Música Inolvidable (XXXVII): Boney M y Ray Conniff

22 diciembre, 2018

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No nos engañemos, no puede existir una Navidad como Dios manda sin el Christmas Album de Boney M. El sonido característico de este conjunto nacido a mediados de los setenta en Europa, y que dejando al margen esporádicos resurgimientos, se mantuvo en activo hasta el ecuador de los ochenta, se traslada con felices resultados al referido álbum de 1981, uno de los más alegres y dinámicos discos navideños, y por eso, uno de los vendidos y apreciados por los aficionados.


En este Christmas Album (BMG-Sony) el sonido disco se mezcla con el funk, el pop y algo de soul, en una variedad de clásicos navideños o estándares, que convierten este trabajo en un convidado animoso y esencial. Temas de sobra conocidos adquieren un apañado acicalamiento afín al sonido del grupo, merced a los arreglos del productor alemán Frank Farian (1941). Por ejemplo, con la cordial batería corrediza en Mary’s Boy Child, de Jester Hairston (1901-2000), o la inclusión de otros sonidos caribeños en la sección de percusión. Tampoco faltan los acompañamientos de coros infantiles, en temas tan señeros como Hark, the Herald Angels Sing, del excelso Félix Mendelssohn (1809-1847), Oh Come All Ye Faithful, es decir, el tradicional Adeste fideles trasladado al mundo anglosajón por Frederick Oakeley (1802-1880), el contagioso Joy to the World, de otro inmortal como Händel (1685-1759), posteriormente rebautizado por el autor de himnos y teólogo Isaac Watts (1674-1748), o el menos conocido, y por ello bienvenido, Darkness is Falling, de Fred Jay (1914-1988) y Helmut Rulofs (-).

Ni que decir tiene que estos coros acompañan a las voces del propio grupo, en su peculiar combinación de armónicos femeninos o en solitario, junto al esporádico fraseo de la voz masculina de turno (para desesperación del líder Bobby Farrell [1949-2010]). Sin olvidar la subida en escalas, perceptible en villancicos como el tradicional Jingle Bells o el White Christmas de Irving Berlin (1888-1989), que presenta un ritmo cercano al funk, esto es, más vivaracho de lo habitual.


Curiosamente, el álbum se regocija en un sonido atemperado en algunos temas más relajados, cercanos a la faceta musical del soul. Pero en su conjunto, prevalece esa alegría bullanguera propia de Boney M. La grabación que combina los temas Mary’s Boy Child y Oh, My Lord, de Farian y Jay, fue grabada en 1978 en formato single (junto con la canción Dancing in the Streets), para después pasar a formar parte del Christmas Album. Este también contó con un medley, así mismo con acompañamiento infantil, formado por Silent Night, de Fraz Xaver Gruber (1787-1863) y el letrista Joseph Mohr (1792-1848), más los menos transitados Snow Falls Over the Ground, de Eduard Ebel (1839-1905), Hear Ye The Message, de Farian, y el antiguo y menos conocido Sweet Bells (incorporado a posteriori en un nuevo mix).

Christmas Album se completó con otras canciones no menos destacables, como el tradicional Oh Christmas Tree, la bella composición instrumental Winter Fairy Tale, de Harald Baierl (-), o afianzando la buena acogida internacional, Feliz Navidad de José Feliciano (1945) y Petit Papa Noël, de Henry Martinet (1909-1985) y el letrista y guionista Raymond Vincy (1904-1968). De nuevo, temas menos interpretados agregan interés a la escucha del álbum, caso de When A Child Is Born, compuesto por Ciro Dammicco (1947) y Darío Baldan Bembo (1948); una de esas melodías que, cuando se escuchan, enseguida muchos reconocemos. Lo mismo podría decirse del magnífico Zion’s Daughter, otro inolvidable clásico de Händel, y I’ll Be Home for Christmas, de Rulofs, Farian y Catherine Courage (-), que es una nueva composición que no hay que confundir con el estándar de igual título de Walter Kent (1911-1994) y Kim Gannon (1900-1974). Posteriormente, en 1984, se añadieron el excelente y anónimo The First Noel, el ya mencionado Hark, the Herald Angels Sing, y la imprescindible y sensible tonada de fin de año Auld Lang Syne (Hace mucho tiempo), del poeta escocés Robert Burns (1759-1796).

