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Adaptaciones (L): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2, de David Yates

04 septiembre, 2015

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Una década después concluía la aventura cinematográfica del joven mago Harry Potter tras su primera adaptación en 2001, Harry Potter y la piedra filosofal, a manos del director Chris Columbus. Un proyecto que gozó de éxito y que, como hemos podido observar a lo largo de este año, tuvo películas de calidad irregular, tanto algunas excelentes como otras más perdidas en la trama. Pasando por las manos de Columbus, Alfonso Cuarón, Mike Newell y, finalmente, David Yates, que nos trajo el final en 2011 tras dividir el último libro en dos: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2.


A diferencia del resto de películas, resulta indispensable enlazarla con la anterior, al suponer la división de un mismo libro y partir, justamente, del mismo momento en que acabó Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1 (2010). Si en aquella encontrábamos la tensión de la guerra, la batalla a nivel psicológico y cierta ausencia de momentos climáticos, en esta hallamos toda la epicidad y la magia que se ausentó anteriormente, un contrapunto de emoción e intensidad in crescendo que funciona como un clímax completo de la anterior pieza.

La aventura nos sitúa en un momento delicado para el trío protagonista. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) han logrado escapar de la mansión de los Malfoy, pero en esa huida han perdido la vida del elfo Dobby. Tras la pista de los últimos horrocruxes deberán adentrarse en dos de los lugares más seguros del mundo mágico: el banco Gringotts, donde serán guiados por el duende Griphook (Warwick Davis), y el Colegio de Magia y Hechicería Hogwarts, donde contarán con la colaboración de Aberforth Dumbledore (Ciarán Hinds) y del resto de compañeros y profesores, tanto para llegar como para provocar la marcha de los mortífagos que controlaban el castillo, con Snape (Alan Rickman) como director impuesto por Voldemort (Ralph Fiennes).


Ambas aventuras suponen un retorno al camino que realizó Harry en el primer libro o en la primera película, pero ahora oscurecido tanto en forma, pues la estética de esta película se mantiene igual que la anterior entrega, como en el fondo: ya no hay seguridad en el Callejón Diagon, tampoco en Gringotts o en Hogwarts. Incluso la presencia de Ollivander revisando las varitas sigue el esquema de la llegada de Potter al mundo mágico o el hecho de que se revele a Griphook como el mismo duende que lo atendió en su primera visita al banco.

La travesía por las instalaciones de los duendes, y primer tramo climático de la película, nos adentra en el mundo de las criaturas mágicas, con la recuperación tanto de duendes, que mostrarán la naturaleza con la que Hagrid los describió en el primer libro, inteligentes, pero nada amigables. El comportamiento final de Griphook revelará su avaricia, motivo que finalmente le condenará, en una clara resolución moral. La salida del banco con un dragón recupera a una criatura presente tanto en la primera como en la cuarta entrega, proporcionando también una de las escenas épicas puntales de la obra. Seguramente, la única que aprovecha realmente el formato 3D (junto a otra ocasión en el segundo tramo) en que se puede visualizar la película, totalmente prescindible en sendas entregas finales.


El segundo tramo, que ocupa la mayor parte del metraje, lo situamos en la guerra mágica que acontece en Hogwarts, a partir de la huida de Snape. Mientras el trío centra sus esfuerzos en encontrar y destruir la copa y la diadema que funcionan como horrocruxes, el resto de personajes se prepararán para la batalla. Comienza así el espectáculo visual principal, con la defensa del castillo y el posterior asedio del ejército de criaturas mágicas, incluyendo hombres lobo, gigantes o los dementores, y mortífagos, con Voldemort a la cabeza.

La destrucción de los objetos conlleva también el recuerdo de otras aventuras anteriores. Así, el retorno a la cámara secreta por parte de Ron y Hermione nos traslada a la segunda entrega, mientras que la conversación con la Dama Gris (recuperando a los fantasmas del castillo, cuyas intervenciones desaparecieron a partir de la tercera entrega) y la posterior búsqueda y destrucción de la diadema de Ravenclaw (de los pocos horrocruxes de los que se señala su dueño original) nos remite a la Sala de los Menesteres, lugar recurrente a partir de la quinta entrega. En ambas ocasiones, también se aporta cierto carácter definitorio: el beso entre los amigos de Harry confirma su amor y el rescate de Draco Malfoy responde al carácter ambiguo de este personaje, en consonancia con lo que ocurrirá después.


Todas estas escenas culminan con la batalla en el recinto del castillo, donde la labor de los efectos especiales hace su función completa, presentándonos un espectáculo visual y mágico que enlaza perfectamente con cualquier blockbusters de fantasía. Así podemos ver a las armaduras de piedra, a los gigantes, a los hombres lobo o a los dementores combatiendo a la vez que numerosos efectos luminosos señalan la presencia de la magia. Hay espacio incluso para la visualización de algún cadáver alcanzado por la magia oscura.

En este sentido, el ritmo de la película es acelerado, recordando en algunas ocasiones al cine bélico, incluso podemos hacer referencia, marcando las distancias tanto en forma como en fondo, a las batallas que nos dejó la trilogía cinematográfica de El señor de los anillos. Como hemos podido ver, esta última entrega es la antítesis de su predecesora, y por ello no se detiene a construir más a los personajes, sino a ir cerrando sus historias o, incluso, a ver todo lo anterior desde otro enfoque. Si observamos esta obra de forma individual, no seríamos capaces de apreciar el valor de una construcción que se realizó a fuego lento, en la cocina de la escritura de Rowling.


Como mencionábamos en nuestra reseña anterior, hay una escena clave en esta película que dentro de todo el metraje merece especial atención por ser sobresaliente en su realización y al ser un puntal de la trama. La narración del pasado de Snape aúna en la película un conjunto donde el montaje, la música y la historia se dan la mano para crear una escena única y de elevada calidad, paralela al cuento de los Reliquias de la Muerte en la Parte 1. Su carga dramática así como el giro que supone al entramado creado a lo largo de todas las películas produce otra forma de enfrentarnos a la historia que se nos ha contado. Si en un origen las ideas estaban predefinidas, al llegar a este final observamos que ya nada de lo que se creía bueno o malo lo fue realmente en su amplitud, salvo los extremos de Voldemort y Harry.

Así, Dumbledore revela en parte su pasado oscuro en estas últimas películas, a pesar de que la versión literaria es más amplia y rica al respecto, James, el padre de Harry, no resultan tan idealizado como en origen, visto ahora desde los ojos de Snape, y Harry se revela como un héroe maldito, por haberse convertido, sin querer, en una de las causas de la inmortalidad de Voldemort. Severus será el ejemplo también de cómo un héroe no es siempre el personaje más visible y querido, sino que a veces viven en las sombras, sin que nadie conozca sus buenos hechos ni sus intenciones puras.


En este sentido, debemos también alabar la actuación de Alan Rickman, que logra contener la complejidad interna del personaje; por ejemplo, en la secuencia de duelo contra McGonagall (Maggie Smith), alterada con respecto a la novela. Otros cambios en la adaptación incluyen la afirmación de que el último deseo de Snape fue mirar los ojos de Harry para recordar a Lily, decisión que en el libro era ambigua. Se prefirió un montaje poco usual en la narrativa, entremezclando tiempos y sucesos, desde la infancia hasta la madurez del personaje; decisión acertada del montaje. Un pequeño error, bastante extraño, es el recurso de una actriz para Lily Potter de niña que no tuviera el mismo color de ojos que Daniel Radcliffe, para mantener la concordancia con la célebre característica que compartían madre e hijo.

