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Noé, de Darren Aronofsky

20 abril, 2014

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En la historia del cine son varios los ejemplos de películas que extraen sus argumentos de las historias bíblicas, tanto directa como indirectamente y ocupando una parte importante de las producciones. Algunas de ellas se consideran hoy piezas clásicas, como hemos podido traer a nuestro blog en estos días de Semana Santa durante estos años, con ejemplos como Quo vadis o Los diez mandamientos. De ahí surge, en parte, la historia que trae Darren Aronofsky alred, alrededor de la historia de Noé a partir del Génesis de la Biblia pero también del Libro de Enoc.

Con estas dos fuentes y el guión trabajado entre el director Aronofsky y el guionista Ari Handel, este último amigo del cineasta desde la universidad y colaborador también en el guión de La fuente de la vida (The Fountain, 2006). Lo cierto es que el estilo de Aronosfky se ha ido puliendo con un sello propio y una forma de filmar intentando sorprender mediante el trato a la imagen, consiguiendo la atención con Réquiem por un sueño (Requiem for a Dream, 2000) y triunfando con cintas como El luchador (The Wrestler, 2008) o Cisne negro (Black Swan, 2010).

El estilo puede ser aceptado o no, o gustar más o menos, pero en el caso de Noé (Noah, 2014) ha sabido combinarlo con los medios audiovisuales de las películas más comerciales y centradas en el entretenimiento. Precisamente la película brilla en esas escenas de timelapses marca del autor, como la dedicada al origen del universo a partir de la narración bíblica, pero pierde fuerza en su manera de entretener al espectador especialmente por el metraje. La cinta contiene dos claras partes definidas, la segunda más intimista y relacionada con las preocupaciones del director, mientras que la primera se detiene en la historia que todos conocemos, aunque con elementos extraídos del texto apócrifo antes mencionado.

Darren Aronofsky y Russell Crowe
Este hecho seguramente despierte la extrañeza del espectador que esperaba el relato clásico, especialmente al presentarnos un ambiente cercano a los films post-apocalípticos de los últimos años, con efectos especiales similares a las producciones de Roland Emmerich. A este ambiente se une también elementos fantásticos o cercanos a mundos de ciencia ficción, como el aspecto de los Vigilantes, el metal explosivo o las construcciones humanas, que tan solo se vislumbran desde la vida más natural de Noé y su familia, que aportan a la película un mensaje ecologista y vegetariano (anacrónico, aunque sirva para marcar la diferencia con el resto de la humanidad).

Aronofsky ofrece también imágenes atrevidas tanto en las revelaciones oníricas como para marcar la diferencia entre la vida brutal de los seres humanos y la de los protagonistas. El sufrimiento marcado por estas escenas apocalípticas dan una idea más profunda de lo que tal hecho pudo suponer en quienes lo vivieron, alejados de la suavidad con que, en la mayor parte de las ocasiones, se han tratado hechos tan cruentos como los narrados en ciertas historias bíblicas.


Frente a toda esta espectacularidad, la imagen de Dios es solventada por una completa elipsis, tanto en imagen como en voz: la interpretación de sus designios, representada normalmente como una voz, queda bajo la responsabilidad de los personajes, lo que nos lleva a la segunda parte de la película, en la que nos adentramos en la obsesión de Noé por cumplir con lo que ha interpretado, pese a la oposición de toda su familia. Russell Crowe, cuyo aspecto en la película sufre de demasiados e innecesarios cambios, especialmente en el plano facial, resuelve este papel con destreza en todos sus aspectos, pasando desde un padre de familia preocupado y atento a un fundamentalista religioso, casi un psicópata en la última parte después de haber producido grandes daños a su familia en la parte intermedia de la cinta.

Como contrapunto, la esposa de Noé, interpretada por Jennifer Connelly, que mantiene la actitud de madre entregada por encima de las decisiones de su marido, aunque ello suponga un enfrentamiento entre ambos. A su vez, los hijos, especialmente los dos mayores, Sem y Cam (Douglas Booth y Logan Lerman), se distancian de las ideas del padre por distintos motivos, añadiendo un drama familiar centrado en la autoridad del padre de familia sobre la vida del resto de miembros, todo ello en medio de la tragedia bíblica.


