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Brokeback Mountain, de Ang Lee

12 octubre, 2020

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Cuando nos falta la libertad, solemos estar condenados a errar una y otra vez en nuestras vidas. No hace falta una distopía de las que hemos podido contemplar en la gran pantalla para mostrar un mundo lleno de miseria y dolor, porque existen en el nuestro también. Es más, no escasea, abunda. Reside en las miradas de quienes nos rodean y, sobre todo, en tantas otras que no vemos o que ignoramos. La historia que Ang Lee (1954) trasladó a la gran pantalla a partir del relato de E. Annie Proulx (1935) se desarrolla en ese páramo desierto de nuestra vida como son los deseos perdidos. Nos referimos a Brokeback Mountain (2005).

Mucho se ha escrito y desarrollado sobre las dificultades para producir una película de estas características cuando el relato que le dio origen apareció publicado en los años noventa. Aunque hubo personas interesadas, las grandes compañías no se arriesgaban a perder en taquilla y el guion fue pasando de mano en mano hasta que Lee junto a la productora Focus lo sacó adelante, con un trabajado guion de Larry McMurthy y Diana Ossana. Las razones eran obvias en un mundo que rechazaba la homosexualidad: la película iba a causar rechazo y no iba a triunfar en la taquilla estadounidense. Sin embargo, proponía romper con un estereotipo, el del vaquero varonil y heterosexual, para permitir una visión de la homosexualidad romántica y, a la vez, desoladora, una queja, un grito, una reivindicación para poder vivir libres cualquier amor.


Nos situamos en Wyoming, en el verano de 1963. Dos jóvenes vaqueros son contratados por Joe Aguirre (Randy Quaid) para cuidar su rebaño de ovejas durante el verano en el entorno de Brokeback Mountain, un lugar ficticio. En ese entorno solitario, irá surgiendo entre ambos jóvenes una relación estrecha y diferente, pese a sus reticencias iniciales. Ennis Del Mar (Heath Ledger) y Jack Twist (Jake Gyllenhaal) vivirán a partir de ese momento un romance entrecortado y cuya semilla es el recuerdo que siempre pesará en el corazón de ambos. Sin embargo, las circunstancias, la sociedad que les rodea, les obliga a alejarse de ese sueño de estar juntos y ser una pareja real. Por una parte, Ennis arrastra el temor que le inculcaron de niño, reprimiendo sus auténticos sentimientos y siendo incapaz de expresarlos, mientras que, por la otra, Jack vive insatisfecho, incapaz de adaptarse a una vida que siente fingida y en la que no encaja, sabiendo, además, que es cuestionado por su hombría por quienes le rodean.



Como sucede en otras obras de narrativa contemporánea, Brokeback Mountain ahonda en las grietas que la sociedad provoca en el interior de las personas. Tanto Ennis como Jack son infelices y crean infelicidad a su alrededor. Un halo de decepción e impotencia que se justifica por no poder amar libremente. Ambos se adaptan a la vida que se esperaba de ellos, a matrimonios heterosexuales y a trabajos anodinos, pero su auténtica libertad la encuentran cuando pueden estar juntos y cuando realmente expresan sus emociones. La película lo remarca bien creando dos espacios bien distintos. 


Para empezar, tenemos las secuencias en que se reflejan sus vidas maritales. Pueden ser opresivas y cerradas, en algunos casos se muestran grisáceas, por ejemplo, en el caso de Ennis, todo se va oscureciendo y ensombreciendo cada vez más, conforme se deteriore su matrimonio con Alma (Michelle Williams). Incluso el espacio físico en que esa vida se desarrolla acaba siendo cada vez más pequeño, una metáfora de esa jaula en que el personaje se va encerrando cada vez más, incluyendo escenas realizadas desde un plan picado. Por otra parte, la vida de Jack junto a Lureen (Anne Hathaway) parece extraída de los estereotipos tejanos, una vida encerrada en una especie de serie de televisión donde todo está ya previsto y prefijado. Además, mientras Ennis tan solo se hunde en su propia soledad y se muestra violento cuando es cuestionado, por ejemplo, con las tensas escenas que protagoniza junto a Alma cuando ella le cuestiona, Jack siempre se siente cuestionado, ya sea por la reprobación de Joe Aguirre, las miradas de los demás vaqueros de rodeos o de su propio suegro.



