La ciudad de las estrellas - La La Land, de Damien Chazelle

26 febrero, 2017

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Hay sendas diversas en nuestras vidas, sendas que divergen entre lo que es, lo que nos gustaría que hubiera sido, lo que podríamos haber elegido y todo lo que pudo ser, pero nunca tuvimos oportunidad de que fuera. Posibilidades que se disfrazan de decisión, de cierto sensación de destino o de puro y magnífico azar. Entre todos esos caminos, un mismo elemento puede ser observado desde muy variados prismas. Si observamos el aún breve recorrido que ha realizado Damien Chazelle (1985) en el mundo del cine, seremos testigos de un gran despegue desde el reconocimiento que ya le supuso Whiplash  (2014) hasta el éxito que le ha otorgado La ciudad de las estrellas - La La Land (2016), siendo además su segundo y tercer largometraje respectivamente. Y ambos relacionados de manera inevitable con otro arte: la música.

Si Whiplash contemplaba el mundo de la música desde la perspectiva de la dureza de su trabajo, abandonando la idea de virtuosismo o facilidad que, en ocasiones, puede aparentar, La La Land se convierte en un musical de apariencia colorida en torno a un romance entre una postulante a actriz y un pianista de jazz. 

Un esquema argumental que se asemeja a la ópera prima de Chazelle, Guy and Madeline on Park Bench (2009), también un musical relacionado con el jazz y con un argumento en torno a una pareja. En efecto, Chazelle ha realizado un ascenso en escalera de caracol, retomando así los temas que le son predilectos, tales como el propio cine, la música, con fijación por el jazz, o las dificultades que se afrontan en el mundo artístico.


El argumento nos transporta a la ciudad de Los Ángeles, representativo del sueño americano de triunfo, en este caso en el mundo del cine, aunque también de otras artes como el teatro o la música. Tras un número musical que sirve de introducción a este universo de soñadores, la acción recae en dos personajes que coinciden en la carretera, de los que a continuación se desgranará su situación vital antes de producirse el esperado encuentro entre ambos y el inicio de su relación. Por una parte, Mia (Emma Stone), una joven aspirante a actriz que compagina los numerosos castings con un puesto de camarera en unos estudios cinematográficos. Por otra parte, Sebastian (Ryan Gosling) , un pianista que mantiene una actitud romántica y entregada por el jazz, hasta el punto de dejar a la deriva su vida, y su trabajo, por sus principios personales y artísticos.

Como sucediera en otras historias similares, el inicio de la relación supondrá un cruce de contrarios, algo reconocido por ambos con otra intervención musical, aunque como en anteriores ocasiones, ello no impedirá que ambos personajes acaben unidos. Seguiremos su relación y el camino que seguirán en su deseo por escalar en sus carreras artísticas, todo ello a lo largo de unas estaciones que sirven como división de actos. En principio, no supone nada especial o novedoso, se podría decir que incluso se alimenta de lo ya esperado por el espectador para ofrecernos al final una evolución un tanto más lúgubre, explorando más que el amor, sus retos, la dificultad para afrontar con éxito una relación donde existen dos fuertes ambiciones personales o cómo llegados cierto momento, queda el espacio a la hipótesis y a lo que podría haber sido.


La La Land no cuenta una historia enrevesada, no pretende removernos, no ha descubierto nada nuevo ni huye de volver a tocar temas que ya conocemos bien, pero sabe encajar las piezas para que todo parezca reluciente y funcione como un reloj. Para ello, Chazelle ha sabido mirar al pasado y acudir no solo al género de los musicales, tomando como ejemplo obras como Sombrero de copa (Mark Sandrich, 1935) Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951) o Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), adaptando y homenajeando algunas coreografías de cintas ya clásicas, sino también al desarrollo de relaciones románticas. El carácter que llega a adoptar la pareja de Mia y Sebastian puede recordarnos a la creación de parejas clásicas, pero incluyendo un lado amargo que contemplamos en una cinta tan emblemática como Casablanca (Michael Curtiz, 1942), aunque con el carácter más moderno que ofrecían (500) Días juntos (Marc Webb, 2009) o One Day (Siempre el mismo día) (Lone Scherfig, 2011) en torno al desamor. 

