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Tenet, de Christopher Nolan

20 septiembre, 2020

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Año a año desfilan por cartelera dos tipos de obras genéricas: las que se decantan por los fuegos artificiales, por fascinar por lo técnico y lo intrépido, y las que desde la sencillez y cierta elegancia juegan a tocarnos el corazón. Entre estos dos extremos, hay un amplio abanico de posibilidades. Con sus premisas y con la forma de explorar los efectos visuales, Christopher Nolan (1970-) suele situarse en el espectáculo, en deslumbrarnos con la forma de resolver en imágenes sus originales premisas, pero se suele dejar algo por el camino.

No cabe duda de que sus propuestas son originales y se disfrutan por completo en la pantalla grande, en la sala de cine. Aún así, suelen carecer de cierta alma que conecte con el espectador más allá. Si bien es cierto que en obras como Interstellar (2014) o incluso en Origen (2010) sus protagonistas se han enfrentado a un sacrificio personal y han padecido en sus relaciones familiares, no parecen ser suficientes para lograr la redondez que muchos esperan de este realizador. Y su reciente Tenet (2020) no es una excepción.

Seguramente podemos considerar que se encuentra emparentada con Origen en género y propuesta, es un thriller que explora nuestra realidad retorciéndola. Si en aquel caso fue a través del mundo de los sueños, en Tenet lo hace jugando con el tiempo. Y adentrándose abiertamente en una trama de alto nivel, a través de diferentes localizaciones internacionales y tramas de espionaje que beben en la misma fuente que la saga de James Bond o la franquicia de Misión Imposible.


Nos encontramos ante un protagonista agente de la CIA (John David Washington) que tras una operación en la ópera de Kiev, empieza a trabajar para un entramado oculto incluso a los servicios de inteligencia denominado Tenet. Descubre entonces que existen objetos capaces de ir hacia atrás en el tiempo y que pende sobre la humanidad la amenaza de una guerra del futuro contra el pasado. A partir de ese momento se despliega toda una aventura por el mundo tratando de encontrar la forma de comprender lo que está sucediendo y quién está detrás de todo.

La obra avanza dejándonos huellas y pistas significativas que se desvelarán conforme los personajes se adentren en el tiempo inverso. De esta forma, Nolan plasma varias secuencias de acción o espionaje que segmentan la película intercalando escenas más suaves y tranquilas, en la que los personajes dialogan y desmenuzan los acontecimientos que hemos contemplado y los que veremos a continuación. Se trata de un ritmo habitual en este género que permite aunar intensidad con serenidad, tensión con sosiego. En general, las secuencias de acción van in crescendo hasta el final, cuando se suele reservar la más espectacular. Sin embargo, en este caso todas las secuencias resultan bastante atrevidas: la secuencia inicial en la ópera se desarrolla confusa por la cantidad de frentes que se abren, pero mantiene al público en tensión, la infiltración en el piso franco de Priya en la India resulta bastante correcto y está dentro de lo habitual del género, las escenas del aeropuerto revelan las mejores cualidades de Nolan para explotar la premisa que propone del tiempo rebobinado y de las tácticas de espionaje, la persecución en coches es trepidante y las secuencias por el mar reflejan una gran tensión. El tramo final entremezcla el carácter bélico con la épica, aunque se entremezcla la confusión de ciertas escenas con la indiferencia que produce gran parte de los personajes, a excepción de la conversación definitiva entre Neil (Robert Pattinson) y el protagonista.


El problema es que a pesar de que toda esta acción está bien resuelta y te mantiene en tensión hasta el final, acaba por ser un entretenimiento vacío, un buenos contra malos muy impersonal. El villano de turno, un traficante de armas llamado Andrei Sator (Kenneth Branagh), es un estereotipo de hombre salido de la nada, dominante y rencoroso, manipulador hasta la médula, pero sin perder la elegancia (algo que se ve beneficiado por la interpretación de Kenneth). Su motivación es bastante floja, por ser demasiado absoluta, casi faraónica, y que se resume en esa tajante y posesiva sentencia que le dedica a su esposa: serás mía o de nadie. 

