Basil, el ratón superdetective, de Walt Disney Pictures

24 diciembre, 2013

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Para finales de los años ochenta, el estudio Disney había desplegado ya una serie de películas tras el fallecimiento de su fundador, Walt Disney, en 1966. Entre esos títulos se encontraban algunas piezas menores que pasaron más desapercibidas si las comparamos a los grandes éxitos que se realizaron en los años noventa desde La Sirenita (1989) hasta Tarzán (1999), pero que han estado presentes en el imaginario infantil de los niños de aquella época.

Uno de esos films fue Basil, el ratón superdetective (The Great Mouse Detective, 1986), del que hoy vamos a hablar. Varios rasgos positivos tuvieron las películas de esta época, pero una cuestión que quizás alejó de la fama tanto a esta como a su antecesora, Taron y el caldero mágico (The Black Cauldron, 1985), fue un aspecto más oscuro, con ambientes que mostraban a ratones alcohólicos, burdeles y crueldad. Además, Taron y el caldero mágico no contaba con ninguna canción y Basil cuenta con dos intervenciones musicales, lo que marca una clara diferencia con las grandes películas musicales que suponen un sello en la compañía.

Eso no quiere decir que estas películas fueran malas, todo lo contrario, son una muestra seguramente de la poca recepción que obtuvieron, o quizás también que en su momento tuvieran un destino tan malogrado, siendo completamente infravaloradas. El equipo directivo compuesto por Ron Clements, Burny Mattinson, Dave Michener y John Musker (los dos últimos formaron un tándem perfecto en La Sirenita) son los que se encargaron de este proyecto que partía de adaptar una serie de libros infantiles titulada Basil of Baker Street, de Eve Titus, a su vez un claro homenaje al célebre detective de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes.

Partiendo de esta base, tenemos entre manos una especie de thriller protagonizada por ratones antropomórficos, que adoptan la forma correspondiente a personajes ficticios o reales del Londres del siglo XIX. Tendremos, por ejemplo, el inicio de la amistad entre Basil y el doctor Dawson, correspondiente a la de Holmes y Watson, un malvado genio del crimen Ratigan en lugar del Moriarty de los relatos de Conan Doyle o la reina Ratonia en lugar de la reina Victoria, todo ello en una aventura que bien podría tratarse de un caso detectivesco más, aunque este film suponga el inicio y el fin de las aventuras cinematográficas del ratonil personaje.

Como argumento, un plan malvado para hacerse con el dominio del reino por parte de Ratigan, empleando para ello a un juguetero como Geppetto llamado Flaversham, a quien secuestran dejando sola a su hija Olivia. Esta irá en busca del conocido detective Basil, topándose en su camino con el afable doctor Dawson.


Con una duración no excesiva, solo cuenta con dos canciones principales que caen pronto en olvido, salvando quizás la relacionada con el malvado Ratigan, más pegadiza. Esta rata, por otra parte, resulta ser algo ridículo y poco carismática si tenemos en cuenta la advertencia inicial que realiza Basil sobre el ingenio y la astucia de su archienemigo. El ambiente oscuro deja también poco margen a la comedia, normalmente representada por Dawson, e incluso la torpeza del secuaz de Ratigan, Fidget, no resulta tan graciosa, atendiendo a que el personaje podría asustar más que conducir a risa. Por contraparte, la niña Olivia es motivo de empatía para el público infantil, además de resultar adorable en su inocencia y en su pérdida, como vemos que resulta ante el carácter histérico y apesadumbrado inicial de Basil.


Como curiosidad y guiños cinematográficos, el nombre del personaje principal es herencia de uno de los actores que habían interpretado a Sherlock Holmes, Basil Rathbone, fallecido en 1967, de quien también tomaron la voz de una lectura radiofónica de 1966, The Adventure of the Red-Heade League, para una breve escena homenaje. También Dawson tiene una apariencia cercana a la del actor Nigel Bruce, intérprete de Watson junto a Rathbone. El film fue, además, de los primeros en emplear imágenes generadas por ordenador, tan solo empleados en la persecución trepidante dentro del Big Ben, aunque este método ya lo habían empleado en Taron y el caldero mágico. No podemos olvidar, por último, la banda sonora realizada por Henry Mancini, el maestro compositor también de Moon River (perteneciente a Desayuno con diamantes) o la clásica música de La pantera rosa, así como los excelentes doblajes, tanto el inglés que contó con actores como Alan Young, Barrie Ingham o Vincent Price, como el español, realizado en México y dirigido por Francisco Colmenero.


