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Clásicos Inolvidables (CLXIII): Cuatro corazones con freno y marcha atrás, de Enrique Jardiel Poncela

20 octubre, 2020

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Cuando solemos pensar en los géneros de la fantasía y la ciencia ficción es recurrente que acudan a nuestra mente nombres pertenecientes a la literatura anglosajona, que ha sido bastante prolífica y memorable dentro de este género. No obstante, suele obviarse esa realidad en nuestra literatura, no ya por parte de autores a veces desconocidos, sino incluso dentro de la trayectoria de eminentes figuras de la historia de nuestra literatura. Entre todos ellos, destacan habitualmente algunos autores del Romanticismo por su vertiente cercana a la fantasía y al terror, como José Zorrilla (1813-1893) con su Don Juan Tenorio (1844), José de Espronceda (1808-1842) con poemas como El estudiante de Salamanca (1840) o Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) con sus Leyendas. Incluso autores como Benito Pérez Galdós (1843-1920) se adentraron en el terreno de la fantasía, por ejemplo con sus cuentos. Sin embargo, menos frecuente es rastrear nombres vinculados a la ciencia ficción en nuestra literatura, a pesar de que contamos con hechos peculiares: la primera novela moderna sobre una máquina del tiempo fue escrita por Enrique Gaspar y Rimbau (1842-1902), El anacronópete (1887).

Pero resulta poco frecuente encontrar a los autores de ciencia ficción dentro del canon habitual e, incluso en estas ocasiones, sus obras más reiteradas se alejan del género. Algo similar a lo que ocurre con el dramaturgo Enrique Jardiel Poncela (1901-1952). Centrado en el humor, este dramaturgo aúno en su obra Cuatro corazones con freno y marcha atrás (1936) la comedia con la ciencia ficción, procurando crear un texto que, al final, hablaba del ser humano y sus defectos.

Dividido en tres actos, el primero nos recuerda al estilo usual del autor, mostrando a Emiliano, un cartero sencillo pero bastante avispado, llegando a una mansión donde debe entregar una carta. Como sucedía en Eloísa está debajo de un almendro (1940) son los personajes obreros los que parecen mantener la compostura y estar cuerdos frente a los señoritos y señoritas de más alta alcurnia, o al menos más distraídos de los quehaceres domésticos. Además, todos los detalles de los diálogos tienen su importancia en la acción posterior, logrando su gracia al recuperar una mención del primer acto en los siguientes. Así, Emiliano llega a una casa donde nadie parece querer atenderlo, algo bulle delante de sus narices y su curiosidad innata le hará interesarse por la situación, de la misma forma que servirá de guía a Corujedo, un agente de seguros -del que Jardiel Poncela se burla abiertamente, que solía rechazar varias de estas propuestas de la vida económica-.

Fotograma de la adaptación realizada en Estudio 1

En la casa el bullicio se debe a la noticia que trae consigo el científico Bremón, que propone a su amante Hortensia y a sus amigos Valentino y Ricardo compartir su nuevo descubrimiento: las sales que proporcionan la eterna juventud, la vida eterna. Así lograrán disolver todos sus problemas, Hortensia podrá estar junto a él cuando todos olviden a su marido desaparecido en un naufragio y los demás podrán beneficiarse del dinero que les proporcione el seguro que acaban de hacerse con Corujedo. 

Sin embargo, el autor es bastante perspicaz y pone solución al eterno dilema: ¿qué haríamos con vida eterna? Su respuesta nos las proporciona en los dos siguientes actos, donde muestra la vida anodina y absurda a la que se han entregado sus protagonistas, que habitan una isla desierta y que están cansados de esa vida tan lánguida que les proporcionó el descubrimiento de Bremón. Es más, al final se sienten ridículos, no han logrado ninguna felicidad y han quedado al margen del mundo. Tan solo Emiliano parece estar feliz con su situación, habiendo logrado llevar una vida sencilla. Los problemas se siguen desarrollando con unos marineros que llegan a la isla reclamando el pago del alquiler de la isla -otra crítica a la burocracia y al sistema económico moderno- mientras que en la isla hallan a un salvaje incapaz de comunicarse con ellos.

