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31 octubre, 2018

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Plaza de España, Sevilla (Fotografía de LJ)
Otoño prosigue con frialdad y llega la noche de Todos los Santos para inaugurar noviembre y finalizar octubre. El curso académico ha empezado a rodar con más fuerza y nosotros hemos continuado con nuestros artículos culturales variados como siempre. Nos habéis acompañado con 11000 visitas y hemos seguido sumando seguidores: 183 en Blogger, 647 en Twitter  y 176 en nuestra página de Facebook.

Steve McQueen y Peter Yates
En este mes hemos continuado con cine y literatura, aunque también ha habido espacio para la música. En un primer caso, hemos regresado a la filmografía de Orson Welles con La dama de Shángai, hemos acudido a un estreno como Ha nacido una estrella o nos hemos sumergido en una película de género de tanta calidad como Bullitt.

A nivel literario, os invitamos a conocer la historia de los hermanos Mazzariol en Mi hermano persigue dinosaurios e iniciamos nuestro ciclo de Halloween con los relatos de La Noche de Todos los Santos, de Hugh Walpole. Y para poner la nota musical, tuvimos una tarde en compañía de Nacha Pop.

Proseguiremos con nuestra andadura cultural acompasando cine y literatura, como habitualmente. En noviembre tendremos un breve ciclo de Halloween con nuestro formato especial para la fecha y emprendemos la marcha hacia el fin de año y las festividades navideñas, que siempre intentamos disfrutar. Esperamos que vosotros también lo hagáis con nuestras entradas blogueras.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Regresamos al canal de Jaime Altozano por su último vídeo, en relación a Halloween, dado que nos da a conocer los trucos que se emplean en bandas sonoras para producirnos miedo.



"La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura"
                  - Adolfo Bioy Casares (1914-1999)



La Noche de Todos los Santos, de Hugh Walpole

28 octubre, 2018

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La Noche de Todos los Santos está próxima. Es el momento del año en que mejor se perciben silbidos misteriosos, lamentos nocturnos y pasos en la nieve, y se nos invita a rememorar a quienes se fueron, aunque no se hayan marchado; a ponerse a bien con los espíritus y transformarse ¡o transformar a los demás! Al menos, para Hugh Walpole (1884-1941; no confundir con Horace).

Este autor neozelandés, residente en Inglaterra y distinguido con el título de Sir, aunque apenas conocido en España, alberga algunos datos de interés en su biografía, como el hecho de que rescatara de forma heroica a un herido durante un incendio, o coleccionara con ahínco manuscritos y libros raros, llegando a adquirir un considerable número de ejemplares. Escribió multitud de relatos de suspense y terror, adscritos a la literatura fantástica con resabios de la gótica. El estupendo volumen recopilatorio que esta noche les presento, La Noche de Todos los Santos (All Soul’s Night, 1933; Valdemar-Club Diógenes, 2004), contiene algunos de los más celebrados, y son perfectos para una buena mala Noche de Difuntos.


Comenzando por el primero, El silbido (The Whistle) nos narra la profunda relación que se establece entre un cánido y el chófer de un matrimonio de alcurnia. Ambos se relacionan por medio de un extraño silbido, en la que es la única relación plena en la vida de este hombre.

A continuación, la sumisión de una mujer madura de débil carácter articula La máscara de plata (The Silver Mask). Esta característica tiene su raíz en la necesidad del personaje de ser amado. Para su desgracia, topa con un jovenzuelo manipulador, que traslada su perfidia a los allegados. El terror que se expone en La máscara de plata afecta a los cambios de situación y los trastornos de carácter; es el miedo a no saber hacer frente a los peligros más reales, sean psicológicos o materiales.

Los sentimientos y avatares de los ocupantes de una antigua mansión, sita en la campiña inglesa, pero vistos a través de la propia casa y sus enseres, anima La escalera (The Staircase). Es como si muebles, cortinas, sillas, puertas o cuadros, además de la propia estructura que los contiene, en efecto estuvieran vivos y fueran capaces de captar las cuitas y demás emociones del resto de inquilinos humanos. De hecho, hasta impedirán, en este extraordinario relato, que una tragedia familiar llegue a consumarse.


Un clavel para un anciano (A Carnation for an Old Man) es un hermoso cuento, en el que un viejo caballero inglés de visita en Sevilla, junto a su hermana y una amiga, logra liberarse de las ataduras y convenciones de su existencia, sintiéndose vivo por primera vez en su vida al contemplar el retrato de una santa en el interior de la catedral. Esta plenitud le acompañará el resto de sus días, después de haber establecido un diálogo muy personal con la retratada.

También Tarnhelm, o la muerte de mi tío Robert (Tarnhelm, or the Dead of My Uncle Robert) es otro magnífico cuento, en el que un niño pasa cierto tiempo en casa de sus tíos, en Cumberland (Inglaterra). Aquí, interviene un amuleto en forma de gorrito gris, con la facultad de convertir a su portador en un animal maligno (un perro grotesco y amarillento, en este caso), sin que, por otra parte, se nos proporcionen más explicaciones acerca del por qué o su procedencia (lo cual incrementa la sensación de desvalimiento y profundo misterio). Sobresale por su elaborada atmósfera y el dibujo de todas las personalidades; sobre todo, la del joven narrador.

El señor Oddy (Mr. Oddy) es, asimismo, una bella narración, en la que un joven de carácter romántico, envuelto en un mundo en constante cambio, entabla amistad con un señor mayor, que se muestra comprensivo hacia él, sin que el joven Tommy, que así se llama, tenga conocimiento de quién se trata… salvo al final, cuando es invitado a la casa de este.

