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El pistolero (La Torre Oscura 1), de Stephen King

22 marzo, 2019

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Desde los inicios de la literatura, el viaje se ha ofrecido como una vía ideal para la narración de historias. Un periplo hacia lugares ajenos al hogar supone enfrentarnos a retos inesperados y también descubrirnos a nosotros mismos, nuestros límites y nuestras capacidades. En cierta forma, todo viaje es una búsqueda que nos arroja respuestas inesperadas y que nos hace crecer. Por eso, en la Odisea, las aventuras de Ulises en su retorno a casa suponen un viaje en el que no solo nos maravillamos de la magia mitológica que le rodea, sino también de su empeño, fortaleza e ingenio para continuar hasta retornar al hogar. Por eso, las aventuras de don Quijote comienzan cuando decide salir de su hacienda para armarse caballero. Por eso, nos atrevemos a cruzar hasta los más recónditos lugares oscuros de la Tierra Media acompañando a dos hobbits en El señor de los anillos (J.R.R. Tolkien, 1954-5), a la par que un rey afronta su legado y su identidad. Por eso, nos acongojamos de los pasos sin destino de un padre y un hijo en La carretera (Cormac McCarthy, 2006). Por eso existen las road movies donde la historia es el propio viaje en el que los personajes viven experiencias que les marcarán y que revelarán quiénes son realmente. Hay grandes historias ocurridas en la seguridad del hogar o del lugar natal, pero la exploración de un mundo que está más allá de las paredes que nos rodean siempre resultará más fascinante y es la mejor vía para cruzar hacia otros lugares, lugares inexistentes que no podremos visitar de otra forma.

El pistolero (aka La hierba del diablo, 1982) es el inicio de una larga travesía hacia la Torre Oscura. Un viaje que empezó siendo publicada como relatos en la revista The Magazine of Fantasy and Science Fiction por un joven Stephen King entre los años 1978 y 1981 y que concluyó en 2012 con la publicación de la octava novela de la saga, El viento por la cerradura. En conjunto, narran el largo periplo del último pistolero, Roland Deschain, hacia la misteriosa Torre Oscura. En esta primera aventura, conoceremos al personaje cuando ya ha empezado su viaje, pero con un objetivo inicial distinto: alcanzar al malicioso hombre de negro.

A pesar de que este argumento pueda parecer sencillo, estamos ante un intricado juego de perspectivas, tiempos y cruces de historias, referencias y personajes que se desarrolla en las cinco partes en que se divide la novela. No se trata de una obra que ofrezca respuestas fáciles a las dudas más básicas que pueda tener cualquier lector inicial, sino que, más bien, va ofreciendo pequeñas pinceladas a interpretar y cientos de preguntas que hacernos para el futuro de la saga. Así pues, no existe ninguna explicación en torno al mundo en que nos situamos, que cuenta con referencias a hechos y elementos culturales propios de nuestro universo, pero que parece situarse en un estado post-apocalíptico, donde se extiende la muerte, la locura, la escasez y la inseguridad. Stephen King recrea un Viejo Oeste aún más perturbado, donde se han extendido las creencias más sectarias e incluso los restos de la vieja tecnología son casi adorados o permanecen en el más absoluto abandono, como una estación de paso de tren o metro. Además, existen múltiples elementos místicos o mágicos, como el propio villano, el hombre de negro, embaucador y hechicero que va tejiendo sus artes oscuras a su paso, o la importante presencia de los sueños, las profecías y la hipnosis. Por no dejar de mencionar el arte del disparo del pistolero, capaz de liquidar a múltiples enemigos sin errar el tiro.

