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Oppenheimer, de Kai Bird y Martin J. Sherwin, y adaptación de Christopher Nolan

26 julio, 2023

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Portentosa biografía la de Robert Oppenheimer (1904-1967), el científico que luchó contra sí mismo y las élites del poder, tras haber descubierto la bomba atómica y estar en ciernes la de hidrógeno, y que con su voluntarismo nos mostró las claves éticas del futuro tras haber sido vulneradas, no solo por su persona.

Premio Pulitzer en el apartado de biografías, Oppenheimer, Prometeo americano (American Prometheus, the Triumph and Tragedy of Robert J. Oppenheimer, 2005; Debate, 2023), de los historiadores Kai Bird (1951) y Martin J. Sherwin (1937-2021), es un libro que me interesó leer a comienzos de este año, por distintos motivos. En primer lugar, por constituir un friso de la primera mitad de una época sumamente interesante y efervescente, donde ciencia y moral iban a tener sus encuentros y desencuentros; en segundo, por ser un ensayo de la vida, apenas conocida, de su protagonista. Uno de los nombres del siglo XX. Y en tercero, por tener noticia de una adaptación cinematográfica a las puertas.


El libro es exhaustivo como experiencia vital e histórica. El desarrollo de la energía atómica no fue ni es asunto baladí. Por mucho que su comprensión, o falta de ella, haya derivado en una demonización de las ramas más constructivas de su empleo. Aprovecho para recomendar, a quienes estén verdaderamente interesados en la argumentación, los volúmenes Nucleares, sí, por favor (Deusto, 2023), del doctor en física nuclear Manuel Fernández Ordóñez (-), y El futuro fósil (Fossil Future, 2022, Deusto, 2023), de Alex Epstein (1980). Editorial espléndida donde las haya, por cierto.

Toda personalidad es compleja. La de usted, la mía. La de Robert Oppenheimer se lleva la palma. Pero ni más ni menos que la de otros diseñadores del pasado siglo XX. Otra cosa son los logros, entre los cuales destacan aspectos muy positivos, como veremos a continuación.
 
La mecánica cuántica parece estudiar lo que, en teoría, no debería existir y, sin embargo, existe. Lo único que sabemos es que, de momento, funciona. Como la astrología (aún a riesgo de ofender a los ofendidos natos), no se puede constreñir a un laboratorio. Es pura magia. Que a veces se convierte en realidad.

Así es esta ciencia. La teoría va por delante de una práctica que nos la confirma como verdadera. Nos demuestra que la naturaleza, lejos de ser absurda o regida por el mero azar, idea que molestaba tanto al otro gran Albert de esta encrucijada, Einstein (1879-1955) (capítulo V), se organiza por Dios sabe quién, dentro de un aparente desorden. Algo con apariencia de caos la configura.

Imágenes de la película
Físico teórico más que experimental o de laboratorio, ganado para la ciencia merced a la dualidad onda-partícula (VI), Robert J. Oppenheimer fue una de esas personas con un imponente dominio de su -naciente- materia de estudio, y una inusitada capacidad para saber transmitirla en el aula. Pese a lo cual, Oppenheimer consideraba que fui un profesor muy difícil (íd.). Versado en clásicos hindúes y en poesía, tan educado y cortés como impertinente, de carácter tan inquisitivo como asocial, portador de ideas brillantes y cálculos indisciplinados, Robert apenas se dejó comprender fuera de su íntimo círculo de afinidad académica, en el que se encontraba su hermano menor Frank (1912-1985), así mismo, físico de partículas. Tras una grave crisis emocional en 1926, antes de partir a Zurich para completar sus estudios, siendo alumno de Harvard (Cambridge, Massachusetts), envenenó la manzana de uno de sus maestros, en un arrebato de enfurruñamiento. De niño, según testimonio recogido por los autores, Oppenheimer fue encerrado en la nevera de un campamento. En cuanto a sus relaciones femeninas, devienen escuálidas, y traumáticas cuando se afianzan. Judío de educación liberal en la Escuela de Cultura Ética de Nueva York (I), de familia acomodada pero forjada a sí misma, Oppenheimer no podía consentir que otros supieran más que él. Lo que, salvando las distancias, entiendo perfectamente. Mis dos grandes amores son la física y Nuevo México (VI), un lugar en el que, ciertamente, pasaría gran parte de su vida, con su hermano y sus más íntimos amigos (Lawrence).