Delicioso es Macabro marino, una experiencia fugaz (Seashore Macabre), relato corto sobre los recuerdos infantiles y la primera experiencia frente a la muerte de un anciano marino. Como en el resto de las historias, cobra señera importancia el retrato de la personalidad de quien la narra y los comentarios que se desgranan.


En Lila (Lilac), Hugh Walpole nos hace partícipes de la necesidad de afecto, estabilidad y relación entre los seres humanos, centrándose en la figura de un marchante de arte no excesivamente agraciado, que espera la contestación por carta de la joven a la que ama. Cualquier detalle cotidiano o encuentro casual, lo impregna este personaje de sentida esperanza o de desazón.

Por otra parte, tratando de ayudar a una anciana, una turista de Cornualles (Inglaterra) logra indirectamente que todo el poder que esta posee, basado en las antiguas creencias y ritos, desaparezca, tomando el control de la familia la hija de La vieja Talland (The Oldest Talland).

Pensemos ahora que, si el amor es lo bastante fuerte, la muerte no puede destruirlo jamás. Es la premisa trascendental, además de argumental, de El pequeño fantasma (The Little Ghost). Consternado por la reciente pérdida de un amigo, un periodista pasa unos días de descanso, como invitado en una antigua casona del siglo XVIII, siendo testigo de la aparición del fantasma de una niña. Empero, este hecho traumático le producirá una catarsis que le hará recobrar su vitalidad y alegría de vivir. La historia, la ambientación y la narración son soberbias.

Seguimos. La venganza del espectro de una mujer asesinada por su marido, siendo testigo de ello un crítico de arte invitado a la casa, es el tema para otra magnífica ambientación y narración en La señora Lunt (Mrs. Lunt).

Un nuevo relato en el que una persona (mujer en esta ocasión), se ve atrapada por la rutina de un matrimonio que ya no funciona, es la base argumental de Conmovedor pero auténtico (Sentimental But True). El personaje encuentra refugio en un animal de compañía, un perro abandonado, en un pueblecito costero de Cornualles. Es este un relato sobre las falsas apariencias y la soledad, en turbadora y emotiva armonía con El silbido.


Retrato en sombras (Portrait in Shadow) es una narración en flashback. Durante una feliz estancia en el norte de España, dos ingleses, sobrino y tía, entablan relación con un hombre apuesto, poseedor de un inquietante retrato antiguo, a través del cual, el joven proyectará sus sentimientos y dudas respecto al presente. El hombre pretende a la mujer, pero el joven investiga y advierte de los peligros de tal compromiso. Pese a todo, al final prevalece una sólida duda. ¿Habría llegado a buen término dicho enlace… o no?

La venganza de un espectro femenino, dirigida a la segunda mujer del marido, es el tema de La nieve (The Snow). Pero Hugh Walpole lo emplea para darle la vuelta, ya que la nueva esposa ha presentido esta amenaza cada vez que humillaba y maltrataba al esposo; en concreto, el día antes de Navidad.

El vaso de rubí (The Ruby Glass) es el relato encantadoramente pasional y afectivo de un niño de ocho años de edad, que carga con la culpa de haber roto un valioso recipiente adornado con la citada piedra preciosa. Él no ha sido el responsable, pero hallará el modo de reconfortarse a la mayor brevedad.

Por último, Crepúsculo español (Spanish Dusk) incide de nuevo en ese tono bellamente interiorizado, antes expuesto. Un joven inglés se enamora, por primera vez en la vida, de una hermosa dama, en lo que podemos considerar un viaje de iniciación por España. Sin embargo, y como colofón a este excelente compendio de relatos, nos hemos de preguntar, ¿qué ocurre cuando el amor no es correspondido y tampoco se puede olvidar?



Mi hermano persigue dinosaurios, de Giacomo Mazzariol

22 octubre, 2018

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Los testimonios que nos legan algunas personas sirven para que veamos nuestro mundo desde otra óptica, desde otra realidad que también existe como la nuestra, e incluso para que aprendamos a vivir desde otra perspectiva. Ante un problema o una situación inesperada, hay quien se refugia en este tipo de relatos intentando encontrar la respuesta o la forma de afrontarlo. Y también hay quien los escribe, unos quizás para aprovecharse de cierta fama, otros porque quieren darnos un relato sincero de sus experiencias y se le dio la oportunidad para ello. En este segundo caso podemos encontrar a Mi hermano persigue dinosaurios (2017).

A pesar del título, el joven italiano Giacomo Mazzariol (1997) nos va a contar no en sí la historia de su hermano, sino más bien la forma en que el nacimiento de su hermano, primero, y el síndrome de Down, después, afectaron a su vida y cómo lo afrontó desde su infancia hasta su actual juventud. Ese camino invadido de fases que atraviesa el narrador es todo un proceso que, enriquecido de anécdotas, amistades, un primer amor y el cariño hacia la familia, hacia su familia, no se queda en un relato insípido, sino que abunda en la comedia y también en la frustración.

Podríamos considerar que la novela se estructura de forma evidente en tres etapas tras un bello prólogo descriptivo sobre su hermano Giovanni. En la primera parte, Giacomo nos hace partícipes del momento en que la familia se enteró de que iban a tener un nuevo hermano menor, pasando a especificar todas las ilusiones que el hecho le produjo, además de las dudas y las anécdotas que su inquietud, propia de un niño de cinco años, provocó. Después, la forma en que los padres les avisaron de que su hermano sería especial y lo que esa palabra significó para él antes de descubrir la realidad que suponía el síndrome de Down.

