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Captain Fantastic, de Matt Ross

10 junio, 2018

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A pesar de intentar evitarlo, vivir en la incoherencia y la hipocresía es más habitual de lo que pretendemos. Cada vez más podemos percibir cómo los valores que van incorporándose a nuestra sociedad provoca, por una parte, un choque con lo anteriormente establecido, lo que repercute en el habitual duelo generacional, y por otra, nos hace aspirar a un tipo de sociedad que, en la mayor parte de ocasiones, no coincide con nuestros actos. Es decir, procuramos clamar mensajes a favor de la ecología, la igualdad, la vida sana, la educación, la libertad o la mesura, pero vivimos en una continua disonancia con esos mismos mensajes, de una forma u otra. De ahí que Captain Fantastic (2016) pueda suponernos un relato incómodo.

En esta película de cine independiente, el director y guionista Matt Ross nos plantea una reflexión en torno a la educación y al desarrollo social en las líneas que mencionábamos antes. El argumento es bien sencillo: una familia habita en la naturaleza, alejados del capitalismo estadounidense que les rodea, formando a sus hijos tanto física como intelectualmente a través de la experiencia en primera persona tanto ejercitándose en medio de la naturaleza como leyendo acerca de cualquier tema que les cause interés, a un nivel de profundidad que algunos podrían considerar inadecuados para su edad. Sin embargo, la madre, ya ausente cuando empieza la obra, se ha suicidado lejos de su hogar y ahora el padre, Ben Cash (contundente y entregado Viggo Mortensen), decide sumergirse junto a sus hijos en un viaje para cumplir la última voluntad de su esposa. No obstante, a pesar de la sencillez argumental, el foco se sitúa en la forma en que Ben educa a sus hijos y en el posterior choque entre sus principios y los del mundo que le rodea, debiendo enfrentarse a los defectos de su propio sistema.


De esta forma, la película se desarrolla en tres partes más un epílogo que sirve de cierre. En la primera parte descubrimos a esta peculiar familia dentro de su entorno propio, con su rutina, que se asemeja a un estilo de vida primigenio: sin tecnología, en la naturaleza, viviendo de la caza, de la agricultura y educándose en la lucha física y en el ejercicio como si se tratasen de atletas de élite. A su vez, su entretenimiento llega con los libros, que van desde las grandes novelas de la literatura universal hasta ensayos sobre física cuántica o política. Sin faltar tampoco la formación musical o el necesario cariño, todo ello desarrollado de forma intergeneracional, con la convivencia y el aprendizaje mutuo de todos los hijos a la vez, a pesar de su diferencia de edad.

A partir de la sinceridad, Ben no duda en presionar a sus hijos para lograr que piensen por sí mismos: obliga a una de sus hijas, Kielyr (Samantha Isler), a reflexionar sobre lo que le produce la novela Lolita (Vladimir Nabokov, 1955) en lugar de que se quede en un mero "interesante", fuerza a su hijo Rellian (Nicholas Hamilton) a superar la dificultad de una escalada sin ayuda alguna, porque así se enfrentará en realidad a los demás retos de su vida, y no duda en hablar y explicar en qué consiste la sexualidad cuando el hijo más pequeño, Nai (Charlie Shotwell) se le ocurra preguntar por ello. En su conjunto, los niños son, como se describe en la película, pequeños reyes filósofos.


La segunda parte será una road movie en el que se produzca el choque entre la realidad exterior y el mundo que Ben había creado junto a su mujer Leslie (Trin Miller) para educar a sus hijos. En este parte del relato se certifica la superioridad de la educación recibida por parte de Ben, sobre todo en el crucial encuentro con sus primos, que pone el dedo en la llaga en nuestro sistema educativo, así como el rechazo al capitalismo hasta su última instancia, incluyendo el robo descarado. Sin embargo, también se irán viendo sus debilidades y flaquezas, que concluirán en el funeral y en el enfrentamiento entre Ben y el padre de Leslie, el abuelo Jack (Frank Langella). En ese momento se producirán distintos impactos emocionales para el padre de familia, que le hará replantearse lo que ha hecho y aunque el final, y última parte de la película, es climático, supone también un cambio sutil pero relevante en el protagonista. La serenidad de su epílogo refleja también una humanización de un personaje que había quedado en la película excesivamente endiosado.

