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Una mente maravillosa, de Ron Howard

12 julio, 2016

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Los mundos que inventamos no tienen que envidiar nada a los mundos con los que convivimos. Nuestra realidad ha sido precisamente fuente de inspiración para multitud de creaciones y el arte ha estado ligado en gran parte de nuestra historia a la representación de esa misma realidad. 

Por ello, no resulta extraño encontrarnos la fórmula de la biografía entremezclada con cierta ficción, para crear un resultado más atractivo a los lectores o espectadores, especialmente cuando se considera digno de interés la historia vital que se nos quiere contar. No es la primera vez que nos adentramos en el terreno del denominado biopic y ya hablamos en el pasado de la considerable cantidad que se han realizado en los últimos años, pero lo es innegable que forma parte de nuestra naturaleza. 

Ya desde nuestras más antiguas creaciones narrábamos las historias en ocasiones distorsionadas de las personas que en su época lograron grandes hazañas a ojos de sus coetáneos. Sirva de ejemplo el surgimiento en la Edad Media de los cantares de gesta, entre los que destacamos al Cantar de Mío Cid

Pero más allá de los grandes personajes de nuestra historia, que resultan obvios como contenido a representar, encontramos otro segmento de población que resulta interesante para el público: las historias de superación, de personas que logran sobreponerse a la adversidad, especialmente cuando esta se presenta en forma de enfermedad, también aquellas que encierran una historia de amor real que también lucha contra la corriente, o incluso esos personajes que han sido partícipes de hechos bélicos a costa de su integridad personal. 

Hay muchas clases de héroes y heroínas, pero sobre estos, destaca la materia humana, auténtica fuente de nuestras creaciones y debates internos. Y claro, nos sorprenden porque no son materia de ficción, no surgieron de la cabeza de alguien, sino que pasearon por nuestro mundo, fueron realidad, y nos proporcionan esperanza. La mayoría de estas películas encierran un propósito evidente de invitarnos a soñar con un mundo mejor, aunque en ocasiones obvien la auténtica crudeza.

Russell Crowe junto a Ron Howard rodando Una mente maravillosa
Entre esas películas, encontramos diversas piezas de muy diferente valoración, como pudieran ser Despertares (Awakenings, Penny Marshall, 1990), El aceite de la vida (Lorenzo's OilGeorge Miller, 1992) o la reciente La teoría del todo (The Theory of EverythingJames Marsh, 2014), que sin duda guarda mayor similitud con la película que hoy reseñamos: Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, 2001). El también actor Ron Howard (1954-), que a lo largo de su carrera como director ha sido bastante irregular aunque haya conseguido atraer al público, fue el encargado de realizar esta adaptación de la obra homónima de Sylvia Nasar (1947-), que obtuvo el Premio Pulitzer por esta biografía de John Forbes Nash (1928-2015), Premio Nobel de Economía de 1994. 

La historia se plantea en tres tramos evidentes que abordan la vida de John Nash (Russell Crowe) en tres etapas de su vida. La primera nos muestra su búsqueda ambiciosa como estudiante de Princeton de una idea original para el campo de las matemáticas. Este primer segmento servirá para mostrar algunas de las características del personaje, como su timidez, su comportamiento antisocial, su ambición y su singularidad para con los números. Este segmento algo lento no se adentra en profundidad en su trayectoria académica o en su relación con las matemáticas o la economía, sino que más bien retrata al personaje que se desarrollará principalmente en el segundo y tercer tramo apuntando sus rasgos esenciales y mostrándonos la idea de que se trata de un genio capaz de visualizar ideas que otros ignoran. Como contrapunto, surge el personaje de Charles Herman (Paul Bettany), su compañero de habitación de actitud más extrovertida y libertina, y que se convertirá en un apoyo para nuestro protagonista frente al estrés y la tensión del ambiente elitista y exigente en el que se mueve. 


