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31 octubre, 2020

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Capileira (Granada), fotografía de MB

Castañas, hojas cayendo, calabazas sonrientes y el recuerdo a quienes nos dejaron. Otoño tiene siempre espíritu de despedida y nostalgia. El frío se propaga en el ambiente y toca empezar a encontrar refugio en el calor de la cultura. Seguimos con vuestras visitas, en torno a 10000 en este mes, y nos seguís acompañando por redes: 197 seguidores en Blogger, 683 en Twitter y 183 en Facebook.

Para las festividades de Halloween hemos decorado de nuevo nuestro blog y también hemos recuperado un clásico del terror como es El resplandor de Stanley Kubrick, comentado en esta ocasión por nuestro estimado Javier. Aunque no ha sido el único artículo en este mes, donde también hemos disfrutado de la literatura de Wilkie Collins, con La piedra lunar, o hemos comentado la dramática situación de los personajes de Brokeback Mountain. Y en nuestra cuenta de Twitter hemos rendido homenaje a todas las obras de terror que hemos reseñado en estos años con el hashtag #HalloweenEnBdC

John Adames y John Cassavetes durante el rodaje de Gloria

Tenemos una larga trayectoria, así que seguro que encontraréis en nuestros archivos algún buen libro o una estupenda película para disfrutar de estas tardes otoñales. Y seguiremos escribiendo más. Esperamos vuestros comentarios, como siempre.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo






El resplandor, de Stanley Kubrick

29 octubre, 2020

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Últimamente vengo escuchando mucho que El resplandor (The Shining, Warner Bros., 1980) es una película sobre la locura. No estoy de acuerdo. Es una espléndida película de fantasmas cuyo contacto desemboca en la locura. Existe una diferencia.

Lo que sucede es que esta derivada argumental no ha solido ser visualizada con el debido rigor o desparpajo (una vertiente tan aterradora como el darse cuenta de que personas que deberían estar siendo tratadas médicamente dirigen nuestros destinos). Por lo demás, los avatares de una pre producción larga, las implicaciones numerológicas o los tormentos infligidos por el obsesivo y perfeccionista Stanley Kubrick (1928-1999), son aspectos que me interesan menos; prefiero ceñirme a los resultados, sumamente atractivos.

Pese a que la película se inicia con unos envolventes y sugestivos planos en exteriores, el escenario principal de la narración va a ser un apartado hotel de montaña en Denver, Colorado (EEUU). Hasta allí llega el escritor en crisis Jack Torrance (Jack Nicholson), con objeto de ocupar el puesto de vigilante a lo largo de los meses invernales. Junto al desglose de responsabilidades en el mantenimiento del albergue, el escritor es advertido de un suceso trágico, por el cual diez años atrás otro cuidador llamado Charles Grady acabó de forma abrupta con su familia. Todavía me resulta difícil creer que algo así pasara aquí, observa el director del complejo Stuart Ullman (Barry Nelson). El secreto, la confusión y la traumática toma de contacto con la otra realidad se agazapan en los escenarios más verosímiles. Nada de ambientes tétricamente recargados. De la misma manera que las apariciones que impregnan el hotel se van a mostrar muy reales, lejos de los seres asustones sin ojos en las cuencas y facciones grotescas con los que se ha suicidado el género desde hace décadas.

Esta secuencia preliminar la desarrolla Stanley Kubrick en plano largo, como la mayoría de las que vendrán a continuación, alongando la angustiosa intriga y la tensión emocional. Sin embargo, el director introduce una quiebra, fundiendo con la vivienda familiar. Allí están la esposa Wendy (Shelley Duvall) y el hijo Danny (Danny Lloyd). Este último posee la facultad de la anticipación y la videncia, una comunicación con buena parte de esos seres que se hayan atrapados en los márgenes, sin conciencia temporal, con ayuda de un amigo invisible llamado Tony que le advierte y preserva (Kubrick hace bien en dejarlo en esbozo para fomentar el misterio). El apartamento de los Torrance da la impresión de ser una modesta vivienda de clase media, con lo que se apunta que el éxito de Jack como escritor aún está por llegar. De vuelta al hotel, este comunica a Wendy que ha logrado el empleo. Lo cual le agrada, porque el aislamiento proporcionado por cinco meses de tranquilidad es precisamente lo que estoy buscando.