Durante el tramo final de la película, seremos testigos del último sacrificio que realiza Harry por sus amigos. La resolución de este sacrificio resulta extraña, aún viniendo adaptado del mismo libro, al ser un deus ex machina en forma de limbo, lo que atenta contra la lógica del universo potteriano; aunque exista una explicación con respecto a lo sucedido, no deja de ser paradójico este último recurso.


También veremos la defensa que realizará Neville (Matthew Lewis) de la necesidad de luchar contra el mal, con el valor de un Gryffindor ante las circunstancias contrarias y dramáticas, algo clave si tenemos en cuenta que él pudo haber sido el Elegido en lugar de Harry, así como el duelo definitivo entre Potter y Voldemort, a la vez que en otros escenarios observaremos las batallas particulares entre otros personajes o la destrucción del último horrocrux, precisamente a manos del otro niño elegido.

En estas circunstancias, suceden diversos acontecimientos a tener en cuenta. Por una parte, el gran valor que se le otorga al amor, otra constante en toda la historia. Son los casos de Narcissa Malfoy, en cuanto al amor maternal, Snape, en el amor constante más allá de la muerte, o Harry, en el amor que supone el autosacrificarse por los demás. Sin embargo, a diferencia del libro, este sacrificio final no resulta tan relevante como en el libro, dado que no otorga protección mágica a las personas por las que Potter se entrega. De la misma forma, a pesar de hacer hincapié en las Reliquias de la Muerte, la capa de invisibilidad no tiene la relevancia que debería haber tenido en esta adaptación (tan solo aparece en el tramo de Gringotts), mientras que sí se respeta todo lo relativo a la Piedra de la Resurrección y a la Varita de Sauco.


Otros cambios tienen relación a la forma en que se desarrolla la batalla final, especialmente el duelo entre Harry y Voldemort, que en este caso se sucede en varios lugares hasta el enfrentamiento final en la entrada del castillo, a solas. Resulta curioso la elección de dejar fuera de plano las muertes de personajes principales de la historia, dejando tan solo algunos guiños previos. En relación a estas dos ideas, a pesar de resultar una película espectacular en su forma para aquel que la visione, se queda corto en comparación al nivel bélico que alcanza en su formato original, la literatura, o del potencial que se podía haber usado a pesar de no estar presente en la novela. Tampoco se comprende la decisión final tomada por los guionistas con respecto a la Varita de Sauco, dado que no le permite recuperar su anterior varita como en el libro.

Así pues, aunque la película cuenta con los fragmentos más emocionantes y emotivos de la saga, está algo falta de buenas resoluciones con respecto a la acción mostrada, sobre todo si atendemos al material con el que contaba. Se nota también la ausencia de cierto luto por los fallecidos, ocasión que solo se puede entrever con el uso de la Piedra de la Resurrección, pero no con respecto a los sentimientos de los personajes que sobreviven. Es decir, pese a la buena adaptación y a la inclusión del epílogo situado años después (con la criticada decisión del maquillaje empleado), falta cierta espacio para otorgar sensación de conclusión a los acontecimientos vistos en pantalla.


En definitiva, una película complementaria que despliega la espectacularidad de la magia pero sin dejar atrás la resolución de una trama que sirve para concluir un largo recorrido: el de ocho películas y diez años de historia de un joven mago británico. Sus principales carencias se sitúan principalmente en cuestiones que no se relacionan con el objetivo directo de la película, por lo que debemos exculparla; a excepción de la conversión de Voldemort en un personaje infantilizado cuando se considera victorioso, acompasado por una interpretación de Fiennes nada satisfactoria en este punto, restando valor a un personaje que ya había sido ninguneado por la falta de contenido gracias a una pobre sexta película.

Otros errores están más relacionadas a la falta de fidelidad con las novelas, creando posibles lagunas para el espectador y, sobre todo, quedarse corta como adaptación, como ya mencionábamos con respecto a la Parte 1. Con todo, una digna conclusión cinematográfica que reivindica las ideas de toda la saga y que, frente a la humanidad de su primera parte, despliega toda la fantasía que supone la versión al cine de Harry Potter.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLVI): Harry Potter y el misterio del príncipe, de David Yates

16 julio, 2015

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Yates asumió definitivamente la dirección de las últimas adaptaciones cinematográficas de la franquicia del mago Harry Potter, para descontento de quienes no encontraron en el director a alguien tan capaz como lo fue Alfonso Cuarón en la tercera entrega de la saga, Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004). La anterior película, Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) asumía la adaptación del libro más largo y, por lo observado, de los menos apreciados de la saga, por lo que, a pesar de contar con una correcta producción cinematográfica, que no alcanzaba cotas elevadas, se le disculpó por el material a adaptar y el cambio no ya solo de director, sino también de guionista.


Ahora bien, Harry Potter y el misterio del príncipe (2009, errónea traducción de lo que debería haber sido Harry Potter y el príncipe mestizo) reforzaba los factores más negativos de la anterior adaptación restándole valor a los elementos tan apreciados de la aventura mágica que a tantas personas atrajo. A pesar de estar ante una película que repite en su corrección técnica, en unos efectos especiales buenos y en una dirección tan correcta como anodina, observamos sobre todo una obra desperdiciada, tanto como adaptación como en su singularidad cinematográfica.

A diferencia de las cuatro primeras entregas, a partir de la quinta comenzaba toda una aventura completa y no autoconclusiva relativa a la guerra contra Lord Voldemort. Ya mencionamos que la anterior entrega marcaba el inicio de esa guerra con un capítulo dedicado a la incertidumbre del regreso del mago oscuro y a la manipulación política. En esta ocasión, la sexta entrega ofrece diversas perspectivas: la sensación de peligro ya explícito en la antaño segura Escuela de Hogwarts, la persecución de los mortífagos con la opresión al mundo mágico en general, la organización de las fuerzas tanto aliadas como enemigas y, por último, el necesario conocimiento del rival para afrontar la futura lucha. Todo ello en medio de un nuevo curso escolar, con sus tensiones académicas y personales, incluyendo en este caso las necesidades amorosas.

El error crucial como adaptación es invertir la importancia de todos estos elementos, ofreciendo una obra que se centra generalmente en las idas y venidas de las relaciones amorosas adolescentes que en el ambiente bélico y, principalmente, la formación más lograda de un villano como Voldemort, cuya historia queda reducida y, por tanto, caricaturizada.


La historia nos lleva al sexto año escolar en Hogwarts, momento en el que Harry (Daniel Radcliffe) acompañará a Dumbledore (Michael Gambon) en el descubrimiento del pasado de su mayor enemigo, Voldemort, para descubrir de dónde proviene su inmortalidad y poder derrotarlo. Además, ello contribuirá a fortalecer los lazos entre mentor y alumno tras los acontecimientos del curso anterior. De forma paralela, los protagonistas se ven envueltos en las intrigas de romances y querencias, aumentando la atracción hacia otras personas así como los desencuentros entre sí, especialmente entre Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson). Mientras prosiguen de esta forma su aventura, Draco Malfoy (Tom Felton) se ve empujado a ocupar el puesto de su padre entre los mortífagos, asumiendo una tarea encomendada por el señor oscuro que le supera, pero a la que hará frente con la protección del profesor Snape (Alan Rickman).

