ha perdido el arte de dialogar, no digo ya saber dirigir, e incluso producir (cuando el productor es la “estrella”, a ver quién es el guapo que lo llama al orden cuando está equivocado). De la música, mejor ni hablar. En el caso que nos ocupa, roquera pero facilona (lo lamento).
 

Pese a todo lo dicho, mentiría si dijera que en la adaptación no hacen acto de presencia una serie de momentos bien conseguidos, tanto a un nivel argumental como visual. Lewes y Stirling frente a una mesa de billar, desplegando su propio futuro (I). Dos caracteres contrapuestos pero sincronizados en un objetivo común, y cierta inconsciencia valerosa, que es lo que los hace, sino únicos, sí muy especiales. La voz en off de los distintos paracaidistas antes de su primer salto, en la que va a ser su primera -y frustrante- misión, cargada de aspiraciones (III). La tonada Para Elisa (Für Elise, 1810), de Beethoven (1770-1827), que enlaza con los sentimientos de dos de los protagonistas, Paddy Mayne y Eoin McGonigal (Dónal Finn); el aliento épico que se desprende de la imagen de la mano de otro de los personajes, emergiendo inerme en la arena (íd.). La matanza en el hangar de Tamet, la competición por objetivos alcanzados entre los distintos equipos del S.A.S., la búsqueda de la tumba improvisada de un querido compañero, con el que se ha muerto en parte (íd.). El entrenamiento con los franceses, a cargo de Georges Bergé (Virgile Bramly) (IV), y en general, la incursión a Bengasi, punto por punto narrada por McIntyre (V); o en fin, la entrevista con Winston Churchill (Jason Watkins) (VI). Así mismo, la fotografía, del danés Stepahn Pehrsson (sic) (1975), resulta adecuada en todo momento.
 
Los hombres del S.A.S., como serie, se centra en el entramado de actividades de un regimiento que ya forma parte de la historia, con todos los atípicos honores, en el norte de África. Con lo cual supongo que sobrevendrá una segunda temporada centrada en la otra parte del libro, esto es, en las actividades en suelo europeo que antes hemos señalado de forma somera. Deseo que los desarreglos estructurales de la primera temporada se solventen en lugar de incrementarse. Los héroes del S.A.S. lo merecen.
 
Por cierto. Qué bien saben contar los ingleses su historia, y qué regular lo hacemos, cuando lo hacemos, los españoles. Envueltos en la coraza de lo ideológico, en lugar de lo histórico y audiovisual.

Escrito por Javier Comino Aguilera




El autocine (CVIII): El ascensor y Amsterdamned, misterio en los canales, de Dick Maas

12 marzo, 2023

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Que no. Que no subo en ascensor. ¿Y Bajar? Tampoco. Desde 1983, que ya ha llovido. No tiene nada que ver con la película. O tal vez sí…

Efectiva muestra de terror tecnológico, El ascensor (De lift, Sigma Films-Warner Bros., 1983), del realizador holandés Dick Maas (1951), se centra en los vericuetos de la tecnología, desde el punto de vista del horror y la ciencia ficción. Una tecnología habitual y cercana para nosotros, cotidiana, y por esa razón, tan terrorífica cuando nos traiciona.
 

Esta idea estimulante de las máquinas “rebelándose” contra el ser humano ha sido desarrollada con inteligencia en narraciones escritas y filmadas. Tomando su propia iniciativa. En el caso de El ascensor, un rayo impacta en la maquinaria. De esta manera, el artilugio parece cobrar vida. Pero esta es la trampa del relato, su subterfugio, pues las razones del “comportamiento” del alambicado mecanismo serán otras, como habrá ocasión de averiguar. No es la de Dick Maas una historia basada únicamente en la exposición de una fobia, en este caso, el quedar atrapado en un lugar angosto. Esto ya ha sido expuesto en telefilms como Pánico en el ascensor (Claustrophobia, Jerry Jameson, 1974). La suya es una propuesta centrada de soslayo en nuestra dependencia de los mecanismos artificiales.

Cuando a unos comensales se les corta la digestión de forma abrupta, ha llegado la hora de revisar los componentes del elevador. Su “irracional” comportamiento coincide con una noche de tormenta. El nuevo encargado de mantenimiento de la empresa instaladora es Felix Adelaar (Huub Stapel), que vive de forma modesta pero agradable junto a su esposa Saskia (Josine van Dalsum) y sus dos hijos, Bertie (-) y Karen (-). Las relaciones familiares suelen ser motivo de preocupación en las tramas cinematográficas. El ascensor no es una excepción. De hecho, el propio Dick Maas abordó este asunto de forma abiertamente guasona en la posterior Una familia tronada (Flodder, 1986).
 