Los principios básicos de la comunicación parecían serle totalmente ajenos, pero jamás se aprovechaba del trabajo de sus alumnos u otros colegas, como si hacían otros (íd.). Esto es, jamás tomó cosas de aquí y allá que asumiera como propias.


Tras su regreso de una Europa cada vez más convulsionada (qué cosa más rara), Robert Oppenheimer es acogido como profesor en Berkeley (California), siendo colega de Ernest O. Lawrence (1901-1958), inventor del primer acelerador de partículas o Ciclotrón, y Premio Nobel de Física en 1939. Tirando del hilo de Paul Dirac (1902-1984), otro Nobel de 1933, Robert predice el positrón (VI), contraparte positiva del electrón; la antimateria demostrada teóricamente por Carl Anderson (1905-1991), en 1932. Siempre captaba la esencia de la cuestión, que después no pulía (íd.). En aquel momento, físicos de todo el mundo competían por resolver los mismos misterios. Pero Oppie, como lo apodaban sus alumnos y allegados, no tenía la paciencia para dedicarse a un problema durante mucho tiempo (íd.). Junto a su pupilo Hartland Snyder (1913-1962), predice la existencia de un agujero negro tras la implosión de una estrella de neutrones (enana blanca, dos a tres veces la masa de nuestro sol). Era una persona con gran capacidad de síntesis y capaz de expresarse con rigurosa y, a veces, cortante claridad. Está todo en su carta natal (disculpen la digresión): signo solar en Tauro, ascendente Géminis, luna en Cáncer, con Neptuno en casa uno, Júpiter (y Venus) en la once, y Mercurio y Plutón en la doce. Cuarta, quinta y sexta vacías, a expensas de los tránsitos. Ilustrativa radiografía para observar con detenimiento.

Por aquellos años de plena inmersión académica, Oppenheimer ya pensaba que solo mediante la disciplina es posible ver el mundo sin la vulgar distorsión del deseo personal (VII). Lo cual dice mucho de lo que van a ser sus compromisos emocionales con los demás, de cara a un trabajo que siempre debía ser lo primero. No obstante su filiación con la literatura, caso de Yeats (1865-1939) o Eliot (1888-1965; en la película lo descubrimos con un ejemplar de La tierra baldía [The Waste Land, 1922; Cátedra, letras universales, 2005, Lumen, 2022]), a sus veintiocho años, Oppie parecía ya buscar un desapego de lo terrenal. No buscaba escapar al más puro reino espiritual. No buscaba una religión, según los autores. Pero es que ambas facetas no tienen por qué ser lo mismo. De modo que yo sí creo que pudiera buscar su encuentro con lo espiritual, deslindado de lo confesional. Pese a formar parte de una religión estructurada y consolidada, la hebrea, Oppie supo ver la diferencia entre esa espiritualidad y la vertiente eclesiástica; incluso cuando abandona unas ataduras políticas que parecían tan fundamentales. Espiritualidad donde el libre albedrío y el karma, la predestinación, parecen contraponerse. Lo que puede ocurrir si no se saben integrar ambos parámetros. Como ya he expuesto en multitud de ocasiones, ambos no son polos opuestos, sino complementarios, aunque parezcan excluirse.

Esto explica el hecho de que pese a relacionarse con individuos de un determinado condicionamiento ideológico, él no era ningún activista político (VII).