Se da entonces otro descubrimiento de Bremón que vuelve a prometerles una nueva felicidad: unas nuevas sales que les harán rejuvenecer hasta su infancia, pudiendo así regresar de nuevo junto a los suyos y a la vida que tanto ansiaban, similar al protagonista de El curioso caso de Benjamin Button (Francis Scott Fitzgerald, 1922). Pero como este hecho no es natural, quedan condenados a hacer sufrir a sus familiares, que no comprenden la situación, mientras Emiliano, que prosigue su vida eterna, se divierte con la situación, ajeno al dolor y la incertidumbre que cada vez más embargan a sus amigos. En cierta forma, detrás de las situaciones ridículas y humorísticas que plantea Jardiel Poncela a través de sus ágiles diálogos, se esconde cierta tragedia sobre la insatisfacción de la vida, las dudas de sus protagonistas y el significado de nuestra mortalidad y del paso del tiempo, aunque no se detenga a reflexionar sobre ello o a realizar ningún soliloquio rotundo. Tampoco lo necesita, porque estamos ante una comedia ligera.


Para producir el humor se sirve de esos comportamientos ridículos y disparatados que provoca el cambio existencial de sus protagonistas, lo que permite a Jardiel Poncela retratar ese aburrimiento de la eternidad, casi como crítica a las promesas religiosas, o las relaciones entre padres e hijos, mostrando las dificultades de educar a un adolescente, aunque sea con papeles invertidos en este caso. Por suerte, lo hace con tal ligereza que los lectores disfrutarán de los juegos de palabras, los equívocos y la diferencia de carácter de los personajes, destacando al siempre agradecido y avispado Emiliano. Lamentablemente, el resto de personajes están bastante diluidos y no son tan destacables, ni siquiera el papel del científico Bremón, que suele tener más determinación al final de cada acto.

Como decíamos al principio, hay ejemplos notables en nuestra literatura de este tipo de género, solo que, a veces, hay que escarbar entre nombres no tan recordados o buscando por los rincones de los autores canónicos. Cuatro corazones con freno y marcha atrás es una propuesta divertida y ligera dentro del género, una comedia breve que usa la premisa de un hecho fantástico para mostrarnos las consecuencias del comportamiento humano.

Clásicos Inolvidables (XCVI): Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela

13 abril, 2016

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Una tendencia frecuente en la consideración generalizada sobre la historia literaria o artística, si abarcamos otros campos, es la sublimación de ciertas corrientes o géneros frente a otros. De esta forma, se suele considerar, ya incluso desde tiempos grecolatinos, que lo serio y culto es la tragedia, frente a la comedia, o que los géneros como la fantasía o la ciencia ficción no se pueden equiparar a aquellos que ahondan en nuestra realidad.

Se están creando de esta manera una serie de prejuicios que no nos permiten valorar de forma adecuada la producción literaria, especialmente cuando comenzamos a tratar de comparar indiscriminadamente. Así puede suceder que sobre algunos autores, por pertenecer a estos géneros considerados menores, caiga el velo del olvido, de la dejadez o, peor aún, del desprestigio.

No obstante, también es frecuente que al final la valía de ciertas obras y autores se extienda por el boca a boca, y que no falten voces que los recuerden y alaben aquí o allá frente a los grandes monolitos que ensombrecen a estos nombres de nuestra historia literaria, ya sea lejana o reciente.

Porque si pensamos en la dramaturgia española del siglo XX, rondan pronto por nuestra memoria los nombres de dos grandes como García Lorca (1898-1936) o Valle-Inclán (1866-1936), pudiendo sumar seguramente al Nobel Jacinto Benavente (1866-1954), a Max Aub (1903-1972), Alejandro Casona (1903-1965) y Antonio Buero Vallejo (1916-2000). Pero si nos fijamos en sus creaciones, nos encontramos ante carreras centradas en el drama en sus múltiples variantes, incluso desde el esperpento de Valle o la magia de Casona.

Al otro lado, en el de la comedia, hay honorables nombres y obras, así recordamos recientemente el teatro absurdo de Fernando Arrabal (1932-) con Pic-Nic (1952), pero también podemos, y en gran medida debemos, mencionar a Miguel Mihura (1905-1977) o a Enrique Jardiel Poncela (1901-1952).