Otro de los problemas añadidos, y fundamentales de la última parte, es el personaje interpretado por Emma Watson, clave para la supervivencia de los seres humanos. Aunque la historia que Aronofsky trata pueda resultar interesante, su detenimiento final en esta cuestión así como sus excesivos énfasis provocan cierto aletargamiento en el film y daña el ritmo, especialmente con un final demasiado bondadoso para la coherencia de la cinta.

Una última mención a las intervenciones de Anthony Hopkins como Matusalén o Ray Winstone como antagonista y representante de la corrupción humana.


El hombre se presenta como el ser que es capaz de todo lo mejor y de todo lo peor. La obsesión por crear un mundo mejor, aunque ausente del ser humano, sobrevuela la película. Una apuesta de Aronofsky que se aleja de una adaptación para presentarse como un proyecto más original, entremezcla de fantasía, ciencia ficción y lucha entre el bien y el mal con la propia corrupción del bien por su fundamentalismo. Estos son los ingredientes que forman el arca que nos ha vendido el director en esta ocasión, visualmente atractiva, pero mal encauzada en la unión de sus distintas partes.

Escrito por Luis J. del Castillo



Un invierno en la playa, de Josh Boone

24 junio, 2013

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Los Borgens son una familia de escritores en plena fase creativa de un nuevo capítulo en sus vidas, aunque, para ello, deberán reescribir primero todo lo vivido hasta ahora.


Tres años después de su divorcio, el veterano novelista Bill Borgens no puede dejar de obsesionarse con su ex-mujer, Erica, quien decidió abandonarle por otro hombre. Bill está bloqueado, atrapado, tanto en su trabajo como en su pasado. Incapaz de asumir la marcha de su esposa, el escritor frustrado se pasa los días esperando a que ella vuelva; incluso, llega a espiarla en la casa donde vive con su nueva y joven pareja. A modo de consuelo, se vuelca profesionalmente en el trabajo de sus hijos, unos escritores todavía precoces. Su independiente hija universitaria, Samantha, que acaba de publicar su primera novela, no quiere ni oír hablar de su madre ni mucho menos del amor, rechazando toda idea de tener una relación estable. Por su parte, su hijo adolescente, Rusty, intenta encontrar su propia personalidad como escritor de ficción y, también, como inesperado novio de la típica chica popular y deseada de su instituto, pero que, a su vez, esconde serios problemas personales. Sin embargo, los Borgens se toparán con algunas sorprendentes revelaciones sobre cómo en la vida los finales pueden convertirse en inicios.

Bill (Greg Kinnear) y Erica (Jennifer Connelly)
Josh Boone, director del film, también es un artista precoz. Un invierno en la playa se trata de su ópera prima, algo que no parece deslucir la obra, ya que trata con un reparto consagrado y un guión maduro, aunque sin pretensiones. Boone logra que su historia se mantenga creíble en todo momento, y su magnífico elenco aporta toda la naturalidad y autenticidad necesarias para que la historia funcione. Un invierno en la playa cuenta con uno de los mejores repartos corales últimamente en cine; todos ellos se adentran completamente en la piel de sus personajes, retratan a la perfección ese desarraigo adolescente y consciente propio del escritor, que lo que, precisamente, les ha impedido avanzar a lo largo de su vida. Los Borgen acaban por ser una familia real, y el lazo que hay entre ellos se extiende más allá de la pantalla. 

Erica junto a su hijo Rusty (Nat Wolff)
Los diálogos rozan la ingenuidad, pero lo hacen en consonancia con la naturaleza de sus personajes, en especial de sus protagonistas adolescentes, que, como los hermanastros de Las ventajas de ser un marginado, aparentar estar de vuelta en la vida, aunque, en realidad, no hayan empezado aún a vivirla. También destacan los papeles de Greg Kinnear, el divertido pero sufrido padre de familia, y el de Jennifer Connelly, en el papel de Erica, cuya sobriedad y sentimiento van en aumento hasta el final de la historia, sobre todo las escenas que comparte con su hija Samantha (Lilly Collins), llenas de coraje y verdad.

Una tarea tan simple y, a la vez, tan complicada como crear personajes con el que el espectador pueda identificarse es un objetivo que la película cumple a la perfección. Personajes que leen, que escriben, a los que le gusta la música y que, en general, tienen intereses y metas por alcanzar; así, la historia puede disfrutarse y volar en esta hora y media como las páginas de un buen libro.