La primera de las cinco partes que componen la novela nos planta in media res en la persecución por el desierto. Capítulo a capítulo, la narración retrocede para contarnos las últimas vivencias del pistolero antes de llegar al desierto, en el momento en que compartió cobijo con el granjero Brown y su cuervo, Zoltan. Estando allí, contará la prueba o la trampa, según se vea, que el hombre de negro le dejó en el pueblo de Tull, transportándonos entonces a una trama extraída del más puro ambiente del Viejo Oeste entrelazado con una historia de terror, posesión, magia y fanatismo religioso. Con esta catarsis narrada por el pistolero, King nos evidencia la personalidad fría y distante del protagonista, su capacidad para afrontar el peligro y, también, la degradación del mundo en que vive. Además, deja entrever también las terribles capacidades del villano para manipular a las personas y causar el caos y la destrucción a su paso. Por otra parte, se hace mención a la hierba del diablo, una planta que provoca adicción y que sirve al autor para referirse a la drogadicción, aunque sea un tema que queda tan solo reflejado en esta primera parte de la obra. Sin duda, como relato, está bastante logrado y muestra algunas de las características propias del estilo de este autor siempre híbrido entre la mezcla del terror, la magia esotérica y los asuntos sociales.


A partir de la segunda parte se inicia un periplo distinto, más cohesionado, pero también más arduo y tedioso, en el que Roland atraviesa el infinito desierto para encontrarse con una estación de paso, donde conocerá al niño Jake Chambers. En la segunda parte de la novela, conoceremos a este muchacho que parece proceder de un mundo bien distinto al que hemos conocido hasta ahora, un mundo mucho más semejante al nuestro. Una primera pista de cómo en la saga de la Torre Oscura se van a entrecruzar universos dispares. A partir de este momento, el pistolero y el niño avanzarán juntos, actuando con cierta frialdad entre ambos, aunque sin poder escapar de la curiosidad mutua y de cierta dependencia. El pistolero temerá encariñarse del niño, dado que, como se nos explica, ya ha perdido, y olvidado, demasiadas veces a quienes quería. Y, además, presagia, como descubriremos finalmente, que la vida de Jake supondrá la última prueba para lograr su objetivo, una última tentación por parte del hombre de negro y una nueva oportunidad para degradarlo.

La presencia de Jake servirá para que Roland nos muestre a través de sus narraciones o sus sueños, provocados por su convivencia con el niño, su propia historia de infancia. Así conoceremos algo más sobre la procedencia de Roland: la forma brutal en que fue entrenado para ser un pistolero, su primer encuentro con la muerte en una sentencia de la que él mismo fue culpable por descubrir la traición de un hombre en el cual confiaba, y su paso por la prueba para convertirse en un hombre dentro de su tierra, Gilead, un reino extremadamente feudal que estaba destinado a liderar como heredero de su padre y de la larga estirpe de Arthur Eld. Sin embargo, el relato es incompleto y tan solo nos deja entrever algunas de las motivaciones del protagonista. Stephen King traza un confuso relato en el que se dejan entrever situaciones intermedias que aún no han sido narradas, pero que resultan imprescindibles para comprender la auténtica naturaleza y carácter de Roland.


No en vano, hay cierta sensación a lo largo de la novela de encontrarnos ante un protagonista por el que difícilmente podemos sentir empatía. No comprendemos sus motivaciones más allá de la pura venganza y aunque tiene una determinación firme, desconocemos adónde van sus pasos realmente. Sobre todo cuando, llegado el tramo final de la novela, habiendo superado situaciones tan dantescas como el ataque de unos mutantes o la travesía por una cueva en penumbra absoluta, todo quede resuelto en una extensa y ambigua conversación que nos interpela a continuar el periplo en los siguientes libros con pocas certezas, demasiadas profecías y casi ninguna sensación de clímax para el argumento principal de esta novela, aunque sí lo haya para varias de sus tramas (el pueblo de Tull, el destino de Jake o dos capítulos de la infancia de Roland).