Siempre me gustó la idea reflejada en la película de que cuando unos dejan de trabajar, comienza la labor de otros (médicos, policía, transportistas, recepcionistas, dispensadores nocturnos, personal de vigilancia, etc.). Es el día de cierre en el Hotel Overlook. No en vano, el nuevo destino de la familia Torrance lleva parejo el significado semántico de que hay algo más de lo que se ofrece a simple vista, siendo fácil pasar por alto, para la mayoría de los mortales, lo que otras personas sí pueden ver (over look). De hecho, nada más acercarse a la edificación, Jack se muestra taciturno y embebido en sus pensamientos (frustraciones). El espectador ya está en guardia para lo que pueda venir.

El complejo es fantástico a la luz del día. In situ, Danny es capaz de percibir los seres no físicos que lo pueblan, y que se muestran en toda su atemporal y corpórea apariencia. Esto es algo en lo que Kubrick insistió, tal cual recoge en sus conversaciones con Michel Ciment (Kubrick, Akal, 1999). Los fantasmas son seres reales que atienden a la descripción ofrecida por multitud de testigos, como si estos fueran personas de carne y hueso (salvo casos excepcionales, pero no voy a insistir en la degradación del género). Según nos comenta Ullman, el hotel fue edificado entre 1907 y 1909, y ocupa el espacio de un antiguo cementerio indio, en radiante recreación del decorador Les Tomkins (1948). Los escenarios, en consonancia, sean interiores o exteriores, devienen excelentes. Elegantes y amenazadores, luminosos y sofocantes. Abiertos no solo a la luz, sino a las sombras.

Jack no es el único que se siente influenciado, la suerte de Danny corre paralela, aunque el muchacho está más preparado psicológicamente, pese a su corta edad, para hacer frente a los fenómenos que allí se manifiestan. En primera instancia, los intuye. Algo de lo que se da cuenta el primus inter pares Dick Hallorann (Scatman Crothers), jefe de cocina del hotel.

La inestabilidad que arrastra Jack será la puerta de entrada para tales entes. Es decir, su condicionamiento mental ya lo predispone a entrar en contacto. Pero si bien posee la capacidad, no así la fortaleza de carácter para enfrentase con la amenaza.


Como no existe el tiempo, futuro y pasado interactúan con el presente de los protagonistas. El pasado del albergue se solapa, pero también lo hace el de Jack y su familia. Dicho pasado, en forma de turbios acontecimientos hogareños, saldrá a la luz: la más oscura que quepa imaginar. La disolución familiar es así alimentada por estas fuerzas negativas. Son reales. Agreden físicamente a Danny -no solo psicológicamente- y liberan a Jack de su encierro en un refrigerador. Al punto de que incluso el camarero Delbert Grady (un magnífico Philip Stone) le facilita cierta información esencial a Jack.

No entender esto es no acertar con el quid de la película. El barman Lloyd (Joe Turkel), estupendamente doblado por Rafael de Penagos hijo (1924-2010), en contraste con el doblaje no profesional de los dos protagonistas principales, es otro personaje con el que Jack se involucra y sincera. Más tarde, este entrará en contacto con el referido Delbert Grady, figura que comparte apellido -es decir, funciones- con el antiguo encargado. Usted ha sido siempre el vigilante, concreta Delbert a Jack, pese a todo, ya que lo que él ve es una imagen anterior al asesino llamado Charles (uno es de 1970 y el otro pertenece a los años veinte). No existe el tiempo en este vórtice del mal, tan solo un espacio compartido.