Un primer paso invadido de humor y donde se deja ver la facilidad con la que los niños, exentos de ciertos prejuicios, pueden admitir al diferente. Gracias a toda esta introducción, Giacomo no solo logra crear un relato ameno y atractivo, de fácil lectura, sino que nos presenta a toda su familia y ya plantea el primer conflicto, un germen inicial que tendrá su repercusión en el resto de la novela: la aceptación de su hermano tras comprobar que sus expectativas no eran las que esperaba.


Las dos siguientes partes se complementan. La segunda es la entrada en la adolescencia y la distancia cada vez mayor entre ambos hermanos, que el narrador refleja bien al describir la habitación que ambos comparten y la forma en que uno ha empezado a desarrollar gustos más propios de un adolescente y el otro sigue anclado a temáticas que podrían considerarse más infantiles. Aquí comienza a distanciarse de la comedia inicial, más pueril, para pasar a plantearse cuestiones tan interesantes y humanas como la vergüenza, el sentimiento de culpa y el remordimiento. Cuando entra en el instituto, Giacomo oculta la existencia de su hermano, lo obvia sin saber por qué, pero hasta tal punto que llegará a cometer actos que no comprenderá y de los que se avergonzará, como amenazar a un compañero. En todo ese tiempo trata de pedir ayuda, de comprenderse, atravesando todo un proceso de cristalización, de cambio, que se romperá del todo en la tercera parte, cuando decida abrirse, cuando descubra que aquello que tanto anhelaba ocultar, es aceptado con suma facilidad por el resto de personas.

Por encima de un testimonio sobre el síndrome de Down, Mi hermano persigue dinosaurios enlaza mejor con las novelas de formación. Con un personaje en crecimiento que cambia y donde el narrador y protagonista no se guarda nada para sí: nos deja tanto los momentos en que odió la situación, en que no comprendía qué sucedía con su hermano o no lo aceptaba, como aquellos en los que, con cierta belleza y cercanía, nos muestra lo mejor de esa fraternidad. El resto de relato se completa con algunos paradigmas clichés, pero que funcionan bien dentro del estilo ligero y cercano de esta obra: el colega íntimo, el grupo de música que monta junto a unos amigos, el rival chantajista, el primer amor idealizado con sus altibajos, las travesuras entre hermanos... Todo el conjunto supone al final una invitación a romper esos miedos que tan solo existen en nuestro interior, pero que no se materializan cuando nos enfrentamos a nuestra realidad. 


Música Inolvidable (XXXVI): Nacha Pop

19 octubre, 2018

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Es muy posible que a usted le suceda lo que a mí, que con frecuencia le guste recorrer las calles de nuestra adolescencia. Da igual la ciudad. Aunque algunos trazos hayan cambiado, es evocador y hasta divertido volver a caminar por aquellos senderos urbanos. Algo a lo que ayuda mucho una buena apoyatura musical. De hecho, resulta fundamental. La música, como máquina del tiempo, nos transmite cualidades anímicas y salutíferas incuestionables; sobre todo, cuando el escenario que pisamos es el nuestro.


Nacha Pop nació como grupo en 1978, aunque no fue hasta 1980 que apareció el primero de sus seis álbumes -hasta la fecha- de estudio. Estos fueron Nacha Pop (Hispavox, 1980), que contenía la emblemática canción Chica de ayer, compuesta por Antonio Vega (1957-2009), Buena disposición (Hispavox, 1982), Más números, otras letras (DRO, 1983), Dibujos animados (Polydor, 1985) y El momento (Polydor, 1987). Una grabación en directo, 80/88 (Polydor, 1988), sirvió como despedida al conjunto. Después, aparecieron las recopilaciones de rigor (1997, 2003, 2005, 2011, 2017), y un nuevo álbum de estudio en el que, por desgracia, ya no podían estar presentes todos los componentes originarios, Efecto inmediato (2017; me estoy ciñendo a Nacha Pop y no a los trabajos en solitario o a la formación de nuevos grupos).

Junto a Antonio Vega, el resto de integrantes eran su primo Nacho García Vega (1961), ambos encargados de las voces y las guitarras, además de autores de las canciones, el batería Antonio Martín Caruana, Ñete (1953), en sustitución del inicial Jaime Conde (1961), y el bajo Carlos Villalta, Brooking (1961).


Es inevitable iniciar nuestro recorrido por esa calle donde se asoma a la ventana una chica -¡o chico!- de ayer. Sentimos su fragilidad, porque creemos en los fantasmas terribles. En ocasiones, los rostros son muy expresivos, y es difícil transitar por la vida sin tropezar. Atravesamos la plaza donde nuestra voz dio innumerables botes. Estábamos en buena compañía, aunque ahora perdida. Es la zona donde nos llevaba la imaginación y se divisaban infinitos campos. Después, también tuvimos miedo, cuando el amor se marchó sin decir adiós. Fuimos unos ingenuos y unos ilusos persiguiendo sombras.

Seguimos nuestro camino sin una meta fija, pero rememorando cada paso. Mil caras que estudiar, mil caras que olvidar. ¡Los vampiros están tan cerca de nosotros! No me olvido de ninguno. Ni de mí mismo. ¡Menuda gracia, tener que purgar también las propias faltas! Solía caminar con mi sonrisa de ganador. Aunque todo esto era por ti, que al final no me hiciste el menor caso. Tampoco es que pudieras. Pero aquí sigues, esa es mi victoria.