El segundo tramo seguramente sea el más rico en detalles y donde mejor se desarrolla la historia. Nos encontramos con Nash como profesor y genio que colabora incluso con el Pentágono. Frente a ciertos balbuceos del primer tramo, encontramos aquí a una persona más segura, pero que sigue manteniendo manías antisociales e incluso actitudes de dejadez. Frente a la historia de estudiantes del primer tramo, aquí se abren varios frentes. Hay dos principales: una trama similar al thriller de espionaje dentro del panorama de la guerra fría, con la introducción del personaje William Parcher (Ed Harris) y otra trama romántica, relevante para la última parte, que se desarrolla de forma anodina, tal y como surge. Pero, a la par, se vislumbra una posible subtrama relacionada con su papel como profesor dentro de la universidad, junto a sus compañeros, justamente de donde surge la historia romántica. 

Todo ello cobrará una importancia distinta desde la perspectiva del giro que se produce hacia el final de este tramo. No obstante, como digo en muchas ocasiones, es mejor acercarse a las películas, o a los libros, sin saber demasiado de lo que vamos a ver. Si desconocemos qué le sucede a John Nash, el giro que propone la película nos sorprenderá más. Precisamente, a partir de este momento vital de la obra, nos introducimos en otro tipo de película, en una historia de superación y convivencia con la adversidad, donde toma mayor relevancia el personaje de Alicia (Jennifer Connelly), cuyo desarrollo dramático es mejor conducido que la historia romántica entre ambos. Como sucede con Jane Hawkings en La teoría del todo, se convierte en una mujer dedicada a su marido tratando de superar la adversidad por amor, lo que al final será correspondido con el reconocimiento y la lucha de John. 


El último tramo se centra en la cotidianidad de John de forma equivalente al primer tramo, solo que ahora nos alejamos de la juventud del estudiante para adentrarnos en su madurez y vejez, una etapa de lucha que se asemeja a un drama médico o de superación. El ritmo se aletarga de nuevo al acumular fragmentos variados la vida de nuestro protagonista y no parece encontrar el momento de encontrar su cierre, a pesar de que este tramo es el que sustenta la auténtica razón de contar esta historia, más allá de los descubrimientos matemáticos de este Nobel de Economía. En definitiva, el desarrollo de un personaje con una personalidad que resulta cercana al Asperger, cuestión que nunca se menciona en la película y que desconozco si se correspondía con la realidad, aunque al final se enfrenta realmente a otro problema psiquiátrico al que hace frente gracias al apoyo de su pareja.

Ahora bien, si la idea clave que se nos muestra al final es un homenaje al amor (o al sacrificio), ¿por qué Ron Howard plantea una relación romántica de una forma tan nefasta? La historia de amor entre Alicia y John surge desde la incredulidad y lo repentino, apenas se le da importancia salvo por momentos puntuales e incluso en el último tramo se deja entrever cómo la situación ha superado a Alicia de forma dramática o se encuentra sin fuerzas para continuar amando a alguien a quien ya no sabe si ama. Y a pesar de ganar esta fuerza dramática, vuelve pronto a quedar en segundo plano cuando la película opta por regresar al entorno universitario


Howard emprende la filmación de esta obra desde una perspectiva academicista, es decir, sin grandes aspavientos ni técnicos ni artísticos, a pesar de ciertos momentos puntuales de brillantez, todo ello para que resulte sencilla y atractiva para el espectador a pesar de que la materia prima no sea tan estimulante. Precisamente, decíamos anteriormente que en ocasiones se tergiversa o se manipula la realidad con toques de ficción para aumentar el interés. Una mente maravillosa, como seguramente casi todo biopic, no puede escapar de esa manipulación inevitable que impone la mano humana que la confecciona. Una de las principales críticas que se ha establecido de forma generalizada contra la película era la introducción de datos erróneos, situaciones inventadas o entremezcladas o incluso la elipsis sobre momentos más escabrosos de la vida de Nash. 