Por su parte, Wendy parece anulada, como le sucedía a Joan Fontaine (1917-2013) en Rebeca (Rebecca, Alfred Hitchcock, 1940). No debe ser fácil reaccionar ante los malos tratos de la persona a la que se ha amado. El plano-contraplano en movimiento entre Jack y Wendy, en el amplio salón del parador, da cuenta de este enfrentamiento entre la agresión y la defensa, entre razón e insania.


Esta relación con lo no físico, pero aun así existente, queda bien establecida por las palabras que Hallorann proporciona al niño. Las huellas de un hecho extraordinario son cosas que la mayoría no advierte. Esta es la clave de la película, y colijo, del relato original de Stephen King (1947), aunque este se pierda en resoluciones deus ex machina bastante previsibles: la intercesión por explosión de una caldera del infierno, resulta pueril y completamente prescindible. En este sentido, quiero romper una lanza por el guión de Stanley Kubrick y la novelista Diane Johnson (1934); autora, por cierto, de un venturoso libro sobre Dashiell Hammett (1894-1961; Dashiell Hammett, 1983; Seix Barral, 1985). El desarrollo argumental es más una cuestión de actitud que de diálogo, aunque este resulta preciso y acendrado, plenamente connotativo. No diré que las mejores películas de Kubrick son aquellas en las que ha contado con ayuda en la redacción, ya que no es exactamente así, pero sí es verdad que otras adaptaciones carecen de la debida contraparte y sentido del humor (pienso que los resultados con William Thackeray [1911-1963] son muy distintos a los del libro, casi opuestos, aunque puede que ahí resida la gracia…).

En fin, Jack también toma contacto con estas entidades malévolas, como sabemos por medio de un rótulo, una vez ha transcurrido un mes. En su estado de debilidad mental, no es capaz de asimilarlo. De tal modo, que no solo se rompe la comunicación con el exterior familiar, sino con el interior. Comenzando con la lacónica correspondencia mantenida con el exterior físico (una estación de policía), en lo que ya es una idea señalada en 2001, una odisea del espacio (2001, A Space Odissey, MGM, 1968). Y puesto que de comunicación hablamos, la idea del laberinto, que además tiene su correlativo en la mente del protagonista, como con una maqueta que reposa en el salón del hotel, es bastante acertada. En el momento que Jack contempla a los otros dos miembros de su familia, en pleno centro de su encrucijada, parece un demiurgo dislocado. Ya intuimos que en este escenario se va a dirimir el definitivo choque de fuerzas.


Resulta lógico que Jack acabe perdido en este marasmo, en su propia confusión. Hasta otra posible encarnación. Para Danny y Wendy, sin embargo, el hilo de Ariadna que les permitirá el regreso, será el de las huellas dejadas sobre la nieve.

A su vez, los rótulos informativos que se insertan se van acortando, haciéndose más opresivos, cercando a los protagonistas. Un mes y una semana es aproximadamente el tiempo que tardan en aflorar con consistencia las influencias malignas del entorno, manifestaciones que han ido infestando las mentes (al contrario de la prolongación poco creíble del tiempo que se daba en la serie que inspiró el libro). Hasta Wendy, que ya está sometida al carácter cambiante de su marido, será finalmente capaz de advertirlas, aunque con mejores armas de defensa que este. Incluso el muchacho interactúa en la distancia con su padre cuando este penetra en la temida habitación 237.

En efecto, como suele ocurrir, existe un foco principal (aunque en el hotel parece haber varios), sito en una de las habitaciones del inmueble. Traducir a imágenes esta visión paralela es un acierto de la película. A la cámara flotante de la steadycam se suman algunos planos en zoom, de acercamiento o alejamiento, esto es, irrupción y prevención, desconcierto y estupefacción. Como inquietante es la reproducción de una palabra vista, transcrita o dicha del revés. Una estructura apuntalada por la fotografía de John Alcott (1930-1986) y las variaciones sintetizantes de Wendy Carlos (1939), dos pilares máximos que procuran solidez y despliegan talento inventivo. Sin olvidar las sugerentes tonadas evanescentes interpretadas por Al Bowlly (1898-1941) y Henry Hall (1898-1989), que desembocan en un atractivo e indefinido final cíclico.


