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La dama del sudario, de Bram Stoker

20 marzo, 2017

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Dos novelas coexisten en La dama del sudario (The Lady of the Shroud, 1909; Valdemar, Club Diógenes, 1997), pieza del escritor irlandés Bram Stoker (1847-1912). Algo parecido a lo que sucede con algunos de los personajes escindidos que han salido de la mente de los mejores autores del género de terror, gótico o de ciencia ficción. Por un lado, la que participa de los característicos rasgos del citado género gótico; y por el otro, la que se adscribe, sin ambages, al relato de aventuras, con alguna particularidad que comentaré al final.

Los Balcanes, bajo la amenaza del imperio turco, es el escenario en el que se desarrollan ambas. Y repitiendo la fórmula ya ensayada en su opus magnum Drácula (1897), el autor confiere a la presente novela una estructura narrativa en forma de diarios, cartas y memorándums. Tras poner al lector en antecedentes familiares, en una primera parte o libro primero, todo el entramado argumental recae en el destinatario de una herencia. Pero Stoker tiene el acierto de convertir estos prolegómenos, o antecedentes administrativos, en un atractivo ejercicio de suspense e identificación de los protagonistas (y antagonistas).

La lectura del testamento nos es referida, no por el que será su principal beneficiario, además de protagonista de los hechos posteriores, Rupert Sent Leger, sino por su oponente en la sombra, Ernest Melton, un personaje bien definido desde el primer momento: es egoísta, consentido y clasista, pues tal es la (mala) educación que ha recibido. De este modo, los caracteres quedan perfectamente delineados en el cruce de misivas que se ofrecen al lector. Y no me resisto a transcribir una de las opiniones que el buen Rupert confiesa en una de ellas, cuando anota qué robo tan asqueroso eso de los impuestos sobre sucesiones (Libro I: Relación de Roger Melton, 4 de enero de 1907).

Bram Stoker
Seis meses de residencia en el castillo Vissarion, en el imaginario pero realista país de las Montañas Azules (un remedo transilvano de Los Balcanes), es lo que se requiere del joven afortunado para hacerse, definitivamente, con la herencia, que incluye la posesión de tal castillo. Es este un territorio que se ha venido defendiendo como David contra Goliat, y que se está conformando como nación. 

En cuanto al muchacho, posee el talante romántico que la historia precisa: es arrojado, sensible, leal, y siente un gran respeto hacia las personas que le han precedido y favorecido en su fortuna (que no siempre fue buena: Rupert ha conocido las privaciones). En definitiva, se trata de una suma sin igual en toda Europa (I), de tal modo que, cuando su benefactor tío, Roger Melton, se sincera por carta con el joven, este ya ha rendido un sentido tributo a sus allegados, vivos o muertos. Podríamos decir que, de alguna manera, se ha puesto en contacto con los difuntos…

Destinado a depender de sí mismo a una pronta edad, dicha circunstancia ha forjado y potenciado su carácter. Sé atrevido y honesto, y no tengas miedo, le recomienda su tío (Libro I: Carta del 11 de junio de 1906). Es por ello que tiene claro que la individualidad contribuye a crear el auténtico consenso de opinión, que es la verdadera unidad de objetivos (Libro III: Diario de Rupert, 16 de abril de 1907).

Pero para lo que no está preparado el joven Rupert, pese a su buena disposición, es para ser testigo de la aparición de un fantasma en los aledaños e interior de su nueva residencia. O puede que sí lo esté; al fin y al cabo, Rupert ha pertenecido a una Sociedad de Investigación Psíquica, y no es un profano en asuntos extraños, al igual que su tía Janet -o por influencia de esta-. Precisamente, gracias al referido mecanismo epistolar, Rupert ya ha descrito a su tía el interior del castillo y dónde se ubica. La aparición ultraterrena se presenta en forma de dama con sudario. Suficiente acontecimiento para comenzar a obsesionarse y darle al tarro (Diario de Rupert: Libros II y IV).

El dos de abril de 1907 se produce la primera de las apariciones, espaciadas en el tiempo y generadoras de una gran ansiedad. Pues, ¿cuál es la naturaleza de esta misteriosa mujer? Bram Stoker juega aquí con la envoltura sobrenatural, haciéndola converger con la fisonomía más aventurera de la trama. Sin embargo, aunque Rupert interactúa con la extraña figura, no está muy seguro de si esta está viva; al menos, en este plano. De hecho, se lamenta de no poder abordar un análisis más serio y riguroso (Libro IV: Diario de Rupert, 3 de mayo de 1907).