Samantha (Lilly Collins) y Louis (Logan Lerman, recientemente en Las ventajas de ser un marginado)

En cuanto a la banda sonora de la película, el tema Home, de Edward Sharpe & The Magnetic Zeros y conocido gracias a la campaña publicitaria de Peugeot, forma parte del estupendo repertorio musical que encontraremos, siendo esta la elegida para comenzar y concluir el film. Ambas escenas, la primera y la última, muestran la comida de acción de gracias de la familia Borgen durante dos años consecutivos, siendo testigos de cómo pueden cambiar las circunstancias de las personas en tan solo un año. Este detalle resume completamente la esencia de la película, en la que todo acaba encajando a la perfección.

Y así es como Un Invierno en la playa va ganando a medida que la vas descubriendo. Un padre que se resiste a perder a su esposa, la hija que encuentra en el cinismo su respuesta a la decepción por el fracasado matrimonio de sus padres, o el pequeño romántico resignado a pasar desapercibido en un mundo que no está hecho para los de su clase. Nada más y nada nuevo, pero capaz de emocionar por reunir de forma fantástica cada uno de los elementos en una película tan sencilla como esta.



Escrito por Mariela B. Ortega


Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky

25 febrero, 2013

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Dicen que es la etapa más fascinante de la vida, pero también una de las más problemáticas. Sorprendente, oscura, optimista y mágica. Así es la adolescencia. Una época decisiva para cualquier joven y en la que, sin duda, lo último que desean es sentirse como un incomprendido más. En ese sentido, Las ventajas de ser un marginado viaja por la mente de un grupo de jóvenes muy diverso, profundizando en su forma de ser, fruto de los miedos, inquietudes y vivencias que han dejado una huella en ellos. Charlie (Logan Lerman), protagonista del film, es un chico bastante introvertido y aislado del resto de jóvenes de su edad. Por contra, es un estudiante ejemplar, lo que, desgraciadamente, le hace ser el centro de las críticas del resto de compañeros de su clase. Preocupado de lo que sus padres puedan pensar, Charlie empieza su primer año de preparatoria queriendo ser un poco más sociable y encontrar un grupo de amigos en el que verdaderamente encaje. Sin embargo, y para desilusión de Charlie, en su primer día de clase solamente consigue entablar amistad con Bill Anderson, su profesor de Literatura.


Inesperadamente, conoce a los jóvenes hermanastros Sam (Emma Watson) y Patrick (Ezra Miller), dos espíritus libres estudiantes de último curso que deciden darle una oportunidad a Charlie para integrarlo en su grupo de amigos. A partir de ese momento empieza a comprender realmente qué es ser un adolescente, y comienza un viaje hacia la madurez que le llevará a recorrer caminos nuevos e inesperados. Con ellos se siente sociable y pleno, haciéndose también amigo del resto de su pandilla, formada por Mary Elizabeth, un alma rockera y budista, y Alice, una aspirante a estudiante de cine con un curioso trastorno con la ropa. Además, se empieza a interesar por música de culto, motivado por el refinado gusto musical de Sam. Aunque, como ya se sabe, no todo es saludable en la mayoría de círculos adolescentes: Charlie empieza a beber, a fumar y a coquetear con drogas en las distintas fiestas que empieza a frecuentar.

 
Pero el film no busca centrarse en la típica historia problemática de instituto. Lograremos sentirnos identificados con la angustia que desde niño esconde Charlie, con la soledad y el propio sentimiento de búsqueda y de incomprensión que sufre Patrick y con el esfuerzo y superación que experimenta Sam a lo largo de su juventud. Además, conoceremos el primer amor de Charlie, siempre desde un enfoque realista, viviendo tanto la felicidad como el sufrimiento que le conllevará.

Como vemos, la historia de Charlie es el hilo conductor de este drama adolescente, con un guión muy sólido que encuentra su momento álgido en la amistad surgida con su nuevo grupo de amigos y con el sentimiento que en él despierta Sam. Ellos conforman un grupo singular, un espacio donde cada uno puede expresarse con total libertad y en el que logran encontrar cariño, solidaridad, compañía y diversión.