El matrimonio Adelaar está en esa fase en la que los miramientos y atenciones han dado paso a los reproches, y la ilusión ha cedido su espacio a la rutina. Hay un buen detalle, en este sentido, en las chapas de botellas de refrescos que acumula Saskia en una caja de latón. Si consigues cien chapas entras a formar parte de un concurso, premiado con un viaje. Todo muy difuso, aunque sin pérdida de la esperanza.

El edificio donde se va a centrar la acción es un complejo de oficinas para empresas, no todas en uso, con un conocido restaurante en el último piso. Quince plantas en total. Hay tres ascensores en el edificio. El díscolo es el de en medio.

El planteamiento y desarrollo resulta bastante sencillo, aunque subyacen ideas de interés. La desgana –más que incompetencia- policial, es una de ellas, en la figura del inspector de turno (Siem Vroom). También, cómo las empresas nos usan como conejillos de indias (herencia del reciente Alien [íd., Ridley Scott, 1979]). Así, la primera víctima de esta tecnología “de nueva generación” es el invidente Marius Vink (Onno Molenkamp), seguido de un vigilante de seguridad (Gerard Thoolen). Todo ello aderezado con algunas tópicas gotas de erotismo oficinero (esposas casadas que se insinúan al mejor amigo del esposo), retozos para hacer tiempo.
 

Félix es el encargado de la parte mecánica. Pero existe otra parte electrónica que no es de su competencia, y sí de la empresa fabricante. Esta responde al nombre de Rising Sun, una compañía multinacional dispuesta a dar el salto atlántico, y que ha sido objeto de algunas denuncias por espionaje industrial. O sea, la típica empresa de raigambre estatal. Especialistas e innovadores en el campo de la electrónica.

Mientras prosigue con sus pesquisas y chequeo, Félix entra en contacto con un compañero recién retirado, Brooker (Ad Noyons). Este sufre serios trastornos psicológicos que coinciden con su última inspección del ascensor de marras. Al punto de acabar en una institución psiquiátrica. La entrevista con uno de los encargados de la Rising Sun, el señor Crom (Hans Veerman), tampoco arroja mucha luz. Pero la luz llega, y resulta cegadora. Lo hace a través de un procedimiento cinematográfico tan ancestral como intrínseco. El de un protagonista que toma las riendas del relato; en consecuencia, de su propia vida. Aquel que se enfrenta al sistema y a los demás por sí mismo, sin más cuartada ideológica que la defensa de su libertad de criterio y acción.

Estamos en el ámbito de la inteligencia artificial, cuyo recorrido sugestivo ha dado nombres tan señeros como HAL 9000, Colossus o Proteus (Engendro mecánico [Demon Seed, Donald Cammell, 1977]). Inolvidables todos, y a los que se suma nuestro montacargas, no por falta de un apelativo, menos levantisco y desobediente. 

Félix no está del todo solo, lleva a cabo sus investigaciones con la periodista Mieke de Beer (Willeke van Ammelrooy). Su relación se afianza, pero no al extremo que sospecha la esposa del primero. Dentro del drama, se evidencia cómo este entramado de intereses perjudica la relación laboral y estructura familiar de Félix. Ambas cosas, no por su culpa, sino de los demás: su jefe (Ab Abspoel) y los amigos de Saskia, que le han predispuesto a que su marido la está engañando.

Destaca muy favorablemente todo el segmento final en los intersticios del ascensor, cuando Félix decide investigar por su cuenta… y riesgo.
 

Tras este tonificante debut en la dirección, con el que Dick Maas alcanzó cierta notoriedad, y tras la comedia antes citada, el realizador holandés volvió a hacerse un hueco en las estanterías de los videoclubs y las inmediatas programaciones televisivas con otro relato de suspense. De inteligente título en inglés. Amsterdamned, subtitulada en español Misterio en los canales (Concorde-First Floor Features, 1988). Según parece, basada en una novela policiaca cuyos datos desconozco.

Tuvo bastante predicamento en su día y se sigue viendo con agrado. Pero su desarrollo y exposición resulta más previsible. Como el empleo visual de la arquetípica cámara subjetiva. Idea primorosa es mostrar la capital de Holanda como un lugar poblado por personas no siempre simpáticas. Como el dueño de una pastelería, y otros personajes a pie de calle.
 