El posicionamiento izquierdista se produce cuando Oppenheimer conoce a la estudiante Jean Tatlock (1914-1944), interpretada en la película por Florence Pugh (1996). Advenimiento tan bienintencionado y desinformado como cabía esperar. La visión de la guerra en España (1936-1939), concentrada en un párrafo supuestamente sincrético, es de lo más superflua. Aun así, no se ha podido demostrar que Oppie se afiliara al partido comunista (IX y XXV). Frente a quienes se muestran dispuestos a justificar la escisión de toda una nación bajo las siglas de esa ideología izquierdista, los autores señalan de Oppenheimer que era imposible malinterpretar el intenso amor que sentía por su país (V).

Verbigracia. El veinticuatro de agosto de 1939, la Unión Soviética firmó un pacto de no agresión con la Alemania nazi (Mólotov-Ribbentrop), lo que descolocó a un buen número de simpatizantes comunistas. Las opiniones de Oppenheimer continuaron evolucionando debido a las desastrosas noticias de la guerra. Robert siempre quiso ser libre para pensar por sí mismo (X). Esto le salvó, a pesar de su particular vía crucis.

Tras la inevitable ruptura con la ciclotímica Jean, en 1939, el científico inicia otra controvertida relación con Katherine Kitty Harrison (1910-1972), de ascendencia aristocrática (como muchos comunistas) (XI). Más tarde, Robert inicia una relación adúltera (por ambas partes) con Ruth Tolman (1893-1957) (XXVI).

Entre tanto, Oppenheimer se había transformado a sí mismo mediante el trabajo (XIII). Había pasado de ser un científico prodigio de carácter difícil, a un líder intelectual carismático y refinado (íd.). En junio de 1941, la administración Roosevelt (1882-1945), creó la Agencia de Investigación y Desarrollo Científico para enrolar a la ciencia en propósitos militares. La experiencia intelectual fue inolvidable, en palabras de Hans Bethe (1906-2005) (íd.), Nobel de Física en 1967, el mismo año que falleció Oppenheimer, que nunca fue laureado con esta distinción. De forma paulatina, Robert Oppenheimer iba cortando lazos con el comunismo. No quiero que nada interfiera en mi utilidad para la nación (íd.).


Finalmente, en octubre de 1942, el ya reconocido físico es nombrado director del Proyecto Manhattan, por mediación del general Leslie Groves (1896-1970). Con Groves le unió un recelo inicial, que muy pronto se convirtió en un calculado respeto mutuo. A ojos del general Groves, la ambición personal de Oppenheimer garantizaba su lealtad (XVII).

Para conseguir el éxito, Oppenheimer tuvo que rehacer una parte significativa de su personalidad (XV). Las instalaciones de Los Álamos (Nuevo México) comienzan a ser operativas en marzo de 1943. Openheimer estaba muy empapado de tradicionalismo estadounidense (los versados recuerden el signo solar). Pronto cambió radicalismo por patriotismo (íd.).

La intención era construir el arma antes de que lo hicieran los nazis. Incluso se pensó en la conveniencia de secuestrar a Werner Heisenberg (1901-1976), el colega alemán que ayudaba a los nazis (íd.). Sometido a estrecha vigilancia física y electrónica (XVI), Oppie no quería a ningún miembro reciente del partido comunista trabajando en el proyecto, que a estas alturas, y como ya hemos constatado, consideraba un compromiso semejante al religioso (XVII), que había que elidir.