Ahora bien, esto no solo es frecuente, sino que es lógico, dado que hay cierto espacio para la creación artística e, incluso, para aumentar el interés y la coherencia sobre la película como producto en sí mismo. De la misma forma que hacer una adaptación completamente fiel a una obra literaria es una tarea prácticamente imposible, simular o plantear la vida de un persona real en la gran pantalla supone también adoptar ciertas licencias que, sin ir contra la idiosincrasia del personaje real o de la historia que se pretende contar, contribuyan a la narrativa cinematográfica. Por tanto, no es en este apartado donde encontramos las debilidades de la película, dado que para ser conscientes de estos errores deberíamos ser conocedores de la vida de John Nash y esto no es necesario a la hora de ver la película. El punto flaco de Una mente maravillosa es su desequilibrio narrativo.

Un desequilibrio que viene marcado por varios aspectos: la inclusión de multitud de géneros (que van desde el drama romántico hasta el thriller de espionaje, como hemos mencionado) abarcando mucho para contarnos más bien poco, el desarrollo parco de algunos aspectos que tienen relevancia en otros tramos de la película y el brochazo con el que dibuja a la mayoría de personajes secundarios, incluyendo a Alicia.


Sin embargo, si funciona bien es porque logra transmitir la superación de su protagonista, en parte gracias a la actuación decidida de Russell Crowe, que conquista al personaje en su evolución mostrando sus matices, balbuceos y determinaciones. Pero no está solo, Jennifer Connelly se luce en los momentos dramáticos que le brinda la cinta, mientras que Ed Harris o Paul Bettany encarnan a la perfección los personajes estereotipados que se les otorgan. Incluso cabe valorar la aparición de Christopher Plummer en el papel del doctor Rosen, que nos muestra algunos de los equivocados métodos médicos del pasado. Como otro personaje más de la cinta, la música compuesta por el malogrado James Horner, cuya composición bebe de sí mismo, pero logra acompañar a la perfección a la cinta otorgándole una personalidad más lograda. 

En definitiva, estamos ante una obra indecisa, que muestra varios rumbos en lugar de haberse centrado en sus ideas principales. Si bien comprendemos que el primer tramo sirve para presentar al personaje, se hubiera podido omitir mostrándolo directamente como profesor y desarrollando mejor la trama del thriller, que sirve de perfecto contrapunto a la realidad en la que vive John Nash. A ello se suma un final con una acumulación de escenas donde se incluye una importante labor de maquillaje para envejecer a los personajes, lo que otorga al espectador cierta sensación de falsedad por la suma de tantos cambios repentinos. Una mente maravillosa contiene una historia de superación que siempre fascina, pero que está demasiado cargada como para que al final queda una idea firme sobre la misma.


Escrito por Luis J. del Castillo



Noé, de Darren Aronofsky

20 abril, 2014

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En la historia del cine son varios los ejemplos de películas que extraen sus argumentos de las historias bíblicas, tanto directa como indirectamente y ocupando una parte importante de las producciones. Algunas de ellas se consideran hoy piezas clásicas, como hemos podido traer a nuestro blog en estos días de Semana Santa durante estos años, con ejemplos como Quo vadis o Los diez mandamientos. De ahí surge, en parte, la historia que trae Darren Aronofsky alred, alrededor de la historia de Noé a partir del Génesis de la Biblia pero también del Libro de Enoc.

Con estas dos fuentes y el guión trabajado entre el director Aronofsky y el guionista Ari Handel, este último amigo del cineasta desde la universidad y colaborador también en el guión de La fuente de la vida (The Fountain, 2006). Lo cierto es que el estilo de Aronosfky se ha ido puliendo con un sello propio y una forma de filmar intentando sorprender mediante el trato a la imagen, consiguiendo la atención con Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000) y triunfando con cintas como El luchador (The Wrestler, 2008) o Cisne negro (Black Swan, 2010).