En su investigación, Eric entra en contacto con el psiquiatra Martin Ruysdael (Hidde Maas), una amiga de este, la buceadora Laura (Monique van de Ven), y su colega John van Meegeren (Wim Zomer), de una división especial de buzos. La película se beneficia de una bien llevada persecución por los canales holandeses, en lancha. Pero que desemboca en el antedicho y previsible final, el de un maniaco cuya identidad se esclarece pero cuyo rostro queda indefinido (está desfigurado).


Ahí se desenvuelve Eric Visser (Huub Stapel de nuevo), policía de recursos cuya acción encuentra su mejor enemigo en la burocracia. Está divorciado –a la fuerza, porque la mujer lo dejó por otro tipo-, y tiene una hija, Anneka (Tatum Dagelet), cuyo principal entretenimiento es quedar con su compañero de estudios Willy (Edwin Bakker), para experimentar con la percepción paranormal, al margen de la normal. La ocurrencia es atractiva, pero más allá de la mera exposición, no alcanza una más excitante conclusión. La investigación policial desemboca en la búsqueda de un sádico, cuya identidad se desconoce hasta los últimos minutos del tercio final.
 
Escrito por Javier Comino Aguilera




Para el sábado noche (CXXV): Los tres mosqueteros y Los cuatro mosqueteros, de Richard Lester

02 marzo, 2023

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Uno de los recuerdos más vívidos que tengo de mi juventud con respecto al cine fue la emisión a través de TVE del díptico de Richard Lester (1932), Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, Film Trust-20th Century Fox, 1973) y Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Film Trust-20th Century Fox, 1974), en la inolvidable sección semanal Sábado cine. Fue en 1985.

Ambas películas fueron filmadas en escenarios de España y llegué a compenetrarme tanto con ellas que quería ser un mosquetero. Me sabía los diálogos de memoria, incluso los títulos de crédito. Y la música. Como las había grabado en video, las podía ver una y otra vez. De momento, lo que sí me gustaría destacar es la fotografía de David Watkin (1925-2008), que en la misma fecha de las emisiones, ganó el Óscar por Memorias de África (Out of Africa, Sydney Pollack, 1985), y el magnífico vestuario de Yvonne Blake (1940-2018).
 

Vas a ser un mosquetero, le dice papá D’Artagnan (Joss Ackland) a su hijo, mientras lo instruye en el oficio de las armas. Para el joven, inexperto y aventurero D’Artagnan (Michael York), es importante seguir los consejos de su progenitor. Probablemente, se ha desenvuelto en un rico mundo interior, repleto de gestas y amor cortés. El choque con la realidad se ve propiciado con el cambio del campo a la ciudad. En este recorrido, lo primero que va a perder es una espada con prosapia, legado de su familia. Vapuleado, robado… y prendado de Milady (Faye Dunaway).

Pero también obtendrá ganancias, más allá de lo crematístico. En la urbe es recibido por Jean-Armand du Peyrer, señor de Treville (Georges Wilson), capitán general de los mosqueteros, un cuerpo mezcla de guardia real y soldado de infantería, a veces de caballería, que combatió en los ejércitos europeos del siglo XVI al XVIII. Los hubo en Francia, donde la compañía fue refundada por Luis XIII (1601-1643) en 1622, donde se cambiaron las carabinas por los mosquetes, y también en los Tercios españoles. Los mosqueteros se insertaban en el interior de las compañías militares más prestigiosas.

Es curioso el personaje de D’Artagnan, muy bien sostenido por Michael York (1942). Pese a que su trayectoria vital incluye, más que la decepción, la toma de contacto con la parte oscura del poder y la naturaleza humana, lo que nunca perderá es el espíritu animoso y aventurero. Hubo un D’Artagnan auténtico, Charles de Batz-Castelmore d’Artagnan (c. 1611-1673), también de Gascuña (Francia), pero posee más encanto el de la ficción perpetrada por Dumas. Mantenido de las damas nobles -aspecto que se traslada a otros personajes-, fue un histórico militar al servicio de la corona, lo que era decir, al servicio del Estado. Por el contrario, el D’Artagnan de Dumas se enfrenta con él. Sobresale su ímpetu a la hora de sobreponerse a las adversidades, aprender de los errores y enfrentarse con un destino, a veces cifrado en una esquiva alegría. Pese a pasarlo mal, la grandeza del D’Artagnan literario estriba en no sucumbir al desencanto. Este parece ser el legado de los mosqueteros de Dumas, que encuentra una fiel traducción espiritual -la prefiero con creces a las demás- por parte de Richard Lester.