Aunque resulta evidente que Matt Ross se decanta por apoyar el sistema de su protagonista, no se permite caer en la ausencia de crítica y mostrará también el apartado negativo de ese sistema. No obstante, es más que obvio que Captain Fantastic apuesta por mostrarnos que una educación basada en el interés, en la motivación, en un aprendizaje real, que parta de los problemas a los que se enfrentan, como estudiar anatomía a través de cómo te enfrentarías a un agresor, u obligando a reflexionar sobre aquello que se lee sin caer en los tópicos comentarios, además de, claro, personalizar la enseñanza a cada individuo; es decir, una educación mucho más eficaz y hacia lo que realmente se recomienda. Sin embargo, la segunda parte de la película mostrará cómo se equivoca Ben y lo hará tanto cuando él mismo se dé cuenta (por ejemplo, al provocar que su hija Vespyr [Annalise Basso] tenga un accidente), como cuando se lo reprochen sus hijos (especialmente, el díscolo Rellian), así como las ocasiones en que la forma de actuar de estos personajes sea reprobable e inmoral, a pesar de sentirse dignos.


No en vano, la obra no esquiva la oportunidad de comparar al abuelo Jack, muy conservador y rico, con el pensamiento de Ben para mostrarnos las imprudencias de un lado como de otro. A fin de cuentas, que Jack sea tan dictatorial y ocupe el poder por influencias no se aleja de la forma en que Ben ha moldeado a sus hijos a su antojo, inculcándoles las ideas que él consideraba oportunas y un desprecio e intolerancia hacia el pensamiento de las demás personas. Una de las grandes incoherencias de un personaje que, llegado el momento, pedirá a su hijo mayor, Bodevan (George MacKay) que trate adecuadamente a la mujer de la que se enamore, pese a que eso quizás no incluya el respetar sus creencias, su forma de vida o su pensamiento político.

A todo lo mencionado, debemos sumar el recuerdo a Amor y pedagogía (Miguel de Unamuno, 1902), novela en la que el autor bilbaíno plantea también un sistema educativo para crear un genio olvidándose del factor emocional, hecho que será crucial para la vida -y muerte- de ese hijo genial. Comentaba que debíamos sumarlo porque Captain Fantastic plantea una situación semejante con respecto a Bodevan, del que contemplaremos su primer acercamiento amoroso a una muchacha con la consecuencia más evidente: pertenecen a mundos distintos y allí donde Bo es un genio, en el mundo cultural, no lo es en las relaciones humanas. El sistema de Ben y Leslie creó reyes filosóficos, pero asociales, aislados del resto del mundo, por lo que resultará muy difícil que vivan en él si no aprenden a convivir con sus iguales. Ello no quiere decir que deban perder su pensamiento individual, pero la sociabilidad sigue siendo un factor relevante en el desarrollo humano, como seres gregarios que somos.


Por último, cabría mencionar el hecho de que todo lo relativo a Leslie es confuso a lo largo de la película y logra cierta ambigüedad hasta el final, por lo que también funciona como motor del cambio en la mentalidad de Ben. Si bien su marido estaba convencido de que compartían la misma visión de la realidad, poco a poco la obra nos mostrará que ese idilio quizás no fue real, ya no solo por los problemas psicológicos que atravesó su esposa al desarrollar bipolaridad, sino también por el secreto que mantuvo con uno de sus hijos ayudándole a hacer algo que el padre rechazaría sin duda.

El problema final es que podría haberse tratado de una obra aún más profunda, o quizás más rupturista o radical, más incómoda o más anticlimática, dado que no evita su happy ending. No se trata de una solución realista ni generalizada, pero da buena muestra de otro modelo, de otra forma de ser y, ante todo, de una gran coherencia personal. Todo envuelto en una película bien llevada, con unas actuaciones muy bien sostenidas incluso por los niños y, sobre todo, por el espléndido Viggo Mortensen. A pesar de que no se trata de una reflexión detallada acerca de lo que hace, quedándose en lo superficial, funciona como un buen relato para plantearse que otro estilo de vida, y de educación, es posible.


