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31 julio, 2016

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Pico Veleta en verano. Sierra Nevada, Granada (Fotografía de LJ)
No podemos empezar a resumir este mes hablando solo de nosotros y de nuestra actividad. Durante este mes de julio de 2016 hemos asistido impotentes al avance del terror en Europa, un terror que sigue presente en países fronterizos, los lugares que más soportan el peso de la guerra. Víctimas son todos: los fallecidos en Francia, en Alemania, en Turquía, en Irak... No podemos empezar a hablar de nosotros sin recordarlos, sin mostrar nuestro repudio a cualquier acto de violencia, en este caso terrorista, que se dé en el mundo. No podemos vivir con miedo a ser libres.

Imagen de Invasores de Marte
Y desde nuestro humilde blog tratamos como siempre de traeros cultura a través de todas sus expresiones, porque nada mejor que la cultura para cultivar la libertad. Con todos estos acontecimientos, sumados a lo sucedido en junio, estamos siendo testigos de un verano intenso. Este mes hemos seguido en nuestra línea oscilante entre las 10000 y las 11000 visitas, creciendo en seguidores tanto en Blogger, con uno más, alcanzando los 164 como en Twitter, donde tenemos 3 seguidores más, subiendo hasta los 577. En Facebook nos mantenemos con 170.

A nivel de actividad, julio se ha convertido en uno de los que más contenido ha tenido en todo 2016. Y para ello hemos contado con dos grandes clásicos de la literatura universal: Cervantes y sus Novelas ejemplares, además de la serie sobre el escritor, y Shakespeare y dos de sus obras, la tragedia de Hamlet y la comedia Sueño de una noche de verano. Hemos tenido también dos historias de amor cinematográficas: la española Novio a la vista y la reciente Antes de ti. Y no podemos olvidar nuestras reflexiones sobre la influencia social en nuestra sección La Caja de Psique.

Seguimos rodando en este camino y prometemos traeros más en agosto, culminando este apasionante verano, culturalmente hablando. Tenemos un poco de todo: música electrónica, novela negra, alguna secuela cinematográfica, clásicos antiquísimos (u homéricos)... Y no te lo puedes perder. Estamos esperando vuestros comentarios y opiniones, ¡incluso desde la playa!

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Y para ir calentando motores antes de nuestra próxima entrada, un adelanto con el tema Calíope, de Mordisco. Los conoceréis mejor con nuestra primera reseña de agosto.


"La educación ayuda a la persona a aprender a ser lo que es capaz de ser"

                  -Hesíodo

Para el sábado noche (LIII): Imitación a la vida, de Douglas Sirk

30 julio, 2016

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Resulta llamativo el hecho de que casi todos los personajes principales de Imitación a la vida (Imitation of Life, Universal, 1959) posean un prejuicio. Más grave en unos casos que en otros, pero como fiel reflejo de la vida misma. Además, no deja de parecer cosa de la predestinación el que dos personas que han de influenciarse mutuamente se conozcan por casualidad; en este caso, en una populosa playa, entre un continuo trasiego de gente. Ellas son Lora Meredith (Lana Turner) y Annie Johnson (Juanita Moore), que tratan de localizar a sus respectivas hijas, extraviadas entre una multitud que, sin duda, porta sus propios problemas personales. Metafóricamente o no, las niñas están perdidas para las madres.

Se da la circunstancia de que Annie es una mujer de color cuya hija puede pasar por mulata o, como ella asegura abiertamente, por blanca, lo que constituye uno de los ejes centrales del drama (todos recordamos el caso de algún célebre cantante a este respecto: la vida imitando al arte). Ya existía una versión anterior de la novela de Fannie Hurst (1889-1968), dirigida por John M. Stahl (1886-1950), y más correctamente traducida del original al español como Imitación de la vida (Imitation of Life, Universal, 1934).

En la presente, somos testigos de cómo se va conformando una familia que, estructuralmente, no es la convencional. Estamos en el año 1947 y tanto Annie como Lora buscan un empleo. Ambas comparten, así mismo, la ausencia del marido. De la primera, sabemos que la abandonó antes de que la niña naciera, y de la segunda, que es viuda (probablemente, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial; Lora solo comenta que su esposo fue un director teatral), y que pretende ser actriz de teatro por encima de todo (salvo de su dignidad; otros sacrificios sobrevendrán). Tiene cierta prisa en ello, pues se comenta que ha empezado con algunos años de retraso; justamente desde que enviudó.

Ya en estos primeros momentos se vislumbran los crecientes riesgos: la hija de Annie, Sarah Jane, rechaza la muñeca de color que le ofrece Susie Meredith (los personajes están interpretados, respectivamente y en distintas fases de la vida, por Karin Dicker - Susan Kohner, y Terry Burnham - Sandra Dee). De igual modo, el fotógrafo Steve Archer (John Gavin), pretende a Lora como si fuera un agente artístico, con exclusividad. Al mundo de la búsqueda de empleo se suma el mundillo de las imposiciones en las potenciales relaciones de pareja y el inframundo de los representantes que tratan de aprovecharse de las aspirantes; de esa necesidad de hallar un trabajo.


Ahora han transcurrido once años, la acción pasa a situarse en 1958, pero eso no significa que los problemas e idiosincrasias de los personajes hayan disminuido, al contrario. Las chicas se hallan en plena adolescencia y Lora ha debido hacer frente al narcisismo de algunos autores (en este caso teatrales, pero es extrapolable), junto a otras concesiones que lleva parejas la ambición, una vez ha alcanzado el éxito. El dramaturgo David Edwards (Dan O’Herlihy) lo deja claro desde el principio cuando señala, aún desde el sarcasmo, que siempre me enamoro de mis actrices. Por su parte, Lora, que sí acabó por entregarse a David, lo hizo con conocimiento de causa. Los personajes de Imitación a la vida son reales, para lo bueno y para lo malo.

Y por mor a ese realismo, llegarán otras etapas del camino, como la que hace que Lora trate de avanzar en su carrera olvidando a quienes la auparon (Edwards); o más adelante, la que supone la constatación de que hay algo que no te da el éxito. Lora no lo termina de concretar en un primer momento, aunque intuye de qué se trata antes de obtener la confirmación por boca de su hija. Son estos los primeros síntomas de la madurez que proporcionan los años. En este sentido, no falta un solo “tópico”: Edwards, al igual que Steve, desea monopolizar a la actriz, aunque a diferencia de este, para su trabajo; Susie se encapricha del referido y volátil Steve, al novio de Sarah (Troy Donahue) se le va la mano con los prejuicios raciales, y esta última acaba renegando de su propia sangre.


Por otro lado, el personaje más íntegro (aunque no perfecto), Annie, piensa que el casamiento y la muerte son los grandes acontecimientos de la vida. Para una persona de sus creencias (baptistas), supone una fuerte impresión la contemplación de la hija en un tugurio llamado Harry’s Bar. Pese a todo, la segunda vez que esto sucede, esta vez en un local de variedades de Los Ángeles, la sufrida Annie procederá de otra manera. Solo desea la felicidad de la hija, aunque esto suponga tener que renunciar en público a su condición de madre.