El estilo puede ser aceptado o no, o gustar más o menos, pero en el caso de Noé (Noah, 2014) ha sabido combinarlo con los medios audiovisuales de las películas más comerciales y centradas en el entretenimiento. Precisamente la película brilla en esas escenas de timelapses marca del autor, como la dedicada al origen del universo a partir de la narración bíblica, pero pierde fuerza en su manera de entretener al espectador especialmente por el metraje. La cinta contiene dos claras partes definidas, la segunda más intimista y relacionada con las preocupaciones del director, mientras que la primera se detiene en la historia que todos conocemos, aunque con elementos extraídos del texto apócrifo antes mencionado.

Darren Aronofsky y Russell Crowe
Este hecho seguramente despierte la extrañeza del espectador que esperaba el relato clásico, especialmente al presentarnos un ambiente cercano a los films post-apocalípticos de los últimos años, con efectos especiales similares a las producciones de Roland Emmerich. A este ambiente se une también elementos fantásticos o cercanos a mundos de ciencia ficción, como el aspecto de los Vigilantes, el metal explosivo o las construcciones humanas, que tan solo se vislumbran desde la vida más natural de Noé y su familia, que aportan a la película un mensaje ecologista y vegetariano (anacrónico, aunque sirva para marcar la diferencia con el resto de la humanidad).

Aronofsky ofrece también imágenes atrevidas tanto en las revelaciones oníricas como para marcar la diferencia entre la vida brutal de los seres humanos y la de los protagonistas. El sufrimiento marcado por estas escenas apocalípticas dan una idea más profunda de lo que tal hecho pudo suponer en quienes lo vivieron, alejados de la suavidad con que, en la mayor parte de las ocasiones, se han tratado hechos tan cruentos como los narrados en ciertas historias bíblicas.


Frente a toda esta espectacularidad, la imagen de Dios es solventada por una completa elipsis, tanto en imagen como en voz: la interpretación de sus designios, representada normalmente como una voz, queda bajo la responsabilidad de los personajes, lo que nos lleva a la segunda parte de la película, en la que nos adentramos en la obsesión de Noé por cumplir con lo que ha interpretado, pese a la oposición de toda su familia. Russell Crowe, cuyo aspecto en la película sufre de demasiados e innecesarios cambios, especialmente en el plano facial, resuelve este papel con destreza en todos sus aspectos, pasando desde un padre de familia preocupado y atento a un fundamentalista religioso, casi un psicópata en la última parte después de haber producido grandes daños a su familia en la parte intermedia de la cinta.

Como contrapunto, la esposa de Noé, interpretada por Jennifer Connelly, que mantiene la actitud de madre entregada por encima de las decisiones de su marido, aunque ello suponga un enfrentamiento entre ambos. A su vez, los hijos, especialmente los dos mayores, Sem y Cam (Douglas Booth y Logan Lerman), se distancian de las ideas del padre por distintos motivos, añadiendo un drama familiar centrado en la autoridad del padre de familia sobre la vida del resto de miembros, todo ello en medio de la tragedia bíblica.


Otro de los problemas añadidos, y fundamentales de la última parte, es el personaje interpretado por Emma Watson, clave para la supervivencia de los seres humanos. Aunque la historia que Aronofsky trata pueda resultar interesante, su detenimiento final en esta cuestión así como sus excesivos énfasis provocan cierto aletargamiento en el film y daña el ritmo, especialmente con un final demasiado bondadoso para la coherencia de la cinta.

Una última mención a las intervenciones de Anthony Hopkins como Matusalén o Ray Winstone como antagonista y representante de la corrupción humana.


El hombre se presenta como el ser que es capaz de todo lo mejor y de todo lo peor. La obsesión por crear un mundo mejor, aunque ausente del ser humano, sobrevuela la película. Una apuesta de Aronofsky que se aleja de una adaptación para presentarse como un proyecto más original, entremezcla de fantasía, ciencia ficción y lucha entre el bien y el mal con la propia corrupción del bien por su fundamentalismo. Estos son los ingredientes que forman el arca que nos ha vendido el director en esta ocasión, visualmente atractiva, pero mal encauzada en la unión de sus distintas partes.