El realizador inglés posee una innata capacidad para alegrar el plano. A lo que se presta el guión sincrético y maravilloso de George McDonald Fraser (1925-2008), autor de las divertidas novelas de Harry Flashman (también llevadas al cine por Richard Lester en El cobarde heroico [Royal Flash, 1975]), en lo que es una fresca adaptación de la obra de Alejandro Dumas (1802-1870), Los tres mosqueteros (Les trois mousquetaires, 1844; Alianza, 2022).

Como le explica Treville al joven recién llegado, en principio no hay lugar en la guarnición para alguien que no haya combatido en campaña o se haya distinguido de alguna otra forma. D’Artagnan habrá de procurar los medios. El “villano tuerto” con el que ha tenido un primer encontronazo resulta ser el conde de Rochefort (Christopher Lee). D’Artagnan podrá medirse por la altura de sus rivales. Las refriegas se suceden y están filmadas con tanta habilidad como gracia. Tomando como escenarios los lugares en principio menos suntuosos, pero sí más corrientes, como son el patio de un convento, con sus sábanas tendidas al sol, una lavandería, una posada o un asadero de pollos.

Los mosqueteros se desenvuelven así como una troupe de rufianes, aventureros y… valerosos caracteres. No exentos de picaresca, como demuestra su truco para almorzar gratis en una de las tabernas. Las suyas son peleas físicas, valga el pleonasmo, con lo que se tiene a mano. Como demuestra la vibrante imagen de Athos (excelente Oliver Reed) luchando con su espada -a veces con el mango de esta- y con distintos ropajes, de manera totalmente corporal y realista. Allá donde más duele.

El resto de protagonistas también quedan bien definidos, con escasas pero precisas pinceladas. El voluminoso, aunque nada torpón, aspirante a noble Porthos (el no siempre aprovechado Frank Finlay), no tiene reparos en sustraer la bolsa con dinero de uno de los miembros de la guardia del Cardenal que los ha atacado, una vez que le han destrozado su sombrero nuevo; dinero que reparten entre los cuatro. A su vez, Aramis (Richard Chamberlain), sabe disfrutar de las bondades y beldades de la vida. Todo ello en tono de comedia vitalista. Escenas de una vida cotidiana en unos interiores y calles donde mora la más sapiencial de las truhanerías. Más allá, está el trasfondo de las Guerras de Religión.
 
 
Dentro de este inopinado y desenfadado escenario, es impagable el ajedrez animal de Luis XIII (sensacional Jean Pierre Cassel), o los detalles de puesta en escena de un Richelieu (Charlton Heston, menuda plantilla de actores), contemplando una especie de diapositivas o cámara oscura portátil. También la imagen de D’Artagnan escondido en un armario, dejando asomar una mano que da a la parte tuerta de Rochefort, a su vez, mano derecha del Cardenal. Así mismo, la puerta que da acceso a las prisiones de la Bastilla, adornada con un retrato del monarca. O en fin, el enfrentamiento nocturno de D’Artagnan con Rochefort, con las linternas-candil en el bosque.

D’Artagnan se hospeda en la destartalada pensión del señor Bonancieux (Spike Milligan), achacoso marido de la lozana francesa Constance (Raquel Welch), costurera y confidente de la reina. Un personaje divertido por su torpeza. Como evidencia su forma de zafarse de los captores de Rochefort. Mantendrá una especie de amor cortés con D’Artagnan. Lo que no obsta para que este se prende de Milady, condesa de Winter. Tan bella como letal.

En esta amorosa trama, hasta el duque de Buckimgham (Simon Ward) está enamorado -y viceversa- de la reina consorte Ana de Austria (Geraldine Chaplin; 1601-1666). Como prueba de su amor, esta le entrega al duque su collar de doce diamantes, que el rey le regaló –y del que se desprende de mil amores-, y que el esposo mosqueado le va a solicitar presto para un baile, por instigación de Richelieu. Con ayuda de sus nuevos amigos y de su criado Planchet (el entrañable Roy Kinnear), D’Artagnan habrá de procurar que el collar esté donde es debido la noche de dicho baile. No parece tarea sencilla, habida cuenta de que Milady se ha hecho con dos de los diamantes. Manos a la obra se pondrá el joyero O’ Reilly (doblete de Frank Finlay).
 