El caso es que, con la edad y los reveses, todos aprenden, como se suele decir, una lección: Susie sufre el primer desengaño, Steve parece aceptar -mal que le pese- la profesión de la persona a la que ama (sin que eso signifique que la relación se haya allanado por completo), Lora prioriza sus intereses familiares y profesionales, Annie da autonomía a la deriva emocional de su hija y Sarah comienza a “gestionar” su odio y egoísmo; en definitiva, a comprender la raíz de su dolor en una sociedad que se haya dramáticamente polarizada en la cuestión racial (no es el mundo de los estados del sur el mismo que el del bullicioso Nueva York). Claro que esta madurez no llegará a tiempo a todos ellos. El (relativo) fracaso de ambas madres estriba, precisamente, en que descubren que han dado todo a sus hijas. Lo propio de quien ha debido soportar grandes privaciones.


Comenta el realizador Douglas Sirk (1897-1987) en el esclarecedor libro de entrevistas de Jon Halliday (1939), Douglas Sirk por Douglas Sirk (1971; Fundamentos, 1973; Paidós, 2002) que la imitación de la vida no es la vida real. La vida de Lana Turner es una imitación muy barata. La chica (Susan Kohner) elige la imitación en lugar de ser una negra. La película es una obra de crítica social, tanto de los blancos como de los negros. No puedes escapar a lo que eres. Añade muy certeramente que en Imitación a la vida no crees en el final feliz, y no se pretende realmente que lo hagas (pgs, 179-180).

Fue la última película de Sirk, por decisión propia. Una retirada algo temprana, aunque como él mismo recordaba, a veces pensaba en regresar por el placer de estar de nuevo en el plató, llevar las riendas de una película, luchar contra las circunstancias y las historias imposibles; esa extraña fascinación de sueños soñados por cámaras y hombres (pg. 185).

Debemos anotar finalmente la actuación de la gran cantante Mahalia Jackson (1911-1972), que de forma (in)directa nos retrotrae al contenido de la magistral pieza de Duke Ellington (1899-1974), Black, Brown and Beige (1958), testimonio de aquellos duros años para buena parte de la población de color norteamericana.

Escrito por Javier C. Aguilera

Despertares, de Penny Marshall

29 julio, 2016

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Muchos descubrimientos se han formulado contra la corriente general, incluyendo el rechazo de la mayoría de iguales científicos. Pero aparte de los grandes descubrimientos que han revolucionado a la humanidad, hay otros a menor escala, porque afectan a un menor número de personas, que pasan desapercibidos, pero que suponen un cambio de paradigma en todo un grupo social del que, muchas veces, sabemos más bien poco. En este sentido, desconocemos mucho de lo que pasa entre las salas de un hospital o de un psiquiátrico, a veces suceden hechos sin explicación, irrepetibles. Tanto para bien como para mal. 

Oliver Sacks (1933-2015) dedicó gran parte de su vida a estos fenómenos. Este neurólogo británico se convirtió en divulgador y novelista a partir de la materia médica, trazando un puente entre el arte y la ciencia, mostrando que nunca debieron ser entendidas como rivales, sino como hechos complementarios y necesarios para el ser humano. A partir de la anécdotas clínicas, construyó relatos minuciosos y auténticos en obras como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), Veo una voz (1989) y Un antropólogo en Marte (1995), lo que, por otra parte, le ha valido críticas al considerar que explotaba a sus pacientes o que sus métodos no eran rigurosos, científicamente hablando.

Arriba: Oliver Sacks junto a Robin Williams. Abajo: R. Williams, Penny Marshall y Robert De Niro
Nos referimos a Sacks porque fue una de sus primeras obras, Despertares (Awakenings, 1973), la que sirvió de base a la adaptación realizada por Penny Marshall (1942-) en 1990, que reseñamos hoy. Pero no se trata de una novela, sino de una autobiografía parcial en torno a cómo Sacks descubrió durante el verano de 1969 los beneficios temporales de la L-dopa en pacientes catatónicos que sobrevivieron a la epidemia de encefalitis letárgica que se produjo entre los años 1917 y 1928. Un caso real documentado también a través de una cámara Super 8 que cobró vida en la gran pantalla de mano de la citada Penny Marshall, actriz en películas como 1941 (Steven Spielberg, 1979) u Hocus Pocus (Kenny Ortega, 1993) y directora de algunas películas taquilleras en los años ochenta, como Jumpin' Jack Flash (1986) o Big (1988). 

Despertares (Awakenings, 1990) fue su tercera película y aunque hoy pueda no resultar conocida, obtuvo una buena acogida y estuvo nominada a tres categorías de los Premios Óscar. La obra, tras un inicio en torno a los primeros síntomas de la enfermedad central, nos remite a un episodio en la vida del doctor Malcom Sayer (Robin Williams), trasunto de Oliver Sacks, que comienza a trabajar, a pesar de sus reservas por haber dedicado su carrera a la investigación, en un hospital psiquiátrico de Nueva York, conocido vulgarmente como manicomio, asilo para enfermos crónicos. A pesar de sus reticencias iniciales, un fenómeno curioso servirá para prender la llama de su interés por toda una serie de pacientes que comparten las mismas características: permanecen catatónicos, inmóviles, sin conexión con el mundo que les rodea. A partir de entonces, centrará sus esfuerzos en confirmar sus hipótesis y lograr un tratamiento efectivo, comenzando su investigación con uno de los pacientes, Leonard Lowe (Robert De Niro).


Atendiendo a este argumento, podemos dividir la película en tres tramos evidentes: el primero, centrado en el médico, que atiende su llegada al hospital y sus primeros descubrimientos, el segundo en torno al tratamiento de Leonard Lowe y finalmente del resto de pacientes, y el último tramo cuando se nos muestra el destino de los tratados por el L-dopa. Durante estos tramos, se tocarán diversos asuntos centrados en la convivencia entre médicos, pacientes y familiares, desplegando pequeñas subtramas que convergen en este relato que combina tanto drama como esperanza.

Sin duda, uno de los aspectos más convincentes de la película es el enfoque de las dificultades para el médico investigador que trata de innovar e implicarse de una forma más humana. Frente a los esfuerzos de Sayer por tratar a sus pacientes y tratar de sanarlos o mejorar su calidad de vida, se encuentran las mofas o la indiferencia de gran parte de sus compañeros o superiores, que consideran su trabajo casi como un depósito de enfermos más que un hospital. A ello se ha de sumar los problemas económicos que se deriva de los tratamientos o el evidente riesgo que nadie quiere asumir para probar alguna solución con los pacientes. Esta última situación nos deja una crítica tanto a los químicos que crean los fármacos como a los médicos, en tanto que ninguno de los dos se atreve a probar los resultados de los medicamentos inculpándose de forma mutua.