En suma, El resplandor depara la grata experiencia de haber asistido a una película que a uno le apetece repensar, algo cada vez más ajeno a las salas comerciales, al menos, sin caer en la desmesura o la autocomplacencia. Por mi parte, recuerdo el tráiler siendo un niño, con las impactantes imágenes simbólicas del ascensor inundado de sangre, que proyectarían en algún cine. Tuve que hacer como Danny, taparme los ojos con las manos dejando un resquicio a la atracción.

Rezaba el encabezamiento del póster que la ola de terror que barrió América está aquí. Y aunque la narración transcurre en un espacio determinado, estoy seguro de que en otros lugares existe gente perdiendo la sesera, tal vez muy cerca de usted. Claro que no es culpa de estas personas, sino de ellos

Escrito por Javier Comino Aguilera

Puedes leer también la cara A de esta reseña


Clásicos Inolvidables (CLXIII): Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Enrique Jardiel Poncela

20 octubre, 2020

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Cuando solemos pensar en los géneros de la fantasía y la ciencia ficción es recurrente que acudan a nuestra mente nombres pertenecientes a la literatura anglosajona, que ha sido bastante prolífica y memorable dentro de este género. No obstante, suele obviarse esa realidad en nuestra literatura, no ya por parte de autores a veces desconocidos, sino incluso dentro de la trayectoria de eminentes figuras de la historia de nuestra literatura. Entre todos ellos, destacan habitualmente algunos autores del Romanticismo por su vertiente cercana a la fantasía y al terror, como José Zorrilla (1813-1893) con su Don Juan Tenorio (1844), José de Espronceda (1808-1842) con poemas como El estudiante de Salamanca (1840) o Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) con sus Leyendas. Incluso autores como Benito Pérez Galdós (1843-1920) se adentraron en el terreno de la fantasía, por ejemplo con sus cuentos. Sin embargo, menos frecuente es rastrear nombres vinculados a la ciencia ficción en nuestra literatura, a pesar de que contamos con hechos peculiares: la primera novela moderna sobre una máquina del tiempo fue escrita por Enrique Gaspar y Rimbau (1842-1902), El anacronópete (1887).

Pero resulta poco frecuente encontrar a los autores de ciencia ficción dentro del canon habitual e, incluso en estas ocasiones, sus obras más reiteradas se alejan del género. Algo similar a lo que ocurre con el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela (1901-1952). Centrado en el humor, este dramaturgo aúno en su obra Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936) la comedia con la ciencia ficción, procurando crear un texto que, al final, hablaba del ser humano y sus defectos.

Dividido en tres actos, el primero nos recuerda al estilo usual del autor, mostrando a Emiliano, un cartero sencillo pero bastante avispado, llegando a una mansión donde debe entregar una carta. Como sucedía en Eloísa está debajo de un almendro (1940) son los personajes obreros los que parecen mantener la compostura y estar cuerdos frente a los señoritos y señoritas de más alta alcurnia, o al menos más distraídos de los quehaceres domésticos. Además, todos los detalles de los diálogos tienen su importancia en la acción posterior, logrando su gracia al recuperar una mención del primer acto en los siguientes. Así, Emiliano llega a una casa donde nadie parece querer atenderlo, algo bulle delante de sus narices y su curiosidad innata le hará interesarse por la situación, de la misma forma que servirá de guía a Corujedo, un agente de seguros -del que Jardiel Poncela se burla abiertamente, que solía rechazar varias de estas propuestas de la vida económica-.

Fotograma de la adaptación realizada en Estudio 1

En la casa el bullicio se debe a la noticia que trae consigo el científico Bremón, que propone a su amante Hortensia y a sus amigos Valentino y Ricardo compartir su nuevo descubrimiento: las sales que proporcionan la eterna juventud, la vida eterna. Así lograrán disolver todos sus problemas, Hortensia podrá estar junto a él cuando todos olviden a su marido desaparecido en un naufragio y los demás podrán beneficiarse del dinero que les proporcione el seguro que acaban de hacerse con Corujedo. 

