Arsénico por compasión, de Frank Capra

29 octubre, 2014

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En su autobiografía, El nombre delante del título (The name above the title; hay edición en español: T&B Editores, 1999), el realizador Frank Capra (1897-1991) recuerda cómo la filmación de Arsénico por compasión (Arsenic and old lacey, Warner Bros., 1944), quedó interrumpida por la noticia del bombardeo sobre Pearl Harbor (el 7 de diciembre de 1941), y cómo hubo de retomarse al año siguiente, pese a lo cual, la película no llegó a los cines hasta el año 1944.

Las razones no fueron en este caso “bélicas”, sino consecuencia de tratarse de la adaptación cinematográfica de una pieza teatral de 1939, escrita por Joseph Kesselring (1902-1967), que en aquellos momentos seguía triunfando sobre los escenarios de Broadway, por lo que la película no podía, por contrato, exhibirse hasta que las representaciones previstas hubieran concluido.

Pese a ello y por suerte para todos, Frank Capra decidió filmar la obra. El realizador contó además con la aportación musical de Max Steiner (1888-1971), la fotográfica de Sol Polito (1892-1960) y los efectos especiales de unos incipientes Robert Burks (1909-1968) y Byron Haskin (1899-1984).

La acción de Arsénico y encaje antiguo (según el título original) tiene lugar la víspera de Todos los Santos en un acogedor y casi atemporal barrio de Brooklyn, Nueva York, junto al famoso puente del mismo nombre (un bonito decorado recreado en los estudios Warner). Pero antes de trasladarnos allí, nos asomamos por una Oficina Matrimonial para “pescar” al soltero recalcitrante Mortimer Brewster (Cary Grant), que está a punto de abandonar la soltería gracias a la hija de un pastor, Elaine Harper (Priscilla Lane), echando por tierra todos sus anteriores y maledicentes escritos de condena del matrimonio (entre ellos una “Biblia del soltero”, nada menos). Brewster, además de escritor, es crítico teatral, lo que a la larga proporciona otro de los gags más recordados de la obra original y, consecuentemente, de la adaptación cinematográfica (volveremos después a ello).


Una vez consumado –administrativamente- el enlace, los Brewster se detienen a saludar a las dos tías viudas del escritor y para recoger los bártulos de ella, que es vecina de las susodichas, antes de poner rumbo a las nupciales Cataratas del Niágara.

Pero el viaje se verá interrumpido por el sorprendente descubrimiento de las actividades delictivas aunque muy piadosas de las tías de Mortimer. Sin entrar en más detalles, digamos que el cuadro (un cruce entre Ann Radcliffe y Francisco Ibáñez) se completa con un primo de Mortimer que se cree Theodore Roosevelt, más la inesperada aparición del hermano de Mortimer, Jonathan (Raymond Massey) y el cirujano alcohólico que lo acompaña, el doctor Einstein (Peter Lorre). A estos se irán añadiendo el director de un manicomio (el inigualable Edward Everett Horton), un taxista (Garry Owen), un juez (Vaughan Glaser), tres policías (Jack Carson, Edward McNamara y James Gleason), y por supuesto, algún que otro cadáver en el armario (en este caso, tiene bastante gracia esa alacena donde se guardan los sombreros de los finados).


Hemos de señalar que en las representaciones teatrales, el encargado de interpretar a Jonathan Brewster era nada menos que Boris Karloff. Desgraciadamente, y sin demérito hacia el gran actor que fue, el papel en la pantalla recayó en Raymond Massey, con lo que los chistes acerca de su aspecto (un remedo del monstruo de Frankenstein), más que perder sentido, pierden parte de su potencial eficacia. 

Pero si soslayamos este detalle, la película no deja de ofrecer diversión y buenos momentos, como la repentina aparición por una ventana del propio Jonathan, el momento en que este exclama “sí, puedo hablar” (debía ser tronchante escuchar a Karloff decirlo), las ínfulas literarias del policía más joven y del director del manicomio, la comparación por parte de “Roosevelt” del cementerio local con el de Arlington, la referida escena en la que Mortimer se deja atrapar por culpa de ejercer de crítico teatral, la huida del doctor Einstein, el hecho de que el primer Brewster (una familia de pocos cuerdos) arribara a los Estados Unidos a bordo del Mayflower o el brindis frustrado por culpa del sonido de una trompeta.


El acelerado regreso del sobrino pródigo se ve continuamente ralentizado por las múltiples “peculiaridades” de la familia Brewster y el resto de personajes que forman parte de la divertida e inolvidable Arsénico por compasión. Uno de ellos, el policía más veterano, al referirse a las nobles ancianas comenta que “viven como fuera de este mundo”. Podemos aplicar la descripción a la película, y en general, a todas aquellas obras que reflejan tanto el absurdo como la parte menos convencional de la vida; y que lo hacen divirtiendo.

Escrito por Javier C. Aguilera


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