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30 abril, 2019

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Triunfo del Arcángel Rafael, Córdoba (fotografía de LJ)
En abril, aguas mil, y aunque no han sido mil nuestras entradas, sí que habéis podido disfrutar de nuestros artículos más variados. Con nuestras letras hemos recibido en torno a 19000 visitas durante abril, llegando a nuestros seguidores habituales: 184 en Blogger, 639 en Twitter y 178 en nuestra página de Facebook.

Hemos ahondado en la literatura con dos obras tan recomendables como Matar a un ruiseñor y Martes con mi viejo profesor, del que también comentamos su adaptación cinematográfica. En el cine tuvimos el placer de hablar de El largo Viernes Santo y El despertar. Y además hemos disfrutado de la música de Franco Battiato en plena Semana Santa y de la serie anime Your lie in April.

El próximo mes esperamos montones de flores culturales: literatura, cine y mucho más. Esperamos vuestros comentarios y vuestras visitas.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Este mes hemos tenido la conclusión (o mejor dicho, el punto y aparte) de un importante trayecto en el Universo Cinematográfico de Marvel con la película Vengadores: Endgame, de la que os dejamos el trailer.



"Pienso que una obra de arte debería dejar perplejo al espectador, hacerle meditar sobre el sentido de la vida."
                  - Antoni Tapies (1923-2012)



Martes con mi viejo profesor, de Mitch Albom

26 abril, 2019

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A veces conviene dejar reposar los libros. Incluso puede que alcancemos esa edad donde lo más importante no es ya leer, sino releer. Estamos tan inmersos en las novedades pasajeras que, con frecuencia, se nos olvida toda la literatura precedente (con el cine pasa exactamente lo mismo); y con precedente no me refiero únicamente a los grandes clásicos, sino a nuestros clásicos particulares.

Hace algunos años fue bestseller Martes con mi viejo profesor (Tuesdays with Morrie, 1997; Maeva, 2008), crónica humanista de un docente de universidad llamado Morrie Schwartz (1916-1995), contada por su ex alumno Mitch Albom (1958). Morrie hubo de padecer la terrible enfermedad E.L.A. al final de su recorrido vital. La vida se compagina con la literatura.

Albom, que ejercía de periodista deportivo, fue, como digo, alumno de Morrie y dejó en este escrito constancia de los padecimientos, pero también del arrojo y voluntad personal, del que fuera su maestro. De hecho, y fuera ya del ámbito particular, el traspaso de los conocimientos siempre se ha nutrido más de la incitación al saber y el despertar de las motivaciones que de los fastidiosos libros escritos por los pedagogos.

No descubro nada nuevo si digo que no sabemos lo que nos depara la existencia (mancias aparte, que exigirían un análisis que escapan al contenido de este libro). De modo que uno estudia, crece física e intelectualmente, se reproduce si quiere y luego muere. Hasta puede que recordemos a alguno de nuestros maestros con especial cariño (a los otros mejor olvidarlos), o incluso que nos dediquemos a eso de la enseñanza. En tal caso, no solo solemos recordar a nuestros antiguos profesores, sino que esperamos que algunos de nuestros alumnos nos recuerden a nosotros. Personalmente, siempre me ha gustado ese poema de Gerardo Diego (1896-1987) titulado Brindis, usual en cualquier antología, pero de seguro en Versos humanos (1925), en el que el profesor del texto y la vida real celebra su traslado (más que su ascenso), narrando en verso la pasada experiencia educativa, brindando por ese alumno desconocido que, entre la multitud de pupilos, algún día se acordará del que suscribe.


Pues bien, el profesor de sociología retirado Morris S. Schwartz padeció de esclerosis lateral amiotrófica, una implacable y cruel enfermedad degenerativa. En un principio, advierte su alumno (pues de facto lo sigue siendo), que descubrí que ya no me interesaba la fama de los otros, y que la cultura es algo que se crea uno mismo. Ahora que se ha puesto de moda emplear a los menores como escudos humanos en manifestaciones supuestamente pacíficas, pues el espacio público les pertenece exclusivamente a ellos, o que la universidad ha perdido su maltrecho prestigio integrador (tornado a integrista de forma soterrada), no están de más las enseñanzas y advertencias de este avezado profesor que sospecha que el nivel del odio se solapa con la pasividad, y que el pensar ha sido siempre mucho más trabajoso que el sentir. Quizá la lección más importante que nos regala sea que los profesores dan la oportunidad, pero es a la persona a quien compete asimilarla o no, profundizando en ella, incorporándola al ser. Por lo que todos necesitamos maestros en nuestras vidas.

Estos recuerdos y apreciaciones intercalados se traducen en escenas y flashes que nos hacen partícipes de lo ilusorio del tiempo y también del espacio (cada martes, Mitch hace buen número de kilómetros a placer para estar junto a su viejo profesor); si bien, la propia cronología de los individuos es importante para poder asirnos a ellos. Los diálogos que se desgranan en el libro no solo logran, como se suele decir, que la muerte sea la gran niveladora (de toda condición social o confesional), sino que también lo sea la vida, entendida como el hermanamiento de dos personas que se redescubren a sí mismas.


El tema “estrella” es, por consiguiente, la muerte, pero no la desaparición. En realidad, es la vida lo que vertebra estos encuentros y nuestras vidas. El deceso no se contempla como el final, sino como un nuevo principio en ambos escenarios, aquí y allá (si se posee la necesaria confianza). Y si, en efecto, existe algo más allá, o con ella se acaba todo. No en vano, ¿cuánto nos queda, cincuenta años o cincuenta días? Quizá, de todo lo que nos queda por aprender, lo más sea relevante sea, en palabras de Morrie, que cuando aprendes a morir, aprendes a vivir.

Razón por la que los jóvenes no son sabios, recalca el profesor. Una proclama que, teniendo en cuenta el exagerado crédito que se otorga a esta franja, resulta de lo más acertada. No quiero decir que paso por alto todas las reglas de tu comunidad, explica Morrie, (…) pero las cosas grandes, cómo pensamos, lo que valoramos, esas debes elegirlas tú mismo. No puedes dejar que nadie, ni que ninguna sociedad, las determine por ti (…) Tienes que trabajar para crearte tu propia cultura.