A su vez, se muestra la crudeza de la vida de estos pacientes, que son inconscientes incluso del paso del tiempo. Este hecho choca precisamente con la vitalidad que llegarán a desprender, contagiando incluso a las insulsas enfermeras. Como comprobaremos, el despertar de estos pacientes es también el despertar de las personas que les rodean, incluso cuando el primero tenga fecha de caducidad. Precisamente, la evolución de los personajes que no son pacientes es bastante sutil, sobre todo en el caso de Sayer, que está interpretado por un comedido Robin Williams que da la talla en este rol dramático y le otorga una gran entidad humana al personaje. Malcom Sayer se había dedicado a investigar lombrices y resulta evidente en la película tanto sus carencias en sociabilidad como su forma de ser despistada, lo que irá cambiando conforme avance su amistad con Lowe, hasta que al final sea él quien se atreva a dar algunos pasos en su vida. Sobre todo en el campo del amor.

Leonard Lowe es la otra cara de la moneda en esta película: el paciente enfermo, el Lázaro que vuelve a la vida. A través de este personaje se nos trata de mandar un mensaje esperanzador y lleno de ilusión: vivan, vivan porque hay otros que no pueden hacerlo; algo semejante en este sentido a una obra de autoayuda, ¿pero cómo negar esta verdad a alguien que ha pasado tanto tiempo sin poder vivir, recluido en sí mismo? Él se convierte en el foco más lúcido del grupo de pacientes y en el que se fije la historia. Le da cuerpo un Robert de Niro dando una lección de interpretación, mostrando tanto su estado catatónico como su recuperación y, finalmente, la degeneración de su enfermedad. Este último golpe, hilado además junto a una breve y pueril, pero bonita historia de amor, da una intensidad dramática a Despertares que se une a un mensaje aún más fuerte que el mensaje motivador: detrás de cada milagro, hay una realidad. Una realidad que no siempre es satisfactoria.


Ahora bien, a pesar de que la película tiene una motivación interesante, una historia curiosa y de interés y unos protagonistas encarnados por actores de portento, no se libra de ciertos defectos que debemos señalar. En primer lugar, la película tiene ciertos errores de tono, dada su ambigüedad: en ocasiones, pretende incluir cierta comedia, pero salvando algunas ocasiones, no acaba por encuadrar con el argumento que se narra. Incluso se nos proporcionan escenas pesarosas que pretenden ser divertidas o alegres, llegando a adormecer el ritmo de la película hacia la mitad, algo que se produce sobre todo al tratar de abarcar a todos los pacientes en lugar de centrarse en los dos protagonistas.

A ello también se suma una estética y una producción más similar a los telefilmes que a una gran propuesta de mayor nivel, sosteniendo la película sobre todo las actuaciones de Williams y De Niro. Tampoco demuestra una gran maestría en el uso de los recursos ni ofrece ninguna novedad atractiva a nivel cinematográfico, por lo que sus principales virtudes se encuentran entre sus personajes principales y la singularidad de su historia. Incluso otros aspectos, como la bonita banda sonora, en esta ocasión de Randy Newman, aunque bien ejecutados, no resultan especialmente convincentes o atractivos. 


Quizás de haberse centrado más en la relación entre médico y paciente, en el descubrimiento del mundo que ha avanzado sin él, sin ceder tanto terreno a tramas que acaban por hacerse pesarosas, estaríamos ante una película más redonda. Despertares tiene la virtud de ser sutil en muchos de sus aspectos, de ofrecernos momentos realmente bellos y de sorprendernos con una realidad que nos resulta tan ajena, y ese es un gran logro que no debemos despreciar. Si os gustan esta clase de historias, que nos acercan a hechos reales y médicos, con momentos esperanzadores, dramáticos y bellos, no os la perdáis.

Escrito por Luis J. del Castillo




Clásicos Inolvidables (CVI): La reina de corazones, de Wilkie Collins

27 julio, 2016

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Entre los recuerdos de quien esto suscribe permanecen imborrables una novela y un libro de relatos de suspense, crímenes y misterio. Son La dama de blanco (The Woman in White, 1860; Ediciones B, 2000) y La reina de corazones (The Queen of Hearts, 1859; Funambulista, 2006).

Considero cualquiera de estas dos piezas como auténticas obras maestras de la literatura, sea de género o no, y en cualquier caso, los prolegómenos para redescubrir el resto de la sobresaliente carrera literaria de un autor tan prolífico como deleitable, poseedor del raro talento de no defraudar jamás. Buen amigo de Charles Dickens (1812-1870), este escritor y editor británico es Wilkie Collins (1824-1889), del que por suerte se han venido editando bastantes de sus obras en español.

La reina de corazones parte de una premisa espléndida; en cierto sentido, opuesta aunque complementaria a la célebre estructura narrativa de Las mil y una noches (c. 850 - siglo XVIII).

Si en esta, la hija del visir, Scherezade, narraba con cada luna un nuevo cuento al sultán Schariar, en La reina de corazones, la joven Jessie, ahijada de un provecto caballero inglés que vive sus años de retiro junto a sus dos hermanos, será el complemento directo, es decir, el personaje que reciba la acción de los tres ancianos en forma de intrigantes relatos. El motivo: evitar que Jessie marche demasiado pronto dejándoles solos con sus extinguidas rutinas. De esta guisa, los tres caballeros se turnan en el noble empeño de relatar, cada noche, una historia a la muchacha, para de ese modo lograr tanto su compañía como una indeleble huella en sus futuros recuerdos.

En la primera de las historias, El sitio de la casa negra, una joven que vive sola con su padre, en una casa en medio de un páramo, habrá de hacer frente a dos rudos lugareños a lo largo de una tempestuosa noche. Estos pretenden adueñarse de una importante suma de dinero que saben que la chica guarda.

En la siguiente historia, El secreto de familia, un marinero recuerda como de muchacho se produjo una desgracia familiar, en la que de alguna manera anduvo implicado un pariente del que nada se volvió a saber. Resuelto a aclarar este misterio, el sobrino del marinero recala en un acogedor pueblecito de la costa francesa, donde finalmente, y casi por pura casualidad, se desvelará el misterio.

En La mujer del sueño, otro joven padece en una posada un sueño que se revelará premonitorio. Su vida se debatirá entre la terrible advertencia, el amor que profesa a su madre y la atracción hacia una hermosa y enigmática mujer, la mujer del sueño…


Una profecía pesa sobre la familia escocesa de los Monkton, en El loco Monkton. Esta asegura que el final de la estirpe sobrevendrá cuando uno de sus miembros quede sin recibir sepultura como Dios manda. Obsesionado con esta maldición, el último de los descendientes parte a Nápoles, incluso postergando con ello su boda, para tratar de hallar los restos de su desaparecido tío, muerto en circunstancias muy extrañas durante un duelo…

En el siguiente relato, un hombre yace aparentemente muerto en una posada, aunque es devuelto a la vida por un médico que sospecha que se trata del hermano bastardo de un buen amigo suyo. Acontece en La mano muerta.

A continuación, Wilkie Collins, por mediación de otro de sus ancianos caballeros, relata de forma epistolar la peripecia de un inspector, un sargento y un aspirante a policía algo vanidoso, que aspiran a descubrir al autor de un robo en la casa de un papelero londinense, en El cazador cazado.