David Yates evidencia las tramas de Malfoy y de los líos amorosos por encima de la relativa a Voldemort, que, en realidad, era lo fundamental en la obra literaria que adapta. Por esta razón, encontramos una película cuyo guion está desequilibrado, forzando situaciones de amor adolescente de forma ridícula e incoherente con la evolución ofrecida hasta ahora. Es más, se inciden en personajes nuevos y el romance entre algunos personajes, como Harry y Ginny Weasley, se fuerza sin un desarrollo más pausado (aún más si recordamos que en la anterior película el protagonista estaba enamorado de otro personaje, Cho Chang, que desaparece por completo en esta entrega). El personaje de Ron es también vapuleado por las circunstancias que se le ofrecen y el plantel del trío protagonista no ofrece su mejor papel en esta cinta.


Por el contrario, lo relativo a Voldemort resulta más interesante, pero demasiado espaciado y limitado en comparación al tiempo que se dedica al resto de temas. Precisamente, se reduce a la trama de convencer a Horace Slughorn (Jim Broadbent) de actuar por el bien, ofreciendo algunas escenas interesantes, como el recuerdo a la madre de Harry, frente a otras ocasiones insulsas, como la cena privada en sus dependencias. Además, hay una falta de misterio (contradiciendo el título que se le ha dado) con respecto a las intenciones de Malfoy o sobre la existencia de los horrocruxes (a pesar de ser una trama reducida), resultando excesivamente evidente, contra la idea que siempre ha desarrollado la saga de jugar con las apariencias. Ni siquiera la cuestión del libro de pociones del príncipe mestizo, uno de los ejes importantes de la novela, se ahonda de forma lograda: la revelación de la identidad de este personaje podría haber resultado más interesante si la película se hubiera esforzado por plantear más interrogantes sobre el misterioso libro, cuya presencia es efímera. 

El tramo final muestra las debilidades de no solo una mala adaptación, sino una película mal desarrollada, que no logra un clímax potente, algo que se agrava si tenemos en cuenta que el guion dejó fuera hechos tan relevantes de la novela como la batalla en la Torre de Astronomía o un merecido funeral. El primer caso se podría entender como una decisión de no ensombrecer la batalla final de la última película, pero el segundo no tiene sentido, ya que no permite una adecuada proyección de las emociones provocadas por un acontecimiento tan relevante en la vida de todos los personajes.


Estos dos hechos, que fácilmente se hubieran podido introducir en la película, se unen a los cambios que esta adaptación introduce, principalmente eliminando elementos. Partimos, por ejemplo, del inicio de la película, evadiendo a la familia Dursley y añadiendo una escena en una cafetería sin demasiado sentido, salvo para acentuar precisamente el carácter más amoroso/hormonal de la película. También queda eliminado lo referente al nuevo ministro de magia, lo que impide incidir en el ambiente hostil y de temor, aunque se trata de suplir con el ataque a la Madriguera (un añadido que resulta contraproducente con los sucesos de siguientes obras; aunque añade emoción y opresión a la parte inicial de la película).

La falta de profundización en el personaje de Voldemort a través de los recuerdos deja fuera acontecimientos importantes de la vida de este personaje para comprender mejor al villano. Es más, las únicas dos escenas que se rescatan nos ofrecen la imagen de una persona malvada desde su infancia, pero sin ahondar en cómo avanzó su forma de ser a lo largo del tiempo. También falta cierta relación con la película anterior, donde una muerte relevante se completaba con la herencia en esta, aunque se omite. Por otra parte, y como se hizo patente en toda la saga, quedan eliminadas las tramas de elfos domésticos.


Al final, el proceso para hacer cada vez más oscura la franquicia prosigue, aunque en esta obra sea más una cuestión estética que por desarrollo argumental: la imagen con mayor contraste y colores intensificados, pero con un velo oscuro que ensombrece la escena y empalidece a los actores. Por otra parte, no hay ninguna intención artística más allá del traslado de una historia a la pantalla, a diferencia de la magnitud alcanzada por Cuarón en la relación entre el escenario natural y la película.

En conclusión, Harry Potter y el misterio del príncipe se pierde por un camino indeseado tanto por lectores como por espectadores, ofreciendo una visión de la historia cuya estética es más oscura que las tramas que más se desarrollan en su argumento, a pesar de que el libro base ofrecía material para crear una contundente historia en torno al villano principal. Una oportunidad desaprovechada que nos arroja una película mediocre dentro del nivel de la saga.



Adaptaciones (XLV): Harry Potter y la Orden del Fénix, de David Yates

15 junio, 2015

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La oscuridad llega a la saga cinematográfica de Harry Potter con su quinta entrega, la primera en la que dejamos atrás tras la bisagra que supuso la cuarta entrega, Harry Potter y el cáliz de fuego (2005), comenzando el proceso final hacia la última batalla y se contrapone a la calidez de las dos primeras películas de Columbus para adentrarse en un proceso que se asemeja a los tonos más oscuros alcanzados por Cuarón y por Newell, especialmente lo alcanzado en el cementerio al final de la anterior entrega. El encargado de esta obra fue David Yates, que se encargaría del resto de la saga hasta su conclusión.


El director británico había realizado capítulos de series y algunas miniseries y telefilmes hasta su llegada a la saga del mago, aunque predominaba entre lo que había realizado el tratamiento a temas como la corrupción o las intrigas institucionales. Estas cuestiones se relacionaban con la trama de esta entrega, aunque al final el director continuaría hasta el final, siendo el director con más películas de la saga realizadas, incluyendo el futuro spin off a estrenarse en 2016: Animales fantásticos y dónde encontrarlos.

David Yates dirigiendo Harry Potter y la Orden del Fénix
El argumento de Harry Potter y la Orden del Fénix (2007) nos sitúa ante una doble opresión: el escarnio público al que es sometido el protagonista y la amenaza que pende sobre los personajes debido al retorno de Lord Voldemort (Ralph Fiennes). En este estado, nos encontramos a Harry Potter (Daniel Radcliffe) situado justo en el lado contrario al que nos ha tenido habituados: solo y con muchas dudas. Si ya en el pasado fue tentado con la oscuridad, en este caso se ve envuelto en ella por el odio de quienes temen el retorno de Voldemort, como es el caso del Ministerio, que lleva a cabo toda una campaña de manipulación mediática y control estatal sobre Hogwarts, como de quienes están a favor del Mago Oscuro. Pero también se verá marginado por quienes lo apoyan: si la esperanza reside en la Orden del Fénix, antigua compañía que ya luchó contra su enemigo y a la que pertenecieron sus padres y muchas de las personas a las que quiere, este se verá rechazado y desterrado al ostracismo, algo especialmente crucial por parte de Dumbledore (Michael Gambon), que había sido su mentor y guía hasta el momento.

