Para el sábado noche (LXXXI): Alien (El octavo pasajero), de Ridley Scott

01 mayo, 2019

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Al comienzo de Alien, rebautizada en España y en otros países con el simpático subtítulo de El octavo pasajero (Alien, Fox, 1979), una vez finalizados los distintivos y atmosféricos títulos de crédito, la cámara se pasea en solitario por los pasillos de una nave desierta, pero no abandonada. El buque espacial es el Nostromo, una astronave comercial que ejerce de carguero y estación de refinería. Estos momentos iniciales, casi plácidos, pero que no se corresponden con ningún punto de vista antropomorfo, están muy bien acompañados por la música de Jerry Goldsmith (1929-2004) y siempre llamaron mi atención. La nave ha quedado definida, si no como un personaje más, sí al menos como un espacio determinante.

Se puede decir que cuando despiertan los tripulantes de su periodo de hibernación, también lo hace la nave, que de algún modo ha permanecido hibernada, aunque moviéndose por impulso (el consabido piloto automático). Los elegantes encadenados que muestran a estos tripulantes incorporándose y desperezándose son igual de atractivos y evocadores de una aventura fuera de la Tierra. El primero en hacerlo es el oficial Kane (John Hurt).

Se trata de una nave solitaria, oscura pero vistosa, como los excelentes gráficos y calculados decorados procurados por Michael Seymour (1932-2018) e Ian Whittaker (1928), entre otros. Ello permite al realizador Ridley Scott (1937), en el que sigue siendo uno de sus mejores empeños para el cine, trabajar de forma expresiva con las luces y las proporciones, los tamaños. Así sucede durante la exploración del interior de la nave alienígena sobre la superficie del inhóspito planeta al que se ve abocada la Nostromo. Un planeta igualmente alienígena para el derelicto (algo así como dos capas superpuestas). Incluso existe un sugestivo desempeño con el silencio, que subraya determinados momentos de suspense.


Esta estructura por capas es algo que atañe a los propios protagonistas. Por lo que no es de extrañar que una de las primeras conversaciones a las que asistimos trate sobre la diferencia de los escuálidos salarios. Si la tripulación está discriminada y escindida por estratos laborales a su pesar, la sociedad a la que pertenecen y que los arroja en brazos del extraterrestre, no le anda a la zaga. La tripulación es, de hecho, sacrificada, sin excepción teórica alguna. El soterramiento alcanza incluso a uno de los tripulantes de la nave, que no es lo que aparenta ser; el engaño y la felonía son parte consustancial incluso en el espacio.

Por otra parte, Alien participa del género de terror y ciencia ficción aupado en los años cincuenta, y puesto al día por Dan O’Bannon (1946-2009) y Ronald Shusett (1935). En su estructura, el suspense de la primera parte eclosiona en el terror desarrollado en la segunda, si bien, prevalece el primero de forma calculada, como cuando Brett (Harry Dean Stanton) busca a la mascota del grupo, el gato Jonesey. Asimismo, cuando el reservado Ash (Ian Holm) efectúa sus análisis en la enfermería, la cámara adopta similar postura o recorrido al descrito al inicio de la película, aunque esta vez, el ángulo se corresponde con el de la teniente Ellen Ripley (Sigourney Weaver), como no tardamos en averiguar. Un momento en el que se muestra al oficial científico ingiriendo un producto lechoso. Más tarde, cuando Kane yace en la enfermería, también resulta inquietante otro plano sostenido en contrapicado, mientras algunos compañeros penetran en la sala, una vez que el intruso parece haber desaparecido. Pese a todo, un instante de relativa calma lo proporciona el capitán Arthur Dallas (Tom Skerritt) en su escucha de Mozart (1756-1791) en la cabina de comunicaciones. Como antes adelantaba, uno de los aciertos de la película reside en el hecho de que la nave pasa de ser un escenario más o menos conocido, a un lugar traicionero e inexplorado.