La posterior realización cinematográfica recoge algunos de los capítulos íntimos de la vida de Oppenheimer, que se entrecruzan con los acontecimientos históricos que andan en construcción. Lo que incluye a una Kitty que ha comenzado a darse a la bebida (XIX), la llegada del venerado Niels Bohr (1885-1962) a Los Álamos, en diciembre de 1943 (XX), o el descubrimiento tardío de dos espías pro-soviéticos en el interior del complejo (XXI). Tras la guerra en Europa, se plantea la viabilidad ética de usar la bomba contra los japoneses. En consecuencia, se establece el debido debate científico-militar sobre el empleo del mecanismo explosivo y sus implicaciones posbélicas. Lejos de su posicionamiento final, Oppie atrae al venerado general George Marshall (1880-1959) hasta su punto de vista (XXII). Conviene tener en cuenta que Rusia tenía previsto declarar la guerra a Japón en agosto de 1945 (íd.). De este modo, acontece la esperada pero temible prueba de la bomba en Alamogordo (Nuevo México), llamada Trinity por Oppenheimer (en el hinduismo, el inicio creador, el final destructivo, y el principio defensivo, personificados por Brahma, Shiva y Vishnu, respectivamente).


Estallan las dos bombas atómicas (XXIII). Pero el científico no podrá volver a ser el mismo. Como recoge la tensa reunión entre Oppenheimer y el presidente Harry Truman (1884-1972) (XXIV), en capítulo reproducido en la película, estando el presidente interpretado por Gary Oldman (1958). Con su levantisca vulnerabilidad, el mismo servirá a sus enemigos la oportunidad de acabar con él (íd.).

Siempre había tomado un camino individualista, que el F.B.I., con Hoover (1895-1972) a la cabeza, trata de desacreditar (XXV). Aunque para lealtad, la de Ann Wilson (-), secretaria de Oppenheimer en Los Álamos, que se niega a facilitar información al F.B.I. a través de un amigo de la familia y antiguo profesor, el sacerdote John O’Brian (-).

Detona la cuarta bomba, sobre el Atolón de Bikini (Islas Marshall, Micronesia) (XXV). La actitud de Oppenheimer respecto a la Unión Soviética va a seguir la trayectoria general de la Guerra Fría (XXVI).

Pero la vida sigue. En Princeton, Nueva Jersey. En concreto, en el Instituto Fuld Hall, donde se respiraba un aire distinto al de Berkeley y San Francisco, ciudades más liberales (XXVII). En junio de 1946, Johnny von Neumann (1903-1957) empieza a construir un ordenador de alta velocidad en la sala de calderas de Fuld Hall. Oppie tenía opiniones encontradas sobre el ordenador (íd.). Él y von Neumann presentan el invento al público en junio de 1952. Pese a todo, Oppie consideraba esencial que el instituto acogiera tanto ciencias como humanidades (el nombrado T. S. Eliot, Arnold Toynbee [1889-1975] o Isaiah Berlin [1909-1997]…). Allí Einstein desarrollaba la Teoría de Campos Unificada con objeto de sustituir las “incoherencias” de la física cuántica, es decir, frente al Principio de Incertidumbre establecido por Heisenberg (que era lo que le molestaba de esta teoría). Como físicos, Oppie y Einstein discrepaban. Como humanistas, eran aliados (íd.).

Así llegamos ante el Comité de Actividades Norteamericanas, donde se patentiza la enemistad entre Robert Oppenheimer y Lewis Strauss (1896-1974), presidente de la Junta Directiva del Instituto de Princeton, del que Oppie era director de Estudios Avanzados (XXVIII) (nombrado por Strauss). Comenzada la funesta caza de brujas del macartismo, Frank, el hermano, se ve obligado a trabajar como ganadero en el rancho de Nuevo México.

La detonación de la bomba soviética, el veintinueve de agosto de 1949, pone de nuevo sobre el tapete, lejos ya de la teoría, la posibilidad de una Guerra Fría bajo el signo nuclear, y por consiguiente, el desarrollo de la temida bomba H, termonuclear (XXX).

Oppenheimer se enfrenta a esta posibilidad, lo que no es óbice para que, en los últimos años de su vida, sea homenajeado como la gran figura científica que fue.