Sin embargo, el autor es bastante perspicaz y pone solución al eterno dilema: ¿qué haríamos con vida eterna? Su respuesta nos las proporciona en los dos siguientes actos, donde muestra la vida anodina y absurda a la que se han entregado sus protagonistas, que habitan una isla desierta y que están cansados de esa vida tan lánguida que les proporcionó el descubrimiento de Bremón. Es más, al final se sienten ridículos, no han logrado ninguna felicidad y han quedado al margen del mundo. Tan solo Emiliano parece estar feliz con su situación, habiendo logrado llevar una vida sencilla. Los problemas se siguen desarrollando con unos marineros que llegan a la isla reclamando el pago del alquiler de la isla -otra crítica a la burocracia y al sistema económico moderno- mientras que en la isla hallan a un salvaje incapaz de comunicarse con ellos.

Se da entonces otro descubrimiento de Bremón que vuelve a prometerles una nueva felicidad: unas nuevas sales que les harán rejuvenecer hasta su infancia, pudiendo así regresar de nuevo junto a los suyos y a la vida que tanto ansiaban, similar al protagonista de El curioso caso de Benjamin Button (Francis Scott Fitzgerald, 1922). Pero como este hecho no es natural, quedan condenados a hacer sufrir a sus familiares, que no comprenden la situación, mientras Emiliano, que prosigue su vida eterna, se divierte con la situación, ajeno al dolor y la incertidumbre que cada vez más embargan a sus amigos. En cierta forma, detrás de las situaciones ridículas y humorísticas que plantea Jardiel Poncela a través de sus ágiles diálogos, se esconde cierta tragedia sobre la insatisfacción de la vida, las dudas de sus protagonistas y el significado de nuestra mortalidad y del paso del tiempo, aunque no se detenga a reflexionar sobre ello o a realizar ningún soliloquio rotundo. Tampoco lo necesita, porque estamos ante una comedia ligera.


Para producir el humor se sirve de esos comportamientos ridículos y disparatados que provoca el cambio existencial de sus protagonistas, lo que permite a Jardiel Poncela retratar ese aburrimiento de la eternidad, casi como crítica a las promesas religiosas, o las relaciones entre padres e hijos, mostrando las dificultades de educar a un adolescente, aunque sea con papeles invertidos en este caso. Por suerte, lo hace con tal ligereza que los lectores disfrutarán de los juegos de palabras, los equívocos y la diferencia de carácter de los personajes, destacando al siempre agradecido y avispado Emiliano. Lamentablemente, el resto de personajes están bastante diluidos y no son tan destacables, ni siquiera el papel del científico Bremón, que suele tener más determinación al final de cada acto.

Como decíamos al principio, hay ejemplos notables en nuestra literatura de este tipo de género, solo que, a veces, hay que escarbar entre nombres no tan recordados o buscando por los rincones de los autores canónicos. Cuatro corazones con freno y marcha atrás es una propuesta divertida y ligera dentro del género, una comedia breve que usa la premisa de un hecho fantástico para mostrarnos las consecuencias del comportamiento humano.

Clásicos Inolvidables (CLXII): La piedra lunar, de Wilkie Collins

17 octubre, 2020

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¿Será posible que nuestro cercano astro influya de alguna manera en los elementos minerales, de la misma forma que lo hace sobre nuestras seseras o en las mareas? La pregunta no es tonta, no crean. De hecho, el dramaturgo y pionero -parece que junto con otros- de la novela policiaca Wilkie Collins (1824-1899), basa su extraordinario relato La piedra lunar (The Moonstone, 1868; Ediciones B, 2000; Alianza, 2015), en el hecho de que esto pueda ser una realidad. En el sentido de atesorar la gema una maldición, o cuando menos, una cualidad de infortunio de clara influencia sobre los seres humanos.