Las primeras secuencias nos remiten precisamente a la opresión que sufre Harry en ambos sentidos: lo vemos acosado por los muggles y atacado por dementores. El mundo mágico había sido su refugio, sin embargo, ahora se verá maltratado por la justicia ejercida por el Ministerio y, posteriormente, despreciado por sus compañeros de Hogwarts ante las acusaciones de los medios de comunicación. Aunque cuente con el apoyo de Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), lo cierto es que Potter estará más señalado que nunca, en un proceso ascendente desde lo que se pudo observar en la anterior entrega, cuando todos lo culpaban de haber realizado trampas con el cáliz de fuego. El enfado y la desconfianza en el resto serán las reacciones que tenga nuestro protagonista, ahí veremos cómo grita a sus amigos cuando se entera de que han colaborado con la Orden del Fénix sin informarle ni mantener contacto con él en todo el verano.


Esta situación crea una tensión en Harry que se traduce tanto en el alejamiento de sus compañeros, con una soledad impuesta por su contexto y por sí mismo, como en una rebeldía de la que hará gala contra determinados profesores, incluyendo a Dumbledore. Entre las personas que, por el contrario, se acercan a él, se encuentra Luna Lovegood (Evanna Lynch), que por su particular forma de ser resulta poco consuelo para nuestro protagonista, pero un interesante apoyo. En cierto sentido, todo lo que le sucede a Potter también le hace dudar de su papel ante las circunstancias a las que se enfrenta y, como descubrirá más adelante, sobre si está preparado o no para enfrentarse a Voldemort si, después de todo, están íntimamente relacionados. Este es uno de los aspectos más suavizados con respecto a la novela, que dejaba al protagonista aún más aislado y con brotes de ira más usuales, especialmente por el esfuerzo mental que le suponían las clases de oclumancia de Snape (Alan Rickman), que, por otra parte, están reducidas en la adaptación cinematográfica. Precisamente, todo el estado mental en que se sitúa nuestra protagonista lo pone en alerta con su entorno y será lo que desencadene los últimos sucesos de la película.

Por el contrario, su autoestima se recupera cuando crea el Ejército de Dumbledore como forma de contrarrestar el control gubernamental ejercido por el Ministerio en Hogwarts y, a la vez, ayudar a sus compañeros a adquirir habilidades mágicas defensivas. El personaje que representa el dominio del Ministerio y que se convierte en un enemigo más para Harry es Dolores Umbridge (Imelda Staunton), una mujer que representa los valores contrarios en los que han sido educados los alumnos durante los anteriores años, a excepción de los Slytherin, que se convertirán en sus lacayos. Como observaremos, detrás del tonos rosa chillón y de un cuerpo rechoncho y bajito, se halla un personaje altivo, puritano, vanidoso y arrogante, con actitud despectiva hacia las criaturas mágicas, en una especie de racismo que incluye a los magos nacidos de muggles y con un odio particular por Harry y todo lo que representa, especialmente al considerarlo un enemigo del Ministerio y de su adorado ministro.


Sus métodos habituales serán la represalia, la continua creación de leyes rígidas y excesivamente severas, y el regreso al castigo físico. No en vano toma posesión del título de Suma Inquisidora y se encarga de evaluar a los profesores por encima de la autoridad del director, al que cada vez va restando más poder. Para el espectador fiel a la saga, la imagen de Hogwarts como hogar cálido y abierto se ve alterada en una especie de internado de métodos educativos anticuados y medidas dictatoriales. La escena de la huida de los hermanos Weasley, con unos efectos especiales decentes, sirve para mostrar la necesaria lucha contra estos sistemas injustos, dejándonos, además, uno de los momentos más agradables de la película.

Esta es la trama que mejor se desarrolla durante la película; no en vano, Yates estaba acostumbrado a tratar con obras de contenido político y, aunque en ocasiones le otorga un carácter cómico, especialmente a través del personaje Filch (David Bradley), logra transmitir la opresión que ejerce Umbridge con algunas escenas clave que desarrolla de forma muy efectiva a partir de los acontecimientos del libro: el castigo con una pluma que escribe con la sangre de quien la usa, el despido de una profesora, su desprecio ante Dumbledore, a quien interrumpe y amenaza en cuanto tiene ocasión, o los interrogatorios al alumnado, incluyendo el uso de pociones de la verdad (en un adecuado cambio con respecto al libro para impedir la introducción de nuevos personajes y otorgar mayor dramatismo a un personaje denostado en contenido a lo largo de la saga cinematográfica).


Por todas estas cuestiones, estamos ante una obra más dramática, que aún contiene momentos dedicados al humor y con la amistad como principal motor, pero que centra su atención en las tensiones en las que vive Harry. Una buena muestra es la sesión de oclumancia con Snape en la cual revisamos distintos momentos del pasado a través de secuencias de las demás entregas, que se contraponen perfectamente a su situación actual: el recuerdo de sus padres muertos ante el espejo de Oesed o los momentos de celebración junto a Ron y Hermione se contraponen al sufrimiento que le ocasionan las visiones oníricas de Voldemort y su serpiente. Se recrea así un clima inquietante desde el inicio de la película hasta la batalla que se muestra al final.

Además, la película va de menos a más, incluso en la muestra de defectos cinematográficos. La secuencia inicial donde discuten Harry y su primo poca relación tiene al nivel de coreografía alcanzado en las batallas entre magos, mejor preparada y filmada que el uso de primeros planos y fotografía plana de ese principio. La preparación del tramo final muestra un interesante despliegue de efectos y una acción mágica que da buena muestra de lo que se esperaría en un enfrentamiento entre magos y la utilidad de todo lo que los personajes habían estado aprendiendo hasta el momento. Toda esta secuencia se complementa con dos escenas de auténtica impacto: la primera, dramática, en la que se prefiere el silencio y cierto efecto de cámara lenta, que representa perfectamente el quiebre del protagonista, y la segunda, un auténtico duelo entre dos poderosos magos, que finaliza con la representación más pura del terror de Harry a llegar a ser como Voldemort.


Como adaptación, aunque logra introducirnos en un ambiente más hostil y con el que conviviremos hasta el final de la saga, como lo hace notar el emblema de la Warner cada vez más oscurecido, lo cierto es que pesa bastante la reducción del libro más largo a la adaptación más breve (debemos tener en cuenta que a pesar de ser la segunda película más breve de la saga, la primera es, precisamente, una de las dos partes en que se dividió el último libro al ser adaptado). Debemos mencionar en este apartado el cambio de guionista, ocupándose en este caso Michael Goldenberg en sustitución de Steve Kloves, que volvería a la saga para el resto de películas. Aparte de lo que se alteró con respecto al libro, debemos mencionar el hecho de que se llegaron a omitir cerca de cuarenta minutos de grabación durante el montaje; algunas de estas escenas se recuperaron en la versión extendida del DVD.