Respecto a la adaptación cinematográfica, emprendida por el sobrevalorado Christopher Nolan (1970), varias cosas quisiera señalar. Durante la primera hora, Oppenheimer (íd., Universal, 2023), cuenta de forma muy acusada con algunos de los tics más caros al cine actual (que no moderno). No en vano, cuando se ha de recurrir a la alteración lineal de la narrativa, algo a lo que Nolan es excesivamente aficionado, habiendo encontrado en ello, parece ser, su principal recurso narrativo y cinematográfico, como medio de hacer interesante la historia que se tiene entre manos, es como si no te tuviera confianza en el material con que se cuenta. Algo atribuible al propio realizador, puesto que firma el guión además de la realización. Y Nolan no es precisamente Joseph Mankiewicz (1909-1993). Sus diálogos son secos e informativos.

Esa es la impresión que da Oppenheimer. Al fraccionamiento temporal -insisto que sin venir a cuento: el procedimiento no es malo en sí mismo, pero da la impresión de ser la única distinción y apuntalamiento expositivo con que algunos cineastas cuentan hoy en día-, se suman los insertos a modo de flashes de electrones o lo que sea, molestísimos, porque nada aportan al entramado o personalidad del protagonista, y más parecen programadas llamadas de atención visuales y sonoras, para que el espectador no se aburra y saque el móvil. Tampoco puedo entender la aleatoria alternancia de la fotografía en color y el blanco y negro. ¿Se va a perder el público contemporáneo sin el empleo de tales recursos? La verdad es que no lo sé.


Por otro lado, la película es bastante fiel al libro, y a pesar de su longitud, se las apaña bien para sintetizar, a veces de forma demasiado somera, por medio de una sola imagen o escena, algunos de los capítulos biográficos y emocionales recogidos en la nutrida biografía. Pese a lo expuesto, la película se reconstruye, a mi modo de ver, a partir de una primera hora balbuciente. Cuando toma cuerpo el suspense del interrogatorio en paralelo, de Oppenheimer, por los acólitos de la Casa Blanca y el F.B.I., y el de su rival, el profesor Lewis Strauss (un espléndido Robert Downey Jr.), ante el Senado de los EEUU, cuando se postula como miembro del gabinete del entonces presidente Eisenhower (1890-1969). El “terremoto” con el que Cecil B. De Mille (1881-1959) decía que debía abrirse cada película (no solo de aventuras, aunque principalmente), no comienza hasta los preparativos y detonación de la bomba de prueba Trinity, en pleno desierto de Nuevo México. A partir de ese momento, y del doble careo, la película se concretiza y juega bien la baza del ritmo y la emoción, confrontando escenas y distintos marcos temporales.

Por supuesto que al hablar de ritmo no me estoy refiriendo a la rapidez de la exposición, sino a la adecuación de cada escena y línea de diálogo, con la debida puesta en escena. Algo nerviosa e impersonal en el caso de Nolan. Su preferencia es no dejar la cámara demasiado tranquila para así tratar de conferir inmediatez y destreza al plano. Sin llegar a los abusos de descuartizamiento visual de otros colegas, por descontado. La puesta en escena de Christopher Nolan pretende afanarse en ser clásica (ahora sí, moderna), sin apenas conseguirlo. Ello no obsta para que sobrevengan ideas visuales bastante logradas, como la imagen de las canicas que hacen las veces del plutonio que se precisa para confeccionar el artefacto nuclear, y que se van condensando en el interior de unas peceras, lenta pero inexorablemente.


De la labor de los intérpretes cabe destacar que es excelente en todo momento. Con especial atención a la relación entre el científico (Cillian Murphy) y el general Groves (Matt Damon). La locura enfermiza y esquizofrénica de los personajes femeninos es tratada a vuela pluma, pero es certera respecto a lo que se nos cuenta en la biografía. Incluido el episodio en que la esposa, Kitty (Emily Blunt), no muestra la menor empatía con sus hijos de corta edad, y estos han de ser puestos a disposición de unos amigos (el matrimonio Chevalier), por una temporada, con la aquiescencia de Robert. El cine, como la literatura, o la música a su manera, pero muy esencialmente el cine, siempre tuvo la virtud de desnudar al actor y a nosotros mismos, pues determinados momentos de vulnerabilidad siempre resultan dolorosos en una pantalla.

