¡A ponerse series! (XLIV): Los hombres del SAS, de Ben MacIntyre, y adaptación para televisión

23 marzo, 2023

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Son irritantes, contestones, desatendidos en muchos aspectos, sin filtros. Me refiero a algunos de mis alumnos, pero bien podría referirme a los hombres del S.A.S. Esto, hasta que alcanzamos un óptimo nivel de comprensión y entendimiento mutuo. Personas así forman parte de los cimientos del futuro, como lo han venido siendo del pasado. No todo el mundo está hecho para los estudios. ¿Y qué es el S.A.S.? Fácil, el Servicio Aéreo Especial, una unidad británica formada en el norte de África en 1941, en plena contienda de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Reclutó combatientes de todo el mundo y estuvo activa de 1941 a 1945, siendo reformada en 1947 (el mismo año que se creó la C.I.A.). Aún sigue en uso y disfrute de sus respectivos gobiernos, pero es a este primer periodo que se circunscriben los hechos relatados en el presente libro.

Con lo expuesto no quiero decir que en la unidad no hubiera gente instruida, a distintos niveles, sino que parte del grupo estaba constituido por inadaptados y alborotadores. Incluso depravados, en casos extremos. Los despojos de las escuelas públicas y las cárceles (nota del autor, y frase recogida por la posterior serie, capítulo II). Su objetivo, las misiones clandestinas y vitales para el devenir de la guerra. Incursiones contra objetivos propuestos por el Eje.

 
Pero el estupendo libro del historiador británico Ben McIntyre (1963) trata del aspecto humano por encima de todo y en cualquier circunstancia. Nuestra capacidad para adaptarnos, establecer vínculos y sobrevivir, si es posible, a las situaciones más adversas e inesperadas. Este es un libro sobre el significado del valor (íd.).

El texto se divide en dos partes, las operaciones en el desierto, concretamente, en el norte de África, y las que acontecieron en Europa, hasta el final del conflicto bélico. La inauguración llegó con la llamada Operación Squatter, en la que participaron unos cincuenta y cinco soldados paracaidistas.

Pero antes de eso, lo primero que me llama la atención es el excelente retrato del carácter del jefe de la unidad, David Stirling (1915-1990) (capítulo I). Y el de su segundo al mando, John Steel Lewes, apodado Jock (1913-1941), un decantador y desencantado del nazismo, solitario y férreo. Instructor Jefe del llamado Destacamento L, como entonces se conocía a la unidad, e inventor de las “afortunadas” bombas Lewes, protagonistas por derecho propio de buena parte de las aventuras rescatadas por McIntyre -y otros autores no traducidos al español-.

Sobre el tablero también hormiguean el desinformador nato Dudley Wrangel Clarke (1899-1974), oriundo de Sudáfrica, y del que entre sus muchas peculiaridades estaba el deambular por Madrid vestido de mujer (!) (II). A ellos se suman el estadounidense Pat Rilley (1915-1999), el inglés Jim Almonds (1914-2005), ambos combatientes en Tobruk (Libia), el oficial inglés Reg Seekings (1920-1999), difícil de manejar; el teniente escocés Bill Fraser (1917-1975) y el irlandés Eoin McGonigal (1920-1941), estos dos, mis favoritos, por decirlo así. El más joven era el británico Johnny Cooper (1922-2002). Buen chaval. El más inestable y explosivo, el irlandés Robert Blair Mayne, Paddy (1915-1955), jugador de rugby y experto en el placaje mediante todo tipo de expresiones corporales y verbales.
 
David Stirling -derecha- junto a otros componentes
La individualidad y la confianza en uno mismo no siempre son muy valoradas en el ejército (III). Y precisamente, el texto de McIntyre es la suma de una serie de individualidades, de talante acuoso, aéreo, terreno o fogoso, en función de las distintas personalidades. Lo hemos señalado en multitud de ocasiones y lo repetimos. Sin individualidad no puede haber colectivo. Todo intento de colectivizar al individuo, lo despersonaliza. El destacamento se establece en Kabrit, al este de El Cairo. Sus integrantes debían ser polivalentes: conductores, mecánicos, experto en explosivos, cartógrafos… Nunca sabe uno de dónde puede surgir un grupo de élite. Con apenas cien hombres, se crea la unidad, dirigida por Stirling, pero bajo el mando del general Claude Auchinleck (1884-1981).
 
