Diana, de Oliver Hirschbiegel

14 diciembre, 2013

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La princesa Diana de Gales fue una mujer que logró revolucionar y enamorar al mundo gracias a su personalidad y a su generosidad hacia los más necesitados. Más conocida como Lady Di, se separó del príncipe Carlos de Inglaterra tras un sonado escándalo de infidelidad de su marido con Camila Parker. Su vida, que hasta ese entonces dependía de la agenda de la corona Británica, está resentida tras la ruptura de su relación; traicionada y dolida, Diana vaga sin un rumbo fijo cumpliendo rigurosamente con todos sus compromisos, hasta que un día, por casualidad, en su vida aparece un interesante cardiólogo de origen Indio: Hasnat Khan. Khan es un médico que se encuentra terminando sus últimos años de doctorado, a quien la tenacidad, el esfuerzo y su sencillez como forma de vida han predestinado su prometedor futuro. Diana encontrará en Hasnat alguien que mira mucho más allá de lo que su fama y su imagen representan, mucho más allá de la simbología monárquica. Juntos se embarcarán en una relación convenientemente oculta de la opinión pública, pero el acoso mediático y la repercusión de la figura pública con la que comparte su vida le abrumarán mucho más de lo que en un principio presagiaban.


Todo un icono de la década de los noventa. Llega a nuestras pantallas uno de los estrenos más esperados por aquellos que todavía guardan un recuerdo de la que fue la princesa más mediática y querida del mundo. La película Diana, que llega precedida de una moderada polémica, cuenta los últimos dos años de vida de la princesa, centrándose en la relación secreta que mantuvo con el reservado doctor Indio-Británico Hasnat Khan y dejando a un segundo plano a su última relación con Dodi Al-Fayed. 

Este biopic está basado en el libro de la productora, directora y documentalista, Kate Snell, quien para la realización de su obra Diana: Her last love realizó una serie de entrevistas a los amigos y conocidos de la princesa Diana, y a los familiares del doctor Hasnat Khan. Gracias a ello, y encajando los acontecimientos públicos de Diana, construyó una imagen aproximada de los últimos años de la princesa. Fueron, sin duda, unos años marcados por el romance con el que se dice que fue su último gran amor, el cardiólogo Hasnat Khan, quien, en una entrevista ya se ha encargado de desmentir y criticar todo cuanto sucede en la película y, en especial, la forma de representar su idilio con la princesa Diana respecto a su relación familiar.

Es cierto que la película resulta un poco insulsa y plana la mayor parte del metraje, salvo ciertos momentos en los que logra emocionar al espectador y transmitir realmente lo especial que era Diana. Además, consigue tratar muchos temas y problemas por los que la pareja tuvo que atravesar, pero todos ellos sin la mayor relevancia ni profundidad, pasando de puntillas por muchos de ellos y dejando muchos hechos inconclusos. Tampoco ahonda en los problemas en su matrimonio, la vida con sus hijos o en la noche de su muerte; quizás unos hechos de los que ya se han hablado mucho en todos los medios de comunicación del mundo, siendo unos temas peliagudos para tratar en el film y que, posiblemente, han preferido no detallar para no reabrir polémicas del pasado.

Diana apoyando a los más necesitados en la lucha de las minas antipersona
Al igual que en el libro, la película de Diana se centra en lo que podría haber sido, o cómo se supone que debió ser, la vida sentimental de la princesa de Gales. Que nadie espere ver a la reina de Inglaterra, al príncipe Charlie, a la señorita Ferguson, ni a los jóvenes príncipes Guillermo o Enrique. Tampoco se profundizará en todas las obras benéficas a las que Diana contribuyó con su inmensa generosidad y conciencia hacia los países del Tercer Mundo, quedando como hechos anecdóticos al margen de su situación sentimental. La única representación del férreo control que debió ejercer la casa real en la aparente frágil Diana será a través del jefe de prensa de la casa real, que llevaba lo mejor que podía los temas polémicos de la princesa Diana, o en este caso, la imagen que debía dar públicamente para no dañar a la corona ni perjudicarse a sí misma.