De forma concisa y diáfana se especifica también la intrusión de la ideología comunista en la vida de buena parte de una generación de norteamericanos (si bien, Nolan recoge la misma idea simplista sobre la Guerra Civil Española que se esgrimía en uno de los párrafos del libro). Un proceso que culmina, salvo en los casos más obcecados, en el descubrimiento como adultos del espejismo ideológico, su cruda materialidad, y abandono de dicha afiliación.

Por su parte, la banda sonora de Ludwig Göransson (1984) es inexistente, como era de temer. Intercambiable con cualquier otra película; sin entidad. El gran hándicap del cine actual sigue siendo el mismo, y Oppenheimer no es una excepción: no contar con compositores de fuste que otorguen diversidad emotiva y revistan las imágenes de una personalidad específica, la que cada película demanda (más allá del uso de la percusión o un aburrido chelo). En contraposición, la fotografía de Hoyte van Hoytema (1971) resulta discreta, casi despojada.

 
En suma, Oppenheimer es una buena muestra de lo que el cine de reciente cuño ofrece, con sus luces y sus sombras, no solo atribuibles al personaje que nos ocupa, sino trasladadas al material cinematográfico con que se nos exterioriza. Lo mejor de la película es que no pierde de vista el componente humano del protagonista. De su interés por el logro científico, encaminado a ayudar y defender a su país, y de su compromiso de que, tras la muerte de tantos civiles inocentes, tal acción no debía volver a repetirse, no podemos dudar en ningún momento.

Escrito por Javier Comino Aguilera


In Time, de Andrew Niccol

06 octubre, 2022

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La ciencia ficción nos permite acercarnos a situaciones hipotéticas con las que podemos ahondar en nuestra propia humanidad y en su trascendencia. No obstante, gran parte de lo que hoy catalogamos como ciencia ficción en realidad es una fantasía tecnológica, ya que la ciencia real suele quedar desplazada o relegada a una explicación sencilla y poco convincente. Aún así, no es algo que particularmente me preocupe, porque tiendo más a disfrutar de las vicisitudes de los conflictos humanos y de los buenos planteamientos. Por ello me pareció interesante la distopía que planteaba In Time (Ib., Andrew Niccol, 2011).

Según plantea su argumento, a partir del año 2161 se logró evitar el envejecimiento humano desactivando un gen, lo que ha provocado que todo el mundo pueda tener vida eterna, estancada en un cuerpo de veinticinco años. No obstante, se ha impuesto un sistema económica basado en el tiempo que una persona tiene, de modo que cuando el tiempo del contador que lleva en su cuerpo llega a cero, esa persona fallece. Las diferencias sociales son más que evidentes, incluso con fronteras que tienen un peaje basado en el tiempo y el foco, como era de esperar, se sitúa en un barrio del extrarradio, en el que malviven las personas por conseguir un día más de vida. En uno de esos guetos vive Will Salas (Justin Timberlake) con su madre, Rachel (Olivia Wilde). Un día cualquiera dentro de su miseria, nuestro protagonista conoce a un hombre con un siglo en su reloj que acabará por cedérselo para que aproveche el tiempo del que él ya está hastiado. 