Una fusión que también se traslada a lo visual, dado que existe cierta ambigüedad con el tiempo a través del vestuario o los escenarios, entremezclando estéticas de tal forma que llegará la ocasión en que el espectador se sorprenda de verlos usar un teléfono móvil o de encontrarse con un concierto de música actual inserto en el metraje. Además, no faltarán las referencias al cine clásico valiéndose del estudio recreado de Warner Bros. o de las diferentes localizaciones de la ciudad, incluyendo elementos como carteles, espacios como cafeterías, bares o cines así como algún nombre directo, como la proyección de Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1944) 


Del dúo protagonista, que mantiene una gran química entre sí, parece que encontramos cierto posicionamiento favorable para Mia, cuyo rol es mantenido por una excelente Emma Stone, a destacar su número musical Audition (The Fools Who Dream), con una fuerza dramática similar al mítico tema I dreamed a dream del musical de Los miserables. Aunque al final podemos considerar que ambos personajes adoptan decisiones que contradicen sus principios, lo cierto es que el conflicto de la película se sitúa en las acciones de Sebastian, que está defendido por Ryan Gosling, quien a pesar de haber conseguido desarrollar unas buenas dotes al piano, se sitúa quizás por debajo de Stone, manteniendo un perfil algo plano e inexpresivo que no beneficia a su actuación.

Un posible defecto de la película es su carencia en roles secundarios, faltando la participación de algún actor solvente en este campo como solía suceder en cintas clásicas. Hace poco comentábamos que en Lion (Garth Davis, 2016) no se desarrollaban las tramas secundarias que se abrían, pero en el caso de La La Land apenas existen, a excepción de la evolución de la historia de amor de la hermana de Sebastian, Laura (Rosemarie DeWitt), a la que dedican entre tres o cuatro escenas o guiños, pero sin llegar a interesarse en contarnos nada sobre ello. También es el caso de Keith (John Legend), que sirve para ofrecer un antagonista al pensamiento de Sebastian en torno al jazz y también su tentación para desviarse de sus deseos. Así pues, Chazelle rechaza la creación de subtramas para centrar la atención en la historia principal, sin desviaciones.


En el fondo de la historia de amor que se nos narra, encontramos un posicionamiento evidente por aquellos que luchan por conseguir sus objetivos, sobre todo cuando son artísticos, mientras que se mantiene crítico con el sistema industrial, sea en el cine con unos castings poco personales e implicados o mostrando de fondo los problemas entre actores o en el mundo de la música con un canto de cisne en honor al jazz y en contra de las fusiones impuras. Este carácter se muestra también en la música, por ejemplo en la mencionada Audition, aunque la mayoría de canciones suelen servir para continuar con la narración, como conviene a los musicales, en lugar de distraerse del argumento. Sin embargo, no consiguen convertirse en memorables, siendo algo vacías, a excepción del tema principal, leit motiv de toda la película: City of Stars. Esta canción se reitera en varias ocasiones a lo largo de la trama y compone finalmente una de las escenas clave de la obra, otorgándonos el momento más brillante de la cinta.

No podemos saber si La La Land se convertirá en un clásico, dado que es algo que solo el tiempo puede determinar. Su creciente fama nos puede recordar al caso de The Artist (Michel Hazanavicius, 2011), que también ahondaba en el homenaje al cine, en ese caso mudo, y a Hollywood, y, sin embargo, tras cinco años, no parece haberse convertido en un referente, a pesar de su gran acogida. La obra de Chazelle consigue proporcionarnos cierta sensación de plenitud semejante al que nos han producido piezas tan breves pero significativas como la introducción de Up (Pete Docter, 2009) en el terreno animado, pero no podemos evitar sentir que estamos ante una pieza que vive de homenajes. La ciudad de las estrellas sigue el camino de las hipótesis existenciales, aquello que pudo haber sido frente a lo que fue, con el fondo del homenaje al cine, el canto de amor al jazz y las canciones que aligeran y nos hacen disfrutar como los musicales clásicos. Una delicia bien hecha para emocionar sin ofrecernos pura felicidad.

Escrito por Luis J. del Castillo




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