Junto al espléndido empleo del sonido y la incorporación de otro personaje “neutro” pero fundamental, como es el computador “Madre”, destacan la fotografía del poco prodigado Derek Vanlint (1932-2010), y todo el aparato de decorados y efectos especiales, incluido el diseño del monstruo, por parte del artista suizo Hans Rudolf Giger (1940-2014) y el diseñador italiano Carlo Rambaldi (1925-2012). Es muy extraño de describir, comenta el capitán Dallas cuando contempla la estructura con extraños orificios de la nave extraterrestre y su intrincado y correoso interior. A lo que se suma el descubrimiento del esqueleto extraterrestre fosilizado (invadido a su vez por otra criatura extraterrestre). De modo que el misterio también anida en las entrañas de esta nave varada en un planeta ajeno.

La música se acopla bien, lo que no obsta para esos instantes a los que me refería donde se haya ausente, como sucede en la escena del surgimiento del animal de su capullo. Sí que destaca en los posteriores momentos de desolación, desconcierto y pesar por lo sucedido; momentos de soledad y vacío (espacial, en toda su dimensión). La antedicha secuencia de la búsqueda del gato también está desprovista de acompañamiento musical, de modo que este pasa a ser más significativo y menos obvio, nada redundante.

Inolvidable es la exploración del planeta y su fatal descubrimiento, como sabemos, atendiendo a una fuente de emisión desconocida. Una secuencia en la que las comunicaciones internas entre los miembros de la Nostromo se interrumpen por un turbador periodo de tiempo.


La ejecución cinematográfica es clásica, limpia y precisa, al igual que el montaje efectuado por Terry Rawlings (1933) y Peter Weatherley (1930-2015). Como los aficionados saben, quedó al margen una secuencia en la que uno de los supervivientes encuentra en la Nostromo la estructura ósea y viscosa en la que algunos de sus compañeros han sido metabolizados. El episodio final de supervivencia está muy bien desarrollado, e incluye una reminiscencia de La mujer y el monstruo (The Creature from the Black Lagoon, Jack Arnold, 1954), con el personaje desvestido y la bestia camuflada en el interior del transbordador de emergencia.

Los admiradores también conocen de sobra las influencias de la efectiva película de Scott, desde It, the terror from Beyond the Space (Edward L. Cahn, 1958) a Terror en el espacio (Terrore nello spazio, Mario Bava, 1965), sin contar con innumerables capítulos de series de televisión. Yo me permito añadir a la lista el relato Un horror tropical (A Tropical Horror, 1905), escrito por el excelente William Hope Hodgson (1877-1918), en el que una extraña criatura se ceba con la tripulación de un navío en alta mar. Se añade a un amplio inventario en el que figuran Diez negritos (Ten Little Niggers, 1939) de Agatha Christie (1890-1976), Vampiro telepático (Junkyard, 1953), de Clifford D. Simak (1904-1988), o el recientemente editado en español Oscuro destructor (Black Destroyer, 1939) de Alfred Elton van Gogt (1912-2000), publicado en la antología Terrorvision por Valdemar (2018).

Como apunte final, quisiera añadir que el abanico de dobladores al español es igual de remarcable.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


Noticias: Próximamente en BdC

30 abril, 2019

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Triunfo del Arcángel Rafael, Córdoba (fotografía de LJ)
En abril, aguas mil, y aunque no han sido mil nuestras entradas, sí que habéis podido disfrutar de nuestros artículos más variados. Con nuestras letras hemos recibido en torno a 19000 visitas durante abril, llegando a nuestros seguidores habituales: 184 en Blogger, 639 en Twitter y 178 en nuestra página de Facebook.

Hemos ahondado en la literatura con dos obras tan recomendables como Matar a un ruiseñor y Martes con mi viejo profesor, del que también comentamos su adaptación cinematográfica. En el cine tuvimos el placer de hablar de El largo Viernes Santo y El despertar. Y además hemos disfrutado de la música de Franco Battiato en plena Semana Santa y de la serie anime Your lie in April.