Aunque John David Washington encarna con contundencia al protagonista, se trata de un personaje impersonal, capaz de hacerlo todo y de tener los recursos y los medios necesarios para hacerlo, pero siempre da la sensación de estar solo, envuelto en un entramado que nada tiene que ver con él e incapaz de sentir algo. Su único interés expreso aparte de conseguir comprender y resolver la situación es Kat (Elizabeth Debicki). Como si se tratase de una chica Bond, encontramos a un personaje femenino que empieza siendo anecdótico, acaba por tener cierta conexión personal con el protagonista y arrastra un drama personal que se erige como única subtrama de la obra. Sin duda, Kat es el personaje que más y mejor evoluciona, llegando a erigirse en una mujer firme, capaz de interpretar el rol de femme fatale en el momento necesario y llevando consigo siempre el arrojo de una madre coraje. Se convierte en la única debilidad emocional del protagonista, ya sea por compasión, como puede parecer en un principio, o por cierta atracción romántica, que no se resuelve. Además de conferirle cierto  asidero moral al protagonista: dispuesto a todo menos a la muerte de una inocente (aunque en el desarrollo de la trama haya siempre víctimas sobre los que no se plantea ninguna piedad). 


La historia de Kat se resume en su intento de recuperar a su hijo de manos de un marido, el villano ya mencionado, al que rechazó y que ahora la chantajea, y conseguir su ansiada libertad. Se trata de una temas maternofilial similar a las que ya ha empleado Nolan en otras obras anteriores, en el que un padre trata de volver a estar con sus hijos de forma desesperada. Así lo vimos en los protagonistas tanto de Origen como de Interstellar. Y esta subtrama tan leve se erige como único conflicto emocional de la película, lo que no es una alabanza, sino un enorme demérito para la película de Nolan.

A fin de cuentas, el resto de personajes desfilan por pantalla siendo estereotipos y clichés o, peor aún, personajes vacíos de toda entidad. Incluso Neil, que está interpretado con gracia y acierto por Pattinson, llega a la vida del protagonista de golpe y se convierte en su mano derecha sin más. Al final trata de remediarse esta situación con una explicación que nos podría servir, al menos para comprender mejor a este personaje, pero que no excusa a todos los demás, prácticamente anónimos, que van y vienen sin pena ni gloria. Por ejemplo, la aparición de prácticamente un comando militar hacia el tramo final resulta algo ridículo, por el tono que hasta el momento había tenido la película, en la que el protagonista parecía contar con pocos apoyos y recursos. Precisamente, la que debía ser la gran secuencia de la obra, en torno al tramo final en esa batalla por salvar el mundo, se siente vacía y fría, hay tensión y muertes, pero ninguna conexión con el espectador. Nos sorprende el efectismo que Nolan plantea gracias al uso del tiempo, que se refleja en la forma de explotar de las bombas o el derrumbe de los edificios, pero nos sentimos desconectados e indiferentes ante lo que sucede.


En definitiva, Tenet es un enorme castillo de fuegos artificiales, una trepidante obra de acción y espionaje que se sirve de una premisa bien llevada y distinta a lo habitual. Pero una obra gélida, de estereotipos y personajes vacíos, de ninguna conexión emocional y sin conflictos que nos afecten como personas. Y este cúmulo de ausencias provoca que tenga difícil dejar huella y, por tanto, que sea fácil de olvidar.


Adaptaciones (XLI): Harry Potter y el cáliz de fuego, de Mike Newell

05 mayo, 2015

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En cuestiones cinematográficas, Alfonso Cuarón logró con Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004) elevar el nivel de la saga con aspectos más artísticos en el séptimo arte, pero también tomó la decisión de realizar tan solo una de las entregas, cediendo pronto el testigo a otro director que trató de seguir sus pasos en ciertos aspectos, pero que no logró igualar la proeza en su totalidad. Nos referimos al director Mike Newell y a la única entrega que dirigió de la saga: Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). 


Newell tenía una interesante trayectoria tras de sí, con películas en los noventa como Cuatro bodas y un funeral (1994) o Donnie Brasko (1997), aunque realmente ha sido un director algo irregular. Tras participar de manera entusiasta en la saga del joven mago, ha realizado otras adaptaciones cinematográficas tanto de libros, como El amor en los tiempos del cólera (2007) o Grandes esperanzas (2012), como de videojuegos, tal fue el caso de Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo (2010). 