Narración en forma epistolar, La piedra lunar arranca en 1848. Con cada misiva (unas minuciosas y descriptivas narraciones), Collins entretiene al lector introduciéndonos en la vida y modo de ser de cada uno de los personajes, haciendo avanzar el relato con enorme gracia literaria.

El escenario principal es la casa de lady Julia Verinder, que se yergue en lo alto de la costa de Yorkshire, al norte de Inglaterra. Allí habitan también miss Raquel, hija de Julia; la misteriosa segunda doncella, Rosanna Spearman, y el mayordomo Gabriel Betteredge, que acude a su ejemplar de Robinson Crusoe (1719) como si fuera la Biblia, cada vez que precisa consejo anímico o se haya ante una situación imprevista. En el volumen encuentra Betteredge respuestas capaces de sosegar cuerpo y espíritu (Parte I, capítulo IX). Él será el responsable de ponernos al corriente acerca de los entresijos y avatares relacionados con la valiosa piedra lunar, durante el primer segmento del libro.

Wilkie Collins posee otra virtud, y es la de ser capaz de hacernos convivir con los personajes. Estos avanzan en su psicología a través de la acción proporcionada por los diálogos o las declaraciones personales, en lugar de valerse de interminables y soporíferos soliloquios. La naturaleza humana está vista con humor (valga como ejemplo la chanza sobre las distintas culturas europeas, incluida la ombliguista y pistonuda anglosajona). En este juego poliédrico, resulta estimulante lo que unas personas ven -vemos- las unas de las otras. Tan solo el lector posee -casi- todas las piezas del rompecabezas literario-ontológico.

Wilkie Collins
La gema en cuestión es el producto de un saqueo. De los ingleses en la India, Collins no lo oculta. Pero no por ello pierde la compostura cultural, como es de esperar. El diamante indostánico, tan abismal como el propio firmamento (I: IX), recala en Inglaterra.

Pero como las apariencias son siempre engañosas, y las verdades lo son a medias, la desaparición del extraordinario diamante se ve envuelta en un velo de artificio. También es curioso que, como ocurre en La dama de blanco (The Woman in White, 1860), buena parte del escenario que se describe es un paisaje yermo o lunar, pero no ausente de vida; al menos, de algunos de los protagonistas. Aquí se reincide en esta estimulante característica con una feúcha cala, desierta de encantos naturales (en lo que reside su atractivo, precisamente). Un espacio donde se entrevistan Betteredge y el señorito Franklin Blake, el prometido de Raquel Verinder; o el solícito mayordomo con la doncella Rosanna, a la que trata de consolar como si fuera un padre. En la antedicha novela, este espacio singular era un páramo pantanoso, si bien, aquí también existe una ciénaga junto a la playa, llamada Arenas Temblonas.

En cuanto a miss Raquel, se trata de una de esas encarnaciones firmes y decididas, con carácter, pero capaz de arrostrar un secreto atormentador que, con suerte, se resolverá de manera satisfactoria. Wilkie Collins la describe como una persona capaz de juzgar las cosas por sí misma. Lo que es bastante elocuente. Además, bebe los vientos por su primo míster Godfrey Ablewhite, que es un joven banquero.


A estos personajes se suman otros, como el explorador míster Murthwaite, amigo de la familia, la tía Drusilla, lady Ablewhite, madre de Godfrey, el médico Candy, la familia Yolland, conocidos de Rosanna, y unos misteriosos hindúes que ofrecen sus artes de prestidigitación. La “maldición” comienza a irradiar su efecto durante la fiesta del décimo octavo cumpleaños de miss Raquel. El relato de esta cena es divertidísimo, por lo siesa que resulta (I: X). Tras el incidente con la joya –que no desvelo- entra en escena el sargento Cuff, desentrañador de tuertos que reemplaza a otro funcionario de la policía, que es visto como un tipo carente de imaginación, lo que parece algo injusto (ya digo que los resortes de las apariencias los maneja Wilkie Collins muy bien). He de hacer notar cómo el sargento está en la línea de otras creaciones parejas en lo que al aspecto físico singular, y un psiquismo de lo más particular, se refiere (caso de Conan Doyle [1859-1930], Chesterton [1874-1936], Simenon [1903-1989] o Agatha Christie [1890-1976]). Solo que aquí en vez de las abejas o el chocolate son las rosas. Cuff se muestra hermético y expansivo al mismo tiempo. Tan capricorniano en sus intereses como su propio autor.