Imagen de la Campiña Inglesa
Los escrúpulos del párroco es un implacable relato acerca del fanatismo (estamos en el ámbito protestante) de algunos hombres de iglesia a la hora de interpretar las Sagradas Escrituras al pie de la letra, aún a costa de su propia felicidad y su futuro: un párroco rompe la relación con su esposa tras conocer que fue repudiada por su primer marido, merced a una injusta ley británica, en un explosivo cóctel de leyes morales terrenas y divinas. Será la segunda vez que el autor contemple la pérdida de la memoria como una bendición para sus personajes (El loco Monkton es el otro caso).

Celoso de la amistad y de las visitas que un joven párroco y violinista dispensa a su esposa, un agresivo oportunista se casa y huye con una segunda consorte, en Una conspiración en la vida privada. Circunstancia que sirve para que una rencorosa doncella urda una estratagema en la que se acusa a su señora de haber asesinado a su marido. Por fortuna, con ayuda de un dispuesto y detectivesco pasante en leyes, se desenredará el ovillo. Es el fiel mayordomo de la familia quien narra este relato de intrigas y aventuras.

Seguidamente, alguien se refiere al misterioso Fauntleroy, a lo largo de una cena, como un criminal del pasado. Pero uno de los comensales puntualiza esta aseveración narrando su propia experiencia con el susodicho, aunque resultara ser un estafador que encontró su destino final en la horca.


Para concluir, a través de la copia del diario de Anne Rodway, descubrimos cómo su mejor amiga fue asesinada y cómo, tras una afortunada investigación, el culpable de este crimen pudo ser detenido. Este último relato es otro notable acierto de Collins, al presentarnos a la manera policiaca toda una serie de sospechosos que, en principio, nada tienen que ver con dicho crimen.

Lo que, desde luego, no desvelaremos, es el interrogante con que se iniciaba la trama. ¿Permanecerá la joven Jessie al lado de tan gentiles caballeros?

Escrito por Javier C. Aguilera



Antes de ti, de Thea Sharrock

25 julio, 2016

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Las relaciones nunca son fáciles, en ningún sentido. Los problemas que se nos presentan tanto con amistades como con amores forman parte inevitable de la vida de cualquier persona y, por ello, de cualquier creación artística. Sin embargo, como sucede como una gota cuando golpea la superficie del agua, hay personas que disturban y modifican nuestra vida, provocando cambios que a veces son imperceptibles, pero que cuando miramos atrás nos hacen descubrir cuánto hemos cambiado. Este fenómeno se intensifica cuando las situaciones son más extremas, cuando afrontamos problemas que en ocasiones no comprendemos. Porque a veces resulta muy difícil, o imposible, situarse en la posición del otro. Hay muchas obras que tratan sobre estas cuestiones, pero hoy hablamos de Antes de ti (2016).

La debutante Thea Sharrock ha comenzado su carrera cinematográfica con esta adaptación tras casi veinte años trabajando en el teatro y una única participación en televisión en 2010. No apreciamos en su dirección ningún detalle especial o que muestre su personalidad, manteniéndose correcta en la ejecución de este drama romántico con algún que otro descuido o la sensación de que quedan algunas escenas colgadas o sueltas, quizás por una mala decisión en el montaje. 

Antes de ti está basado en la novela de Jojo Moyes, que también ejerce aquí de única guionista, una autora especializada en obras románticas, pero sin ninguna experiencia destacable en el terreno cinematográfico. Podemos mencionar para quien pueda interesarle que la novela tiene una continuación llamada Después de ti (2015) sobre las vivencias posteriores de la protagonista.

En un pequeño pueblo de la campiña inglesa reside Louise Clark (Emilia Clarke), una joven alegre y creativa, es despedida por el cierre de la pastelería donde trabajaba y debe buscar un nuevo trabajo para ayudar a su familia. En esa situación, aceptará trabajar cuidando y asistiendo a Will Traynor (Sam Claflin), el primogénito de la familia más adinerada de la zona, que tras ser atropellado quedó tetrapléjico. La actitud agria de Will chocará inevitablemente con la bienintencionada Louise, que tratará de hacerle cambiar sin darse cuenta de que ella también se verá influida por esta relación. Sin embargo, en este proceso, Louise se está enfrentando a una prueba contra el tiempo para cambiar la auténtica voluntad de Will.


De forma evidente, estamos ante un drama romántico que parte a su vez de la tragedia personal de uno de sus protagonistas. En esta clase de historias, lo habitual es que ambos personajes cambien de forma mutua. Este fenómeno lo hemos visto en otras películas semejantes, por ejemplo, ya sucedía en Un paseo para recordar (Adam Shankman, 2002), donde el habitual gamberro juvenil suavizaba su actitud y alcanzaba la madurez gracias a que se enamoraba de una joven enferma que en origen le rechazaba. El rol se invertía en Noviembre dulce (Pat O'Connor, 2001), en el que la persona enferma trataba de cambiar la vida de diferentes personas, en esta ocasión un ejecutivo demasiado ocupado como para ser feliz. Hasta La bella y la bestia (Kirk Wise y Gary Trousdale, 1991) tiene un argumento similar, variando la enfermedad por una maldición, pero sosteniendo el mismo encuadre: una persona jovial y entusiasta cambia la vida a otra persona huraña y malhumorada, cuya actitud es en verdad un velo de su auténtica personalidad, generalmente cambiada por hecho personal relevante que le ha dejado marcado, como suele ser una enfermedad.

Ahora bien, a diferencia de estas películas, las habilidades de Louise son más bien torpes, incluso mostrando un comportamiento inadecuado para el ambiente en el que trabaja. Este hecho, unido a la tetraplejia de Will, ha provocado la comparación inevitable con Intocable (Olivier Nakache y Éric Toledano, 2011), pero suavizada en sus salidas de tono y de una evidente finalidad romántica de la que prescindía la cinta francesa, más interesada en la fraternidad que alcanzaban sus protagonistas. Así pues, tenemos un cóctel de lugares comunes en películas dramáticas y románticas con algunos elementos de Intocable junto al carácter o a las características de biopics de dramas médicos. A ello se unen otros elementos que no siempre aparecen en este cóctel y que componen quizás la parte más personal de la película, aunque su tratamiento tampoco sea excelso.


Para hablar de estos elementos, los dividiremos en dos apartados: el ámbito que rodea a Will y a su tetraplejia y el ámbito que rodea a Louise. El primero es sin duda el más complejo y al que más tiempo la dedica la película. Antes de ti nos acerca de nuevo a las dificultades de una vida discapacitada, algo que tampoco es una novedad y que otras películas han tratado con mayor crudeza, incluyendo los biopics antes mencionados, podemos recordar, por poner un ejemplo, una obra también reciente: La teoría del todo (James Marsh, 2014). En este sentido, tiene la misma superficialidad que Intocable, que es más que suficiente en este caso: el tratamiento fisioterapéutico para impedir que los músculos se atrofien, la cantidad de fármacos necesarios o las problemáticas sanitarias que se derivan de esta situación, como la facilidad para enfermar de una neumonía o la sudoración anómala, cuestiones médicas que son mencionadas por el asistente y fisioterapeuta Nathan (Steve Peacocke), la voz médica en esta obra cuya personalidad es estereotipada.