Y al contrario, cuando ambos están juntos, los espacios se abren. Los personajes viven en un entorno natural con grandes paisajes y la aventura amorosa que viven provocan que los personajes se igualen ante la cámara. Incluso la paleta de colores se enriquece de esos paisajes que siempre recuerdan a todo el primer tramo de la película, aquel en que se desarrolla el núcleo de su relación y a donde ambos protagonistas se sienten anclados. En cierta forma, las montañas Brokeback son la única realidad que vivieron, mientras que el resto ha sido tan solo una fachada que sostener. Además, lo eficaz de la obra es también la forma en que nos muestra que ambos personajes viven su situación de forma distinta.


Ennis se mantiene tajante en las líneas que no se deben cruzar, arrastra un trauma infantil y es incapaz de abrirse a los demás, aunque en el fondo se nos muestra su buen corazón, por ejemplo, en la relación con sus hijas, especialmente la mayor, Alma junior (Kate Mara). Sin embargo, Jack es más impulsivo, no soporta esa represión en que se ve obligado a vivir y trata de liberarse siempre que puede, aunque por ello roce los límites que la sociedad le impone. A diferencia de Ennis, Jack no parece tener ningún vínculo real con la familia que ha formado, para él es solo un espejismo al que se ha visto obligado para evitar el juicio de los demás.



En Brokeback Mountain ningún personaje encuentra la felicidad. La falta de libertad de sus protagonistas arrastra también a todas las personas que le rodean, aunque ninguno de esos personajes lo merezca. Si Ennis y Jack hubieran podido vivir su romance en libertad, nadie hubiera sufrido ningún engaño, y en esa posibilidad es donde radica el auténtico mensaje de la obra. El miedo, para Ennis, el juicio crítico de la sociedad que les rodea, para Jack, y la incapacidad o la represión para expresar sus sentimientos engendra a seres infelices e incapaces de superar su soledad y su dolor. Ennis, un hombre parco en palabras, pues es incapaz de comunicarse, hace hacia el final la pregunta justa, la pregunta necesaria, la que realmente se tendría que haber hecho a sí mismo antes de vivir un matrimonio fingido. Y en el final, todo sigue igual, pero cada vez más desolado por el irremediable paso del tiempo y de esa vida cíclica de la naturaleza humana.


En definitiva, una película sobre la soledad y el dolor de un mundo en el que escasea el amor porque sus personajes no pueden vivirlo de verdad, sino solo ajustarse a lo que la sociedad rige y obliga. Una obra sobre ese paraíso perdido de sus protagonistas, sobre la falta de libertad, sobre el derecho al amor. Rodada con mano diestra por el irregular Ang Lee, es una obra precisa, lenta, cruda, dramática y honda. De las que dejan cierto poso tras su visionado.



Interstellar, de Christopher Nolan

05 junio, 2020

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Uno de los directores que ha polarizado a crítica y público en los últimos años ha sido Christopher Nolan (1970). Aunque suele gozar del favor del público, es frecuente que surjan críticas a sus obras por diversos motivos. Apasionado de la espectacularidad con argumentos de cierta raigambre polémica a nivel social (El caballero oscuro [2008]), histórico (Dunkerque [2017]) o de ciencia ficción (Origen [2010], Interstellar [2014]), lo cierto es que debemos admitir que ha sido uno de los directores que ha gozado de un éxito considerable en los últimos años, aunque también ello le haya valido críticas bien por considerar que no hacía obras tan redondas como aparentaba, bien porque estaba por debajo de obras similares de mayor calado o bien por su tendencia a sobreexplicar sus películas o escenas tratando al espectador como un ingenuo.

De entre las obras que ha dirigido en los últimos años, Insterstellar ocupa uno de los lugares cumbres en la consideración de su carrera. Sin embargo, no podemos considerar que esté exenta de esa doble cara que ofrece la mayor parte de sus películas, es decir, con respecto al hecho de haber polarizado a los espectadores entre quienes aman la película y quienes la aborrecen. En mi consideración, creo que gran parte del público se sitúa en un término medio, entretenidos y emocionados sin más, siendo en este caso las redes sociales las que alientan dos posturas extremas, como en tantas otras ocasiones.