Escrito por Luis J. del Castillo



El hombre de acero, de Zack Snyder

17 julio, 2013

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Uno de los superhéroes por excelencia, sin duda el más reconocido, volvía a nuestras pantallas hace apenas un mes. Hablamos de la nueva revisión de Superman de la mano del director Zack Snyder contando a su vez con la producción de Christopher Nolan, director de la popular trilogía que supuso el reinicio de Batman con Batman begins (2005), un tándem que sin duda llamó la atención de los fans de este tipo de películas tras haber disfrutado de la trilogía noliana. Sin embargo, El hombre de acero (Man of Steel) ha resultado ser diferente, pues estamos ante un superhéroe distinto, pese a ello, la huella de lo hecho anteriormente está vigente y quizás no ha resultado tan satisfactorio para la crítica como se pretendía, pese a que comercialmente ha rendido perfectamente.

No estamos ante un mal equipo, Zack Snyder ya había protagonizado la dirección de otras adaptaciones de cómics, como 300 (2006) o Watchmen (2009), Nolan deslumbró a muchos con su tratamiento del murciélago en compañía del guionista David S. Goyer y el elenco prometía; pero, lamentablemente, tiene deficiencias para ser considerado un auténtico film de Superman, de ese superhéroe perfecto que tanto había gustado a finales de los setenta en la piel de Christopher Reeve, sin volver a despegar del todo y tropezando drásticamente con Superman Returns (2006), el fallido homenaje de Bryan Singer. Quizás en los últimos años solo la serie Smallville ha gozado del favor del público.

Russell Crowe como Jor-El
No obstante, esa es la mayor dificultad a la que se enfrenta El hombre de acero, pues la historia del personaje es conocida por todos, y, a la vez, todos deseaban volver a ver esa misma aventura. Snyder nos la ofrece pero con una visión distinta. Partimos del planeta Krypton en las escenas iniciales del film, donde nos logra recrear todo un mundo de ciencia ficción con espectaculares fotogramas que, como en otras películas actuales, parecen cinemáticas de juego, pero en esta ocasión de forma muy acertada. Acompañamos a Jor-El (Russell Crowe) en esta pequeña aventura donde mostrará sus dotes bélicas, logrando su propósito de salvar a su hijo de la destrucción del planeta a la par que hace frente al general Zod (Michael Sannon), el villano del film. Todo este prólogo recrea todo un mundo de ciencia ficción posiblemente como nunca antes lo habían hecho en el cine respecto a este personaje, otorgándole un sentido distinto a Superman y, a la vez, a todo el metraje.

En contrapartida, estando ya en la Tierra, seguiremos al hombre de acero a través de su vida cotidiana adulta, con flashbacks fragmentados de su infancia y juventud que dejan con ganas de más, colaborando solo en la formación de la personalidad frágil del personaje pero no en su vida conocida como Clark Kent. Continúan aquí, y lo harán el resto de la película, la explicación de los poderes del personaje de una forma pseudo científica, asentada en la ciencia ficción que se crea para la ocasión y que, vuelvo a repetir, funciona perfectamente y es de lo mejor que nos brinda el film.


Ahora bien, no considero que estemos ante Superman ni ante Clark Kent, sino ante ese anónimo hombre de acero. Esta filosofía sobre la película se refleja muy bien desde su título hasta su final. Aunque muchos han considerado negativo este hecho, realmente resulta más útil y original que las veces anteriores, consiguiendo crear un personaje más profundo, con más conflictos internos y con la necesidad de elegir qué ser, una decisión sobre la que se ahondará en todo el argumento. Esta no es una historia de un hombre llamado Clark Kent y su doble identidad de Superman, el ser venido del espacio, sino la que nos narra cómo surgió la concepción de ese superhéroe en la conciencia humana, testigo de los poderes de este alienígena, tanto es así que el nombre de Superman solo aparece completo en una ocasión, y surge como una denominación que le otorgan los seres humanos, sin brotar de él ni de su famoso emblema, que él entiende de otra forma.

