Clásicos Inolvidables (CXXX): El estudiante de Salamanca, de José de Espronceda

23 mayo, 2017

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En muchas ocasiones, desde una óptica heredada de la experiencia académica más superflua, se tiene una visión reducida de lo que fue el Romanticismo. Por ejemplo, considerarlo tan solo como un conjunto de obras amorosas o trágicas, sin percibir que detrás de esa elevación de los sentimientos, del lado más irracional del ser humano, se halla también la reflexión de una serie de intelectuales. Pero además, el Romanticismo nos ha dejado textos muy atractivos y que han llegado a calar en la imaginería popular, sin olvidar su influencia en el cine o incluso en nuestra forma actual de entender las relaciones humanas.

En España podemos considerar que el movimiento sufrió cierto retraso y aunque no nos legó una vasta obra narrativa, a diferencia de las grandes y entretenidas novelas escritas tanto en Reino Unido como en Francia, sí dejó una huella innegable en el teatro y, sobre todo, en la poesía. Una poesía que no puede quedar reducida tan solo a las -ya postrománticas- Rimas de Bécquer (1836-1870); al contrario, no debemos olvidar la obra de autoras como Rosalía de Castro (1837-1885) o Carolina Coronado (1823-1911), a las que deseamos tratar en próximas reseñas, o a la del gran poeta que fue José de Espronceda (1808-1842).

Como sucediera con José Zorrilla (1817-1893), la vida de Espronceda fue apasionante. Hijo de un militar, ya de niño bordó la picaresca y a la joven edad de quince años trata de inmiscuirse en política junto a unos amigos, jugando a las conspiraciones y a las sociedades secretas. Poco tiempo después viajará por Europa, llegando a convertirse en un exiliado liberal. 

A su regreso a España tras la amnistía de María Cristina en 1833 se sumergirá en la vida política mientras mantenía un idilio con Teresa Mancha que finalizará cuando ella fallezca en 1839. Apenas tres años después finalizará la vida del poeta a causa de la difteria, dejando inacabado su poema El diablo mundo. No obstante, su trayecto vital no finaliza aquí, dado que gracias a la fama que había adquirido llegará a convertirse en personaje en la pluma de otros autores, incluyendo su presencia en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós (1843-1920).

Aunque llegó a escribir prosa y teatro, su obra más destacada es la poética, en la que encontramos varios ejemplos que han trascendido a la cultura popular, como su célebre Canción del pirata (1835), reflejo de rebeldía y búsqueda de libertad, sin olvidar también la forma en que dejaba constancia del fracaso de la sociedad en poemas como El verdugo o El reo de muerte. En esta ocasión, nos acercamos al que ha sido considerado su mejor poema: El estudiante de Salamanca (1840).

La obra tiene un carácter narrativo desplegado en cuatro partes que dividen sus 1704 versos de manera desigual. La historia que Espronceda transmite en el poema es la de don Félix de Montemar, un donjuán que tras deshonrar a la joven Elvira y provocar su muerte, afrontará un castigo procedente del mundo espectral. Su argumento procede del mito del Don Juan creado por Tirso de Molina en El burlador de Sevilla (1630), que tan bien recuperaría Zorrilla posteriormente con su Don Juan Tenorio (1844). Sin embargo, lo más interesante no es su versión de la historia, sino su elaborado trabajo poético.

Así pues, a nivel de contenido encontramos una mezcolanza que reúne diferentes elementos de la tradición literaria que pasan por el prisma del romanticismo gracias a Zorrilla. Así encontramos imágenes semejantes al descenso a los infiernos de Dante (1265-1321) en la Divina comedia, también estrofas que reflejan una danza macabra al estilo de las que encontramos en textos medievales, algunos elementos procedentes del teatro barroco, incluyendo la desdicha de la amada que provoca su fin, como sucede con Ofelia en Hamlet (William Shakespeare, 1601) o el ya mencionado Don Juan.

Danza macabra, grabado de Wolgemut (1434-1519)
Las tres primeras partes resultan similares en tamaño, aunque distantes en contenido y forma. El inicio recrea el ambiente nocturno y espectral que imbuirá toda la obra, mostrándonos el fin de un duelo entre desconocidos y finalmente las descripciones de don Félix de Montemar como un segundo don Juan y Elvira, su última víctima. Sobre ella ahonda la segunda parte, mostrándonos cómo creyó las promesas de Félix y se entregó a él, tras lo cual descubrió su traición y fue incapaz de seguir viviendo. Además de describir a la dama y su congoja, el poeta también cede la voz a la mujer ultrajada mostrándonos un estilo epistolar. No será la única vez que incluya dentro de la obra un estilo diferente, pues en la tercera parte empleará sus dotes teatrales, convirtiéndola de forma completa en una escena dramática en verso.