¿Quién puede resistirse a este alborozo? A su modo, Christmas Album de Boney M es ya un clásico como puedan serlo Bing Crosby (1903-1997), Frank Sinatra (1915-1998), Ella Fitzgerald (1917-1996), Elvis Presley (1935-1977), Barbra Streisand (1942) o cualquiera de los otros grandes artistas que queramos sumar a nuestra lista. En Navidad se salvan todas las distancias y todos (o casi) conviven en buena armonía.


En alguna de nuestras Navidades pasadas, propuse como ejemplo el sensacional A Merry Mancini Christmas (RCA, 1966), del compositor y arreglista Henry Mancini (1924-1944). En esta misma línea de álbumes instrumentales con sabor coral, hoy les traigo a colación el no menos disfrutable y hogareño Christmas Caroling (CBS), del trombonista y arreglista Ray Conniff (1916-2002).

Ambos directores, Mancini y Conniff, fueron, junto a otros nombres como Paul Mauriat (1925-2006), Fausto Papetti (1923-1999), Ronnie Aldrich (1916-1993), James Last (1929-2015) o nuestro Augusto Algueró (1934-2011), definidores de una época. Un tiempo garboso y elegante, donde ambos fueron conocidos y respetados, haciendo de la polifonía heterogénea un generacional estilo musical de expresión. En el caso de Ray Conniff, no dejó de ofrecer sus versiones hasta bien entrada la década de los noventa.

Pintura de Donna Gelsinger
Tres fueron los álbumes dedicados por Conniff a la Navidad, Christmas with Conniff (Columbia, 1959), We Wish You A Merry Christmas (Columbia, 1962) y Christmas Album, también conocido con el sobrenombre Here We Come A-Caroling (Columbia, 1966). El álbum en formato CD que les presento, toma lo más representativo de dichos trabajos. Apareció en vinilo en 1984 y en disco compacto al año siguiente. En él, la calidez de los arreglos musicales se pone de manifiesto con la mencionada mixtura de coros masculinos y femeninos.

Resulta ideal para unas Navidades reposadas, melódicas, nostálgicamente optimistas y sofisticadas, pero con el aroma sonoro de los años sesenta, evocado por esas pequeñas-grandes bandas de música. Viajeros, pastores, estrellas, renos, campanas, el propio Niño Jesús y toda suerte de adornos parecen comparecer ante una confortable chimenea, mientras se paladea un buen dulce navideño, el cava o la sidra.

El director, compositor y arreglista incorpora arpas, guitarras, cascabeles, una batería suave (o las escobillas), el bajo, el vibráfono y, como sucedía en el disco de Mancini, las propias voces humanas, con frecuencia, subiendo y bajando de octavas, o sirviendo de manto sonoro al resto de voces, como un instrumento de fondo más, que en esto era un maestro Ray. A veces, nos las ofrece dialogando entre ellas, como sucede en Rudolph, the Red Nosed Reindeer, de Johnny Marks (1909-1985), Winter Wonderland, de Felix Bernard (1897-1944) y Richard Bernhard Smith (1901-1935), el tradicional The Christmas Tree (O Tannenbaum), O Little Town of Bethlehem, con letra de Phillips Brooks (1835-1893), Here Comes Santa Claus, de Oakley Haldeman (1909-1986) y el actor y cantante Gene Autry (1907-1998), el afamado -aunque desconocido- Sleigh Ride, de Leroy Anderson (1908-1975), The Christmas Song, de Robert Wells (1922-1998) y el estupendo Mel Tormé (1925-1999), o el bonito pero no muy frecuentado The Twelve Days of Christmas, anónimo adaptado por Frederic Austin (1872-1952), al que Conniff confiere un ritmo más ágil que el acostumbrado, coda circense incluida.

Pintura de "Sam"
Además, así como Joy To The World se muestra más ye-ye, estando particularmente lograda en lo que a la combinación de voces se refiere, en otras ocasiones destacan sonidos más singularizados. Como la solitaria campana de Silent Night, el vibráfono en Silver Bells, de Jay Livingstone (1915-2001) y Ray Evans (1915-2007), el bajo en Jingle Bells, de James Pierpont (1822-1893), o un modesto piano en Frosty, the Snowman, de Walter Rollins (1906-1973) y Steve Nelson (1907-1981). Incluso un arreglo cercano al western italiano anima el antiguo y anónimo O Rest Ye Merry Gentlemen, donde asoma una trompeta lejana.