La historia nos lleva a un futuro postapocalíptico en el que el planeta se ha convertido en un entorno hostil para el ser humano eliminando todas sus conexiones, destruyendo la tecnología que hoy nos sustenta. Al final, la humanidad se ha visto obligada a sostenerse con una agricultura azotada por plagas recurrentes que van eliminando los distintos productos agrícolas que se pueden cultivar, siendo el maíz uno de los pocos reductos que quedan. En estas circunstancias nos encontramos al protagonista, Cooper (Matthew McConaughey), un granjero que antes de la catástrofe era piloto para el ejército estadounidense. Es un personaje arisco y díscolo con la nueva política gubernamental que intenta obviar el pasado heroico y tecnológico a fin de acabar con lo que consideran que son falsas ilusiones y esperanzas de la población. Así se demuestra cuando Cooper se enfrenta al sistema educativo por intentar negar la llegada del ser humano a la Luna, recurriendo en esta ocasión a una de las teorías de conspiración más conocidas como relato oficial.

En cierto momento de esta situación, Cooper empieza a descubrir que están sucediendo hechos anómalos gracias a su hija. Incapaz de contener su curiosidad, se encuentra con un secreto gubernamental: la NASA sigue existiendo y está intentando acceder a un agujero de gusano descubierto en el sistema solar para llegar a un planeta habitable que se convierta en el nuevo hogar de la humanidad. Para ello se han elaborado dos planes: el primero consistiría en localizar el planeta habitable y mandar en una nave gigante a toda la humanidad de la Tierra y el segundo, en caso de ser imposible crear esa nave, enviar las células necesarias para crear nueva vida humana en ese nuevo planeta. Este es el punto de partida para la gran aventura que Nolan propone.


Se trata de una misión arriesgada para la que Cooper está capacitado, pero que supondría la destrucción de su vida familiar. Un sacrificio seguro si tenemos en cuenta que quizás no pueda regresar nunca o que cuando lo haga han podido transcurrir demasiados años en la Tierra debida a la relatividad del tiempo en los viajes espaciales, algo que bien nos recuerda al final de una célebre película de ciencia ficción. De esta forma el tiempo se postula como una de los principales ejes temáticos de la obra. A partir de este planteamiento, se dan dos grandes escenarios.

El primero, y el que más interesará a los aficionados a la ciencia ficción, es el espacial. Es una ciencia ficción bastante rigurosa dado que Nolan contó con el apoyo de un asesor científico, el físico teórico Kip Thorne (1940), quien ya en el pasado había colaborado con Carl Sagan (1934-1996) para su novela Contacto (Contact, 1985). De esa forma, tenemos detalles como la ausencia de sonido en el espacio, que suponen una de las principales características de las secuencias en las que el protagonismo recae en la nave espacial y que se aleja de los sonidos habituales que el imaginario cinematográfico nos había legado. O la concepción del agujero de gusano y su funcionamiento, la visión de un agujero negro o el concepto de la relatividad del tiempo y su funcionamiento en el espacio exterior por la influencia de los cuerpos celestes.

Sin duda, la aventura está clara: recabar información de los tres planetas candidatos, visitar a los tres aventureros anteriores e intentar desperdiciar el menor tiempo y el menor combustible posible. Precisamente, esta cuestión pesa al protagonista, Cooper, que sabe que arriesgarse a visitar un planeta en el que el tiempo pase más lento provocará que se pierda años en la vida de sus hijos. Y ahí es donde entra el otro gran escenario: el factor humano. El escenario de la familia, de la duda, de la emoción. Interstellar se reviste de ciencia para realmente ahondar en lo que se pierde, en lo que se gana, en las relaciones humanas o en el significado del sacrificio individual en pos del bien común.


Sin embargo, conforme transcurre la película, debemos considerar que llega cierto punto en que no se encuentra una respuesta satisfactoria a ninguno de los dos escenarios. No quiere decir que la película no tenga una buena calidad técnica o que no resulte espectacular en su desarrollo de la ciencia ficción. Sin duda, tiene giros dramáticos bastante cautivadores y convincentes, efectivos para emocionar al espectador, pero al final lo que podía haber sido una obra mucho más coherente, acaba perdiéndose en un deus ex machina con el fin de lograr el efecto deseado para su conclusión. Si bien resulta interesante el hecho de que el tiempo se convierte en una dimensión física más, el cómo se ha llegado a este punto parece ser fruto del azar o, en todo caso, de algún tipo de destino, y al final parece que era una clave obligatoria para regalarnos el giro dramático más efectivo y el final feliz necesario. Por poner un ejemplo de una obra semejante, Encuentros en la Tercera Fase (Steven Spielberg, 1977) resultaba menos efectista y rendía mejor en un desarrollo coherente en el que su final no se sentía postizo.