Hasta el momento, habíamos contado con dos películas de corte clásico y aventuras infantiles y fantasiosas de la mano de Chris Columbus, donde la oscuridad se reflejaba en una presencia debilitada de Lord Voldemort, y con Alfonso Cuarón llegamos a la bisagra en la película que más ahonda en el crecimiento del personaje principal como preadolescente dubitativo ante los cambios, al menos en un tono serio y reflexivo. Mike Newell y el guionista Steve Kloves (encargado de los guiones de todas las entregas, salvo de la quinta, Harry Potter y la Orden del Fénix) optaron por recortar la historia, algo obvio dado el tamaño del volumen de Rowling, pero creando por ello una obra fragmentada en su desarrollo, pero no por la ausencia de elementos (muchos y de diverso calado), sino por cómo están construidos los que se han presentado.


Se inicia la película con una imagen onírica que se relaciona con Lord Voldemort y sus planes para retornar a una posición de poder. Tras esta secuencia, comenzamos con el despertar de Harry (Daniel Radcliffe) en una introducción donde se omite a los Dursley (por primera vez en la saga cinematográfica) y, posteriormente, todo el desarrollo del partido final del Mundial de Quidditch, presentándonos un comienzo avanzado en la trama sin una explicación para el espectador. Tras los sucesos oscuros relacionados con la Marca Tenebrosa, se embarcan en un regreso a Hogwarts donde la amenaza pende sobre ellos: el Torneo de los Tres Magos, lleno de pruebas peligrosas y prohibido a los alumnos menores, escoge en esta ocasión a través del cáliz de fuego a cuatro miembros, pese a que solo participan tres escuelas de magia. Este seleccionado es Harry Potter, para sorpresa de los presentes y de sí mismo. A partir de ahí, tendrá que luchar por sobrevivir en el Torneo sin saber que se encamina hacia su reencuentro con el mago oscuro más temido de todos los tiempos.

A nivel de dirección y producción, destacan precisamente las escenas relativas a la acción: el enfrentamiento con el dragón (más emocionante y espectacular en la película), el rescate acuático, el tramo del laberinto (aunque no se aprecia la dificultad de este frente a las otras dos pruebas) y toda la trama del cementerio son de lo más destacable de la película y, sin duda, recuperan la fuerza y el carácter del universo de los libros. 


Lamentablemente, todo lo demás se desvía hacia otras lides poco interesantes, salvando algunos momentos, como la clase de Ojoloco Moody (Brendan Gleeson) en torno a las maldiciones imperdonables (descubrimos las armas de los mortífagos y lo podemos relacionar directamente con el Avada Kedavra que Lucius Malfoy estuvo a punto de realizar contra Potter al final de la segunda entrega) o la fiesta del baile escolar, tenemos serios tropiezos, por ejemplo, con cambios en personajes tan relevantes como Dumbledore, que se muestra torpe e histriónico en varias ocasiones, o la inclusión de una trama amorosa que, aunque está presente en los libros, no se desarrolla de manera adecuada en la película. Faltan diálogos que nos otorguen la sensación de que Harry siente algo por el personaje de Cho Chang (Katie Leung) y no es una simple atracción, donde incluso se introducen algunos elementos de torpeza humorística que nos otorgan la sensación de vergüenza ajena (como cuando se le derrama el agua) frente a otras mejor llevadas (los nervios al pedirle salir en el baile).

Precisamente, la maduración de los personajes iniciada en la anterior película se ve interrumpida aquí por una infantilización de sus comportamientos. Por ejemplo, en la escena del ensayo del baile no parece existir una reacción de miedo ante lo desconocido o de modestia, sino una falta de atracción más propio de una edad más corta. Incluso la brecha que se abre entre Ron (Rupert Grint) y Harry nos lleva a escenas y diálogos absurdos, mencionamos aquí la escena en que Hermione (Emma Watson) se convierte en su particular correveidile, desaprovechando la primera ocasión en que existe por fin una distancia entre el trío protagonista desde su formación en la primera película. Lo que mejor funciona en estos casos son las interpretaciones en la parte sutil que permiten las escenas, como la forma en que funciona la relación de Hermione y Harry mientras Ron se mantiene aparte.


En este sentido, podemos fácilmente pensar que salvando las tramas del Torneo de los Tres Magos (aunque en ciertos aspectos faltan explicaciones para el espectador que no sea lector) y de Voldemort en el tramo final, el resto de historias que se aprovechan como adaptación fallan en su desarrollo, con un humor añadido que no funciona en exceso (rescatamos la escena de los gemelos Weasley con el cáliz de fuego o algunas escenas de Neville [Matthew Lewis]) y donde aunque vemos a Harry solo, al contar al principio con el rechazo de prácticamente todo el colegio, no notamos realmente la sensación de que esté mal, tan solo leves enfados y la ausencia de la melancolía que anteriormente había mostrado (ahí tenemos como ejemplos la escena que Columbus planteó cuando Harry pasa su primera noche en Hogwarts en la primera entrega o las conversaciones entre Lupin y el joven mago en la tercera).