Debemos sumar a su vez las declaraciones de Will, que habiendo tenido una vida plena, ansía recuperar una libertad que ya no siente al estar atado a su silla. Debemos destacar aquí la actuación de Sam Claflin, que a través de sus expresiones faciales y de su voz debe dar entidad a su rol y lo consigue de forma efectiva. Una de las cuestiones que se trata también en Antes de ti es la opción de la eutanasia, sin tanta profundidad como en obras que lo tienen como tema principal, en el caso de, por ejemplo, Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004), pero que aporta una cuestión original y también relevante dentro de su género, a pesar de caer en tópicos excesivamente subrayados (como situar al único personaje en contra de la eutanasia enfocándolo en primer plano con un colgante cristiano).


Otro asunto poco tratado en este tipo de dramas románticos, que suelen centrarse en la relación principal, es el papel de los padres para con el enfermo. En esta ocasión, con dos actitudes diferentes que, sin embargo, convergen en su preocupación común: Camilla Traynor (Janet McTeer), que mantiene la esperanza de que su hijo recupere la felicidad perdida y cuya dependencia filial se nos muestra a través de elementos concretos en escena, como un dibujo de Will cuando era niño o fotografías diversas, y Steven Traynor (Charles Dance), que a pesar de mostrarse distante en principio, se muestra firme y comprensible con su hijo, facilitando sus deseos aunque estos vayan contra lo que le gustaría. Dos formas diversas de querer a una persona que son muy bien sostenidas por estos dos veteranos actores.

Ahora bien, como sucedía en Intocable, la familia Traynor no solo está bien posicionada, sino que es rica. Resulta curioso cómo este tipo de historias en cierta forma esperanzadoras se dan en estas circunstancias donde el dinero juega un papel relevante, aunque sea secundario, dado que si esta factor no se diera, la película no podría ser igual. Obviamente, no podemos acusar aquí a las familias adineradas de no ser humanos o tener tragedias personales, como en el caso del protagonista de Antes de ti, pero da la sensación de que se han convertido en los nuevos príncipes de los cuentos de hadas, si acaso no lo eran ya desde hace tiempo.


El ámbito de Louise es bien distinto: una familia media con ciertas dificultades económicas debidas seguramente a la crisis (o como se mencionará posteriormente, a las acciones de grandes empresas) y a la falta de empleo. En este sentido, la familia se convierte en una atadura incluso social, una carga que trata de proporcionar el peso negativo a la vida de la protagonista, que pese a su entusiasmo (en ocasiones, infantil) no puede cumplir con lo que desea por estar atada a su situación familiar. Incluso debe sacrificarse para que otros cumplan sus sueños, en el caso de su hermana Katrina (Jenna Coleman), que es su principal apoyo.

Sin embargo, todo el ámbito relativo a la protagonista está teñido de estereotipos y personajes planos, incluyendo el peso religioso, la maternidad temprana, la madre típica, el padre comprensivo y hasta un novio indiferente. Sobre este último, Patrick (Matthew Lewis), recae el tópico del novio obsesionado con un tema, en este caso los deportes, que ignora a su pareja, de forma que cuando se percata de su error, trata de enmendarlo demasiado tarde. Sin duda, el apartado más innecesario de la obra, por ser una subtrama pesada, que no aportada nada y plana en todo su desarrollo. Sobre los actores, no podemos destacar gran cosa, dado que sus roles tampoco les permiten más. Sobre Emilia Clarke, archiconocida por su papel en Juego de tronos (2011-), se siente extraña en su papel, con ciertos gestos sobreactuados, aunque sin duda logra darle credibilidad en su emoción tanto entusiasta como dramática.


En otros apartados, debemos destacar una banda sonora compuesta por canciones del pop que resultarán conocidas para el espectador, aumentando su implicación con la historia, incluyendo temas de Ed Sheeran, Cloves, Jack Garratt o The 1975. Por lo demás, no destaca mucho más la obra de Craig Armstrong, que está dentro de lo habitual, aunque realiza una buena selección de canciones, algo a lo que está acostumbrado el también compositor de las bandas sonoras de Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) y Love Actually (Richard Curtis, 2003). Y como mencionábamos antes, algunos errores o descuidos de montaje, que nos dejan con alguna escena suelta o excesivos recursos vacíos, como movimientos de cámara que no aportan ni significan nada.

Es cierto que no podemos esperar más de Antes de ti que lo que prometía ser: un drama romántico con ciertos toques de comedia, tono esperanzador y cierta tragedia médica. En este sentido, se adentra en el género sin pudor, con sus tópicos y estereotipos. Lo bueno es que si acudes a verla sin mayor exigencia, seguramente te resulte grata y hasta valiente al adoptar una decisión culminante que consigue una sensación agridulce para el espectador. No obstante, no es una obra innovadora, no se atreve tampoco a ir más allá ni se muestra tan dura como podría. No ha venido a revolucionar el panorama, sino a convertirse en una más, pero siendo consciente de ello y permitiendo, por tanto, que el espectador disfrute si acepta lo que es.

Escrito por Luis J. del Castillo



Novio a la vista, de Luis García Berlanga

23 julio, 2016

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El paso de la niñez a la adolescencia, con el consiguiente descubrimiento del primer amor, ha sido contado, y hasta cantado, en un sinfín de novelas y películas, hasta acabar convertido en un tan personal como manoseado tema. Por eso, son pocas las obras que, vistas y leídas hoy, resultan mínimamente originales. Entre las películas que sí lo son, por diversos motivos, podemos citar -entre otras que ahora no recuerdo- títulos como La blé en herbe (Claude Autant-Lara, 1953), Besos robados (François Truffaut, 1968), Melody (Waris Hussein, 1971), Adiós, cigüeña, adiós (Manolo Summers, 1971), Algo más que amigos (Lewis Gilbert, 1972), el díptico Valentina (1982) y 1919, crónica del alba (1983, ambas de Antonio José Betancor), Zappa (Billie August 1983) o Flipped (Rob Reiner, 2010); no se trata de elaborar una lista exhaustiva.

Novio a la vista (Cifesa, 1953; estrenada al año siguiente), forma parte de lo mejor de ese nutrido grupo. Fue producida por el puntilloso -qué productor no lo ha sido- pero entregado Benito Perojo (1894-1974), director él mismo, además de guionista, actor cómico (en la línea de los famosos personajes del cine mudo) y popular animador de las tempranas pantallas cinematográficas en lengua española.

Algo de ese pasado se trasluce en los títulos de crédito, que se impresionan sobre la imagen de un gramófono. Nada había más moderno que este instrumento, antepasado de nuestros actuales MP3 o iPhones, en la Europa de 1918, el año en que se sitúa la acción.

El tiempo es el estival y el escenario, un indeterminado lugar de la costa. Pero este nuevo periodo veraniego no va a ser igual a los anteriores para los jóvenes protagonistas de Novio a la vista, Loli (Josette Arno) y Enrique (Jorge Vico), como corrobora su realizador, Luis García Berlanga (1921-2010), por medio de una Loli que ha crecido, porque las telas no encojen. Que este va a ser un verano muy especial lo confirma, además, el hecho de una creciente coquetería o las juveniles bravuconadas dialécticas.