Con estas canciones no puedo parar, el tiempo se ha detenido y todo vuelve a comenzar. Recuerdo el primer deseo mutuo, ese que no se olvida, el temor, el susto aquel. Me asalta una ráfaga de aire frío. Esto me recuerda otro momento de mi calendario. La verdad, no sé si tengo estropeado el coco. Mi antiguo barrio me está reclamando. Podemos ir a donde digáis vosotros. Con tal de regresar, o no. En aquel bar de allá, amigos y enemigos van a hacerte recordar lágrimas al suelo. Y este es de los que sigue en pie, no ha sido transformado. En realidad, no está tan mal ser un poco sentimental. Seguimos caminando aparentemente solos. ¿O es que hay alguien más aquí? Tal vez, los latidos en la oscuridad. Sea como sea, siempre me pongo a escuchar canciones que consiguen que te vuelva a amar. No lo puedo evitar. No cambiaría jamás este universo informal. Me marcho a casa, es hora de regresar. ¡Otra noche como esta no es fácil de asimilar!

En fin. Estas últimas citas en cursiva pertenecen a la emblemática Chica de ayer y Relojes en la oscuridad. Canciones que, junto a la genial Grité una noche, paso a ofrecerles en el correspondiente vídeo de Youtube, al término de este artículo.


Tenían clase, su estilo no era provocador. Tal vez por eso fueron relegados junto a otros grupos en las remuneradas preferencias de algunos medios, como revistas y emisoras, bastante influyentes por aquel entonces. Es este un fenómeno interesante. Mientas muchos se quedaron en el camino, algunos de los que permanecieron fueron objeto de dejadez por parte de los enemigos del consumo, que equiparaban interés con marginalidad. Todos tenemos nuestras preferencias, pero a menudo observo en algunos biógrafos o excomponentes el retrato de la obra de un grupo o cantante en tosca comparación con otros coetáneos, como si hubiera que escoger sí o sí, o como si lo comercial hubiera de estar reñido con lo personal (no es casualidad que en poesía suceda lo mismo). Lo cierto es que no comprendo que resulte tan difícil respetar la idiosincrasia y finalidad de cada uno tales grupos, aunque unos nos gusten más que otros (si todos sonaran igual…).

La música de Nacha Pop se desenvolvía entre el rock y el pop, esa vertiente tan mal considerada por algunos. Pero también lo hizo entre la tristeza y la alegría, esto es, entre la introspección de Antonio Vega y la extroversión de Nacho García. Una dualidad coherente que, en lugar de disgregar el conjunto, lo complementaba, flexibilizándolo y enriqueciéndolo (y hay que reivindicar el excelente trabajo y personal inspiración de Nacho García Vega, portador de su propio carisma). Aparte de que, la efervescencia creativa de aquellos momentos ha de hacerse extensiva a cantautores, solistas románticos y grupos de toda índole. Todos ellos hubieron de hacer frente, en un determinado momento, a posturas donde lo comercial era denigrado en favor de lo minoritario y lo cutre. Entre tanto, lo que comenzó siendo una broma de Jaime Conde, la feminización del nombre de Nacho, dio origen al apelativo de una de las mejores bandas de pop españolas (para muchos, la mejor).


Sorteando algunas emisoras personalistas, productores contraindicados y estrategias comerciales inadecuadas, Nacha Pop destacó entre el público más despierto por sus letras directas y profundas. Las unas, más vitalistas, de festivo y cálido desparpajo; las otras, más intangibles y reinterpretables, pero en ambos casos reflejo del estado de ánimo de su autor, con frecuencia, trasladado a todo el conjunto, en un fluir de continuas sugerencias y emociones. A la alegre afinidad de las letras de Nacho García Vega se sumaba la sentida introspección de su primo. Ambos estilos quedaban sostenidos por el rigor personal y la inspiración de aquella andadura sorprendente, capeando siempre las vaguedades y el dogmatismo mediático del underground, en programas de televisión y radio tan punteros como sectarios, en detrimento de lo comercial.

Una postura excluyente que primaba lo independiente frente a lo multinacional (hablo de proyección mediática, no del respeto, conocimiento y cariño del público, aunque la primera perjudicara lo segundo), lo que llegó a afectar a grupos como Los Secretos, Los Elegantes y Nacha Pop. Se les reprochó una personalidad hermética, pero ellos se mostraban abiertos a través de su música. En aquel panorama, Nacha Pop se caracterizó por su originalidad y autonomía. Visto con perspectiva, y acalladas las distinciones chorras, lo mejor de la movida estuvo precisamente en su carácter aglutinante, en su riqueza y variedad, más que en su unívoca representatividad (y no me refiero a los iconos a su pesar). Hubo sitio para muchos, aunque no todos valieron. Pero todos tuvieron algo que decir, aunque hayan pervivido los de mayor calado técnico e identidad musical (incluso, cuando las fuertes personalidades acabaron por disgregar las formaciones que las contenían, tomando cada una su propio rumbo). La espontaneidad y ganas de expresar tuvieron su sitio y valor, pero al final, permanecieron los que sabían -o aprendieron a- tocar y transmitir por medio de sus composiciones. Ninguno de ellos ha pretendido apropiarse de término alguno. Respecto a Nacha Pop, supo encontrar su propio espacio, y el público encontrarlos a ellos, armonizándose a sus fluctuantes y muy humanos ritmos vitales.


