Clásicos Inolvidables (CLXII): La piedra lunar, de Wilkie Collins

17 octubre, 2020

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¿Será posible que nuestro cercano astro influya de alguna manera en los elementos minerales, de la misma forma que lo hace sobre nuestras seseras o en las mareas? La pregunta no es tonta, no crean. De hecho, el dramaturgo y pionero -parece que junto con otros- de la novela policiaca Wilkie Collins (1824-1899), basa su extraordinario relato La piedra lunar (The Moonstone, 1868; Ediciones B, 2000; Alianza, 2015), en el hecho de que esto pueda ser una realidad. En el sentido de atesorar la gema una maldición, o cuando menos, una cualidad de infortunio de clara influencia sobre los seres humanos.

Narración en forma epistolar, La piedra lunar arranca en 1848. Con cada misiva (unas minuciosas y descriptivas narraciones), Collins entretiene al lector introduciéndonos en la vida y modo de ser de cada uno de los personajes, haciendo avanzar el relato con enorme gracia literaria.

El escenario principal es la casa de lady Julia Verinder, que se yergue en lo alto de la costa de Yorkshire, al norte de Inglaterra. Allí habitan también miss Raquel, hija de Julia; la misteriosa segunda doncella, Rosanna Spearman, y el mayordomo Gabriel Betteredge, que acude a su ejemplar de Robinson Crusoe (1719) como si fuera la Biblia, cada vez que precisa consejo anímico o se haya ante una situación imprevista. En el volumen encuentra Betteredge respuestas capaces de sosegar cuerpo y espíritu (Parte I, capítulo IX). Él será el responsable de ponernos al corriente acerca de los entresijos y avatares relacionados con la valiosa piedra lunar, durante el primer segmento del libro.

Wilkie Collins posee otra virtud, y es la de ser capaz de hacernos convivir con los personajes. Estos avanzan en su psicología a través de la acción proporcionada por los diálogos o las declaraciones personales, en lugar de valerse de interminables y soporíferos soliloquios. La naturaleza humana está vista con humor (valga como ejemplo la chanza sobre las distintas culturas europeas, incluida la ombliguista y pistonuda anglosajona). En este juego poliédrico, resulta estimulante lo que unas personas ven -vemos- las unas de las otras. Tan solo el lector posee -casi- todas las piezas del rompecabezas literario-ontológico.

Wilkie Collins
La gema en cuestión es el producto de un saqueo. De los ingleses en la India, Collins no lo oculta. Pero no por ello pierde la compostura cultural, como es de esperar. El diamante indostánico, tan abismal como el propio firmamento (I: IX), recala en Inglaterra.

Pero como las apariencias son siempre engañosas, y las verdades lo son a medias, la desaparición del extraordinario diamante se ve envuelta en un velo de artificio. También es curioso que, como ocurre en La dama de blanco (The Woman in White, 1860), buena parte del escenario que se describe es un paisaje yermo o lunar, pero no ausente de vida; al menos, de algunos de los protagonistas. Aquí se reincide en esta estimulante característica con una feúcha cala, desierta de encantos naturales (en lo que reside su atractivo, precisamente). Un espacio donde se entrevistan Betteredge y el señorito Franklin Blake, el prometido de Raquel Verinder; o el solícito mayordomo con la doncella Rosanna, a la que trata de consolar como si fuera un padre. En la antedicha novela, este espacio singular era un páramo pantanoso, si bien, aquí también existe una ciénaga junto a la playa, llamada Arenas Temblonas.

En cuanto a miss Raquel, se trata de una de esas encarnaciones firmes y decididas, con carácter, pero capaz de arrostrar un secreto atormentador que, con suerte, se resolverá de manera satisfactoria. Wilkie Collins la describe como una persona capaz de juzgar las cosas por sí misma. Lo que es bastante elocuente. Además, bebe los vientos por su primo míster Godfrey Ablewhite, que es un joven banquero.