Las ventajas de ser un marginado contiene un drama muy bien abordado y sintetizado, en el cual veremos cómo se afronta y se sobrevive a la adolescencia. Stephen Chbosky, escritor de la novela en la que se basa la película y director y guionista de su adaptación, ha conseguido dar vida a sus personajes con una gran maestría, logrando trasmitir la complejidad de las historias que cada uno de ellos expresaba en su obra escrita. Huye así de la típica película de amor adolescente, sin caer ni el el morbo ni el cliché fácil, centrándose en la búsqueda de la identidad y en el recuerdo que conservamos de los momentos en los que nos sentimos infinitos.


Otro aspecto a destacar es la brillante actuación de los tres jóvenes protagonistas, Logan Lerman, Emma Watson y Ezra Miller, quienes saben hacer suyos unos personajes realistas y entrañables. Además, el encanto y el carisma que proporcionan en su interpretación logra traspasar la pantalla, haciendo que el espectador se sienta plenamente identificado con la mayoría de historias y quede prendado de unas maravillosas interpretaciones. La sorpresa de este trío de ases la encabeza Ezra Miller en el papel de Patrick, cuya naturalidad, excentricidad, coraje y generosidad a partes iguales lleva al público, sin duda, a creer y a encariñarse de su personaje. Logan Lerman, por su parte, logra conmover con su soltura y contención a la hora de desarrollar la torpeza e ingenuidad dramática del joven Charlie, como ya hiciera en el pasado encarnando al pequeño Evan Treborn en el thriller psicológico El efecto mariposa. Por último, Emma Watson enamora con dulzura y elegancia, convirtiéndose en una luchadora, consiguiendo que con la incorrecta y desinhibida Sam nos olvidemos de la impecable Hermione.


El mundo de la música y el cine tienen un gran valor también en esta película. Ambos hermanastros cuentan con un gusto musical selecto, desde David Bowie, The Smiths, The Beatles a Dexy’s Midnight Runners, que harán las delicias de los amantes de este género. Todo ello con detalles para los más nostálgicos, como el uso de los cassettes, con los que los jóvenes grababan y se intercambiaban música a principios de los noventa, o los clásicos bailes de fin de curso en el que surgían las parejas más insospechadas. Como curiosidad, durante el rodaje de la película se formó un grupo de música, Octopus Jam, formado por Ezra Miller (batería), Logan Lerman (guitarra), y Emma Watson (vocalista), junto con un grupo de invitados.


Y es que la música podría definirse como uno de los pilares básicos de la juventud, ayudando a buscar esa identidad que todo joven ansía y, sobre todo, sirviendo como lema para cualquier grupo de amigos. Es bastante resaltable cómo cada tema encaja con el momento en el que se encuentra cada personaje, complementando así cada escena. Una de las más significativas de la película y que, sin duda, se queda clavada en la memoria de los espectadores, es la protagonizada por los tres amigos atravesando un túnel montados en el coche de Patrick. En ella, reconoceremos la canción Heroes de David Bowie sonando de fondo; al mismo tiempo, Sam saldrá a la parte trasera del coche, poniéndose en pie y extendiendo los brazos para sentir cómo el viento y la velocidad atraviesan su cuerpo. Es en ese imponente ambiente cuando el corazón de los tres protagonistas grita que se siente infinito. 


Otro de los aspectos que proporciona una gran personalidad a la película es la cuidada fotografía creada por Andrew Dunn, que sabe dar a la escena un toque sombrío, nocturno, pero a la vez natural cuando es necesario, como ocurre, por ejemplo, con las escenas en las que los protagonistas representan el musical The Rocky Horror Picture Show. Todos estos detalles que curten a esta película independiente le han valido hasta el punto de ser consagrado por la crítica como un film de culto.

Y es que es notable que el escritor y guionista conoce al detalle su obra, un hecho que queda de manifiesto en la elección del reparto, de las escenas y en el cuidado y cariño que pone en cada una de las historias; aunque no desborda ni en medios ni en efectos especiales, lo hace en emotividad y sinceridad. En definitiva, Las ventajas de ser un marginado es una obra que aborda los problemas de la vida desde una perspectiva aún por desarrollar como lo es la de un adolescente. Porque seguramente veas reflejada en la pantalla una situación idéntica a la que viviste cuando tenías dieciséis años, y que acabaste olvidando cuando cumpliste diecisiete. O decidiste seguir luchando cuando llegaste al final de un túnel maravilloso. Porque seguramente dejaste de ser el héroe de tu propia vida para seguir el rumbo que la vida te indica. Por todo ello, recordarás las ventajas de ser joven otra vez.




Escrita por Mariela B. Ortega


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