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Una mente maravillosa, de Ron Howard

12 julio, 2016

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Los mundos que inventamos no tienen que envidiar nada a los mundos con los que convivimos. Nuestra realidad ha sido precisamente fuente de inspiración para multitud de creaciones y el arte ha estado ligado en gran parte de nuestra historia a la representación de esa misma realidad. 

Por ello, no resulta extraño encontrarnos la fórmula de la biografía entremezclada con cierta ficción, para crear un resultado más atractivo a los lectores o espectadores, especialmente cuando se considera digno de interés la historia vital que se nos quiere contar. No es la primera vez que nos adentramos en el terreno del denominado biopic y ya hablamos en el pasado de la considerable cantidad que se han realizado en los últimos años, pero lo es innegable que forma parte de nuestra naturaleza. 

Ya desde nuestras más antiguas creaciones narrábamos las historias en ocasiones distorsionadas de las personas que en su época lograron grandes hazañas a ojos de sus coetáneos. Sirva de ejemplo el surgimiento en la Edad Media de los cantares de gesta, entre los que destacamos al Cantar de Mío Cid. 

Pero más allá de los grandes personajes de nuestra historia, que resultan obvios como contenido a representar, encontramos otro segmento de población que resulta interesante para el público: las historias de superación, de personas que logran sobreponerse a la adversidad, especialmente cuando esta se presenta en forma de enfermedad, también aquellas que encierran una historia de amor real que también lucha contra la corriente, o incluso esos personajes que han sido partícipes de hechos bélicos a costa de su integridad personal. 

Hay muchas clases de héroes y heroínas, pero sobre estos, destaca la materia humana, auténtica fuente de nuestras creaciones y debates internos. Y claro, nos sorprenden porque no son materia de ficción, no surgieron de la cabeza de alguien, sino que pasearon por nuestro mundo, fueron realidad, y nos proporcionan esperanza. La mayoría de estas películas encierran un propósito evidente de invitarnos a soñar con un mundo mejor, aunque en ocasiones obvien la auténtica crudeza.

Russell Crowe junto a Ron Howard rodando Una mente maravillosa
Entre esas películas, encontramos diversas piezas de muy diferente valoración, como pudieran ser Despertares (Awakenings, Penny Marshall, 1990), El aceite de la vida (Lorenzo's Oil, George Miller, 1992) o la reciente La teoría del todo (The Theory of Everything, James Marsh, 2014), que sin duda guarda mayor similitud con la película que hoy reseñamos: Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, 2001). El también actor Ron Howard (1954-), que a lo largo de su carrera como director ha sido bastante irregular aunque haya conseguido atraer al público, fue el encargado de realizar esta adaptación de la obra homónima de Sylvia Nasar (1947-), que obtuvo el Premio Pulitzer por esta biografía de John Forbes Nash (1928-2015), Premio Nobel de Economía de 1994. 

La historia se plantea en tres tramos evidentes que abordan la vida de John Nash (Russell Crowe) en tres etapas de su vida. La primera nos muestra su búsqueda ambiciosa como estudiante de Princeton de una idea original para el campo de las matemáticas. Este primer segmento servirá para mostrar algunas de las características del personaje, como su timidez, su comportamiento antisocial, su ambición y su singularidad para con los números. Este segmento algo lento no se adentra en profundidad en su trayectoria académica o en su relación con las matemáticas o la economía, sino que más bien retrata al personaje que se desarrollará principalmente en el segundo y tercer tramo apuntando sus rasgos esenciales y mostrándonos la idea de que se trata de un genio capaz de visualizar ideas que otros ignoran. Como contrapunto, surge el personaje de Charles Herman (Paul Bettany), su compañero de habitación de actitud más extrovertida y libertina, y que se convertirá en un apoyo para nuestro protagonista frente al estrés y la tensión del ambiente elitista y exigente en el que se mueve. 


El segundo tramo seguramente sea el más rico en detalles y donde mejor se desarrolla la historia. Nos encontramos con Nash como profesor y genio que colabora incluso con el Pentágono. Frente a ciertos balbuceos del primer tramo, encontramos aquí a una persona más segura, pero que sigue manteniendo manías antisociales e incluso actitudes de dejadez. Frente a la historia de estudiantes del primer tramo, aquí se abren varios frentes. Hay dos principales: una trama similar al thriller de espionaje dentro del panorama de la guerra fría, con la introducción del personaje William Parcher (Ed Harris) y otra trama romántica, relevante para la última parte, que se desarrolla de forma anodina, tal y como surge. Pero, a la par, se vislumbra una posible subtrama relacionada con su papel como profesor dentro de la universidad, junto a sus compañeros, justamente de donde surge la historia romántica. 