La película acaba por intentar sobreexplicarse, porque ni siquiera el protagonista entiende qué le ha pasado. Ni la aventura espacial ha resultado productiva, ya que ha estado bastante vacía de contenido, perdiendo a personajes que no nos interesaban y con escenas que eran más resultonas por su espectacularidad que por lo que sucedía, entremezclando tonos genéricos que oscilan entre las películas de catástrofes, el thriller o el terror más claustrofóbico, pero sin que los hechos parezcan calar en los personajes, siendo todo bastante plano y gris. Y no cabe duda de que el espectador puede desear que nuestros viajeros especiales lleguen a un planeta nuevo, porque sin duda el diseño de estos mundos resulta variado y visualmente atractivo de la película. Pero no sucede así con aquello que nos intenta narrar.


Quizás uno de los puntos más interesantes es el conflicto entre lo emocional y lo razonable que se da, pero el espectador que ya esté habituado a estas cuestiones, sabrá ver las trampas que la película sitúa para funcionar. Y no acaba por resultar satisfactorio: la resolución de la aventura espacial queda cortada, la resolución de la parte emocional y familiar acaba por ser intensa, pero ofrecer una respuesta definitiva que provoca que consideremos que todo lo vivido ha sido una excusa, un mcguffin para llegar a cierto punto en el que reflexionar sobre los lazos que creamos y para que el tono final de la película sea el de un romance en suspense. Incluso los coletazos sociales del primer tramo se pierden por completo y el desarrollo de la aventura espacial se siente superfluo por carecer de un significado propio. Y al final acaba por ser una película demasiado tópica: gobiernos que engañan, muertes de personajes insignificantes, el egoísmo y el amor enfrentados y una resolución dramática que trata de satisfacer a todos y hacernos sentir bien con nosotros mismos, siendo una obra autocomplaciente con la idea de dar una nueva oportunidad a su protagonista... sin que antes se nos diera la ocasión de que el protagonista lo necesitase.

Es decir, Interstellar es un viaje hermoso, pero vacío. Fantástica en su forma de visitar el espacio, de crear planetas originales y diferentes, de recurrir a teorías científicas como un recurso narrativo que pueda emocionar. Pero es menos profunda de lo que aparenta ser y manipula demasiado su forma de dar un cierre a la aventura. Al final, todo se queda en un espectáculo que no lleva a ninguna parte, un viaje en el que disfrutaremos del paisaje, nos emocionaremos donde toca y saldremos pensando si algo de lo visto ha tenido sentido, sobre todo si lo hemos comprendido bien y hemos contemplando las costuras de la película de Nolan.


Lo cual es nefasto, porque echa por tierra las secuencias mejor recreadas de la obra. Si la buena labor musical de Hans Zimmer (1957-) y la excelente factura técnica del espacio le unimos unas actuaciones bien llevadas, especialmente en las escenas más emotivas, es un lastre que todo se diluya por una narrativa excesiva y retorcida. Por ejemplo, había sido capaz de mostrarnos una gran emotividad con la sencillez de unos astronautas que ven retransmisiones de sus familiares contándoles todo lo que se han perdido o supo plantear las tensiones entre obedecer a la razón o a la emoción. Porque se sentía bastante cercano, como toda la subtrama en la que el egoísmo y el temor por la propia supervivencia envilece a un astronauta. O incluso cuando muestra la situación en la Tierra enfrentando dos formas de pensar sobre el futuro, representadas por sendos hermanos, a pesar de que esta trama quede cortada y no lleve a ninguna parte. Y, sin embargo, a pesar de todo lo logrado, no llega a culminar con la brillantez deseada.

En definitiva, Interstellar es una película con una ciencia bien desarrollada y con una gran emotividad, pero que, por ciertos factores, no llega a tener una narrativa bien cerrada y coherente, siendo capaz de traicionarse a sí misma. Incluso existen ciertas secuencias en los que la emoción o la búsqueda de la lágrima en el espectador es bastante manipuladora y es evidente. Al final, por querer ser una combinación, que no iba por mal camino, acaba por no ser resolutiva en ninguno de los dos grandes escenarios que plantea y eso es obvio que puede causar insatisfacción en el espectador que se pare a reflexionar sobre lo que ha visto. Se queda por detrás de, por ejemplo, La llegada (Denis Villeneuve, 2016), que no jugando el factor del realismo espacial de Interstellar, logra ser una historia más redonda y emotiva, más íntima incluso, sin llegar a ser incoherente con lo que ha creado en su desarrollo y donde todo cobra sentido sin que por ello se pierda el efectismo de un giro dramático final, pero aplicado con lógica. Insterstellar, por contra, acaba siendo una Odisea cuya travesía es deslumbrante, pero en la que el fondo se diluye hasta conseguir que el regreso a Ítaca se sienta impostado.