La premisa de In Time podría haber planteado diversos conflictos, pero todo queda bastante diluido conforme la trama avanza para acabar siendo una película bastante genérica, que da tumbos en su narrativa. Todo el tramo inicial es un buen prólogo que retrata la vida de Will como un muchacho que trata de sobrevivir en un mundo que es muy injusto, una evolución dantesca de nuestra realidad económica. Sin embargo, cuando llega el momento en que podríamos considerar que el protagonista va a intentar hacer cambios con su nueva situación vital, queda bastante limitado su impacto a una historia de romance y rapto con persecuciones y robos. Es cierto que la película se esfuerza en mostrar el contraste entre los guetos, donde todo el mundo está siempre corriendo y viviendo al día, y el centro de la ciudad, donde las personas viven con pausa y excesiva calma, tanto que el comportamiento del protagonista llama la atención fácilmente, por tratar de disfrutar de unos lujos que los demás dan por cotidianos, como pasear despacio o comer con tranquilidad. Sin embargo, todo queda en un segundo plano cuando se inicia una trama particular que olvida el carácter social, que recuperará en el tramo final, y se centra en una historieta poco atractiva y completamente cliché con personajes actuando de manera completamente ilógica. Como punto positivo, cuando lleguemos en el segundo tramo a su apartado de acción, destaca bastante la tensión que genera el uso de los relojes temporales, siendo algo original de la película.

Cuando Will entre a un casino, atraerá la atención de Phillipe Weis (Vincent Kartheiser), fundador de una compañía de préstamos temporales, y de su hija, Sylvia (Amanda Seyfried). En este punto, se recurre al atractivo de las relaciones entre distintas clases sociales: chica rica se enamora de un joven que aparenta ser de su misma clase social, pero que en realidad es pobre. Lo que atrae a nuestra muchacha es la manera en que vive aprovechando el tiempo realmente, arriesgándose hasta extremos irrisorios, como cuando realiza una apuesta en un pulso temporal que podría haberlo matado. Pero, posteriormente, también la incitará a cometer algunas locuras, como bañarse en el mar de noche. El personaje de Sylvia está desarrollado con la base de la admiración más absoluta hacia Will, ya que encuentra en su rebeldía y en su comportamiento un suficiente enganche como para acabar delinquiendo a su lado.


En efecto, el segundo tramo de la película es el más genérico dentro de la acción más rutinaria. Se agolpan persecuciones en coche, asaltos y robos. Incluso Will debe secuestrar a Sylvia de su propia casa para huir con ella mientras son perseguidos por el meticuloso guardián del tiempo, es decir, el policía Raymond Leon (Cillian Murphy). Cabe destacar que este personaje se plantea como un gran profesional, pero es el responsable de una de las mayores incoherencias de la trama, que provoca una escena ridícula en el tramo final de la película. En definitiva, tenemos a nuestros particulares Bonnie y Clyde que comienzan a robar a la empresa de Phillipe, es decir, de su propio padre, que no ha sido capaz de ceder en nada para recuperar a su hija. Pero, de nuevo, debemos recalcar que esta relación se sustenta en dos encuentros y un rapto a punta de pistola. La forma de actuar de Will y su relación con Sylvia acaba por dinamitar cualquier punto de carisma o catarsis que se podría haber logrado en el prólogo, ya que acaban siendo personajes excesivamente planos en un ambiente claramente maniqueo, donde nadie se cuestiona nada.

Es decir, cuanto más avanzamos en el material que nos ofrece In Time más contemplamos su cartón piedra, cómo estamos ante personajes creados para una historia simple que se ha disfrazado con un planteamiento de ciencia ficción, algo similar a lo que ya encontramos en Un amor entre dos mundos (Upside Down, Juan Diego Solanas, 2012). El desequilibrio económico-temporal se soluciona con una acción fortuita, los protagonistas deciden vivir al día, porque es más emocionante, y el sistema colapsa de manera pueril (y pretendida) solo por la acción de dos jóvenes enamorados que ni siquiera se han planteado cuál es su objetivo. Un desvarío vacío que tiene un buen inicio, escenas genéricas de acción que entretienen lo justo, tramas clichés y simplonas que no ahondan en un sistema socioeconómica evidentemente corrupto y comportamientos que harán dudar de la inteligencia de los personajes o de sus creadores. Lástima por una buena premisa desperdiciada.