Por eso, más allá del exclusivismo y el resquemor que aún se observa hacia quienes, por las circunstancias que fuera, sí sobrevivieron a la década y han sabido mantenerse con el tiempo, destacan figuras y conjuntos muy personales, ajenos al etiquetado coyuntural. En el caso de Nacha Pop, advierto cierta limpieza en el trato con el público y una transparencia de intenciones que, aún hoy, hace que sus canciones perduren. De hecho, un éxito puede no ser inmediato, pero sí perecedero. Yo no sé si son definidores de eso que después se llamó la movida, pero lo que sí sé es que lo son de aquella época: la pletórica década de los ochenta.

Que en aquella etapa tan creativa la poesía estuvo, en buena medida, en las canciones, es ya un pleonasmo. No sé cuántos recopilatorios de imágenes y tonadas de aquellos estupendos años llevamos; he perdido la cuenta, aparte de que me interesan más las fuentes originales que los refritos. Por lo tanto, echen mano de su propia memoria, y si no, constrúyanla. Puede ser que, algunas veces, la música sea el único y más aconsejable compañero de viaje.

La chica de ayer (1980; versión en directo de 1985)

Grité una noche (1985)

Relojes en la oscuridad (1985)



Ha nacido una estrella, de Bradley Cooper

17 octubre, 2018

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Vivimos en una época en la que el amor tal y como se ha entendido, a la forma romántica, no deja de estar cuestionado. Sin embargo, más allá de este debate, sabemos que existe una conexión especial entre ciertas personas cargada de cariño y significado. Un vínculo que en muchos casos puede tener una fecha de caducidad, pero que en otros puede alargarse incluso más allá de nuestras existencias. Hay tenemos a quienes, en su viudez, mantienen intacto el nexo con su ser amado. Así como sabemos que existen muchas formas de amor y no solo en la pareja.

Ahora bien, en el mundo de la fama, el amor se observa con cautela y también con turbulencia. Las relaciones entre amor y éxito nunca han sido fáciles y el arte nos ha dejado buenas muestras de ello; en gran parte, la reciente La La Land (Damien Chazelle, 2016) versaba sobre ello, sin ser la única. El mero hecho de estar expuesto al público y que la sociedad, en cierta medida, te exija convertirte en un modelo inquebrantable causa, cuanto menos, más agobio y ansia que auténtico disfrute. Ello no evita que existan relaciones duraderas e, incluso, eternas.

Ha nacido una estrella (A Star is Born, Bradley Cooper, 2018) es el irónico título de la película que hoy comentamos. Irónico en varios aspectos: el eje central del argumento nos brinda, en efecto, el nacimiento de una nueva estrella mediática, en este caso, una cantante, pero a la par nos lleva hacia el abismo de su otro protagonista, y, además, esta película no nace, sino que renace, dado que recupera y revitaliza un argumento ya visto con mismo título en diferentes períodos de la historia del cine.

La primera Ha nacido una estrella fue dirigida por William A. Wellman (1896-1975) en 1937, protagonizada por Fredrick March y Janet Gaynor, en esa ocasión sobre una pareja de actores, algo que repetiría George Cukor (1899-1983) en 1954, en esa ocasión con Judy Garland y James Mason. La temática variaría hacia el mundo de la música en 1976, de la mano de Frank Pierson y con el protagonismo de Barbra Streisand (1942) y Kris Kristofferson. Sin duda, esto provoca que no podamos buscar la originalidad en esta obra, sino más bien un interés en la renovación de una historia ya conocida y en la forma en que un novel en dirección como Bradley Cooper afronta este reto después de otros con más trayectoria como Wellman o Cukor.


La obra nos lleva a la vida de un cantante de rock en pleno éxito, Jackson Maine (Bradley Cooper), que se encuentra envuelto en una vorágine de conciertos, alcohol, drogas y enfermedad que, tarde o temprano, va a provocar una decadencia más que previsible. En una de esas noches de soledad y alcohol tras un concierto, se cruza ante él la autenticidad de Ally (Lady Gaga), cuya actuación primero y su personalidad después la cautivarán. Convencido de sus posibilidades, intentará empujarla a lograr el éxito en la música mientras surge un inevitable romance.

Debemos destacar sin duda la buena calidad de la puesta en escena y el intento por crear una obra visualmente atractiva, que aúna características del cine más académico y clásico, como la secuencia en que aparece el título de la obra mientras la protagonista pasea por la calle, con cierta estética más propia del cine independiente, sobre todo en el uso de ciertas tonalidades o planos detalles; aunque en ocasiones puede resultar excesivo tanto acercamiento a los rostros para intensificar la actuación. Todo ello sin olvidar los momentos más espectaculares, que se consiguen sobre todo con las escenas protagonizadas por la música, cuando destaca y brilla especialmente Lady Gaga, aportando no solo su voz a las canciones de la banda sonora, sino también unos matices interpretativos a cada una de ellas.


Ahora bien, al contrario que en otras obras de estructura similar, como Begin Again (John Carney, 2013), que se asemeja bastante en su desarrollo, aunque tiene un fondo más optimista y sin el lado romántico, la narrativa de la película está descompensada entre sus protagonistas. Para empezar, se proponen diversas ideas en un primer tramo que luego no serán exploradas, curiosamente la mayoría relacionados con el personaje de Ally. Con cierta ironía, el título se refiere a la protagonista femenina, cuando, en realidad, el interés y motor de la historia es la caída hacia la autodestrucción del protagonista masculino. Eso se potencia también en la forma en que se enfocan las distintas tramas, haciendo que las más completas y cerradas sean las relativas a Jackson Maine, mientras que las de Ally quedan en segundo plano o inexploradas.