Hasnat Khan (Naveen Andrews) y Diana (Naomi Watts)
En cuanto al reparto, Naomi Watts en el papel de Diana está correcta; no se parecen físicamente en todo lo que podía haber sido, pero sí que la actriz se esfuerza en ciertos gestos y expresiones que, sin llegar tampoco a parecer Naomi Watts, se intuye y se transmite algo de la esencia de lo que fue la princesa. El vestuario, el peinado, su forma de hablar (aunque a veces el doblaje la haga parecer anodina y otras resulte pésimo), su estilo y gestualidad son los mismos, recreando toda la parafernalia del personaje que todos esperamos ver en pantalla. Además, que se parezca o no el actor al personaje que encarna suele pasar a un segundo plano una vez que nuestro cerebro decide creerse (o dejar de creer) lo que está viendo. Por otra parte, Naveen Andrews (Sayid de la mítica serie televisiva Perdidos) es su gran amor Hasnat, bastante acertado en su papel de responsable, inteligente y reservado cardiólogo, que tendrá muchos altibajos a la hora de enfrentar su relación con la princesa. El resto del reparto, como Cas Anvar haciendo de Dodi, pasan sin pena ni gloria por el resto de la película. Además, otro punto negativo a destacar son sus numerosos cortes abruptos entre escenas, mareando, además, entre la multitud de escenarios y ciudades internacionales en los que se desarrolla. Aportan, sin embargo, bellos momentos fotográficos de todo el mundo.

Ramos de flores tras la trágica muerte de la princesa
La historia acaba siendo bastante predecible, sobre todo si se conocen los hechos históricos en los que está basada. La narración se centra precisamente en la vida oculta de la princesa (sus amores, su comportamiento y hábitos de manera privada...) siendo los momentos públicos, como la famosa entrevista que concedió a la BBC, las fotografías y comunicados en prensa... los únicos hechos históricos, aunque sin plasmar los documentos e imágenes reales. Además, se demuestra el respeto guardado hacia la familia Real Británica y al personaje que representa Naomi Watts, Diana, con una trama entretenida, cercana a un drama romántico lleno de licencias creativas más que a un biopic. Lástima que sólo se quede en eso, en una película entretenida más que en una gran película como prometía ser.


Escrito por Mariela B. Ortega




X-Men, de Bryan Singer

13 diciembre, 2013

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Si en los últimos días del anterior mes os traíamos la, por ahora, última entrega de la saga X-Men en el cine (X-Men: primera generación, 2011), siguiendo el esquema cronológico interno de la misma, hoy os traemos la que fue la primera adaptación a inicios de este siglo, justo en el año 2000 a manos de Bryan Synger. 

Los cómics de Marvel en los que se basaba versaban sobre un grupo de mutantes llamados X-Men que, a las órdenes del poderoso telépata Profesor X, Charles Xavier, combatían contra otros mutantes, normalmente más sanguinarios, que interrumpían con sus poderes la estabilidad social. Es decir, la lucha entre el bien y el mal. Esa era la base sobre la cual se asentaron numerosas reflexiones y posteriores compilaciones de carácter más apocalíptico y bélico, tal y como prometen las próximas adaptaciones fílmicas que verán la luz, si todo sale bien, en 2014 (X-Men: Days of Future Past) y en 2016 (la recientemente anunciada X-Men: Apocalypse).

Regresando al año 2000, fuimos testigos entonces del nacimiento de esta serie de adaptaciones con la que podemos considerar una película algo plana y con ciertas deficiencias, pero que gustó y que provocó la continuación de la saga, como parecían tener ya previsto, por lo que se deja entrever durante el film. Bryan Synger, director poco prolífico, llevaba tras de sí tan solo tres largometrajes (Public Access, 1993, The Usual Suspects, 1995, y Apt Pupil, 1998), pero tuvo un concepto claro de lo que buscaba en esta saga, a la que ha acabado ligado como productor y como director de las nuevas entregas. Por otra parte, su labor como director estuvo relacionada con otro superhéroe, Superman returns (2006), que contó con un éxito menor, y otras adaptaciones, ya fueran históricas (Valkyrie, 2008) o de cuentos (Jack el Caza Gigantes, 2013).

Director Bryan Singer
Bryan Singer
El reto era notable, y aunque para muchos espectadores lo superó con creces, debemos ser algo más críticos con el film, que, fuera de errores como adaptación, cuenta con un desarrollo desigual. El argumento parte del conflicto social que supone la existencia de los mutantes, cuestión base de toda la historia de estos personajes y que se asienta en el debate que ya mencionamos en la otra reseña: ¿es posible la convivencia entre los mutantes y los humanos, o los mutantes son la evolución que se impondrán a los humanos? No obstante, no será la pregunta clave de esta primera película, sobre la que se sobrevolará con los debates políticos y las conversaciones, un tanto enigmáticas, de Magneto y el Profesor X.