Es la época de los balnearios y las curas de salud a pie de playa. Lo cual queda muy bien expuesto gracias al guión del gran Edgar Neville (1899-1967), autor también de la historia; José Luis Colina (1922-1997), Juan Antonio Bardem (1922-2002) y el propio Berlanga. Más allá de los trajes de baño de cuerpo entero (las modas cambian, pero no así los anhelos), en la población costera de Lindamar se da cita todo un microcosmos de personajes y temperamentos, donde campan a sus anchas los chascarrillos, los dimes y diretes, los juegos infantiles concretados por medio de mapas y códigos secretos, y el mar como horizonte de todos aquellos bañistas que no alcanzan a ahogarse en él.

Imágenes veraniegas que refresca la vivaracha música del maestro Juan Quintero (1903-1980) y que se enmarcan entre los estupendos decorados de Francisco Asensio (-). El locuaz trabajo de los guionistas y el innato talento visual del realizador confluyen en la chanza del tribunal que examina de historia de España a un vástago de Alfonso XIII (1886-1941) al comienzo de la película o en la imagen de los tres “generales”, que solo son capaces de intercambiar órdenes y discutir tácticas militares ad absurdum.


Por su parte, las relaciones entre adultos se cimentan en las apariencias de una vida social con sus respectivas poses. Frente a estos y su imaginación anquilosada, se halla el mundo contagioso y festivo de los jóvenes que allí veranean. Es el mundo de la escollera y las ruinas del castillo; aunque curiosamente, en ambas esferas se juega al espionaje. A fin de cuentas, no existen tantas diferencias entre los unos y los otros, como el tiempo acaba demostrando de forma inexorable, y como sucede cuando los adultos entran a formar parte del recreo de la toma y asalto al castillo en el que se emboscan y refugian los descendientes (ciertamente, no se sabe qué grupo resulta el menos “maduro”). En este escenario, los zagales exigen su responsabilidad autónoma, y los adultos regresan a la niñez, siquiera por unas horas.

Pero de los juegos de chiquillos a la chiquillada del amor apenas median unos pocos pasos, que Enrique y Loli caminan cogidos de la mano, ese verano. Aunque para ello ha de llegar el momento oportuno, y antes de que eso ocurra, Loli se resiste a formar parte del ámbito de las “personas mayores”, pese a la insistencia de la madre (la inolvidable Julia Caba Alba). Hay que destacar, en este sentido, cómo Berlanga enlaza las acciones de jóvenes y adultos por medio de elementos visuales o dialogados, tales como un barco en lontananza o la algarabía que desencadena la aparición de la familia Villanueva, ciudadanos de postín.


Y ahora sí, tras el magnífico detalle de ese viento que barre la playa y que preludia el final del verano, llega a su conclusión el recorrido propuesto por Novio a la vista, por el cual Loli y Enrique, ya cada uno por su cuenta, pasan a contemplar la vida de su pasado más inmediato; la vida de la infancia.

Algo que ocurre tanto en el presente como en esa Europa de 1918, tal y como nos recuerda el vitalismo de esta película tan injustamente olvidada como reivindicable, a nivel jubiloso y cinematográfico, y que forma parte de un conjunto en apariencia escuálido pero bastante vitaminado, como es el cine con y para los niños (que aunque se pretenda, son parámetros que no siempre llegan a ser coincidentes). Un mini-género que todos hemos agradecido.

Escrito por Javier C. Aguilera

Ayer no más, de Andrés Trapiello

21 julio, 2016

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En una guerra, no hay vencedores o vencidos, pierden todos. Puede resultar absurdo tener que comenzar una reseña con una idea un tanto manida que no deja, por otra parte, de ser cierta, pero la ocasión lo merece, porque el libro del que vamos a hablar ahonda precisamente en las consecuencias internas de un conflicto bélico cuando la mayoría de los que combatieron ya están desaparecidos, fantasmas vivos y muertos que juegan a las cartas para homenajearse. Ayer no más (2012), de Andrés Trapiello (1953-), ahonda en la Guerra Civil española, pero no en la que aconteció entre los años 1936 y 1939, sino la que ha perdurado hasta nuestros días, la de la reescritura por vencer en la memoria colectiva primero por parte de un bando y luego por parte del otro.

No es la primera vez que Trapiello se detiene en este período histórico al que ha dedicado buena parte de su tiempo, ya lo hizo con su investigación Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939) (1994, edición revisada en 2010), sobre los escritores en la guerra, al que ojalá podamos referirnos en un futuro. Y lo que resulta evidente en la postura de este poeta, autor también del diario Salón de los pasos perdidos (2011), es que su posición es más cercana a la reconciliación, al perdón y a la superación que a la búsqueda de verdugos, a las culpas mutuas y al maniqueísmo sobre un conflicto donde todos dispararon.

En este sentido, no se aleja en exceso de la propuesta de Francisco Ayala en La cabeza del cordero (1949), donde había cabida para miembros de uno u otro bando y donde el dolor de haber perdido parte de su humanidad se reflejaba abiertamente en los diferentes relatos. También Alberto Méndez mantuvo unas ideas semejantes en Los girasoles ciegos (2004) y merece la pena también recordar la búsqueda de reconciliación de Manuel Azaña con su discurso Paz, piedad y perdón un año antes de finalizar el conflicto bélico, en 1938.

Andrés Trapiello
A través de un abanico de personajes concentrados en León, Trapiello nos sitúa ante un hecho casual por el que dos ancianos se cruzan por la calle y uno reconoce al otro como uno de los participantes de la Guerra Civil española que estaba con el grupo que mataron a su padre delante de él, cuando aún era un niño. Como testigo de ese encuentro, José (Pepe) Pestaña, un historiador especializado en esa etapa, que verá como el pasado le sitúa ante un dilema, dado que el victimario es su padre, Germán. Resulta complejo tratar de resumir esta novela, dado que realmente no suceden muchas cosas y pesan más las reflexiones de los personajes sobre los hechos que las acciones que llevan a cabo, con una primera parte más centrada en la cuestión familiar y una segunda de carácter más universitario e institucional. Pero, sin duda, es por la variedad de los puntos de vista por lo que merece la pena acercarse a Ayer no más.

Trapiello nos coloca en un papel difícil, dado que Pepe, al que podríamos considerar el personaje central y la voz del autor en la obra, tiene una ideología contraria a su padre, pero ello no evita que siga manteniendo lazos con él ni que deje de ser alguien importante en su vida. Como la memoria de los personajes nos señalará, ambos se hicieron daño de forma mutua, bien físicamente en el caso del padre, bien con las palabras y el pensamiento en el caso del hijo, a pesar de lo cual, no pueden evitar sentir ese rechazo como algo negativo para ambos, aunque la reconciliación resulte tan complicada. Precisamente, el rechazo de Pepe hacia su padre se ha convertido en parte de quien es de forma irremediable. Ahora bien, su postura está también alejada de la visión maniqueista que se ha establecido de forma natural: él considera que todos sufrieron la guerra, que hubo buenos y malos en ambos bandos, gente que combatía por lo que consideraba correcto cometiendo barbaridades en algunos casos.