Historias de San Valentín, de Garry Marshall

14 febrero, 2014

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Nos encontramos ante otra película que gira alrededor de varias historias paralelas que concurren bajo un mismo pretexto. Ni la Navidad, ni el año nuevo, esta vez damos paso a San Valentín para entretenernos con otro film de Garry Marshall, director de Noche de fin de año. Historias de San Valentín consta de varias historias que suceden alrededor de dicho día: una oficial del ejército (Julia Roberts) que vuela desde Iraq a Los Ángeles, coincide en el avión con alguien que debe resolver algunos asuntos pendientes en un día como este (Bradley Cooper); el dueño de una conocida floristería de la zona (Ashton Kutcher) le propone matrimonio a su novia (Jessica Alba), aunque, en realidad, siente algo más por su mejor amiga (Jennifer Garner), cuyo novio descubrirá esa noche que está casado con otra mujer; una jubilada (Shirley MacLaine) le confiesa a su marido que mantuvo en su ausencia un romance con otra persona; una mujer (Anne Hathaway) que trabaja en la agencia de talentos más importante de la ciudad sale con un empleado de Correos. Y, finalmente, una desafortunada publicista (Jessica Biel) resulta que no tiene compañía para pasar el día de San Valentín.


Quizás demasiadas historias paralelas para una película en sí demasiado simple. Siguiendo la estela de Love actually, tras la que se han sucedido numerosos intentos similares sin tal éxito, esta película no llega a ser tan completa ni tan autoconclusiva como cabría esperarse. Tampoco los personajes, pese a estar encarnados por grandes figuras relevantes del panorama del cine, logran cuajar entre ellos o transmitir una historia con realismo. Una escasez de imaginación que hace flaco favor por revitalizar este género. 


Pero si buscamos entretenimiento endulzado en un ambiente lleno de amantes y detractores de esta celebración a partes iguales, con rostros conocidos por cualquier aficionado al cine y en unas fechas paralelas a la trama de la película, sin duda será una buena elección en un día como este. Habrá sorpresas predecibles pero que sabrán sacar una sonrisa al espectador, al igual que finales no tan afortunados para algunas de las historias. Otras, en cambio, pasarán sin pena ni gloria por el global de la película, siendo tan líneales y prototípicas como romances adolescentes entre una rubia tonta y un guaperas deportista.


Hay que mencionar también que las tramas de los personajes principales están bien conectadas entre sí, aunque queda evidente que sobre algunas recae mucho más peso que sobre otras. Pese a ello, todas ellas se encuentran contextualizadas en temas actuales, estando salpicadas por más que evidentes críticas a lo que significa el día de San Valentín (para unos, otro día festivo dedicado al consumismo) y con un mensaje claro: el amor es universal y se nos puede presentar de infinitas formas. Sin duda, una película de las que acompañado siempre sabe mejor.



Escrita por Mariela B. Ortega


One day, de Lone Scherfig

13 noviembre, 2013

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Una historia de amor como tantas que abundan en la historia no solo del cine, sino de toda producción artística; eso es lo que transmite One day, bajo los nombres entrelazados de Emma y Dexter. Sin embargo, en busca de una originalidad en la forma, la película desarrolla su narración a lo largo de veinte años, pero solo mostrándonos un día de cada año, el 15 de julio, el mismo en que se conocieron. Los espectadores tendremos que suponer los acontecimientos del resto de días, aunque no se trate realmente de un ejercicio demasiado complejo.

La directora, Lone Scherfig, ya gustó en esta línea con el anterior film a este, An Education (2009), su primera producción en Reino Unido tras haber dirigido anteriormente en su país natal, Dinamarca.

Acercándose a la comedia romántica, One day se perfila más como un drama, ahondando en problemas sociales generales, como la situación laboral, las drogas, el cáncer, la infidelidad, el divorcio, la soledad o los juguetes rotos de la televisión. Por otra parte, el guión de la obra es una adaptación de la novela homónima de David Nicholls realizada por el propio autor.