Fuera de esta línea, nos encontramos con dos personajes, Lobezno y Pícara, con los cuales iremos descubriendo el mundo cinematográfico en el que nos adentramos. Precisamente, Lobezno será uno de los personajes en el que más se profundice, sobre todo porque seguimos su rastro en todo momento, confiriendo mayor empatía entre personaje y espectador que con cualquiera de los otros. Es interpretado por un Hugh Jackman aún poco conocido y que realiza una buena interpretación del personaje, pese a que se parezca bien poco al original de los cómics. 


Más allá de esto, los planes malvados de Magneto, quien entiende que la humanidad debe ser exterminada o evolucionada (que al caso, es lo mismo), provocan el enfrentamiento con los X-Men sin dejar espacio a mucho más en la hora y media de metraje. Esto provoca que los personajes y las situaciones apenas sean esbozadas junto a algunas explicaciones largas durante conversaciones en off.

Esto conlleva que solo los espectadores que ya conocían este mundo, ya fuera por la serie animada o por los cómics originales, puedan disfrutar más con la aparición de los diferentes personajes, algunos de los cuales solo parecen estar en la película para enseñar sus poderes y, por tanto, el despliegue técnico de efectos especiales. Este hecho no sería tan grave, sobre todo dada la cantidad de personajes, si no fuera acompañada por una actuación vacía, sosa, de estos actores: James Marsden, en el papel de Cíclope, Halle Berry como Tormenta, Famke Janssen como Jean Grey, Tyler Mane como Dientes de Sable, Ray Park como Sapo o Rebecca Romijn como Mística. Dejamos aparte la aparición de Shawn Ashmore como Iceman por su brevedad.


Al otro lado, resultan más convincentes Hugh Jackman, Patrick Stewart e Ian McKellen, así como Anna Paquin, aunque no sea su mejor interpretación, consigue otorgar a su personaje el carácter necesario. Por otra parte, los dos actores veteranos logran mostrar su experiencia y su buen hacer en pocas escenas, pero que resultan contundentes, demostrando que la falta de empatía del resto de personajes se debe, en gran medida, a los actores. 

No obstante, sus personajes, el Profesor X en el caso de Stewart y Magneto en el de McKellen, planean sobre su relación, sugiriendo más que informando, y aún así dejan patente la importancia de sus papeles y de lo que representan, reservándose a su vez algunos de los mejores planos de la película. No debemos, pues, sorprendernos de los guiños que se realizan hacia el pasado de Lobezno o de la relación entre el Profesor X y Magneto, porque serán los tres la base del éxito posterior de esta saga, tanto a nivel individual, con X-Men 2 y varios spin off dedicados a Lobezno, como con la recuperación de las películas contando el inicio de la relación entre los dos poderosos mutantes, en la ya mencionada X-Men: primera generación. 


En general, la película parece un simple caso más de aventuras con superpoderes, que acaba con la sensación de que la historia va a comenzar justo cuando acaba, quizás por el parco desarrollo real de la historia, sugiriendo que existe un trasfondo que nunca se explica y dejando la puerta abierta a futuras entregas. Incluso las escenas de acción son ciertamente aburridas, a excepción del combate entre Mística y Lobezno o el combate estratégico entre Magneto y el Profesor X en la estación de trenes.

Para concluir, tenemos una película aceptable, pero floja, con muchos personajes, pero con pocas actuaciones convincentes. Un despliegue de efectos especiales que no sirven para ocultar sus deficiencias, y que al final deja con ganas de mayor profundidad y menos mareos de cámara.

Escrito por Luis J. del Castillo




Para el sábado noche (XXVI): Millonario de ilusiones, de Frank Capra

11 diciembre, 2013

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Los que lo pasan bien con los retratos de personas que no se han hecho adultas, salvo cronológicamente, tienen una cita ineludible con Millonario de ilusiones (A hole in the head, United Artist, 1959), producida y dirigida por Frank Capra en base a la obra teatral de Arnold Schulman, adaptada para la ocasión por el propio autor, responsable así mismo de los libretos de películas tan apreciables como Viento salvaje (Wild is the wind, 1957, George Cukor), Cimarrón (Cimarron, 1960, Anthony Mann), A chorus line (Íd., Richard Attenborough, 1985) y Tucker, un hombre y su sueño (Tucker, Francis Ford Coppola, 1988).

Tras unos títulos de crédito de lo más original que se ha concebido (no hablamos de tecnicismos en este caso), Millonario de ilusiones plantea hasta qué punto es conveniente -o realmente necesario- dejar de lado un universo de fantasía para enfrentarse a las responsabilidades que imponen las circunstancias “reales”, sobre todo si el uno neutraliza las otras. El viudo Tomy Manetti (Frank Sinatra) es lo que en español se suele denominar “un bala perdida” –frase hecha, sin concordancia entre sujeto y artículo-.