Sin duda, la idea vertebral de la novela es el repaso y el rechazo a algunos tópicos que se han establecido sobre la Guerra Civil y la revelación de una tercera posición que busca mitigar el dolor de tales acontecimientos, reivindicando lo que sucedió, pero tanto para unos como para otros. Porque, en efecto, como nos señalan los distintos personajes de esta obra, hubo muertes de inocentes y asesinos en ambos bandos, y aunque la posguerra y el régimen franquista ensalzarán a su bando, ello no resta importancia a las injusticias que desde el bando republicano se llevaran a cabo ni que muchos participantes buscaran la masacre del bando contrincante (sea el que fuere). Las heridas que tales actos dejaron en todas las familias españolas de la época siguen justificando las posturas de cada uno, por ello un lado rechaza recordar el pasado y el otro anda buscando aliviar su pérdida, mientras que hay quienes se aprovechan de estos hechos buscando la fama, la atención mediática y la venganza ideológica, la revancha a pesar de no tener ninguna herida ni de tener respeto al dolor ajeno.

Y en Ayer no más se da voz a las diferentes perspectivas a través de diversos soliloquios de sus personajes, lo que también provoca un esfuerzo por parte del lector, que deberá identificar la voz narrativa (aunque en ocasiones resulte evidente). Por una parte, tenemos a la familia de Pepe, herederos del pensamiento más reaccionario, con la figura central de su padre como antiguo falangista y combatiente. Este hombre nos muestra su incapacidad para aceptar qué cosas se hicieron mal en la guerra y después de ella, incluso por parte de su familia, pero también le sirve a Trapiello para enseñar al lector que no fue agradable, que este personaje también perdió amigos en la batalla e incluso a un hermano de forma brutal. A él le acompaña una madre y dos hermanas situadas en un rol de sumisión a los hombres, indiferentes o rechazando la verdad o la visión negativa hacia el padre de familia, apoyando la ideología reaccionaria. Para ellas, con el tiempo Pepe se convierte en una molestia que disturba la tranquilidad familiar, a pesar de que sus palabras sean ciertas o que sus acciones realmente intentaran evitar males mayores. En medio de esta situación, el que podríamos considerar como protagonista se encuentra solo, sitiado por el ambiente familiar reaccionario y por el ambiente laboral republicano, del que hablaremos posteriormente.


Al otro lado encontramos a Graciano y a su familia, él era el niño que vio cómo asesinaban a su padre por ser hermano de un republicano activo. Su deseo es encontrar el cuerpo de su padre, por lo que cuando reconoce a uno de los hombres que estuvo allí, no duda en abordarlo. Se trata de una auténtica víctima, que no busca nada más que mitigar el dolor. Pepe no dudará en ayudarlo, aunque sepa la identidad del hombre al que busca. Su nieta, Jessica, provoca la participación de los encargados de la Memoria Histórica, que son compañeros de Pepe en la universidad: el matrimonio compuesto por Mariví y José Antonio. En ellos se centra la segunda parte de la novela, junto a Raquel, una joven profesora contratada que nos ofrecerá una perspectiva más fresca y más ajena al conflicto ideológico.

Este trío de personajes permite también entrever una subtrama relacionada con la mala praxis en la investigación universitaria, viendo cómo Mariví se aprovecha del trabajo de Raquel y a pesar de que elaboran un libro de forma conjunta, decide no otorgarle su autoría. Este personaje es, sin duda, el que causa un mayor rechazo a partir de cómo es elaborada por Trapiello: una persona que busca la fama, sin criterio, que no valora el trabajo o los hechos de forma objetiva, sino según la ganancia que pueda obtener. Precisamente, a pesar de que Graciano señala que el hombre (Germán) no fue el asesino, ella tratará de acusarlo de asesinato, dado que así el caso obtendría mayor atención mediática. A su vez, su egocentrismo le impide ver la realidad ante sus ojos: que José Antonio mantiene una aventura con Raquel. Su marido es un hombre más moderado, aunque muestra una ideología de izquierdas igual que su esposa, la expone de forma más sosegada, trata de evitar el conflicto y de alguna forma aprecia a Pepe. Sin embargo, tanto José Antonio como Mariví no respetan realmente el dolor de Graciano, incluso lo consideran inferior a ellos, mostrando que a pesar de su ideología, su actitud no se corresponde con lo que defienden.


Cabe destacar además el uso de la realidad más reciente en la novela, incluyendo menciones al juez Baltasar Garzón (por su procedimiento judicial en relación a la memoria histórica), a Ian Gibson (por sus investigaciones sobre García Lorca), a Fernando Savater o al propio autor de la obra, Andrés Trapiello (en relación a sus artículos periodísticos), dado que, en juego metaliterario, Ayer no más se convierte en una obra de Pepe Pestaña a partir de sus vivencias en relación a los hechos que se relatan. Por otra parte, el lenguaje de la obra es generalmente culto, incluso otorgando entidad a los pensamientos de personajes que se suponen menos preparados en este nivel. El caso más llamativo es el de Raquel, que a pesar de su posición como profesora, no evita el uso de tacos o de expresiones más juveniles.

Resulta fácil no estar de acuerdo con algunas de las voces narrativas, especialmente cuando encontramos ese machismo tan evidente e intrínseco entre los pensamientos de la madre y las hermanas de Pepe, pero lo cierto es que no importa, porque no se pretende aquí convencer a nadie, sino mostrar una realidad, un ejemplo de que, por encima de nuestros deseos, existen personas que no solo piensan de forma diferente o antagónica, sino que representan aquello que rechazamos. Y, con todo, no podemos rechazarlas, porque existen y porque, incluso, mantenemos lazos con ese tipo de personas que van más allá de ideologías y pensamientos.


Como nos muestra esta novela, la realidad se convierte en un puzzle común donde las personas pueden llegar a esconder piezas importantes, a pesar de conocerlas, y donde la imagen final nunca es nítida, sino ambigua. Porque en un falangista como Germán convive el rechazo a los rojos y el dolor de la propia pérdida con la amabilidad del que fuera un joven de diecisiete años que ayudó a un pobre niño, igual que en Graciano habita el recuerdo de todo el sufrimiento vivido desde el asesinato de su padre y su posterior estigma social durante el franquismo como la culpabilidad por un error infantil y su pusilanimidad que le lleva a mentir (o pretender olvidar) o a no decidirse a actuar por cuenta propia. Mientras hay quienes tratan de sacar provecho y convertir a uno en un asesino sin piedad y al otro en una víctima inocente -que lo fue- de la que sacar partido para llenar los periódicos.

En definitiva, Ayer no más se acerca con su caleidoscopio a la realidad española para censurar una actitud revanchista cada vez más generalizada y mostrar que el dolor de una tragedia bélica como fue la Guerra Civil no atiende a bandos, sino a personas.




Clásicos Inolvidables (CV): Sueño de una noche de verano, de William Shakespeare

19 julio, 2016

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Los sueños solo son reales cuando los recordamos. Pero, ¿cómo de real es un sueño?

Lo cierto es que el mundo amoroso está muy mal repartido. Por eso, dormidos o despiertos, todos soñamos con amores imposibles, consumados, anhelados o pasados (aunque no superados).