Centrándonos en las modificaciones como adaptación, debemos apreciar que se pierde tanto dramatismo como acción. Que a estas alturas se elimine la trama de los elfos domésticos, no nos debe extrañar, de la misma forma que la presión gubernamental no requiere finalmente de la presencia de la periodista Rita Skeeter, perfectamente suplida por Dolores Umbridge. Sin embargo, se echa en falta la visita al Hospital San Mungo durante la Navidad, especialmente para ahondar en la historia de la familia de Neville Longbottom (Matthew David Lewis), por la que se pasa por encima, gracias entre otras cosas a la introducción de Bellatrix Lestrange (Helena Bonham Carter), pero que, además, añadiría más peso a la tensión interna de Potter, pues apenas queda apuntada la idea de que el hecho de que Harry sea el niño que sobrevivió fue, finalmente, decisión de Voldemort, al escoger entre él y Neville.


Es más, la búsqueda de la Profecía, que es parte esencial de la trama de esta película, se completa en el drama con esta omisión y en la acción con la secuencia, mucho más larga y con variados efectos en el libro, del combate contra los mortífagos en el Ministerio. En cuanto a lo que se elimina, también desaparece el quiddictch, aunque al principio tenemos una bonita escena de viaje en escoba por Londres, y todo lo relativo a las nuevas responsabilidades escolares de Ron y Hermione, que en la película no son nombrados prefectos. También lo relativo a los exámenes TIMO queda muy reducido, como en general todo lo relacionado con lo académico desde las explicaciones generales de la primera película.

Para solventar en cierta medida la ausencia de ciertos elementos que aumentaran la tensión, se optó por dar mayor preponderancia a Sirius Black (Gary Oldman), potenciando además la confusión de Harry con James, su padre, de forma que exista un distanciamiento entre lo que necesita su ahijado según la Orden del Fénix y lo que Black ve en él: su fiel compañero y amigo que fue asesinado por Voldemort. El momento clave será durante una secuencia de acción en la que, de forma directa, llame James a Harry, algo que no sucedía en los libros y que le otorga un carácter distinto al personaje, pero bastante apropiado para lo desarrollado en la película.


Entre otros elementos, podemos mencionar el ámbito musical. Nicholas Hooper sustituye a John Williams en la composición, aunque sigue sus pasos e imita el estilo creado por Williams para la saga, principalmente en la tonalidad general y en los recursos que empleó en anteriores entrega, recuperándolos dentro de la nueva composición. Esto otorga un sentido unitario en el campo musical a la saga. No obstante, Hooper no tiende a lo melódico; precisamente las melodías que usa son heredadas de Williams, siendo esencial el tema principal que representa a la franquicia. Y su estilo es más sencillo que el empleado por otros compositores, con algunos temas de corte minimalista, cierta tendencia a ritmos veloces y la incorporación de elementos electrónicos.

En conclusión, el resultado de esta película es una obra que abandona las aventuras autoconclusivas de las otras entregas para introducirnos en un proceso bélico que comienza con una guerra fría. Esto provoca tanto un giro en la forma de tratar a los personajes como en el tono de narrar la historia. Yates no se queda atrás de sus compañeros, pese a no ser tan reconocido, y solventa con eficacia la adaptación, con una dirección correcta y una buena composición dramática en suficiente equilibrio con un humor demasiado evidente y una acción fresca, diferente a lo desarrollado hasta el momento, pero que no alcanza cotas artísticas relevantes.



Adaptaciones (XLI): Harry Potter y el cáliz de fuego, de Mike Newell

05 mayo, 2015

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En cuestiones cinematográficas, Alfonso Cuarón logró con Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004) elevar el nivel de la saga con aspectos más artísticos en el séptimo arte, pero también tomó la decisión de realizar tan solo una de las entregas, cediendo pronto el testigo a otro director que trató de seguir sus pasos en ciertos aspectos, pero que no logró igualar la proeza en su totalidad. Nos referimos al director Mike Newell y a la única entrega que dirigió de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). 


Newell tenía una interesante trayectoria tras de sí, con películas en los noventa como Cuatro bodas y un funeral (1994) o Donnie Brasko (1997), aunque realmente ha sido un director algo irregular. Tras participar de manera entusiasta en la saga del joven mago, ha realizado otras adaptaciones cinematográficas tanto de libros, como El amor en los tiempos del cólera (2007) o Grandes esperanzas (2012), como de videojuegos, tal fue el caso de Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo (2010). 

Hasta el momento, habíamos contado con dos películas de corte clásico y aventuras infantiles y fantasiosas de la mano de Chris Columbus, donde la oscuridad se reflejaba en una presencia debilitada de Lord Voldemort, y con Alfonso Cuarón llegamos a la bisagra en la película que más ahonda en el crecimiento del personaje principal como preadolescente dubitativo ante los cambios, al menos en un tono serio y reflexivo. Mike Newell y el guionista Steve Kloves (encargado de los guiones de todas las entregas, salvo de la quinta, Harry Potter y la Orden del Fénix) optaron por recortar la historia, algo obvio dado el tamaño del volumen de Rowling, pero creando por ello una obra fragmentada en su desarrollo, pero no por la ausencia de elementos (muchos y de diverso calado), sino por cómo están construidos los que se han presentado.


Se inicia la película con una imagen onírica que se relaciona con Lord Voldemort y sus planes para retornar a una posición de poder. Tras esta secuencia, comenzamos con el despertar de Harry (Daniel Radcliffe) en una introducción donde se omite a los Dursley (por primera vez en la saga cinematográfica) y, posteriormente, todo el desarrollo del partido final del Mundial de Quidditch, presentándonos un comienzo avanzado en la trama sin una explicación para el espectador. Tras los sucesos oscuros relacionados con la Marca Tenebrosa, se embarcan en un regreso a Hogwarts donde la amenaza pende sobre ellos: el Torneo de los Tres Magos, lleno de pruebas peligrosas y prohibido a los alumnos menores, escoge en esta ocasión a través del cáliz de fuego a cuatro miembros, pese a que solo participan tres escuelas de magia. Este seleccionado es Harry Potter, para sorpresa de los presentes y de sí mismo. A partir de ahí, tendrá que luchar por sobrevivir en el Torneo sin saber que se encamina hacia su reencuentro con el mago oscuro más temido de todos los tiempos.

A nivel de dirección y producción, destacan precisamente las escenas relativas a la acción: el enfrentamiento con el dragón (más emocionante y espectacular en la película), el rescate acuático, el tramo del laberinto (aunque no se aprecia la dificultad de este frente a las otras dos pruebas) y toda la trama del cementerio son de lo más destacable de la película y, sin duda, recuperan la fuerza y el carácter del universo de los libros. 


Lamentablemente, todo lo demás se desvía hacia otras lides poco interesantes, salvando algunos momentos, como la clase de Ojoloco Moody (Brendan Gleeson) en torno a las maldiciones imperdonables (descubrimos las armas de los mortífagos y lo podemos relacionar directamente con el Avada Kedavra que Lucius Malfoy estuvo a punto de realizar contra Potter al final de la segunda entrega) o la fiesta del baile escolar, tenemos serios tropiezos, por ejemplo, con cambios en personajes tan relevantes como Dumbledore, que se muestra torpe e histriónico en varias ocasiones, o la inclusión de una trama amorosa que, aunque está presente en los libros, no se desarrolla de manera adecuada en la película. Faltan diálogos que nos otorguen la sensación de que Harry siente algo por el personaje de Cho Chang (Katie Leung) y no es una simple atracción, donde incluso se introducen algunos elementos de torpeza humorística que nos otorgan la sensación de vergüenza ajena (como cuando se le derrama el agua) frente a otras mejor llevadas (los nervios al pedirle salir en el baile).