De origen madrileño, Jardiel Poncela escribió desde muy joven, adentrándose en la novela con ejemplos como Amor se escribe sin hache (1927), Pero... ¿Hubo alguna vez once mil vírgenes? (1931) o La tournée de Dios (1932), pero dedicándose principalmente al teatro, al que consagraría su vida. Comenzó su trayectoria dramática escribiendo melodramas o sainetes junto a Serafín Adame, de quien acabaría separándose, artísticamente hablando, al considerar que todo lo escrito hasta el momento era, según sus palabras, lamentable y mugriento. Y así acabó por dar carpetazo a lo dramático y se entregó a lo cómico, aunque, también según se expresó el autor, lo cómico pero de cierto modo. El comienzo de su fama lo logró con sus colaboraciones en revistas de la época, como Buen Humor y obtuvo diversos éxitos teatrales con obras como Un marido de ida y vuelta (1939) o la obra que hoy comentamos, Eloísa está debajo de un almendro (1940), aunque también fracasó y fue víctima de graves críticas, generalmente fruto de la incomprensión o de odios personales.

Debemos tener en cuenta que Jardiel emprendió una batalla contra los tres ejes del teatro (autores, actores y, sobre todo, críticos; aunque con honrosas excepciones) por considerar que la degradación que se produce en las producciones teatrales se debe a esos tres sectores. Por ello, fue duramente criticado en sus estrenos, llegando a ser catalogado como inmoral por algunas de sus obras. No obstante, la vía elegida por Jardiel Poncela era clara: huir del realismo decimonónico e incorporar la fantasía y la inverosimilitud, considerando además que la reproducción de la vida en las tablas no era otra cosa que una respuesta vulgar por parte del arte. Para el dramaturgo, la humanidad ronca, pero el artista está en la obligación de hacerla soñar. En una vida de altibajos, su final, como el de muchos otros autores, fue la pobreza y desde 1944 estuvo viviendo una larga agonía ocasionada por un cáncer, que acabaría con su vida en 1952, prácticamente en el olvido artístico.

José Luis Pellicena y Enriqueta Carballeira como Mariana Briones y Fernando Ojeda
FERNANDO: -Por eso el día que te vi por vez primera creí no poder resistir la impresión. ¡Existías! Existías en la Tierra: no eras una alucinación ni un sueño... Yo llevaba mucho tiempo adorándote, y eso que no te suponía existencia real; te adoraba como a una sombra y me preguntaba mil veces cuál era tu misterio y tu secreto. Y he aquí que un día cualquiera, del modo más simple, como ocurre siempre lo más extraordinario, te encuentro y compruebo que existes de veras en el mundo: que puedo adorarte en ti misma. ¡Y que puedo también descifrar el secreto y el misterio que te envuelve! Cuando te hablé la primera vez lo hice como un insensato... No sé lo que te dije... (Segundo acto, pág. 81)

Como en tantas otras ocasiones, es recomendable acercarse a las obras para disfrutarlas sin conocer mucho sobre ellas. Pero dado que aquí la vamos a analizar, será imposible no referirnos a su argumento o, al menos, a las principales ideas que se manejan en Eloísa está debajo de un almendro. La obra nos acerca a la relación entre dos familias, los Briones y los Ojeda, marcada por sus peculiares y alocados componentes, especialmente en el primer caso. Mariana Briones y Fernando Ojeda pretenden comprometerse, pero la joven se muestra indecisa ante su novio: una parte misteriosa de él la atrae como una fatalidad, mientras que su actitud más galante y cotidiana la repele. Fernando, por su parte, está obsesionado con Mariana por motivos insospechados y no se detendrá hasta que la lleve a su casa, a pesar de que la joven se escapa de él en cuanto tiene oportunidad... ¡o se lanza a sus brazos sin razón alguna! Cuando los acontecimientos se sucedan a lo largo de una noche, se irán desenvolviendo los misterios familiares y se mostrará en escena la locura, simpática y divertida, de cada miembro de la familia.