Tampoco es la historia de Clark Kent, pero sí la justificación de su existencia posterior. Podríamos entender bien este film como un inmenso prólogo a lo que serán ambos personajes, aunque eso desmerecería mucho la duración que ha tenido finalmente y otras cosas rescatables del film. Pues si bien el film funciona bajo este concepto aquí explicado, también peca de excederse en espectacularidad visual, especialmente en largas batallas que muestran una y otra vez lo mismo, y unas escenas demasiado breves en el carácter más humano, dejando casi huecas el resto de interpretaciones, que se reproducen prácticamente como arquetipos, ya partan del cine de acción, del de ciencia ficción o de otras adaptaciones sobre superhéroes.


Son poco creíbles tanto la relación que se intenta crear entre Lois Lane (Amy Adams) y Superman como algunas escenas que pueden resultar ridículas, por ejemplo, la relacionado con el tornado o el último encuentro entre el general Swanwich y nuestro superhéroe. En cuanto a los villanos, dentro del concepto que Snyder explota alrededor de Krypton, resultan auténticos y motivados, aunque al general Zod le falte el carisma de su compañera Faora (Antje Traue), pese a que realmente pone contra la espada y la pared a Superman, llevándolo no hasta sus límites físicos, sino morales. Podemos observar con este análisis que el film gana mucho en conceptos y otorga una profundización dramática y psicológica al argumento, mostrándonos a su vez a un superhéroe que no es tan fuerte como debiera. Debemos darle ese punto a favor, pese a que sus deficiencias pesan bastante, fruto de algunas malas decisiones, de un intento de deslumbrar con impresionantes escenas visuales y de la falta de empatía con algunos personajes o actores.

Amy Adams, Henry Cavill y Antje Traue durante una escena del film
Aún teniendo en cuenta estos puntos negativos, podemos decir que la película rezuma emoción, resultando intrépida, en ocasiones atropellada, pero dejándonos escenas que llegan a presionarnos contra los sillones, porque aunque sabemos que el superhéroe, deus ex machina, logrará su objetivo, este argumento nos hace dudar, precisamente porque no estamos ante nuestro ya conocido Superman.

Finalmente, sobre los actores, se muestran correctos, Henry Cavill realiza un buen papel del superhéroe, quizás falto de cierto carisma y, en ocasiones, algo falto de expresividad. Al lado de Superman, Amy Adams se pone al frente de Lois Lane como una reportera todoterreno, que, personalmente, no parece cuajar del todo, quizás por tener un camino muy marcado por las circunstancias. Los veteranos Russell Crowe y Kevin Costner no brillan demasiado, el primero salvo en las escenas iniciales de Krypton, donde recuerda sus tiempos de Gladiator (Ridley Scott, 2000), se muestra muy monótono en el resto, comprensible por su situación de conciencia virtual; al segundo, le falta espacio para poder demostrar algo mejor, participando solo en flashbacks demasiado fragmentados como para llegar al espectador más allá de esas frases que le otorga el guión. Mejor parados salen los principales villanos, el resto apenas suponen un cameo, Michael Shannon firma una buena interpretación, falta también, y nos repetimos, de carisma, algo que sí logra Anje Traue pese a sus pocas escenas y sus breves intervenciones con diálogo; la relación que establece el personaje de Traue con el coronel Hardy (Christopher Meloni), aunque resulte un cliché, tiene una chispa que le falta a otros.

