El largo Viernes Santo, de John MacKenzie

02 abril, 2019

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En las películas, como en la vida que llamamos real, hacer daño es fácil, y conducirse con rectitud, diríamos que intrincado y difícil, y no suele reportar tantos beneficios (al menos externos). Factores personales y extra personales jalonan los guiones cinematográficos, en una suerte de perfecta cosmogonía de las imperfecciones reales de sus protagonistas. De trayectoria guadianesca pero, en su estilo, rectilínea, el realizador escocés John MacKenzie (1928-2011) expone con enérgica bravura alguna de dichas imperfecciones en su espléndida El largo Viernes Santo (Long Good Friday, Handmade Films, 1979; estrenada al año siguiente).

A veces cuesta identificarse con los caracteres, naturaleza y procedimientos de estos protagonistas, sobre todo, cuando ninguno de ellos muestra el menor asidero empático; sin embargo, si el personaje está bien construido y personificado, resulta creíble (a la par de aterrador, conmovedor o lo que se quiera).

De un tiempo a esta parte (aquella que refleja la película y nuestro ahora), se ha convertido en algo relativamente sencillo y hasta bien remunerado, el poder desacreditar a alguien o tergiversar las informaciones, casi de forma simultánea a cuando estas se producen. En el cine, la historia no siempre la escriben los vencedores, algo que el espectador conoce bien.

Cuando el gánster londinense Harold Sand (un refulgente Bob Hoskins) recibe en su distrito -sus dominios- al potencial inversor norteamericano Charlie (Eddie Constantine), que se hace acompañar de su abogado (Stephen Davies), todo parece ir bien hasta que una serie de inconexos infortunios modulan la puesta en escena y el juicio de los protagonistas. Como se informa por medio de las imágenes iniciales de la película, a veces los complots se gestan en los bares (los famosos pubs británicos), en casas apartadas de la campiña irlandesa, o ante las narices de uno (puesto que siempre parece que los hay más desaprensivos).


Harold delega muchas de sus funciones en su ayudante o mano derecha Jeff (Derek Thompson). Tiene otros colaboradores, como se verá, pero la película remarca de manera especial la relación entre estos dos personajes. En nombre de la “empresa”, Jeff está en contacto con algunos concejales y resto de autoridades que están a sueldo de su jefe (que, de hecho, deben su puesto a Harold). Son el nexo de unión entre el especulador y los posibles asociados. Por su parte, estos parecen interesados en invertir en la “compañía” y en los proyectos de futuro que Harold ha planeado para la promisoria metrópoli.

Uno de esos concejales es Harris (Bryan Marshall), personaje contra las cuerdas que él mismo se ha trenzado. Así, todos prosperan, los que pretenden mostrarse respetables de cara a la sociedad, y a los que esto les importa un ardite. 

Respecto a Harold, este puede ser brusco e impulsivo, pero también es leal hasta donde puede y honesto a su barriobajero estilo. En determinado momento de la película, MacKenzie recalca de forma verbal la procedencia de dicho personaje, que no es otra que los barrios marginales de Londres. Podría decirse que es un paleto inglés, sin especial cultura pero con las ideas lo suficientemente claras como para haber sabido prosperar en la jungla de asfalto. Muestra prejuicios hacia los americanos cuando las cosas no salen como él desea, puesto que no le gusta que le hagan perder el tiempo ni que le engañen; es de la calle, baladrón pero no pedante, básico pero no esquemático, y desde luego resolutivo. Sin embargo, trata de ser recto, y esta es una de las mejores virtudes de la película, el retrato de su protagonista.


Él es el líder, el que hace gestos o guiños de toda índole a los demás, para mantener la disciplina. Sabe ser agradecido o atacar “a quien lo merece”. Él mismo se presenta, como antes se ha expuesto, bajo los ropajes de un hombre de empresa. La especulación del terreno la tiene Harold bien atada.

El Viernes Santo se prepara para recibir a sus invitados transcontinentales, habiendo regresado también de los EEUU. Mientras esto sucede, el IRA se pone a atentar en la capital británica, con lo que a Harold y su grupo se le complican las cosas sin saber cómo ni por qué. Todo parece indicar que Harold se ha convertido en un objetivo (precisamente el por qué no lo desvelaremos). Mackenzie lo ejemplifica mediante varios intentos de asesinato, en parte frustrados, y con el desplazamiento o travelling por el puerto entre Harold y el policía Parky (Dave King), donde ambos elucubran acerca de lo que está ocurriendo.

Mientras esto se dilucida, asistimos a un reguero de imágenes inolvidables: el interrogatorio de Harold y sus secuaces a las personas que trabajan para él (que quedan patas arriba, no solo metafórica sino literalmente), la celada en la piscina, el encuentro del protagonista con una viuda (Patti Love) en un cementerio, o la tonificante resolución, rubricada por el claustrofóbico final. Bob Hoskins (1942-2014) compone una eficiente figura a lo James Cagney (1899-1986). Incluso proclama desde su particular altura que Londres es mío (no del IRA). Su otro “segundo” es su pareja, la leal, eficiente y elegante Victoria (estupenda Helen Mirren); sin duda, una buena consejera y portadora de equilibrio, en una época en que Londres se abre al mundo, esto es, se lava la cara y se moderniza.


Interesante la carrera que pudo llevar a cabo John MacKenzie a trancas y barrancas. El largo Viernes Santo es, probablemente, su mejor película. Pero tampoco estuvieron mal la bienintencionada Cónsul honorario (The Honorary Consul, Paramount, 1983), la entretenida El Cuarto Protocolo (The Fourth Protocol, Lorimar, 1987), o Código Azul (The Last of the Finest, Orion, 1990). La presente, escrita por el dramaturgo Barrie Keeffe (1945), se beneficia de una estupenda banda sonora a cargo del compositor e instrumentista de rock progresivo de los setenta Francis Monkman (1949; una buena edición la tuvimos en el sello Silva Screen). Ya saben, una de aquellas distintivas y vibrantes partituras con inspiradas secuencias de suspense que, como otras tantas cosas, pasaron a la historia. En El largo Viernes Santo no hay justos ni pecadores, todos están revueltos en Secular Compaña.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


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