Ítem más. Pensamos que, por ser humanos, estamos por encima de la naturaleza. Desde el diagnóstico de su enfermedad, Morrie ha tenido ocasión de sopesar, valorar y reflexionar acerca de muchas cosas, las auténticas, esas de las que algunos muestran su desconocimiento riéndose. Ahora, tras la devastadora adversidad, las entrevistas concedidas a algunos medios de comunicación y los encuentros con Mitch, es al lector a quien competen, tal y como referiría Morrie Schwartz. Forma parte del hecho de ser humanos terminar y renovar.


En suma, es el presente un conmovedor testimonio sobre el existir, la amistad y el amor, donde cuenta la introspección, entendida como esa reflexión y aprendizaje que proporcionan los años y que, para el caso, alcanza tanto al biografiado como al biógrafo. Lo hace por medio de la alternancia de los tiempos narrativos (de los años setenta a mediados de los noventa). De este modo, Martes con mi viejo profesor nos recuerda lo valioso que es el tiempo que pasamos con los demás.

El éxito del libro suscitó una adaptación al medio televisivo, en forma de telefilme. Fue protagonizado por Hank Azaria (1964) en el papel de Mitch Albom y el veterano Jack Lemmon (1925-2001) en el de maestro. Visualmente no ofrece nada novedoso, y sí muchos planos medio-cortos, aunque es una fidedigna transcripción del original realizada con puntual pulcritud por el inglés Mick Jackson (1943). La escritura corrió a cargo de Thomas Rickman (-2018), responsable de la estupenda San Francisco, ciudad desnuda (The Laughing Policeman, Stuart Rosemberg, 1973).

Dejando al margen una engorrosa e intrusiva (y lo que es peor, prescindible) voz en off al principio del relato, y unas insulsas imágenes en retrospectiva, Martes con mi viejo profesor (Tuesdays with Morrie, Harpo Films, 1999), nos presenta a Morris Schwartz (Jack Lemmon) como un hombre vitalista y activo, al que le gusta bailar. Y a Mitch Albom como un tipo entregado por completo a la vorágine del mundo informativo del deporte.

Albom “personaje” es uno de los rostros y firmas más apreciadas en dicho mundillo. Desde que salió de la universidad, apenas ha tenido tiempo de echar la vista atrás. Vive de prisa y corriendo formando parte de un engranaje. Él mismo asegura que los deportes están siempre de temporada en este país (¿en alguno no es así?), y que se ve capaz de hacer seis cosas a la vez en tanto su vida transcurre en aviones y hoteles. Una situación que también le dificulta para el desarrollo de una relación de pareja normal, en este caso, con la cantante Janine (Wendy Moniz). 


Estando en estas, contempla de refilón el viejo rostro de su profesor en la tele. Será el inicio de un volver a las raíces. Morrie se halla enfermo y tras sopesarlo bastante, Mitch decide acudir a visitarlo. Tras este primer reencuentro, las visitas se repetirán cada martes.

Significativamente, tales encuentros productivos coinciden con una huelga en el ámbito deportivo (aspecto que está más remarcado en el libro). Morrie bromea con el hecho de que, siendo Mitch una estrella de la televisión, ahora que me estoy muriendo la gente muestra más interés por mí.


El profesor jubilado de sociología de una universidad de Brandeis, Boston, recibe las visitas de Mitch, que resulta el gran beneficiario de estos intercambios. Unas provechosas enseñanzas por parte de Morrie, como recuerda Mitch, sin estar en el negocio de la autoayuda. Como cuando el maestro pone de relieve el valor del silencio.

Pese a que la película desprende un sesgo más ecuménico y colectivista que el original, esta adaptación cuenta con algún que otro acierto añadido, como el del quarterback (Dan Thiel) al que Mitch entrevista y que se coloca una gorra específica, en respuesta a la pregunta de a qué universidad piensa ir. También se respeta la idea de que las clases no se interrumpen con la muerte del profesor. Al final, todo lo que le queda a Morrie es su voz, pero una voz que resuena eterna.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


Música Inolvidable (XXXVIII): Franco Battiato

18 abril, 2019

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Franco Battiato (1945) quería vernos danzar, pero también reflexionar. En sus letras hay una continua invitación a la introspección y el auto conocimiento, de ahí lo novedoso de su propuesta, a caballo entre lo cosmogónico y el pop.

Nacido en Sicilia, Italia, a España desembarcó en los fructíferos ochenta, puerto franco de la música. Llevaba mucho cantado, pero la traslación de sus letras al español, efectuada por él mismo, contribuyó a su relanzamiento.


Cantautor, productor de ópera y realizador (amén de escritor, guionista y hasta pintor), Battiato es toda una personalidad. Por centrarnos en los ochenta, ahí están, para el sello EMI, Patriots (1980), La voz de su amo (1981), Horizontes perdidos (1983), Ecos de danzas sufí (1985), Nómadas (1987) y Fisiognómica (1988). A partir de 1993, cuenta en sus provechosas lides conceptuales y minimalistas con la colaboración del letrista Manlio Sgalambro (1924-2014), escritor y filósofo. Entre los temas más celebrados, Centro de gravedad (1981), Yo quiero verte danzar (1982), La estación de los amores (1985), Vía láctea (1985), Nómadas (1987), Bandera blanca (1987) o Y te vengo a buscar (1988). De alguno de ellos proporcionamos el video musical al final de este artículo.

En su esclarecedora entrevista para la estupenda Paloma Chamorro (que hizo más cosas que la cuestionable La edad de oro [1983-1985]; 1949-2017), Battiato declara que contempla la música como una forma expresiva de comunicación total, y se muestra defensor de una polifonía armónica y tradicional, continuista y mitológica, que codifique el sentir y vivir de las gentes.