En definitiva, El pistolero es una novela de cierta insatisfacción. Por una parte, Stephen King crea una ambientación particular e interesante, con su mitología particular y su sincretismo entre universos, donde llegamos a dudar incluso entre lo real y lo ficticio. Además, nos sitúa a un protagonista moralmente ambiguo y juega con dominios que maneja bastante bien: el tiempo, el miedo, la acción y lo esotérico. Sin embargo, por otra parte, no asienta los pilares más básicos que nos permitan entender mejor el inicio de este viaje o de este mundo. No consigue alcanzar ninguna clase de clímax relevante para el ansiado final y la acción acaba decayendo desde el poderoso inicio en Tull, con la salvedad de la presencia de los mutantes. Hay, sin duda, un importante aspecto simbólico en la conversación con la que finaliza la obra, pero que carece de valor hasta que nos sumerjamos en las restantes novelas de La Torre Oscura, en tanto que no ofrece apenas ninguna respuesta a las preguntas que se plantean en esta novela, y sí que nos deja con mayores dudas a resolver en otro momento. Habrá que continuar la senda, esperando que el camino mejore tras la aridez de esta primera novela.


El resplandor, de Stephen King

28 octubre, 2014

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En 1977, Stephen King apenas había publicado dos obras (Carrie, 1974; Salem's Lot, 1975) y una de ellas había visto su primera adaptación cinematográfica por parte del director Brian de Palma (Carrie, 1976). Fue entonces cuando publicó El resplandor (The shining), consolidándose como un autor de terror. Tan solo el tiempo le depararía la fama que hoy tiene, aunque haya sido despreciado a la par que admirado, algo comprensible por ser tan prolífico, lo que le ha permitido crear tanto buenas como malas obras. También fueron continuos los traslados al cine de su obra, en muchas ocasiones promovidas por él mismo, como fue el caso de la adaptación en miniserie de televisión de El resplandor en 1997 por lo poco que le hubo gustado la gran película de Kubrick de 1980, donde el célebre director ofreció su propia versión de la historia, lo cual no es nada malo, aunque haya quienes se empeñen en criticar la infidelidad del cine a la literatura.


En la novela, King se adentra en el fascinante mundo de los edificios encantados, en este caso, de los hoteles. Pero no se trata simplemente de una historia de fantasmas, el propio relato nos ofrece la sensación de estar más que ante un conjunto de seres paranormales, ante una entidad poderosa cuya identidad es la del hotel, Overlook, lugar que adquirió el carácter de sus habitantes, especialmente los muertos. Este ente, apenas un lugar fantasmagórico para las personas con cierta sensibilidad psíquica, cobra todo su poder ante la llegada de un niño de cinco años tan especial como Danny Torrance.

No obstante, el potencial de la obra no se encuentra tan solo en el terror que pueda producir en el lector las escenas más escalofriantes de un hotel encantado, sino que se haya en la inquietud que logra transmitir Stephen King a través de sus protagonistas, la familia Torrance, especialmente en la relación paterno-filial entre Jack y Danny. El abuso que el hotel realiza con ambos personajes resulta escalofriante, aún más cuando las acciones que llevará a cabo un enloquecido Jack estaban en su interior, listas para ser llevadas a cabo apretando las manijas adecuadas. 

El hecho de sentirse un perdedor, de tener un pasado turbio, marcado por la bebida y por la violencia tanto familiar como laboral, o de sentirse completamente frustrado en su relación con Wendy y con su futuro, será lo que suponga la llave necesaria para mover todo el engranaje hacia la locura. Por su parte, Danny es retratado con una mezcla de ternura infantil rota por las visiones que le otorga su poder, el llamado esplendor (shining) que tanto le ha ayudado, pero que también le ha apartado de tener una vida normal. Ni siquiera el momento en que un médico determina con normalidad que todo se trata de algo casual, casi como un principio de esquizofrenia, tranquiliza al lector, que ha presenciado en las páginas la presencia ambigua de Tony, el amigo imaginario del niño, y las advertencias de Dick Hallorann, el cocinero del hotel.