Esta tercera parte narra un juego de cartas al que llega Félix para participar, llegando a apostar algunos de los objetos que había obtenido de Elvira, incluyendo su retrato. Hacia el final, aparecerá don Diego para retar a muerte al arrogante estudiante con el fin de vengar a su hermana Elvira, momento en el que el personaje muestra su cinismo, llegando a ironizar sobre el suicidio de la joven. De esta forma, mantiene la distancia con el sentimentalismo más propio de un estilo novelesco, algo que también hará con el espiritualismo del final. Gracias a estas tres partes, el poeta no solo consigue presentar a los personajes y la situación concreta que desemboca en la cuarta parte, sino que también realiza una genuina e interesante mezcla entre los géneros literarios. También consigue entremezclar distintos tipos de versos, cuestión que llegará a su culmen en el desarrollo de la última parte.


La cuarta y última parte es la más larga, prácticamente la mitad del poema, y la que proporciona la unión idónea entre narrativa, teatralidad y la lírica más sugestiva. Podemos incluso señalar cómo el poema llega a alcanzar una cadencia musical que junto a algunas de las imágenes descritas han servido a varios críticos para marcar la influencia de la Sinfonía fantástica (1830) de Hector Berlioz (1803-1869). Espronceda elide el desarrollo del duelo para dejarnos directamente con su conclusión, enlazando a la perfección con el inicio del poema, ya que el duelo entre desconocidos era un principio in media res que después nos arroja a un flashback fragmentado hasta que en esta cuarta parte concluye el círculo y nos deja en el presente. A partir de ese momento se nos narrará el viaje de don Félix persiguiendo a una dama velada para tratar de conquistarla. Una travesía que se nota pesaroso, interminable, y que atraviesa parajes desconocidos hasta desembocar en la misma ciudad, pero en el entierro del propio Félix. Estamos ante un tenebroso viaje donde el escenario va cambiando grotescamente hacia el reino de la muerte, donde el protagonista seguirá manteniendo su libertad y su carácter mordaz.

En todo momento, el personaje seguirá a la dama sin que esta le incite o acaso le obligue; incluso ella le avisará de que a cada paso que avanzáis / lo adelantáis a la muerte. No se da ninguna explicación concreta a la curiosidad o al ansia del protagonista, pero en varias ocasiones se le presentará la oportunidad tanto de dejar este viaje como de abandonar su actitud arrogante. No será el caso. Al contrario, don Félix seguirá siendo osado. Por ejemplo, volverá a ironizar sobre la muerte de Elvira ante el espectro de don Diego, y aunque se sorprenderá y llegaré a sentir cierto temor ante su propio entierro, momento que sirve a Espronceda para incluir la duda del doble o doppelgänger, lo asumirá con cierto coraje e irreverencia, queriendo enfrentarse finalmente al Dios o al diablo. Finalmente, de nada le servirá su fútil repulsa, momento del clímax en el que se desvela el rostro de la dama de blanco y se produce la boda prometida.


Todo el camino se puede interpretar como un castigo hacia el carácter negativo de don Félix, como su donjuanismo, su rebeldía o su cinismo. No obstante, como ya advertíamos, el trayecto comenzó debido a su carácter, sin ser una obligación de alguna justicia ajena. Por último, de forma original, con una cadencia propia, Espronceda comienza a reducir la longitud de los versos para simular cómo se disipa la vida del protagonista. Tras lo cual, amanece y regresa la vida. Toda la ciudad despierta y se sella el paso del tiempo: el hombre muere, quizás por haber perseguido sus ansias, quizás por simple curiosidad estudiantil, pero el mundo sigue su curso. 

En su conjunto, El estudiante de Salamanca sintetiza los géneros en boga durante el Romanticismo mostrando el gran dominio literario de Espronceda. Y este hecho se refleja tan solo en las tres primeras partes, mientras que el cuarto desarrolla todo un viaje alegórico que puede interpretarse de variadas formas, aunque sin duda narra hechos inquietantes, que bien podrían encontrarse en una novela de terror o enlazarse con las obras góticas que ya estaban presentes en la literatura inglesa. No en vano se percibe la influencia de Lord Byron (1788-1824). Un viaje a los infiernos metafísicos de un personaje que peregrina en la libertad de su individualidad, admitiendo con ello cualquier consecuencia.

Escrito por Luis J. del Castillo



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