Instintivo, como el fuego de Aries que lo anima, Battiato resuena familiar y exótico, sincrético y espiritual. Hablando de la vanguardia y la música llamada “culta”, añade en dicha entrevista que me opongo a las formas que no llegan a transformarse en contenido, en comunicación, y que, por lo tanto, tampoco son musicales. La relación metafísica entre las personas se pone de relieve a través de sus letras y melodías, como un vislumbrar la relación oculta que se establece entre la música y el individuo, sin caer en el trascendentalismo huero o la parábola palurda. Battiato radiografía una sociedad variopinta, pero también es emisor de una espiritualidad vivificante, en función de los distintos estados de ánimo. Texto, rítmica, instrumentación e interpretación conforman un todo que fusiona al hombre con su naturaleza terrena y trascendente, con aquello que no se ve, pero se intuye y siente. Como debería recordarse con más frecuencia, las palabras ya son portadoras de una musicalidad intrínseca, pudiendo llegar a convertirse en silentes medios de transformación, médiums. Estas ayudan a formar imágenes nuevas u olvidadas, en un marco de misterio y sensualidad destacado por el solista. A lo que se añade el hecho (no menos trascendental) de que la auténtica música contemporánea es la popular.

Estos son sus principios, y no tenía otros porque lo tenía claro. O al menos, lo intentaba. Después de años de experimentación, sabía qué lugar ocupaba.


En efecto, Franco Battiato se siente vinculado a una tradición antigua y primordial, en sintonía con las leyes de la naturaleza y el cosmos. Somos el resultado de un juego de fuerzas más fuertes que nosotros mismos. Su raigambre es étnica, “ligera” (no insustancial) y pop. Lo que no le posiciona en contra de la comercialidad, del éxito personal (anatemizado por algunos artistas que predican una cosa y hacen la contraria).

Háblame de mundos lejanísimos, de culturas sepultas, continentes perdidos, de amor, de pasajeros anómalos en místicos territorios. Son las auténticas vanguardias de un nuevo Sistema Solar, tal y como se expone en No Time, No Space. Vivir no es muy complicado si puedes renacer después, concreta en El animal. Para acabar preguntándose qué quedará de mi tránsito terreno, de todas las impresiones que tengo de esta vida (Mesopotamia). Nos levantamos antes del alba, listos para transbordar dentro de un satélite artificial (…) somos provincianos de la Osa Menor (Vía Láctea).
Perspectiva cósmica que no se olvida del amor material y físico, aunque el animal que llevo dentro no me ha dejado nunca ser feliz (El animal). Este sentimiento popular nace de mecánicas divinas (Y te vengo a buscar, La estación de los amores, Sentimiento nuevo). Hasta se permite jugar con el tiempo y el espacio del terruño siciliano en Despertar en primavera, canción donde me enamoré siguiendo el ritmo del corazón y me desperté en primavera.

El aprisionamiento político es otro pilar. Patrias aplastadas por el abuso del poder, por gentes sin ningún pudor, que piensan que les pertenece todo; los gobernantes, perfectos inútiles bufones (…) no cambiarán (Pobre patria). Del mismo modo que renacen los programas demenciales con tribuna electoral (Bandera blanca). Bellamente inclasificable y ecléctica es Perspectiva Nevski (además de una avenida convertida en narración por Gógol [1809-1852]), aunque yo me abandonaría a la inspirada Sagradas sinfonías del tiempo: somos seres inmortales caídos en la oscuridad (…) sin memoria (…), hasta curar completamente (todo un ciclo holístico).


No me resisto a hablar de Franco Battiato desde el punto de vista astrológico (con el beneplácito del lector). Tan solo unas pinceladas. Como Aries, el artista se presenta a modo de fogoso buscador y transmisor, destino y destinatario al mismo tiempo. Su Ascendente en Leo le faculta para una receptividad con paso firme y decidido. A su vez, la luna en Leo lo predispone al temperamento franco, abierto y transparente. Venus en Tauro, regencia habemus, contiene una belleza rumbo a la estabilidad. Lo que se traslada a sus creaciones cifradas, bellamente herméticas, pero jubilosas y expansivas (casa cinco en Sagitario), acompañado de un poderoso Marte en los últimos grados del indagador Acuario. Como él asegura, tenía la luna y Urano en el León (Cucurrucucú). ¿Imaginativo tránsito planetario en la época de composición de la canción, referencia a una tercera persona o reminiscencia de una vida anterior? (Este planeta lento lo tiene Battiato en Tauro).

En fin. Mira que hay personalidades interesantes casi en cualquier ámbito, que parecen negadas para la trascendencia. No es de extrañar, porque en estos “asuntos internos” cuenta la experiencia personal más allá de la doctrina (la que a cada cual complazca). Además, se tiende a caer en el servilismo, el buenismo especulativo o el mesianismo político, artístico o religioso… A tal efecto, Franco Battiato responde con su música que encontrarás los ángulos de la tranquilidad y la paz del crepúsculo al final de tu camino (Nómadas). Así sea.

Escrito por Javier Comino Aguilera 





Animando desde Oriente (XV): Your lie in April

16 abril, 2019

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¿Qué nos empuja a ser quiénes somos y a hacer lo que hacemos? Nuestra determinación para cumplir con ciertas metas y sueños viene marcada por muchos factores, tanto intrínsecos, que surgen de la propia persona, como extrínsecos, que proceden del efecto de los demás sobre nosotros. Y, en cierta forma, nuestra manera de afrontar ese camino es lo que define nuestra personalidad y nuestra vida. Cuando nos encontramos con algún quiebro inesperado, con el fin anticipado de la motivación que nos mantenía en camino o con un cambio en el significado que le otorgábamos a lo que nos rodeaba, es fácil desviar el rumbo, entrar en un estado de dudas y desesperación, con cierto carácter existencialista, incluso cambiar nuestra forma de ser. Suele ser algo que sucede en la adolescencia, pero supongo que nadie que tenga en su vida ciertas metas no se haya encontrado con algún punto determinante en que ha tenido que tomar una decisión en la diatriba entre continuar o dejarlo, o verse obligado a tomar otra senda distinta a la que hubiera soñado. Supone una ruptura con aquello que somos y también la entrada a ciertos cambios negativos, motivados por la frustración, el dolor y la desilusión. Sobre esto versa Your lie in April (Shigatsu wa Kimi no Uso, 2014-2015) en un tono esperanzador, pero sin olvidar todo el sufrimiento.