Eloísa está debajo de un almendro se organiza en un prólogos y dos actos con una estructura interna que resulta inverosímil o que ataca directamente al horizonte de expectativas del espectador: si el prólogo parece establecer un juego humorístico con unos protagonistas de alta alcurnia en un ambiente de barrio medio, con pinceladas de melodrama romántico, el primer acto se desarrolla en un hogar de costumbres disparatadas, rozando el absurdo, y el último acto parece adueñarse de los resortes del misterio en la trama y de lo fantasmagórico en lo estético para concluir. Como podemos observar, una división tripartita que observada desde la posición del espectador, o del lector, resulta una evolución ilógica o, al menos, extraña. Incluso el título, conforme avanza la trama, es incomprensible, pero Jaridel Poncela está elaborando mediante su trama y sus personajes la justificación de esta evolución y como bien observamos en sus descripciones, sabe muy bien lo que quiere transmitir en la escena.

Escenografía de los dos actos. Ilustración de F. Solé (Vicens Vivens, 1999)
En general, este vestíbulo, que no es sino copia y repetición del resto de la casa, está todo él -cuadros, muebles y maderas empleados en la construcción- cubierto de esa pátina que es como un barniz sin brillo, que sólo el tiempo, el largo uso, la quietud y el silencio son capaces de lograr de los objetivos inanimados. Al entrar el visitante no puede menos de sentirse impresionado por un confuso sentimiento, mezcla de curiosidad, de melancolía y de indefinible inquietud. (Segundo acto, pág. 74)

Como se puede apreciar con esta descripción, y señalábamos antes, Jardiel Poncela reconstruye con sus descripciones no solo la escenografía, sino también el sentimiento y las sensaciones que debe desprenderse de la escena solo por su aspecto, algo que irá de la mano finalmente de las acciones que se sucedan. Como mencionábamos, en el primer acto tenemos una acción recargada y viva, por ello el escenario parecía una locura recargada y barroca, mientras que la segunda casa, donde acudimos en el segundo y último acto, sobrecoge y está impregnada de inquietud, con cierta sensación mortuoria ya que parece deshabitada. Por cierto, en último acto se recurre a la personificación del escenario, que pasará a ser por momentos un personaje más, desde el mantenimiento de secretos con estancias ocultas hasta el movimiento intencional de la puerta del armario, que pudiendo resultar un elemento de terror, se emplea de forma paródica.

Ahora bien, esta escenografía resulta difícil de realizar sobre las tablas, tanto en coste como en montaje entre acto y acto, y a la hora de leer la obra, estamos ante una descripción abrumadora, sobre todo en el caso de la casa de los Briones, dado su nivel de precisión y detalle. Un elemento muy eficaz para quien quiera producirla, pero tedioso para el lector, pese a lo cual debemos admirar, en muchos casos, la pulcritud, por una parte, y lo bellamente literario, por otra, del estilo de Jardiel a la hora de escribir.

Fotograma de Eloísa está debajo de un almendro (Rafael Gil, 1943)
Volviendo a la trama, lo cierto es que el argumento avanza en torno a la extraña atracción y repulsa de Mariana por Fernando, marcada por el misterio que parece rodear al personaje. Pero, además, a ello debemos sumar diferentes escenas que o bien se relacionan directamente con la resolución del misterio final, como descubriremos, o bien sirven para justificar la presencia de distintos personajes, como es el caso de Leoncio, que pretende incorporarse al servicio de la familia Briones y está bajo la tutela del hasta entonces criado de la familia, Fermín.

Estos dos personajes, que forman parte del servicio y no pertenecen, por tanto, a la clase media alta que se les supone al resto de personajes, conforman un dúo humorístico no por sus locuras, sino por, al contrario que los demás, representar la cordura en medio de tanto absurdo. Como criados, deben adecuarse al comportamiento de sus señores, pero entre ambos comentarán la situación que les rodea desde la sorpresa que también debe imbuir al espectador, convirtiéndose en su representante en escena. No obstante, en ocasiones también participarán del absurdo, incluso intencionalmente como sucede en el cómico interrogatorio que Edgardo realiza a Leoncio, donde el nuevo criado responde de memoria a las absurdas preguntas, por ejemplo: ¿Le extraña a usted que yo lleve acostado, sin levantarme, veintiún años?, a lo que Leoncio responderá: No, señor. Eso le pasa a casi todo el mundo.