A estos personajes se suman otros, como el explorador míster Murthwaite, amigo de la familia, la tía Drusilla, lady Ablewhite, madre de Godfrey, el médico Candy, la familia Yolland, conocidos de Rosanna, y unos misteriosos hindúes que ofrecen sus artes de prestidigitación. La “maldición” comienza a irradiar su efecto durante la fiesta del décimo octavo cumpleaños de miss Raquel. El relato de esta cena es divertidísimo, por lo siesa que resulta (I: X). Tras el incidente con la joya –que no desvelo- entra en escena el sargento Cuff, desentrañador de tuertos que reemplaza a otro funcionario de la policía, que es visto como un tipo carente de imaginación, lo que parece algo injusto (ya digo que los resortes de las apariencias los maneja Wilkie Collins muy bien). He de hacer notar cómo el sargento está en la línea de otras creaciones parejas en lo que al aspecto físico singular, y un psiquismo de lo más particular, se refiere (caso de Conan Doyle [1859-1930], Chesterton [1874-1936], Simenon [1903-1989] o Agatha Christie [1890-1976]). Solo que aquí en vez de las abejas o el chocolate son las rosas. Cuff se muestra hermético y expansivo al mismo tiempo. Tan capricorniano en sus intereses como su propio autor.

También está muy bien traído el inevitable choque de caracteres, propio de cuando nos enfrentamos al mundo y a las dispares gentes que lo habitan. Quiero decir que las distintas psicologías están bien engastadas en esta valiosa trama. Baste señalar el encuentro o puesta en claro entre el sargento y lady Julia Verinder (I: XX).

Old English House Moonlight After Rain, de John Atkinson Grimshaw

Tras el extenso relato de Betteredge, toman sucesivamente la palabra el resto de intérpretes principales, o de alguna relevancia en la narración de los hechos. Como miss Drusilla Clark, santurrona protestante que destila aversión hacia las demás confesiones y todo lo que escape a la esfera de su piadosa y púdica pejiguera (una especie endémica en Gran Bretaña). Se trata de una de esas personas doctrinarias (religión y política suelen ir de enojosa mano), incapaces de dejar vivir y pensar al resto de la humanidad. Todo esto lo transmite Collins con amena desenvoltura. En realidad, es la ironía lo que sostiene La piedra lunar, bajo los ropajes de una novela de detectives. Impagable es el retrato psicológico de este personaje infatigable, siempre al pie de la Misión. Con él se despliega toda una metafísica de la hipocresía. De hecho, en pocas personalidades se produce un distanciamiento mayor entre lo que se dice y lo que se piensa. Pese a todo, Wilkie Collins es lo suficientemente hábil como para no caer en el maniqueísmo; su personaje es así, y como tal actúa. En el fondo, no deja de apreciar y tratar de comprender a sus criaturas. Atractivas o no, todas cumplen una función y encuentran su correlativo en la realidad. Además, es la piedra lunar la pieza o el resorte donde se engarzan las bondades y miserias de una familia por entero transmisible; aspectos que nos van a ser relatados con apropiación consentida de la narración policial.


El siguiente en tomar la pluma, respecto al asunto del paradero de la piedra lunar, es el abogado de la familia, míster Matthew Bruff; en tal condición, se muestra más pragmático en sus atribuciones expositivas que el resto de escribientes. Así, se expresa de forma contundente y precisa a la hora de exponer los hechos que le atañen, aunque no por ello queda exento del sentido del humor enjundioso que despliegan todas las creaciones de la novela.

Le sigue en sus funciones narrativas Franklin Blake, que hace un descubrimiento sorprendente y que, tras su periplo emocional por Europa (cual si fuera el protagonista de El filo de la navaja [1944]), ha vuelto a solicitar la ayuda del detective Cuff. En esta línea de investigación, la aventura que tiene por base una sustancia adictiva muy en boga, de la que nuestro autor no andaría desinformado, deviene esclarecedora.

Luego, con el concurso del ayudante del doctor Candy, Ezra Jennings, prosigue la narración, esta vez, en forma de diario. Curioso personaje este, que no aspira a la felicidad en la vida, pues se sabe sentenciado, pero que sí espera procurarla a otros (Raquel y Franklin, principalmente). Si es que le da tiempo. Retoma la relación Franklin Blake, siendo al fin concluida por el sargento Cuff (que cuenta con la ayuda del joven mensajero del abogado, el aspirante a detective Grosella). Solo restan unos anexos posteriores por parte de míster Candy, Betteredge y míster Muthwaite. Pero el destino del azaroso diamante ya ha sido sellado.

En suma, con La piedra lunar me ha sucedido lo mismo que con La dama de blanco. Imposible dejarlo.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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