El próximo mes esperamos montones de flores culturales: literatura, cine y mucho más. Esperamos vuestros comentarios y vuestras visitas.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Este mes hemos tenido la conclusión (o mejor dicho, el punto y aparte) de un importante trayecto en el Universo Cinematográfico de Marvel con la película Vengadores: Endgame, de la que os dejamos el trailer.



"Pienso que una obra de arte debería dejar perplejo al espectador, hacerle meditar sobre el sentido de la vida."
                  - Antoni Tapies (1923-2012)



Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom

26 abril, 2019

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A veces conviene dejar reposar los libros. Incluso puede que alcancemos esa edad donde lo más importante no es ya leer, sino releer. Estamos tan inmersos en las novedades pasajeras que, con frecuencia, se nos olvida toda la literatura precedente (con el cine pasa exactamente lo mismo); y con precedente no me refiero únicamente a los grandes clásicos, sino a nuestros clásicos particulares.

Hace algunos años fue bestseller Martes con mi viejo profesor (Tuesdays with Morrie, 1997; Maeva, 2008), crónica humanista de un docente de universidad llamado Morrie Schwartz (1916-1995), contada por su ex alumno Mitch Albom (1958). Morrie hubo de padecer la terrible enfermedad E.L.A. al final de su recorrido vital. La vida se compagina con la literatura.

Albom, que ejercía de periodista deportivo, fue, como digo, alumno de Morrie y dejó en este escrito constancia de los padecimientos, pero también del arrojo y voluntad personal, del que fuera su maestro. De hecho, y fuera ya del ámbito particular, el traspaso de los conocimientos siempre se ha nutrido más de la incitación al saber y el despertar de las motivaciones que de los fastidiosos libros escritos por los pedagogos.

No descubro nada nuevo si digo que no sabemos lo que nos depara la existencia (mancias aparte, que exigirían un análisis que escapan al contenido de este libro). De modo que uno estudia, crece física e intelectualmente, se reproduce si quiere y luego muere. Hasta puede que recordemos a alguno de nuestros maestros con especial cariño (a los otros mejor olvidarlos), o incluso que nos dediquemos a eso de la enseñanza. En tal caso, no solo solemos recordar a nuestros antiguos profesores, sino que esperamos que algunos de nuestros alumnos nos recuerden a nosotros. Personalmente, siempre me ha gustado ese poema de Gerardo Diego (1896-1987) titulado Brindis, usual en cualquier antología, pero de seguro en Versos humanos (1925), en el que el profesor del texto y la vida real celebra su traslado (más que su ascenso), narrando en verso la pasada experiencia educativa, brindando por ese alumno desconocido que, entre la multitud de pupilos, algún día se acordará del que suscribe.


Pues bien, el profesor de sociología retirado Morris S. Schwartz padeció de esclerosis lateral amiotrófica, una implacable y cruel enfermedad degenerativa. En un principio, advierte su alumno (pues de facto lo sigue siendo), que descubrí que ya no me interesaba la fama de los otros, y que la cultura es algo que se crea uno mismo. Ahora que se ha puesto de moda emplear a los menores como escudos humanos en manifestaciones supuestamente pacíficas, pues el espacio público les pertenece exclusivamente a ellos, o que la universidad ha perdido su maltrecho prestigio integrador (tornado a integrista de forma soterrada), no están de más las enseñanzas y advertencias de este avezado profesor que sospecha que el nivel del odio se solapa con la pasividad, y que el pensar ha sido siempre mucho más trabajoso que el sentir. Quizá la lección más importante que nos regala sea que los profesores dan la oportunidad, pero es a la persona a quien compete asimilarla o no, profundizando en ella, incorporándola al ser. Por lo que todos necesitamos maestros en nuestras vidas.

Estos recuerdos y apreciaciones intercalados se traducen en escenas y flashes que nos hacen partícipes de lo ilusorio del tiempo y también del espacio (cada martes, Mitch hace buen número de kilómetros a placer para estar junto a su viejo profesor); si bien, la propia cronología de los individuos es importante para poder asirnos a ellos. Los diálogos que se desgranan en el libro no solo logran, como se suele decir, que la muerte sea la gran niveladora (de toda condición social o confesional), sino que también lo sea la vida, entendida como el hermanamiento de dos personas que se redescubren a sí mismas.