Todo ello cobrará una importancia distinta desde la perspectiva del giro que se produce hacia el final de este tramo. No obstante, como digo en muchas ocasiones, es mejor acercarse a las películas, o a los libros, sin saber demasiado de lo que vamos a ver. Si desconocemos qué le sucede a John Nash, el giro que propone la película nos sorprenderá más. Precisamente, a partir de este momento vital de la obra, nos introducimos en otro tipo de película, en una historia de superación y convivencia con la adversidad, donde toma mayor relevancia el personaje de Alicia (Jennifer Connelly), cuyo desarrollo dramático es mejor conducido que la historia romántica entre ambos. Como sucede con Jane Hawkings en La teoría del todo, se convierte en una mujer dedicada a su marido tratando de superar la adversidad por amor, lo que al final será correspondido con el reconocimiento y la lucha de John. 


El último tramo se centra en la cotidianidad de John de forma equivalente al primer tramo, solo que ahora nos alejamos de la juventud del estudiante para adentrarnos en su madurez y vejez, una etapa de lucha que se asemeja a un drama médico o de superación. El ritmo se aletarga de nuevo al acumular fragmentos variados la vida de nuestro protagonista y no parece encontrar el momento de encontrar su cierre, a pesar de que este tramo es el que sustenta la auténtica razón de contar esta historia, más allá de los descubrimientos matemáticos de este Nobel de Economía. En definitiva, el desarrollo de un personaje con una personalidad que resulta cercana al Asperger, cuestión que nunca se menciona en la película y que desconozco si se correspondía con la realidad, aunque al final se enfrenta realmente a otro problema psiquiátrico al que hace frente gracias al apoyo de su pareja.

Ahora bien, si la idea clave que se nos muestra al final es un homenaje al amor (o al sacrificio), ¿por qué Ron Howard plantea una relación romántica de una forma tan nefasta? La historia de amor entre Alicia y John surge desde la incredulidad y lo repentino, apenas se le da importancia salvo por momentos puntuales e incluso en el último tramo se deja entrever cómo la situación ha superado a Alicia de forma dramática o se encuentra sin fuerzas para continuar amando a alguien a quien ya no sabe si ama. Y a pesar de ganar esta fuerza dramática, vuelve pronto a quedar en segundo plano cuando la película opta por regresar al entorno universitario


Howard emprende la filmación de esta obra desde una perspectiva academicista, es decir, sin grandes aspavientos ni técnicos ni artísticos, a pesar de ciertos momentos puntuales de brillantez, todo ello para que resulte sencilla y atractiva para el espectador a pesar de que la materia prima no sea tan estimulante. Precisamente, decíamos anteriormente que en ocasiones se tergiversa o se manipula la realidad con toques de ficción para aumentar el interés. Una mente maravillosa, como seguramente casi todo biopic, no puede escapar de esa manipulación inevitable que impone la mano humana que la confecciona. Una de las principales críticas que se ha establecido de forma generalizada contra la película era la introducción de datos erróneos, situaciones inventadas o entremezcladas o incluso la elipsis sobre momentos más escabrosos de la vida de Nash. 

Ahora bien, esto no solo es frecuente, sino que es lógico, dado que hay cierto espacio para la creación artística e, incluso, para aumentar el interés y la coherencia sobre la película como producto en sí mismo. De la misma forma que hacer una adaptación completamente fiel a una obra literaria es una tarea prácticamente imposible, simular o plantear la vida de un persona real en la gran pantalla supone también adoptar ciertas licencias que, sin ir contra la idiosincrasia del personaje real o de la historia que se pretende contar, contribuyan a la narrativa cinematográfica. Por tanto, no es en este apartado donde encontramos las debilidades de la película, dado que para ser conscientes de estos errores deberíamos ser conocedores de la vida de John Nash y esto no es necesario a la hora de ver la película. El punto flaco de Una mente maravillosa es su desequilibrio narrativo.