En definitiva, un film algo atípico en la factoría Disney que resulta perfecto para adentrar a los niños en el cine negro de una forma amena, con una aventura que gana en el tramo final y un claro homenaje al Londres de Holmes, Jack el Destripador o, incluso, Jekyll y Míster Hyde.

Escrito por Luis J. del Castillo



La taberna del irlandés, de John Ford

23 diciembre, 2013

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Que para John Ford el cine era la verdadera familia que le hubiera gustado tener –el reflejo de un grupo sustentado más en afectos que en forzadas relaciones consanguíneas-, es algo que se pone de manifiesto en La taberna del irlandés (Donovan’s reef, 1963, Paramount Pictures), una de esas obras con las que se hace feliz al espectador.

El escenario es “Haleakaloha”, una isla de la Polinesia francesa, en los Mares del Sur. Pero antes de averiguar lo que allí ocurre, el relato nos sitúa en Boston, concretamente en el “seno” de una compañía naviera, presidido por un circunspecto “consejo de familia”. Este informa a Amelia Dedham (Elizabeth Allen), la integrante más joven, aunque igual de estirada que el resto, de la herencia que atañe a esa otra “vergonzosa” parte de (casi) toda familia, con la que se ha evitado cualquier contacto.

Esa parte es William Dedham (Jack Warden), padre de Amelia, que prefirió ejercer la medicina entre los indígenas en lugar de incrustarse en el reglamentado mundo del comercio (no por que dicha actividad fuera intrínsecamente despreciable, sino debido a ese ambiente altivo que impregna la compañía). Además, William contrajo matrimonio con una nativa, lo que, según estipula una cláusula, le incapacitaría para recibir la mencionada herencia.

Pero junto al itinerante doctor, en las islas también han hallado acomodo otros personajes, como el ex combatiente Michael Donovan, “Tío Andy” (John Wayne), una cupletista (retozona Dorothy Lamour), o André de Lage, el Gobernador de Haleakaloha (un divertido César Romero), dándose la curiosa circunstancia de que el cumpleaños de Donovan se festeja con un llamativo ritual. Básicamente consiste en el regreso de Thomas A. Gilhooley (Lee Marvin), con quien comparte celebración. Una reaparición que suele saldarse con generoso reparto de tortas y festivos soplamocos.


Antes de emprender su viaje hay un momento atractivo; aquel en que Amelia apaga la luz, mientras la cámara avanza hacia la ventana, como si ese acto ilustrara la renuncia a un estilo de vida, y de “ser”, antes de ella saberlo. Y es que de Boston a Haleakaloha hay un largo trecho, espacial y también emocional. A la larga, a Amelia le acabará sentando muy bien el aire de la isla. Incluso llegará a “comprenderla”, cuando Michael Donovan la acompañe en su jeep a conocer parte de su historia. Y es que el “tabernero” es un hombre, hasta cierto punto, instruido.

Así, parece que la permanencia en la isla ha sido siempre una cuestión de elección personal, de lealtad y cariño, más que una imposición profesional. Además del hospital y la taberna, con su máquina tragaperras “out of order”, Haleakaloha cuenta con una destartalada iglesia y unas hermosas playas, donde poder practicar el esquí acuático -¡más que acrobático!-.

De ese modo, los adustos retratos que colgaban en los despachos de la compañía naviera, se contraponen a los desinhibidos dibujos animados que pueblan Haleakaloha, y que alcanzan su expresión más gráfica en la taberna, durante la algarada “contra” los australianos, a los sones del Waltzing Matilda. Son los “familiares” mamporros, tan del gusto de John Ford, en otro ejercicio de sano humorismo.


Con su coherente y prístina gramática visual, John Ford ofrece una historia cálida y viva, en la que conviven los momentos divertidos con otros más emotivos, como son la celebración de la Nochebuena en la Iglesia, festejo “cantado bajo la lluvia”; la colocación de unas guirnaldas conmemorativas sobre las cruces del cementerio, o el encuentro con el monumento a los Caídos durante la II Guerra Mundial.