El tema “estrella” es, por consiguiente, la muerte, pero no la desaparición. En realidad, es la vida lo que vertebra estos encuentros y nuestras vidas. El deceso no se contempla como el final, sino como un nuevo principio en ambos escenarios, aquí y allá (si se posee la necesaria confianza). Y si, en efecto, existe algo más allá, o con ella se acaba todo. No en vano, ¿cuánto nos queda, cincuenta años o cincuenta días? Quizá, de todo lo que nos queda por aprender, lo más sea relevante sea, en palabras de Morrie, que cuando aprendes a morir, aprendes a vivir.

Razón por la que los jóvenes no son sabios, recalca el profesor. Una proclama que, teniendo en cuenta el exagerado crédito que se otorga a esta franja, resulta de lo más acertada. No quiero decir que paso por alto todas las reglas de tu comunidad, explica Morrie, (…) pero las cosas grandes, cómo pensamos, lo que valoramos, esas debes elegirlas tú mismo. No puedes dejar que nadie, ni que ninguna sociedad, las determine por ti (…) Tienes que trabajar para crearte tu propia cultura.

Ítem más. Pensamos que, por ser humanos, estamos por encima de la naturaleza. Desde el diagnóstico de su enfermedad, Morrie ha tenido ocasión de sopesar, valorar y reflexionar acerca de muchas cosas, las auténticas, esas de las que algunos muestran su desconocimiento riéndose. Ahora, tras la devastadora adversidad, las entrevistas concedidas a algunos medios de comunicación y los encuentros con Mitch, es al lector a quien competen, tal y como referiría Morrie Schwartz. Forma parte del hecho de ser humanos terminar y renovar.


En suma, es el presente un conmovedor testimonio sobre el existir, la amistad y el amor, donde cuenta la introspección, entendida como esa reflexión y aprendizaje que proporcionan los años y que, para el caso, alcanza tanto al biografiado como al biógrafo. Lo hace por medio de la alternancia de los tiempos narrativos (de los años setenta a mediados de los noventa). De este modo, Martes con mi viejo profesor nos recuerda lo valioso que es el tiempo que pasamos con los demás.

El éxito del libro suscitó una adaptación al medio televisivo, en forma de telefilme. Fue protagonizado por Hank Azaria (1964) en el papel de Mitch Albom y el veterano Jack Lemmon (1925-2001) en el de maestro. Visualmente no ofrece nada novedoso, y sí muchos planos medio-cortos, aunque es una fidedigna transcripción del original realizada con puntual pulcritud por el inglés Mick Jackson (1943). La escritura corrió a cargo de Thomas Rickman (-2018), responsable de la estupenda San Francisco, ciudad desnuda (The Laughing Policeman, Stuart Rosemberg, 1973).

Dejando al margen una engorrosa e intrusiva (y lo que es peor, prescindible) voz en off al principio del relato, y unas insulsas imágenes en retrospectiva, Martes con mi viejo profesor (Tuesdays with Morrie, Harpo Films, 1999), nos presenta a Morris Schwartz (Jack Lemmon) como un hombre vitalista y activo, al que le gusta bailar. Y a Mitch Albom como un tipo entregado por completo a la vorágine del mundo informativo del deporte.

Albom “personaje” es uno de los rostros y firmas más apreciadas en dicho mundillo. Desde que salió de la universidad, apenas ha tenido tiempo de echar la vista atrás. Vive de prisa y corriendo formando parte de un engranaje. Él mismo asegura que los deportes están siempre de temporada en este país (¿en alguno no es así?), y que se ve capaz de hacer seis cosas a la vez en tanto su vida transcurre en aviones y hoteles. Una situación que también le dificulta para el desarrollo de una relación de pareja normal, en este caso, con la cantante Janine (Wendy Moniz). 