Completan el excelente Christmas Caroling temas tan gustosos como Santa Claus Is Coming To Town, de John Frederick Coots (1897-1985) y James Lamont Gillespie (1888-1975), o el imprescindible White Christmas. Temas individualizados más un medley compuesto por el emotivo The First Noel, Hark, the Herald Angels Sing, Adeste fideles, con la letra original en latín y su traslación al inglés (y acompañamiento de castañuelas), y el anónimo popular We Wish You a Merry Christmas, sirven de colofón a este disfrutable e irrepetible disco.


Sí, las interpretaciones de Ray Conniff eran vivarachas, frescas y distintivas, procuraban una particular alegría. Responden a esa maravillosa descripción que de la Navidad hizo el poeta escocés Alexander Smith (1829-1867), como el día que une todos los tiempos.

Pero basta de cháchara y procedamos con la música. Deseando una Feliz Navidad a todos nuestros lectores, aquí les dejo algunas muestras sonoras de los artistas recomendados este año.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Boney M: Zion's Daughter


Boney M: Auld Lang Syne


Ray Conniff: Rudolph, the Red Nosed Reindeer


Ray Conniff: Jingle Bells


Ray Conniff: Frosty, the Snowman




¡Ralph rompe internet!, de Rich Moore y Phil Johnston

19 diciembre, 2018

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No podemos negar que ¡Rompe Ralph! (Rich Moore, 2012) tuvo un encanto particular al ser capaz de acercarse al universo de los videojuegos sin unirse a la legión de películas cutres realizadas hasta la fecha en torno a ese mundo, especialmente las adaptaciones mal entendidas. Además, supo crear una trama atractiva y divertida llena de guiños para el espectador. Así pues, no era extraño que en una época donde las secuelas surgen con tanta facilidad se decidieran por sacar adelante una nueva aventura con estos mismos personajes, así llegamos a Ralph rompe internet (Rich Moore y Phil Johnston, 2018).

En esta ocasión, la aventura cambia el rumbo desde el mundo de los videojuegos de su antecesora, además, de videojuegos clásicos, hacia otro terreno: el amplio mundo de internet. Cuando la empresa de recreativas decide renovarse e instalar internet en el local, una nueva puerta se abre para los personajes, una puerta que, en principio, estará prohibida. No obstante, un accidente y una avería en el volante físico provocará que el videojuego de Vanellope sea desconectado, por lo que los dos amigos y protagonistas decidirán embarcarse en una travesía por la red de redes para conseguir la única pieza que queda en internet antes de que sea demasiado tarde.


El argumento otorga esta premisa para narrar su historia, pero estamos ante lo que en el cine se ha denominad habitualmente como un Macguffin, es decir, una excusa para explorar el auténtico tema principal, que aquí es doble. Por una parte, lo más superficial y evidente, que será la descriptiva y casi paródica visión que Ralph y Vanellope obtienen del mundo de internet, donde coinciden con los avatares de los usuarios reales, las páginas web que existen con todos sus claroscuros, los bajos fondos de la deep web donde se encuentra el tráfico de virus y, por supuesto, las redes sociales, que son observadas de forma crítica en la película, especialmente por desvelar lo peor de las personas que, escudadas en el anonimato, no dudan en recurrir a la crítica fácil, insultante y destructiva, en la que podríamos considerar una de las mejores y más crueles escenas de la película.

Por otro lado, tenemos el auténtico motor de la historia: la exploración de la amistad entre Ralph y Vanellope. A pesar de las apariencias, ¡Ralph rompe internet! es un retrato y un análisis de las implicaciones emocionales y la evolución de las amistades. Frente al idealismo infantil que destila tanto el final de su antecesora como el inicio intencionado de esta, se propone un mensaje maduro, en el que cada personaje debe aceptar que el cariño y la conexión que tienen sigue existiendo a pesar de sus diferencias y sus sueños divergentes. Contra la idea de una traición y combatiendo también sus propias inseguridades, ambos protagonistas dejan de ser niños, como eran a pesar del aspecto que pueda tener Ralph, para comenzar también una travesía hacia la madurez, hacia permanecer en el lugar en el que realmente desean estar, sin que exista una obligación que tan solo provocaría la ruptura inevitable de su relación.