Adaptaciones (X): El señor de los anillos, de Peter Jackson

14 diciembre, 2012

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En 1999 se reunieron los requisitos para crear la última gran aventura épica que ha vivido el cine. En gran medida, una de las culpables, junto a la exitosa saga de Harry Potter, del boom de adaptaciones cinematográficas que se están dando en la literatura de fantasía, propiciando un descubrimiento para las productoras a nivel de recaudación. Si bien es cierto que literatura y cine han ido de la mano desde los inicios del séptimo arte, la trilogía de El señor de los anillos logró transportar a la gran pantalla no sólo la narración de Tolkien, sino también la posibilidad y la oportunidad de llevar otros libros de iguales características. Sobre las virtudes y defectos de estas adaptaciones se podrían escribir ríos de tinta, pero es preferible centrarse en el material que tenemos entre manos.


Peter Jackson
La Tierra Media, un lugar extraño que Tolkien creó a partir de los antiguos mitos escandinavos, un mundo en el que se encargó de conformar toda una historia, una idiosincracia, que se ha rescatado de todo lo que desarrolló en vida. Sin duda, su obra de fantasía más conocida sobre este universo es El señor de los anillos, una trilogía donde replegó sus artes de gran narrador, con un detalle único para recrear todo el ambiente y la imaginación necesaria para lo que quería mostrar al lector. En este sentido, Peter Jackson, director de los films, se vería en el reto de transportar de aquellas páginas las imágenes que mostraría en sus fotogramas. El resultado no disgustó, pese a una recepción inicial de la crítica algo fría, pero que lograría caldear tras la proyección del último film, que le valdrían un total de once Óscar, igualando el número de Titanic (James Cameron, 1997) y Ben-Hur (William Wyler, 1959), formando un trío cinematográfico bastante peculiar.

Acecando nuestra mirada a la historia, seremos transportados al hábitat de unas criaturas simpáticas y bonachonas que nos transmitirán la serenidad y la alegría de unos tiempos de paz: los hobbits. Similares a los enanos, pero lampiños, dados a las labores de campo más que a la guerra, y de un carácter más festivo y campechano. Aunque no todos son iguales, Bilbo Bolsón, protagonista de la novela El hobbit, resulta ser casi un extraño, el único que se embarcó en una aventura lejos de la querida Comarca. Y junto a él, su sobrino Frodo, futuro protagonista, inocente de un destino nada favorable, que admira y quiere a su tío, aún viviendo feliz en aquel territorio de ensueño.


Todas estas sensaciones e imágenes son captadas por la cámara, con los adecuados arreglos a la escena y la música perfecta para la ocasión, y para todas las demás ocasiones. No en vano El señor de los anillos se caracteriza por tener una serie de leitmotivs muy reconocibles y que nos acompañarán en las tres películas, creando un ambiente musical capaz de ser interpretado con los ojos cerrados. Con esos mismos ojos con los que se nota la oscuridad que la trama va tornándose tras la aparición de un misterioso anillo de oro, propiedad de Bilbo, y con la extraña cualidad de tornar invisible a su portador.


Como nos descubrirá el carismático personaje de Gandalf, el anillo tiene un pasado cruel, signo del mal. Comienza así La comunidad del anillo su travesía desde la Comarca hasta Rivendell, donde se formará una compañía de nueve personas (un elfo, un enano, dos hombres, cuatro hobbits y un mago) para destruir el anillo en el lugar donde fue forjado, un reino que es la antítesis de la Comarca: Mordor. En el camino se sucederán las batallas, los encuentros con seres extraordinarios, las traiciones, los sitios más oscuros y los más bellos; en conclusión, un viaje a través de toda la Tierra Media donde los personajes evolucionarán, madurarán y ocuparán sus destinos inevitables.

La Comarca y Mordor
Bajo la sombra del miedo que emana Sauron, un malvado identificado con un gran ojo ardiendo, la comunidad del anillo tendrá que enfrentarse a las hordas de orcos que forman su ejército, lo que llevó a representar diferentes batallas a lo largo de las películas, in crescendo hasta la batalla final en El retorno del rey. No obstante, como nos muestra la película, en ocasiones las pequeñas personas son decisivas para el destino común. Por ello serán los hobbits, esas criaturas inocentes y alejadas del mundo las que sufran una mayor evolución, conformándose como verdaderos aventureros y guerreros.