También está muy bien traído el inevitable choque de caracteres, propio de cuando nos enfrentamos al mundo y a las dispares gentes que lo habitan. Quiero decir que las distintas psicologías están bien engastadas en esta valiosa trama. Baste señalar el encuentro o puesta en claro entre el sargento y lady Julia Verinder (I: XX).

Old English House Moonlight After Rain, de John Atkinson Grimshaw

Tras el extenso relato de Betteredge, toman sucesivamente la palabra el resto de intérpretes principales, o de alguna relevancia en la narración de los hechos. Como miss Drusilla Clark, santurrona protestante que destila aversión hacia las demás confesiones y todo lo que escape a la esfera de su piadosa y púdica pejiguera (una especie endémica en Gran Bretaña). Se trata de una de esas personas doctrinarias (religión y política suelen ir de enojosa mano), incapaces de dejar vivir y pensar al resto de la humanidad. Todo esto lo transmite Collins con amena desenvoltura. En realidad, es la ironía lo que sostiene La piedra lunar, bajo los ropajes de una novela de detectives. Impagable es el retrato psicológico de este personaje infatigable, siempre al pie de la Misión. Con él se despliega toda una metafísica de la hipocresía. De hecho, en pocas personalidades se produce un distanciamiento mayor entre lo que se dice y lo que se piensa. Pese a todo, Wilkie Collins es lo suficientemente hábil como para no caer en el maniqueísmo; su personaje es así, y como tal actúa. En el fondo, no deja de apreciar y tratar de comprender a sus criaturas. Atractivas o no, todas cumplen una función y encuentran su correlativo en la realidad. Además, es la piedra lunar la pieza o el resorte donde se engarzan las bondades y miserias de una familia por entero transmisible; aspectos que nos van a ser relatados con apropiación consentida de la narración policial.


El siguiente en tomar la pluma, respecto al asunto del paradero de la piedra lunar, es el abogado de la familia, míster Matthew Bruff; en tal condición, se muestra más pragmático en sus atribuciones expositivas que el resto de escribientes. Así, se expresa de forma contundente y precisa a la hora de exponer los hechos que le atañen, aunque no por ello queda exento del sentido del humor enjundioso que despliegan todas las creaciones de la novela.

Le sigue en sus funciones narrativas Franklin Blake, que hace un descubrimiento sorprendente y que, tras su periplo emocional por Europa (cual si fuera el protagonista de El filo de la navaja [1944]), ha vuelto a solicitar la ayuda del detective Cuff. En esta línea de investigación, la aventura que tiene por base una sustancia adictiva muy en boga, de la que nuestro autor no andaría desinformado, deviene esclarecedora.

Luego, con el concurso del ayudante del doctor Candy, Ezra Jennings, prosigue la narración, esta vez, en forma de diario. Curioso personaje este, que no aspira a la felicidad en la vida, pues se sabe sentenciado, pero que sí espera procurarla a otros (Raquel y Franklin, principalmente). Si es que le da tiempo. Retoma la relación Franklin Blake, siendo al fin concluida por el sargento Cuff (que cuenta con la ayuda del joven mensajero del abogado, el aspirante a detective Grosella). Solo restan unos anexos posteriores por parte de míster Candy, Betteredge y míster Muthwaite. Pero el destino del azaroso diamante ya ha sido sellado.

En suma, con La piedra lunar me ha sucedido lo mismo que con La dama de blanco. Imposible dejarlo.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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