Junto a estos, destaca el segmento en que Amelia cambia su disposición con respecto a su padre: en realidad, ha estado huérfana durante todo este tiempo. Comprenderá la decisión de su progenitor y respetará su trabajo en el hospital. Durante la charla posterior que mantienen padre e hija, el retrato de la esposa fallecida cuelga tras él.


La taberna del irlandés es una fábula, no entendida como algo pueril e ingenuo, sino como un bello relato de respeto y aprendizaje, escrita por Frank S. Nugent y James E. Grant (en base a una historia de Edmund Beloin y James Michener), e ilustrada por la vivaz fotografía de William H. Clothier, la música de Cyril Mckridge y alguna que otra tempestad contra los arrecifes.

Escrito por Javier C. Aguilera


Maktub, de Paco Arango

22 diciembre, 2013

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La Navidad como tiempo de cambio, de optimismo y de reconciliación ha sido mostrada en muchas ocasiones. No nos falta ejemplos, aunque sin duda una de las más ejemplares es Qué bello es vivir (It's a Wonderful Life, 1946), de Frank Capra. En el cine español, uno de los últimos ejemplos es del año 2011 y reúne algunas características del clásico film de Capra, pero también el estilo de Antonio Mercero y su film Planta 4ª (2003), que también ha continuado Albert Espinosa en la serie Pulseras Rojas.

Sobre la Navidad y sobre un niño con cáncer va esta tragicomedia de Paco Arango con título de origen árabe. Adentrándonos en la vida de Manolo, un argentino de mediana edad, descubriremos cómo esta va a la deriva entre una crisis personal, matrimonial y familiar. Antonio, un canario de quince años enfermo de cáncer, le mostrará, con su desparpajo y su vitalidad, la importancia de disfrutar de lo que se tiene. Todo ello aliñado con una serie de coincidencias y personajes que se entrelazarán en el último tramo de la película.
Paco Arango
El director del film ya había tenido experiencia en la televisión, con series infantiloides cuya máxima representante podría ser ¡Ala... Dina! durante 2000 y 2002, aunque esta película supondría su debut cinematográfico en 2011. Paralelamente ha desarrollado una labor benéfica con la Fundación Aladina, que ayuda a niños con cáncer, precisamente este film ayudó con su recaudación a esta labor financiando mejoras en el Hospital Niño Jesús. Su trabajo televisivo marca sin duda este film, que sufre sin duda un estilo muy similar al de la pequeña pantalla, casi como un episodio piloto amplio, pero redondo en su conjunto. Sin embargo, ese detalle no debe desmerecer el resultado final, que podemos considerar cumple su propósito: crear una historia sencilla con un buen equilibrio entre drama y comedia para toda la familia, un cuento de Navidad traído a nuestro tiempo. El espectador que busque algo más, saldrá decepcionado. Por lo que nuestra recomendación va en el sentido de disfrutar de un film ligero y agradable, humano, que podrá ocasionar alguna carcajada o alguna lágrima en un desarrollo que va a más.

Uno de los defectos de la película reside precisamente en su inicio, muy flojo y aburrido, casi un esperpento, siendo principalmente la aparición de Antonio, interpretado por un dicharachero Andoni Hernández, lo que realmente mejore el film hasta el final, cuestión que también se nota a nivel de montaje. Con ese encuentro comenzarán los problemas para Manolo, un perfecto hombre gris interpretado por Diego Peretti, cuya expresividad es acorde con la parte cómica del film aunque pueda resultar sobreactuado en alguna ocasión. El resto del reparto se mantiene correcto, destacando los papeles de Aitania Sánchez-Gijón como la esposa de Manolo, Beatriz, con una personalidad algo fría, Goya Toledo como la madre sufrida de Antonio, y Rosa María Sardá, como una extraña enfermera.

Andoni Hernández y Diego Peretti
En papeles menores, Jorge García, célebre por su participación en la serie Perdidos (2004-2010) como Hurley, interpreta a un repartidor de comida mejicano con un fuerte acento mezcla de mejicano e inglés, lo que ha provocado que su interpretación resulte floja, Amparo Baró, que parece seguir interpretando a Sole, su personaje en 7 vidas (1999-2006), Mariví Bilbao, cuyo personaje hubiera merecido mayor contenido, Enrique Villén, como un solitario y curioso vecino que representa la ironía de tener un título universitario para acabar trabajando en la obra, o el resto de niños y jóvenes, incluyendo a Laura Esquivel, que se quedan cortos al lado del resto de personajes y que parecen algo descolocados.