La primera incursión llega bajo el nombre de la citada Operación Squatter, que acaba en desastre a causa del clima (una tormenta de arena y un diluvio). Y las primeras y lamentables bajas (IV). Pese a todo, nadie da su brazo a torcer, y se advierte la importancia e influencia de la unidad. Pronto surge la asociación con el LRDG (Grupo de largo alcance terrestre del desierto), para poder llegar a los lugares por tierra, en lugar de por aire, y ser evacuados de forma más conveniente (V). Una de sus esporádicas bases la hallarán en el oasis de Jalo, al oeste del Gran Mar de Arena en Libia. Su intención es atacar los aeródromos de Sirte y Tamit, junto con otros dos, dividiéndose en cuatro contingentes (VI).

La muerte va visitando a unos y otros. Eje y Aliados. Las nuevas incursiones y ataques aéreos, entre ellos, uno alemán al convoy del Destacamento L, cuestan la vida a muchos de estos valerosos muchachos. Siempre en la brecha, queda establecido el lema del destacamento, quien arriesga gana; su definitiva nomenclatura (S.A.S.), y sus insignias, símbolos de una hermandad privada (VII). El S.A.S. estuvo implicado en la primera operación anfibia, frente a las costas de Bouerat, en Bengasi (Libia), y se nutrió con la sabia de un equipo de paracaidistas franceses al mando del general Georges Bergé (1909-1997). Haciendo millas, se afianza el entendimiento entre David Stirling y Paddy Mayne, los dos principales responsables. Surge así un nuevo puesto de control en el oasis de Siwa (Egipto), con el fin de fortalecer la República de Malta, base aliada entre Gibraltar y Alejandría. Como decía Winston Churchill (1874-1965), si Malta se perdía, se podía perder África; y si África se perdía, se podía perder la guerra.
 
 
El gran tour de force es el ataque a Bengasi (VIII). Cuando este se concreta, misión divertida pero infructuosa, el equipo cuenta con la presencia de Randolph Churchill (1911-1968), el hijo del Primer Ministro Winston Churchill. Finalmente, Randolph ha de abandonar el destacamento por una lesión de espalda (en las vértebras) (IX).
 
Junto a la esporádica y bien acogida ayuda de William Stirling (1911-1983), hermano de David, el S.A.S. se beneficia de la incorporación de un médico, Malcolm James Pleydell (1915-2001), y del capellán Fraser McLuskey (1914-2005), imprescindible por su contribución de campo y por legar unas sustanciales memorias. O Bob Lilley (1914-1981), el estrangulador del desierto.

Más controvertida es la presencia de otros personajes singularísimos, como Herbert Brückner, Buck (-) y Walter Essner (-), especialistas en hacerse pasar por alemanes, debido a su ascendencia, y no revelaremos más.

Los objetivos son ahora Derna y Martuba (Libia), para afianzar el dominio aliado en la referida isla de Malta.

Tras la inesperada muerte de uno de los integrantes, Georges Jellicoe (1918-2007) es transferido como segundo al mando. Entre tanto, el equipo francés acomete el asalto al aeródromo de Heraclión, Creta (Grecia) (X).

A estas alturas, las hazañas de Stirling, en parte leyenda, eran un elemento fundamental de la moral militar británica (XI). Aunque, como nada permanece en su sitio para siempre, cada vez se hace más difícil atacar los aeródromos. Entre los prisioneros del S.A.S., y no hubo muchos, se contó el médico alemán Markus Luterotti (1913-2010), que llegó a establecer un curioso vínculo con los soldados de la unidad... antes de escaparse. En los altos mandos, Harold Alexander (1891-1969) sustituye a Auchinleck, pero el S.A.S. sigue tan operativo, que uno de los capítulos más apasionantes que narra McIntyre, no tuvo lugar en las arenas del desierto, sino en los salones de Egipto, y fue el encuentro de David Stirling con Winston Churchill. Una charla que garantizó el futuro del destacamento.

A pesar del tibio resultado en Tobruk y Bengasi, y dejar a varios heridos atrás para su consternación, al tener que trasladar el campamento, Stirling fue ascendido a teniente coronel, y el destacamento alcanzó el honorable estatus de regimiento (XIII). Tras caer en una emboscada y ser hecho prisionero, Jim Almonds fue partícipe de dos intentos de huida del enemigo antes de reincorporarse al regimiento.
 
El S.A.S. en Francia
De aquí a El Alamein (Egipto), en plena disputa entre Erwin Rommel (1891-1944) y Bernard Montgomery (1887-1976). En este escenario se enmarca la odisea del soldado del S.A.S. John William Gillitoe (-) y su arriesgada travesía por el desierto, tras ser atacada su unidad de noche. Y el episodio del espía John Richards (1918-1946), soldado del ejército británico y fascista consumado. O la creación del S.A.S. 2, a cargo de William Stirling, recordemos, el hermano de David (que entre tanto había sido hecho prisionero: el S.A.S. originario queda ahora en manos de Paddy Mayne. David será liberado al final de la contienda, nada menos que de Colditz) (XIV).