La unión de ambos factores, siendo el primero de un tono más humorístico, aunque también ácido (podemos percibir a través de la mera presencia de ciertas cuestiones una crítica velada hacia estas situaciones), y el segundo más emotivo y profundo, se conjuga bastante bien durante todo el desarrollo de la película. No obstante, no se evita un tramo final de acción apoteósica, quizás algo innecesario, ni que los aspectos más pesados o irritantes que ya estaban presentes en ¡Rompe Ralph! se vean aquí potenciados por su mayor presencia. Es evidente que el personaje de Vanellope puede resultar algo cargante para el espectador adulto así como el resto de personajes pueden resultar algo insulsos y planos, siendo más bien estereotipos o clichés.

Ahora bien, hay que alabar la forma en que la película aborda diversos temas tanto con un trasfondo humano universal y atemporal, como el concepto de amistad, la paternidad, el feminismo, la inseguridad o el miedo a la soledad, como con otras temáticas más actuales y relativas al contacto con internet, como la toxicidad de las comunidades reflejada en los comentarios, las modas virales, la violencia en los videojuegos, las diversas edades de los cibernautas, el spam incesante o, incluso, la deep web. Y todo ello, de una forma ligera y amenas, llena de referencias que harán las delicias para los más conectados a la red y sin falta de una visión crítica y necesaria.


En definitiva, lo mejor que tiene ¡Ralph rompe internet! es que conjuga a la perfección entretenimiento con crítica a partir de un descriptivo y divertido viaje por internet, reflejo actual de nuestra sociedad contemporánea. Si bien algunos de sus tramos pueden resultar más pesados o no todo el conjunto se mantiene a un mismo nivel, se trata de una digna sucesora de la primera entrega.


Cuentos españoles de Navidad: de Bécquer a Galdós

15 diciembre, 2018

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Imaginemos que nos hallamos en una tierra diferente a la nuestra, y que al echar la vista atrás somos conscientes de nuestros errores como nunca antes. El paso del tiempo y los momentos irrepetibles también afloran, por suerte, de una forma hermosa, evocando las Navidades pasadas en familia.

De este modo reflexiona el joven protagonista de La navidad del poeta (1955), tal cual la narró Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), en el primero de los varios cuentos dedicados a tan señaladas fechas, y que, de forma cronológica, nos fueron ofrecidos en el bonito volumen Cuentos españoles de Navidad: de Bécquer a Galdós (Libros Clan, 1998).

En esta bienvenida selección, el siguiente relato nos lo proporciona José María Pereda (1833-1906) con La noche de Navidad (1860-4). Se trata del relato costumbrista, que con el subtítulo Escenas montañesas da cuenta de la Nochebuena en un pueblo de montaña, con el hijo que retorna a casa, pues estudia en un seminario. Acorde con el carácter realista de su obra, Pereda reproduce en el corpus narrativo el habla de estas gentes.

Nuestra siguiente narración es todo un clásico, del que nos hemos ocupado en alguna otra ocasión. Se trata del célebre Maese Pérez, el organista (1861), leyenda imperecedera de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Sintiéndose ya muy enfermo, maese Pérez acude a una de las iglesias de Sevilla para tocar en la Misa del Gallo. Sin embargo, fallece entre sus angelicales acordes. De ahí que, todas las Nochebuenas, se siga escuchando el órgano tal y como lo tocaba maese Pérez, con arrebatada y sobrenatural inspiración.


La Nochebuena del Periquín (1875) fue escrito por Isidoro Fernández Flórez (1840-1902), periodista, crítico de arte y humorista, firmante de muchas de sus obras con el seudónimo de Fernanflor.

Periquín es un niño de la calle que el día de Nochebuena es recogido por una condesa y llevado a su palacio, para ser finalmente devuelto a la rúa. Estamos ante una variante del siente un pobre a su mesa, retratado con maestría por Berlanga (1921-2010) en su Plácido (1961), y que consiste en aliviar las conciencias de tan desconsiderados benefactores. Típico relato con moraleja, tal vez se alarga en exceso haciendo acopio de multitud de descripciones, pero evidencia una mensurada crítica a (parte de) la sociedad en tiempos de Carlos IV (1748-1819) y, seguramente, de todos los tiempos. Pese al tono sombrío y cruel (algo maniqueo), posee un par de buenos apuntes humorísticos aislados, referidos a la moda del invasor francés y la figura del propio monarca.