Precisamente, la maduración de los personajes iniciada en la anterior película se ve interrumpida aquí por una infantilización de sus comportamientos. Por ejemplo, en la escena del ensayo del baile no parece existir una reacción de miedo ante lo desconocido o de modestia, sino una falta de atracción más propio de una edad más corta. Incluso la brecha que se abre entre Ron (Rupert Grint) y Harry nos lleva a escenas y diálogos absurdos, mencionamos aquí la escena en que Hermione (Emma Watson) se convierte en su particular correveidile, desaprovechando la primera ocasión en que existe por fin una distancia entre el trío protagonista desde su formación en la primera película. Lo que mejor funciona en estos casos son las interpretaciones en la parte sutil que permiten las escenas, como la forma en que funciona la relación de Hermione y Harry mientras Ron se mantiene aparte.


En este sentido, podemos fácilmente pensar que salvando las tramas del Torneo de los Tres Magos (aunque en ciertos aspectos faltan explicaciones para el espectador que no sea lector) y de Voldemort en el tramo final, el resto de historias que se aprovechan como adaptación fallan en su desarrollo, con un humor añadido que no funciona en exceso (rescatamos la escena de los gemelos Weasley con el cáliz de fuego o algunas escenas de Neville [Matthew Lewis]) y donde aunque vemos a Harry solo, al contar al principio con el rechazo de prácticamente todo el colegio, no notamos realmente la sensación de que esté mal, tan solo leves enfados y la ausencia de la melancolía que anteriormente había mostrado (ahí tenemos como ejemplos la escena que Columbus planteó cuando Harry pasa su primera noche en Hogwarts en la primera entrega o las conversaciones entre Lupin y el joven mago en la tercera).

También se desvirtúa el comportamiento de otros personajes, como el caso nombrado de Dumbledore, o se ridiculiza a otros, como Filch (David Bradley), innecesariamente. Otros quedan retratados con brocha gorda. Ahí tenemos a los otros tres magos que participan en el Torneo, siendo especialmente sangrante el caso de Cedric Diggory (Robert Pattinson), que debíamos ver como un rival para Harry, pero del que apenas se nos ofrecen más que esbozos en algunas escenas (aprovechamos para mencionar aquí el hecho de que tanto Diggory como Chang deberían haber aparecido en la anterior entrega según los libros, aunque ello no sea excusa para que tanto uno como otro no se desarrollen en esta película). Aún menos presencia que Diggory, la que se otorga a los participantes de las otras escuelas, con apenas presencia en escena: Victor Krum (Stanislav Ianevski) y Fleur Delacour (Clémence Poésy).


Algo similar sucede con los profesores de Hogwarts, que ven su papel reducido prácticamente a escenas humorísticas o con poca importancia, como McGonagall (Maggie Smith), Snape (Alan Rickman) o Flitwick (Warwick Davis). Algo similar sucede con nuevos personajes, cuyas tramas o bien se han reducido con respecto al libro o bien apenas se esbozan. Por ejemplo, de Igor Karkarov (Predrag Bjelac) se sospecha levemente sobre su bando al ser un antiguo mortífago (como se revela mediante un flashback oportuno gracias a un objeto mágico, el pensadero) y la película induce a pensar que él pudo ser el responsable de meter a Harry en el Torneo con un par de escenas, aunque realmente nuestros protagonistas no se embarcarán en otra aventura de investigación en torno a esta cuestión como hicieron en antiguas entregas; aunque el espectador atento podrá atar cabos fácilmente gracias a las pistas que ofrece la obra. En este sentido, el género de la película deja ser tan negro adentrándose más en el aspecto de la aventura. Debemos tener en cuenta, además, que si la anterior entrega funcionaba como bisagra, esta cuarta es justamente la que va a posicionar la saga hacia una dirección diferente gracias a su final, que siembra el inicio de la trama que se trabajará en el resto de películas. Además, así se deja intuir en el cierre de esta obra.

Hay otras subtramas que se trabajan en la película, como, por ejemplo, la historia de amor entre Hagrid (Robbie Coltrane) y Olympe Maxime (Frances de la Tour), en la que, sin embargo, no se profundiza ni se llega a ofrecer una conclusión, impidiendo acercarnos al problema de identidad que tiene Hagrid como semigigante, algo a lo que nos acercaremos en la siguiente entrega, pero que aquí se desaprovecha pese a llegar a introducir a Olympe y esta subtrama. Algo similar sucede con la prensa sensacionalista de Rita Skeeter (Miranda Richardson), un personaje irritante tanto en los libros como en la película, aunque su presencia sea más amplia en los primeros. Representa, sin duda, lo peor del periodismo y permite una crítica a esta forma de crear mentiras y manipular la verdad de cara a la opinión pública. Este aspecto se trabaja aún más en la siguiente película, pero sin el regreso de este personaje, que ve así disminuida su importancia en la saga cinematográfica.


Precisamente, otras tramas que se quedaron fuera de la entrega cinematográfica, aunque estuvieran presentes en los libros, tienen relación con temas sociales o con el desarrollo de personajes y tramas relevantes. Por ejemplo, se excluye todo lo relativo a los elfos domésticos y a la defensa de su libertad, y de la del resto de criaturas mágicas, que emprende Hermione en esta historia y que tendrá cierta presencia en el resto de la saga literaria; con ello se hubiera retomado el tema de la esclavitud en el mundo mágico que ya se dejó ver en la segunda entrega, aunque a nivel de argumento no se echa en falta y la intervención de algunos de estos personajes es sustituida fácilmente por otros. De la misma forma, no se hacen referencias claras a la seguridad ni a la realización de las pruebas del Torneo, saltándose así la intervención de Bill Weasley, por ejemplo, o la aparición de nuevas criaturas mágicas en el laberinto, así como todo lo relativo a la preparación de Harry en materia de hechizos con ayuda de sus amigos, saltándose así el momento en que aprende el hechizo Accio, cuya relevancia es vital en la primera prueba y en la secuencia del cementerio. 

No obstante, debemos destacar lo bien realizado que está el último tramo de la película, desde el inicio de la secuencia del cementerio y el posterior regreso a Hogwarts, descubriendo quién era el mortífago infiltrado (interpretado por David Tennant, pre-Doctor Who). Si en la anterior película se había comenzado a oscurecer la historia de Harry estética y argumentalmente, en esta obra esta transformación se continúa precisamente con estas últimas escenas, pese a que el resto de la película no colabora en la metamorfosis. El regreso de Voldemort es convincente, apoyado por la interpretación de Ralph Fiennes caracterizado de manera irreconocible bajo una apariencia macabra y sombría, con rasgos similares a las de las serpientes (precisamente existe una gran mofa en las redes por la falta de nariz, aunque se corresponda más o menos con la descripción literaria), calvo y completamente pálido. 