Lone Scherfig durante el rodaje del film
Todos los temas tratados tienen su espacio en menor o mayor medida en el film, en los fragmentos que cada 15 de julio nos permite ver desde la juventud de los protagonistas tras su graduación universitaria, en 1988, hasta su madurez, en 2008, lo que tan solo nos deja en ocasiones pinceladas de cada una de las temáticas. La fórmula se relaciona directamente con otros formatos similares que hemos encontrado en comedias románticas, que tratando de innovar, crean fórmulas narrativas distintas; hablamos de títulos como ¡Olvídate de mí! (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Michel Gondry, 2004), La casa del lago (The Lake House, Alejandro Agresti, 2006), Posdata: te quiero (P.S. I love you, Richard LaGravenese, 2007) o (500) días juntos ((500) Days of Summer, Marc Webb, 2009). 

Además, aunque el amor entre ambos es evidente para el espectador, y para algunos personajes secundarios, tardará en triunfar frente a una amistad duradera y muy cercana. La centrada y trabajadora Emma sufrirá las consecuencias de la vida agitada de Dexter, un muchacho de buena familia que lo tiene todo en la vida. Dos caracteres contrarios que no tendrán más que confluir en una pareja perfecta, como todo film romántico nos promete. Algunas situaciones solo proponen emocionar al espectador, con conversaciones que seguramente pretenden relacionarse con la vida de quien ve el film.

Jim Sturgess y Anne Hathaway
Tanto Anne Hathaway como Jim Sturgess sostienen bien el film, aunque salga mejor parado en su actuación el segundo, especialmente en la recta final por la madurez de su personaje, mientras que Hathaway tiene un personaje más plano, que al final solo servirá de apoyo para la evolución de su pareja. Destaca también Patricia Clarkson como madre de Dexter, que pese a su breve aparición, consigue conferir un personaje con fundamento. Romola Garai, Rafe Spall o Ken Stott son el resto de actores que pasan fugazmente por el film, sin aportar demasiado ni brillar especialmente al tener, además, papeles estereotipados.

Patricia Clarkson
En definitiva, una película que pretende contarnos una historia conocida, pero con un formato original. No faltará, como viene siendo habitual, un giro final que sorprenda al espectador, que, aún consiguiendo su propósito, no logra cerrar el film de forma redonda. Sencillez en una narración que, pretendiendo ser original, consigue ser bella precisamente en lo que menos original es, el retrato de la vida, en toda su belleza, pero también en su crudeza.

Escrito por Luis J. del Castillo



Los Miserables, de Tom Hooper

19 febrero, 2013

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Desde mediados de los años cincuenta del siglo XX han circulado por las salas las adaptaciones de la famosa novela de Victor Hugo, Los Miserables. Aún más, desde la creación del musical, este ha influido en las versiones posteriores de la obra, deformándola hasta el film que a finales del año pasado llegó a nuestras pantallas. Porque para afrontar esta nueva revisión del clásico francés debemos tener en cuenta que estamos ante la adaptación de una adaptación, la visión de un director sobre la revisión de los que montaron el musical que tanto éxito ha cosechado desde su estreno en los años ochenta. La historia de Jean Valjean y todas sus circunstancias vitales nos golpean al son de diálogos cantados y canciones interpretadas con la emotividad que los actores han pretendido proporcionar. Por estas razones, no tendremos en cuenta que se trata de una adaptación, valorándola de forma independiente, aunque sea inevitable hacer mención a la falta de carga ideológica respecto a la obra de Victor Hugo.


Encontramos esta película dirigida bajo la batuta, nunca mejor dicho, de Tom Hooper, quien se alzó con esta dirección después de una serie de intentos fallidos por llevar a cabo el film desde finales de los ochenta, ante el éxito del musical. Este director ha realizado, sobre todo, aportaciones para televisión, pero en estos dos últimos años ha resaltado gracias a la dirección de El discurso del rey, film que le valió el premio Oscar como mejor director, además de otros tres, entre ellos, el de mejor película y mejor actor. En esta ocasión, el reto era importante, al encontrarse ante un musical con actores de calibre en la actualidad de Hollywood.

