Parque Jurásico, de Steven Spielberg

10 febrero, 2014

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En un afán científico, pero sobre todo comercial, el empresario Hammond decide investigar sobre los dinosaurios para recrearlos en una isla que pasaría a convertirse en un gigante parque para turistas que quisieran disfrutar, por una considerable suma, de un espectacular zoo de dinosaurios vivos. Sin embargo, estos seres son excesivamente peligrosos, especialmente al resucitar, por cuestión de espectacularidad, especies carnívoras y, según pretende el film, realmente despiadadas. Fruto de esta ambición desmedida, ocurren los primeros incidentes, lo que provocará que los inversores decidan hacer una inspección mediante el ojo crítico de expertos en la materia; ahí entran en escena los protagonistas de esta historia, que descubrirán con asombro cómo su materia de estudio, extinguida en la realidad, ha cobrado vida en aquel negocio, el parque temático.

La historia pertenece en origen al libro homónimo de Michael Crichton, médico, escritor y director de cine de quien ya comentó nuestro compañero Javier su película Coma (1978), y fue causa de interés desde su publicación en 1990, hasta que Steven Spielberg consiguió los derechos. Del director norteamericano, denominado como Rey Midas de Hollywood poca presentación es necesaria, pues es conocido por casi todos por películas como la saga de Indiana Jones -especialmente la primera entrega, En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981)-, E.T. el extraterrestre (1982), La lista de Schindler (Schindler's List, 1993; del mismo año que la que hoy comentamos), Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), o de forma más reciente, Lincoln (íb., 2012); también de él comentó Javier el film 1941 (íb., 1979). Junto al célebre director, el propio Crichton junto a Malia Scotch Marmo y, especialmente, David Koepp, que además de guionista ha sido director de, entre otras, Sin frenos (Premium rush, 2012), otra reseñada en el blog que, además, muestra la gran versatilidad de tres de los grandes implicados en este film. 

Por cierto, recientemente pudimos verla en los cines en un innecesario 3D y, además, si no tuvimos suficiente con las dos secuelas de 1997 (The Lost World: Jurassic Park) y 2001 (Jurassic Park III), está pendiente una cuarta entrega que contará con miembros del reparto original, quizás para 2015 (Jurassic World).


El espectáculo estaba servido: toda una aventura con dinosaurios, el plato fuerte de la película que contaba, además, con unos efectos especiales admirados por todos para crear esta aventura de supervivencia en mitad de un parque temático. Los dinosaurios, auténticos protagonistas, viven pacíficamente como pueden en esta nueva realidad, actuando como seres instintivos que son, no podemos condenarlos aunque encontremos cierto maniqueísmo en el tratamiento de los famosos velociraptores o del gran Tyrannosaurus rex. La película, además, nos transmite el mensaje de que no controlamos a la naturaleza aunque lo pretendamos: los dinosaurios, como también pasa con los animales en el zoo, no siempre están dispuestos para agradar a los visitantes, y aún menos para vivir en un hábitat que puede resultar perjudicial para ellos. No entraremos a valorar si la base científica es verídica, ya hay muchas críticas a la veracidad de denominaciones, teorías científicas y demás cuestiones que, sin embargo, son verosímiles en la película, lo que en la ciencia ficción o en cualquier otro tipo de ficción es aceptable.

Los efectos especiales recreaban a la perfección unos completos dinosaurios donde se perdía lo artesanal, pero para hacerlo de forma brillante, tanto que aún hoy asombra. Los dinosaurios se encargan de protagonizar las mejores escenas del film, aquellas que desatan mayor tensión, como los coches atacados por el T. rex o la persecución en la cocina de los velociraptors que están al acecho de los niños. Por su parte, la parte humana está más hueca en su desarrollo. 


Si bien no podemos dudar de la labor de actores como Sam Neill o Richard Attenborough, la realidad es que el desarrollo de los personajes es bastante flojo, tan solo destacando pequeños aspectos, como el gusto por los niños del doctor paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), la valentía de la doctora, experta en paleobotánica, Ellie Sattler (Laura Dern) o el sueño y la persistencia monetario de John Hammond; Richard Attenborough interpreta a este abuelete empresario del que incluso podemos sentir pena, pese a saber que sus acciones no son ni altruistas ni, mucho menos, científicas. Sobre esta cuestión, hay todo un aparato crítico a lo que rodea el parque temático que hay quienes lo han apreciado como un ejemplo de merchandising, todo una campaña que se ha valorado en algunos círculos como placement, publicidad encubierta dentro de la película, en lugar de, sin duda, observar la clara crítica a esta cuestión, pese a que, sin duda, se haya hecho caja en la realidad de todos los productos derivados de la cinta (¿aunque no es ese el propósito de toda empresa?).


En cuanto al resto, Sam Neill y Laura Dern tienen falta de química entre ambos, aunque individualmente se adecuen a sus papeles, especialmente Neill, y tampoco ayuda Jeff Goldblum como el matemático y teórico del caos, el doctor Ian Malcolm, único personaje que se mantiene igual a lo largo del metraje con una personalidad que no se aprovecha del todo. Los niños están ciertamente estereotipados, tanto en el caso de Joseph Mazzello en la piel del insistente y pesado niño Tim Muprhy, en la actitud de esos jóvenes fanáticos e insistentes así como cuasi periodista, como en el de Ariana Richards como la hermana mayor Lex Murphy, cuya mayor habilidad está en los ordenadores, seguramente una premonición de lo que son las nuevas generaciones tecnológicamente hablando. 

Los papeles menores son mínimos, destacando quizás el de Wayne Knight como Dennis Nedry, el encargado de estropear la utopía funcionando como una especie de antagonista dentro del espionaje empresarial, el personaje reluce antipatía; como curiosidad, la presencia de Samuel L. Jackson, como ingeniero de parque, y, como crítica, la esperpéntica actuación de Bob Peck como Robert Muldoon, oficial del parque y especie de cazador de dinosaurios.


La película se solventa mediante algunos Deus (o dinosaurus) ex machina bastante oportunos (y sorprendentes), que funcionan sobre todo para salvar al pequeño Tim. No obstante, no desmerece una aventura que aviva el gusto por los dinosaurios, esos seres que tanto nos fascinan, quizás porque nos hacen sentir pequeños e indefensos.

Escrito por Luis J. del Castillo


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