Fotograma de Eloísa está debajo de un almendro (Rafael Gil, 1943)
FERNANDO: -[...] Por otra parte, el romanticismo, el idealismo excesivo, es como una dolencia que conduce a la soledad. ¿No lo sientes tú así?
MARIANA: -Completamente. Porque se cree y se espera tanto del amor, que, a fuerza de creer en él y de esperar en él falta decisión para personificarlo en nadie...
FERNANDO: -¡Justo!
MARIANA: -...por miedo a que la persona elegida esté demasiado por debajo de la soñada.
FERNANDO: Exactamente. Esa es una de las razones que me aislaron y me sujetaron aquí durante diez años. (Segundo acto, pág. 83)

Los personajes más relevantes muestran cada uno un tipo de demencia que configura el absurdo de las situaciones que se suceden en la obra. Mariano y Fernando en principio se presentan como novios ideales y protagonistas de una obra de corte sentimental, un melodrama con pasado oculto para él que atrae a la joven novia, pudiendo atraer la fatalidad a ambos. Se juega precisamente con esa expectativa para romperla con unos comportamientos inverosímiles: ella no se decide entre el rechazo o la atracción cuando él se decide por secuestrarla ya que vive obsesionado con ella.

La relación entre Mariana y Fernando se basa en una especie de maldición amorosa, una atracción heredada (como descubriremos) y que se produce sobre todo hacia el misterio más que hacia la persona. Fernando se muestra obsesionado con Mariana, a quien sublima y, a la par, teme. Aunque en principio el joven Ojeda pueda parecer cuerdo, se une a la locura del resto de personajes con su conducta obsesivo-compulsiva que ha señalado a Mariana como su víctima, pero también como el origen de sus decisiones. Una atracción que parece producirse por los hilos del destino, que une el presente con un pasado turbio y nebuloso.

Mariana, lejos de huir de la obsesión de Fernando, participa del mismo sentimiento, pero tan solo parcialmente. Como describe el propio Jardiel Poncela a través de los usuales tres adjetivos que empleaba Valle-Inclán para sus descripciones, Fernando es, en esencia, sentimental, soñador y melancólico, lo que atrae irremediablemente a Mariana, como si persiguiera sus secretos. Por contra, cuando el joven Ojeda se representa banal, corriente y despreocupado, es decir, cuando se percata de que se ha desprendido de su máscara y está mostrando una fachada social, es entonces cuando Mariana no repudia, pese a que al resto de personas les parezca irresistible de esta segunda forma.

Relatividad, de M.C. Escher
CLOTILDE: -¿Y tu padre, que hace veintiún años, el día doce de enero de mil novecientos diecinueve, a las cinco y tres cuartos de la tarde, nos anunció a todos los que estábamos merendando en la terraza: "Voy a acostarme para no levantarme ya más", y que, desde entonces, está metido en la cama?
MARIANA: -Lo de papá siempre he oído decir que fue un desengaño amoroso, y que tú, que entonces acababas de de llegar de Francia, no eras ajena al asunto, por cierto.
CLOTILDE: -¿Y lo he negado yo alguna vez? Efectivamente: media horas antes de aquello, en el jardín, acababa de desengañarle en redondo; pero ni yo podía presumir que al conocer mi fallo se iba a acostar de un modo vitalicio ni ningún amante desdeñado suele abrazarse a la almohada con esa tenacidad. Escriben rimas, como Bécquer, o se atizan un toro, como Larra, o se casan con una muchacha de Zamora, que es lo más frecuente. Pero para hacer lo que hizo y sigue haciendo tu padre, desengáñate, Mariana, para eso hay que estar un poco... (Hace ademán de quilladura), un poco aturdido.
MARIANA: -¿Y no puedo salir a mamá? No sé casi nada de ella; pero no he oído decir que cometiese nunca ningún disparate.
CLOTILDE: -Se casó con tu padre, que ya estuvo bien. (Prólogo, págs. 21-22)