Michael Shannon como el general Zod
Un inciso breve sobre el apartado técnico. Si bien es cierto que la fotografía en algunos momentos es hermosa y que los efectos especiales están bien desarrollados, la película falla en lo que podría parecer menos importante: enfocar bien con la cámara. Da la sensación de que sujetaban la cámara a pulso, temblando la imagen en numerosas ocasiones, lo que ocasiona el efecto de estar ante una película de menor calidad, como en ocasiones ha repetido nuestro compañero Javier, no hace falta mover la cámara para simular naturalidad o descontrol, y mucho menos en escenas donde no se pretende mostrar eso.

En conclusión, El hombre de acero contiene buenos toques de ciencia ficción y crea una buena base para un futuro y real Superman, abriendo las puertas y sirviendo de prólogo a una auténtica película del superhéroe después de haber superado su primera gran prueba y su gran combate interior por descubrir quién es. No obstante, como film único flojea en varios aspectos, tiene unas actuaciones que no llegan a ser brillantes y se excede en espectacularidad sobre argumento.

Logra ser entretenida y resulta visualmente impresionante, pero no conquistará a los que esperen de forma acérrima ver al superhéroe de siempre ni aquellos que sigan enamorados de la banda sonora, brillante sin duda, de John Williams, sustituido aquí por un Hans Zimmer bueno como siempre, pero que no deja ninguna melodía memorable. Quizás debamos darle una segunda oportunidad para redondear mejor lo planteado aquí, mientras tanto, disfruten de este entretenimiento de más de dos horas.

Escrito por Luis J. del Castillo


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Los Miserables, de Tom Hooper

19 febrero, 2013

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Desde mediados de los años cincuenta del siglo XX han circulado por las salas las adaptaciones de la famosa novela de Victor Hugo, Los Miserables. Aún más, desde la creación del musical, este ha influido en las versiones posteriores de la obra, deformándola hasta el film que a finales del año pasado llegó a nuestras pantallas. Porque para afrontar esta nueva revisión del clásico francés debemos tener en cuenta que estamos ante la adaptación de una adaptación, la visión de un director sobre la revisión de los que montaron el musical que tanto éxito ha cosechado desde su estreno en los años ochenta. La historia de Jean Valjean y todas sus circunstancias vitales nos golpean al son de diálogos cantados y canciones interpretadas con la emotividad que los actores han pretendido proporcionar. Por estas razones, no tendremos en cuenta que se trata de una adaptación, valorándola de forma independiente, aunque sea inevitable hacer mención a la falta de carga ideológica respecto a la obra de Victor Hugo.


Encontramos esta película dirigida bajo la batuta, nunca mejor dicho, de Tom Hooper, quien se alzó con esta dirección después de una serie de intentos fallidos por llevar a cabo el film desde finales de los ochenta, ante el éxito del musical. Este director ha realizado, sobre todo, aportaciones para televisión, pero en estos dos últimos años ha resaltado gracias a la dirección de El discurso del rey, film que le valió el premio Oscar como mejor director, además de otros tres, entre ellos, el de mejor película y mejor actor. En esta ocasión, el reto era importante, al encontrarse ante un musical con actores de calibre en la actualidad de Hollywood.

El director Tom Hooper
Nos trasladamos a los años posteriores de la Revolución francesa, con una situación lamentable para la sociedad del país, que habiendo combatido por la mejora de sus circunstancias presencia cómo todo ha emperado con un nuevo rey en el trono. La injusticia está presente entre los más pobres y se ceba con un hombre llamado Jean Valjean, quien pasará diecinueve años trabajando como esclavo, preso del gobierno, por haber robado pan para un sobrino, con tal de darle de comer, y haber intentando huir en los años siguientes. Una condena excesiva que lo marcará para los años venideros, convirtiéndolo en un ser que intentará cambiar, en parte por la ayuda del obispo de Digne. Él será el protagonista de la obra, el nexo entre todos los demás personajes, desde la sufridora Fantine hasta el joven rebelde Marius. La redención y la culpa de Valjean será el punto central de la obra, aunque en ocasiones sea una trama oculta entre la multitud de ríos que conforman este mar de miserables.