Nos referimos al anime dirigido por Kyōhei Ishiguro, que adaptaba el manga homónimo creado por Naoshi Arakawa. A lo largo de 22 episodios, de casi media hora cada uno, acompañaremos al prodigioso pianista juvenil Kousei Arima en un año de su vida, desde abril hasta la siguiente primavera, en su proceso de volver a tocar el piano tras más de dos años sin hacerlo, desde la muerte de su madre, hecho traumático que provocó que dejara de oír las teclas de su instrumento mientras tocaba. Sin embargo, cuando en su vida aparece la violinista Kaori Miyazono, una entusiasta y despistada joven, todo da un vuelco, dado que ella prácticamente le obligará a volver a tocar y a convertirse en un nuevo pianista, capaz de entender la música de forma distinta a como lo hacía de niño.

La serie podría malinterpretarse como un anime romántico puro, aunque comparte elementos característicos del shojo, como el ambiente escolar, el proceso de idealización de la pareja, el contraste entre la personalidad de los personajes principales que están destinados a enamorarse o la cantidad de vueltas y dudas por las que pasa su relación antes de confirmarse (si se llega a ese estadio). Sin embargo, no es realmente su temática o intención principal, como tampoco el propio tema de la música, como pudiera suceder en otros animes relacionados con alguna disciplina, como los deportivos, aunque, de nuevo, sea un elemento imprescindible en la obra: la disciplina que siguen los jóvenes intérpretes, las reglas de los concursos y certámenes musicales, la distinta forma de entender la música o la cantidad de piezas clásicas que podemos oír, y que le otorgan todo un plus a la serie, a lo largo de los capítulos, con especial predilección por Chopin, aunque no será el único compositor que aparezca representado.


Sin embargo, donde parece encajar mejor, es con el slice of life, los recortes de una vida, ese género pretendidamente realista o costumbrista que, en esta ocasión, no aparece de forma pura, sino que está entremezclado con los elementos anteriormente mencionados. Este género nos permite acercarnos a la vida de unos personajes en un ambiente determinado, dentro de un estilo muy realista e incluso naturalista, siguiendo con los conceptos occidentales. A ello hay que sumar un recurso imprescindible en Your lie in April: el monólogo interior de los personajes, sobre todo el de Kousei Arima. De la misma forma que Proust se servía de una magdalena para que un personaje se hundiera en sus recuerdos, aquí el momento de enfrentarse al piano para tocar una determinada pieza servirá para ahondar en los recuerdos, traumas y reflexiones íntimas de los personajes. Ese recurso provoca que el tiempo narrativa se ralentice y prácticamente la acción quede suspendida mientras la voz del personaje en off se entremezcla con la música que está ejecutando y con las escenas, normalmente flashbacks, aunque también encontramos algunas secuencias oníricas y realmente bellas, que se suceden en su mente.  

En realidad, argumentalmente, suceden muy pocas cosas. Los resúmenes literales de los capítulos podrían ocupar apenas un par de líneas. Básicamente, porque lo relevante se encuentra en ese monólogo interno de los personajes. Este hecho provoca que la trama avance de forma muy lenta, dedicada a la exploración de la psique de sus personajes. Es más, aunque el central y más relevante sea Kousei, la serie se permite explorar a todos los demás personajes relevantes en mayor o menor medida. Por lo tanto, es bastante completa a la hora de profundizar en sus personajes, componiendo cada uno de ellos una trama que deja entrever la complejidad de las personas por encima de la apariencia más o menos ligera que muestran. Por ejemplo, los golpes con los que Tsubaki o Kaori castigan a Kousei ocultando realmente sus pensamientos, que nos son desvelados con sendos monólogos internos. O la frivolidad de Ryota en sus relaciones, con cierta ligereza de cascos, quien, a pesar de ser uno de los personajes menos elaborados, se nos descubre como un muchacho más comprometido de lo que aparenta, por ejemplo, a nivel deportivo.


A lo largo de sus veintidós episodios podemos establecer dos claras partes, la primera alcanza hasta el episodio once, justo la mitad, y es evidente que es la que mejor aprovecha el gran potencial que tiene la historia. Desde el primer capítulo en que conocemos a los personajes principales y se nos deja intuir los traumas del protagonista hasta el capítulo final de este arco en que encontramos un capítulo definitivo y muy bien realizado, en el que vemos los frutos del encentro y la amistad entre Kousei y Kaori en el primer episodio hasta este momento cumbre. Cabe destacar que aunque la historia versa sobre la superación y la entrega, sobre la comprensión de la música como disfrute y no como una obligación, hay muchos detalles que nos reflejan también una crítica a cierto tipo de educación, muy extendida en la cultura oriental, muy marcada en Japón: la de exigencia de ser el mejor, la competitividad llevada al extremo.

En este sentido, la difunta madre de Kousei lo había convertido en un niño prodigio con unos métodos abusivos y poco ortodoxos, hasta el punto de convertirlo en un pusilánime incapaz de ser feliz con la música que tocaba. Varios flashbacks nos desvelarán esta caótica y dura relación que culminará al revelarnos la herida traumática que arrastra al protagonista a no ser capaz de oír su propia música y a haberse aislado del piano. Curiosamente, cuando se produzca un cambio en su trayectoria, dejará de importar ganar para empezar a valorar más transmitir emociones. Los propios jueces de los concursos serán juzgados por ser incapaces de ver cómo los músicos logran emocionar y llegar al público, embelesado por estas emociones convertidas en música, frente a la estricta fidelidad a la partitura. En cierta forma, esta historia no deja de valorar cómo estas emociones son las que cambian a las personas: las actuaciones de aquel niño prodigio, el metrónomo humano en que se convirtió, fueron las que alteraron para siempre la vida de otros niños; por ejemplo, sus rivales (Takeshi Aiza y Emi Igawa), que aparecen a partir del octavo episodio y sobre los que también se detiene la serie para mostrarnos cómo intentando superar a Kousei se han convertido en auténticos músicos. Por cierto, no será el único tema que se aborde: todos los personajes fracasan en esta serie. Tsubaki no logra ganar el partido de béisbol por estar afectada por sus pensamientos, básicamente centrados en sus sentimientos hacia Kousei, y Ryota tampoco consigue alzarse con la victoria en la final de fútbol como deseaba, teniendo que aguantar el tipo ante la derrota para después derrumbarse en solitario por no haber sido capaz de lograr su sueño.


