Indian Country: El hombre que mató a Liberty Valance y otros relatos del Far West, de Dorothy M. Johnson

14 julio, 2015

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Ya hemos tenido ocasión otras veces de felicitarnos por la ejemplar labor editorial del sello Valdemar, con respecto a la literatura del género gótico y de terror, como más recientemente, del western.

Esta vez, regresamos al escasamente explorado territorio de la literatura del oeste, al menos en España, de la mano de una serie de relatos, tan absorbentes como bien escritos, de la escritora Dorothy M. Johnson (1905-1984). Su testimonio viene a rebatir ese lugar común de que el género en cuestión es únicamente disfrutado por varones. No solo no es así, sino que una de sus más destacadas creadoras fue, precisamente, la autora de Iowa, que tan bien supo fijar en el tiempo unas existencias tan trágicas como hermosas.

Johnson no fue una escritora prolífica, pero sí de gran calidad. Su impronta en el género dio como resultado una serie de relatos que, aún hoy, siguen destacando en todas las listas de narraciones favoritas del western, como se recuerda en el prólogo de Indian Country (Ídem, Valdemar Frontera, 2011), primer volumen dedicado a las obras completas de la autora.

Una pintura del excelso y evocador Frederic Remington (1861-1909) ilustra la portada y coloca en situación al lector. Se trata del cuadro Ponytracks in the buffalo trails (1904). La máquina del tiempo del arte, en este caso de la pintura y la literatura, nos traslada, nuevamente, a otras épocas y lugares.

Lugares en los que, como desgraciadamente sucede aún, no existe la plena seguridad. Así lo corrobora la superviviente de una familia de colonos tras un ataque sioux, en la narración que da inicio a la antología, La frontera en llamas, con toda probabilidad, uno de los relatos más desgarradores del volumen, donde los lamentos quedan huérfanos de lágrimas, ya que la pena es un lujo para la supervivencia, y la autocompasión, un sentimiento interior que hay que aprender a sobrellevar.

Ya en este primer relato podemos contemplar el estilo bien definido de Dorothy M. Johnson. Una forma de narrar franca, concisa y sincrética, pero tremendamente poética y expresiva, de una contenida emoción.

El modo de jugar con el tiempo narrativo es otra de las llamativas claves de ese estilo. Ya sea adelantando o retardando los acontecimientos, haciendo uso de saltos temporales o de austeras elipsis, el efecto en el lector es inmediato. Igual que sucede cuando alguien nos está relatando unos hechos reales de forma oral, pero a través de un discurso siempre bien hilvanado.

Muchas veces, el lector, a modo de espectador de esos hechos, solo cuenta con una información parcial que mantiene el suspense, quedando a la expectativa de poder completar los intersticios del relato. Este privilegio del literato, aunque abundante, no encuentra demasiados ejemplos felices. Sin duda, el presente lo es.

El incrédulo es el guía e intérprete Mahlon Mitchell, conocido por los indios como “Cabeza de Hierro”, gracias al tono rojizo de su cabello. Por voluntad propia, el narrado será su último viaje de asistencia a los demás, y el primero de recapitulación de su propia vida. Mitchell constatará -o puede que haya venido haciéndolo desde hace tiempo-, que la juventud se puede revivir, pero no volver a vivirse, por mucho que siempre permanezca junto a ella su eterna compañera, el riesgo.

De este modo, el ahora incrédulo, se debatirá entre la complicada simplicidad india, y la estructurada racionalidad blanca, dos cosmogonías que concitan tanto los días pasados como los días perdidos…

Remington, The herd boy
El siguiente relato nos muestra otro retrato. El de aquellos que con su fortaleza y valor legitiman un espacio recién arrancado a la naturaleza, aún no civilizado por las estructuras del ser humano. Personas que, como El chico de la pradera, han de pagar con ello el elevado precio de la juventud.

Otro joven, en este caso el indio Humo Creciente, se nos presenta como un fracasado. Lo es porque, según las normas de su pueblo, los indios crow, aún no ha destacado en ninguna hazaña guerrera, y ni siquiera ha tenido su correspondiente sueño premonitorio. En un entorno de presagios y superstición, resulta crucial la buena o la mala suerte. Pero Humo Creciente sabrá labrar su propia fortuna de forma distinta, sin por ello perder de vista el legado de las costumbres, cuando la oportunidad se le presente en forma de “asignatura pendiente”. Sucede en El exilio del guerrero.

Seguidamente, somos partícipes de la tensión del viaje físico y psicológico de la señora Foster, rescatada por los soldados de las manos de los belicosos sioux, y en ruta hacia su anterior vida. Anterior pero no igual, puesto que un sentimiento de culpa la atenaza durante su Viaje al fuerte, tras siete meses de cautiverio.