En la cuestión artística, se reutilizó la decoración de Cuarón, quedando así la estética de Hogwarts que el director mejicano había empleado como la definitiva (salvando los cambios menores realizados posteriormente) para el resto de la saga. En este caso, destaca la aparición de la lechucería como una torre aparte del castillo. Hay, por otra parte, menos presencia de la naturaleza o del entorno, tan solo en las pruebas se le da relevancia, tanto en la persecución del dragón por el castillo como en el interior del lago. Los efectos especiales se emplearon a fondo dentro de un argumento que lo solicitaba con más fuerza que en anteriores entregas y en esta película cobran el sentido necesario atendiendo a la historia que se está contando. Técnicamente es correcta, más clásica y académica que la visión de Cuarón, aunque se notan algunos errores de raccord.

En la música, ya no se contó con John Williams, sino que intervino en esta ocasión el compositor Patrick Doyle, que además de reutilizar la melodía principal creada por Williams dentro de algunas de sus composiciones, introdujo un estilo más británico y elegante. Se vio en la necesidad de ofrecer música diegética por la trama, por lo que notamos una mayor presencia de himnos y valses. Además, se incluyen tres canciones creadas por Jarvis Cocker, líder de la banda Pulp, para las escenas del baile navideño, apareciendo Cocker incluso como cantante de la banda del mencionado baile en un cameo.

Mike Newell junto a los actores Alan Rickman, Rupert Grint y Daniel Radcliffe.
En definitiva, lo que nos proporcionó Newell fue una película irregular e impersonal, sobre todo si lo comparamos al nivel que se alcanzó en la anterior entrega. Harry Potter y el cáliz de fuego es una película técnicamente correcta, en la línea del clasicismo ofrecido por Columbus, pero siguiendo la estética que impuso Cuarón. Una aventura que se luce precisamente en la acción, pero que deja la evolución de sus personajes en manos de algunas escenas de carácter humorístico y con la sensación de que quedan cosas en el aire, lo cual es cierto si atendemos a las subtramas que, pese a plantearse en la película, quedan incompletas o no resueltas. No obstante, el tramo final eleva la valoración que podemos realizar de esta película, porque no solo supone el cambio de orientación de toda la saga, sino que además destaca como conclusión de la trama mejor llevada, pese a sus evidentes fallos, de esta obra, la del Torneo de los Tres Magos.






Adaptaciones (XL): Harry Potter y el prisionero de Azkaban, de Alfonso Cuarón

20 abril, 2015

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Con la tercera entrega de la saga cinematográfica, llegaron los cambios en todos los aspectos y, sobre todo, llegó la adolescencia. Hasta el momento, Chris Columbus, experto en cine para toda la familia, había logrado erigir en Harry Potter y la piedra filosofal (2001) y Harry Potter y la cámara secreta (2002) un mundo de maravillosa magia y, dentro del mismo, dos películas de aventuras de niños siguiendo fielmente la historia de J.K. Rowling, creadora de la historia, y un estilo clásico en el apartado cinematográfico. Pero Columbus dejó la dirección para dedicarse a labores de producción y comenzó la vorágine que supone buscar uno nuevo, especialmente para una franquicia en funcionamiento. Algunos de los consultados y también entre los rumoreados fueron Kenneth Branagh (que además había actuado en la anterior entrega), Callie Khouri, Marc Forster o Guillermo del Toro. Sin embargo, el proyecto cayó al final en manos de Alfonso Cuarón. 


El director mexicano, que obtuvo en 2014 el Óscar como Mejor director por Gravity (2013), llegaba a Harry Potter y el prisionero de Azkaban tras películas como La princesita (1995), Grandes esperanzas (1998) e Y tu mamá también (2001) y sin demasiada información acerca del universo del joven mago, aunque prendado finalmente de un guion con grandes posibilidades en el que, consideramos, supo plasmar una esencia especial y evolucionar a partir de lo ya visto y dado por Columbus.

La película se inicia con Harry Potter (Daniel Radcliffe) en casa de sus tíos, algo habitual en la saga que acabaría por romperse en el siguiente film, con una escena-prólogo que nos transporte por la noche hacia un cuarto donde el joven realiza magia a escondidas para seguir estudiando (cuestión incoherente con las leyes que rigen el universo creado hasta ahora, donde el uso de magia está prohibido para los menores fuera del periodo escolar).


Comenzamos a notar, como comprobaremos en la comida familiar posterior, que no estamos ya ante el niño asustado de las primeras entregas, sino ante un adolescente en pleno proceso, rebelde ante las situaciones que antes acataba y que se decide a huir, aunque con ello se sitúe también en un punto de desorientación, también habitual en esta edad: ¿adónde ir, qué hacer, qué esperar del futuro? Todo ello sin que él sepa que su vida corre peligro, según las autoridades mágicas, al haberse escapado de la prisión de Azkaban, de máxima seguridad en el mundo de los magos, Sirius Black (Gary Oldman), antiguo seguidor de Lord Voldemort y supuesto asesino de Peter Pettigrew (Timothy Spall).

Precisamente, el futuro y el pasado se dan la mano en esta entrega, siendo el nexo de unión entre un pasado oscuro cuyas consecuencias aún alcanzan al presente (todo el caso de Sirius Black tratado en la película, el recuerdo a los padres asesinados de Harry) y un futuro que no se detiene en avisar de sus tenebrosos sucesos (la continua presencia del Grim, la nueva profecía de Sybill Trelawney [Emma Thompson] acerca del regreso de Voldemort y la repentina destrucción de las ilusiones de Potter y Black ante la huida de Pettigrew). Además, cabe destacar que mientras el resto de películas tiene como claro contrincante a Lord Voldemort (en cualquiera de sus formas), en esta no hace aparición, aunque siempre permanece presente tanto por la mención a la época oscura que protagonizó como al futuro que puede alterar.


La trama se desarrolla como una nueva aventura negra en Hogwarts, como había sucedido en las anteriores entregas, pero aún cuando los protagonistas fallan en su acercamiento a la verdad, se acercan a otras verdades interesantes para su historia personal. Aún cuando se trata del personaje principal, en esta entrega tenemos una historia más cuidada y centrada en torno a Harry Potter, especialmente en las secuencias en que comparte diálogos con el nuevo profesor para la Defensa contra las Artes Oscuras, Remus Lupin (David Thewlis), que se erige como un guía del personaje para enfrentarse a sus miedos, otro de los grandes temas que se explora en la película gracias a la presencia de los dementores y con una divertida secuencia durante la clase de Lupin contra un boggart (un ser que adopta la forma de lo que más temes), que en el caso de Potter será precisamente la representación del propio miedo: el dementor.


Los dementores eluden visualmente a la muerte, pero en su forma de actuar, arrebatando la felicidad de las personas para traer de regreso sus peores recuerdos, funcionan como la depresión. Ante ellos, Potter, que siempre había demostrado una gran valentía ante las criaturas mágicas, se ve indefenso, especialmente cuando toman cierta predilección por el joven. Lupin se lo explicará rememorando la muerte de sus padres y todo el pasado vivido en la ignorancia y en la pérdida por la que ha pasado: de todo ello se alimentan los dementores, igual que la depresión.

Harry no es débil, sino que puede caer más fácilmente en los recuerdos más oscuros, experiencias que otros compañeros no han tenido. La lucha contra sus miedos será constante en la película, a través en este caso del hechizo expecto patronum, de magia superior, que servirá para luchar contra los dementores a través de la propia fortaleza, aún cuando no siempre dé resultados, lo que nos ofrece la imagen del héroe adulto en que se está convirtiendo Potter: alguien que, aún habiendo triunfado en varias ocasiones, tiene sus propios miedos, aunque sigue siendo capaz de luchar para enfrentarlos. En este caso, el enemigo ya no está fuera, sino dentro.