Continuamos con el relato alegórico La mula y el buey (1876), del excelente Benito Pérez Galdós (1843-1920). Fábula al estilo clásico, donde se nos narra la muerte de una niña mientras anhelaba completar su rústico Nacimiento con las figuras de la mula y el buey. Camino del cielo, el niño-ángel que guía a los difuntos le explica que debe devolver las piezas materiales que ha tomado prestadas de un Belén que acaban de visitar. Algo a lo que, con todo el dolor del mundo, se aviene la niña. No obstante, su sacrificio (en realidad, su tránsito de un estado a otro: de lo terrenal a lo celestial), no quedará sin recompensa en ambos mundos.

Entrañable escena en casa del modesto doctor Prieto se nos ofrece en Noche de Reyes (1880). José Ortega Munilla (1856-1922), padre de José Ortega y Gasset (1883-1955), puntea su relato con excelentes metáforas. Su telón de fondo es disponer de una nueva ilusión, en este caso, entre la hija del médico y su primo, que ven nacer su amor, así como el paso consciente a la edad madura.

La Nochebuena en el mar (1887), del periodista y escritor Luis Bonafoux (1855-1918), nos ofrece otra inolvidable cena en un barco, tras una tormenta. A continuación, uno de los mejores cuentos nos lo ofrece el padre Luis Coloma (1851-1915), creador del conocido Ratoncito Pérez. En La almohadita del niño Jesús (1887), retrata dos Nochebuenas en la generosa casa de unos marqueses: la primera, divertida y conmovedora; la segunda, testigo de un milagro, en el que una destacada figura de la Navidad salva de la enfermedad al hijo pequeño de los marqueses, en agradecimiento por su bondad.


En el interesante El Premio Gordo (1887), Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) nos habla de un joven que narra las desventuras que le ocasionó el haber ganado el Premio Gordo de la Lotería. Sin embargo, esto se revelará como una añagaza que no debo desvelar, pero que viene a confirmar aquello de que de ilusión también se vive (¡y que hay anhelos que más vale que no se conviertan en realidad!).

En plena contienda carlista, un joven combatiente viudo observa con asombro cómo en su refugio entra el cabecilla que asesinó a su esposa el día de la boda, junto a otros invitados. Razón más que suficiente para tomar cumplida venganza. Pese a todo, el soldado decidirá no matarlo para asegurarse un desagravio mucho más eficiente… Sucede en La Nochebuena del guerrillero (1892), del pintor, crítico de arte y escritor Jacinto Octavio Picón (1852-1923).

Seguidamente, los deseos y decepciones anuales en torno al tan traído y llevado (¡por algunos!) Premio Gordo de la Navidad, son el epicentro de una entrañable tienda de ultramarinos en El premio grueso (sic) (1894), de Eduardo del Palacio (1835-1900).


El diablo (real o en su vertiente alegórica, respondiendo a la naturaleza del mal) también puede ser un curioso protagonista navideño. Así nos lo muestra Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) en La Nochebuena del diablo (1894). En ella, Lucifer lamenta año tras año el (re)nacimiento de Jesús, porque con él mueren, indefectiblemente, todos los hijos que ha ido engendrando (los pecados del mundo). Y siente envidia por la veneración y todas las obras que perpetúan al Niño (y al cristianismo), y que son elaboradas por los hombres de mejor fe.

La pesadumbre de un matrimonio de clase media al tener que matar el pavo que les ha sido regalado por una hermana, con objeto de elaborar una buena cena de Navidad, es el núcleo del notable El pavo de Navidad o la falta de costumbre (1895), del periodista y humorista Luis Taboada (1848-1906).

Después, asistimos a la informal pero sentida celebración que tiene lugar en el cuartucho de una prostituta, con la alegría de sus ocasionales acompañantes que, por desgracia, coincide con el fallecimiento de la madre. Es la Nochebuena (1897) del dramaturgo neorromántico, periodista y poeta Joaquín Dicenta (1862-1917).

Cuadro de Victor Figot
Una nueva fábula en la que el diablo (el mal) no supera tres pruebas, a modo de una Lotería de Navidad que le solicita un ángel, como modo de escapar a su destino aciago, es el argumento de La lotería del diablo (1897), del injustamente maltratado José Echegaray (me refiero a colocarlo en el lugar que, por derecho, le corresponde; 1832-1916). En un rasgo argumental de lo más sugestivo, el ingeniero, dramaturgo, matemático y político, observa con atino que ni el mal ni el bien son cuestiones que decida el azar.