La novela avanza con sensación de agobio, manteniendo al lector alerta, pese a la tranquilidad con que los personajes se adentran en el pánico y en la locura. En ese sentido, el narrador atribula a sus lectores gracias a que saben lo mismo que Danny y son capaces de percibir la maldad del lugar, pese a que aparenta calma. 

Danny Torrance (Danny Lloyd) en la adaptación de Kubrick
Las señales y claves de cómo terminará la novela se otorgan también a lo largo de la historia, aunque la paranormalidad no sea en sí el verdugo (solo en tres ocasiones provocarán un daño directo a los personajes), sino los propios personajes, sujetos a la posesión del lugar fantasmagórico, los que tiendan a autodestruirse, manifestando más que nunca los temores más recónditos de sí mismos. El personaje más anodino de la función, Wendy, será precisamente el que haya presagiado con su actitud el temor a lo desconocido y la que tenga que enfrentarse a sus peores pesadillas, incluida la de estar convirtiéndose en la persona que más detesta: su propia madre. 

Las distintas referencias que King deja en el libro sirven para ilustrar con más fuerza lo inusual de los hechos narrados: el niño cantando una letra de rock de una estrella muerta joven, la referencia a la muerte roja y al baile de máscaras, que remite al relato La máscara de la Muerte Roja de Poe, así como la obra de teatro que escribe Jack (como tantos otros protagonistas de Stephen King, es escritor), donde se representa la dualidad de este individuo en la representación del papel de docente y alumno, imagen de su relación con un antiguo alumno al que casi asesina a golpes, en lo que, según se repite en la obra, fue un acceso de ira

Jack Torrance (Jack Nicholson) en la adaptación de Kubrick
Jack tratará siempre de justificar sus acciones, contando para ello con la inestimable ayuda del hotel, que además lo inducirá a convertirse en un ser despreciable e inhumano, aunque esto no sea otra cosa que la expresión de la parte más negativa de este personaje, que ya en el pasado, antes de estar bajo la influencia del Overlook, fue capaz de ejercer violencia a su alrededor, destruyéndose también a sí mismo y a lo que más amaba. Este hecho es lo que realmente debería causar más inquietud en los lectores: la influencia de los fantasmas del hotel es vital, pero la locura de Jack Torrance fue creada a partir de lo que ya existía dentro de sí mismo. Por ello, precisamente, la obra dedica gran parte de sus páginas a contarnos su vida antes de verse obligado a aceptar el puesto de vigilante del hotel, ajeno a sus maldiciones.

Frente a este padre, Danny se presenta como su heredero, pero también como su protector. El libro nos reitera continuamente la buena relación con su padre o las características comunes de ambos, especialmente desde el punto de vista de la madre, celosa de estos hechos. Las decisiones que toma Danny pretenden resultar ventajosas para su padre, basándose en la esperanza de superar el invierno sin sufrir. Sin embargo, no es más que un niño de cinco años, cuya curiosidad se verá también manipulada por el poder del hotel, aunque no exista nada en su interior como para poder poseerlo de la misma forma en que será poseído su padre.


Una historia de terror que nos permite ahondar en lo que también puede manipular al hombre fuera de lo paranormal, como es el caso del alcohol, aunque también se pueda pensar en el mundo de las drogas. La forma en que Jack es poseído no dista de la violencia que ambos elementos pueden producir en la mente humana y, de ahí, derivar al dolor producido a quienes se aman. Estos hechos nos llevan a una inquietud aún peor que el propio terror a un espectro. 

Todo ello lo consigue Stephen King con una narración informal, que también emplea el slang, ciertas formas leves de experimentación, incluyendo los pensamientos y la mezcla de imágenes, y una descripción nutrida y adulta. El resplandor introduce elementos anormales para transmitir un terror que ya está presente en la normalidad de sus personajes, lo que no nos impide ver que la locura puede alcanzar a cualquiera. En ello reside el auténtico miedo.



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