Un desequilibrio que viene marcado por varios aspectos: la inclusión de multitud de géneros (que van desde el drama romántico hasta el thriller de espionaje, como hemos mencionado) abarcando mucho para contarnos más bien poco, el desarrollo parco de algunos aspectos que tienen relevancia en otros tramos de la película y el brochazo con el que dibuja a la mayoría de personajes secundarios, incluyendo a Alicia.


Sin embargo, si funciona bien es porque logra transmitir la superación de su protagonista, en parte gracias a la actuación decidida de Russell Crowe, que conquista al personaje en su evolución mostrando sus matices, balbuceos y determinaciones. Pero no está solo, Jennifer Connelly se luce en los momentos dramáticos que le brinda la cinta, mientras que Ed Harris o Paul Bettany encarnan a la perfección los personajes estereotipados que se les otorgan. Incluso cabe valorar la aparición de Christopher Plummer en el papel del doctor Rosen, que nos muestra algunos de los equivocados métodos médicos del pasado. Como otro personaje más de la cinta, la música compuesta por el malogrado James Horner, cuya composición bebe de sí mismo, pero logra acompañar a la perfección a la cinta otorgándole una personalidad más lograda. 

En definitiva, estamos ante una obra indecisa, que muestra varios rumbos en lugar de haberse centrado en sus ideas principales. Si bien comprendemos que el primer tramo sirve para presentar al personaje, se hubiera podido omitir mostrándolo directamente como profesor y desarrollando mejor la trama del thriller, que sirve de perfecto contrapunto a la realidad en la que vive John Nash. A ello se suma un final con una acumulación de escenas donde se incluye una importante labor de maquillaje para envejecer a los personajes, lo que otorga al espectador cierta sensación de falsedad por la suma de tantos cambios repentinos. Una mente maravillosa contiene una historia de superación que siempre fascina, pero que está demasiado cargada como para que al final queda una idea firme sobre la misma.


Escrito por Luis J. del Castillo



Para el sábado noche (XXXVIII): Labios ardientes, de Dennis Hopper

24 julio, 2014

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Siempre me llamó la atención que en la fase final de su carrera, la correspondiente a la dirección más que a la interpretación -aunque también-, el trotamundos e integrante de algunos clásicos del séptimo arte, Dennis Hopper (1936-2010), decidiera emplear un lenguaje igualmente clásico, estrictamente cinematográfico, a la hora de poner en escena sus últimos trabajos, entre los que sobresale sin ninguna dificultad Labios ardientes (The hot spot, Columbia-Orion, 1990), una película realmente notable como obra fílmica y como exponente genérico de lo que conocemos como “cine negro”.

Un “cine negro” solar, bajo una luz hiriente, y en el que la aridez física del paisaje lo es también emocional; un aspecto que, además, queda reforzado por una espléndida utilización del sonido. Ese entorno destartalado nos habla de una desolación que tiene mucho de otro conocido Hopper, el inolvidable Edward (1882-1967). Lo ilustra un tristón y algo desierto night-club y una anquilosada población, perdida en mitad de ninguna parte -aunque se trate de una tierra media texana-, en la que las conocidas interrogantes ¿de dónde viene? o ¿a dónde irá?, cobran un sentido westerniano.

Nos encontramos, por lo tanto, ante un relato compuesto de actitudes y determinaciones, y finalmente de asunciones, en base al destino que cada uno se escribe así mismo.

Pero a estos elementos genéricos añade Hopper un toque de esperpento, con ese (único) empleado de banca que interpreta Jack Nance, que acude raudo al retrete cada vez que suenan las sirenas de los bomberos, junto a algún que otro apunte de extrañeza (¡ese matrimonio hebreo que salmodia en voz alta en un hotelucho!), en un claro guiño a los retratos y pesadumbres de David Lynch (1946).


En un lugar así no parece fácil conseguir muchas oportunidades, pero se pueden buscar. Así lo piensa el forastero Harry Madox (Don Johnson), de carácter franco y “ambicioso”, y enemigo de esperar sentado que le llegue una mísera pensión del estado. Entra a trabajar para George Harshaw (un estupendo Jerry Hardin) como vendedor de automóviles. Unos vehículos –pues parecen realmente vitales para los desplazamientos- tanto modernos como clásicos, que desfilan por el relato como unos protagonistas más (o al menos, como una extensión de las personas).