Según confesión propia, su perdición son las “Evas” que indefectiblemente parecen abocadas a recalar en su hotel, sito en Miami (Florida), y que no en vano se llama “Jardín del Edén”. La última es Shirl (una Carolyn Jones pre-Familia Adams), compañera de juergas y poco amiga de permanecer fija en ninguna parte.

De los tres mejores amigos de infancia de Tommy, solo Jerry Marks ha logrado ascender (el otro se ha tenido que conformar con seguir siendo taxista), en el que es un retrato ácido y tremebundo del mundo de los negocios y del “nuevo rico”, rol sostenido magníficamente por ese gran actor que fue Keenan Wynn: es desolador el momento en que se da cuenta de que su “amigo” Tommy está realmente sin blanca. En este sentido, no es nada baladí que la “ilusoria” propuesta que Tommy lleva a Jerry esté relacionada con un complejo “a lo Walt Disney”; la imaginación se da de bruces con la avaricia de los intereses ajenos.


El caso es que Manetti, pese a su integridad como persona, dista de ser lo que –de nuevo- se conoce como “un hombre de provecho”, agravándose la situación por la circunstancia de ser padre de un chico, Alley (Eddie Hodges). Capra nos los muestra desde el principio como dos críos en lugar de uno solo. Además, el hotelero huye despavorido de nuevos compromisos.

Pero al pender sobre él una orden de desahucio, Tommy se ve forzado, como último recurso, a pedir ayuda a su hermano mayor Mario (Edward G. Robinson). Al fin y al cabo, para qué está, o debiera estar, la familia. Es el de Mario un personaje tan trascendente como el del hermano menor, pues su inflexibilidad no esconde su cariño por esa otra parte de la familia, adquiriendo al final una mayor comprensión, diríamos que de respeto “al carácter de cada uno” -eso que no puede cambiarse aunque uno se lo proponga cien veces-.

De hecho, Mario, del que Tommy dice que “no se ríe fácilmente”, y su esposa Sophia (Thelma Ritter), forman un matrimonio que, además de contar con un hijo con carrera -se dice- y otro medio tonto –que se muestra-, ha logrado alcanzar una posición más que desahogada gracias a su esfuerzo diario, en justa contraposición con los manejos de Jerry, aunque por el camino hayan olvidado sus motivaciones y perdido parte de la ilusión. Los diálogos de la madura pareja son, además, otro divertido retrato de la institución.


Naturalmente, el asunto primordial, más que el destino del hotel, será la custodia del crío. A diferencia de su padre, no muy instruido, el chico se muestra interesado por el mundo que le rodea (concretamente por la zoología), y presenta un carácter más espabilado y responsable (a la fuerza, aunque sin caer en alardes de rancia madurez). Así, el “duelo” principal es el mantenido por Mario y Tommy. Uno cree que la estabilidad pasa necesariamente por casarse y establecer de ese modo un hogar, y el otro no encuentra reparos en fingir para poder lograr sus objetivos a corto plazo ya que, antes muerto que vuelto a casar.

La vida moverá su particular “ficha” cuando, trasmutado en la imagen de la desolación tras su reencuentro con Jerry, Tommy ha de regresar sin el dinero que acababa de ganar en las carreras de galgos. Capra lo coloca frente al matrimonio, pero de espaldas a la cámara. Lo que Tommy ignora es que, antes de proceder con las apuestas, su auténtica suerte ya estaba echada.


Frente a ese sentimiento de “infatuación”, tal y como se conoce en el mundo anglosajón; es decir, de confusión del auténtico amor por la mera atracción física o el encaprichamiento, surge la posibilidad de una estabilidad real. Y lo hace en forma de otra viuda de similar carácter, Eloisa (Eleanor Parker). Frank Capra filma otra secuencia brillante cuando, estando Tommy en el apartamento de Eloisa, ambos se sinceran. Realmente, todos estos son personajes en busca de la felicidad.

En definitiva, frente a los “golpes de chequera”, Millonario de ilusiones contrapone otras dos concepciones del mundo, o si se quiere, de enfrentarse a la vida, las de Tommy y Mario. Y serán estas dos las que finalmente se den la mano.

Frank Sinatra y Frank Capra
Con fotografía de William H. Daniels, los arreglos musicales de Nelson Riddle (como era de prever), y el diseño de vestuario de la –felizmente- inevitable Edith Head, se construye este cuento ético, que no moralista, ambientado en Miami, que pienso que resultará muy disfrutable en las fechas que se aproximan.