Paralelamente, el muchacho entra en relación con los habitantes de las Montañas Azules, que se preparan ante un ataque de los turcos. Tenemos, entonces, las apariciones de una misteriosa y joven dama, cuya historia habrá de aclararse y en la que sobresale el escenario de una iglesia perdida y solitaria, y el desarrollo de un relato de tintes épicos en el que ambos personajes tendrán mucho que hacer y contar. Es por ello que el aspecto sobrenatural antes mencionado, no se refiere tanto a la relación del nuevo propietario del castillo con la muchacha del sudario, sino, de forma tangencial, a las experiencias (solo señaladas) del joven con lo insólito y, sobre todo, a las evidenciadas capacidades de su tía Janet.

Notorio es el talento de esta para conjeturar, de una forma profética pero certera, acerca de estos encuentros, más allá del origen y destino de la enigmática aparición. Entre tanto, los turcos acometen un par de arriesgados secuestros, aunque con la ayuda de los montañeses, Rupert logrará ir rescatando a los personajes raptados. Es entonces cuando la novela muta completamente hacia el género de aventuras.


De hecho, en este apartado aventurero, descrito con todo pormenor de sensaciones y detalles, por parte de los distintos narradores (Rupert, la dama, tía Janet, un notario amigo de la familia…), advierto cierta vinculación con la novela histórica romántica, por el escenario y las pasiones descritas; e incluso con la clásica, en cuanto al heroísmo y liderazgo de Rupert se refiere. Casi al modo de un cantar de gesta. El episodio del rescate del vaivoda Pedro bien puede atestiguarlo, así como la reaparición del primo despreciativo y envidioso de los inicios, Ernest Melton (Libro VII: a partir de la Carta del 29 de julio de 1907).

Pero como adelantaba, los personajes crecen al mismo tiempo que lo hace el suelo que pisan. Su destino e identidad marcha parejo al desarrollo del flamante reino de las Montañas Azules como nación; un estatus que el resto de países le reconocen. Incluso se crea una Orden del Sudario y una Federación Balcánica, o Balka. Coyuntura en la que Stoker depara otro buen rasgo de notable escritor: los dos artículos contrapuestos sobre la coronación de Rupert, que un mismo periódico publica (Libro VIII: The London Messenger, del 14 y 17 de octubre de 1907).

Escrito por Javier C. Aguilera


Clásicos Inolvidables (XVIII): Drácula, de Bram Stoker

25 octubre, 2012

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Drácula es, sin duda, el vampiro. Muchos son los estereotipos que se han generado en torno a su figura y personalidad, gracias, en gran medida, a las numerosas adaptaciones cinematográficas que ha tenido. Al mencionar la palabra vampiro a todos se nos viene a la mente la imagen de Drácula como un personaje sediento de sangre, ataviado con capa, traje negro y pañuelo, una proyección que poco tiene que ver con la realidad de la novela, distinta al prototipo extendido del vampiro común, que pertenece más al aspecto que le proporcionó el actor Béla Lugusi. Escritores reconocidos actualmente, así como descendientes de Stoker (con una novela escrita como continuación de esta, pero cuya calidad y coherencia se alejan de este clásico), se han valido de la fama de este ser, variando en muchas proporciones al conocido personaje original. Un claro ejemplo lo tenemos en Stephanie Meyer, con su saga Crepúsculo, que ha tenido tanto el amor del público adolescente (especialmente femenino) como el desprestrigio de ser considerada una distorsión amable del mundo vampírico. Sobre esta cuestión, ya habló LJ en su artículo Vampiros, desde ayer hasta hoy en la prosa, donde aludió, entre otros autores, a Anne Rice con sus aclamadas Crónicas Vampíricas.


Precisamente fue Bram Stoker quien dio la forma literaria definitiva al mito del vampiro, aunque fuera conocido previamente en otras obras y hubiera estado enraizado en antiguas creencias populares de Centroeuropa. Nuestro escritor irlandés y romántico bebió de las fuentes de otras obras de la época, especialmente reseñable la influencia de Carmilla, de su amigo Sheridan Le Fanu. Se dedicó a la crítica teatral y literaria durante su vida, publicando algunas obras entre finales del siglo XIX y principios del XX, alcanzando notoriedad con la novela de la que hoy hablamos: Drácula (publicada en 1897).  Le valió las críticas positivas de otros autores importantes de esta época, como Óscar Wilde o Arthur Conan Doyle, además de una extensa vida, considerando que ha pasado a la vida como el autor de uno de los mejores personajes del terror.