Escrito por Luis J. del Castillo



Origen, de Christopher Nolan

20 octubre, 2013

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Cartel del film
En un cruce entre un thriller y una película de ciencia ficción, Origen (Inception, 2010) nos traslada a la vida de Dom Cobb, un experto en obtener información, como cualquier espía, mediante los sueños y unos dispositivos especiales para adentrarse en la mente de otras personas. La idea, en cuanto a original, bebe de tantas otras películas que en las últimas décadas han ahondado en los sueños y en las falsas realidades, de la que podemos destacar, sin duda, Matrix (Lana y Andy Wachowski, 1999)

Este argumento viene de la mano de un director que ha ganado su popularidad ligado a uno de los superhéroes más populares de la compañía DC, hablamos de Batman y la trilogía que realizó Christopher Nolan sobre el personaje, que recuperaron al personaje tras las últimas y nefastas adaptaciones que se habían realizado a mediados de los noventa. Sin embargo, más allá del murciélago y de su actual relación como productor con El hombre de acero (Man of Steel, Zack Snyder, 2013), no es la primera ocasión en que Nolan se adentra en el mundo de los sueños y los thrillers, como dan buena cuenta su segunda película, Memento (2000), y la tercera, Insomnia (2002).

Christopher Nolan junto a DiCaprio y Cillian Murphy
El planteamiento alrededor de los sueños es bastante interesante, logrando una buena mezcla entre la trama y la ciencia ficción, aunque el metraje resulta excesivo, con momentos que alargan las escenas de acción y un continuo uso de la cámara lenta para aumentar la tensión según avanza el film, acompasado por una partitura de Zimmer que se puede volver repetitiva para esos momentos de la película. Además, el inicio, con esa escena in media res, era innecesario. Por otra parte, tampoco se profundiza demasiado en los personajes, a excepción del protagonista, cuya historia va en relación con lo que sucede en el caso concreto.

Leonardo DiCaprio mantiene bien al personaje en una actuación que bien podría recordar al Roger Ferris que interpretó en Red de mentiras (Body of lies, Ridley Scott, 2008) o su papel en Shutter Island, film del mismo año que este, dirigido por Scorcese. Junto a él, Gordon-Levitt y Tom Hardy tienen papeles más estereotipados, pese a su buen hacer interpretativo. Ellen Page, por su parte, logra brillar con su personaje, Ariadne, siendo quizás uno de los personajes más trabajados del film, pese a que todo su potencial está supeditado a las conversaciones con DiCaprio.


Peor suerte tienen Ken Watanabe o Michael Caine, el primero por un personaje poco agradecido y el segundo por realizar más un cameo que una verdadera participación en el film, incluso con menor aparición que en la más reciente Ahora me ves... (2013). Marion Cotillard tiene un personaje con fuerza y determinación, convirtiéndose en la pieza clave del pasado de Cobb con su interpretación de Mal, mientras que Cillian Murphy es prácticamente un extra dentro de la lógica de la película.

Sin duda, Nolan realiza una película muy aceptable, con unos efectos visuales típicos ya en nuestra actualidad, pero que nos siguen sorprendiendo. Abusa, seguramente, de la cámara lenta, y emplea también en exceso los mismos recursos para mantener o aumentar la tensión, pudiendo cansar al espectador más que estremecerlo. Por lo demás, deja un inmerecido final paranoico para una película que podría haber sido más redonda, mejor realizada gracias a un planteamiento atractivo y unos personajes que contaban con cierto carisma, igual que los actores con los que contaba.


En definitiva, una película muy entretenida, a la que le sobran minutos y tensión innecesaria, acompasada por unas actuaciones buenas dentro de unos personajes un tanto planos, a excepción de DiCaprio y su interpretación de Dom Cobb, un sufrido hombre mitad espía, mitad padre arrepentido, que realza el factor humano más allá, después de todo, de toda esa fotografía espectacular que nos proporcionan los sueños de Nolan.


Escrito por Luis J. del Castillo




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