Estando en estas, contempla de refilón el viejo rostro de su profesor en la tele. Será el inicio de un volver a las raíces. Morrie se halla enfermo y tras sopesarlo bastante, Mitch decide acudir a visitarlo. Tras este primer reencuentro, las visitas se repetirán cada martes.

Significativamente, tales encuentros productivos coinciden con una huelga en el ámbito deportivo (aspecto que está más remarcado en el libro). Morrie bromea con el hecho de que, siendo Mitch una estrella de la televisión, ahora que me estoy muriendo la gente muestra más interés por mí.


El profesor jubilado de sociología de una universidad de Brandeis, Boston, recibe las visitas de Mitch, que resulta el gran beneficiario de estos intercambios. Unas provechosas enseñanzas por parte de Morrie, como recuerda Mitch, sin estar en el negocio de la autoayuda. Como cuando el maestro pone de relieve el valor del silencio.

Pese a que la película desprende un sesgo más ecuménico y colectivista que el original, esta adaptación cuenta con algún que otro acierto añadido, como el del quarterback (Dan Thiel) al que Mitch entrevista y que se coloca una gorra específica, en respuesta a la pregunta de a qué universidad piensa ir. También se respeta la idea de que las clases no se interrumpen con la muerte del profesor. Al final, todo lo que le queda a Morrie es su voz, pero una voz que resuena eterna.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


Música Inolvidable (XXXVIII): Franco Battiato

18 abril, 2019

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Franco Battiato (1945) quería vernos danzar, pero también reflexionar. En sus letras hay una continua invitación a la introspección y el auto conocimiento, de ahí lo novedoso de su propuesta, a caballo entre lo cosmogónico y el pop.

Nacido en Sicilia, Italia, a España desembarcó en los fructíferos ochenta, puerto franco de la música. Llevaba mucho cantado, pero la traslación de sus letras al español, efectuada por él mismo, contribuyó a su relanzamiento.


Cantautor, productor de ópera y realizador (amén de escritor, guionista y hasta pintor), Battiato es toda una personalidad. Por centrarnos en los ochenta, ahí están, para el sello EMI, Patriots (1980), La voz de su amo (1981), Horizontes perdidos (1983), Ecos de danzas sufí (1985), Nómadas (1987) y Fisiognómica (1988). A partir de 1993, cuenta en sus provechosas lides conceptuales y minimalistas con la colaboración del letrista Manlio Sgalambro (1924-2014), escritor y filósofo. Entre los temas más celebrados, Centro de gravedad (1981), Yo quiero verte danzar (1982), La estación de los amores (1985), Vía láctea (1985), Nómadas (1987), Bandera blanca (1987) o Y te vengo a buscar (1988). De alguno de ellos proporcionamos el video musical al final de este artículo.

En su esclarecedora entrevista para la estupenda Paloma Chamorro (que hizo más cosas que la cuestionable La edad de oro [1983-1985]; 1949-2017), Battiato declara que contempla la música como una forma expresiva de comunicación total, y se muestra defensor de una polifonía armónica y tradicional, continuista y mitológica, que codifique el sentir y vivir de las gentes.


Instintivo, como el fuego de Aries que lo anima, Battiato resuena familiar y exótico, sincrético y espiritual. Hablando de la vanguardia y la música llamada “culta”, añade en dicha entrevista que me opongo a las formas que no llegan a transformarse en contenido, en comunicación, y que, por lo tanto, tampoco son musicales. La relación metafísica entre las personas se pone de relieve a través de sus letras y melodías, como un vislumbrar la relación oculta que se establece entre la música y el individuo, sin caer en el trascendentalismo huero o la parábola palurda. Battiato radiografía una sociedad variopinta, pero también es emisor de una espiritualidad vivificante, en función de los distintos estados de ánimo. Texto, rítmica, instrumentación e interpretación conforman un todo que fusiona al hombre con su naturaleza terrena y trascendente, con aquello que no se ve, pero se intuye y siente. Como debería recordarse con más frecuencia, las palabras ya son portadoras de una musicalidad intrínseca, pudiendo llegar a convertirse en silentes medios de transformación, médiums. Estas ayudan a formar imágenes nuevas u olvidadas, en un marco de misterio y sensualidad destacado por el solista. A lo que se añade el hecho (no menos trascendental) de que la auténtica música contemporánea es la popular.