En este sentido, hay cuestiones que se abren en el primer tercio pero que no tendrán repercusión posterior. Por ejemplo, el rechazo inicial de Ally a los hombres tras terminar una relación a la que nunca se vuelve a hacer referencia, la forma en que ella lidia mal con el trato con los seguidores, algo que cuando ella llega a la fama no se explora, o, en definitiva, la manera en que su historia se va diluyendo y apareciendo en un segundo plano. Incluso una cuestión tan sustancial como que Jackson perciba que ella está perdiendo su esencia como cantante tras sacar su primer sencillo atado por completo a la tendencia comercial reinante, se solventa rápido, con una contundente escena y tres pinceladas más. La escena se trata de una discusión culminante entre ambos, donde salen a relucir traumas personales que habían estado presentes anteriormente en la película, por ejemplo, respecto al físico de ella, y queda complementado con la forma en que ella soluciona este desvío de su esencia musical: el rechazo a las bailarinas, la recuperación de su vieja libreta de canciones o su empeño en seguir cantando junto a él. Pero, reitero, se convierten en detalles que van quedando al fondo de la narración. Es más, podríamos decir que todo este proceso de estrellato es visto desde la perspectiva del Jackson, más que desde el interior de Ally.


Por contra, Cooper se regodea en el proceso de destrucción de su personaje, regalándose todas las posibilidades interpretativas que le permite el personaje. Explora su pasado gracias a su relación con su hermano, Bobby Maine (un estupendo Sam Elliott que se postula como el mejor actor de reparto de la película), que queda muy bien formulada con varios altibajos y una escena de cierre donde cobra sentido su relación. Y también se permite dejarlo caer en todos los errores posibles, como ya avisaba una de las primeras canciones, Shallow, que describía a la perfección al protagonista. En cierto sentido, llega a convertirse en un paradigma repetitivo, en un círculo vicioso de perversión en el que se encuentra el protagonista salpicado ocasionalmente por la lucidez de la música y la explosión más emocional. Se echa en falta, por tanto, haber sacrificado alguna secuencia de este proceso para haber completado y redondeado mejor otras tramas, incluyendo el romance, que queda demasiado idealizado por la vaguedad con la que se afronta en la película.

En conclusión, se trata de una revisión del clásico actualizado, incluyendo la presencia de redes sociales como Youtube o de las tendencias musicales del momento, con un fondo crítico, que está bien realizada y con tramos tan elegantes como su final, con una propuesta seria en la realización y espectacular en su lado musical. No obstante, se trata de una historia descompensada en su enfoque entre ambos protagonistas y reiterativa en su estructura al alternar entre los fallos y vicios de él y el crecimiento musical de ella. 


El autocine (LIV): La dama de Shanghái, de Orson Welles

15 octubre, 2018

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Aunque concebida como una serie A, La dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, Columbia Pictures, 1947; estrenada al año siguiente), fue sometida a severos recortes. Fundamentalmente porque, por lo general, no se piensa en el público del futuro, sino en el del estricto presente. Y esto resulta fatal para un creador con las miras siempre puestas en lo venidero. Aparte de que, el adelantado es, con frecuencia, un inadaptado.

Pese a todo, La dama de Shanghái continua siendo una película magnífica, adscrita al género negro y policiaco, aunque no respondiera a las aspiraciones de su autor, el brillante Orson Welles (1915-1985), aquí en labores de dirección, producción, escritura e interpretación.

Más rocambolesca que imposible, la trama de La dama de Shanghái se centra en la figura del marino y trotamundos Michael O’Hara (Orson Welles), receloso de la autoridad y envuelto continuamente en la sordidez de unos escenarios abiertos o cerrados.

Caminado por Central Park (Nueva York), Michael se siente atraído por la figura femenina de Elsa (Rita Hayworth), que pasea en calesa. Lo cual es un gozoso fastidio porque, como admite nuestro protagonista a través de la voz en off, ahora tan solo queda el rememorarla de forma continua y en silencio, un mes o toda la vida. Quien esté libre de tal delito que alce la mano.

Pero no se hará necesario este proceder. Ocasión (calculada) habrá de que Elsa y Michael entablen una conversación y surja entre ellos un vínculo, en primera instancia, de orden laboral. En el que es uno de los momentos más inspirados de la película, Michael le ofrece a la dama un cigarrillo, que ella acepta pero guarda en el bolso, ya que declara que no fuma.


Elsa está casada con el criminalista Arthur Bannister (un estupendo Everett Sloane), pero necesita a alguien que pueda manejarse como contramaestre en la tripulación de su yate. De modo que le ofrece el trabajo a Michael. Se supone que después, cada cual ha de seguir su propio camino.

En realidad, es la de la película la historia de una atracción; solo que quien se creía el seductor pasa a ser el seducido. Y también lo es sobre el fingimiento. Hay gente que olfatea el peligro, yo no, corrobora Michael. Welles se encarga de visualizarlo de forma sutil cuando, a bordo del yate de lujo, Elsa llega a encender un pitillo al fin, tal vez, a causa de la incomodidad creciente entre los personajes de este triángulo que parece expandirse a un cuadrado, con la incorporación del maquiavélico y sudoroso socio de Bannister, George Grisby (Glenn Anders). Hasta que la citada figura simbólico-geométrica retrocede a su condición originaria, del individuo solitario que se va por donde ha venido, aunque con una lección más aprendida. Por algo señaló Elsa, a lo largo de su primer encuentro con Michael en el parque, que me gano la vida jugando, habiendo residido y trajinado en sitios tan exóticos y remotos como Macao o Shanghái (China).