Sobreviene la invasión de Sicilia (Italia), el diez de julio de 1943, el contingente de ataque anfibio más grande hasta el Desembarco de Normandía, el seis de junio de 1944. Junto al S.A.S., en ella intervienen los ya míticos Octavo Ejército (del inglés Montgomery) y el Séptimo Ejército (del norteamericano Patton). De esta manera, el ocho de septiembre de 1943, se produce la capitulación del gobierno italiano (XV). El S.A.S. ha dado el salto a Europa.

Fusilados resultaron veintiocho miembros del regimiento, tras haber dificultado el avance de los panzer e infligido numerosos daños a las redes viarias y carreteras alemanas, en lo que se denominó la Operación Bulbasket, con incorporación de maquis franceses y otros miembros de la Resistencia (XVI).

El escenario que anticipa el fin de la guerra cada vez parece más enrarecido. Por todas partes había espías, reales o imaginarios (XVII). McIntyre insiste en que el auténtico valor de las misiones del S.A.S. radicaba en su impacto (no cuantificable) en la condición humana (XVIII). A los miembros fundadores, se añaden el irlandés Roy Farran (1921-2006), del 2º S.A.S. (XIX), el capitán de ascendencia holandesa Henry Carey Druce (1921-2007), y su sargento Kenneth Seymour (1921-2004), puesto en entredicho en la Operación Layton (en Alsacia-Lorena). Farran llevó a cabo su ataque al centro de mando del cuerpo LI alemán, cuando el fin de la guerra en suelo italiano estaba a punto de concretarse (XXI). Todos coinciden en que el último movimiento de la guerra fue el peor. El S.A.S. pisa suelo alemán el 25 de marzo de 1945 (XXII). Poco después se producirá la traumática liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen (Baja Sajonia, Alemania), por el aplicado, indisciplinado y valeroso regimiento (XXIII). Nada podía volver a ser lo mismo.
 
Imagen de la serie
El S.A.S. dejó de existir oficialmente en octubre de 1945, pero fue vuelto a fundar en 1947, como señalaba al comienzo. Tras la guerra en Europa se procede a la debida investigación de los crímenes de guerra, en la que también participaron algunos miembros del S.A.S. (con inclusión de la tabla ouija para localizar cadáveres) (XXIV).

Existe un epílogo en el libro, que nos da cuenta de la vida de quienes nos han venido acompañado a través de las páginas de tan apasionante libro, una vez ha transcurrido su tiempo en el S.A.S. En la mayoría de los casos resulta deprimente proseguir con algunas biografías, pero existen excepciones. Que no daría yo por haber podido tender una mano a Bill Fraser.
 
Así, llegamos a la plasmación en imágenes propuesta por la reciente serie Los hombres del S.A.S. (S.A.S.: Rogue Heores; BBC, 2023). Escrita por Steven Knight (1959), responsable de la serie Peaky Blinders (Íd.; BBC, 2013-2022), en torno a lo expuesto en el libro de Ben McIntyre. El primer encontronazo como espectador lo encuentro en una narrativa dominada por cierta chulería verborreica, y una marcialidad impostada, en conflicto directo con los aspectos humanos mejor descritos en el libro. La visión que ofrecen de sí mismos algunos de los protagonistas, también me parece distorsionada. Los altivos “discursos de pose” acaban por asfixiar la soltura de la espontaneidad (resultan demasiado escritos). El lenguaje barriobajero traducido (doblado al español), más afín al siglo XXI que al XX, tampoco ayuda a motivarse y entrar en situación. Son actitudes y líneas de diálogo expuestas sin la sencilla gracia de la picaresca: esta resulta demasiado solemne, confundidas las réplicas agudas con el nihilismo más cargante. Hasta la petulancia hay que saber dialogarla (y ponerla en escena). Heroicidad por testarudez. De tal modo que el don de gentes de Stirling, claramente descrito por McIntyre en el libro, se ve persistentemente neutralizado. Los altos mandos son unos capullos integrales, y los sin escolarizar, los cimientos díscolos de la nación, en lo que es un acto de maniqueísmo sofocante.

Con todo, lo cierto es que la serie toma aire con los diálogos entre personajes, más que con estos monólogos lanzados al aire y apelmazados, donde el engreimiento resulta artificioso, sin la chispa caballeresca del clasicismo (actual o pretérito).
 