La segunda mitad de la serie sirve para revelar mejor los entresijos emocionales de los distintos personajes y acompañar a Kousei en la consolidación de una nueva etapa de su vida. En esta ocasión  tendremos un arco de episodios que se siente más postizo, incluso innecesario, con la inclusión de una alumna bastante energética y nerviosa y una mayor presencia de Hiroko, antigua maestra de Kousei y amiga de su madre, que nos dará otra visión sobre los años de infancia del pianista protagonista. También es el momento en que la historia se centra más en Kaori y en mostrarnos su auténtica motivación y sus entresijos, que nos ahorraremos revelar. No obstante, este segundo tramo se hace más pesaroso y repetitivo, aunque el clímax final, en los dos últimos episodios, nos deja una secuencia estéticamente preciosa, de gran belleza tanto visual como significativa, para finalmente concluir con un giro argumental que nos ofrece otra perspectiva con la que observar la obra completa.

En definitiva, Your lie in April es una obra sentida y crítica, capaz de emocionarnos combinando bien la historia de sus personajes, en torno a las motivaciones personales, la autosuperación, la rivalidad y los traumas personales, con la música clásica y las exigencias de una sociedad muy competitiva. No obstante, es un anime irregular y lento, de más reflexión y emotividad que acción, lo que puede provocar que se sienta repetitivo. Hubiera mejorado de haber sido una pieza más breve, como sucedía con El jardín de las palabras (Makoto Shinkai, 2013), que prefería el mediometraje al largometraje, o bien haber ampliado algo más la profundidad que se le otorga a personajes secundarios. Aún así, algunas de las secuencias bien merecen la pena y el final de cada arco, con las actuaciones frente al público y el desarrollo de los monólogos interiores, son de lo más logrado en la serie.


Clásicos Inolvidables (CXLIV): Matar a un ruiseñor, de Harper Lee

14 abril, 2019

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La forma en que descubrimos el mundo puede convertirse en una ventana ideal para conocer a los demás, para descubrir otras vidas ajenas en el momento en que quedaron cristalizadas en la persona en quien nos íbamos a convertir. Quizás por esa razón resultan tan cercanas, populares y frecuentes las novelas de formación y aprendizaje, aquellas que remiten a la niñez como punto de partida de descubrimiento del mundo que nos rodea. Una etapa de nuestra vida determinante y a la que solemos regresar para recordar qué nos hizo ser quienes somos, aunque se nos devuelva a través de nuestra memoria un recuerdo idealizado, cual paraíso perdido, o la crudeza de algún hecho crucial o, incluso, traumático, que nos dejó una cicatriz perenne. 

Matar a un ruiseñor (1960) es una de esas obras que pone la vista atrás para recuperar la mirada infantil hacia el mundo adulto, pero también para denunciar una injusticia social. Herper Lee (1926-2016) legó a la literatura estadounidense una única novela de gran valor, hasta al menos la aparición de Ve y pon un centinela (2015), un manuscrito anterior cuya publicación legitimada por la autora ha sido puesta en duda. A esta autora le sucedió como a J. D. Salinger (1919-2010) con El guardián entre el centeno (1951): se sintió abrumada por el éxito de su novela, sobre todo tras la adaptación cinematográfica homónima de 1964 dirigida por Robert Mulligan, y se retiró de todo lo relacionado al mundo de la fama y el éxito que tanto pueden llegar a engullir a una persona. Además, seguramente debió escapar de las comparaciones biográficas, dado que, si bien bebió de su propia vida para crear la novela, esta está invadida de ficción, una ficción necesaria para construir una obra narrativa tan solvente y bien resuelta como esta.

Harper Lee
Sin duda, Matar a un ruiseñor tiene un hecho central y necesario que es sobre el que se construye toda la novela, aunque este acontecimiento tarde bastante en aparecer. Cuando comenzamos la lectura nos encontramos con una primera parte en torno a la infancia de su voz narrativa, la protagonista Scout, contándonos su infancia y su adaptación a la sociedad que la rodeaba. Hay en esta primera parte todo un retrato de la infancia de una época: la rivalidad y cercanía de los hermanos, los juegos infantiles como la representación de historias, los límites impuestos por seguridad, pero también por miedo, las travesuras que surgían como retos y desafíos para superar ciertos miedos, el descontrol de las emociones o la creación de una identidad y de su sentido de pertenencia a la misma. Pero tampoco falta la crítica y ácida lectura que se hace sobre la institución escolar y sus metodologías, la distancia existente entre las clases sociales, la hipocresía de la vecindad, los estereotipos sexistas o el choque entre el instinto más infantil y el autocontrol más adulto. Incluso hay espacio para hablar sobre la forma de educar a los hijos, siempre desde los hechos más que desde la reflexión, o del sentido y valor de la justicia; aunque este último aspecto tenga su principal impronta en la segunda parte.