Finalmente, un ya anciano don Juan rememora solo y a la luz de la lumbre sus tiempos pasados. Desea sentirse feliz una vez más antes de morir, y lo logra cuando la muerte se le aparece y él la toma por su antigua amada. Es una Boda eterna, también apostillada La Nochebuena de don Juan (1898), broche de oro por parte del novelista Eduardo Zamacois (1873-1971).



¡A ponerse series! (XXXIII): A Very English Scandal, de Stephen Frears

12 diciembre, 2018

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Aferrarse al poder político es una característica de quienes creen que la democracia es cuando ganan ellos y no los demás (y si no, para eso están las manadas, para incitarlas a tomar las calles). Algo que puede trasladarse al resto de parcelas de la vida; máxime, cuando no se tiene otra ocupación laboral.

En esencia, y pese a las desdichadas circunstancias privadas que atenazan a los distintos protagonistas, este es el eje vertebrador de la miniserie A Very English Scandal (Un escándalo muy inglés, BBC, 2018), filmada por el veterano Stephen Frears (1941), que como otros tantos, ha hallado un noble refugio en el medio televisivo para poder proseguir con su carrera.

Caso real llevado al libro por el periodista y novelista inglés John Preston (1953), publicado en 2016, A Very English Scandal se centra en la figura del miembro del Parlamento británico Jeremy Thorpe (1929-2014) y en los avatares del que fuera su amante (que no su protegido), Norman Josiffe, más tarde apellidado Scott (1940). La acción abarca desde los inicios de los años sesenta hasta finales de la década de los setenta, y en ella, casi ningún cargo público se salva, allende las ideologías. No en balde, nos hallamos en un ámbito en el que los buenos sentimientos no son más que palabrería de cara a la galería (y podemos emplear cara en su triple acepción de faz, apreciada y costosa).

Si nos atenemos a los tres capítulos de la serie, la vida del parlamentario Jeremy Thorpe es una continua simulación (matrimonial, profesional…) para mantenerse en el poder. Al punto de querer presentarse a las elecciones de 1979, previas a su juicio por conspiración de asesinato, en su afán por convertirse en otro de esos políticos empeñados en tutelar al votante más que en representarlo. El único que trata de decir la verdad es el alma cándida de Norman Scott (Ben Whishaw), aunque esto no conlleva que encuentre la estabilidad. Basta contemplar la actitud partidista del juez Joseph Cantley (1910-1993; interpretado por el recuperado Paul Freeman), de esos que anteponen sin cortapisas su ideología al cumplimiento de la ley. En general, poniendo de manifiesto lo sencillo que resulta influir sobre la opinión pública, cuando para un sector de la sociedad (de amplio espectro ideológico) ser gay era algo equiparable a un fenómeno de feria (o de psiquiatra).

Pragmático a su modo, Thorpe lo concreta al señalar que no sabemos a dónde nos llevará la marea (episodio II). Circunstancia que, en su caso, se cumple, al haber pretendido y después abandonado a Norman Scott. Por su parte, su colega y confidente (más que amigo), Peter Bessell (Alex Jennings), tras formar parte de este caldo de cultivo, acabará por marcharse (huir) a Norteamérica, aseverando que dejo demasiado daño detrás (II).

Tanto por sus circunstancias personales y ocupación como por su propia personalidad, es la de Jeremy Thorpe una escapada hacia adelante, una situación de la que no parece querer descabalgar.


Muy diferente es la perspectiva que tiene Norman de sí mismo, aunque esta varía. De considerar que la gente parece acusarme allá donde voy (I), pasará a reconocer que algunas personas sí se han portado bien con él (III). La desorientación laboral y de identidad son una misma cosa en este personaje; esto es, van de la mano y padecen al mismo tiempo. Aun así, este descubrimiento de la propia naturaleza acaba por definirse con el transcurrir de la década de los setenta. De mantener esporádicas y confusas relaciones con mujeres (con bastante pesar para alguna de ellas), Norman acaba por asumir su condición y no siente el menor complejo por ello. Todo lo contrario que Jeremy, del que comenta su secretario, David Holmes (Paul Hilton), que creo que le gusta el riesgo que conlleva (II). Pese a esta clara diferenciación, es interesante constatar las similitudes (que supongo reales) de estas vidas paralelas.