También se desvirtúa el comportamiento de otros personajes, como el caso nombrado de Dumbledore, o se ridiculiza a otros, como Filch (David Bradley), innecesariamente. Otros quedan retratados con brocha gorda. Ahí tenemos a los otros tres magos que participan en el Torneo, siendo especialmente sangrante el caso de Cedric Diggory (Robert Pattinson), que debíamos ver como un rival para Harry, pero del que apenas se nos ofrecen más que esbozos en algunas escenas (aprovechamos para mencionar aquí el hecho de que tanto Diggory como Chang deberían haber aparecido en la anterior entrega según los libros, aunque ello no sea excusa para que tanto uno como otro no se desarrollen en esta película). Aún menos presencia que Diggory, la que se otorga a los participantes de las otras escuelas, con apenas presencia en escena: Victor Krum (Stanislav Ianevski) y Fleur Delacour (Clémence Poésy).


Algo similar sucede con los profesores de Hogwarts, que ven su papel reducido prácticamente a escenas humorísticas o con poca importancia, como McGonagall (Maggie Smith), Snape (Alan Rickman) o Flitwick (Warwick Davis). Algo similar sucede con nuevos personajes, cuyas tramas o bien se han reducido con respecto al libro o bien apenas se esbozan. Por ejemplo, de Igor Karkarov (Predrag Bjelac) se sospecha levemente sobre su bando al ser un antiguo mortífago (como se revela mediante un flashback oportuno gracias a un objeto mágico, el pensadero) y la película induce a pensar que él pudo ser el responsable de meter a Harry en el Torneo con un par de escenas, aunque realmente nuestros protagonistas no se embarcarán en otra aventura de investigación en torno a esta cuestión como hicieron en antiguas entregas; aunque el espectador atento podrá atar cabos fácilmente gracias a las pistas que ofrece la obra. En este sentido, el género de la película deja ser tan negro adentrándose más en el aspecto de la aventura. Debemos tener en cuenta, además, que si la anterior entrega funcionaba como bisagra, esta cuarta es justamente la que va a posicionar la saga hacia una dirección diferente gracias a su final, que siembra el inicio de la trama que se trabajará en el resto de películas. Además, así se deja intuir en el cierre de esta obra.

Hay otras subtramas que se trabajan en la película, como, por ejemplo, la historia de amor entre Hagrid (Robbie Coltrane) y Olympe Maxime (Frances de la Tour), en la que, sin embargo, no se profundiza ni se llega a ofrecer una conclusión, impidiendo acercarnos al problema de identidad que tiene Hagrid como semigigante, algo a lo que nos acercaremos en la siguiente entrega, pero que aquí se desaprovecha pese a llegar a introducir a Olympe y esta subtrama. Algo similar sucede con la prensa sensacionalista de Rita Skeeter (Miranda Richardson), un personaje irritante tanto en los libros como en la película, aunque su presencia sea más amplia en los primeros. Representa, sin duda, lo peor del periodismo y permite una crítica a esta forma de crear mentiras y manipular la verdad de cara a la opinión pública. Este aspecto se trabaja aún más en la siguiente película, pero sin el regreso de este personaje, que ve así disminuida su importancia en la saga cinematográfica.


Precisamente, otras tramas que se quedaron fuera de la entrega cinematográfica, aunque estuvieran presentes en los libros, tienen relación con temas sociales o con el desarrollo de personajes y tramas relevantes. Por ejemplo, se excluye todo lo relativo a los elfos domésticos y a la defensa de su libertad, y de la del resto de criaturas mágicas, que emprende Hermione en esta historia y que tendrá cierta presencia en el resto de la saga literaria; con ello se hubiera retomado el tema de la esclavitud en el mundo mágico que ya se dejó ver en la segunda entrega, aunque a nivel de argumento no se echa en falta y la intervención de algunos de estos personajes es sustituida fácilmente por otros. De la misma forma, no se hacen referencias claras a la seguridad ni a la realización de las pruebas del Torneo, saltándose así la intervención de Bill Weasley, por ejemplo, o la aparición de nuevas criaturas mágicas en el laberinto, así como todo lo relativo a la preparación de Harry en materia de hechizos con ayuda de sus amigos, saltándose así el momento en que aprende el hechizo Accio, cuya relevancia es vital en la primera prueba y en la secuencia del cementerio. 