 

Lo que Tom Hooper consigue es caracterizar la mirada de cada actor en sus interpretaciones más personales, justo coincidiendo con las canciones que cada uno debe interpretar en solitario. Para ello, consigue la intimidad necesaria gracias a los primerios planos, de los que puede llegar a abusar, realmente, junto a los planos medios; algo que ya sucedió en El discurso del rey. En las canciones principales la excepción serán las canciones de Javert, sobre todo Stars, donde nos deleitará con las vistas de París bajo un cielo estrellado. En el resto debemos, por una parte, lamentar la falta de localización, y por otra aplaudir la decisión gracias a la que logra conmover o emocionar al público; aunque este último aplauso debe ser compartido con los componentes del casting. Entre estas actuaciones ha destacado, meritoria de premios y nominada al Oscar a mejor actriz de reparto, Anne Hathaway. Con el breve, pero intenso, papel de Fantine ha deslumbrado a crítica y público, que se ha visto sobrecogido por una expresividad que potencia lo que la voz no podría alcanzar, aunque también debemos alabarla en este sentido.

Anne Hathaway cantando I dreamed a dream
De forma menos entusiasta podemos dirigirnos hacia su compañero Russell Crowe, quien, pese a tener cierta experiencia musical, no convence con su tono casi bajo, resultando algo desagradable al oído. Su actuación habría pasado más desapercibida si no fuera por el buen hacer del resto de sus compañeros, que le ensombrecen. No obstante, realiza con buen carácter la canción Stars y su voz combinará a la perfección en el mare magnum que supondrá la canción central, cuando todos los personajes cantan de forma independiente; además de aportar sus dotes interpretativas a un personaje tan relevante en el film como Javert, el antagonista. Por otra parte, y quizás también algo negativo aunque necesario, están Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen, quienes logran una buena actuación y ponen un punto cómico, pero cuyos personajes resultan pesados y sin gracia una vez ha pasado cierto metraje. El humor podría haber sido dividido entre otros personajes y no estar tan focalizado en estos dos, que llegan a resultar ridículos pese al porte de ambos actores.

Russell Crowe como Javert
Hugh Jackman se defiende en el papel protagonista, pero no brilla especialmente en comparación a Hathaway o los jóvenes Eddie Redmayne, Amanda Seyfried y Samantha Barks, el trío amoroso de Marius, Cosette y Eponine. Esta última también ha recibido el aplauso de la crítica por su interpretación de este personaje, su primera intervención en cine tras haber intervenido en diversos musicales y en alguna serie de televisión. Todos ellos cantaron durante la escena, otra muestra del riesgo que corrían y lo bien que consiguieron realizarlo. No obstante, se debe advertir que es una adaptación del musical como musical, parece redundante y absurdo, pero no es un aviso banal: prácticamente todo el film está cantado, a excepción de breves diálogos hablados. Para los españoles, todo viene subtitulado, en ocasiones no demasiado fiel al texto o a la actuación inglesa, y con los diálogos doblados, trabajo que prácticamente se podrían haber ahorrado por las pocas intervenciones de este estilo.

Samantha Barks como Eponine
Sin duda, la fuerza de la adaptación de Los Miserables junto a la letra de sus canciones ayudan a influir al público en esta versión que cuenta, además, con la facturación de una gran producción y memorables actuaciones. Aunque el tiempo pueda convertir la técnica en obsoleta, el sentimiento que transmite I dreamed a dream con la expresión de Hathaway puede ser archivada como una escena para la memoria. Puede no ser la versión mejor cantada, pues grandes cantantes la han interpretado, pero en su entorno, en su circunstancia, nos brinda una excelente combinación entre música y cine. Lo mismo que ofrece esta película.


Escrito por Luis J. del Castillo



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