De forma paralela, la pareja que formarán Clotilde y Ezequiel bebe de las mismas características: cuanto más desconfía Clotilde de las acciones del tío de Fernando y más peligroso le parece, más le atrae. Ella está marcada por la locura familiar y se desencantará de Ezequiel cuando el misterio que lo rodea desaparezca, mientras que a él podríamos catalogarlo como una caricatura tanto del asesino en serio (mediante el equívoco de otros personajes) como del científico loco, en lo que podrías deslizar una sutil crítica de Jardiel Poncela a ciertos procedimientos inusitados en pro de la ciencia y una parodia, en conjunto con el hogar asemejado a una casa fantasmagórica, de los esquemas típicos del terror cinematográfico (el cine, por cierto, había conformado el primer escenario de esta obra teatral, estando además muy influida por el séptimo arte en su construcción argumental y estética).

Siguiendo con las parejas, aunque esta no sea romántica, tenemos a Edgardo y Micaela, sin duda los personajes aparentemente más locos, aunque en gran medida ambos son cómplices y ocultan los mismos secretos. El primero es el padre de Mariana y la cabeza de la familia Briones. Mantiene una neurosis de evasión por la que está recluido en su cama, donde disfruta de todas las comodidades, viajes de tren incluidos. Micaela es la hermana de Edgardo y manifiesta una manía persecutoria que la hace vigilar la casa y sus alrededores con sus perros Caín y Abel. Este personaje es, de lejos, el más enloquecido, aunque a la par sea la persona que introduce mayor lucidez y pistas para mirar hacia el pasado. Jardiel Poncela va soltando claves para enfocar al espectador hacia la resolución final y, en este sentido, emplea como medio más corriente a Micaela, siendo la primera, en el primer acto, la que señala a Edgardo que su actitud ha sido la misma en los trances graves, remarcando un pasado común entre ambos personajes repleto de secretos. Mención aparte a la criada de la casa, Práxedes, cuyas intervenciones evidencian los efectos de trabajar para esta familia tan anormal.


MARIANA: -¿Entonces...? Si el cloroformo no ha podido alucinarme y si ésta es tu casa: la casa adonde luchabas por traerme, la casa en donde yo no he puesto el pie nunca hasta hoy, ¿por qué la conocía ya, Fernando? (Segundo acto, pág. 78)

Esta comedia de enredos llega a su clímax de tensión cuando es Mariana quien logra establecer un vínculo con el pasado a partir del secuestro de Fernando. Tanto ella como Fernando estás unidos al misterio que rodea a sus familias siendo los personajes que más desconocen sobre el pasado familiar. De esta forma, la atracción del joven Ojeda no se produce solo hacia Mariana, sino también hacia el secreto y, finalmente, hacia los almendros.

Jardiel Poncela ahonda en Eloísa está debajo de un almendro en el idealismo de que la verdad siempre sale a la luz, pero también revela que hay cosas sobre nosotros mismos que ignoramos, secretos que nos pueden consumir por dentro y de los que a veces no somos conscientes. Mediante su humor, en ocasiones absurdo y sin saber si queriendo o no, está reflexionando sobre la psique humana con bastante acierto. Lamentablemente, esta deliciosa pieza de humor tiene un final abrupto, desciende de forma precipitada la tensión dramático acumulada hasta el momento y cierra el telón con una nota chistosa, pero también repentinamente. 


Lo que pretendió Jardiel Poncela era huir del chiste barato, de demostrar nada y prefirió así mostrar obras que se cerraran sobre sí mismas y en las que sucediera una trama disparatada llena de actos ilógicos, pero con un fondo tan ingenioso que transmitiera el humor al público. No se aleja Poncela de la greguería de Gómez de la Serna, pero tampoco se olvida del público, por lo que quizás se queda en un terreno medio que le ha llevado tanto a ser admirado como a caer en la indiferencia: el de tratar de hacer arte, pero sin olvidarse de las multitudes y del gusto del público.

Hablábamos al principio de que los grandes nombres del teatro español estaban ligados al drama, y resulta curioso pensar que en una trayectoria humorística como la de Poncela, una de sus obras más recordadas como esta Eloísa está debajo de un almendro esconda en sí misma una tragedia. Quizás porque al final el humor es solo otra de las máscaras -quizás la más disfrutable- de la dimensión humana, una dimensión terriblemente trágica.

Escrito por Luis J. del Castillo



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