No obstante, debemos destacar lo bien realizado que está el último tramo de la película, desde el inicio de la secuencia del cementerio y el posterior regreso a Hogwarts, descubriendo quién era el mortífago infiltrado (interpretado por David Tennant, pre-Doctor Who). Si en la anterior película se había comenzado a oscurecer la historia de Harry estética y argumentalmente, en esta obra esta transformación se continúa precisamente con estas últimas escenas, pese a que el resto de la película no colabora en la metamorfosis. El regreso de Voldemort es convincente, apoyado por la interpretación de Ralph Fiennes caracterizado de manera irreconocible bajo una apariencia macabra y sombría, con rasgos similares a las de las serpientes (precisamente existe una gran mofa en las redes por la falta de nariz, aunque se corresponda más o menos con la descripción literaria), calvo y completamente pálido. 


En la cuestión artística, se reutilizó la decoración de Cuarón, quedando así la estética de Hogwarts que el director mejicano había empleado como la definitiva (salvando los cambios menores realizados posteriormente) para el resto de la saga. En este caso, destaca la aparición de la lechucería como una torre aparte del castillo. Hay, por otra parte, menos presencia de la naturaleza o del entorno, tan solo en las pruebas se le da relevancia, tanto en la persecución del dragón por el castillo como en el interior del lago. Los efectos especiales se emplearon a fondo dentro de un argumento que lo solicitaba con más fuerza que en anteriores entregas y en esta película cobran el sentido necesario atendiendo a la historia que se está contando. Técnicamente es correcta, más clásica y académica que la visión de Cuarón, aunque se notan algunos errores de raccord.

En la música, ya no se contó con John Williams, sino que intervino en esta ocasión el compositor Patrick Doyle, que además de reutilizar la melodía principal creada por Williams dentro de algunas de sus composiciones, introdujo un estilo más británico y elegante. Se vio en la necesidad de ofrecer música diegética por la trama, por lo que notamos una mayor presencia de himnos y valses. Además, se incluyen tres canciones creadas por Jarvis Cocker, líder de la banda Pulp, para las escenas del baile navideño, apareciendo Cocker incluso como cantante de la banda del mencionado baile en un cameo.

Mike Newell junto a los actores Alan Rickman, Rupert Grint y Daniel Radcliffe.
En definitiva, lo que nos proporcionó Newell fue una película irregular e impersonal, sobre todo si lo comparamos al nivel que se alcanzó en la anterior entrega. Harry Potter y el cáliz de fuego es una película técnicamente correcta, en la línea del clasicismo ofrecido por Columbus, pero siguiendo la estética que impuso Cuarón. Una aventura que se luce precisamente en la acción, pero que deja la evolución de sus personajes en manos de algunas escenas de carácter humorístico y con la sensación de que quedan cosas en el aire, lo cual es cierto si atendemos a las subtramas que, pese a plantearse en la película, quedan incompletas o no resueltas. No obstante, el tramo final eleva la valoración que podemos realizar de esta película, porque no solo supone el cambio de orientación de toda la saga, sino que además destaca como conclusión de la trama mejor llevada, pese a sus evidentes fallos, de esta obra, la del Torneo de los Tres Magos.






Agua para elefantes, de Francis Lawrence

03 octubre, 2014

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En los difíciles años treinta, Jacob se encuentra perdido. Sin familia y con un futuro truncado, llega por casualidad a un circo ambulante en el que acaba trabajando como veterinario. Envuelto por el fascinante espectáculo de los Benzini, transcurren años de éxito y, a su vez, de penuria. Jacob también conocerá ese mundo difícil que se esconde tras el telón, la amistad e, incluso, el amor imposible. Pasen y vean: romance, lucha, crítica social, tragedia y humor integran esta gran función que conmueve y asombra por igual.