En Los límites de la interpretación (1990; Lumen, 1992), Umberto Eco (1932-2016) nos recordaba que cuando llegamos a comprender el destino de los protagonistas literarios, comenzamos a sospechar el nuestro, ya que pensamos la realidad como dichos protagonistas piensan la suya. La narración sugiere que quizá nuestra visión del mundo actual es tan imperfecta como la de los personajes narrativos. He aquí porque estos se convierten en espejos supremos de la “real” condición humana (pg. 227; las comillas son mías). Y es ahí donde el lenguaje entronca con esa otra zona oculta y mágica, que de ordinario se nos escapa pero que para muchos de nosotros es preciso desentrañar para poder trascender un sin número de circunstancias. Al fin y al cabo, ¿cómo inciden los seres del bosque en nuestras vidas o en nuestros sueños?

Ante los duques Teseo e Hipólita, el padre de la joven Hermia, Egeo, reclama que esta se case con la persona que le ha sido asignada, Demetrio. Pero ella está enamorada de Lisandro, y viceversa. Por tanto, ¿por quién deben mirar los ojos de Hermia, por los suyos o por los del juicio de su padre, tal y como le insta Teseo?

El caso es que Hermia reclama no ya el derecho de amar libremente, sino el de mirar por sí misma. Al hacerlo así, la pena para tal desobediencia, según la ley de Atenas, es el eterno celibato o una condena a muerte. Cruel ley que los jóvenes amantes pretenden que no ha de darles alcance en el bosque cercano a la polis. De este modo, queda establecido dicho espacio como un lugar casi sagrado. Solo este entorno mágico hará posible evitar la desdicha de tener que elegir por los ojos de otro. Pero antes de su partida hacia bosque aparece Helena, la muchacha que ha sido rechazada por Demetrio, y a la cual Hermia y Lisandro hacen participe de sus planes. Precisamente, es Helena el personaje que nos proporciona el parlamento más maduro y conmovedor acerca del sufrimiento amoroso.


A estos personajes “de carne y hueso” se suma la parte festiva de los menestrales, que ensayan y representan una obra de teatro dentro de la misma obra. Una función que es, así mismo, burla y tragedia. Razón por la que la parte “real” de este Sueño de una noche de verano transcurre a dos tiempos que se van alternando, el noble y el plebeyo. Dos segmentos terrenales, puesto que los mágicos son muchos más y se entrecruzan de continuo en el espacio escénico del bosque. En él habitan los inmateriales reyes de las hadas Oberón y Titania, que también están atravesando una crisis de pareja (prefieren la compañía de otros), así como el zumbón y chacotero duende Puck (también conocido por Robin), al que Oberón solicita que elabore una serie de conjuros florales, con las consecuencias que todos hemos de temer.

El alma enamorada queda así sometida al capricho de la parte mágica de la naturaleza, lo que es contemplado como un sueño muy vívido por parte de los mortales. Ambos aspectos, amoroso y mágico, se sitúan más allá del cuerpo. Por lo tanto, y siguiendo con las dualidades que se nos proponen en la obra, dos naturalezas (la de los humanos y la de los habitantes del bosque) que cohabitan en dos espacios (el “real” y el forestal). Ambos planos se erigen en el escenario donde se desarrollan los juegos y engaños de todos los seres que habitan los planos de la Tierra, los visibles y los invisibles.

William Shakespeare
Por mediación de William Shakespeare (1564-1616), se nos abre un nuevo mundo visual y sonoro. No ha sido el autor inglés el único que ha explorado estas posibilidades del lenguaje de forma consciente, pero indudablemente, sí es uno de los más ricos y plenos. La edición bilingüe de Sueño de una noche de verano (1600, fecha de publicación, ya que la de redacción la desconocemos), a cargo de Manuel Ángel Conejero (1943) para Cátedra (Letras Universales, 2011-16), prescinde del artículo inicial en el título, denotando con ello el carácter ambiguo de la obra.

No es la única edición que presenta esta característica exegética, pero en cualquier caso, con ello se denota que no se trata de ningún sueño en concreto (el sueño), sino uno de tantos; es decir, que nos hallamos ante una de las posibles interpretaciones de ese mundo mágico. El otro factor lo polariza el ser humano, con su eterna carga de pesar, envidia, remordimiento, plenitud, insatisfacción, etc. Finalmente, Egeo habrá de acomodar su voluntad a la de Teseo.

Hermia y Lisandro (1870), de John Simmons
Entre las adaptaciones cinematográficas de esta célebre pieza, destacamos una versión muda del año 1909, dirigida por J. Stuart Blackton (1875-1941) y Charles Kent (1852-1923), en la que se respeta la intervención de los artesanos pese a que no se muestra la representación final. A cambio, sí que se ofrece la circunvalación al globo por parte de Puck (Gladys Hulette), en pos de las flores mágicas. Los efectos sencillos pero eficaces se resuelven mediante trucajes estrictamente cinematográficos, y las escenas se componen, como solía ser habitual, por medio de planos generales. Probablemente sea esta adaptación de apenas quince minutos la única en la que el bosque es un entorno natural real (no elaborado en un decorado). Ahora bien, sin lugar a dudas, la mejor versión de todas es la de 1935 (Midsummer Night’s Dream, Warner Bros.), gracias al caudal imaginativo de la escenografía y coreografía de Max Reinhardt (1873-1943) y la solidez del co-realizador William Dieterle (1893-1972), que confieren una pátina visual casi etérea y un ritmo endiablado a la trama, valores que convierten el visionado de la película en una experiencia inolvidable.

Aquí el bosque se muestra como un ente orgánico, poblado por todo tipo de animalitos, que poco a poco queda envuelto por la niebla. Y pese a la inconcreción de los trajes de época, que oscilan entre lo ateniense y lo renacentista, sobresale el extraordinario disfraz de rucio que porta Rueca (el pletórico James Cagney), el despertar de Puck entre la hojarasca (el personaje es sostenido admirablemente por un fantástico Mickey Rooney) y una secuencia de apertura en la que, a modo de un musical, se expresan los sentimientos y adversidades amorosas a través de los rostros y los gestos.


Por su parte, El sueño de una noche de verano (Midsummer Night’s Dream, Fox), de 1999, traslada la acción de la obra de la Atenas clásica a una población campestre y centroeuropea del siglo XIX. El problema es que el verso del XVI no casa bien con las imágenes decimonónicas (ni siquiera con las bicicletas). Pese a todo, tiene esta versión dirigida por Michael Hoffman (1956) la habilidad de conferir dinamismo y gracia a la representación de los artesanos que acontece en el quinto acto (el más flojo y prescindible de la obra). Además, destaca el contraste visual que se produce entre ambos bosques, el soñado y el real, junto con algunas breves escenas de transición, generalmente a cargo del personaje de Rueca (un magnífico Kevin Kline), carentes de diálogo pero muy expresivas y bien insertadas.

Sigo pensando, pese a todo, que la lectura más gozosa de la obra es la que proporcionó Woody Allen (1935) en su minusvalorada pero notable La comedia sexual de una noche de verano (Midsummer Night’s Sex Comedy, Orion-Warner, 1982).

Escrito por Javier C. Aguilera



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