Se marca aquí una distinción más entre el protagonista y el resto de personajes para ahondar en su evolución. Si en la anterior entrega se comenzaba a entrelazar su destino y sus habilidades con Voldemort (el uso de lengua pársel, entre otras cosas), cuestión sobre la que se ahondará en las próximas películas y que aquí se nota especialmente en las ansias de venganza hacia Black, en esta se trabajaba más la distancia entre quien es diferente por estar marcado por la tragedia.


Los vínculos de amistad que se trabajan junto a Ron Weasley (Rupert Grint) y Hermione Granger (Emma Watson) dan también cabida a otros temas relacionados con la adolescencia, donde el dolor es compartido entre todos, aún cuando la distancia está marcada y Harry se suele mostrar más iracundo con el resto del mundo por el descubrimiento de hechos dolorosos y como actitud rebelde. Nos estamos alejando aquí de la melancolía quieta de la infancia.

Por otra parte, las averiguaciones alcanzadas por el trío protagonista les llevan no tanto a la certeza de la verdad como a la duda en lo que creían firmemente, como la cuestión de la lealtad en los lazos de amistad. Se sigue creando un juego de apariencias, constante en toda la saga, donde los giros en la trama de los personajes son constantes (el caso primordial es el de Sirius Black).


A esto se une los cambios en Hermione, que también muestra su rebeldía ante la autoridad y las normas morales establecidas anteriormente en el caso de la clases de adivinación, a las que termina por tachar de supercherías, su agresividad con Malfoy (Tom Felton) o su liderazgo en el rescate de Sirius mientras es consciente de que están incumpliendo una gran cantidad de leyes mágicas.

El trato entre Ron y Hermione también se muestra distinto a lo ofrecido hasta el momento, incluso en sus discusiones. Otro aspecto habitual era el hecho de saltarse normas de Hogwarts, pero en esta ocasión las posibilidades aumentan gracias al mapa de los Merodeadores. Incluso se incumplen las restricciones de edad en el bar Las Tres Escobas o se viaja a Hogsmeade sin autorización. En estos casos, la resistencia de otros personajes, como Hermione o incluso Neville en la primera película, es de un nivel muy menor, mostrando tan solo un leve disgusto.


A nivel cinematográfico, debemos destacar el cambio estético que sufrió la película, arrastrando consigo también interpretaciones entrelazadas con lo ya comentado. Por ejemplo, a nivel de vestuario destaca el uso de las túnicas por los estudiantes, empleadas de forma más libre que anteriormente, simulando la rebeldía frente a la uniformidad de las entregas anteriores. A nivel escénico, podemos percibir los cambios en el castillo y en sus alrededores, que gracias a la fotografía empleada por Cuarón destacan de tal forma que comienza a ser un personaje más en la historia.

En esta película tenemos la sensación de estar en un universo vivo, con sus propias criaturas y peculiaridades habitándolas. Ahí tenemos, por ejemplo, la presencia, esperad por los lectores, del hipogrifo, que nos proporciona, por otra parte, una bella escena empleando el lago y el paisaje del castillo como una armónica sensación de liberación del personaje de su temor inicial a montar a la criatura; se trataba de la mejor forma que tenía Cuarón de otorgar al espectador ese sentimiento de sentirse libre de miedos, haciéndolo además de una forma tan natural. Incluso la presencia de cuervos o de un huerto de calabazas en la cabaña de Hagrid (Robbie Coltrane) colaboran en la creación de un mundo que se presta a ser real. 

Alfonso Cuarón (de rojo) dirigiendo a Daniel Radcliffe y a Gary Oldman
En la técnica, Cuarón filmó con angulares anchos, prefiriendo mostrar planos más abiertos y declinando el uso de primeros planos, destacando así el lenguaje corporal de los actores dentro de un escenario vivo, potenciado a través de una fotografía casi naturalista y menos saturada, fruto del trabajo del neozelandés Michael Seresin. Con todo ello, se logran escenas que presentan colores más fríos, en contraposición a la preferencia por la calidez en escena de las dos películas anteriores, logrando así un tono más oscuro adecuado para el argumento tratado, reforzado a su vez por la nueva composición de John Williams, incluyendo nuevos leitmotivs así como un tema usual en la cinta en A Window to the past, cuya envergadura la hace perfecta para las ocasiones de reflexión e introspección que ofrece la película, como las conversaciones entre Lupin y Potter.

Se nota también en esta obra un montaje más dinámico, favoreciendo el uso de planos secuencia. No obstante, también hay un uso excesivo del fundido a negro, en imitación a fórmulas del cine mudo. Entre todas estas características, podemos destacar las escenas correspondientes a los cambios de estación en Hogwarts, donde la naturaleza, representada sobre todo por el sauce boxeador, toma especial protagonismo, el partido de quidditch en mitad de una tormenta, los diálogos dentro de la Casa de los Gritos y los hechos posteriores, incluyendo la lucha contra los dementores, así como las escenas correspondientes a la trama del giratiempo en el tercio final, que juegan perfectamente con la coherencia narrativa. 


Como adaptación de la tercera entrega literaria, se suceden algunos cambios sin excesiva importancia, en ocasiones para potenciar el carácter personal que Cuarón le otorgó a la película, como la inclusión de cabezas reducidas o de un coro que abre la presentación del (nuevo) director Dumbledore (Michael Gambon, tras el fallecimiento de Richard Harris) con el tema realizado por Williams, Double Trouble, una especie de villancico de aires medievales y con letra extraída de Macbeth. También se omite la introducción de personajes como Cedric Diggory o Cho Chang, que hubieran servido para establecer una mejor conexión con los sucesos de la siguiente entrega.

No obstante, donde seguramente más falló la adaptación fue en la trama de los Merodeadores, que hubiera reforzado aún más la relación con el pasado de esta película. Se podría haber ahondado con mayor eficacia en el grupo de amigos, quizás mediante el diálogo en la Casa de los Gritos o mediante algún flashback más propio del lenguaje cinematográfico. Queda en este sentido suelta la relación para el espectador de la película la conexión, evidente por otra parte, del mapa de los merodeadores con Sirius Black, Peter Pettigrew, Remus Lupin y James Potter, además de la creación de vínculos entre estos cuatro personajes a través de sus vivencias conjuntas como animagos.


En conclusión, la entrega que dirigió Alfonso Cuarón consigue formar una novedosa y viva recreación del mundo de Harry Potter y avanzar en la evolución de sus personajes, contando a su vez con una estética que aumenta la capacidad de alcance de los mensajes transmitidos a través de la historia. Nos ofrece una digna película más allá de la franquicia, con la construcción elaborada del protagonista en su entorno y en relación a su pasado y a su futuro, dentro de un capítulo autoconclusivo en el que existen correlaciones con el género del cine negro y del thriller, aunque se deje pasar la oportunidad de crear una mejor conexión con la historia de algunos personajes secundarios o con la inclusión de personajes futuros.



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