Esta primera parte conforma un excelente retrato de la infancia con algunos episodios a destacar. Ya hemos mencionado la escuela, que sirve para adelantarnos el retrato de las familias que conforman Maycomb, ofreciéndonos una serie de estereotipos adjudicados a los apellidos que se verán reforzados por la retahíla que nos dedicará en la segunda parte la tía Alexandra, siguiendo con una arraigada concepción determinista de la genealogía. El rechazo que Scout expresa hacia la educación femenina de la época, mostrando su deseo de libertad y de aprender aquello que su padre le permite (dentro de un sistema menos disciplinado, pero más dado al diálogo, al aprendizaje por la lectura y a la libertad dentro de unos límites razonables), aunque otros la consideren asalvajada. La llegada de un perro rabioso al vecindario, cuyo final se relacionará de forma simbólica con el juicio de la segunda parte. Y también brilla el castigo que sufre Jem al tener que acudir diariamente a casa de una vecina a la que, en un ataque de orgullo, destrozó las flores; precisamente, el acontecimiento con el que concluye la primera parte y que ya adelanta uno de los problemas con el que se enfrentarán los niños protagonistas: el murmureo de quienes rechazan que su padre defienda a un negro.  

Fotografía de H. Armstrong Roberts
He dejado para el final el punto que considero más relevante en esta primera parte, por su importancia posterior: ese santuario del terror que representa la casa vecina de los Radley, el típico lugar al que los niños tienen prohibido el acceso, por las molestias que provocan, pero sobre el que pesa más las leyendas extendidas entre los propios infantes. El grupo que en verano conforman Jem, Dill y la protagonista, Scout, se entretienen creando historias en torno a esa familia apartada y tan reservada, sobre todo del personaje central, el fantasmagórico Boo Radley. Su presencia siempre estará marcada en la novela por su ausencia, por la necesidad de descubrirlo de los niños como un hito para ellos y por la relación de admiración y temor que sienten por él. Pasar por delante de esa casa supondrá siempre una pausa en la narración para recordarnos o bien cómo persiste el temor infantil o bien cómo se avanza hacia el respeto que da tan solo el recuerdo de la niñez. Con todo, a pesar de aparentar ser tan solo una anécdota más de las que se narran en esta primera parte, todo lo relacionado con Boo Radley se entrelazará con fuerza en el tramo final de la novela, otorgándole todo el sentido a las palabras iniciales de la obra; curiosamente, la sombra de este personaje aparecerá en los momentos oportunos, por ejemplo, durante el capítulo del incendio de la casa de una de las vecinas. Sin duda, una buena muestra de la redondez con la que Harper Lee plantea su narrativa y que tanta satisfacción suele causar entre los lectores. Todo lo relacionado con Boo Radley es la mejor muestra de la infancia idealizada que impregna la primera mitad de la novela. A su vez, toda esta primera parte entronca con toda una tradición de obras sobre la infancia, como El camino (1950), de Miguel Delibes, salvando las distancias entre ambos trasfondos.

En la segunda parte, lo más relevante y que ocupa más espacio es el juicio que da sentido a la obra global, sin que por ello se pierdan elementos de la formación de Scout (sobre todo con la presencia de la tía Alexandra, con cierta reconciliación final, o el reencuentro con Dill). El padre de los niños, Atticus Finch, se convierte en el protagonista al verse en la obligación de defender a un hombre negro, Tom Robinson, en un juicio en el que le acusan de violación. Su desarrollo dejará en evidencia los prejuicios raciales y la injusticia de un pueblo idealizado hasta el momento. Este acontecimiento marca el fin de la infancia, que se reflejará bastante bien en la actitud de Jem en los capítulos posteriores. En torno al juicio, encontramos el oscuro episodio de la cárcel, en que la inocencia infantil gana a la ira irracional de los hombres, o todo el tramo final, que versará sobre las consecuencias de la impecable actuación de Atticus en el juicio. Por cierto, el abogado pretendía llevar hasta la última instancia su dignidad legalista, pero serán otros quienes decidan otorgar otra versión a lo sucedido.

Fotograma de la adaptación cinematográfica homónima
Matar a un ruiseñor es una obra engañosa a simple vista. Si te acercas a ella solo por la imagen del juicio, te espera una considerable travesía por el retrato infantil e idealizado de una época determinada, bastante entrañable y necesario para comprender mejor el final de la novela, pero que se aleja bastante de lo esperado si solo buscabas un retrato más jurídico, realista, serio y crítico de lo que esperabas. Si al empezar a leer tan solo crees que estás ante las travesuras de unos niños, te puedes perder las críticas y los símbolos que Harper Lee despliega a lo largo de la novela con acierto y cierta sutileza. Ante todo, la novela deja en evidencia el racismo de una sociedad llena de prejuicios, pero sin olvidar su sentido más literario, tanto en estilo como en estructura. 

Muy emotiva, bien estructurada y bien escrita. Es un buen reflejo de una época desde unos ojos infantiles que saben describir bastante bien la realidad y que muestran un posible cambio de mentalidad y de sensibilidad en las generaciones venideras. La redondez con que todos los hechos se relacionan al final deja una agradable sensación de que el viaje a través del crecimiento de Scout ha merecido la pena.


El autocine (LX): El despertar, de Mike Newell

12 abril, 2019

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El arqueólogo y profesor en dicha materia Matthew Corbeck (Charlton Heston) se encuentra en Egipto dirigiendo unas excavaciones, con el deseo de hallar la tumba de una fascinante y misteriosa personalidad histórica, intitulada -y tachada de- la Reina sin nombre. Tachada porque su recuerdo trató de borrarse de la historia del antiguo Egipto, como en otras tantas ocasiones (y cuando no se logra, a tergiversar toca).

Matthew ha puesto su interés profesional (más que sus ojos, al menos, en principio) en su colaboradora Jane Turner (Susannah York), que le apoya en la posibilidad real de este descubrimiento. Para cerrar el triángulo, Anne (Jill Townsend) representa a la estereotipada esposa insatisfecha (con el trabajo del marido) y algo tostón. En suma, el matrimonio hace aguas. Pero si cuando una puerta se cierra otra se abre, de forma armónica en el aspecto sentimental, en el laboral sucede otro tanto, aunque desde un punto de vista más desestabilizador. Anne se muestra completamente ajena a los intereses del marido, y tras un accidentado parto, lo abandona a su suerte (aunque no por eso deja de estar ligada a él). Matthew contrae nuevas nupcias con Jane.