 
La voz en off de Porthos se abre camino en la continuación, Los cuatro mosqueteros. Rememora los tiempos en que éramos jóvenes y despreocupados, como deben ser los mosqueteros. El conflicto privado da paso al genérico con los insurgentes protestantes enclavados en la fortaleza de La Rochelle, bajo el auspicio del primer ministro inglés, el duque de Buckimgham. Pero no por ello las pasiones íntimas dejan de estar presentes, más desaforadas que nunca. Deseo, envidia, venganza, vanagloria. El único que mantiene sus ardiles bajo el dominio de su talante es el Cardenal, que pese a todo, no se resigna a que su anterior desenmascaramiento de la reina -más que conspiración- le fuera desbaratado. Algo impropio de caballeros, en agudas palabras de Porthos.
 
Como ya he adelantado, lo que hace de estas adaptaciones algo insuperable, respecto a otras versiones, es esa mirada alegre y desenvuelta de la que forma parte el díptico, alimentado de la excelente música de Lalo Schifrin (1932) y Michel Legrand (1932-2019). Más ejemplos en esta segunda entrega los hallamos en la imagen turgente que hace recordar a D’Artagnan al del puesto de melones (Rochefort), y su obligación antes que la devoción. También el monje que bendice los cañones en el campo de batalla, los artilugios para el entrenamiento de los mosqueteros, la desvencijada habitación de la criada de Milady, Kitty (Nicole Calfan), en comparación con las dependencias de su señora; la estampa de Milady tras haber hecho el amor con la ropa puesta, para no desvelar bajo ninguna circunstancia la marca de su flor de lis en el hombro; la “flor de la pasión” que se ha marchitado sobre el rostro de D’Artagnan a la mañana siguiente, o el instante en que Milady esconde un puñal en su miriñaque, en presencia de Rochefort.
 
 
Son momentos magníficos y carentes de ningún subrayado, a los que se suma el rescate de Constance de su cautiverio, por parte de los esbirros de Rochefort; la pelea en el lago helado, el desayuno en el bastión en ruinas, donde combaten contra los insurrectos, o la imagen de los pobres pecadores protestantes colgados de un árbol, en los dominios del rey, cual estrambótico árbol de Navidad.

Todos estos detalles bien dispuestos dan colorido a la narración. Pero en el aspecto de definición de personajes, el otro agraciado es Athos, cuya doble y pasada personalidad responde al nombre de conde de la Fère. Lo que me lleva a otro punto interesante. La presteza y desparpajo no encubre nunca cierto código ético a la hora de preferir las espadas a los mosquetes, más empleados fuera de los duelos privados. El combate cuerpo a cuerpo queda así impregnado de honor.

Como curiosidad última, tras el desenlace, la escena del juicio a Milady por sus crímenes e intrigas, sí que estuvo doblada al español, aunque no de manera íntegra. Es la razón por la cual se ofrece en inglés. Es una escena álgida que me recuerda que, si en la primera parte se nos advertía acerca de que los duelos estaban prohibidos, realmente lo están… en todos los sentidos.
 
En el apartado de tropelías, por goleada gana el innecesario redoblaje de la primera de las partes, Los tres mosqueteros. Ya he comentado este desgraciado asunto en más de una ocasión. La manía de volver a doblar al español una película con la excusa de que se incorporan algunas escenas o, peor aún, planos aislados, en el conjunto de la obra (y así no pagar los derechos de doblaje a los actores de voz correspondientes). El cómo las distribuidoras -en España- se permiten hacer mangas y capirotes –puñetas, en definitiva- con los doblajes originales, o lo que es decir, con nuestros recuerdos y memoria cinéfila. Por suerte para mí, conservo una copia en video de la película con las voces originales. ¿Quién puede pretender mejorar el tono de José Guardiola (1921-1988) para el cardenal Richelieu? Encima, soberbios. Bien es verdad que hay que felicitar a los fabricantes de blu ray en nuestro país, por insertar estos doblajes en la mayoría de las ediciones. Son (re)lanzamientos para claros coleccionistas. Desgraciadamente, con Los tres mosqueteros, esto no ha sucedido de momento (la segunda parte sí conserva el doblaje primigenio).
 
 
Hubo otra secuela tardía que, tristemente, se saldó con la muerte por accidente del apreciable actor y amigo del director, Roy Kinnear (1934-1988). Recuerdo muy bien la noticia en los medios y la tristeza que nos produjo. Richard Lester decidió no dirigir nunca más, y Charlton Heston (1923-2008), dedicó su último trabajo para la televisión (The Common Man, 1988) a Kinnear.

Pero como nos recuerda el buen Porthos al inicio de la segunda entrega, ha de prevalecer el espíritu jocoso y aventurero. El recuerdo de un niño que aún sigue blandiendo la espada gracias, entre otros, a Richard Lester.
 
Escrito por Javier Comino Aguilera




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