De hecho, las concomitancias son acuciantes. Muertes accidentales de las respectivas y sufridas cónyuges, o descendencia en forma de hijos, advierten acerca de cómo dos vidas se pueden cruzar y entrelazarse, incluso cuando no se permanece físicamente ligado, cortocircuitándose la una a la otra. Por lo que A Very English Scandal se convierte en la historia de la obsesión (in)disimulada de Jeremy por el muchacho; un empeño tanto para poseerlo como para eliminarlo, con objeto de salvaguardar su honor. No en vano, por mucho que una sociedad presione, no hay peor corrección política que la autoimpuesta.

En el caso de Jeremy Thorpe, esto será para mantener una imagen “pulcra” como miembro del Parlamento, sin perder de vista a sus electores (a la sociedad del momento, en definitiva). En el del desvalido Norman para, al menos, procurarse compañía (del tipo que sea). Un auxilio psicológicamente necesario. Por suerte, Norman hallará consuelo y refugio en la hospitalidad de la señora Edna Friendship (Michele Dotrice), la dueña de un pub, y en el amor que siente por los animales.


Como muchos sabemos, cada homosexual ha de sufrir su propio calvario en función del país y las circunstancias que le tocan en suerte o desgracia. Algo que sigue sucediendo, incluso en territorios donde los lobbies no se atreven a mirar. Respecto a Scott, no cree que fuera el mero prostituto de Thorpe. En el juicio, años más tarde, Norman comenta que Jeremy le hizo el amor, en lugar de emplear otras palabras más rotundas y amargas. A su modo, o en su inocencia, continúa enamorado. Lo que Norman ha venido reivindicando con el transcurrir del tiempo es la adquisición de su tarjeta de la Seguridad Social para poder trabajar. Algo que Thorpe no le ha concedido para evitar una vinculación oficial con él. Inhumano y craso error, ya que extraoficialmente existe una comprometedora correspondencia.

Stephen Frears sabe dosificar el suspense inherente al relato. También se toma la molestia de eludir los momentos más previsibles o estereotipados. Por ejemplo, la deriva de Norman Scott con las drogas, cuando se convierte en efímero modelo fotográfico (I), los vaivenes sentimentales de la “pareja” protagonista, abocada a la ruptura (I), los aburridos entresijos de la política (como las jornadas electorales o los envites del adversario de Jeremy, Emlyn Hooson [Jason Watkins], II) y otras escenas familiares. El fugaz reencuentro de Jeremy y Norman en un cruce de caminos, hacia 1974 (II), es otro momento adecuadamente expuesto por Frears. Como lo es el montaje en paralelo que, de forma concisa y certera, expone la ventura de ambos personajes; inclusive, el que contrapone la “victoria” final de Jeremy (del poder) al destino y soledad de Norman (que, no obstante, ha ganado su libertad: el poder auténtico).


La música de Murray Gold (1969) imprime cierto tono de comedieta (lo lamento, pero todas las partituras actuales me parecen cortadas por la misma tijera), con ciertos pasajes a lo Danny Elfman (1953), tal vez como acompañamiento musical a una representación que entiende la vida como una farsa. Pese a todo, no estamos tan lejos del ambiente malsano y barriobajero de Chicos sangrientos (Bloody Kids, 1979), del mismo director. A lo que se suma la interpretación de un Hugh Grant (1960) apresado por los tics, o que indirectamente parece querer emular la apostura del (genial) Leonard Rossiter (1926-1984) en Esto se hunde (Rising Damp, 1974-1978). Sin alcanzar la agria sagacidad de Sí, ministro (Yes, Minister, 1984-1987), A Very English Scandal es otro proceloso viaje a las profundidades de la política. Esas donde se desenvuelven los implicados en el (inepto) intento de asesinato de Norman, a cargo de Andrew Newton (Blake Harrison), versión chusca -permítaseme una analogía más- del James Mason (1909-1984) de Almas desnudas (The Reckless Moment, Max Ophüls, 1949).

Por otra parte, y como ya he señalado, la dirección del apreciable Stephen Frears, a través del guion escrito por Russell T. Davies (1963), depara buenos momentos. A los descritos, podemos agregar los que muestran a Jeremy sincerándose con su segunda esposa, la comprensiva y competente Marion (Monica Dolan), en el salón de su vivienda (III), el retrato del abogado defensor George Carman (Adrian Scarborough) (III), o la imagen de Peter Bessell ocultando una cartera con documentos en el techo de su despacho, antes de abandonarlo (II). Una imagen muy simbólica de lo que es la política.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Próximamente: La clave está en Rebeca


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