El despertar (The Awakening, EMI-Orion-Warner Bros., 1980) toma su coartada argumental (más que su configuración) de la recomendable novela de Bram Stoker (1847-1912) La joya de las siete estrellas (Jewel of Seven Stars, 1903; una buena edición la tuvimos en Siruela, 1997). Pero si en esta la trama transcurre casi en su totalidad en el interior de una vigorosa mansión victoriana, en pleno corazón de Londres, en la adaptación, el escenario se traslada directamente a El Cairo, y a sus solo aparentemente despobladas inmediaciones. Después de Egipto, la película retorna a la -de igual modo- tan solo en parte civilizada urbe londinense. Se trata de un cambio que no estropea las intenciones de la película, por mucho que varíe el contenido estructural del original y se trueque a los protagonistas principales (a ver si acabamos de una vez con esa tontada de que una película ha de ser necesariamente el calco visual de su matriz literaria). Por el contrario, la dirección del inglés Mike Newell (1942) muestra un buen ritmo en la exposición, como confirma la secuencia que acontece en la zona de excavaciones sita en el Valle de los Reyes. La escritura corrió a cargo de unos competentes Allan Scott (Allan Shiach de auténtico nombre; 1939), Chris Bryant (1936-2008) y Clive Exton (1930-2007), y es cierto que bebe de las caudalosas fuentes consanguíneas del reciente cine de terror de los setenta. Otra estrella de esta joya, no del todo refulgente pero sí decorosa, puede ser la correcta fotografía del veterano Jack Cardiff (1914-2009).


Siguiendo la pista de un arqueólogo holandés, Matthew concluye con éxito sus pesquisas y descubre una tumba inviolada al más puro estilo Howard Carter (1874-1939)-Lord Carnarvon (1866-1923). Allí yace la Innombrada, con la particularidad de que esta parece que sí quiere ser encontrada y volver a la vida (o al menos sobrevivir), por medio de la reencarnación (también cabría decir que de la apropiación: o la personalidad de la portadora “despierta” o es reemplazada por la de la vetusta intrusa). Por supuesto, una maldición entra en juego, en forma de antiguo jeroglífico grabado en piedra. Las complicaciones en el embarazo y posterior parto de Anne Corbeck, coinciden con la apertura de la tumba. El montaje en paralelo resulta efectivo, de la misma forma que resulta interesante el contraste entre el proceso de reencarnación y la posibilidad de otra vida inmaterial tras la muerte (ambos escenarios se contemplan y solapan). Yo sé lo que soy, declara Margaret Corbeck (una eficaz Stephanie Zimbalist), tengo un cambio de personalidad.

En efecto, la chica está adquiriendo conciencia de quién es y transformándose (primero psicológicamente). La asociación de la “joya de siete estrellas” con la Osa Mayor, es otro elemento bien traído, siendo la gema una disposición celeste, un destino. Algo que también afecta a Matthew, cuando se cuestiona los límites de la naturaleza. No en vano, los antiguos egipcios anhelaban convertirse en el “sol estrella”, es decir, resucitar en la inmortalidad del firmamento; si bien, en este caso, este hacerse luz desemboca en las tinieblas.

Para más señas, el cumpleaños de Margaret coincide con una rotunda alineación astral que no se repetía desde los tiempos de la reina Kara (el verdadero nombre de la inhumada), y que además completa un círculo. El ritual en el interior del Museo Británico (no en la mansión, como sucede en el libro), proclama tal cúmulo de singularidades.


Margaret, que hasta ahora ha estado viviendo con la madre, siente de pronto la necesidad de presentarse formalmente a su padre en Londres. A tal efecto, se produce el reencuentro, en un momento en el que la joven está accediendo a la mayoría de edad, la misma que tenía Kara cuando fue depuesta y anatemizada. No es difícil rastrear aspectos ya expuestos con anterioridad en películas como La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976), aparte de algunas gotas de los incipientes slashers, narraciones con asesinatos cruentos que ayudaron a despedir la década y dar la bienvenida a la siguiente. Poco importa, pese a que, hablando de innombradas, a El despertar Heston ni la nombra en sus sustanciosas memorias (In the Arena, Ediciones B, 1997). Si bien es cierto que un libro de tales características no es irremediablemente un exhaustivo repaso filmográfico; de modo que, sobre otras contribuciones al cine, apenas pasa el actor de puntillas.

Más aspectos llamativos se suman a la trama, como el ensimismado estado de Anne tras el parto, o la escena de Matthew y Jane explorando por primera vez la intrincada tumba. Un momento que posee la necesaria atmósfera, junto a las estimulantes imágenes de los restos arqueológicos que reposan (¿en paz?) en el Museo del Cairo, y que sirven de transición al presente histórico, lugar donde la película adquiere las antedichas tonalidades del género de terror, sobrenatural o psicológico, ya que los personajes también parecen sufrir una fuerte sugestión, merced a lo casual y lo causal de los acontecimientos, como le sucede a Jane.


Al punto de que el arqueólogo anhela obsesivamente el retorno a Egipto. Su visita junto a la hija está bien resuelta, en un primer momento, por medio de imágenes sin diálogos (que con toda probabilidad no iban a aportar nada), con lo que ella se va integrando en el escenario de sus raíces (terrenas y herméticas). El regreso a la tumba de Kara es, en realidad, un redescubrimiento por parte de ambos. Si el destino está, de alguna manera, escrito, el de la joven Margaret / Kara se pone de relieve a partir de este trascendental momento (recordemos que toda referencia escrita y visual sobre su devenir fue afanosamente destruida).

A su vez, la música del estupendo Claude Bolling (1930) es premeditadamente triste, incógnita y con algunos pasadizos aterradores, entre melancólica y levemente épica. Lo que se puede trasladar a la imagen cuasi icónica (Spielberg [1946] se encargaría de eso un año más tarde) de la figura de Charlton Heston (1923-2008) recortada por el sol. Resulta mítica, pero también abocada a un destino fatal.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


El largo Viernes Santo, de John MacKenzie

02 abril, 2019

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En las películas, como en la vida que llamamos real, hacer daño es fácil, y conducirse con rectitud, diríamos que intrincado y difícil, y no suele reportar tantos beneficios (al menos externos). Factores personales y extra personales jalonan los guiones cinematográficos, en una suerte de perfecta cosmogonía de las imperfecciones reales de sus protagonistas. De trayectoria guadianesca pero, en su estilo, rectilínea, el realizador escocés John MacKenzie (1928-2011) expone con enérgica bravura alguna de dichas imperfecciones en su espléndida El largo Viernes Santo (Long Good Friday, Handmade Films, 1979; estrenada al año siguiente).