Sobran, además, los momentos en que Arango decidió realizar un videoclip de alguna canción rapera, cuestión que no sería una molestia ni por el género ni por la escena si estuviera mejor encajada en la película, resultando especialmente bochornosa en el fragmento de la cena familiar. También destacamos como punto negativo la voz en off del inicio, cuya existencia no se cierra al final y queda completamente descolgada. Muy acertado, por el contrario, la escena junto al mar o la conversación final entre el matrimonio protagonista, en una fotografía muy navideña. Estos momentos junto a algunos diálogos que cuentan con un humor agradable y en ocasiones irónico, y la escena culmen que une a los personajes principales son de lo mejor de la película.


Fuera de estas cuestiones, la historia sabe contener un humor blanco junto a unas desgracias en gran parte suavizadas, aunque dejando entrever la gravedad del asunto y logrando emocionar sin necesidad de resultar morboso. El estilo sigue la línea de películas corales, al estilo de la célebre Love Actually (2003) o de la coetánea Noche de fin de año (2011), aunque en ningún caso se pueda comparar con la calidad de la primera ni cuente con tantas historias relacionadas como ambas. Se trata, en definitiva, de una pequeña película sensible, optimista y que merece ser vista desde una óptica inocente, quizás en la visión idónea de una Navidad.

Escrito por Luis J. del Castillo



Regreso al futuro III, de Robert Zemeckis

21 diciembre, 2013

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Hoy cerramos este ciclo con la última entrega de la trilogía, Regreso al futuro III. Sin duda, supone el fin de una saga que marcó historia en el mundo cinematográfico y la apuesta más importante para finales de la década de los ochenta y principios de los noventa. En esta última parte, a Doc se le avería el DeLorian, acabando atrapado en la época del salvaje oeste. Por su parte, Marty McFly está en 1955 cuando recibe una carta escrita por Doc en 1885. En ella, Doc le pide que arregle el coche, pero que no vaya a rescatarlo ya que en el pasado Western ha encontrado su sitio. Sin embargo, el joven McFly no dudará en ir en su búsqueda cuando descubre una trágica noticia que cambiaría el futuro de su amigo.


Sin duda, esta película homenajea al mundo del Western, el único género que no existía antes de la aparición del celuloide. La idea de que Marty terminara viajando a finales del siglo XIX fue del propio protagonista, Michael J. Fox, cuando respondió en una entrevista que le gustaría viajar en el tiempo para conocer el viejo oeste y sus vaqueros. Una afirmación que se quedó en la memoria de Zemeckis y supo rescatar con acierto para el final de esta trilogía. Además, Christopher Lloyd considera esta película su favorita de las tres por maravillarle también el mundo del western. 

La película encadena perfectamente con los últimos acontecimientos ocurridos en su predecesora; Marty se verá obligado a trasladarse cien años en el pasado a 1885, yendo a parar a un Hill Valley en construcción y en el que se encontrará con sus tatarabuelos y con el antepasado de Griff, Bufford Tannen, un temido pistolero que, como ya ocurriera en las anteriores entregas, se establecerá como el pesado antagonista de nuestro héroe.


Y es que en esta última parte encontraremos un cambio de aires, no ya sólo de época, sino también de argumento; pese a tener el elenco del reparto al completo, el cambio de escenarios y de personajes hace que las tramas se diferencien considerablemente a las dos anteriores, marcando una mejora de argumento y de versatilidad respecto a la segunda parte y recuperando, a su vez, la frescura y diversión que caracterizó a la primera parte.


En ese cambio de argumento destaca el peso que Doc gana en la trama del film, así como la relación que surge entre él y Clara (Mary Steenburgen), que puede resultar demasiado precipitada y poco creíble, pero que marca la diferencia entre el alocado científico de las dos primeras películas y el hombre que se enamora al final de la trilogía. Por su parte, Marty acaba madurando a lo largo del tiempo y siendo totalmente responsable de su futuro, gracias a que Doc le deposita el destino en sus manos. Además, hay elementos brillantes que no cambian, como los innumerables guiños al género y a personajes importantes en el futuro, como a Michael Jackson o Clint Eastwood.

Sin duda, un broche de oro para culminar una entretenida saga considerada una de las trilogías más importantes del cine.


Escrito por Mariela B. Ortega


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