Primera edición de Drácula
Es una novela que sirve de colofón al romanticismo inglés, cuando otras corrientes estaban en apogeo, Stoker consigue el éxito con un personaje que resulta ser un monstruo escondido tras la imagen de un aristócrata fascinante y extranjero. Un arquetipo del héroe romántico, un ser apartado de la sociedad que ha llegado hasta límites insospechados. La obra avanza a base de intercalar fragmentos de diarios y cartas entre los personajes, la trama se ralentiza y se crea un misterio en torno a él, cuya personalidad resulta atrayente y enigmática durante toda la trama. Por algo la novela lleva su nombre impreso en el título y, además, por algo Drácula no llega a escribir ningún fragmento de los recogidos por los protagonistas: la sociedad rechaza a este ser que es tan temible, pero que puede resultar tan fascinante
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Un repaso por algunos de los diferentes actores de Drácula: Gary Oldman, Béla Lugusi y Christopher Lee
Stoker se inspiró en un personaje del siglo XV, Vlad Drakul, llamado Tepes (el empalador), un héroe de la independencia rumana frente a los turcos, y al cual alude el propio conde Drácula de un modo superficial durante una conversación nocturna que mantiene en su castillo de Transilvania con otro personaje de la novela, Jonathan Harker. Él será el primero en tener contacto con el conde al principio de la novela, yendo a esta tierra exótica, otro rasgo romántico, como agente de propiedades para venderle un caserón cerca de Londres, desconociendo los motivos de dicha compra. Sufrirá el terrible poder de Drácula. Pese a las ideas transmitidas por adaptaciones cinematográficas o series televisivas de que al conde le repugna la flor del ajo silvestre, no proyecta sombra ni se refleja en los espejos, o puede morir con la llegada del día, en la novela hallamos un ser más poderoso, cuyas debilidades, tan exageradas en el cine, están suavizadas. Por ejemplo, es capaz de pasear bajo la luz del día a cambio de estar más debilitado, controla diferentes animales, rasgo importante para ciertos acontecimientos de la novela, y tiene una fuera sobrehumana. Sus debilidades, aparte de la flor de ajo, se limitan a símbolos religiosos (crucifijos o agua bendita), aunque su muerte definitiva sólo es posible con la famosa estaca en el corazón o con la decapitación.

Jonathan Harker y Drácula en la adaptación de Francis Ford Coppola
Tras la primera parte de la obra, dedicada a las experiencias del joven Harker, nos centraremos en las vivencias de dos mujeres de la época: Mina Murray, la valerosa prometida de Jonathan, y Lucy Westenra, su sensible y enamoradiza amiga. Ambas sufrirán el acoso de Drácula, aunque con resultados bien diferentes, para suerte de una y desgracia de otra. En estos fragmentos de diarios y cartas, nos adentraremos en lo que podría parecer la semblanza de la vida burguesa de la época, con sus fiestas y relaciones pomposas. Las jóvenes se dedican a hablar del amor, especialmente la desdichada Lucy, que no sabe a cuál, de entre sus tres pretendendientes, corresponder. Este trio tendrá también su relevancia en la novela, como aventureros y enemigos del vampiro; sobre todo el doctor John Seward, quien servirá de puente hacia un sabio, su maestro, que les será de gran ayuda contra Drácula.

Christopher Lee en el papel de Drácula
Nos referimos al que se ha convertido, por antonomasia, en el enemigo del siniestro conde Drácula, el doctor Abraham Van Helsing, un científico y médico que, gracias a sus conocimientos y estudios, sabe sobre estas criaturas denominadas vampiros. Es por ello que es el único que conoce el modo más eficaz de aniquilarlos y de contrarrestar los efectos de la conversión. Será un personaje algo excéntrico y que, debido a las diferentes adaptaciones y revisiones que se han hecho, se haya desdibujado y recreado de muchas formas. En otro lado, tenemos a un personaje inquietante, aliado en principio de Drácula, pero que mostrará entereza por proteger a Mina; es Renfield, internado en un manicomio, devorador de bichos vivos y fiel seguidor del conde desde los inicios de la obra.

Anthony Hopkings y Peter Cushing como Van Helsing y Hugh Jackman como ejemplo de un distorsionado Van Helsing
En la novela, tan sobrecogedora en ocasiones y tan pausada y realista en otras, se mezclan el ambiente lúgubre con reflexiones poéticas que dan luz a su narración. El personaje, pese a su oscuridad, o precisamente por su oscuridad, ha causado admiración desde sus inicios, proyectándose su imagen al cine desde tempranas ocasiones. Nosotros hemos hablado de varias películas que parten de Drácula, como la trilogía de Terence Fisher, con Christopher Lee en el papel de Drácula en dos de las películas, a la que Patomas dedicó varias entradas: Drácula, Las novias de Drácula y Drácula, príncipe de las tinieblas. La última de las adaptaciones más populares es la realizada por Francis F. Coppola en 1992, protagonizada por Gary Oldman, y que no dudó en llamar, quizás de forma arriesgada, Drácula de Bram Stoker.


Sin duda, desde la aparición de esta novela hace ya más de un siglo, en 1897, la fría y fantasmal presencia del conde Drácula ha seguido despertando la imaginación de muchos lectores, aficionados o no a este tipo de libros, provocando en ellos una mezcla de terror y de interés cada vez que el vampiro reaparece en nuestras vidas.


Escrito por Mariela B. Ortega y Luis J. del Castillo


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