A veces cuesta identificarse con los caracteres, naturaleza y procedimientos de estos protagonistas, sobre todo, cuando ninguno de ellos muestra el menor asidero empático; sin embargo, si el personaje está bien construido y personificado, resulta creíble (a la par de aterrador, conmovedor o lo que se quiera).

De un tiempo a esta parte (aquella que refleja la película y nuestro ahora), se ha convertido en algo relativamente sencillo y hasta bien remunerado, el poder desacreditar a alguien o tergiversar las informaciones, casi de forma simultánea a cuando estas se producen. En el cine, la historia no siempre la escriben los vencedores, algo que el espectador conoce bien.

Cuando el gánster londinense Harold Sand (un refulgente Bob Hoskins) recibe en su distrito -sus dominios- al potencial inversor norteamericano Charlie (Eddie Constantine), que se hace acompañar de su abogado (Stephen Davies), todo parece ir bien hasta que una serie de inconexos infortunios modulan la puesta en escena y el juicio de los protagonistas. Como se informa por medio de las imágenes iniciales de la película, a veces los complots se gestan en los bares (los famosos pubs británicos), en casas apartadas de la campiña irlandesa, o ante las narices de uno (puesto que siempre parece que los hay más desaprensivos).


Harold delega muchas de sus funciones en su ayudante o mano derecha Jeff (Derek Thompson). Tiene otros colaboradores, como se verá, pero la película remarca de manera especial la relación entre estos dos personajes. En nombre de la “empresa”, Jeff está en contacto con algunos concejales y resto de autoridades que están a sueldo de su jefe (que, de hecho, deben su puesto a Harold). Son el nexo de unión entre el especulador y los posibles asociados. Por su parte, estos parecen interesados en invertir en la “compañía” y en los proyectos de futuro que Harold ha planeado para la promisoria metrópoli.

Uno de esos concejales es Harris (Bryan Marshall), personaje contra las cuerdas que él mismo se ha trenzado. Así, todos prosperan, los que pretenden mostrarse respetables de cara a la sociedad, y a los que esto les importa un ardite. 

Respecto a Harold, este puede ser brusco e impulsivo, pero también es leal hasta donde puede y honesto a su barriobajero estilo. En determinado momento de la película, MacKenzie recalca de forma verbal la procedencia de dicho personaje, que no es otra que los barrios marginales de Londres. Podría decirse que es un paleto inglés, sin especial cultura pero con las ideas lo suficientemente claras como para haber sabido prosperar en la jungla de asfalto. Muestra prejuicios hacia los americanos cuando las cosas no salen como él desea, puesto que no le gusta que le hagan perder el tiempo ni que le engañen; es de la calle, baladrón pero no pedante, básico pero no esquemático, y desde luego resolutivo. Sin embargo, trata de ser recto, y esta es una de las mejores virtudes de la película, el retrato de su protagonista.


Él es el líder, el que hace gestos o guiños de toda índole a los demás, para mantener la disciplina. Sabe ser agradecido o atacar “a quien lo merece”. Él mismo se presenta, como antes se ha expuesto, bajo los ropajes de un hombre de empresa. La especulación del terreno la tiene Harold bien atada.

El Viernes Santo se prepara para recibir a sus invitados transcontinentales, habiendo regresado también de los EEUU. Mientras esto sucede, el IRA se pone a atentar en la capital británica, con lo que a Harold y su grupo se le complican las cosas sin saber cómo ni por qué. Todo parece indicar que Harold se ha convertido en un objetivo (precisamente el por qué no lo desvelaremos). Mackenzie lo ejemplifica mediante varios intentos de asesinato, en parte frustrados, y con el desplazamiento o travelling por el puerto entre Harold y el policía Parky (Dave King), donde ambos elucubran acerca de lo que está ocurriendo.

Mientras esto se dilucida, asistimos a un reguero de imágenes inolvidables: el interrogatorio de Harold y sus secuaces a las personas que trabajan para él (que quedan patas arriba, no solo metafórica sino literalmente), la celada en la piscina, el encuentro del protagonista con una viuda (Patti Love) en un cementerio, o la tonificante resolución, rubricada por el claustrofóbico final. Bob Hoskins (1942-2014) compone una eficiente figura a lo James Cagney (1899-1986). Incluso proclama desde su particular altura que Londres es mío (no del IRA). Su otro “segundo” es su pareja, la leal, eficiente y elegante Victoria (estupenda Helen Mirren); sin duda, una buena consejera y portadora de equilibrio, en una época en que Londres se abre al mundo, esto es, se lava la cara y se moderniza.


Interesante la carrera que pudo llevar a cabo John MacKenzie a trancas y barrancas. El largo Viernes Santo es, probablemente, su mejor película. Pero tampoco estuvieron mal la bienintencionada Cónsul honorario (The Honorary Consul, Paramount, 1983), la entretenida El Cuarto Protocolo (The Fourth Protocol, Lorimar, 1987), o Código Azul (The Last of the Finest, Orion, 1990). La presente, escrita por el dramaturgo Barrie Keeffe (1945), se beneficia de una estupenda banda sonora a cargo del compositor e instrumentista de rock progresivo de los setenta Francis Monkman (1949; una buena edición la tuvimos en el sello Silva Screen). Ya saben, una de aquellas distintivas y vibrantes partituras con inspiradas secuencias de suspense que, como otras tantas cosas, pasaron a la historia. En El largo Viernes Santo no hay justos ni pecadores, todos están revueltos en Secular Compaña.

Escrito por Javier Comino Aguilera 


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