Estos son sus principios, y no tenía otros porque lo tenía claro. O al menos, lo intentaba. Después de años de experimentación, sabía qué lugar ocupaba.


En efecto, Franco Battiato se siente vinculado a una tradición antigua y primordial, en sintonía con las leyes de la naturaleza y el cosmos. Somos el resultado de un juego de fuerzas más fuertes que nosotros mismos. Su raigambre es étnica, “ligera” (no insustancial) y pop. Lo que no le posiciona en contra de la comercialidad, del éxito personal (anatemizado por algunos artistas que predican una cosa y hacen la contraria).

Háblame de mundos lejanísimos, de culturas sepultas, continentes perdidos, de amor, de pasajeros anómalos en místicos territorios. Son las auténticas vanguardias de un nuevo Sistema Solar, tal y como se expone en No Time, No Space. Vivir no es muy complicado si puedes renacer después, concreta en El animal. Para acabar preguntándose qué quedará de mi tránsito terreno, de todas las impresiones que tengo de esta vida (Mesopotamia). Nos levantamos antes del alba, listos para transbordar dentro de un satélite artificial (…) somos provincianos de la Osa Menor (Vía Láctea).
Perspectiva cósmica que no se olvida del amor material y físico, aunque el animal que llevo dentro no me ha dejado nunca ser feliz (El animal). Este sentimiento popular nace de mecánicas divinas (Y te vengo a buscar, La estación de los amores, Sentimiento nuevo). Hasta se permite jugar con el tiempo y el espacio del terruño siciliano en Despertar en primavera, canción donde me enamoré siguiendo el ritmo del corazón y me desperté en primavera.

El aprisionamiento político es otro pilar. Patrias aplastadas por el abuso del poder, por gentes sin ningún pudor, que piensan que les pertenece todo; los gobernantes, perfectos inútiles bufones (…) no cambiarán (Pobre patria). Del mismo modo que renacen los programas demenciales con tribuna electoral (Bandera blanca). Bellamente inclasificable y ecléctica es Perspectiva Nevski (además de una avenida convertida en narración por Gógol [1809-1852]), aunque yo me abandonaría a la inspirada Sagradas sinfonías del tiempo: somos seres inmortales caídos en la oscuridad (…) sin memoria (…), hasta curar completamente (todo un ciclo holístico).


No me resisto a hablar de Franco Battiato desde el punto de vista astrológico (con el beneplácito del lector). Tan solo unas pinceladas. Como Aries, el artista se presenta a modo de fogoso buscador y transmisor, destino y destinatario al mismo tiempo. Su Ascendente en Leo le faculta para una receptividad con paso firme y decidido. A su vez, la luna en Leo lo predispone al temperamento franco, abierto y transparente. Venus en Tauro, regencia habemus, contiene una belleza rumbo a la estabilidad. Lo que se traslada a sus creaciones cifradas, bellamente herméticas, pero jubilosas y expansivas (casa cinco en Sagitario), acompañado de un poderoso Marte en los últimos grados del indagador Acuario. Como él asegura, tenía la luna y Urano en el León (Cucurrucucú). ¿Imaginativo tránsito planetario en la época de composición de la canción, referencia a una tercera persona o reminiscencia de una vida anterior? (Este planeta lento lo tiene Battiato en Tauro).

En fin. Mira que hay personalidades interesantes casi en cualquier ámbito, que parecen negadas para la trascendencia. No es de extrañar, porque en estos “asuntos internos” cuenta la experiencia personal más allá de la doctrina (la que a cada cual complazca). Además, se tiende a caer en el servilismo, el buenismo especulativo o el mesianismo político, artístico o religioso… A tal efecto, Franco Battiato responde con su música que encontrarás los ángulos de la tranquilidad y la paz del crepúsculo al final de tu camino (Nómadas). Así sea.

Escrito por Javier Comino Aguilera 





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