El director Tom Hooper
Nos trasladamos a los años posteriores de la Revolución francesa, con una situación lamentable para la sociedad del país, que habiendo combatido por la mejora de sus circunstancias presencia cómo todo ha emperado con un nuevo rey en el trono. La injusticia está presente entre los más pobres y se ceba con un hombre llamado Jean Valjean, quien pasará diecinueve años trabajando como esclavo, preso del gobierno, por haber robado pan para un sobrino, con tal de darle de comer, y haber intentando huir en los años siguientes. Una condena excesiva que lo marcará para los años venideros, convirtiéndolo en un ser que intentará cambiar, en parte por la ayuda del obispo de Digne. Él será el protagonista de la obra, el nexo entre todos los demás personajes, desde la sufridora Fantine hasta el joven rebelde Marius. La redención y la culpa de Valjean será el punto central de la obra, aunque en ocasiones sea una trama oculta entre la multitud de ríos que conforman este mar de miserables.

 

Lo que Tom Hooper consigue es caracterizar la mirada de cada actor en sus interpretaciones más personales, justo coincidiendo con las canciones que cada uno debe interpretar en solitario. Para ello, consigue la intimidad necesaria gracias a los primerios planos, de los que puede llegar a abusar, realmente, junto a los planos medios; algo que ya sucedió en El discurso del rey. En las canciones principales la excepción serán las canciones de Javert, sobre todo Stars, donde nos deleitará con las vistas de París bajo un cielo estrellado. En el resto debemos, por una parte, lamentar la falta de localización, y por otra aplaudir la decisión gracias a la que logra conmover o emocionar al público; aunque este último aplauso debe ser compartido con los componentes del casting. Entre estas actuaciones ha destacado, meritoria de premios y nominada al Oscar a mejor actriz de reparto, Anne Hathaway. Con el breve, pero intenso, papel de Fantine ha deslumbrado a crítica y público, que se ha visto sobrecogido por una expresividad que potencia lo que la voz no podría alcanzar, aunque también debemos alabarla en este sentido.

Anne Hathaway cantando I dreamed a dream
De forma menos entusiasta podemos dirigirnos hacia su compañero Russell Crowe, quien, pese a tener cierta experiencia musical, no convence con su tono casi bajo, resultando algo desagradable al oído. Su actuación habría pasado más desapercibida si no fuera por el buen hacer del resto de sus compañeros, que le ensombrecen. No obstante, realiza con buen carácter la canción Stars y su voz combinará a la perfección en el mare magnum que supondrá la canción central, cuando todos los personajes cantan de forma independiente; además de aportar sus dotes interpretativas a un personaje tan relevante en el film como Javert, el antagonista. Por otra parte, y quizás también algo negativo aunque necesario, están Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen, quienes logran una buena actuación y ponen un punto cómico, pero cuyos personajes resultan pesados y sin gracia una vez ha pasado cierto metraje. El humor podría haber sido dividido entre otros personajes y no estar tan focalizado en estos dos, que llegan a resultar ridículos pese al porte de ambos actores.

Russell Crowe como Javert
Hugh Jackman se defiende en el papel protagonista, pero no brilla especialmente en comparación a Hathaway o los jóvenes Eddie Redmayne, Amanda Seyfried y Samantha Barks, el trío amoroso de Marius, Cosette y Eponine. Esta última también ha recibido el aplauso de la crítica por su interpretación de este personaje, su primera intervención en cine tras haber intervenido en diversos musicales y en alguna serie de televisión. Todos ellos cantaron durante la escena, otra muestra del riesgo que corrían y lo bien que consiguieron realizarlo. No obstante, se debe advertir que es una adaptación del musical como musical, parece redundante y absurdo, pero no es un aviso banal: prácticamente todo el film está cantado, a excepción de breves diálogos hablados. Para los españoles, todo viene subtitulado, en ocasiones no demasiado fiel al texto o a la actuación inglesa, y con los diálogos doblados, trabajo que prácticamente se podrían haber ahorrado por las pocas intervenciones de este estilo.

Samantha Barks como Eponine
Sin duda, la fuerza de la adaptación de Los Miserables junto a la letra de sus canciones ayudan a influir al público en esta versión que cuenta, además, con la facturación de una gran producción y memorables actuaciones. Aunque el tiempo pueda convertir la técnica en obsoleta, el sentimiento que transmite I dreamed a dream con la expresión de Hathaway puede ser archivada como una escena para la memoria. Puede no ser la versión mejor cantada, pues grandes cantantes la han interpretado, pero en su entorno, en su circunstancia, nos brinda una excelente combinación entre música y cine. Lo mismo que ofrece esta película.


Escrito por Luis J. del Castillo



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