Si bien la carga argumental de la trilogía cuenta con muchas escenas, la idea matriz es simple, al igual que los matices de los personajes. El eco de lo que vemos en el film es la adaptación fiel, agradecida por los seguidores de los libros, de la obra de Tolkien, quien, pese a ser un grandísimo narrador, tiñó sus historias de una lectura simple e ideológicamente cristiana: bien contra mal. Este hecho no nos debe enturbiar la diversión y el espectáculo que tenemos ante nosotros, pues no es la primera obra ni la última donde hallaremos esa lucha entre malos y buenos.

El ojo de Sauron, villano del film
Retornando a lo mencionado antes, Peter Jackson logra transportar con la fidelidad de un seguidor de Tolkien los tres libros, alcanzado la notable cifra de 683 minutos, es decir, más de once horas, en la versión final, reducida considerablemente para la proyección en salas. Es necesario, sin embargo, visionar las tres películas en su duración completa, comprendiendo mejor la trama, especialmente por los fragmentos que omitieron en El retorno del rey, en ocasiones relevantes para entender mejor algunos sucesos. Como es obvio, con esta conclusión de la trilogía Peter Jackson obtuvo fama mundial, pero también sirvió para engrandecer a actores que habían alcanzado ya cierto prestigio, como Ian McKellen (actor de Gandalf), que el año anterior había interpretado a Magneto en la película X-Men (Bryan Singer, 2000).

También para lanzar al estrellato a otros intérpretes, como fueron los casos del desconocido Orlando Bloom, que ocupaba el papel del elfo Légolas aportando más belleza masculina que dotes interpretativas; Viggo Mortensen, cuyos cuarenta años sirvieron para la experiencia que pudo aportar a un Aragorn inolvidable; o Elijah Wood, que ya tenía una carrera como niño estrella, pero con cuya interpretación de Frodo Bolsón, protagonista del film, despegaría hacia otros horizontes.

A nivel técnico, aún hoy, habiendo transcurrido más de diez años, desprende una magia con sello personal, con efectos especiales que no han quedado obsoletos, como han podido hacerlo otros films de la misma época. 


La banda sonora, como ya mencionamos, se ha convertido en una de las más reconocibles de los últimos años, con una fantástica melodía épica como representante de toda la saga y la canción May it be, de Enya, para los títulos de créditos del primer film y que obtuvo una gran popularidad. No podríamos dejar atrás un detalle de importancia: el uso del lenguaje élfico creado por Tolkien en las películas, otorgándoles un mayor realismo a las escenas, aunque para interpretarlas necesitemos subtítulos.

La comunidad del anillo

Gollum
Cabe mencionar, a modo de curiosidad, que no fue la primera adaptación que se hizo de esta trilogía, varios años antes se hicieron unas películas animadas sobre El hobbit y la trilogía El señor de los anillos con dibujos algo toscos y con medios que recordaban al cine clásico, una rareza de la que, sin embargo, se desprenden similitudes con la versión que nos trae Jackson. Por otra parte, merece la pena mencionar el claro hecho de que gracias a estas películas, el imaginario de Tolkien ha pasado a ser un rasgo cultural de Occidente y es fácil encontrar menciones a realidades de esta obra, como los orcos de Mordor como insulto de fealdad o la expresión del personaje Gollum, mi tesoro. Además de multitud de parodias, entre las que merece ser destacada el doblaje íntegro realizado por el grupo gallego TrolaFilms, con un lenguaje mucho más soez y referencias españolas.


La trilogía merecería una buena revisión de cada uno de sus films de forma independiente, aquí os hemos dejado una semblanza general de lo que supone hoy volver a ver esta trilogía en su totalidad, con pequeños apuntes a todo lo que supuso en su momento. Su perpetuidad en los puestos de honor en el cine está, de momento, asegurada, al menos como la gran adaptación de literatura fantástica que es. Y sirve, además, como prólogo, pese a ser el desarrollo argumental posterior, del visionado de El Hobbit: un viaje inesperado (2012), de inminente estreno.

Poca relación real hay entre ambas obras, pues la aventura que nos narra la precuela de El señor de los anillos contiene un peso más liviano para el espectador y para la obra. Resulta así curioso la división en tres films de una novela más breve que el primer libro de la trilogía; lo cual nos puede asegurar que Peter Jackson ha aprovechado cada línea de la novela, o ha decidido inventar. Sea cual sea su decisión, esperemos ver su resultado, y observar si logra mantener el espíritu no de El señor de los anillos, sino de la Tierra Media del fantástico Tolkien.



Escrito por Luis Jesús del Castillo Montes


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