La atmósfera del pueblo parece dar la razón a Harry. El clima es asfixiante y el tiempo parece haberse quedado estancado, como el agua de la laguna de los contornos, o como la de la piscina a medio hacer de la mansión Harshaw. Los planos se pueblan de ventiladores, tabaco -fumado o mascado- y refrigeradores. Una atmósfera de neones diurnos y la promesa de un aire nocturno, refrescante pero viciado. Y unos protagonistas, en suma, con anhelos reprimidos, pasados ocultos y ánimos inflamables -en la línea de lo propuesto por Lawrence Kasdan en la igualmente estupenda Fuego en el cuerpo (Body heat, Warner Bros. – Orion, 1981)-, o que en fin, “conocen las debilidades de la gente”, caso del extorsionador Sutton (William Sadler).


Manejando los mecanismos e imaginería del mejor noir, Hopper hace un buen uso del consabido lenguaje encriptado, delicioso y socarrón, chispeante y dual. Asimismo, cabe destacar la buena labor del realizador durante el robo al banco o en el asesinato-ajusticiamiento de Sutton. Realmente, este último constituye la puesta en escena de un instinto de supervivencia. Anteriormente, el director nos ha mostrado a anti-héroe y antagonista divididos por el plano en el interior de un coche (seccionando el formato ancho).

Y junto al peso en presente del destino –buscado o no-, se sitúa el del pasado. Además de a Harry, afecta a Dolly Harshaw (Virginia Madsen) y a la joven y atormentada administrativa Gloria Harper (Jennifer Connelly). Solo de esta última llegaremos a conocer con certeza su pasado; de los demás, solo lo intuimos, aunque de algún modo lo conocemos. Distinguimos, por último, una evidente ironía en el hecho de que sea el personaje invidente el que, finalmente, “vea” o reconozca al asaltante del banco.

Johnson con Dennis Hopper
Basada en la novela Hell hath no fury (1953), del estupendo autor estadounidense Charles Williams (1909-1975) –no confundir con el británico del mismo nombre, igualmente un gran escritor-, Labios ardientes se beneficia, además, de la excelente banda sonora compuesta por Jack Nitzsche (1937-2000), interpretada, entre otros, por John Lee Hooker (1917-2001) y Miles Davis (1926-1991).

Tras productos más endogámicos como Buscando mi destino (Easy ryder, Columbia, 1969), cuyo retrato de un momento y una sociedad ha quedado como fijado en el tiempo, Labios ardientes se sitúa en el polo opuesto: su momento es atemporal. Exactamente lo mismo le sucedió a Truffaut, y en otro caso parecido, pero a la inversa, a William Wyler, que demostró con El coleccionista (The collector, Columbia, 1965) que sí había espacio –y tiempo- para aquellos que sabían narrar, e incluso narrar contra corriente, por encima de coyunturas más o menos masivas. Es decir, cuando pocos creían que alguien de la “anquilosada” vieja escuela pudiera proporcionar un trabajo “moderno”, Wyler lo hizo, del mismo modo que Dennis Hopper nos ofreció su obra más acabada y lírica valiéndose de recursos tradicionales. Y es que el buen manejo de los elementos cinematográficos es lo que, realmente, proporciona obras duraderas.

Escrito por Javier C. Aguilera

Noé, de Darren Aronofsky

20 abril, 2014

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En la historia del cine son varios los ejemplos de películas que extraen sus argumentos de las historias bíblicas, tanto directa como indirectamente y ocupando una parte importante de las producciones. Algunas de ellas se consideran hoy piezas clásicas, como hemos podido traer a nuestro blog en estos días de Semana Santa durante estos años, con ejemplos como Quo vadis o Los diez mandamientos. De ahí surge, en parte, la historia que trae Darren Aronofsky alred, alrededor de la historia de Noé a partir del Génesis de la Biblia pero también del Libro de Enoc.

Con estas dos fuentes y el guión trabajado entre el director Aronofsky y el guionista Ari Handel, este último amigo del cineasta desde la universidad y colaborador también en el guión de La fuente de la vida (The Fountain, 2006). Lo cierto es que el estilo de Aronosfky se ha ido puliendo con un sello propio y una forma de filmar intentando sorprender mediante el trato a la imagen, consiguiendo la atención con Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000) y triunfando con cintas como El luchador (The Wrestler, 2008) o Cisne negro (Black Swan, 2010).