Todo transcurre con la celeridad y aturdimiento de un torbellino, casi se diría que pesadillesco. Incluso los certeros diálogos. Nubes de tormenta se forman al comienzo de la narración cuando observamos que, además de lo expuesto, el personaje de Arthur Bannister es proclive a la (mala) bebida. Lo que no impedirá que se conduzca como un brillante, y en el fondo muy humano (con todo lo que ello comporta), abogado.

A bordo de un yate que responde al nada arbitrario apelativo de Circe, la diosa y hechicera de la mitología griega, emprenden estos cuatro personajes un crucero por el Caribe, visitando luego otros lugares como México y San Francisco, el puerto de partida. Son caracteres de soterradas o levantiscas complicaciones y complicidades psicológicas. Sugestiva resulta la escena en la que Michael los compara con unos tiburones dispuestos a devorarse a sí mismos. El marinero no es rico, pero presume de ser independiente. Aunque para alcanzar tal condición habrá de superar los distintos niveles de dificultad que le brinda su relación con Elsa y también con George. Este último le ofrece una bonita suma de dinero por asesinarlo, ya que un suicida no puede reclamar el correspondiente patrimonio empresarial. Se trata, por lo tanto, de un crimen fingido.

Visualmente, la película resulta admirable, como demuestra la planificación de algunos encuentros entre los personajes, o las imágenes aumentadas de los seres marinos de un acuario. A su vez, el segmento del juicio mezcla la farsa con el humor, la intriga y la sorpresa, sin salir damnificado. Todo un logro. De igual modo, el desenlace en la sala de los espejos, sita en el barracón de feria, o casa de los locos, de un parque de atracciones, pone el broche al relato de forma tan simbólica como rotunda, argumentalmente hablando. En esta secuencia, que contiene una grotesca y ágil alucinación por parte de Michael, debida a unos comprimidos, los protagonistas acaban disparando a las imágenes de los demás, hasta que dan con la última (no diremos que la más auténtica o verdadera), y se aniquilan.


Desplazamientos laterales, expresivos picados y planos con grúa, como el bello momento que muestra a Elsa conduciendo por una calle de San Francisco, jalonan esta película fundamental, a veces por motivos muy extra cinematográficos. Además, Orson Welles era un excelente realizador tanto en exteriores como en interiores, trabajando de forma imaginativa y elocuente la atmósfera de cada plano y escena.

Desconozco la novela en la que se basa la película, una obra de Sherwood King (1904-1981) titulada Si muero antes de despertar (If I Die Before I Wake, 1938), de modo que me he limitado a comentar la adaptación. En ella, un acusado grado de nihilismo se insufla a los protagonistas, sobre todo Michael. Para este, parece difícil escapar a la rueda del infortunio, si es que realmente se empeña en ello.

Tampoco podemos pasar por alto la soberbia fotografía, que despliega un psicológico empleo de la luz, a cargo del estupendo Rudolph Maté (1898-1964), ayudado -no sé si socorrido, dado lo tempestuoso de la producción-, por los no menos competentes Joseph Walker (1892-1985) y Charles Lawton (1904-1965), que es finalmente quien la firma.



Para el sábado noche (LXXV): Bullitt, de Peter Yates

02 octubre, 2018

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Bullitt (Warner Bros., 1968) es una de las mejores películas policiales del género. El elaborado montaje de los títulos de crédito iniciales resultaba novedoso y mostraba los distintos puntos de vista, o de cámara, del asalto a un edificio de Chicago (EEUU), en el que se pretendía atrapar al traidor de una banda mafiosa, u organización, como lo llaman ellos. Posteriormente, sabremos que el delito del que se le acusa es la apropiación indebida de una fuerte suma de dinero. La incorporación de dicha secuencia a los citados créditos anticipa el tono reflexivo pero tenso que va a desplegar Bullitt a continuación, así como otros momentos de pura acción.

Pasamos ahora a la ciudad de San Francisco. Allí vive y labora el teniente de la policía Frank Bullitt (Steve McQueen), que es emplazado por el congresista Walter Chalmers (Robert Vaughn) para encomendarle una misión. Un testigo amenazado por el Sindicato del Crimen necesita protección. Se trata de Johnny Ross (Pat Renella), de Chicago, el cual se hospeda en un hotelucho para no levantar sospechas. Requiere de una estricta vigilancia durante unas cuarenta horas, hasta su llegada al juzgado para declarar. Esto es lo primero que establece Chalmers. Lo segundo es dejar caer que, si se siguen sus indicaciones, cualesquiera que sean, y el encargo se cumple a su entera satisfacción, esto tendrá una gran repercusión en su carrera (en realidad, comienza por pedirle a Frank que le llame por su nombre de pila, cosa que el policía no hace).

Cuando, más tarde, el político se encara con el capitán Sam Bennet (Simon Oakland), también le espeta que un hombre de su talento puede llegar más alto si cuenta con el apoyo necesario. Magnífico ejemplar de traficante de dosieres que abarca a jueces y otras altitudes, Chalmers es maestro en eludir sus responsabilidades y en incriminar a los demás. Gane quien gane, él nunca pierde. Y por si quedara alguna duda, el político sostendrá ante Frank, en el que es su tercer intento de coacción, que la integridad es algo para impresionar a la gente. Los dos personajes no pueden ser más antitéticos.