El primer capítulo se centra en la toma de Tobruk. En Egipto, los tenientes David Stirling (Connor Swindells), Jock Lewes (Alfie Allen), y Paddy Mayne (Jack O’Connell), se reunifican, tras andar desperdigados, con objeto de crear un nuevo contingente de ataque y acabar con su monotonía vital e inactividad guerrera. Su principal objetivo en estos momentos iniciales parece sintetizarlo Stirling cuando asegura que nunca más volveremos a replegarnos (por el sempiterno cambio de manos del puerto de Tobruk). Avanzar hacia donde sea, pero avanzar. Los cimientos de la unidad, endebles y robustos a un mismo tiempo, han quedado establecidos.

Sin embargo, se corre el riesgo, desde mi punto de vista, de convertir ciertos capítulos en un falso diario de campaña, por quedarse meramente con lo más vistoso: el espía Dudley Clarke (Dominic West), agente secreto travestido, sin que se nos aclaren sus motivaciones, creador de la Brigada Fantasma que luego se materializará en el contingente del S.A.S. La serie incorpora además un personaje femenino de ficción, una periodista y enlace que termina como Jefa del Servicio Secreto Francés en El Cairo, Eve Mansour (Sofia Boutella). Nada se añade con este personaje, salvo que puede resultar tan insolente en sus réplicas como algunos de los otros (no es lo mismo independencia que impertinencia). No obstante, se le endosará a David Stirling. Al fin y al cabo, una carga más que importa. Buenas líneas de diálogo las tenemos cuando Paddy Mayne anuncia, con su proverbial sinceridad, que nunca he matado pájaros. O Stirling abogando a que no tendremos que responder (de sus acciones) ante nadie. Lo cual se revela falso, como ya hemos tenido ocasión de constatar. Sí tendrán que rendir cuentas, ante sí mismos, en primer lugar, y luego ante sus superiores (totalmente descafeinados en la serie). De esta guisa, queda constituida la Primera Brigada del Servicio Aéreo Especial (II).

No puedo evitar pensar que cuantos más medios digitales tenemos, peor salen las cosas a un nivel cinematográfico (en televisión o en una pantalla de cine). Cada vez es más raro hallar películas o series cohesionadas en todos sus aspectos, cuando casi se ha perdido el arte de dialogar, no digo ya saber dirigir, e incluso producir (cuando el productor es la “estrella”, a ver quién es el guapo que lo llama al orden cuando está equivocado). De la música, mejor ni hablar. En el caso que nos ocupa, roquera pero facilona (lo lamento).
 

Pese a todo lo dicho, mentiría si dijera que en la adaptación no hacen acto de presencia una serie de momentos bien conseguidos, tanto a un nivel argumental como visual. Lewes y Stirling frente a una mesa de billar, desplegando su propio futuro (I). Dos caracteres contrapuestos pero sincronizados en un objetivo común, y cierta inconsciencia valerosa, que es lo que los hace, sino únicos, sí muy especiales. La voz en off de los distintos paracaidistas antes de su primer salto, en la que va a ser su primera -y frustrante- misión, cargada de aspiraciones (III). La tonada Para Elisa (Für Elise, 1810), de Beethoven (1770-1827), que enlaza con los sentimientos de dos de los protagonistas, Paddy Mayne y Eoin McGonigal (Dónal Finn); el aliento épico que se desprende de la imagen de la mano de otro de los personajes, emergiendo inerme en la arena (íd.). La matanza en el hangar de Tamet, la competición por objetivos alcanzados entre los distintos equipos del S.A.S., la búsqueda de la tumba improvisada de un querido compañero, con el que se ha muerto en parte (íd.). El entrenamiento con los franceses, a cargo de Georges Bergé (Virgile Bramly) (IV), y en general, la incursión a Bengasi, punto por punto narrada por McIntyre (V); o en fin, la entrevista con Winston Churchill (Jason Watkins) (VI). Así mismo, la fotografía, del danés Stepahn Pehrsson (sic) (1975), resulta adecuada en todo momento.
 
Los hombres del S.A.S., como serie, se centra en el entramado de actividades de un regimiento que ya forma parte de la historia, con todos los atípicos honores, en el norte de África. Con lo cual supongo que sobrevendrá una segunda temporada centrada en la otra parte del libro, esto es, en las actividades en suelo europeo que antes hemos señalado de forma somera. Deseo que los desarreglos estructurales de la primera temporada se solventen en lugar de incrementarse. Los héroes del S.A.S. lo merecen.
 
Por cierto. Qué bien saben contar los ingleses su historia, y qué regular lo hacemos, cuando lo hacemos, los españoles. Envueltos en la coraza de lo ideológico, en lugar de lo histórico y audiovisual.

Escrito por Javier Comino Aguilera




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