Huelga decir que con semejante reparto, todos los actores están sobresalientes, incluyendo a un chaval nada cargante.

Escrito por Javier C. Aguilera


Publicidad No-Subliminal (XXVIII): Marketing social, cuando en la publicidad nace la solidaridad

09 diciembre, 2013

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La solidaridad, el amor por el prójimo y el ayudarse los unos a los otros, es algo que hace al ser humano único, sobre todo recordando que las fiestas navideñas están a la vuelta de la esquina. Por eso, en cualquier ámbito cotidiano, hasta en la publicidad, podemos encontrar pequeños o grandes signos de solidaridad en los que alguien ha ayudado a otro alguien de forma especial. Cada día salen proyectos solidarios cada vez más originales y que cumplen  una serie de objetivos. Hemos visto campañas sociales donde las donaciones ya no son monetarias, sino que se paga con tiempo, o con otras acciones solidarias tan sencillas como dar un abrazo o compartir un lema. Hechos que conciencian a un segmento de la población a través de la psicología del consumidor  y bajo la transformación de un objeto que hasta ahora sólo había tenido una función (ser consumido) por, además, transmitir un cierto valor.


La publicidad social o solidaria, por tanto, no sólo consigue disparar las ventas, sino que además refuerza los lazos con el consumidor. La clave está en que uno de sus propósitos es añadir valor a la marca. Así lo demuestra un estudio realizado en España por Demoscopia para la Fundación Empresa y Sociedad, según el cual el 90% de los españoles asegura estar dispuesto a pagar un sobreprecio si el producto contribuye a ayudar a alguien. Además, la encuesta revela que serían los jóvenes con un nivel adquisitivo medio alto y alto los que estarían más dispuestos a pagar entre un 5% y un 10% más del precio inicial.

Una de las marcas pioneras en este tipo de acciones es Avón Cosméticos que, en algo más de diez años, ha logrado recaudar un millón de euros para financiar campañas informativas contra el cáncer de mama a través de Grupo Visión, institución creada por la propia empresa para esta iniciativa.


Y aún hay más ejemplos recientes. Así, Campofrío integró en su última campaña publicitaria a un joven en silla de ruedas. De esta forma Campofrío pone en práctica el protocolo firmado por el Comité de Apoyo a las Personas con Discapacidad en los Medios de Comunicación. El objetivo de este compromiso adoptado es demostrar que es posible contribuir a normalizar la imagen de las personas con discapacidad a través de la publicidad convencional.


Por otra parte, Tulipán apoya a través de un anuncio de televisión y de la web www.yotambienayudo.com al Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas. En el ámbito televisivo, Mediaset España desarrolla desde 1999 la campaña 12 meses, 12 causas, proyecto que se centra en intentar concienciar a la gente de los problemas sociales que nos rodean. Además, también surgieron los premios del mismo nombre para reconocer la labor de todos aquellos que contribuyen en proyectos solidarios.

Por otra parte, numerosos rostros conocidos se suman continuamente a campañas solidarias, ya que el beneficio y la contribución es mutua, y ayuda a incrementar el valor de marcas en ambos casos, ya sea en organizaciones no gubernamentales o en empresas que emplean la solidaridad en sus campañas de forma ocasional. De una manera ya más polémica pero igualmente válida para remover conciencias es el caso de la marca de ropa Benetton, cuyas campañas y anuncios siempre llaman la atención por ser demasiado explícitos o escabrosos, como ya descubrimos hace tiempo en nuestro blog.


En conclusión, la publicidad social debería ser un reflejo de lo que ocurre de forma cotidiana en nuestra sociedad, concienciando y dando a conocer los problemas que realmente nos rodean, dado que la publicidad ha evolucionado de la mano de los cambios en la sociedad. A mediados de la década de los cincuenta se consideraba que la prioridad era el crecimiento económico. De esta visión se pasó a que el desarrollo debía conseguirse mediante la distribución del ingreso y la asistencia social. Actualmente, se considera que el desarrollo se basa, como hemos destacado, en la educación global. Así, nos encontramos con usuarios y clientes cada vez más sensibilizados hacia temas sociales y humanitarios, además de que existe una gran cantidad de organizaciones y entidades conscientes de su dimensión y responsabilidad social. Toda campaña servida al cambio o al desarrollo social, aunque sea en una ínfima parte, habrá cumplido con su objetivo dentro de las inquietudes sociales actuales.


Escrito por Mariela B. Ortega




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