Remington, Prospecting for Cattle Range
De modo sorprendente, al funeral de Bert Barricune asisten el senador Random Foster y su esposa. Todo un acontecimiento para una población perdida del medio oeste, ¿la causa? Aquellas personas que parecen haber transitado anónimamente por la vida para acabar muriendo “mientras el mundo rodaba delante de ellos”, cuando en realidad, son ellas quienes hacen rodar al mundo.

Este es el germen del extraordinario El hombre que mató a Liberty Valance, instalado en el tiempo en que muchos territorios eran aún espacios indefinidos, tutelados por el estado federal pero pendientes de la adecuada organización legal. Tras la presentación de los personajes, la autora da comienzo a un flashback en el que se narra la lucha de Foster por su supervivencia, y la objetiva parquedad del cowboy Barricune; dos destinos que se cruzan, invocados por el malhechor Libery Valance.

De hecho, todos nosotros hemos de interpretar a otros muchos, según las circunstancias, porque el aparentar forma parte de la naturaleza humana y sus mecanismos de defensa. Pero Random Foster posee otros méritos que le distinguen, orgullo y voluntad. Lo cual no obsta para que, conjurar lo que sucedió en aquel pueblecito, suponga renunciar a todo lo bueno que ha conseguido, tanto para él como para otras personas.

Remington, The argument with the Town Marshal
El sorprendente encuentro, en pleno bosque, entre un hombre que busca a su hermano, desaparecido hace ya largo tiempo, el experimentado trampero que le sirve de guía, y un indio casi anciano, acompañado de su joven y resuelto hijo, vertebra La camisa de guerra. Johnson expone con suma eficacia dos formas de lealtad cultural, condenadas a comprenderse pero no a mezclarse.

Y es que un sueño se puede frustrar, pero no el descubrimiento del amor por parte de una pareja de pioneros, en las praderas de Montana. Tras escapar astutamente de un ataque indio, un grupo familiar se ve forzado a abandonar el que ha venido siendo su hogar, Más allá de la frontera. Pero si unas esperanzas mueren, otras renacen. Solo depende del talante de aquellas personas que saben marcar la diferencia.

Ubicado en época más reciente, la década de los cuarenta del siglo XX, Marcas de honor es otro excelente relato, en el que los ceremoniales étnicos ya se muestran vacíos de significado; salvo por una cosa, el respeto a los ancestros, la perenne gratitud hacia aquellos que nos precedieron.

En definitiva, hacia una cultura, con sus aciertos y errores; el lugar de donde se viene. Una lucha contra el tiempo, pues con la muerte del anciano indio Charley, termina por desaparecer el significado de muchas de esas costumbres. O puede que no del todo…

Remington, Pretty Mother of the Night
La viuda de Will Foster (como comprobamos, un apellido recurrente en los relatos de la escritora), es poco menos que Historia Viva en Reírse frente al peligro. Hasta los periodistas y cronistas locales acuden a entrevistarse con ella, a pesar de que ya tiene más de noventa años. Nuevamente, Johnson sitúa la narración en época actual, en un marco de vivencias que no pueden cambiar, porque son patrimonio específico del ser humano.

Por ejemplo, puede que el primer amor sea el más ciego, y hasta el menos aconsejable, pero es el que la memoria se niega a borrar, por muchos años que hayan transcurrido, o por mucho que no sepamos diferenciar aquello que sucedió realmente de lo que nos habría gustado que sucediera.

Por último, conoceremos a Un hombre llamado caballo, un joven bostoniano presa del descontento, tan difícil siempre de definir. De él no conoceremos su verdadero nombre, al menos, entre los blancos. Su estancia de tres años entre los indios será un proceso existencial que pasará de la insensibilidad racial de sus anfitriones al reconocimiento del valor y el amor del extranjero. Como curiosidad, la recordada secuencia del “rito de paso”, digámoslo así, del protagonista de la versión cinematográfica de Elliot Silverstein (1927), Un hombre llamado caballo (A man called Horse, Fox, 1970), no procede de este relato en concreto, sino de otros, como el referido Marcas de honor.

Remington, Moonlight Wolf
Invitamos a todos nuestros amigos lectores que, en principio, no se hayan sentido atraídos por esta otra literatura, que en el fondo es la misma, puesto que de buena literatura hablamos, a que descubran a nuestra autora, junto al resto de compañeros de la serie Frontera de Valdemar. Sus novelas y relatos ennoblecen el universo (puesto que universal es) de la gran literatura del western. La épica de la tragedia y la aventura del ser humano, negro sobre blanco.

Escrito por Javier C. Aguilera


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