Ambientada durante la Gran Depresión estadounidense, Francis Lawrence emplea el mundo del circo como comparación de la felicidad y comodidad en las que había estado viviendo la sociedad estadounidense durante los felices años veinte. Igual que los espectadores deben abandonar el recinto terminada la función para regresar a sus vidas, la caída de la bolsa de Nueva York supuso un gran retroceso para todos ellos, testigos de la realidad oculta en esos años pudientes. Por otra parte, seremos testigos de que, pese a que se nos anuncia como una típica película romántica, que incluso comienza con un narrador similar a películas como El diario de Noa o Titanic, el romance queda en un segundo plano, compartiendo escena con críticas a la sociedad tirana que se presenta en el circo o el maltrato animal, donde simplemente actúan de escaparate frente a un público que ignora las condiciones de vida que soportan detrás.

Jacob, el protagonista, está encarnado por el conocido Robert Pattinson en su versión de joven, cuyo papel lo representa de forma correcta con un carácter luchador y actitud similares a películas anteriores, como Recuérdame. Por su parte, el Jacob anciano, representado por el veterano Hal Holbrook, es más reflexivo, tiende al monólogo interior y nos proporciona algunos fragmentos verdaderamente emotivos. Cabe destacar que los capítulos narrados por nuestro protagonista de joven conceden una mayor relevancia al contexto vivido en aquel entonces que a su propia historia personal, lo que la convierte en una película puramente social. Sin duda, supone una maravillosa fábula sobre la vida de un hombre, Jacob Jankowski, narrada desde dos espacios temporales diferentes, pero íntimamente relacionados.


Marlena (Reese Witherspoon) es la protagonista femenina y estrella del espectáculo más bello del circo. Su papel comienza a la sombra de su marido, el director y responsable del show, August Rosenbluth (Christoph Waltz), aunque poco a poco, y gracias a la valentía de Jacob y a la pasión que ambos comparten por los animales, se enfrenta al carácter tirano y obsesivo de su marido. Sin embargo, no deja de quererlo, siendo la que mejor comprende la maldad y las circunstancias de August, que se deja llevar más por el interés y sus celos que por el amor que le profesa su mujer. Tensión, secretos e intriga son los elementos que conforman la última parte de la película, en la que, pese a la obviedad con la que pensamos que acabará la historia, estaremos expectantes por ver cómo se desarrolla todo para llegar a dicho fin.

Se trataba de una época en la que el circo era un espectáculo destinado a un público adulto y no infantil, un tiempo en que las personas mayores buscaban la fascinación y la esperanza debajo de una carpa. Es un reflejo que capta muy bien la película, ya que el apartado técnico y fotográfico resulta totalmente conseguido. Al finalizar la película, recordaremos que no debemos dejar pasar ese tren que se nos presenta en el camino, porque puede cambiar todo el devenir de nuestra vida, tal y como le ocurre al pobre Jacob.



Escrito por Mariela B. Ortega



Recuérdame, de Allen Coulter

10 agosto, 2013

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Todo lo que hagas en la vida será insignificante, pero es muy importante que lo hagas, porque nadie más lo hará. Como cuando alguien entra en tu vida y una parte de ti dice: no estás minimamente preparado para esto, pero la otra parte dice: hazla tuya para siempre.


Tyler Hawkins (Robert Pattinson) es un joven solitario y afectado por una trágica muerte familiar, una situación que desencadenaría el divorcio de sus padres (Pierce Brosnan y Lena Olin), incapaces de superar la traumática pérdida. En Tyler surge un sentimiento rencoroso hacia su padre, quien se refugia en su trabajo olvidando todo lo verdaderamente importante que le rodea, por lo que no creía poder encontrar a alguien pudiese comprender por lo que él estaba pasando. Refugiado en los libros, se siente totalmente solo y con una familia rota, hasta que, gracias a un infortunio, conoce a Ally (Emilie De Ravin), una chica que le hará reconciliarse con la vida y hará que vuelva a tener sentido.

Ally también esconde una gran fatalidad familiar en su pasado, que le hará estar sobreprotegida por su padre, que vive con temor a que le vuelva a ocurrir algo a la joven. Tyler y Ally coinciden en un pasado y en un destino que, por alguna razón, ha querido unir a estas dos almas perdidas. Estamos ante una historia dramática que se deja de manifiesto nada más comenzar la película, pero que acaba centrándose en dos amantes hacia la mitad de la misma, cuya reciente relación se verá amenazada al tener que hacer frente a sus respectivas familias y problemas personales. 