Para llevar a cabo su cometido, el teniente cuenta con el apoyo indirecto de su superior, el capitán Sam, y de su compañero, el sargento Delgetti (Don Gordon; actor que también acompañaba a McQueen en El Coloso en llamas [John Guillermin, 1974]). El capitán tiene plena confianza en Bullitt y le otorga carta blanca, pese a que él no dispone de la misma libertad. Haz lo que creas conveniente, le brinda. Lo cual, junto con las características del protagonista, parco pero competente, resolutivo y valiente, me parece que es otro de los aciertos del guión de Alan R. Trustman (1930) y Harry Kleiner (1916-2007), en torno a la novela de Robert L. Fish (1912-1981). De este modo, se elude el tópico del policía incomprendido o enfrentado a su propio departamento. Ello no obsta para que, de cara a la galería, sea presionado para abandonar el caso. Pero Frank Bullitt sabe que, en determinadas esferas como la política, sucede lo que en las familias, donde el que menos cosas interesantes tiene que decir es el que más habla. Tampoco es la primera vez que un individuo, sea en la vida o en el cine, resiste a título personal en defensa de un orden constitucional que otros vulneran.

Por otra parte, está el ámbito de lo íntimo y familiar, en la figura de Cathy (Jacqueline Bisset). En lo que es otra aportación interesante, la joven siente curiosidad por saber en determinado momento qué es lo que está sucediendo, después de conducir a Frank hasta un complejo de bungalós, donde el policía espera poder localizar a otro personaje. Todo lo que haces me importa, le ha declarado antes a su pareja. Cathy desciende del coche en busca de Frank y se encuentra con una escena que no esperaba, la escena de un crimen. En el camino de regreso, y bajo los efectos de una fuerte impresión, Cathy se pregunta por qué ha de morir tanta gente, recriminando injustamente a Frank su insensibilidad, y casi acusándolo de querer vivir en una cloaca, rodeado de violencia. Una patochada campestre, por mucho que se revista de comprensible arrebato a causa de lo experimentado. Entre otras cosas, se olvida Cathy del duro trabajo que hace Frank, ¡ya sea enfrentándose con políticos o con criminales!


La película se distingue por su cualidad anti retórica. El guión es concreto y huye a toda pastilla del charlatanismo y lo redundante. Algo a lo que ayuda ese tono reflexivo al que antes me refería, por parte de la realización del reivindicable Peter Yates (1929-2011), sostenida, además, por la fotografía urbana de William A. Fraker (1923-2010), la edición de Frank P. Keller (1913-1977), y la generacional música de Lalo Schifrin (1932). Ciertamente, Yates planifica a través de algunos planos cortos con zoom, pero lo hace de forma elegante, sin apenas imágenes de acercamiento o alejamiento, destacando aquellos instantes que muestran al protagonista en la intimidad de su apartamento o reflexionando en la escena del (primer) crimen. Simpática es la imagen (se diría que ornamental en un principio) del animal de juguete que, con posterioridad, identifica el taxi que conduce Weissberg (Robert Duvall).

Narrada a tiempo casi real, en apenas un par de días despliega Bullitt un ritmo y precisión que ya quisieran la mayoría de las producciones actuales, que siguen intentando copiar la presente, exagerando lo que aquí se expone de forma contenida. Me refiero ahora a las modélicas secuencias de acción, ejecutadas con ejemplar limpieza visual. En primer lugar, está la de los entresijos del hospital; en segundo, la justamente célebre persecución por las calles (pendientes, cabría decir) y alrededores de San Francisco, y en tercero, la no menos vibrante secuencia en el aeropuerto, que no le anda a la zaga a la anterior. En los tres casos sienta cátedra Peter Yates, con el añadido sugestivo de que, en el segundo, el perseguido pasa a convertirse en perseguidor.


Lamento tener ahora que adelantar algunos aspectos de la trama, pero para poder continuar hemos de hacer mención al hecho de que el testigo protegido, Ross, es localizado y abatido. No obstante, no fallece durante el enfrentamiento, sino al día siguiente en el hospital. Para la adecuada resolución del lance, Frank Bullitt necesita que se siga creyendo que está vivo, de modo que, con la complicidad de un médico del centro, el doctor Willard (Georg Stanford Brown), que también ha sido agraviado por Chalmers, oculta el fallecimiento de Ross trasladando el cadáver de sitio. La inquietante deriva del caso se centra en que alguien más conocía el paradero de Ross, aparte de Chalmers y unos cuantos policías. Es posible, por lo tanto, que otra persona esté implicada, decurso que se complica cuando la identidad del fallecido resulta ser distinta a la pretendida.

A este clima de solapada corrupción se enfrenta nuestro protagonista. No en vano, y como ya señalaba, Bullitt se articula a través del carácter del personaje principal. Por algo, la película adopta el nombre de este, a modo de reconocimiento de su valía, integridad y personal determinación. Dicho de otra forma, el teniente posee identidad propia y no parece estar en malas relaciones con la prensa (algo que se comenta más que se muestra). Con esto cuenta Chalmers para lograr sus aspiraciones políticas. Craso error, porque si con alguien se casa Frank Bullitt es con quienes se mantienen dentro de la honestidad y la legitimidad (si es legal mejor). Gente como el capitán Sam y el sargento Delgetti, o finalmente, Cathy. También ella ha padecido un proceso a lo largo de la película.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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