El estilo puede ser aceptado o no, o gustar más o menos, pero en el caso de Noé (Noah, 2014) ha sabido combinarlo con los medios audiovisuales de las películas más comerciales y centradas en el entretenimiento. Precisamente la película brilla en esas escenas de timelapses marca del autor, como la dedicada al origen del universo a partir de la narración bíblica, pero pierde fuerza en su manera de entretener al espectador especialmente por el metraje. La cinta contiene dos claras partes definidas, la segunda más intimista y relacionada con las preocupaciones del director, mientras que la primera se detiene en la historia que todos conocemos, aunque con elementos extraídos del texto apócrifo antes mencionado.

Darren Aronofsky y Russell Crowe
Este hecho seguramente despierte la extrañeza del espectador que esperaba el relato clásico, especialmente al presentarnos un ambiente cercano a los films post-apocalípticos de los últimos años, con efectos especiales similares a las producciones de Roland Emmerich. A este ambiente se une también elementos fantásticos o cercanos a mundos de ciencia ficción, como el aspecto de los Vigilantes, el metal explosivo o las construcciones humanas, que tan solo se vislumbran desde la vida más natural de Noé y su familia, que aportan a la película un mensaje ecologista y vegetariano (anacrónico, aunque sirva para marcar la diferencia con el resto de la humanidad).

Aronofsky ofrece también imágenes atrevidas tanto en las revelaciones oníricas como para marcar la diferencia entre la vida brutal de los seres humanos y la de los protagonistas. El sufrimiento marcado por estas escenas apocalípticas dan una idea más profunda de lo que tal hecho pudo suponer en quienes lo vivieron, alejados de la suavidad con que, en la mayor parte de las ocasiones, se han tratado hechos tan cruentos como los narrados en ciertas historias bíblicas.


Frente a toda esta espectacularidad, la imagen de Dios es solventada por una completa elipsis, tanto en imagen como en voz: la interpretación de sus designios, representada normalmente como una voz, queda bajo la responsabilidad de los personajes, lo que nos lleva a la segunda parte de la película, en la que nos adentramos en la obsesión de Noé por cumplir con lo que ha interpretado, pese a la oposición de toda su familia. Russell Crowe, cuyo aspecto en la película sufre de demasiados e innecesarios cambios, especialmente en el plano facial, resuelve este papel con destreza en todos sus aspectos, pasando desde un padre de familia preocupado y atento a un fundamentalista religioso, casi un psicópata en la última parte después de haber producido grandes daños a su familia en la parte intermedia de la cinta.

Como contrapunto, la esposa de Noé, interpretada por Jennifer Connelly, que mantiene la actitud de madre entregada por encima de las decisiones de su marido, aunque ello suponga un enfrentamiento entre ambos. A su vez, los hijos, especialmente los dos mayores, Sem y Cam (Douglas Booth y Logan Lerman), se distancian de las ideas del padre por distintos motivos, añadiendo un drama familiar centrado en la autoridad del padre de familia sobre la vida del resto de miembros, todo ello en medio de la tragedia bíblica.


Otro de los problemas añadidos, y fundamentales de la última parte, es el personaje interpretado por Emma Watson, clave para la supervivencia de los seres humanos. Aunque la historia que Aronofsky trata pueda resultar interesante, su detenimiento final en esta cuestión así como sus excesivos énfasis provocan cierto aletargamiento en el film y daña el ritmo, especialmente con un final demasiado bondadoso para la coherencia de la cinta.

Una última mención a las intervenciones de Anthony Hopkins como Matusalén o Ray Winstone como antagonista y representante de la corrupción humana.


El hombre se presenta como el ser que es capaz de todo lo mejor y de todo lo peor. La obsesión por crear un mundo mejor, aunque ausente del ser humano, sobrevuela la película. Una apuesta de Aronofsky que se aleja de una adaptación para presentarse como un proyecto más original, entremezcla de fantasía, ciencia ficción y lucha entre el bien y el mal con la propia corrupción del bien por su fundamentalismo. Estos son los ingredientes que forman el arca que nos ha vendido el director en esta ocasión, visualmente atractiva, pero mal encauzada en la unión de sus distintas partes.

Escrito por Luis J. del Castillo



Un invierno en la playa, de Josh Boone

24 junio, 2013

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Los Borgens son una familia de escritores en plena fase creativa de un nuevo capítulo en sus vidas, aunque, para ello, deberán reescribir primero todo lo vivido hasta ahora.