Hasta entonces, el único amor en la vida de Tyler había sido su hermana menor, la entrañable y virtuosa Caroline (Ruby Jerins). Tras la pérdida que sufren, siente que debe cuidarla y protegerla de la indiferencia de su padre o de las burlas de sus compañeras, debido a su carácter introvertido. Aunque el amor era lo último que figuraba en sus planes, a medida que el espíritu y cariño de Ally irrumpe en su vida, consigue reponerla y sanarla. Ella misma no es consciente de ello, pero poco a poco se empiezan a enamorar de forma inesperada. Es a través de ese amor por el que empieza a entrar un poco de felicidad a su vida. Pero no tardarán en desvelarse secretos ocultos, y la tragedia volverá poco a poco a sus vidas, cuando las circunstancias que propiciaron que se conocieran amenacen, de nuevo, con separarlos.

Allen Coulter dirige esta romántica pero, sobre todo, dramática historia; un director que en su trayectoria sólo descubriremos otro largometraje, Hollywoodland (2006), pero que en su haber hay una amplia andadura como director de series de televisión, destacando su dirección al frente de capítulos de series tan conocidas y consagradas como Los Soprano, Sexo en Nueva York, Ley y orden o Experiente X.


Aunque esta película puede recordar al típico film romántico trágicamente contado, siguiendo la estela de otras similares como Querido John o La casa del lago, acrecentado al estar protagonizado por el ídolo adolescente Robert Pattinson, el brillante Edward Cullen. Como siempre, hay que dejar los prejuicios a un lado para poder disfrutar de una película que, ofreciendo los ingredientes habituales, deja un sabor de boca distinto a las demás. El film no se recrea en el dolor, ni busca la lágrima fácil. Es sugerente, no muestra la tragedia explícita. Lo que verdaderamente importa no son los hechos en sí, sino lo que traen consigo, la forma en la que cada persona reacciona ante una misma situación, la importancia que se le da a cada acontecimiento. Por eso resulta tan interesante leer entre líneas el drama que pretende evocar una situación tan trivial como una travesura en una fiesta infantil, o el hecho de que una joven pase la noche fuera de casa.


En ocasiones, la película nos puede parecer lenta y predecible, aunque, según nos acerquemos a su final, no acertaremos de manera exacta, descartando opciones que en un principio nos parecieron posibles. Durante su transcurso, puede gustarte la historia en mayor o menor medida. Pero, si algo queda claro en la mayoría de críticas de aquellos que la han visto, es que toda la película queda justificada gracias a su estremecedor final.

Aparte del giro argumental de la última parte de la película, también quisiera destacar una idea que se desprende de la historia, esa la rabia contenida de quienes pierden su lugar en el mundo y no lo encuentran hasta que aparece una persona que trae la llave para abrir el camino, ya sea una amistad, un familiar o ese gran amor. Sus protagonistas, Robert Pattinson y Emilie de Ravin (la entrañable y sufrida Claire en Lost o Bella en Once upon a time), saben transmitir ese sentimiento con mucha verdad, sin pretensiones y con diálogos sencillos y espontáneos. 


Aunque Robert y Emilie son el alma de la película, hay que destacar también el papel de Pierce Brosnan, en el papel de cruel e indiferente padre. Lena Olin está correcta como madre de Tyler, aunque su personaje no tiene mucha repercusión a lo largo de la película, al igual que el compañero de piso de Tyler, que pone la nota de humor del típico colega adolescente. Y, sin duda, una mención especial a la gran interpretación de Ruby Jerins como la pequeña de la familia, Caroline, que conmueve y se hace querer a partes iguales. Robert y ella son la otra gran pareja de la película.

Con Tyler y Ally veremos cada giro que da su historia, desde la tragedia más absoluta hasta el primer halo de luz que entra en sus vidas. Cada acto tiene su repercusión el uno en el otro. Tyler dio el paso para que su familia comenzara a unirse de nuevo, incluso para que Ally superara su trauma particular. En definitiva, eso es lo que nos consigue mostrar Recuérdame, lo pequeños e insignificantes que somos cada uno de nosotros y lo frágil e impredecible que es la vida ante ello. 


Recuérdame es una inolvidable historia acerca del poder del amor y la importancia de la familia, y una moraleja considerable sobre vivir apasionadamente y saber apreciar cada momento de la vida.

Nuestras huellas dactilares no se borran de las vidas que tocamos...


Escrito por Mariela B. Ortega




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