Tres años después de su divorcio, el veterano novelista Bill Borgens no puede dejar de obsesionarse con su ex-mujer, Erica, quien decidió abandonarle por otro hombre. Bill está bloqueado, atrapado, tanto en su trabajo como en su pasado. Incapaz de asumir la marcha de su esposa, el escritor frustrado se pasa los días esperando a que ella vuelva; incluso, llega a espiarla en la casa donde vive con su nueva y joven pareja. A modo de consuelo, se vuelca profesionalmente en el trabajo de sus hijos, unos escritores todavía precoces. Su independiente hija universitaria, Samantha, que acaba de publicar su primera novela, no quiere ni oír hablar de su madre ni mucho menos del amor, rechazando toda idea de tener una relación estable. Por su parte, su hijo adolescente, Rusty, intenta encontrar su propia personalidad como escritor de ficción y, también, como inesperado novio de la típica chica popular y deseada de su instituto, pero que, a su vez, esconde serios problemas personales. Sin embargo, los Borgens se toparán con algunas sorprendentes revelaciones sobre cómo en la vida los finales pueden convertirse en inicios.

Bill (Greg Kinnear) y Erica (Jennifer Connelly)
Josh Boone, director del film, también es un artista precoz. Un invierno en la playa se trata de su ópera prima, algo que no parece deslucir la obra, ya que trata con un reparto consagrado y un guión maduro, aunque sin pretensiones. Boone logra que su historia se mantenga creíble en todo momento, y su magnífico elenco aporta toda la naturalidad y autenticidad necesarias para que la historia funcione. Un invierno en la playa cuenta con uno de los mejores repartos corales últimamente en cine; todos ellos se adentran completamente en la piel de sus personajes, retratan a la perfección ese desarraigo adolescente y consciente propio del escritor, que lo que, precisamente, les ha impedido avanzar a lo largo de su vida. Los Borgen acaban por ser una familia real, y el lazo que hay entre ellos se extiende más allá de la pantalla. 

Erica junto a su hijo Rusty (Nat Wolff)
Los diálogos rozan la ingenuidad, pero lo hacen en consonancia con la naturaleza de sus personajes, en especial de sus protagonistas adolescentes, que, como los hermanastros de Las ventajas de ser un marginado, aparentar estar de vuelta en la vida, aunque, en realidad, no hayan empezado aún a vivirla. También destacan los papeles de Greg Kinnear, el divertido pero sufrido padre de familia, y el de Jennifer Connelly, en el papel de Erica, cuya sobriedad y sentimiento van en aumento hasta el final de la historia, sobre todo las escenas que comparte con su hija Samantha (Lilly Collins), llenas de coraje y verdad.

Una tarea tan simple y, a la vez, tan complicada como crear personajes con el que el espectador pueda identificarse es un objetivo que la película cumple a la perfección. Personajes que leen, que escriben, a los que le gusta la música y que, en general, tienen intereses y metas por alcanzar; así, la historia puede disfrutarse y volar en esta hora y media como las páginas de un buen libro.

Samantha (Lilly Collins) y Louis (Logan Lerman, recientemente en Las ventajas de ser un marginado)

En cuanto a la banda sonora de la película, el tema Home, de Edward Sharpe & The Magnetic Zeros y conocido gracias a la campaña publicitaria de Peugeot, forma parte del estupendo repertorio musical que encontraremos, siendo esta la elegida para comenzar y concluir el film. Ambas escenas, la primera y la última, muestran la comida de acción de gracias de la familia Borgen durante dos años consecutivos, siendo testigos de cómo pueden cambiar las circunstancias de las personas en tan solo un año. Este detalle resume completamente la esencia de la película, en la que todo acaba encajando a la perfección.

Y así es como Un Invierno en la playa va ganando a medida que la vas descubriendo. Un padre que se resiste a perder a su esposa, la hija que encuentra en el cinismo su respuesta a la decepción por el fracasado matrimonio de sus padres, o el pequeño romántico resignado a pasar desapercibido en un mundo que no está hecho para los de su clase. Nada más y nada nuevo, pero capaz de emocionar por reunir de forma fantástica cada uno de los elementos en una película tan sencilla como esta.



Escrito por Mariela B. Ortega


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